Los Mitos de Claudio López de Lamadrid

«Hacer “bien” los libros no es tarea sencilla […], aparte de práctica y experiencia, se necesita cierta vocación, al menos una vocación de perfeccionismo, de trabajo bien hecho o como quieras llamarlo.»

Claudio López de Lamadrid

 

Cuando a principios de este siglo el editor barcelonés Gonzalo Pontón contrató a Claudio López de Lamadrid (1960-2019) para sustituir a Daniel Fernández como director editorial del área de internacional en Grijalbo Mondadori, coincidiendo además con la llegada de Riccardo Cavallero (que había entrado en Mondadori en 1990), López de Lamadrid tenía ya a sus espaldas una densa trayectoria que le había permitido hacer un amplio aprendizaje del funcionamiento del sector. Como recordó en más de una ocasión, entró a los diecisiete años para colaborar en el traslado de la editorial Tusquets cuando esta se desplazó del domicilio particular de Beatriz de Moura en la calle Hospital a la sede de la calle Iradier, y allí pasó toda una década, interrumpida por unas prácticas en la parisina Christian Bourgois y las milicias, como editor de mesa, en una época en que coincidió en esa empresa con un muy buen equipo de editores. En la página 87 de Por el gusto de leer se publicó una conocida foto en la que aparecen en el jardín de la editorial en la calle Iradier Antonio López Lamadrid y Beatriz de Moura rodeados de unos muy jóvenes Ignacio Echevarría, Miriam Tey y Claudio (fechada en 1987).

A su salida de Tusquets, en 1988, se desempeñó como crítico literario en El Observador y Babelia y traductor sobre todo para la editorial Circe (la Lotte Lenya de Donald Spotto en 1990; Conceptos divinos sobre la belleza física, de Michael Bracewell en 1991, la Colette de Herbert Lottman en 1992; Los ojos vendados, de Siri Hustvedt en 1994), pero también para Muchnik (El hombre que se enamoró de la luna, de Tom Spanbauer, en 1992, y Poderosas palabras, de Northrop Frye, en 1996, por ejemplo) o Tusquets Editores (El misterioso asesinato en Manhattan, de Woody Allen), al tiempo que bajo la tutela de Hans Meinke y en colaboración con Ignacio Echevarría ponía en pie en el seno de Círculo de Lectores la editorial Galaxia Gütenberg, donde tuvo otro encuentro importante. Si de Beatriz de Moura aprendió cómo llevar a cabo la edición de textos, el diseñador Norbert Denkel (estrecho colaborador de Meinke) le abrió, según sus palabras «los ojos a la dimensión artesanal del oficio, y me enseñó también a ver cada libro en su singularidad, también desde el punto de vista gráfico».

De los primeros pasos en Grijalbo Mondadori es particularmente recordada la que por entonces (1998) se consideró delirante idea de publicar en España una colección de breves libros de poesía a un precio en apariencia ridículo, 350 pesetas (lo que no llegaba a suponer el precio de tres periódicos de la época). Se contaba ya con la experiencia de una idea muy similar en Italia que en febrero de 1996 había tenido éxito, pero aun así fue observada con mucho escepticismo en el sector editorial español (sobre todo por la asombrosa y cara) campaña publicitaria que la acompañó). Y también por las aerolíneas españolas, pues Iberia se cerró en banda a regalar ejemplares a los viajeros del puente aéreo por considerar que se trataba de un tipo de lectura demasiado dura para sus clientes habituales. López de Lamadrid era consciente de lo arriesgado de la apuesta: «Tenía un punto de locura, de acuerdo, pero en aquellos años todo lo bueno tenía un punto de locura».

En cualquier caso, a principios de 1998 aparecían con cubiertas muy modernas los volúmenes dedicados a Safo (630 a.C-680 a.C), en traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal; Fernando Pessoa (1888-1935), trasladado al español por Ángel Crespo; Pablo Neruda (1904-1973) y Charles Bukowski (1920-1994), en traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro, a los que seguirían enseguida, en marzo, títulos del estadounidense  Walt Whitman (1819-1892), el francés Charles Baudelaire (1821-1867), el griego Kavafis (1863-1933) y el español Luis Cernuda (1902-1963) y más adelante títulos tan asombrosos y sin duda producto de la vena melómana de López de Lamadrid como los 56 boleros seleccionados por el ensayista mexicano Carlos Monsiváis (1938-2010) o volúmenes dedicados a Keats, Pizaknik, Emily Dickinson, César Vallejo, Maiakovski, Rilke, Quevedo, los haikus o la poesía clásica árabe.

Según  explicó en su momento López de Lamadrid, el propósito era proponer unas ediciones libres de notas, prólogos y de todo tipo de aparato crítico (un poco en la onda de lo que en este sentido había hecho Jaime Salinas en el Libro de Bolsillo de Alianza), con cubiertas acordes con las nuevas generaciones de lectores y destinadas a una amplia y heterogénea selección de grandes poetas para «desacralizar» el género. Sin plantearse inicialmente la posibilidad de reeditarlos y pese a las amplísimas tiradas, de cien mil ejemplares por título, vendieron más de un millón de esos pequeños libros, que con toda la intención tenían un formato similar a las de los estuches de cedés y cuya selección de poemas en muchas ocasiones llevaba a cabo el propio López de Lamadrid.

Aun así, de esa etapa de Claudio López de Lamadrid en Grijalbo Mondadori es más recordada la arriesgada contratación de algunos nombres hoy clave de la literatura estadounidense más radical, como Michael Chabon, Chuck Palahniuk y singularmente de David Foster Wallace (1962-2008) y otros no menos rompedores en español, caso de César Aira o Fogwill (mientras el grueso de editores españoles intentaban dar continuidad al éxito de la llamada «nueva narrativa española» con la menos sólida «joven narrativa española»), pero es evidente que este editor, de cuya fruición con la poesía hay numerosos testimonios, no abandonó por completo el convencimiento de que esa era una buena idea, como lo prueba el hecho de que en 2017 presentara, ya en el marco de Literatura Random House, la que sin duda es la heredera de esa colección, Poesía Portátil, dedicada tanto a la recuperación precisamente de títulos ya aparecidos anteriormente en Mitos como a continuar la labor allí iniciada. Larga vida.

Fuentes:

Entrevista a Claudio López Lamadrid (Penguin Random House) para EDI-RED (Editores y Editoriales Iberoamericanos. Siglos XIX-XXI) el 22 de septiembre de 2017 (vídeo de 15¨57″).

Miguel Aguilar, «Casco, moto, niño», El País, 13 de enero de 2019.

Xavi Ayén, «Muere el editor Claudio López de Lamadrid», La Vanguardia, 11 de enero de 2019.

Mauricio Bach, «El relevo en la edición literaria», La Vanguardia, 20 de abril de 2001, pp. 16-18.

Ricardo Cayuela Gally, «Adiós, gran timonel», Letras Libres, 11 de enero de 2019.

Álvaro Colomer, «Despacho pequeño, editor grande», El Mundo, 12 de enero de 2019.

Juan Cruz, Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, Barcelona, Tusquets Editores (Tiempo de Memoria 104), 2014.

Juan Cruz, «Claudio López Lamadrid, el editor que se atrevió con América», El País, 12 de enero de 2019.

Rubén Díez Cabiedes,«Claudio López de Lamadrid: “Si los editores nos moviésemos por codicia no estaríamos en el negocio de los libros”» (entrevista), Jot Down.

Ignacio Echevaría y Claudio López de Lamadrid, «¿De qué hablamos cuando hablamos de edición?», El Cultural, 26 de octubre de 2018.

Rodrigo Fresán, «Apuntes para una teoría de este editor. In memoriam Claudio López de Lamadrid», Revista Contexto 203 (12 de enero de 2019).

Andreu Jaume, «Por Claudio», El Español, 12 de enero de 2019.

Antonio Jiménez Morato, «La generosidad de un editor. Sobre Claudio López Lamadrid», Penúltima, 12 de enero de 2019.

Un pensamiento en “Los Mitos de Claudio López de Lamadrid

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