La edición ensimismada (Pasando página)

En el más reciente cambio de siglo se publicó una pequeña avalancha de títulos dedicados, en sentido amplio, al mundo del libro, ya sea centrados en grandes editores, como es el caso de las reediciones de la biografía Gaston Gallimard, de Pierre Assouline (Península, 203) y las Memorias de Carlos Barral (Península, 201), las nuevas de Mario Muchnik (Lo peor no son los autores y Banco de Pruebas, Del Taller de Mario Muchnik, 1999 y 2000) o los imprescindibles estudios de Albert Forment (José Martínez, la epopeya de Ruedo Ibérico, Anagrama, 2000) y Carlo Feltrinelli (Senior Service, Tusquets, 2001), bien sea en forma de panorámicas más o menos ambiciosas, como en el caso de Jorge Villar (Las edades del libro, Debate, 2002) y Jesús A. Martínez Marín (coord.., Historia de la edición en España 1836-1936, Marcial Pons, 2001) o bien como ensayos o recopilaciones de conferencias y artículos: La edición sin editores, de André Schiffrin (Destino, 2000), La industria del libro, de Jason Epstein (Anagrama, 2001) u Opiniones mohicanas, de Jorge Herralde (El Acantilado, 2001). Y otras obras valiosas publicadas en otros ámbitos llegaban con menos fluidez de la deseable, como La edición catalana en México, de Teresa Férriz (El Colegio de Jalisco, 1998) o El mundo de la edición de libros, de Fernando Esteves Fros (coord.., Paidós, 2002).

En la misma dinámica se incluye el ambicioso proyecto de Joaquim Palau de lograr una historia completa de la edición en España en el siglo xx, desde allí donde la dejaba el equipo coordinado por Martínez Marín (es decir, en 1939), hasta el cambio de siglo, mediante dos libros bajo la responsabilidad de dos conocidos periodistas culturales barceloneses, Xavier Moret (Tiempo de editores, 2002) y Sergio Vila-Sanjuán (Pasando página); dos libros sin embargo muy distintos, tanto en sus planteamientos como en sus resultados. Pese a la buena acogida que tuvo el libro de Moret en la prensa periódica, y aunque ya se reflejó en ella el ninguneo de la edición fuera de Barcelona, es evidente que Tiempo de editores no es ni mucho menos un estudio definitivo, ni por supuesto completo, y que los demasiados errores que contiene obligan a tomar los datos que ofrece con suma cautela.

Los celosos, de Márai, en Janéz Editor (1949).

Segio Vila-Sanjuán, a quien su larga dedicación al tema desde la sección “Latidos de la industria cultural” (La Vanguardia) había dotado de un bagaje adecuado para afrontar su objetivo, tiene la perspicacia de declarar desde el principio tanto cuáles son las fuentes de las que proceden los datos que ofrece como, sobre todo, cuál ha sido la intención: “recopilar la máxima información, interpretarla, ordenarla y exponerla de forma que permita una lectura lo más fluida posible” (p.10). Lo primero es importante no sólo porque, como advierte Vila-Sanjuán, en España las cifras de venta de un determinado libro son casi imposibles de conocer a ciencia cierta, sino también porque es muy difícil establecer quién es el descubridor de un determinado autor o texto: ¿la agente que lo incorpora a su catálogo?, ¿el lector o asesor editorial que lo recomienda a un editor?, ¿el editor que estampa su firma en el contrato de edición? Como se puso de manifiesto en los casos de Marái y Salamandra o Kertész y El Acantilado, con frecuencia se ha divulgado y generalizado informaciones equivocadas respecto a supuestos “descubrimientos”. En cuanto al segundo aspecto, lo cierto es que estamos ante un libro de una fluidez subyugante que, valiéndose en la misma medida de episodios divertidos o pintorescos que de anécdotas significativas o ejemplares y de declaraciones intempestivas, logra que sea difícil dejar de leer.

Sin destino (Plaza & Janés, 1996).

La estructura misma del libro lo dota de una rara amenidad, muy periodística, y permite –casi invita a– diversos modelos de leerlo. La primera parte se atiene a la cronología para ofrecer un completo repaso de los acontecimientos más sobresalientes del mundo de la edición, mientras que la segunda se centra en algunos temas (los premios, los best-sellers, el pensamiento, la edición de poesía, de clásicos…),  con lo cual se completa la primera y se construye una obra que tanto puede vivirse como un viaje por la historia de la industria editorial española, no por ameno menos riguroso, como emplearse a modo de obra de consulta respecto a ámbitos o aspectos concretos.

Quizá pueda achacársele alguna ausencia notable (hubiera sido de agradecer, por ejemplo, una panorámica de la edición de teatro, dramática a todas luces) o señalar algunos defectos graves, si bien mucho menos numerosos que en Tiempo de editores, que ensombrecen el índice onomástico, pero no hay duda de que ésta sí es una obra muy útil y destinada a permanecer en el tiempo. Porque, como dijo en su momento el otro gran cronista de la vida editorial, Manuel Rodríguez Rivero (Blanco y Negro Cultural, 26/V/2003), “es un libro que nos recuerda cosas olvidadas y nos cuenta otras desconocidas o nunca hasta ahora documentadas”, pero además nunca deja de establecer las vinculaciones entre la edición y los cambios de la cultura y la sociedad en el período democrático postfranquista.

El editor y escritor Carlos Pujol (1936-2012).

Y si bien los apocalípticos podían ver en la publicación de otro ensayo sobre edición una tendencia del mundo del libro a encerrarse en sí mismo –y ahí están como argumento los destacados ejemplos de promiscuidad de editores/novelistas como Enrique de Hériz, Carlos Pujol o Enrique Murillo–, lo cierto es que cada sociedad tiene la industria editorial que se merece, y conocer ésta es también un modo de comprender mejor aquélla. Aunque eso quizá sea también aplicable a la programación televisiva…

 

Origen:

Publicado por primera vez en la revista Quimera, núm. 235 (octubre de 2003), pp. 68-69. En el momento de incorporarlo a Negritas y Cursivas,  Pasando página. Autores y editores en la España democrática (Barcelona, Destino, 2003 y Barcelona, Círculo de Lectores, 2004) está tristemente descatalogado.

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2 pensamientos en “La edición ensimismada (Pasando página)

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