Continuidad en el exilio de un gran proyecto cultural

En el año 2004, el profesor Josep Camps i Arbós publicó un artículo que ponía de manifiesto hasta qué punto, aun siendo fragmentarios y estando dispersos, los epistolarios, tratados con la debida paciencia y rigor, pueden ser una herramienta de primer orden para reconstruir la historia de una editorial. En su caso, basándose sobre todo en el fondo Ramon Xuriguera i Parramona (1901-1966), que se conserva en el Arxiu Nacional de Catalunya, y en el de Josep Queralt i Clapés (1896-1965), que alberga el Institut Franco-Català Transfronterer de la Universidad de Perpiñán, pudo analizar con detenimiento la labor del tándem formado por Queralt, uno de los fundadores de la editorial Proa, y Joan Puig i Ferrater (1882-1956), director literario de la misma, sacando un gran rendimiento también a las cartas cruzadas entre Xuriguera y personajes importantes y bien informados de la cultura catalana, como por ejemplo Rafael Tasis (1906-1966). En el fondo de este último, conservado en la Biblioteca d´Humanitats de Barcelona, se conserva además una carta de Marcel·lí Antich (1895-1968) fechada en San José de Costa Rica en abril de 1965 en la que, como otro de sus artífices, comenta que ha informado a su nuevo propietario de los orígenes de Proa.

Imagen de los primeros tiempos de Proa en la que pueden identificarse, sentado, a Andreu Nin y Olga Tereeva Pavolva; en el extremo izquierdo, a Josep Queralt; en el centro con un cigarro en la boca, a Puig i Ferreter, y, con las manos cruzadas y con gafas, a Marcel·lí Antich.FOTO CEDIDA POR JORDI ANTICH, DE COSTA RICA, NIETO DE ESTE ÚLTIMO.

 

Logo de la mítica colección A Tot Vent, obra de Josep Obiols.

La primera etapa de la editorial Proa, la comprendida entre su fundación en Badalona por parte de Queralt y Marcel·lí Antich y su desmembramiento en 1935 cuando Antich la abandonó para crear la efímera editorial Atena con los traductores Francesc Payarols (1896-1998) y Andreu Nin (1892-1937) y el apoyo económico del contable de Begur Josep Cruells, agravado en 1938 con su desintegración como consecuencia del rumbo de la guerra civil española, había bastado para que Proa se situara a la vanguardia de la edición de narrativa, tanto traducida por excelentes profesionales como en catalán, de su tiempo, y su logo, creado por Josep Obiols (1894-1967), en un punto de referencia inequívoco de solvencia. A la altura de 1938 figuraban ya en su buque insignia, la colección A Tot Vent, obras de Tolstoi, Balzac, Stevenson, Remarque, Dostoyevsi, Dickens, Stendhal, Zweig o Maupassant junto a otras de Prudenci Bertrana, Miquel Llor, Xavier Benguerel, Mercè Rodoreda o Sebastià Juan-Arbó.

De ahí la importancia que tenía la supervivencia en el exilio francés de semejante iniciativa y que enseguida supieron verlo, y así se lo hicieron saber a Queralt, personalidades como el lingüista y filólogo Pompeu Fabra (1868-1948), que incluso le acompañó en sus gestiones con la Administración francesa para poder establecerse como editor, o el mencionado Xuriguera. No es un dato menor que Queralt nunca lograra obtener beneficios de la empresa hasta que la vendió, y que en los primeros tiempos compatibilizara su dedicación a Proa con traducciones y un empleo a media jornada como contable, mientras que su esposa Antònia Pedra se empleaba en labores domésticas en casas ajenas. Eso contribuye a explicar sin duda que Queralt aceptara publicar, fuera de colección, algunas obras financiadas por sus autores.

El hecho de que el contacto entre los implicados se estableciera sobre todo por medio de cartas, con las complicaciones de todo tipo que ello debió de suponer para llevar a buen puerto las diversas ediciones, es a la postre una suerte a la hora de reconstruir esa singladura de Proa por tierras francesas. Ello permite conocer, por ejemplo, detalles como que Queralt obtuvo la Carte de comerçant étranger el 30 de abril de 1949, que la sede de Proa era el domicilio particular del editor (place Cassanyes, 4, 4º de Perpiñán), que la dirección de los posibles suscriptores le fue facilitada por el también escritor y editor exiliado Ferran Canyameres (1898-1964) o que la composición e impresión de las obras se llevaba a cabo inicialmente en la Imprimérie Regionale de Toulouse y posteriormente en Montpellier. Sin embargo, más interesante resulta incluso saber que inicialmente se ofreció la dirección de esta nueva etapa a Xuriguera, quien, si bien declinó muy amablemente la propuesta alegando la necesidad de comprobar primero que el proyecto era viable, en carta a su amigo Tasis le confiesa más abiertamente que no le ve mucho futuro ni ve muy claro semejante proyecto, y escribe: «las condiciones en que se me ofreció la dirección de las ediciones no me permitió aceptar. No entro en detalles para no tener que confiar nombres propios al papel» (es posible que eso aluda específicamente a Puig i Ferrater, quien no puede decirse que tuviera muy buena fama como gestor y uno de cuyos intereses en resucitar Proa era publicar en ella su oceánica novela, en doce volúmenes, El pelegrí apassionat).

Canyameres.

Para financiar semejante proyecto, Queralt ideó un patronato cuyo objetivo era proteger la empresa y en la que figuraron personalidades y entidades comprometidas con la supervivencia en el exilio de la cultura catalana de los más diversos países: el banquero Joan Casanellas y los hermanos y empresarios Josep y Bertran Cusiné en México, los eminentes médicos Josep Trueta y August Pi i Sunyer y el editor Joan Lluis Gili en Gran Bretaña, por ejemplo, o el Casal Català de París, el Institut de Cultura Catalana, el Orfeó Català y la Comunitat Catalana de México, el Centre Català y el Casal Català de Nueva York, el Centre Català de Bruselas… Es significativa también una de las escasas renuncias a figurar en este patronato, la del poeta y traductor Carles Riba, sobre todo por las razones que esgrime: Por el hecho de residir de nuevo en Barcelona, tras un breve exilio, que su nombre apareciera en una lista semejante despertaría sin duda las sospechas de las autoridades españolas, lo que sin duda le reportaría más inconvenientes a él que los beneficios que podría conllevar para Proa que su nombre se añadiera a tan selecta nómina.

Puig i Ferreter durante su exilio.

La primera novela publicada por Proa en Perpiñán tiene la singularidad de ser la primera editada en francés, el retrato La llegende de Pablo Casals, del escritor rosellonés Arthur Conte (1920-2013) –el experimento se repitió en 1951 con Un esprit mediterranéen, Joan Maragall, tesis doctoral del traductor exiliado Josep Maria Corredor–, pero a esta, tras otro caso singular, siguieron enseguida una serie de novelas encuadradas en la colección a A Tot Vent de cuyas vicisitudes hasta su publicación da muy buena cuenta Camps i Arbós en el artículo mencionado. La otra obra singular, con la que se remprende la mítica colección con el número 93, no apareció hasta mediado 1951, El Ben Cofat i l’Altre, del poeta Josep Carner (1884-1970), por entonces exiliado en Bruselas. La singularidad en este caso, comentada no sin sorna por Xuriguera en su epistolario con Tasis, reside en el hecho de que, a diferencia de lo que venía publicándose hasta entonces en A Tot Vent, se trata de la versión catalana de la pieza teatral que Carner había publicado previamente en México, en español y en las efímeras Ediciones Fronda de Vicenç Riera Llorca (1903-1991) y Avel·lí Artís Balaguer (1881-1954), con el título Misterio de Quanaxhuata. La historia de este libro es también bastante peculiar, pues la idea inicial de Carner en 1949 era darla a conocer en Barcelona, a través de Marià Manent, a la editorial Selecta de Josep M. Cruzet (1903-1962), pero éste descartó la posibilidad y entonces fue Armand Obiols (Joan Prat i Esteve, 1904-1971), quien le informó en términos bastante curiosos a Carner de la gestación de una nueva etapa de Proa en una carta del 26 de enero de 1950:

Dudo que Queralt consiga hacer nada. Vi a Puig i Ferrater la semana pasada. En el fondo sólo le preocupa una cosa: encontrar a unas cuantas personas presentables que le flanqueen la rentrée. En principio, quería empezar la colección con el primer volumen de su novela [El pelegrí apassionat]. Pero [Domènec] Guansé le ha escrito diciéndole que sería una pena que el resurgir de Proa sólo sirviera para publicar sus libros con una lista de colaboradores en la cubierta a modo de aval.

Benguerel.

En su etapa en Perpiñán, fracasados algunos intentos de poner en marcha otras colecciones cuya dirección ofreció a Xuriguera, la producción de Proa se centró casi exclusivamente en la colección A Tot Vent, de la que consiguió publicar una docena larga de títulos, aparecidos algunos de ellos con posterioridad a la muerte de Puig i Ferrater: L’home dins el mirall (1952), de Xavier Benguerel; Laberint (1953), de Domènec Guansé, la traducción de Cèsar August Jordana de L’hereu de Ballantrae, de Stevenson; la de Just Cabot de L’estany del diable (1955), de George Sand; El mar escolta (1957), de Joan Garrabou, y a estos hay que añadir los del propio director editorial, cuya abusiva abundancia no puede explicarse sólo por la dificultad para encontrar autores de relieve: Janet vol ser un heroi (1952), Homes i camins (1952), Janet imita el seu autor (1954), Vells i nous camins de França (1956), Els emotius (1956), Demà… (1957), Les profanacions (1958), Els amants enemics (1959), La traïció de Llavaneres (1961), El penitent (1961) y Pel camí dels desgreuges (1962). Cuando ya se estaba gestando el traslado de nuevo a Barcelona, apareció como número 99 de la colección la traducción de Manuel de Pedrolo (1918-1990) de Homes i ratolins, de John Steinbeck. Del número 100, L’Estranger, de Albert Camus, en traducción de Jaume Fuster (1945-1998), se ocupó ya la Proa remodelada por Joan B. Cendrós en Barcelona, a cuyo frente puso a Joan Oliver (1899-1986). Y en el volumen conmemorativo de los primeros cincuenta años de la editorial, Cendrós subrayaba con toda justicia un dato particularmente estremecedor: «Son los cincuenta años de historia de Edicions Proa, de los cuales sólo durante veinte años se ha podido editar en Cataluña».

Fuentes:

Josep Camps i Arbós, «Edicions Proa a Perpinyà (1949-1965)», Els Marges núm. 72 (2004), pp. 45-72.

Isidor Cònsul, «Una mica d’història», en Pastís d’aniversari. A tot vent, 80 anys. Un viatge per les millors obres de la literatura universal, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2008.

Julià Guillamon, ed., La propera festa del llibre será de color taronja. Cinquanta anys del rellançament d’Edicions Proa, Barcelona, Edicions Proa, 2015.

Albert Manent, «Antecedents i història d’una aventura editorial: Edicions Proa», en Escriptors i editors del nou-cents, Barcelona, Curial, 1984, pp. 180-202.

Genís Sinca, El cavaller Floïd. Biografia de Joan Baptista Cendrós, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2016.

 

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Premi Crexells: El asociacionismo como reacción de los jóvenes escritores

A lo largo de toda su ya extensa historia, uno de los premios de narrativa en lengua catalana más importantes, el Premi Crexells, ha ido acompañado de la polémica, y la última hasta la fecha, la desencadenada en 2017 con la concesión a una novela autopublicada (Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades) y sobre todo con las declaraciones posteriores a la concesión del premio hechas por algunos de los miembros del jurado, generó un cierto revuelo entre editores y escritores que recuerda en algunos puntos la que ya se produjo en 1935 y que sirvió de estímulo a lo que pudiera haber sido un fructífero movimiento asociativo de los escritores catalanes, El Club dels Novel·listes.

Aunque sus primeras manifestaciones se produjeron en 1935, hay que retrotraerse algunos años en la historia del Premi Crexells para aquilatar la magnitud y el sentido de ese movimiento de oposición al galardón. Surgido a finales de los años veinte para honrar la memoria de Joan Crexells i Vallhonrat (1896-1926), uno de los principales socios del Ateneu Barcelonès (la institución que lo creó), nació con una cierta polémica, pues si bien su objetivo era premiar la mejor novela publicada el año anterior, en su primera convocatoria (1928) ya quedó desierto. Pero posteriormente se lo llevarían algunas novelas y libros de narrativa importantes en aquellas fechas (Laura a la ciutat dels sants, de Miquel Llor, en 1930; Vida privada, de Josep Maria de Sagarra, en 1932 o Valentina, de Carles Soldevila, en 1933).

Joan Crexells i Vallhonrat.

Sin embargo, Josep M. López Picó suscitó un cierto debate, que recogieron sobre todo los autores jóvenes, cuando con motivo de obtener el Premi Folguera de poesía expresó en voz alta sus dudas acerca de si el objetivo de los premios literarios, en aquel punto de la evolución de las letras y el mercado libresco catalán, debía ser destacar un determinado libro o bien la trayectoria de un autor. Durante el mes de marzo de 1935 se publicaron en las páginas de La Veu de Catalunya las respuestas a una interesante encuesta acerca de la significación que los premios debían tener en aquel momento de la historia cultural catalana, y entre ellas son particularmente interesantes las de una nueva generación de jóvenes escritores que estaban empezando a mover los codos para abrirse paso en el campo literario y editorial catalán (Joan Oliver, Ignasi Agustí, Joan Sales, Joan Teixidor, Xavier Benguerel, Josep Janés i Olivé, Salvador Espriu, Martí de Riquer, Francesc Trabal, etc.).

Ignasi Agustí.

Ya en un artículo asombrosamente poco citado de diciembre de 1931, quien luego sería célebre editor, Josep Janés i Olivé (1913-1959), daba por justo el galardón del Crexells de ese año a Prudenci Bertrana (por una obra menor como L’hereu), considerando que su trayectoria se lo merecía, pero hacía una afilada apreciación acerca de la composición de los jurados:

Tenemos el convencimiento absoluto de que el jurado del Premi Crexells, nuestra máxima distinción literaria, tendría que estar formado por gente de la máxima competencia. A ser posible, si los hubiera lo suficientemente inteligentes, por críticos.

Nos resentimos, aún, de una cierta mezquindad de espíritu que hace que cerremos los ojos a todo aquello que abre nuevos horizontes. Es preciso abandonar los prejuicios anacrónicos y tener en cuenta, más que las dotes literarias, la solvencia crítica de las personas elegidas. Y no creo que constituyan ninguna garantía de la mencionada solvencia unos señores que hoy dan dos votos a Carles Capdevila com L’amor retobat y en cambio eliminan el Víctor de [Agustí] Esclassans, y otros que dan dos votos, también, a Joan Mínguez, y eliminan L’últim combat de Sebastià Joan Arbó.

Los años y los fallos sucesivos no hicieron otra cosa que alimentar esa polémica, y en la mencionada encuesta el por entonces ya editor de los excelentes Quaderns Literaris, y ganador en 1934 de la Flor Natural en los  Jocs Florals de Barcelona (con Tu), se mostraba de nuevo explícito acerca de los problemas que, a su modo de ver (coincidente con el de muchos de los escritores de su generación), aquejaba los premios literarios en catalán, y en particular al Crexells:

De izquierda a derecha, Ignasi Agustí, Joan Teixidor, Félix Ros, Pedro Salinas, Tomàs Garcés y Guillermo Díaz-Plaja.

Creo que dado el carácter de consagración que hasta el momento presente se ha venido concediendo a los premios literarios, es absolutamente necesaria la creación de unos premios literarios para los jóvenes. […] Ya tenemos una experiencia lo suficientemente larga –con el Premi Crexells, particularmente– para que nos hayamos dado cuenta de cuán contraproducente es adjudicar un premio al nombre y la obra total de un autor, tomando la obra concursante como un simple pretexto pero glorificando esa obra concreta. Esto nos ha llevado a la paradoja de encontrarnos presenciando que, salvo una o dos, las obras premiadas sean las más mediocres o incluso la peor de cada autor. Y que una antología de Premis Crexells signifique una antología de nuestra novela inferior.

[…] Otra de las cosas que habría que corregir es la formación de los jurados. Hay que buscar los nombres entre gente solvente y desapasionada. ¡Es tan fácil que un padrino literario, o un amigo, o un enemigo, cambien el rumbo lógico y justo de una votación, por apasionamiento o mezquindad! Tenemos muchos ejemplos de ello, algunos de ellos muy recientes.

Y, para acabar, creo que debería crearse, también, un premio para el mejor primer libro, publicado por autores menores de veinticinco años. Y tal vez fuera conveniente que el Premio consistiera en una espléndida bolsa de viaje. Lo que nos perjudica más, a los escritores catalanes, es que las circunstancias económicas no nos permitan viajar. La literatura aquí no da para nada (y mucho es que no cueste dinero). De un espléndido viaje de juventud un escritor de raza sacaría un  provecho enorme, un provecho que revertiría en nuestra literatura y en Cataluña esencialmente.

Josep Janés i Olivé

Es evidente que Janés llevaba ya algunos años pensando críticamente en las necesidades del sistema literario catalán, y en particular en el funcionamiento de premios literarios importantes, y las propuestas que hace, evidentemente pensando en los escritores de su generación y en sus dificultades para establecerse, son todas ellas muy sensatas y en buena medida extraídas de su experiencia como observador atento de, en particular, el Premi Crexells.

Cuando en 1934 este galardón pasa a adscribirse a los premios instituidos por la Generalitat, por primera vez se otorga a una voz no excesivamente conocida y reputada, y también por primera vez a una voz femenina, la de Teresa Vernet (1907-1974) por Les algues roges, que había publicado en Proa. Quizá sea el primer caso en el que este premio cumplía una de las funciones que muchos jóvenes pensaban que debía tener: consolidar una carrera en progresión, cuando no anunciar una obra en auge.

Sebastià Juan Arbó (1902-1984).

En su artículo para Mirador con motivo de esa convocatoria del premio, Rafael Tasis apunta a que hubo otros dos autores a los que se apuntaban como favoritos y que casi contaban ya con llevarse el premio, curiosamente ambos muy estrechamente vinculados a la editorial Proa, pues casi con toda seguridad se trataba de Joan Puig i Ferreter y, una vez más, Sebastià Juan-Arbó, a quien el Crexells se le resistía.

La importancia de esa edición del Crexells y lo que distinguió esta polémica de las que siempre solía generar el fallo de este premio es sobre todo, como apuntó Josep M. Balaguer, que fue uno de los estímulos iniciales para que los jóvenes escritores empezaran a articular poco menos que un «frente generacional» que aglutinaba a los grupos que habían ido asomando la cabeza en el panorama cultural catalán, que ya se habían ido interrelacionando entre sí y que formaban principalmente los universitarios, los tertulianos del Euzkadi y la Colla de Sabadell, y todo ello cuajaría poco más de un año después en la creación del Club dels Novel·listes.

Joan Sales (1912-1983), quien más tarde, con Xavier Benguerel y Joan Oliver, retomaria el nombre El Club dels Novel·listes para bautizar una célebre colección.

En el número del 14 de noviembre de 1935 de La Publicitat aparecían en la misma página un artículo de Carles Capdevila titulado «Els jurats dels premis literaris» y una nota que anunciaba «Un club de novelistes?», en la que se señalaban como impulsores de la iniciativa algunos autores publicados por la editorial Proa y se enumeraban entre sus propósitos la creación de un premio literario honorífico para la mejor novela del año, cuyo jurado estaría compuesto exclusivamente por novelistas, especificando además que no era una competencia al Crexells, sino un estímulo para lectores y escritores. Aun así, de la lectura de este texto muy bien podría deducirse que la intención de este grupo de escritores era precisamente crear un contrapeso al Crexell, un galardón que permitiera dar a conocer a los jóvenes escritores, además de permitir situar la iniciativa en los aledaños de la editorial Proa.

 

Antoni López Llausàs (1888-1979).

En los meses siguientes, van apareciendo en la prensa nuevas precisiones: la sede se sitúa en el número 34 de la calle Pelayo, será un espacio destinado a debates y lecturas e incluso se describe quién podrá asociarse (quien haya escrito o traducido por lo menos una novela al catalán) y se especifica la cuantía de la cuota de «amigo» (36 pesetas anuales). El 8 de enero La Publicitat, además de anunciar la inauguración formal mediante una cena en el restaurante Catalunya, publica ya una extensa lista de adhesiones, con algunos nombres un poco sorprendentes al lado de los más esperables, como Teixidor (que ciertamente era autor del relato «Coses de tres soldats», publicado en La Revista) u otros a quienes, además de interesar la materia, figuraban posiblemente más como traductores, como Martí de Riquer, J.V. Foix, el editor Antoni López Llausàs o Joan Oliver. Tampoco pasa desapercibido el hecho de que, al lado de nombres como los de Mercè Rodoreda, Xavier Benguerel, Ignasi Agustí, Josep Sol, Juan Arbó o Josep Janés i Olivé figure el de Prudenci Bertrana, lo que puede dar idea de la amplitud del abanico de autores que se reunían alrededor de esa mesa, si bien la iniciativa, como es muy lógico, la tomaran las generaciones jóvenes y muy particularmente el escritor vallesano Francesc Trabal.

Xavier Benguerel (11905-1990).

No se trataba en principio, pues, como pudieran temer ciertos sectores, de dar una réplica al Crexells, a quienes han sido miembros de sus jurados o a quienes se han llevado el galardón, sino que nace con unas intenciones más o menos similares a las que tenían los Amics de la Poesia. Sin embargo, a nadie escapaba tampoco que la creación de un premio que distinguiera a los jóvenes, con lo que ello podía tener de promoción de los nuevos escritores y de difusión de sus obras, no era el menor de los objetivos que movían al Club. En este sentido, resulta sumamente indicativa esta reunión de escritores tan diferentes en muchos aspectos, si se pone en contraste con la situación política de los primeros meses de 1936, con una cesura muy profunda entre la derecha y la izquierda que sólo provisionalmente se resolvería con las elecciones del 16 y 23 de febrero, las últimas de la Segunda República. Lógicamente, la guerra civil española acabó con el Club dels Novel·listes (y con el Premi Crexells).

Fuentes:

Ignasi Agustí, «Les Arts i les Lletres. Els camins de la victòria», L´Instant, 4 de febrero de 1935.

Anónimo, «Un club de novelistes?», La Publicitat, 14 de noviembre de 1935.

Anónimo [¿Ignasi Agustí?], «S´ha fundat el Club dels Novel·listes», L´Instant, 9 de enero de 1936.

Rafael Tasis (1906-196).

Josep M. Balaguer, «El Club dels Novel·listes i els fils de la història», Els Marges, núm. 57 (1996), pp. 15-35.

Margarida Casacuberta, «Gènesi i primera adjudicació del Premi Crexells. Notes sobre cultura i novel·la en el tombant dels anys vint als trenta», Els Marges, núm. 52 (1995), pp. 19-42.

Josep Janés, «La nostra enquesta sobre la significació literaria dels premis literaris», La Veu de Catalunya, 13 de marzo de 1933.

Josep Janés i Olivé, «Del Premi Crexells, 1931», Flama, núm. 7 (25 de diciembre de 1931), p. 7.

Rafael Tasis, «Premi Crexells 1934. Maria Teresa Vernet», Mirador, 4 de abril de 1935.

Rafael Tasis y la librería como trinchera

A Montserrat Bacardí

Rafael Tasis

Rafael Tasis.

Rafael Tasis i Marca (1906-1966) fue sin duda uno de esos personajes del mundo del libro que llevan la tinta en las venas, pero sobre todo un activista cultural de una lucidez, tesón y empenta muy poco usuales, en unos tiempos particularmente difíciles.

Con tan sólo quince años ya publica una primera colaboración en la revista infantil de Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954) La Mainada, cuya cabecera era de Joan d’Ivori (Joan Vila i Pujol, 1890-1947) y entre cuyos dibujantes se cuentan Opisso, Xavier Nogués, Apel·les Mestres o Lola Anglada, ilustrando a dos tintas textos de Josep M. López-Picó, Carles Riba, Josep Carner o Salvat Papasseit, y al año siguiente ya aparece su relato El daltabaix (1923) en la colección semanal La Novel·la d’Ara (1923-1927), que era la de mayor difusión entre las colecciones catalanas populares de esos años. Sin embargo, progresivamente, y mientras dedica buena parte de su tiempo a trabajar en la librería-papelería-imprenta familiar, empieza a destacar como crítico literario y a acumular una obra ensayística, narrativa, poética y teatral, además de como traductor, que superará los sesenta títulos (adviértase que salen a más de uno por año vivido, y dejó además obra inédita y un voluminoso epistolario).

LaMainadaEl hecho de que la empresa familiar se desdoblara en pequeña imprenta artesanal (Imprenta La Industria Manuel Tasis, a cuyo frente estuvo el grabador Bartolomé Tasis) debió de ponerle en contacto desde muy pronto con esas labores, si bien limitadas a modestos impresos comerciales, pues raramente se dedicó la Tasis a los libros, si bien en los primeros años del siglo había publicado La máquina locomotora (1905), de Edouard Sauvage (para la Llibreria Penella y Bosch), y sobre todo obras teatrales: Don Juan Curda parodia del drama de Don José Zortilla Don Juan tenorio escrita en siete actos y en verso (1908), de Julio de las Cuevas, o las obras, adaptaciones o refundiciones teatrales de Lluis Sunyer Casademunt La Font dels Enamorats (1901), Els mals esperits (1901), Los plomos de Venecia (1901), Un vividor (1901), El capitán de la Marta (1901), La bohème (1905) o Ingènua: idil·li en un acte y en prosa (1906), así como las de Francisco Xavier Godó Els dos crepúscles (1905), Mala partida (1905), Botifarras dolsas (1906), Fugint del niu (1907), Ánimas perdidas (1908), etc.

Canyameres

F. Canyameres.

Sin embargo, los primeros contactos estrechos de Rafael Tasis con la producción de libros de los que tenemos noticia se produce ya en el exilio parisino, donde vivió la ocupación nazi, cuando colaboró con Ferran Canyameres (1898-1964). Con este animoso editor, además de traducir para su empresa una docena larga de novelas de George Simenon, trabaja en uno de los primeros libros bibliográficamente importantes del exilio, Tot l’any. Dotze estampes barcelonines (1943), ilustrado por Antoni Clavé (1913-2005) con doce litografías y con el que se estrena la editorial Albor de Canyameres. Posteriormente publicará un soneto en el libro colectivo de Albor, formalmente más modesto, Ofrena a París dels intel·lectuals catalans a l’exili (1948), cuyo frontispicio de Pablo Picasso da entrada a textos en prosa y verso de Pere Corominas, Josep Carner, Ramon Xuriguera, con 35 ilustraciones a pluma de autoría no menos destacada (Feliu Elies, Emili Grau-Sala…).

Durante esos años asesoró literariamente al cartelista y pintor exiliado también en París Carles Fontserè (1916-2007) en sus ediciones de bibliófilo, e incluso prologó uno de los libros que le había recomendado, La fi del món a Girona, de Joaquim Ruyra, publicado con litografías de Fontserè en 1946.

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Carles Fontserè.

Al morir su padre, Tasis regresa a Barcelona y se pone al frente del negocio familiar, que pronto se convierte en uno de los epicentros de la resistencia cultural catalana, pues los contactos que el escritor mantenía con todo tipo de intelectuales, con la prensa y las editoriales en el exilio y con la resistencia clandestina del interior, lo convertían en una fuente de información privilegiada. Enumerar siquiera las actividades de todo tipo en las que se implicó, comprometió o lideró en esos años (conferencias, artículos, intervención en agrupaciones relacionadas con el teatro, con la traducción, con la cultura en un sentido muy amplio) sería ya extensísimo, pero valga como ejemplo su incorporación a la tertulia de Joan Santamaria, con los escritores Josep Sol, Joan Oller i Rabassa y Rosa María Arquimbau, el librero Joan Ballester o los editores Rafael Dalmau i Ferreres y Miquel Arimany, entre otros muchos, que unos años después desembocaría en la creación, a propuesta suya, del Premi Joan Santamaria, destinado a estimular la producción de literatura en lengua catalana. La primera edición galardonó en 1955 el relato «Carnaval», de Mercè Rodoreda, que después se publicaría en Vint-i-dos contes (en 1988 se publicó en Mondadori la traducción de Ana María Moix de este libro), y posteriormente premiaría, por ejemplo, a Manuel de Pedrolo (1918-1990), Ramón Folch i Camarassa (n. 1924) y Baltsar Porcel (1937-2009).

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Miquel Arimany.

Las memorias y epistolarios de la gente de letras catalanas de posguerra están salpicados de referencias a la poco menos que mítica librería Tasis, sede de numerosas tertulias más o menos improvisadas. Así, por ejemplo, explica Sebastià Gasch a Ferran Canyameres el 3 de julio de 1948: «Veo a menudo a Tasis, reintegrado a su librería en la Rambla, donde trabaja todo el día. Tranquilo, vigoroso, animado». Se trataba de un comercio que en su propias tarjetas se presentaba como «Imprenta. Papelería. Objetos de Escritorio. Librería Tasis. Especialidad en trabajos comerciales. Rambla Capuchinos, 33» –en los anuncios del premio se da como dirección postal el número 42–, pero sus existencias eran variadas: Si bien había un amplio espacio de estanterías móviles dedicadas a novela policíaca y de ciencia ficción, era también una de las pocas librerías que en Barcelona apoyó desde el principio al editor Josep Pedreira aceptando en depósito ejemplares de su ambiciosa colección de poesía Els Llibres de l’Óssa Menor.

LogoOssaMenorA mediados de los cincuenta, fue allí donde el poeta y traductor irlandés Pearse Hutchinson (1927-2012) consiguió su primera gramática catalana (publicada en tiempos de la república, por supuesto), sin lo que probablemente jamás hubiera existido el volumen Josep Carner: poems (Oxford, The Dolphin Press, 1962). Y muestra de su apoyo a la introducción de las revistas del exilio (con muchas de las cuales colaboraba asiduamente, en ocasiones con seudónimo) lo constituye el episodio recreado por Miquel Guinart, director de Vida Nova (1954-1978), recordando que «durante algunos años, la tienda de Tasis se convirtió en una fidelísima agencia de la publicación occitano-catalana», y añadiendo la siguiente respuesta de Tasis al plantearle ciertos problemas con la censura y con la administración de las suscripciones del interior:

Intentad enviarme veinte ejemplares en un paquete que no muestre qué periódico contiene. Si los recibo, a partir de entonces haréis eso mismo con cada número. Yo me ocuparé de que se vendan cuanto antes. Y en referencia a lo que me contáis de que los pocos suscriptores que tenéis en Cataluña no os pagan porque temen el castigo del franquismo, advertidles de que pueden hacerlo en mi librería y yo mismo les haré el recibo.

PearseHutchinson

Pearse Hutchinson.

En la misma línea se sitúa el comentario de Albert Manent acerca del papel de aglutinador de fuerzas y de difusor de proyectos que llevó a cabo Tasis desde su librería:

No es fácil imaginar cómo tenía que actuar Tasis en ese mundo aún lleno de prohibiciones contra la lengua y la cultura, sin plataformas públicas, haciendo de puente con el exilio, dando conferencias sobre temas no políticos que a veces acababan en multa. Y sobre todo debiendo dedicar muchas horas a la papelería y a la pequeña imprenta artesanal. Recibía no sólo la visita de amigos y de «conspiradores» ávidos de noticias o de conocer algún rumor por boca del mismo Tasis, sino también de clientes o de quienes lo llamaban para saber cuándo acababa el plazo para presentar trabajos a los Jocs Florals de Molins de Rei. [El editor Miquel] Arimany recuerda que era usual la frase: «Cuando no sepáis algo, preguntándselo a Tasis»

RafaTasisA principios de los años sesenta, fue uno de esos visitantes, Ferran Canyameres, quien le presentó a Tasis a Josep Fornas, y con la colaboración de Albert Manent formaron el trío que, en el aspecto intelectual, puso en pie una de las editoriales culturalmente importantes de la época, Pòrtic. En consonancia con ello, el propio Tasis prologó el primer título que publicaron, las Memòries polítiques (1890-1917) del periodista y político Claudi Ametlla (1883-1968), además de ofrecer a Fornas el enlace con el agente ante la censura Bernardo Crespo Bellido (agente también de diversas editoriales catalanas, Rafael Dalmau, Nova Terra y Estela entre ellas), quien después de saltar a las páginas de la prensa con sólo trece años como acusado por el conocido como «Crimen de Huerta», hizo la Guerra del Rif en el regimiento de Infantería de Ceriñola.

También a principios de los sesenta la imprenta de los Tasis toma un nuevo impulso, y no sólo para hacer exquisitas felicitaciones navideñas. Ya de 1956 es la edición de Libreros y bibliófilos barceloneses del siglo XIX. Apuntes para su pequeña historia, de Ángel Millá, un volumen de 70 páginas con cubierta y cabeceras de cubierta de Antonio Roca, algunas ilustraciones y láminas, encuadernado en rústica, del que se tiraron cien ejemplares en papel de hilo y que era un encargo del Gremio de Libreros de Barcelona.

De 1960 son el volumen de Lluis Valeri (1891-1971) Requiem per a Carles Riba (70 páginas en octavo mayor encuadernadas en rústica) y Frases célebres adaptadas al libro con un poco de humor, 23 páginas en octavo encuadernadas en rústica, con ilustraciones de Antonio Roca entre el texto, que se obsequiaba a los colaboradores de la IX Feria Anual del Libro de Ocasión Antiguo y Moderno.

Poemes de tardaEn 1964 está fechado Centenario del nacimiento de Miquel S. Oliver, 1864-1964, Discurso leído el día 31 de diciembre de 1920, por encargo del Ayuntamiento de Palma en el acto solemne de ser proclamado Hijo Ilustre de Mallorca, texto biográfico escrito por Joan Alcover (1854-1926) que se acompaña de «Mi padre y yo», de Joana Oliver, así como los Poemes de tarda de Miquel S. Salarich Torrents (con prólogo de Leandre Amigó), y las navidades del año siguiente la Tasis felicita a sus clientes y amigos con un texto del propio Tasis titulado Història d’una penya literaria, que reconstruía la trayectoria de la conocida como Penya Oasis, y en las de 1964, del mismo autor, La saviesa del poble, 52 páginas en octavo menor encuadernadas ambas en rústica, numeradas y nominales.

Más curioso es el último de los textos, también de Tasis, que he localizado impreso en su imprenta: Discurs de gràcies no pronunciat en un acte no celebrat per a commemorar els seixanta anys de Rafael Tasis, apenas doce páginas de las el Club d’Amics de la Unesco de Barcelona hizo una edición facsímil fechada el 12 de marzo de 1966.

Con todo, quizá la mejor caracterización de lo que significó la peculiar librería Tasis en la posguerra sea la que hizo el librero, escritor y gestor cultural Salvador Balcells:

Este espacio se convirtió en un centro neurálgico del catalanismo cultural y literario de la posguerra. En los años cincuenta y sesenta, con un hombre como él al frente –un divulgador cultural, un intelectual comprometido y un luchador constante– la librería se convirtió en un punto de encuentro y en un centro de iniciativas patriotas de todo tipo. Ya se recibían originales que se presentaban a los premios Joan Santamaria, como se reunían los miembos del Institut d’Estudis Catalans o se vendían boletos para asistir a una cena de homenaje a Carles Riba. Como el Barça, era más que una librería.

Tasis&Co

De izquierda a derecha: Rafael Tasis, Sebastià Gasch, Antoni Vancells, Andreu-Avel·lí Artís i Tomàs (Sempronio) y Josep M. Boixareu.

Nota: Todas las traducciones de las citas son mías. El legado documental de Rafael Tasis se ecuentra en la Biblioteca d’Humanitats de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Fuentes:

Montserrat Bacardí y Francesc Foguet, «Teoria d’exili», en Rafael Tasis, Les raons de l’exili, Valls, Cossetània (Memòria del Segle XX 19), pp. 5-40.

Salvador Balcells, «Rafael Tasis, els fonaments d´un gènere», Ítaca. Revista de Filologia, núm. 5 (2014), pp. 215-227.

Ferran Canyameres, Obra completa VI: Epistolari, 1939-1951, Barcelona, Columna, 2006.

Escáner_20160302Sílvia Coll-Vinent, «Rafael Tasis, traductor i divulgador literari», Quaderns. Revista de Traducció, núm. 14 (2007), pp.  95-104.

Carles Fontserè, «La fi del món a París», Revista de Girona, Girona, Año XXXV, núm. 136 (septiembre-octubre de 1989), pp. 49-51.

Miquel Guinart, Memòries d’un militant catalanista, Barcelona, Publicacions de l Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or 73), 1988.

Francesc Parcerisas, «The Irish Poet and the British Gentleman», The Anglo-Catalan Society, 2002.

Mireia Sopena, Editar la memoria. L’etapa resistent de Pòrtic (1963-1976), Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Història Contemporània 366), 2006.

Rafael Tasis, «L’escriptor Joan Santamaria i el Premi Joan Santamaria», en Ferran Canyamares, El gos udolà a la mort, Barcelona, 1959, pp.7-32.