Sobre cómo afrontar el estudio de los libros

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «L’estudi del llibre com a confluencia de disciplines» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en julio de 2017.

 

«Las lecciones de los libros muchas veces hacen
más cierta la experiencia de las cosas.»
Miguel de Cervantes

Basta con echar un vistazo al catálogo (de más de mil quinientos títilos) de la editorial barcelonesa Gedisa, para advertir que, poco a poco, ha ido reuniendo a algunas de las figuras más importantes e influyentes en sus respectivos campos de las humanidades, aunque con cierta predilección por la cultura francesa (Jacques LeGoff, Michel Foucault, Jacques Derrida, Tzvetan Todorov, Jean Starobinski…). Por ello, fue una muy buena iniciativa dar nueva vida a algunos de los títulos emblemáticos hasta entonces publicados para conmemorar los primeros cuarenta años de historia de la editorial con la creación de la colección Gedisa_cult·, que incluía obras más bien breves pero representativas de Hannah Arendt, Hans-Georg Gadamer, Marc Augé y Georges Perec, entre otros.

Entre estos otros se encuentra el historiador Roger Chartier, de quien se preparó una nueva edición de El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa en los siglos XIV y XVII, con el añadido de un nuevo prólogo del autor fechado el 10 de febrero de 2017 («Veinticinco años después») –que, si bien numerado en romanos (y con un cuerpo e interlineado menor) hace que la foliación del libro quede un poco coja– y a continuación de este prólogo se reproduce el que el historiador Ricardo García Cárcel escribió en su día para la primera edición en español, ya con la numeración en arábigos.

El orden de los libros compila tres artículos, que también se pueden leer perfectamente aislados, sobre tres elementos muy concretos de la historia del libro: los lectores, el autor y las bibliotecas (en el sentido conceptual más que en el espacial). Aun así, la unidad del libro reside, por un lado, en el período del cual proceden los casos de estudio, que crea un cierto marco en el que Chartier encuentra los pretextos idóneos a partir de los cuales reflexionar sobre las cuestiones que lo ocupan, y, por otro lado, en lo que el propio autor identifica como un intento por definir y perfilar la pregunta que recorre estos textos: «¿de qué modo, entre finales de la Edad Media y el siglo XVIII, los hombres de Occidente intentaron dominar la cantidad multiplicada de los textos que el libro manuscrito y luego el impreso habían puesto en circulación?»; o, en otras palabras, cómo estos mismos hombres han intentado poner orden en el marasmo de libros surgidos en el periodo establecido y qué consecuencias sobre todo culturales ha tenido esta actividad intelectual.

Ya en el primero de estos capítulos, al hablar del lector, Chartier empieza por poner en duda la idea de que el sentido del texto, como preconizaba el estructuralismo, dependa sobre todo del propio texto. Constata que también corrientes críticas en apariencia alejadas entre sí como es el caso del New Criticism estadounidense y la Analytical Bibliography, con su énfasis en el análisis del texto, marginaban en sus estudios tanto al escritor como al lector, y llega a la conclusión de que con estos apriorismos y los procedimientos de estudio que de ellos se derivan, en última instancia es imposible establecer la significación (inestable en el tiempo) de las obras. Si bien no niega que la forma discursiva del texto tiene una importancia fundamental en el modo en que el lector recibe y hace suya la obra, Chartier nos recuerda que los objetos que le sirven de «soporte» (la copia manuscrita, los pliegos de cordel, los panfletos) inciden también en muy buena medida en cómo es leído el mismo texto, y en consecuencia será conveniente delimitar lo que llama los «espacios de lectura», que también estarán siempre sometidos a factores históricamente cambiantes.

Roger Chartier.

Subraya Chartier que el modo como se presenta el texto puede modificar substancialmente su significación, y para ello se basa en el ejemplo de lo que en Francia se conoce como la Bibliothèque Bleue, el conjunto de literatura popular que entre los siglos XII y XIX imprimía originalmente en Troyes el librero Jean Oudot. El autor describe cómo el carácter popular que socialmente se atribuye a los textos que Oudot publica en esta célebre colección procede más bien de los destinatarios (compradores de libros torpemente impresos en papel de mala calidad) que no en ningún rasgo intrínseco que podamos identificar en los propios textos. Quizá un ejemplo equivalente más próximo sea el de los libros de aventuras que en el siglo XIX no tenían un público específicamente marcado (Los tres mosqueteros, Robinson Crusoe o las novelas de la frontera de Fenimore Cooper) y que durante buena parte del siglo XX, como consecuencia de la intervención sobre estos mismos textos de editores que los adaptaban para el público, han acabado por quedar asociados a la novela propia de este tipo de lectores.

En cuanto al autor, Chartier evoca y rebate, sin detenerse mucho en ello, el famoso texto de Roland Barthes. «La mort de l´auteur», y para ello se sirve en buena medida de las reflexiones expuestas por Michel Foucault en «Qué es un autor», si bien dejando de lado algunos aspectos y deducciones, y a continuación traza una pequeña historia de cómo fue imponiéndose el concepto de autor, en un proceso en el que la clave es la transferencia progresiva de la autoridad autorial al individuo que redacta el texto y que desemboca en la legitimación del hecho que este individuo obtenga un beneficio económico de su obra. Pero, consecuente con las etapas de este proceso, Chartier titula muy acertadamente este capítulo, no «la función-autor» —como probablemente hubiera hecho Foucault—, sino «Figuras del autor», porque han sido diversas y cambiantes en el tiempo.

En el tercer y último capítulo, «Bibliotecas sin muros», jugando con el término “biblioteca” en el sentido del edificio y al mismo tiempo como colección y catálogo de títulos y/o obras, Chartier propone un recorrido por la historia de la tensión entre la búsqueda de la exhaustividad por un lado y su imposibilidad material por otro («reunir todo el patrimonio escrito de la humanidad en un lugar único se revela, no obstante, como una tarea imposible»), para concluir con un final abierto que contempla las nuevas tecnologías con cierta esperanza prudente. Un capítulo que hubiera podido firmar Borges.

El concepto clave en este tercer ensayo acaso sea el de “selección”, incluso para quien considera que la biblioteca debe ser enciclopédica, y el estudioso francés muestra como, a lo largo de la historia, en las compilaciones, antologías y bibliotecas, este criterio de selección ha estado marcado por elementos tan diversos como el orden alfabético, la lengua en que han sido escritos los textos o el periodo temporal en que fueron escritos. Pero, en cualquier caso, escribe Chartier:  «La distancia irreductible entre inventarios, idealmente exhaustivo, y colecciones, necesariamente lacunares, ha sido vívida como una intensa frustración».

Ya en el epílogo, el autor pone de manifiesto, a la luz de las tres reflexiones que ha ido desarrollando en las páginas precedentes y de las preguntas que ha ido planteando, hasta qué punto es difícil dilucidar la posibilidad o no de resolver esta tensión entre exhaustividad mediante el recurso a la infinitud que parecen ofrecer las llamadas (ya casi tradicionalmente) «nuevas tecnologías», que de todos modos cambiarán de forma radical las maneras de interpretación y apropiación (en el sentido de asunción e integración en la cultura individual y colectiva) de los textos.

Aun cuando cada uno de estos tres capítulos puedan leerse independientemente, ya en el prólogo Chartier se ha ocupado de definir un objetivo amplio y de alcance teórico mayos, que se plantea con este libro, y que quizá sea el aspecto más jugoso de este volumen:

…dar inicio a una reflexión de alcance más general sobre las relaciones recíprocas que mantienen las dos significaciones que, espontáneamente, adjudicamos al termino cultura. Una designa las obras y los gestos que, en una sociedad dada, son juzgados desde el punto de vista estético o intelectual. La otra apunta a prácticas ordinarias, «sin cualidades», que expresan la manera en que una comunidad –cualquiera que sea su escala– vive y analiza su relación con el mundo, con las otras comunidades y consigo misma.

Y tal vez se pueda añadir a los ya mencionados en el prólogo un tercer rasgo, sea intencionado o no, que da coherencia y unidad a este libro denso e iluminador de Chartier: el planteamiento cuidadoso de preguntas que a su vez suponen o llevan implícita la propuesta de apertura de nuevos caminos y nuevas perspectivas en la investigación en el campo amplio y bastante inexplorado aún de los estudios sobre el libro y la lectura. En cualquier caso, estos nuevos caminos deberían ir construyendo una disciplina mestiza en la que confluyan las corrientes de raíz formalista y estructuralista y la teoría de la percepción (tal como las ha formulado la teoría de la literatura), la sociología (sobre todo a partir de la obra de Pierre Bourdieu), y la bibliografía analítica. Y aquí es donde acaso en cierta medida cobra mayor sentido que, a la hora de elegir un título para este volumen, Chartier hace un evidente guiño a un texto célebre, El orden del discurso (en los Cuadernos Marginales de Tusquets, 1974), de Michel Foucault, autor por el cual no por casualidad es profusamente citado. Y tan significativo como este ejemplo de intertextualidad lo es la diferencia, el paso del singular al plural, dado que, en definitiva, la pretensión de Chartier no es tanto dar respuestas como plantear como mucho esmero las preguntas idóneas. Si la investigación de Foucault partía de la idea de que la historia debía tener un sentido y que, paradójicamente, este sentido era precisamente el de la imposición de un sentido del cual debíamos reconstruir la historia, para Chartier no parece tan importante la acumulación del conocimiento, sino que lo que se propone es más bien buscar un método de análisis y a la vez un modelo de posición ante el conocimiento (partiendo de la base de que más que acumularse, el conocimiento se está redistribuyendo).

En definitiva, nos encontramos ante un libro espléndido, con diversos niveles de lectura y de una riqueza y profundidad no muy habituales en los estudios sobre el libro. Es un placer tanto leerlo por primera vez como releerlo aprovechando esta reedición prologada por el autor.

Roger Chartier, El orden de los libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, nuevo prólogo de Roger Chartier y prólogo de Ricardo García Cárcel, traducción de Viviana Ackerman y, del nuevo prólogo, de Xavier Gaillard Pla, Barcelona, Gedisa (Gedisa_Cult·), 2017.

Métailié y la divulgación de la literatura latinoamericana en Europa

No hay duda de que Francia, y en particular París, ha sido desde hace por lo menos un siglo uno de los mayores y más importantes centros de irradiación de la literatura en lengua española. Basten para demostrarlo la trascendencia que tuvo esa ciudad en el hecho de que se hicieran un nombre en el ámbito de la edición internacional escritores como José María Vargas Vila (1860-1933), Rubén Darío (1867-1916), Amado Nervo (1870-1919), Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), Victoria Ocampo (1890-1979), Vicente Huidobro (1893-1948), Miguel Ángel Asturias (1899-1974), Alejo Carpentier (1904-1980), Alfredo Gangotena (1904-1944), Julio Cortázar (1914-1984), Elena Garro (1916-1998), Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), Héctor Bianciotti (1930-2012), Severo Sarduy (1937-1993)…

Logo conmemorativo de los primeros cuarenta años de la editorial, con su característica salamandra, símbolo, al decir de Anne Marie Métailié, de la pasión incombustible.

En las últimas décadas, y si bien, como dice Gustavo Guerrero, «tanto el capital simbólico como el capital económico están más dispersos y la producción de valor, a nivel global, se ha fragmentado y atomizado», no hay duda de que una de las editoriales que ejerce más conscientemente esa función irradiadora ha sido Éditions Métailié, fundada en 1979 por Anne-Marie Métailié, una estudiante de origen pied noir que, quizá no casualmente, tras formarse en ciencias políticas y en lengua y literatura española y portuguesa, había colaborado con Alain Touraine (n.2915) y Pierre Bordieu (1930-2002) en la Maison des Sciences de l’Homme.

De hecho, como ha contado en diversas ocasiones, la vocación de Anne-Marie Métailié se forjó como consecuencia de esa colaboración, concretamente realizando un estudio sobre el papel del editor en el campo cultural: «Me encontré con Jérôme Lindon, director de Éditions de Minuit, y me impresionó la extraordinaria forma en que hablaba de libros. Me quise reconocer en un trabajo como el de este hombre». Acaso su siguiente contacto con el mundo editorial fuera ya la traducción al francés, con Gérard Bessière, de una antología del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal publicada por la histórica editorial dominica Éditions du Cerf en 1974.

Anne-Marie Métailié.

Sin embargo, en esos años, aunque muchos puestos subalternos los ocupaban mujeres, había en Francia solo otra editorial importante a cuyo frente estuviera una mujer, Régine Desforgues (cuya editorial L’Or du Temps se estrenó con Le Con d’Irene, de Luis Aragon, y por el que fue condenada a cinco años de pérdida de derechos civiles por «ultraje a las buenas costumbres»). Eso contribuye a explicar la anécdota que Métailié contó al periodista Pablo del Llano acerca de sus inicios:

En el 79, cuando abrió su editorial, un día [Anne-Marie Métailié] fue a ver al dueño del mejor taller gráfico de París. Un anciano de 85 años que se desplazaba por la ciudad en un Rolls Royce blanco. Le acompañó su marido. Cuando llegaron, el señor del taller se dirigió al hombre para empezar a hablar de negocios, pero él le dijo: «Yo soy el chófer, la editora es mi esposa». Entonces el viejo del Rolls blanco llamó a su mujer: «Querida, haz el favor de atender a esta señorita».

En su discurso de recepción del Premio al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 2014, la editora completó esa misma anécdota dotándola de un matiz un poco distinto acerca del lugar de las mujeres en el sistema editorial de aquellos años en Francia: «el director llamó a su esposa para negociar conmigo, y ella me dijo: “somos pocas mujeres en el oficio, le voy a poner buenas condiciones para pagar, pero, por favor, no me defraude”».

Contando con el capital suficiente para poder publicar tres libros, la editorial se estrenó con una obra bastante asombrosa que había sido un gran éxito de ventas cuando se publicó por primera vez, en 1557, Nus, féroces et antropophages (traducido en español como Verdadera historia y descripción de un país de salvajes desnudos, feroces y caníbales situado en el Nuevo Mundo), en el que el soldado y marinero alemán Hans Staden (1525-1579) narra por primera vez el encuentro con un pueblo caníbal, en este caso los tupinambas brasileños, del que estuvo preso durante nueve meses hasta que finalmente logró escapar. Sin embargo, la tirada inicial que se hizo de la edición francesa (3.000 ejemplares) tardaría veinte años en agotarse.

No obstante, quizá no sea este un título muy representativo de los primeros años del catálogo de Métailié, que inicialmente pone de manifiesto el interés de su directora por divulgar las ciencias humanas en un estilo accesible a todos los públicos en las colecciones Traversées, dirigida por el etnólogo Pascal Dibié (n. 1949), y Leçons des Choses, dirigida al principio por el historiador y sociólogo Michel Pollak (1948-1992) y luego por el sociólogo, poeta y cineasta Luc Boltanski (n. 1940). En estas colecciones se ha publicado el grueso de la obra del sociólogo David Le Breton, así como títulos de Nietzsche, H.G. Wells, Michel Butor y Louis Pinto, entre otros muchos.

Sin embargo, sobre todo a principios de los años ochenta, progresivamente fue ganando terreno la literatura de ficción traducida, consecuente tanto con la voluntad de la editora de atenuar los efectos de la colonización cultural angloamericana como con su conocimiento y aprecio de la literatura latinoamericana, si bien Métailié lo ha atribuido también a la necesidad de mantener la solvencia económica de la editorial, así como al descubrimiento de que el trato con los escritores de ficción le resultaba menos rígido y más agradable que, en general, el de los académicos. La preferencia por la narrativa sobre todo latinoamericana (e inicialmente en lengua portuguesa) ha quedado también adecuadamente explicada:

Cuando tomé esa decisión, todo el mundo me decía que la literatura latinoamericana estaba muerta. […] esto me llevó a pensar que todos los jóvenes con los que había hecho campaña contra las dictaduras de América Latina, que soñaban con ser poetas, que tenían que huir, que habían sido encarcelados y muchos de ellos habían tenido que exiliarse, inevitablemente se despertarían un día u otro y volverían a la literatura, que habían tenido que abandonar. Y no me equivoqué.

Aun así, el primer beneficiado de este cambio de orientación editorial fue la obra narrativa de Machado de Asís (1839-1908), cuyas traducciones al francés, al decir de la editora, habían envejecido muy mal. Sin embargo, el primer éxito de ventas de una cierta importancia en el campo de la literatura llegó, ciertamente, un poco inesperadamente de la mano de la recuperación de un prolífico novelista italiano, Luigi Natoli (1857-1941), de quien publicó primero La bâtard de Palerme (Histoire des Beati Paoli) (1990), donde se cuentan los orígenes de la mafia siciliana, y al que siguieron, los otros dos volúmenes del ciclo Histoire des Beati Paoli: La mort à Messine (1991) y Coroliano (1991).

La segunda mitad de la década de los ochenta fueron tiempos difíciles desde el punto de vista financiero, hasta el punto que José Saramago  (a quien en 1982 había publicado Memorial do Convento) abandonó en 1986 la editorial (ganaría el Nobel en 1998), y poco tiempo después Lobo Antunes siguió sus pasos para regresar a su anterior editor francés, Christian Bougois.

El libro que permitió a Métailié saldar las deudas acumuladas y alcanzar una cierta estabilidad económica tras una década bregando con las estrecheces sí fue muy representativo de ese interés por la narrativa latinoamericana postboom, Un viejo que leía novelas de amor, del chileno Luis Sepúlveda, quien desde entonces ha publicado toda su obra en francés en Métailié, si bien hasta que no hubo vendido más de 36.000 ejemplares Le vieux qui lisait des romans d’amour (1992) no empezó a despertar el interés de la crítica de actualidad francesa (y posteriormente ganó el Premio France Culture a la mejor novela extranjera). Su éxito, pues, se forjó en el boca-oreja y, sobre todo, a través de la complicidad con los libreros. Además, Sepúlveda le dio a conocer a otros autores que pasarían a engrosar el catálogo de Métailié e incluso a ser parte importante del mismo, como es particularmente el caso de Paco Ignacio Taibo II, por ejemplo.

Progresivamente Métailié publicaría a Selva Almada, José María Arguedas, Bryce Echenique, Horacio Castellanos Moya, Santiago Gamboa, Rafael Gumucio, Sylvia Iparraguirre, Lídia Jorge, Miguel Littin, Maitena, Elmer Mendoza, Rosa Montero, Elsa Osorio, Sergio Ramírez, Leonardo Padura, Rafael Reig, José Luis Sampedro, Santiago Roncagliolo, Juana Salabert, Karla Suárez, Dalton Trevisan… Aun así, los latinoamericanos no suponen ni la tercera parte de los nombres del catálogo, y como regla general Métailié procura fidelizar y retener a sus autores para poder publicarles así el grueso de su obra.

Al final de la década siguiente, con las finanzas ya saneadas y la voluntad de asegurar la continuidad de la editorial y dejar de frecuentar a los banqueros, en 2009 vendió el 85% de la empresa a Éditions du Seuil, con la que sea había asociado ya en 1991 para la distribución. Así lo explicaba en el citado discurso: «Elegí asociarme con Le Seuil porque son editores, tienen una cultura editorial y no hacen como los grupos que compran para echar a la calle a los editores y remplazarlos con contables, eliminando así todo margen de riesgo, pero eliminando así también la suerte».

Casi inmediatamente después de cerrar el trato con Seuil (en 2010) contrataba a la editora Lise Belperron (a quien se atribuyen los descubrimientos, por ejemplo, del nigeriano Leye Adenle en la agencia Van Aggelen y, en el catálogo de Pontas Agency, la india Shubhangi Swarup). Además, en el momento en que cumple cuarenta años de labor editorial, cuenta entre sus colaboradores con Nicole Barry, para el ámbito de la lengua alemana, Keith Dixon, para la escocesa, Serge Quadruppani para la italiana y Pierre Léglise-Costa para el ámbito portugués, mientras que de la literatura brasileña, a día de hoy, sigue ocupándose personalmente Anne-Marie Métailié.

Fuentes:

Web de Éditions Métailié

Michel Bertrand y Richard Marin, «Regard d’un éditeur sur la production littérairelatino-américaniste» (entrevista a Anne-Marie Métailié), Caravelle, núm. 100 (2013), pp. 101-117.

Claude Combet, «J’ai le syndrome des oeuvres completes» (entrevista a Anne-Marie Métailié), Livres Hebdo, 8 de febrero de 2019, pp. 34-36.

Manuela Corigliano, «Entrevista a Anne-Marie Métailié» (vídeo), en Manuela&Co, 21 de noviembre de 2019.

Astrid Éliard, «Anne-Marie Métailié, la passioné», Le Figaro, 28 de julio de 2008.

Tina García, «Entrevista a Anne-Marie Métailié, editora (Éditions Métailié)», Ah Magazine, 23 de octubre de 2014.

Marie Françoise Govin, «Anne-Marie Métailié, éditrice à la salamandre», Mediapart, 19 de abril de 2018.

Pablo del Llano, «Anne-Marie Métailié: “El premio Nobel entierra al escritor» (entrevista), El País, 30 de diciembre de 2014.

Anne-Marie Métailié, «30 ans», en la web de Éditions Métailié.

—, Discurso de aceptación del Premio al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2014.

Liza Pulecio, «La politique éditoriale de Métailié:”Pour nous ouvrir le monde passionnément», Monde du Livre, 20 de julio de 2013.

Pierre Bourdieu, editor: rigor clásico y audacia vanguardista

La obra ensayística del sociólogo Pierre Bourdieu (1930-2002) es sin duda una de las más conocidas e influyentes de las últimas décadas en el ámbito de las ciencias humanas. Sin embargo, y pese a su labor con el historiador Fernand Braudel (1902-1985) al frente de la original revista Actes de la Recherche en Sciences Sociales, menos conocida es en general su trayectoria como editor y particularmente como director de colecciones cuya incidencia ha extendido mucho más allá de los límites de la vida cultural francesa.

Pierre Bourdieu.

Como director de la colección Le Sens Commun, creada por él mismo en el seno de las exquisitas Éditions de Minuit, desde 1966 y hasta 1991 dio a conocer a un público amplio el trabajo de investigación y ensayístico de algunos filósofos, sociólogos, antropólogos y escritores importantes, tanto clásicos como menos reputados hasta entonces, como son los casos de Marcel Mauss, Emile Benveniste (Vocabulaire des institutions indo-européennes), Ernst Cassirer (La Philosophie des formes symboliques), Emile Durkheim, Mijaíl Bajtín, Edward Sapir, Joseph Schumpeter, Ervin Goffman, John Searle, Theodor Adorno, Erwin Panofsky o Luis Prieto (Pertinence et pratique. Essai de sémiologie), entre otros muchos, además de ir dando a imprenta algunos de los títulos importantes de su propia obra (L’amour de l’art, 1966; La distinction, 1979; Le Sens pratique, 1980; Questions de sociologie, 1980; Homo academicus, 1984; La noblesse de l’État, 1989, etc.).

Sin embargo, mientras tanto se había convertido en 1975 en editor consultor de la American Journal of Sociology y ese mismo año había puesto en marcha (en el seno de la Maison des Sciences de l’Homme) la ya mencionada revista Actes (ARSS), en cuyo consejo científico figuraban reputadísimos historiadores (Quentin Skinner, Roger Chartier, Robert Darnton, Eric Hobsbawm), filósofos (Jacques Bouveresse, Anne Fagot-Largeault), sociólogos (Christian Baudelot, Aaron Cicourel, Yves Gingras), antropólogos (Alban Bensa), juristas (Mireille Delmas-Marty), etc. El enorme impacto inicial de las Actes de la Recherche en Sciences Sociales se basó, tratándose de contenido de gran rigor científico, en el gran formato, la maquetación y el potente apoyo visual general (incorporación de numerosas ilustraciones e incluso de cómics). Pero en el ámbito de la edición tuvo un gran impacto el número temático de marzo de 1999 («Édition, éditeurs 1»), que se abría con el texto de Bourdieu «Une révolution conservatrice dans l’edition» (acompañado además de gráficos muy ilustrativos sobre la situación del panorama editorial francés y un utilísimo anexo informativo) y proseguía con textos de Jean-Yoves Molier (acreca la edición francesa entre el XVIII y el XX), Diana Cooper Richet (sobre las librerías extranjeras en París), los obstáculos para la investigación  de las estrategias editoriales), Anne-Marie Thiesse y Natalia Chmatko (los nuevos editores rusos), Gustavo Sorá (la evolución editorial brasileña)…, número que Jorge Herralde glosa en Por orden alfabético.

La continuación(«Édition, éditeurs 2») aparecería en diciembre de ese mismo año con no menos interesantes textos de Benedicte Reynaud («L’emprise des groupes»), Olivier Godechot («Le marché du libre philosophique»), Claudia Schalke y Markus Gerlach («Le paysage éditorial allemand») y André Schiffrin (sobre las editoriales universitarias estadounidenses), entre otros.

A partir de 1989 había empezado a salir, también en Éditions de Minuit y dirigida por Bordieu, Liber: Revue européenne des livres (subtitulada Revue internationale des livres desde junio de 1994), que al poco tiempo y hasta 1998 se convierte en suplemento de las Actes.

Aun así, cuando a principios de los años noventa Pierre Bourdieu había empezado a publicar su propia obra en las Editions du Seuil –donde arrancó con un título tan emblemático como Les règles de l’art: genèse et structure du champ littéraire (1992) –, sin abandonar los proyectos ya en marcha añadió a estos la fundación y dirección de la colección Liber, donde en 1996 publica su famoso Sur la televisión suivi de L’emprise du journalisme, y dos años después el no menos difundido La domination masculine. Como empresa destinada a la publicación de libros, Liber se había constituido en 1996 (a rebufo del movimientos social y huelguístico del año anterior contra el plan Juppé) como una asociación según la ley de 1901 (es decir, sin ánimo de lucro), y a su vez dio pie al nacimiento en 1998 de Attac (Asociación por la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Acción Ciudadana), en la que confluyeron desde el músico y activista Manu Chao hasta el filósofo y lingüista Noam Chomsky, pasando por el economista Arcadi Oliveres, el jurista Carlos Jiménez Villarejo o el historiador Éric Toussaint. Quedaba claro que Bourdieu era cualquier cosa menos un académico que solo saliera de su despacho para dirigirse al aula; es más, no estaba dispuesto a que sus alumnos o pupilos constituyeran su único auditorio.

Como editorial al margen de Seuil, Liber inició dos grandes colecciones, Raisons d’Agir (Razones de actuar) y Cours et Travaux (cursos y trabajos), y una tercera de coediciones con editoriales e instituciones diversas (entre ellas Seuil y Collège de France). Jorge Herralde ha descrito el resultado general de esta iniciativa en los siguientes términos: «libros de intervención política y cultural […] Se trataba de libros breves de precio asequible, a menudo de gran difusión, bestsellers alternativos», un género que a finales de la primera década del siglo XXI ha resurgido en España. Al Sur la télévision (1996) le siguieron en Raisons d’Agir títulos del colectivo ARESER (asociación de reflexión sobre la enseñanza superior y la investigación), Loïc Wacquant (Les prisons de la misère, 1999) o Jacques Bouveresse (Prodiges et vertiges de l’analogie, 1999), entre otros, además de los muy famosos y combativos Contre-feux (1998 y 2001), del propio Bourdieu.

Cours et Travaux, por su parte, se abrió también con un texto de Bourdieu (Science de la science et reflexivité, 2001), y se le dio continuidad a menudo con libros colectivos, como son los casos por ejemplo de Le cauchemar de Humboldt, les reformes de l’enseignement supérieur européen, editado por el equipo formado por los sociólogos Franz Schulteis (alemán), Marta Roca i Escoda (catalana) y Paul Frantz Cousin (francés), La protestation étudiante (2009), dirigido por el sociólogo Bertrand Geay o Des littératures combatives, l´Internationale des nationalismes litteraraires (2011), dirigido por la teórica y crítica literaria Pascale Casanova (1959-2018), pupila de Bourdieu y a quien su La République mondiale des lettres había dado amplia reputación y su labor crítica en el programa radiofónico L´Atelier littéraire (en France Culture) una amplia popularidad.

Probablemente este repaso sea suficiente para hacerse una idea de la dimensión de la obra puesta en marcha por Bourdieu en el campo de la edición, destinada sobre todo a hacer accesible al lector común y corriente (y de ingresos modestos) el resultado de una serie de trabajos e investigaciones cuya influencia, pese a su indudable interés social y capacidad de incidencia en la vida política y cultural, a menudo han tendido a quedar muy estrictamente circunscritos al ámbito universitario. Y hacerlo de un modo clarificador, sin perder el paso de la actualidad, capaz de conectar con un público amplio y sin que ello suponga un menoscabo del rigor. Pas mal. Así lo concretó el propio Bourdieu en el texto de presentación de Raisons d’Agir:

Ofrecer los instrumentos de comprensión, es decir de libertad, que genera la investigación internacional en todas sus formas, literaria, científica, reunir sin otros criterios que la calidad, la novedad, el rigor y la originalidad de los trabajos franceses y extranjeros sobre los problemas más complejos y más candentes del pensamiento y la acción, este es el objetivo de esta colección que quisiera aunar la exigencia de un riguroso clasicismo y la audacia de las vanguardias.

Fuentes:

Pierre Bourdieu, un hommage (blog).

Paul Costey, «Pierre Bourdieu, penseur de la pratique», Revue Tracés, núm. 7 (invierno 2004-2005), p. 11-25.

Jorge Herralde, «Pierre Bourdieu, la musculatura intelectual de un luchador», fusión de un artículo publicado en El Periódico en 2002 («Adiós a Bourdieu») y un texto inédito de 2004 («Pierre Bourdieu, editor y funcionario de la humanidad»), recogido en Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos, Barcelona, Anagrama (Biblioteca de la Memoria 22), 2006, pp. 47-51.

Michel Winock, El siglo de los intelectuales, traducción de Ana Herrera, Barcelona, Edhasa, 2010.

De «sinergias» y «complicidades» en el campo editorial

Uno de los problemas importantes que sigue sin haber resuelto satisfactoriamente la historia de la edición, y que afecta también a la historia de la literatura, es cómo abordar el estudio de lo que –tomando el término de Bourdieu– podríamos llamar el «campo editorial», equivalente y al mismo tiempo muy imbricado con el «campo literario». Es decir, el espacio en que se establecen las relaciones entre individuos, grupos e instituciones en el ámbito editorial, y que, evidentemente, no sólo ejerce una notable influencia en qué obras llegan a publicarse o cuáles tienen más o menos éxito comercial, sino que incluso tiene repercusiones en lo que en un momento dado es considerado literatura estéticamente valiosa, por ejemplo, pues está también estrechamente relacionado con el mundo de la crítica y con el académico.

Pierre Bordieu (1930-2002).

Del mismo modo en que en buena medida, como efecto de las corrientes de raíz estructuralista (que entre otras cosas preconizaba la autonomía del texto literario), la historia literaria y el sistema académico en general ha ido dejando de lado el estudio de las biografías de los autores (pues el desdén hacia el positivismo decimonónico hizo estragos), en el ámbito de los estudios del libro y de la edición tampoco se dispone aún de un corpus ni de lejos suficiente de biografías, memorias y epistolarios que permitan trazar ni siquiera un mapa esquemático de las relaciones entre los agentes (en el sentido que le da Bourdieu) que intervienen en que una determinada corriente, género o incluso obra concreta sean socialmente reconocidos como literaria valiosos. Ni siquiera tenemos un conocimiento preciso y completo de quienes formaban el equipo editorial de determinados sellos en determinadas épocas; es decir quiénes eran el editor, los asesores literarios, los miembros del comité editorial, los traductores, los correctores o los ilustradores y diseñadores gráficos que formaron equipos más o menos estables, y que en algunos casos, al completo o en parte, incluso pasaron de una editorial a otra cuando lo hizo el editor (del mismo modo que también algunos autores siguieron a su editor de una editorial a otra). Disponer de lo que conocemos como el «fichero de un editor» (que incluía los datos básicos de sus colaboradores habituales y también de «sus» autores) para poder analizarlo y estudiarlo es algo de lo que muy raramente disponen los investigadores que pretenden analizar la trayectoria de una editorial, pero lo conveniente sería además poder comparar y cotejar diversos «ficheros». Sin embargo, ciertamente, las cosas han cambiado un poquito en los últimos años.

Como consecuencia quizá de una cierta compartimentación de los diversos estudios culturales, existen algunos ejemplos de investigaciones que en alguna medida podrían servir como modelo y que tal vez no hayan recibido la atención que merecen. En los primeros años del siglo XXI, Brian Uzzi y Jarrett Spiro llevaron a cabo un interesante estudio acerca del modo en que se conformaban los equipos que en Broadway se encargaban de poner en pie los espectáculos musicales para ponerlo en relación con la recepción (crítica y de número de espectadores) que estos musicales tenían. Vale la pena anotar que lo hacían en un ámbito, el estadounidense, en el que probablemente la distinción entre cultura (o alta cultura, si se quiere) y espectáculo o entertainment está mucho mejor establecido y en general es mucho más inequívoco que en Europa (donde incluso se justifican las reticencias a destinar dinero público al cine porque nadie tiene claro que, como tal, sea un arte, o por lo menos todas sus manifestaciones sean obras artísticas; curiosamente, eso no sucede de igual modo en el caso de los géneros narrativos textuales, y se considera que una novela es siempre una obra literaria). Tal vez no sea ningún disparate establecer una equivalencia entre esos grupos creadores de espectáculos musicales y los equipos editoriales, y sería bueno poder hacer estudios sincrónicos (quiénes los formaban) y diacrónicos (cómo evolucionaron y qué trasvases se produjeron entre los diferentes equipos en activo). Para ello, sería preciso contar con una base de datos (que quizá se podría inspirar en LinkedIn) de la historia del sector.

Brian Uzzi.

Las dimensiones de un campo literario como el de la lengua española, de una inmensidad y una cantidad de interconexiones apenas abarcable, plantea unos problemas que ya al primer vistazo producen vértigo, pero campos literarios de tamaño reducido, como podrían serlo por ejemplo el sueco, el neerlandés o el catalán, son quizá más propicios para intentar un estudio de esas características. Sin embargo, presupone un estudio previo de una enorme cantidad de biografías, memorias y epistolarios, e incluso archivos editoriales y particulares, que probablemente sólo puede llevarse a cabo en equipo (y con un equipo no pequeño).

En un encuentro celebrado noviembre de 2016 en Alcalá de Henares cuyo objetivo era repensar la historia de la edición como disciplina, Ana Mosqueda subrayaba la enorme importancia de los epistolarios entre escritores, críticos y editores, que además en muchos casos son funciones desempeñadas por una misma persona, para reconstruir esas relaciones entre los agentes de la edición, además de la cuantiosa información que proporcionan acerca de los procesos editoriales de obras determinadas (que puede incluir desde discusiones acerca del título hasta cuestiones de puntuación).  Los ejemplos de esta reivindicación son numerosos, y cualquiera que haya leído un epistolario de este tipo sabe cuán certera es esa apreciación. Ya en en 1996, en el transcurso de un congreso celebrado en 1995 en Bellaterra sobre la literatura del exilio español de 1939, Lluís Busquets i Grabulosa, reivindicaba ya por ejemplo el interés de las cartas cruzadas entre el escritor y editor catalán Xavier Benguerel (1905-1990), que calificaba como «un pozo de información». En este epistolario, que editó el mismo Busquets, se encuentra, entre muchas otras de carácter similar, una del también escritor y editor Joan Oliver (1899-1986) en la que le cuenta que el asimismo editor y escritor Ferran Canyameres (1898-1964) tiene intención de publicarle en París su obra Biografia de Lot con ilustraciones de Joan Vila i Casas (1920-2007), y a renglón seguido comenta que está trabajando en la edición del primer poemario de Canyameres, que después de corregirlo y, una vez maquetado por Antoni Clavé (1913-2005), se lo imprimirá en la imprenta que regenta. Creo que se le entiende todo.

Si al estudio pormenorizado de este tipo de materiales epistolares se pudiera añadir, como hicieron Uzzi y Spiro, un esquema de las relaciones entre los diferentes personajes que tenían alguna importancia en el campo literario en un momento determinado, y se pudiera cotejar esa red de relaciones con la imagen del sector editorial que se desprende de las fuentes de información de ese mismo momento (listas de más vendidos, premios, reseñas y comentarios en los principales medios de comunicación), quizá se podrían plantear hipótesis como las que plantean los estudiosos de Broadway, que llegan incluso a establecer el porcentaje entre equipos ya consolidados y nuevas incorporaciones (lo que llaman el «nivel de interconectividad») que mejor rendimiento dan en cuanto a éxito de público. Es decir, qué grado de conocimiento había entre los miembros del numeroso equipo que pone en pie un espectáculo musical, en relación con su éxito de crítica y de público. Lo que pretendían, y hacen en buena medida, es descubrir qué combinación de relaciones es la idónea en el seno de un equipo para averiguar cuál es el grado de conectividad que se daba en Broadway en los casos de éxito.

En el sentido de las agujas del reloj: Josep M. Casteller, José M. Valverde, Victor Seix, Carlos Barral y Joan Petit.

Para poder imaginar siquiera algo semejante aplicado al estudio del ámbito editorial, sería preciso contar con una descomunal base de datos que permitiera disponer del lugar que ocupaba cada quien en un momento dado (qué cargo ocupada en determinada editorial, en qué medios escribía) e incluso qué tipo de relación había entre determinados sellos o empresas (asociaciones de editores, gremios, pertenencia a un mismo grupo editorial o de comunicación, etc.). Datos como el centro educativo donde se formaron sería también pertinente, pues quizá pudiera descubrirse una relación entre profesores que han sido asesores literarios y exalumnos que han entrado en el mundo literario por esa puerta. Probablemente sea una quimera, pero resulta una idea sugestiva y quizá permitiera poder establecer con cierto rigor una serie de relaciones, coincidencias y, por qué no decirlo, trapicheos que se ocultan a ojos del lector común pero de los que el observador cercano tiene una intuición que no está en disposición de demostrar, a veces sólo por falta de datos fehacientes.

Fuentes:

Pierre Bourdieu, «El campo literario. Prerrequisitos críticos y principios de método», Criterios (La Habana), núm. 25-28 (enero de 1989-diciembre de 1990), pp. 20-42.

David Burkus, «Why the Best Teams Might Be Temporary», Harvard Business Review, 17 de septiembre de 2013.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Epistolari Xavier Benguerel-Joan Oliver, Barcelona, Proa, 1999.

Jordan Ellenberg, «Six Degrees of innovation. What Broadways musicals tell us about creavity», Slate, 23 de marzo de 2012.

Brian Uzzi y Jarrett Spiro, «Collaboration and Creativity: The Small World Problem», American Journal of Sociology 111, n.º 2 (2005), pp. 447-504.