Juan Ramón Jiménez y la osadía de la juventud

Los cuatro números que aparecieron de una revista tan fascinante como lo fue Índice (1921-1922) constituyen por sí solos una espléndida panorámica de la poesía española de los apenas dos años que duró esta empresa. Fundada por el exquisito poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), cuya vertiente como esmerado editor quedó ensombrecida por su brillo como escritor, en sus páginas pueden encontrarse autores de diferentes generaciones, consecuente con la declaración que aparece ya en la última página del número inicial:

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Juan Ramón Jiménez.

Índice no es revista de «grupo». Sus redactores son escritores y artistas de las más distintas tendencias, españoles e hispanoamericanos, unidos sólo por el interés común de la exaltación del espíritu y por el gusto de las cosas bellas. En sus páginas, cabrá todo lo que signifique «vida», desde lo más acrisolado hasta lo más nuevo, desde lo más llano hasta lo más insigne, desde lo más oculto hasta lo más abierto; y su aspiración es llegar a definir y deslindar, del modo más completo y perfecto posible –con un criterio amplísimo y estrechísimo a un tiempo–, la calidad más noble del genio español e hispanoamericano.

Basta una mirada a la tabla de contenidos del primer número para corroborar esta intención intergeneracional: Azorín (1873-1967), Enrique Díez-Canedo (1879-1944), Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset (1883-1955), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), José Moreno Villa (1887-1955), Corpus Barga (1887-1975), Gabriel García Maroto (1889-1969), Adolfo Salazar (1890-1958), Pedro Salinas (1891-1951), y en ya en el segundo número, aparecido también en 1921, se añaden los nombres de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Jorge Guillén (1893-1984), Antonio Espina (1894-1972), José Bergamín (1895-1983), Federico García Lorca (1889-1936)…

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Federico Garcia Lorca.

Los tres primeros números de esta revista salieron de la imprenta de un personaje clave de esos años ya mencionado, Gabriel García Maroto, «ese gran tipo humano, poeta, crítico, pintor, impresor, que a la sazón tenía una imprenta en Madrid», en palabras del intelectual granadino José Mora Guarnido. En junio de ese mismo año 1921 García Maroto se ocupó, corriendo él mismo con los gastos, de otra de las ediciones importantes de esa etapa de la literatura española, el poemario con el que se dio a conocer García Lorca (Libro de poemas), y según ciertas versiones se ocupó incluso, a la vista de la tardanza del autor y para evitar recompaginar el libro, de escribir las palabras preliminares a modo de prólogo («Palabras de justifiación»). El cuarto número de Índice, cuya novedad más importante es la impresión a dos tintas, se elaboró ya en los Talleres Poligráficos, en los que Juan Ramón haría imprimir algunos de sus libros en esos principios de los años veinte (Poemas y Belleza, por ejemplo). Se sabe de un quinto número de Índice, cuyo sumario se incluyó en el quinto del que incluso se corrigieron pruebas pero nunca llegó a publicarse. La distribución corrió a cargo de la editorial La Lectura, que en 1914 le había publicado a Juan Ramón Platero y yo.

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Gabriel García Maroto.

Tan interesante o más que la revista fueron los seis volúmenes que en 1923 auspició la revista, en una Biblioteca Índice en la que aparecieron, en orden de numeración, la segunda edición de Visión de Anahuác, de Alfonso Reyes; El cohete y la estrella, de José Bergamín, precedida de una «caricatura lírica» de Juan Ramón; la Fábula de Polifemo y Galatea, de Luis de Góngora, en edición de Alfonso Reyes; Signario (versos), de Antonio Espina; Niños, de Benjamín Palencia, ilustrada con una silueta del autor obra de Juan Ramón Jiménez; y  el primer libro de poemas de Pedro Salinas, Presagios (con un texto preliminar de Juan Ramón Jiménez) que, como se encargó de esclarecer Raquel Sánchez, fue objeto de una cierta polémica, porque desde el tercer número se ocupó tanto de la impresión como de la distribución la Librería y Editorial Rivadeneyra:

la distribución de estas obras corrió a cargo de la ya mencionada Librería y Editorial Rivadeneyra, la cual acabó en pleitos con el poeta [Juan Ramón Jiménez] por la negativa de la editorial a encargarse en firme de 400 ejemplares del libro de Pedro Salinas Presagios. La resolución del litigio tuvo lugar en mayo de 1925 y liberó de sus compromisos a ambas partes, obligándoles a pagar las costas del juicio a medias.

Presagios1Ha sido motivo de muchas confusiones el hecho de que el libro de Salinas apareciera con el número 7, pues el hecho de que el sexto, Cartas y versos a Juan Ramón, de Rubén Darío, no llegara a publicarse, ha dado pie a que, entre otras cosas, a que en ocasiones se considerara ésta una colección formada por siete títulos. A través del epistolario entre Alfonso Reyes y Julio Torri es posible saber además que el primero le pidió con insistencia a Torri un conjunto de material suficiente para componer un octavo número de la colección, advirtiéndole en carta fechada en Madrid el 6 de julio: «Todos me dicen bien de ti, pero tú no mandas el original de un libro tuyo, inédito y perfecto, para la Biblioteca Índice de Juan Ramón, más trescientas pesetas que te tocaría costear más o menos».

De la estructuración de Presagios, que incluía –con algunas variantes– dos sonetos aparecidos previamente en Los lunes del Imparcial y dos poemas en verso libre publicados en las páginas de la revista España, se ocupó también Juan Ramón Jiménez, haciendo buena la fama de que goza de haber sido un editor total, meticuloso, responsable tanto de los originales que publicaba como del papel sobre el que se imprimían sus textos, así como de todos los detalles intermedios y posteriores. Aun así, en carta al autor el poeta de Moguer le informa a toro pasado de los cambios que ha introducido, a partir de la cincuentena inicial de poemas que Salinas le había entregado: «Deseo que le guste a usted el orden en que he puesto las poesías, y, antes, mi selección. Verá que he copiado una poesía de las desechadas por usted, y que he separado, en cambio, una de las otras». Y en su libro de memorias La arboleda perdida Rafael Alberti dejó constancia de una escena que pone de manifiesto también que el editor de Moguer se tomaba las cuestiones editoriales casi como cuestiones personales:

Aquella tarde, con un ejemplar de Signario en la mano, protestaba el poeta de sus imperfecciones tipográficas. Había encontrado erratas, letras sucias, renglones caídos, y todo esto iba a quitarle el sueño.

–También –nos dijo– en la edición de la Fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, preparada por Alfonso Reyes, se le han escapado a éste otras horribles erratas: en vez de corona dice corna; en vez de entre, enter, etc. España ha perdido su gran tradición tipográfica. Fíjense en este libro inglés –nos mostró uno, moderno, de Keats–. ¡Qué finura, qué gracia, qué delicadeza! Quisiera conseguir para la Biblioteca Índice lo mismo, pero, por lo visto, esto aquí es imposible.

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De izquierda a derecha: Salvador Dalí, José Moreno Villa, Luis Buñuel, Federico García Lorca y el historiador José Antonio Rubio Sacristán.

Además, la influencia de Juan Ramón en las iniciativas editoriales que llevaron a cabo tanto Bergamín como Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, entre otros, es palmaria y no admite mucha discusión. Por todo ello, resulta más lamentable que, después de haberse convertido en uno de sus principales referentes, en uno de sus más importantes valedores, en el editor en el sentido más fuerte del término de muchos de ellos, Juan Ramón Jiménez acabara enzarzado en una polémica con la mayoría de miembros de la generación del 27, que salpicó también a su relación con Pedro Salinas, quien, incluso en el ámbito creativo, tanto debía a la obra literaria del poeta de Moguer. También es cierto que muchos de ellos a posteriori reconocieron –hasta cierto punto– lo injusto de ese trato, como es el caso de Rafael Alberti en sus memorias, pero meterse con Juan Ramón se convirtió en poco menos que un deporte y en un signo de juventud y de vanguardismo, a rebufo de la famosa carta que le mandaron Buñuel y Dalí informándole de que su obra les repugnaba «profundamente por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria». A nadie escapaba la proximidad entre Buñuel y Dalí y los miembros de la generación del 27 (y ninguno de ellos salió en defensa del poeta moguereño). La espoleta de la sucesión de rupturas posteriores fue al parecer la respuesta de Juan Ramón declinando la invitación a participar en el homenaje a Góngora alegando: «El carácter y la extensión que Gerardo Diego pretende dar a este asunto de la Revista de Desoriente, me quitan las ganas de entrar en él. Góngora pide director más apretado y severo, sin claudicaciones ni gratuitas ideas fijas provincianas». La réplica de Gerardo Diego no se hizo esperar, y de inmediato la polémica se convirtió en poco menos que un «todos contra uno».

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Pedro Salinas (a la izquierda de la imagen) a su llegada a Santo Domingo.

La verdad es que los motivos claros de aquellas peleas –asegura Alberti– siguen siendo para mí completamente oscuros. Es un secreto que Juan Ramón se llevó con su muerte. […] ¿Cómo explicar que con José Bergamín, exaltador hasta la hipérbole de la obra del poeta y a quien considerábamos una especie de secretario permanente suyo, se peleara, y al final de manera definitiva, porque, según él, puntuaba mal, debiendo limitarse solamente a sus aforismos, dejando a un lado la prosa larga, para la que –afirmaba rotundo– no servía? ¿Pues y con personas tan excelentes como Salinas y Guillén, alabadísimos poetas al principio y motejados luego de «retóricos blancos», de ingenieros –o algo parecido–, máximo insulto este a su gran poesía de perfiles precisos, sostenidos sobre cimientos, como la de Guillén sobre todo?

Convendría añadir que si en 1932 Juan Ramón retiró sus poemas de la segunda edición de la influyente Antología de Gerardo Diego con un ya célebre «Quedan hoy retirados poemas y amistad», ello fue precedido de durísimas palabras de Bergamín, en un artículo sobre Salinas, acerca de la obra de quien fuera su mentor y editor («amoralismo esteticista», «falsa e inhumana», «agonizante y espectacular»…), y, por cierto, no hay motivo para suponer que Alberti no estuviera al corriente de todo ello.

Parafraseando el célebre título de un magnífico libro de Mario Muchnik, quizá sea cierto que lo peor no son los autores; tal vez lo sean los autores metidos a editores…

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Tres representantes de la generación del 27. De izquierda a derecha: Dámaso Alonso, Max Aub y Jorge Guillén.

Fuentes:

Rafael Alberti, La arboleda perdida, Barcelona, Bruguera (EL Libro Amigo 1502), 1984.

Francisco Fuster García, «Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881- San Juan, Puerto Rico, 1958)», semblanza en el portal EDI-RED.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras. Poesía española contemporánea, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Raquel Sánchez García, «Juan Ramón Jiménez y el mercado editorial», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, núm. 21 (2003), pp. 301-308.

Gregorio Torres Nebrera, «Presencia de Juan Ramón Jiménez en la poesía de Pedro Salinas», en Actas del Congreso Internacional Conmemorativo del Centenario de Juan Ramón Jiménez. Tomo II, Huelva, Diputación Provincial de Huelva, Instituto de Estudios Onubenses, 1983, pp. 569-580.

Julio Torri, Epistolarios, edición de Serge I Zaïtzeff, México, Universidad Nacional Autónoma de México (Nueva Biblioteca Mexicana 108), 1995.

James Valender, «García Maroto y el Libro de poemas de García Lorca», Nueva Revista de Filología Hispánica, vol. 4, núm 1 (1996), pp. 156-165.

José Bergamín y su experiencia editorial en México (Séneca)

A Sofía González Gómez y Cristina Somolinos, agradecido.

«Bergamín es en la España intelectual de hoy el representante más cabal de un pensar preocupado que se juega, y se lo juega todo, con la apariencia, para el frívolo, de simple diversión mental o verbal.»

Pedro Salinas

José Bergamín

José Bergamín (1895-1983) es, por su trayectoria y su obra intelectual (mucho más allá de la literaria), uno de los personajes más sugerentes, polémicos e inclasificables de la historia cultural española reciente, y, como no podía ser de otra manera, eso se refleja también en una de las empresas editoriales más importantes que llevó a cabo, Séneca, que se mantuvo en activo en México durante casi toda la década de los cuarenta.

Sin duda, la célebre colección Lucero quedará siempre como la cumbre de ese proyecto por la calidad estética y la importancia histórica de los títulos que en ella se publicaron: España, aparta de mí ese cáliz (1940), de César Vallejo e ilustraciones de Pablo Picasso; Piedras blancas (1940), de Pablo L. Landsberg, en traducción de Jesús Ussía, Eugenio Imaz y José Bergamín; Espejos de alevosías: Inglaterra en España y Fragmentos del diario de “el diplomático desconocido” (1940), de E. Dzelépy, con nota previa de Bergamín y traducción de Carlos Castilla; Memoria del olvido (1940), de Emilio Prados; la primera edición de Nabí, de Josep Carner; Niebla de cuernos: Entreacto en Europa (1940), de José Herrera Petere; Paseo de mentiras (1940), de Juan de la Cabada; La guerra empezó en España, de Julio Álvarez del Vayo, Literatura española. Siglo XX (1941), de Pedro Salinas, Detrás de la cruz. Terrorismo y persecución religiosa en España (1941) y El pozo de la angustia (1941), del propio Bergamín, Literatura española. Siglo de Oro, de Karl Vossler y prologada pòr José F. Montesinos, La ciudad de Henoc (1941), Cuenca ibérica (1943) y La enormidad de España (1945),  de Miguel de Unamuno y prologados los tres por Bergamín…

Aun así, no dejan de tener interés otras colecciones, como Estela, Árbol o Laberinto, y no deja de ser significativo que de estas cuatro principales colecciones surja con facilidad el acrónimo LEAL, pues como indicó una de las principales especialistas en Bergamín, Teresa Santa María, “”ya nos sugiere que no tienen otra finalidad que servir a la causa republicana española”.

Víctor Díaz Arciniega ha escrito acerca de esta trayectoria:

La de Séneca no es una historia convencional debido a su origen, a los hombres que integran su organización y a los recursos materiales con que opera; también y sobre todo, debido a sus vínculos formales y a sus objetivos trazados ambos ligados a una concepción que pretende institucionalizada e institucionalizante.

Quizá quien con más detenimiento se ha ocupado de esos rasgos que singularizan a Séneca haya sido Gonzalo Santonja en el magnífico libro que dedicó a esta editorial, pero en un breve resumen pueden identificarse esos “vínculos formales” con la Casa de Cultura Española (un  proyecto de la Junta de Cultura Española) y la revista España peregrina, fundadas por Bergamín en febrero de 1940, así como sus relaciones con el Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles (SERE).

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

Si bien la concepción del proyecto puede situarse en Francia en el primer semestre de 1939, acerca de las personas vinculadas a la empresa la escritura fundacional, fechada el 12 de enero de 1940, puede dar algunas pistas. Junto a Bergamín como director técnico, figuran inicialmente personajes singulares como como el periodista Jay Allen (posteriormente sustituido por el conocido coleccionista de arte Miles Beach Riley, hermano de la célebre actriz Dolores del Río), el cineasta de origen vasco Eduardo Ugarte Pagès, el médico y científico valenciano José Puche Álvarez, el editor mexicano Daniel Cosío Villegas (que abandona pronto para centrarse en el Fonde de Cultura Económica) o el escritor también mexicano Alfonso Reyes.

También muy ilustrativo es el equipo editorial, curiosamente casi por completo de origen andaluz, que Bergamín crea a su alrededor: el filósofo e historiador José María Gallegos Rocafull (1899-1963), el poeta y tipógrafo Emilio Prados (1899-1962) y el pintor Manuel Rodríguez Luna (1910-1985), quien había logrado salir del campo de concentración de Saint Cyprien gracias a las gestiones de Joan Miró y Pablo Picasso.

Junto a los títulos ya mencionados y a la recuperación de algunos otros de clásicos anotados procedentes de la colección Signo (dirigida en la España republicana por Dámaso Alonso y Pedro Salinas), es curiosa la presencia de títulos vinculados a la posesión de los derechos sobre la obra de un grupo de investigación médica presidido por Antonio Aubanza.

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Federico García Lorca (1898-1936).

Sobre todo en los primeros años, antes de entrar en una crisis económica de la que no logró recuperarse, la actividad de Séneca es muy intensa y exitosa en términos de calidad bibliográfica. Sin embargo, el punto culminante muy probablemente sea la compleja y accidentada primera edición de Poeta en Nueva York, libro del que el propio Bergamín había sacado de España una copia que le había entregado el poeta granadino al poco de iniciarse la guerra civil. Esta edición aparece en Séneca en la colección Árbol con cuatro dibujos originales de García Lorca y con las adiciones de un poema de Antonio Machado y un prólogo de Bergamín (con colofón del 15 de junio), poco después por tanto, al parecer, de la traducción de Rolfe Humphries publicada en Nueva York por Norton (fechada oficialmente el 24 de mayo). Y ese orden de publicaciones parece responder a una cuestión de derechos de autor, pues el orden y disposición de los poemas parece demostrar que Norton trabajó con el manuscrito que Bergamín les remitió durante el verano de 1939.

Por otra parte, entre las ediciones frustradas, una de las más interesantes y que incluso llegó a anunciarse es el encargo que se le hizo al historiador Josep Maria Miquel i Vergés (1903-1964) de antologar por extenso “la poesía y el pensamiento catalán”, para el que estaba previsto un prólogo del filósofo, pedagogo y poeta Joaquim Xirau (1895-1946). Gonzalo Santoja se ha ocupado por extenso y con gran cantidad de detalles en el muy completo libro que dedicó a la editorial, así como a los entresijos de la edición de las Obras completas de Antonio Machado (“una edición modélica, muy por encima de lo que cabria esperar”), al cuidado tipográfico de Emilio Prados, o las tribulaciones (y el choque con Juan Ramón Jiménez) que conllevó la antología Laurel, preparada, por lo menos nominalmente, por Prados, Juan Gil-Albert, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz, aparecida en la colección Laberinto en 1941, un generoso volumen de 1.134 páginas.

Es evidente que la editorial Séneca ocupará el lugar que le corresponda en función de la calidad, volumen e importancia de sus ediciones, pero no deja de ser interesante e instructiva la cuantiosa información referida a costos (“eran, sin duda, libros caros, o hasta carísimos”) tiradas, ventas, sueldos, etc. que Gonzalo Santonja reproduce en el apéndice de Al otro lado del mar. Bergamín y la editorial Séneca (México, 1939-1949).

Fuentes:

Víctor Díaz Arciniega, “Séneca, una casa para la resistencia”, Trama & Texturas, n. 24 (septiembre de 2014), pp. 109-131.

Gonzalo Penalva, Tras las huellas de un fantasma. Aproximación a la vida y obra de José Bergamín, Madrid, Turner, 1985.

Gonzalo Penalva, ed., Homenaje a José Bergamín, Madrid, Consejería de Educación y Cultura de la Consejería de Madrid, 1997.

Gonzalo Penalva, «José Bergamín y Poeta en Nueva York, en Milagros Rodríguez Cáceres, Felipe B. Pedraza y Pedro Provencio Chumillas, coords., Manojuelo de estudios literarios ofrecidos a José Manuel Blecua Tejeiro por los profesores de enseñanza media, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 1983, 1983, pp. 185-194.

Teresa Santa María, «Un poeta y editor leal», Quimera, núm. 162 (octubre de 1997), pp. 7-78.

Gonzalo Santonja, Al otro lado del mar. Bergamín y la editorial Séneca (México, 1939-1949), Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1997.