Anagrama y el canon literario latinoamericano (sobre Narrativas Hispánicas)

«El criterio de uno como lector es selectivo, y el criterio de uno como editor debe ser aglutinante.»

Ricardo Piglia

 

Desde por lo menos el estallido del boom, las capitales editoriales españolas han actuado tradicionalmente como puente entre las literaturas latinoamericanas y las europeas, si bien es cierto que también París ha desempeñado un papel importante. Esto subraya lo que, refiriéndose al caso de Argentina, Javier Lluch-Prats ha denominado la «dependencia de la mediación editorial española para la internacionalización de los textos».

El capital simbólico acumulado por Anagrama a lo largo de su historia, así como los contactos cultivados por su fundador, Jorge Herralde, contribuyen a explicar la importancia que ha cobrado Anagrama en la construcción del canon en países como México, Argentina o Chile, y ese proceso puede advertirse bien a la vista del catálogo de la colección Narrativas Hispánicas.

Beatriz de Moura (Tusquets) y Jorge Herralde.

Si bien ya previamente habían aparecido en Anagrama algunos textos del argentino Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) y del también argentino pero de expresión francesa Copi (Raúl Damonte Botana, 1939-1987), puede tomarse como punto de referencia la entrada en la colección Narrativas Hispánicas (creada en 1981) del mexicano Sergio Pitol (1933-2018) con el libro de relatos Vals de Mefisto (publicado previamente en México con el título Nocturno de Bujara por Siglo XXI), y en particular porque Pitol, residente por entonces en Europa, será uno de los grandes beneficiarios de la política de autor llevada a cabo en muchísimos casos por Jorge Herralde y verá publicado en esta editorial el grueso de su obra. Al año siguiente, en 1985, se publicaba ya en la misma colección al primer escritor argentino –afincado en París– Edgardo Cozarinsky (Vudú urbano, prologado por Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante).

Ricardo Piglia.

Además de la colección Narrativas Hispánicas, otro punto de referencia para analizar esta progresiva presencia de literatura latinoamericana es el Premio Herralde de Novela, que, además de premiar El desfile del amor de Pitol en 1984, ese mismo año designa como finalistas al argentino residente en Madrid Miguel Enesco, por Me llamaré Tadeusz Freyre, y al año siguiente a la también argentina Luisa Futoransky, por De Pe a Pa (De Pekín a París). De 1987 es la publicación en NH de La trenza de la hermosa Luna, de la cubana afincada en Puerto Rico Mayra Montero, quien hasta entonces sólo había publicado el libro de relatos Veintitrés y una tortuga (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1981) y cuyos libros siguientes fueron casi sistemáticamente publicados en Estados Unidos en traducción al inglés de Edith Grossman (prestigiosa traductora de Cervantes, García Márquez, Vargas Llosa y Julián Ríos, entre otros). En 1986 Montero había compartido la condición de finalista del Premio Herralde (que en la página que Harper Collins se describe como «one of Europe’s most prestigious literary awards») con el uruguayo Roberto Fernández Sastre (La manipulación) y el colombiano Evelio Rosero (Juliana los mira). Como señala Jorge L. Locarno, uno de los mayores intereses del Premio Herralde es su capacidad para conferir valor simbólico a textos que pasan luego a circular por el mundo con la etiqueta de «literatura latinoamericana», y por lo tanto incide en qué se toma por tal cosa más allá de los propios países latinoamericanos. Incidiendo en la misma cuestión, en el prólogo a El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina Juan Villoro, por su parte, señala que el catálogo de Anagrama es «siempre heterodoxo respecto a la valoración que las literaturas hacen de sí mismas, y acaso por eso mismo, tiene altas posibilidades de definir el canon futuro». También de 1987 es la recuperación en NH de Las ratas, seguido de Sombras suele vestir (que en 1972 había aparecido ya como tal en Siglo XXI), del entonces recién fallecido José Bianco (1908-1986). Desde entonces, si bien porcentualmente no era predominante, la presencia de literatura latinoamericana fue constante y sostenida con la obra de Pitol como indudable protagonista principal.

Aun así, suele señalarse como un momento clave en la intensificación de estas relaciones la mitad de la década de 1990, no casualmente coincidente con la entrada en vigor del Tratado de la Unión Europea (1993) que a finales de 1995 culminaría con el acuerdo de creación de una moneda única (el euro). En el texto de presentación de Anagrama. 45 años. 1969-2014, Recorrido por cuatro décadas y media, Herralde sitúa ese cambio incluso más adelante, de la primera década del siglo XXI:

Uno de los rasgos más destacados de este período es la progresiva consolidación de Anagrama, reforzada por sus ediciones en América Latina, en especial en Argentina y México, y también en Colombia, Chile, Uruguay, Venezuela y Perú. De forma programática, en esta década los autores latinoamericanos se publican en su país de origen y en España, y se distribuyen en los restantes países de América Latina.

Herralde con Roberto Bolaño.

En cualquier caso, tanto en la segunda mitad de los ochenta como en la primera de los noventa, los autores latinoamericanos, y no sólo argentinos y mexicanos, siguen presentes en NH, y valga como muestra los premios Herralde  a La noche es virgen, del peruano Jaime Bayly en 1997 y Los detectives salvajes del chileno Roberto Bolaño (1953-2003) en 1998, a los que pueden añadirse como finalistas la peruana Teresa Ruiz Rosas (con El copista, en 1994) o el hispanoargentino Andrés Neuman (con Bariloche, en 1999), o el inicio de la publicación casi sistemática de la obra del mexicano de origen hondureño y guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) (Movimiento perpetuo y Obras completas y otros cuentos en 1990, La Oveja negra y demás fábulas y Lo demás es silencio en 1991, Viaje al centro de la fábula en 1992..) o aun la aparición del cervantista argentino Federico Jeanmarie con Miguel (1990), quien tras dar muchas vueltas (Sudamericana, Norma, Seix Barral, Alfaguara…) volvería a Anagrama con Tacos altos (2016) y para ser finalista del Herralde de Novela ese mismo año con Amores enanos.

Otro libro importante en este sentido –en tanto que propuesta para la actualización del canon–, es la antología preparada por Juan Forn y publicada en 1992 Buenos Aires. Una antología de nueva ficción argentina (publicada luego en la colección Compactos con el subtítulo Una antología de narrativa argentina), que dio a conocer a muchos lectores no argentinos a escritores como Cecilia Absatz, César Aira, Rodrigo Fresán, Fogwill, Sylvia Iparraguirre, Alberto Laiseca, Ana María Shua, Guillermo Saccomanno, Alan Pauls… El respaldo de un sello como Anagrama, confirmado en varios de estos casos con la posterior incorporación a su catálogo (Alan Pauls, por ejemplo) o a grandes editoriales (caso de Fresán), situó de pronto en otra división internacional a estos autores a ojos de los editores de otros países, pues como ha explicado el propio Herralde, «en tanto y en cuanto tienes un fondo de autores extranjeros de primerísima fila, los editores extranjeros se fían a priori de los libros que tú les recomiendas».

Tal vez sí el despegue más vistoso se produce en el inicio del nuevo siglo, con autores jóvenes, outsiders en sus propios milieux literarios locales, exploradores de tradiciones que no son las predominantes en sus respectivos países, y a ello hay que añadir que en muchos casos establecieron relaciones de amistad o cuanto menos de trato entre ellos, creando si no una imagen de grupo sí de parentesco, con Anagrama como elemento aglutinador, pero también es cierto que es un despegue que llevaba ya bastante tiempo con el motor en marcha. Y parece indudable la incidencia de las elecciones de Anagrama en la configuración del canon de la literatura latinoamericana más innovadora a ojos del conjunto del sistema literario internacional.

Fuentes:

Leila Guerriero, «Jorge Herralde: el anagrama perfecto», La Nación, 24 de junio de 2001.

Jorge Herralde, El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina, texto introductorio de Juan Villoro, México, Fondo de Cultura Económica, 2009.

Javier Lluch-Prats, «Escritores de marca: voces argentinas en el catálogo de Anagrama», Orbius Tertius, vol. 14, núm. 15 (2009).

Jorge J. Locane, «El Premio Herralde de Novela: Literatura Latinoamericana para el mundo y desterritorialización del prestigio», INTI: Revista de Literatura Hispánica, núm. 85-86 (2017), pp. 100-112.

Jorge L. Locane, «¿Cómo se produce la literatura mundial? Esbozo de una respuesta: el catálogo de Anagrama», intervención en el VII Seminario Internacional Redes Públicas y Relaciones Editoriales. La edición iberoamericana en el mapa de la literatura mundial, Madrid, 30 y 31 de octubre y 2 de noviembre de 2017.

Juan Carlos Piedrahita B., «En Anagrama somos audaces» (entrevista a Jorge Herralde), El Espectador, 28 de noviembre de 2009.

Redacción, «Anagrama apuesta por los escritores rebeldes», Proceso, 24 agosto de 2003.

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De aquellos polvos (de arroz) a un catálogo legendario

En modesto homenaje a Sergio Galindo (1926-1993).

 Un catálogo en el que figuran Álvaro Mutis, Max Aub, García Márquez, Tolstói, Sergio Pitol, Darwin, Poniatowska, Onetti, Kapuscinski, Cervantes y Carlos Fuentes bien podría parecer al primer vistazo el de una de las mejores editoriales independientes en cualquier país de habla hispana, pero quizá difícilmente pensaría nadie que semejante pléyade constituya el catálogo de una editorial universitaria. Los mencionados nombres pueden encontrarse todos ellos, junto a los de Dylan Thomas, Augusto Monterroso, Fernando Savater, Rosario Castellanos, Tomás Segovia, Rosa Chacel, José Revueltas, Noam Chomsky y María Zambrano, para poner más ejemplos insignes, en el impresionante catálogo que atesora a estas alturas de su historia la Editorial de la Universidad Veracruzana. Pero no menos relumbrón y empaque tiene la lista de quienes han sido a lo largo de la historia los principales artífices de este catálogo, de Sergio Galindo (1926-1993) a Joaquín Díez-Canedo Flores (n. 1955), de Emilio Carballido (1925-2008) a Jorge Brash (n. 1949), de César Rodríguez Chicharro (1930-1984) a Luis Arturo Ramos (n. 1947) o de Sergio Pitol (n. 1933) a Jaime Augusto Shelley (n. 1937).

Sergio Galindo (1926-1993)

Tras una experiencia como editora de publicaciones periódicas que arranca en 1948 y unas tímidas primeras ediciones de libros que no tuvieron continuidad, el proyecto tomó cuerpo realmente cuando el 20 de febrero de 1957 se nombró como jefe del Departamento Editorial de la Universidad a un joven profesor de estética del Departamento de Teatro que contaba por entonces apenas veintitrés años, Sergio Galindo, quien supo reunir a un excelente grupo de colaboradores (Dagoberto Guillaumín, Fernando Salmerón, Ramón Rodríguez, Othón Arróniz, Emilio Carballido, Alfonso Medellín Zenil, José Pascual Buxó, Alfonso Tavera Alfaro…) y ese mismo año estrenaba ya, a partir de la gaceta Uni-Ver, una de las publicaciones periódicas aún hoy más prestigiosas del centro, La Palabra y el Hombre. Al año siguiente ponía ya en pie otro de los puntales de la editorial, la colección Ficción, con sus series dedicadas a la lírica, el teatro, el guión cinematográfico (entre ellos Calle Mayor, de Bardem, en fecha tan temprana como 1959) y la narrativa, dando muestras además de su firme apoyo a los nuevos valores de la literatura mexicana. Sobre la importancia de esta colección en el momento en que apareció dejó un clarificador testimonio Héctor Salmerón, que lo vivió en primera persona:

Para entender bien la trascendencia que la labor editorial de la Universidad Veracruzana alcanzó, es necesario tener en cuenta que en México, en 1958, solamente dos editoriales publicaban la obra creativa de los jóvenes: la colección Los Presentes, fundada y dirigida por Juan José Arreola, en la que el propio autor debía pagar su edición, y la serie Letras Mexicanas, del Fondo de Cultura Económica, en donde sólo después del éxito de venta que alcanzó Luis Spota con Casi el paraíso, y el unánime clamor admirativo por El llano en llamas y Pedro Páramo de Rulfo, así como Confabulario de Arreola, tan sólo después de esto, repetimos, se abrieron las puertas de dicha institución para empezar a publicar a autores jóvenes como López Páez, Galindo, Carballido, Hernández y otros. La serie Ficción de la UV tuvo inmediato éxito desde su primer título, y la sorpresa en los círculos intelectuales y editoriales fue tan grande y positiva que muy pronto surgieron otras casas que iban a seguir fines similares: Joaquín Mortiz, Ediciones Era y unos años más tarde, Siglo XXI.

Polvos de arroz (1958), de Sergio Galindo, estrenó la colección hoy ya legendaria Ficción.

El nacimiento de Ficción puede fecharse con cierta precisión acudiendo al colofón de Polvos de arroz, del propio Galindo, el 23 de marzo de 1958, y una de las primeras líneas claramente delimitables es el descubrimiento de nuevos autores a los que la editorial da la alternativa. Así, allí se estrenan poetas hoy internacionalmente reconocidos, como Rosario Castellanos (Al pie de la letra, 1959), Álvaro Mutis (Diario de Lecumberri, 1960) o Tomás Segovia (El sol y su eco, 1960), junto a dramaturgos como Luisa Josefina Hernández o Emilio Carballido. Pero la mirada de Galindo se abre también a autores sobre los que la crítica más atenta estaba llamando la atención o tenían ya un prestigio hecho (Salvador Novo, Elena Garro) y a los de jóvenes escritores que empezaban a hacerse oír en Latinoamérica, pero no todavía en México (Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Haroldo Conti o Juan Carlos Onetti). Hay un acuerdo bastante amplio en que las etapas de Galindo al frente de la editorial (1957-1964, 1972-1974 y 1979-1985) son las más brillantes de su trayectoria, y están jalonadas de títulos que para sí quisieran muchas editoriales literarias con vocación comercial.

Cubierta de la segunda edición de Un hogar sólido (1983), de Elena Garro, con ilustraciones del llamado “Mozart de la Pintura”, Juan Soriano (1920-2006).

En un excelente artículo, Juan Javier Mora Rivera expuso con claridad la coincidencia de planteamientos de las diversas iniciativas en el seno de la editorial:

 El principio fundamental que operará en La Palabra y el Hombre, en la colección Ficción y las demás series que componen este proyecto editorial no privilegiaría el sentido mercantil o comercial de los libros, sino la calidad y el valor intelectual de las obras literarias, sin que alguna preferencia o amistad opere de por medio, sin que los medios económicos constituyan un impedimento, sin que tampoco asome como pretexto el provincianismo o la mediocridad. Otra condición sería publicar no sólo obras de escritores de prestigio: los jóvenes aspirantes tendrán asegurado un lugar.

Y en la segunda parte del mismo texto, de 2007, pone de relieve la importancia posterior que alcanzaron muchos de los autores publicados a lo largo de la trayectoria de la Veracruzana:

tres premios Nobel (García Márquez, Paz, Asturias), cinco Cervantes de Literatura (Onetti, Paz, Zambrano, Mutis, Pitol), cinco distinciones del Juan Rulfo de Literatura (Monterroso, Segovia, Vitier, Pitol, García Ponce), cinco galardones nacionales de Ciencias y Arte (Jaime Torres Bodet, Miguel León Portilla, Luis Villoro, Juan García Ponce, José Emilio Pacheco, Emilio Carballido), dos premios Anagrama (García Ponce y Pitol) y diversos premios nacionales de literatura (Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Sergio Galindo, Luis Arturo Ramos, Federico Patán, Jorge López Paéz, Rafael Antúnez, Isabel Fraire, Francisco Hernández, Severino Salazar, entre muchos más).

Portada de la primera edición de El sol y su eco (1960), de Tomás Segovia (1927-2011), con viñeta en la portada e ilustraciones del propio autor y del que se imprimieron 2.000 ejemplares.

Singular y representativo de esa veta de descubridor de nuevos valores de Galindo, de ese carácter “visionario” que se le ha atribuido, es por ejemplo el caso de Las botas, de Kapuscinski –cuyos derechos contrató Sergio Galindo en fecha tan asombrosa como es 1980, cuando el escritor polaco apenas era conocido más allá de las fronteras de su país–, de quien probablemente le diera noticia Sergio Pitol, y que durmió el sueño de los justos hasta que a partir de 2003 Anagrama empezó a recuperar de un modo sistemático la obra de Kapuscinski. Entonces todo el mundo advirtió la importancia y los valores estéticos y humanísticos del escritor polaco, y la edición de Las botas de la Veracruzana se agotó en un santiamén.

Sergio Pitol ante los primeros títulos de la colección que lleva su nombre.

Emblemáticas y peculiares son también en la Veracruzana la colección Sergio Pitol Traductor (iniciada con El buen soldado, de Ford Maddox Ford, La vuelta de tuerca, de Henry James, Emma, de Jane Austen), Cuartel de invierno (poesía mexicana y traducida, así como ensayo sobre poesía) o la Serie Conmemorativa Sergio Galindo (en que se publican los libros más importantes aparecidos durante la etapa de Galindo, y entre ellos el Ocnos de Luis Cernuda).

Quizás no haya, en el ámbito de la letra impresa en español, caso semejante de vocación literaria tan sostenida en el marco de una universidad. Sin embargo, no deja de tener bastante de cierto el chiste cruel que asegura que las editoriales publican libros y luego los esconden, porque no es fácil encontrar en todas partes ediciones de la Veracruzana, lo cual es una lástima. Sin embargo, este caso lleva a uno a plantearse si no debieran asumir las editoriales universitarias la función que viene desempeñando la Veracruzana, cuando la literatura estéticamente arriesgada parece haberse convertido en una inversión poco menos que imposible para las editoriales literarias comerciales.

Fuentes:

Una semblanza de Sergio Galindo en la Televisión de la Universidad Veracruzana (28.46 min.), con entrevistas a Nedda G. Anhalt, Sergio Pitol, Raúl Hernández Viveros y Ramón Rodríguez, entre otros, además de portadas, fotos, etc., aquí.

Rosario Castellanos, “Un hombre en ascenso: Sergio Galindo”, La Palabra y el Hombre, núm. 59-60 (julio-diciembre de 1986, pp. 13-15.

Edith Escalón, “Editorial de la UV: cuna de las letras latinoamericanas”, Universo. El periódico de los universitarios, núm. 281 (17 de septiembre de 2007).

Edith Escalón, “Editorial de la UV: Cincuenta años de proyectar literatura, ciencias y artes”, Universo. El periódico de los universitarios, núm. 102 (abril-junio de 2007).

José Luis Martínez Suárez, “Sergio Galindo, editor visionario y creador”, Universo. El periódico de los universitarios, núm. 102 (abril-junio de 2007).

Juan Javier Mora Rivera, “Precisas señales del pasado: la Editorial de la Universidad Veracruzana y su trascendencia” primera y segunda partes (Ensayo galardonado con una  mención honorífica en el Premio “Carlos Fuentes” de ensayo universitario 2007 otorgado por la Universidad Veracruzana), en el blog Lejos del muladar ruido.

Celia del Palacio Montiel, “Breve historia de la Editorial de la Universidad Veracruzana”, Universo. El periódico de los universitarios, núm. 102 (abril-junio de 2007).