Algunos descubrimientos editoriales: al César lo que es del César

Es muy común entre los editores con vocación cultural el deseo del descubrimiento de nuevos valores, y quien fuera editora de Lumen, Esther Tusquets (1936-2012), lo expresaba diciendo que prefería publicar la primera obra de un autor importante que la última. Otro editor de cuerda hasta cierto punto similar, Manuel Borrás, de Pre-Textos, se quejó en alguna ocasión de tener la sensación de actuar como el ojeador que levanta la pieza para que otro cazador mayor cobre la pieza, aludiendo a las grandes empresas editoras que contrataban las segundas o terceras obras de escritores a los que pequeñas editoriales, como la suya, se habían arriesgado a dar a conocer por primera vez.

De izquierda a derecha, Manuel Borrás, Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez .

Esta vocación descubridora es muy común que vaya acompañada de la voluntad de crear un catálogo de autores, frente a los catálogos de obras. Dicho de otro modo, la pretensión de reunir toda la obra de algunos autores, aunque es evidente que compaginar esas dos vocaciones (descubrir y hacer lo que suele llamarse «política de autor»), a la larga siempre ha sido problemático, porque también es muy raro que una editorial de esas características pueda (o quiera) crecer del modo en que tal equilibrio requeriría, así que a menudo llega un momento que cada nuevo descubrimiento implica desprenderse de las nuevas obras de algún autor que hasta entonces era considerado «de la casa».

Estas «políticas de autor» acaban por generar entre los lectores el establecimiento de una muy firme asociación entre unos autores y sus editores. Valgan como ejemplos, en el ámbito de la edición española, el de Miguel Delibes con Destino o el de Umberto Eco con la Lumen de Esther Tusquets. Por otra parte, este mismo vínculo suele ser explotado y reivindicado por los editores, cuando el autor en cuestión se consagra, como caso de éxito en su política de autor, pero en más de una ocasión eso ha llevado también a excesos, y la prensa literaria, no siempre suficientemente informada, a veces no ha hecho sino contribuir a ello.

Es bastante lógico, por ejemplo, que el nombre de Javier Marías haya quedado estrechamente vinculado en la memoria del lector más joven a la editorial Alfaguara, desde que en 1998 publicó allí Negra espalda del tiempo y a partir de ese momento publicó en Alfaguara tanto sus nuevas obras como las reediciones de sus novelas anteriores. Pero estas no eran pocas, desde la inicial Los dominios del lobo en Edhasa (1971), pasando luego por La Gaya Ciencia (Travesía del horizonte, 1973), un primer paso por Alfaguara que no fructificó (El monarca del tiempo, 1978) y otro también efímero por Seix Barral (El siglo, 1983), antes de recalar en Anagrama, donde empezó a despertar una atención progresivamente mayor tanto de la crítica como de los lectores (El hombre sentimental, 1986; Todas las almas, 1989; Corazón tan blanco, 1992; Mañana en la batalla piensa en mí, 1994), hasta que una vitriólica polémica entre autor y editor acabó con la relación.

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

En el ámbito de las traducciones del francés, otror ejemplo, un nombre estrechamente ligado a Anagrama es el de Amélie Nothomb,  quien se estrenó en esta editorial con una novela (Estupor y temblores) lo suficientemente asombrosa como para aunar dos premios tan aparentemente opuestos como el Gran Premio de la Academia Francesa y el Premio Internet (otorgado por los internautas). Menos conocido es que quien se había empeñado inicialmente en convertir a Nothomb en «autora de la casa» y darla a conocer a los lectores en lengua española, implementando su propia política de autor, fue Sílvia Lluís en su editorial Circe, donde aparecieron consecutivamente Higiene del asesino (1996), Las catilinarias (1997) y Atentado (1998).

En cuanto a la literatura en lengua inglesa, y sin movernos de la editorial de la calle Pedró de la Creu, pocos autores más específicamente anagramáticos que Paul Auster, aun cuando a su llegada a la editorial de Jorge Herralde ya tenía una obra notable publicada en español. En Júcar habían aparecido por entonces los tres títulos de la Trilogía de Nueva York (1988), que más tarde aparecería retraducida en Anagrama, mientras que en Edhasa se habían publicado El país de las últimas cosas (1989), La invención de la soledad (1990) y El arte del hambre (1992), títulos todos ellos de los que Anagrama reeditaría las mismas traducciones de María Eugenia Ciocchini. Jorge Herralde explicó del siguiente modo el caso de Auster, en un patrón aplicable también a Nothomb y Marías, apuntando al papel de la crítica literaria y a la diversa fiabilidad que ésta, al margen de las cualidades de las obras y autores en cuestión, otorga a ciertas editoriales: «Después de la publicación en España de sus primeras obras con muy poca repercusión, en Anagrama iniciamos la publicación de este autor, en 1990, con una de sus mejores novelas, El palacio de la luna, que tuvo reseñas excelentes.»  Caso un tanto distinto fue el paso de la esposa de Auster, Siri Hustvedt, de Circe a Anagrama, que empezó a gestarse con la publicación simultánea de la novela Todo cuanto amé (2003) por la primera en España y la segunda en Latinoamérica, cuando Circe le había publicado ya las novelas Los ojos vendados (1992), El hechizo de Lili Dahl (1996) y el ensayo En lontananza (1998).

Al igual que en el de Marías, también fue muy sonado y ampliamente divulgado por la prensa más o menos cultural el polémico paso del escritor húngaro Imré Kertész (1929-2016) de Acantilado a Alfaguara, escándalo que respondía tanto a que se le acaba de conceder  el Premio Nobel de Literatura como a la reivindicación casi patrimonial que de él hacía Jaume Vallcorba (1949-1914), quien desde 2001 había ido publicando, sin ningún éxito, toda su obra. Sergio Vila-Sanjuán resumió con bastante ecuanimidad el proceso:

Jaume Vallcorba ha realizado una labor de primera con la obra de Imre Kertész, a la que ha conferido visibilidad en España a través de su edición en El Acantilado. Por ello es de lamentar que no sea él quien siga publicándole ahora. Sin embargo, el debatido cambio de editorial hispana del autor húngaro tras la concesión del Nobel sirvió, paradójicamente para devolverle a los brazos de su primer editor entre nosotros.

Y la clave para entenderlo está en un pasaje de Mihaly Dés en la revista Lateral:

Modestia y patriotismo aparte, puedo aportar algún dato sobre el trasfondo del affaire Kertész. En su día recomendé a algunas editoriales que publicasen Sin destino, su primera novela. Al final me hizo caso Enrique Murillo, a la sazón director literario de Plaza & Janés, la editorial que luego oportunamente se deshizo tanto de Murillo, como de esa obra tan poco comercial.

Jaume Vallcorba.

A lo que hay que añadir que cuando la obra de Kertész pasó a Alfaguara Murillo era asesor de esa editorial para literaturas internacionales. Y también que entre Plaza & Janés y El Acantilado, el autor húngaro tuvo otro valedor en España, Herder, que le publicó el volumen de ensayos Un instante en el paredón (1998).  Sin embargo, cuesta entender las dimensiones y la acritud de esa polémica sin tener en cuenta una idea de identificación entre Kertész y Acantilado que estaba muy arraigada entre los lectores españoles.

Algo similar se ha ido asentando más recientemente entre el escritor de origen keniano Ngũgĩ wa Thiong’o y las versiones españolas y catalana de la editorial Rayo Verde/Raig Verd, que rescataron y tradujeron (del inglés) Sueño en tiempos de guerra. Memorias de infancia (2016), Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales (2017) y, sólo en catalán, Descolonitzar la ment (en español había aparecido en 2015 en Debolsillo), pero se volcaron en una intensa campaña para afianzar ese vínculo entre la editorial y el narrador y ensayista keniano en la opinión general (vía medios de comunicación), probablemente muy conscientes de la visibilidad que conlleva la candidatura de Ngũgĩ wa Thiong’o al Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, ya desde los años ochenta estaban disponibles la novela de Ngũgĩ wa Thiong’o Pétalos de sangre en Arte y Cultura en 1987 y Elefanta del Sur Editorial en 2014,  y a este título le siguieron Un grano de trigo, publicada en la editorial habanera Arte y Cultura (en traducción de José Rodríguez Feo) y años más tarde en Ediciones Zanzíbar (traducida y prologada por Marta Sofía López), El diablo en la cruz en Txalaparta en 1994, Matigari en El Colegio de México en 2005, El brujo del cuerpo en Alfaguara ese mismo año, e incluso su narrativa breve («Boda en la cruz») estuvo representada en el primer volumen de la famosa antología preparada por Charlotte Broad Todos cuentan. Narrativa africana contemporánea (UNAM, 2012).

Como dejó escrito el gran editor Siegfried Unseld (1924-2002), «el prestigio de una editorial literaria lo determinan el rango de sus autores, la influencia y la distinciones de éstos, el grado de interés que sus libros suscitan y las consecuencias que tienen». Aun así, en algunas ocasiones los departamentos de promoción de algunas pequeñas editoriales, en su afán por establecer y afirmar esos vínculos, «olvidan» mencionar quién descubrió, ni que sea para un determinado público, al autor en cuestión, cosa que, al fin y al cabo,  probablemente sea más asumible por los lectores cuando lo hacen los editores que cuando, haciendo dejación de sus funciones de informarse y dando gato por liebre, lo hace la prensa cultural. Con todo, es bastante absurdo o pueril intentar personalizar unos descubrimientos, por un lado porque el editorial es un ámbito de trabajo colectivo, pero sobre todo cuando nos referimos a traducciones (pues hubo quien arriesgó previamente).

Fuentes:

Mihály Dés, «También la Corte está desnuda», Lateral, núm. 95 (noviembre de 2002).

Jorge Herralde, «Los cinco libros más significativos en Anagrama», conferencia pronunciada en el marco del Simposio Editores, editoriales, agentes y mercado literario en Iberoamérica el 28 de marzo de 2008 y recogido en El optimismo de la voluntad, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.

Sergio Vila-Sanjuán, «Las paradójicas vueltas del editor», Clarín, 18 de enero de 2003.

Jaume Vallcorba y la prehistoria de la editorial Acantilado

Que Jaume Vallcorba (1949-2014) fue un editor excepcional y uno de los mejores con que contó la cultura catalana en el siglo xx es algo que ni siquiera sus enemigos íntimos –que los tuvo–, ha negado nunca. Y probablemente se debe a que Vallcorba emprendió los proyectos que mayor fama le dieron (Quaderns Crema, Sirmio, Acantilado) con un bagaje que lo singularizaba en el panorama editorial de su entorno y lo convirtió en muy poco tiempo en un punto de referencia.

La más que sólida formación filológica y ecdótica, así como el exquisito gusto literario que demostró proceden sin duda de su carrera académica (doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona) y del ejercicio de la docencia (Universidad Autónoma de Barcelona, Universidad de Burdeos III, Universidad de Barcelona, Universidad Pompeu Fabra) y se pusieron de manifiesto también en su obra de investigación (con títulos como Lectura de la Chanson de Roland, 1989; Nocentisme, mediterraneisme i classicisme, 1994; J.V. Foix, 2002, o De la primavera al Paraíso, 2013).

José Antonio Millán, La memoria (y otras extremidades), Sirmio, 1990.

Sin embargo, su acerada sensibilidad como grafista es quizá menos conocida pero de semejante importancia para que acabaran cristalizando sus proyectos editoriales, y se forjó en paralelo a la literaria. Vallcorba no es sólo referencia en cuanto a selección rigurosa, audaz e imaginativa de los textos que publicó, sino también, y por lo menos en igual medida, en cuanto a modernizador de las artes gráficas en el sector editorial del que la edición catalana estaba muy necesitada cuando surgió. En palabras del prestigioso diseñador Juli Capella: “el modelo por aquel entonces eran las cubiertas de Jordi Fornas para Edicions 62, Enciclopèdia Catalana, Edigsa… que sin embargo ya suponía un paso adelante respecto a la ramplona gráfica española el momento, salvo en el caso de Daniel Gil y sus originales cubiertas para Alianza y El Libro de Bolsillo”.

Ya en 1972 creaba Vallcorba, con la colaboración de Pucci Vilurbina y Oriol Treserra, el taller de diseño y serigrafía Aiguadevidre, experiencia que se mantuvo en activo hasta 1975 y que él mismo evocaba después en los siguientes términos:

Pau Riba, Ena, Quaderns Crema, 1987.

Fue una experiencia que hizo que me preocupara por un montón de cosas en las que quizá nunca hubiera pensado. Por otra parte, ya allí empezamos una colección de libros un poco vanguardistas. A mí se me había ocurrido que se podría hacer una revista interdisciplinar, en la cual pudiera haber películas, música, cosas muy diversas. Pero en aquellos tiempos había una “Ley de Publicaciones Unitarias” que no lo permitía. Había que pasar diferentes tipos de censura, y todo se hacía tan complicado que al final pensamos en hacer una revista convencional. Salió un primer número, pero enseguida pasamos a hacer libros monográficos, dedicados a diversos artistas.

En 1974 aparece con pie editorial de Edicions 62 (por préstamo) el volumen colectivo y multidisciplinar El parking de les feres (con obra literaria y gráfica de Fina Miralles, Arcadio Reynes, Oriol Pi de Cabanyes, Wendy Granger, Fernando Trias, Junoy y el propio Vallcorba, entre otros), que constituye el origen de lo que serían una serie de volúmenes atribuidos a Edicions 62 por cuestiones legales pero llevadas a cabo por unas efímeras Edicions 1068: Anotacions-31 de desembre de 1974 (1975), de Bigas Luna; Exercicis de cal·ligrafia (1975), de Alexandre Ferrer i Pucci Vilurbina, y  Notes nocturnes (1976), de Albert Ràfols Casamada.

Página de Pol·len d´entrecuix, con un poema de Murgades.

Vallcorba forma entonces, con Narcís Comadira y Quim Monzó, el trío coordinador de una revista underground de la que aparecen en 1977 sólo dos números simultáneos en forma de hojas sueltas recogidas en una carpeta, con textos y dibujos también de Biel Mesquida, entre otros. De la misma época es una muy poco conocida revista Tarotdequinze, salida también de Aiguadevidre. Pocos años después da sus primeros pasos la revista Quaderns Crema (con una primera serie de siete números y una segunda de dos más), entre los que destaca el iconoclasta tercer número (mayo de 1980), que con el título Pla, i català, reúne textos de algunos de los personajes que formaban el entorno más próximo de este proyecto: Dolors Oller, Josep Murgades, Francesc Parcerisas, Salvador Oliva, Antoní Marí, etc., encabezados por un texto del propio Pla (“Suplement al clima: les tramuntanes”) y un cierre de Eugeni d´Ors (“Discurs presidencial”); por otra parte, el quinto número (septiembre de 1981) tiene la particularidad de publicar la que muy probablemente sea la primera traducción publicada por Quim Monzó (los relatos aparecidos en el New Yorker “The standard of living” y “The Waltz”, de Dorothy Parker). Tampoco deja de tener su punto irónico el papel de contrapeso que esta publicación tenía respecto a la hegemónica Els Marges, donde por otra parte Vallcorba acababa de publicar unas muy interesantes notas sobre la cultura underground catalana que siguen siendo punto de partida para cualquier estudio sobre la materia.

Por esas mismas fechas, con el diccionario gráfico-satírico ABCdari il·lustrat (1978), de Mariscal, Vallcorba había puesto ya en marcha las Edicions dels Quaderns Crema, inicialmente amparadas bajo la protección de Antoni Bosch Editor. Al título de Mariscal seguirían otros dos de poesía, El corb (1979), de Vicent Andrés Estellés, y Territori del temps (1979), de Ràfols-Casamada, con prólogo de Josep M. Castellet.

Joan Ferraté (1924-2003).

Sin embargo, la presentación en sociedad de Quaderns Crema como editorial independiente se produce en diciembre de 1979 (en el barcelonés restaurante La Balsa), en que Francesc Parcerisas glosó los libros con que se estrenaban las colecciones Poesia dels Quaderns Crema (El preludi, de Antoni Marí, que en realidad era el número 4)  y Sèrie Gran (Les poesies d´Ausiàs March, en edición de Joan Ferraté). A Joan Ferraté, como al gran Gustau Gili, lo destacó Vallcorba como otro de los hombres importantes en los inicios como editor:

Me transmitió el interés por hacer una editorial de tono europeo y por la tipografía. De él aprendí mucho. No porque me dijera esto ha de ser así o asá, sino ofreciéndome modelos. Me prestó unos manuales de tipografía alemanes del XVII y me enseñó cuestiones que a él le habían preocupado cuando trabajaba en Seix Barral. También Gustau Gili me dejó hojear los bodonis y didots de su biblioteca de la calle de la Princesa.

Presentación de Self Service, porrón mediante, en la Ramblas de Barcelona en el Sant Jordi de 1978. De izquierda a derecha: Biel Mesquida, Pepa López, Pep-Maür Serra, dos personajes no identificados, Claudi Montayá i Quim Monzó.

A esos títulos iniciales hay que añadir enseguida el libro de cuentos Uf, va dir ell, de Quim Monzó, quien hasta entonces sólo había publicado L’udol del griso al caire de les clavegueres (Premi Prudenci Bertrana 1976 y publicado en Edicions 62) y, con Biel Mesquida, Self service (Iniciativas Editoriales, 1977), porque será quizás el autor más representativo de una de las líneas fuertes de Quaderns Crema, el descubrimiento de una corriente renovadora de la narrativa catalana. Con autores como Monzó, Ferran Torrent y Sergi Pàmies, pero también con ediciones de clásicos universales y catalanes y de los principales vanguardistas catalanes, Vallcorba sentó las bases de una de las editoriales culturalmente más sólidas de su entorno y, tras el pequeño tropezón que supuso la creación de Sirmio (donde publicó a José Antonio Millán, Machado de Assís, Francesc Trabal, Javier Cercas o Joseph Roth, entre otros), irrumpió en 1999 en el ámbito de la edición en lengua española con Acantilado, en un momento en que llevaba a sus espaldas un bagaje que sólo podía suponer buenos augurios. La retahíla de premios y reconocimientos –algunos tan significativos como la Medalla de Oro del Fomento de las Artes Decorativas 2001 o el Reconocimiento al Mérito Editorial de la FIL de Guadalajara en 2010– son un buen indicador de la influencia que ejerció Vallcorba como editor y de la importancia que tiene su legado.

Vallcorba con Mauricio Wiesenthal, uno de sus últimos fichajes (si no el último).

Fuentes:

Julià Guillamon, ed., L´estil Quaderns Crema. Trenta anys d´edició independent, 1979-2009, Barcelona, Quaderns Crema, 2010. Incluye textos de Jordi Martí, Jaume Vallcorba, Julià Guillamon, Juli Capella, Oscar Tusquets Blanca, Jordi Llovet y Anton M. Espadaler, además de abundante material gráfico.

Escáner_20151105 (2)Julià Guillamon, “Vallcorba antes de Vallcorba”, La Vanguardia, 24 de agosto de 2014.

Isabel Obiols, “No tinc cap vocació de minoritari” (entrevista a Jaume Vallcorba), Quadern de El País, 9 de septiembre de 2004, p. 4.

Zeneida Sardà, “Jaume Vallcorba, l´èxit de l´editorial d´editor”, en Retrats, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or), 2007, pp. 135-142.

Jaume Vallcorba, “La pasión del editor”, en Trama & Texturas, núm. 25 (diciembre de 2014), pp. 7-12.

Jaume VallcorbaPlana, “Underground vol dir metro”, I y II, Els Marges, núms. 11 (1978), pp. 114-117, y 12 (1978), p. 131-137.