El médico editor y el «Curín Tellado» (a la espera de su Vargas Llosa)

Tienen un punto de singularidad las editoriales literarias que, como es por ejemplo el caso de la Editorial Rocas (la primera que publicó en España a Mario Vargas Llosa), tenían como promotores y directores a profesionales de la medicina, lo que parece venir a demostrar hasta qué punto es inadecuada la habitual distinción entre gente de letras y gente de ciencias.

José María Richard Grandío.

No muy alejado del ejemplo de Rocas está en esos mismos años cincuenta y sesenta el de Richard Grandío Editor, a cuyo frente estaba el luego reconocido médico y fundador del Centro Médico Asturias José María Richard Grandío (1933-2018), quien incluso llegó a dar nombre a una calle en Oviedo.

Con apenas dieciocho años, Richard Grandío se inició en el sector de los laboratorios farmacéuticos, pero no tardó en pasarse al de la librería, en el que cosechó un notable éxito. Destacó al frente de la Universal, una librería especializada en temas relacionados con la medicina y ubicada en la carbayona calle Gil de Jaz que se convirtió rápidamente en un referente en la materia. Hasta tal punto, que la librería inicial contó pronto con tres delegaciones y, para lo que aquí interesa, con una editorial cuya dirección era la misma de la Universal.

Uno de los primeros libros que aparecen con el sello Editorial Richard Grandío es, en 1961, Caza Mayor, del barcelonés Jorge Ferrer-Vidal Turull (1926-2001), y el dato no deja de tener su interés o, cuanto menos, su retranca. Ferrer-Vidal Turull se había dado a conocer en 1953 con una muy bella edición de El trapecio de Dios, aprovechando la apuesta que por aquellos años estaba llevando a cabo el editor José Janés por los nuevos narradores españoles, pero luego empezó a probar suerte en diversos premios literarios y había publicado ya tres novelas con la mencionada editorial Rocas: Sobre la piel del mundo (1956), a raíz de haber ganado el Premio Leopoldo Alas (el mismo que más tarde daría a conocer a Vargas Llosa), Fe de vida (1958) y Cuando lleguen las golondrinas (1960), a las que añadiría en 1963 Historias de desamor y malandanza. Como se indica en la sobrecubierta del libro de Ferrer-Turull publicado por Richard Grandío, esta novela había obtenido el primer puesto en el estreno del Premio de Novela Ciudad de Oviedo, con el que, al parecer, la editorial estuvo muy estrechamente vinculado desde el primer momento (si no es que fue incluso una de sus principales promotoras).

Entre los títulos aparecidos en esta editorial a principios de los sesenta se cuenta la controvertida recreación de la revolución de 1934, la guerra civil y el cerco de Asturias Dios va con ellos (1962), cuyo título parece evocar el lema de la Wehrmacht Gott mit uns («Dios está con nosotros» o «Dios está de nuestra parte»). Su autor era el periodista del Movimiento y profundamente derechista Ricardo Vázquez-Prada (1912-1986). Y en un mismo año aparecen también en Richard Grandío dos libros del periodista gijonés también contratado por la Prensa del Movimiento Mauro Muñiz (1931-2011), que por entonces escribía en La Actualidad Española: la compilación de cuentos La paga (1963) y la novela Ambrosio (1963).

Sin embargo, más importancia incluso tendría la segunda edición del mencionado premio Ciudad de Oviedo, otorgado a una novela que recreaba el asesinato de un párroco durante la revolución de Asturias de 1934. El autor de la novela en cuestión, Sexta galería (1962), era José Luis Martín Vigil (1919-2011), quien ya tenía una obra notable a sus espaldas repartida entre la madrileña editorial Escelicer (La vida sale al encuentro, 1953), la santanderina Sal Terrae (Destino Dios, 1956, y Listos para resucitar, 1958) y la barcelonesa Juventud (La muerte está en el camino, 1956; Tierra brava, 1959; En marcha, cristianos, 1960; Una chabola en Bilbao, 1960, y La brújula marca el Norte, 1960).

A partir de ese momento, Martín Vigil se convertiría enseguida en el buque insignia de la editorial de Richard Grandío, aunque no por ello dejara de publicar ocasionalmente en Juventud. Así, la editorial ovetense le publicó sucesivamente al prolífico y exitoso ex sacerdote Réquiem a cinco voces (1963), con la que había ganado el Premio Pérez Galdós, Alguien debe morir (1964), Los curas «comunistas» (1965), La sociedad contra Miquel Jalón (1966), Un sexo llamado débil (1967), Muerte a los curas (1968)…

No siempre fue fácil publicar las novelas de Martín Vigil, y Fernando Larraz repasa en Letricidio español los informes de censura de los que fue objeto, por ejemplo, Muerte a los curas, de la que en marzo de 1968 se le suprimieron hasta dieciocho páginas antes de que se autorizara su difusión, y que, en palabras de Larraz, eliminaban «aquellos pasajes que acentuaban la alineación de la iglesia católica con el golpe militar [de julio de 1936], opiniones contra la Iglesia, los militares y los obispos y sobre la legitimidad de la guerra y la equiparación de culpas, expresada en todos los casos por el [personaje de] el catedrático». Aun así, finalmente ese mismo año se pudieron poner a la venta los veinte mil ejemplares que, según indica la página de créditos, se imprimieron de Muerte a los curas.

Los títulos de Martín Vigil, auténtico motor económico del proyecto, alternaron en esta editorial con otros del ya mencionado Vázquez Prada, como El loco de la montaña en 1966, de Alfredo Castro (La última semana, 1967, y La nueva tierra, 1968), de José Julio Perlado (El viento que atraviesa, 1968), de Álvaro de Villa (El olor de la muerte que viene, 1968), de Magín Berenguer (Arte en Asturias, 1969), de Domingo Manfredi Cano (Los resentidos, 1969), etc., todos ellos escritores hoy casi completamente olvidados por el común de los lectores. Quizás el periodista José Julio Perlado (n. 1936), que publicaba en Richard Grandío su primer libro tras haber prologado las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos (1803-1882), sea el más conocido de todos ellos, pero acaso más por sus ensayos que por su obra narrativa. Álvaro de Villa (1915-1985), humorista y guionista televisivo de origen cubano, se estrenó en la narrativa con El olor de la muerte que vino, que obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Oviedo en un momento particularmente propicio para los autores hispanoamericanos (en pleno boom), pero al parecer aquí acabó la cosa, mientras que Magín Berenguer (1918-2000) destacó como pintor y grabador, y Domingo Manfredi (1918-1998), a quien también se le publicó por haber obtenido el Premio Ciudad de Oviedo, había hecho la guerra civil española como militar profesional (en el bando franquista), antes de incorporarse al Cuerpo de Policía y posteriormente abandonarlo para dedicarse sobre todo al periodismo radiofónico y televisivo; nadie parece recordar que en 1959 Manfredi obtuvo el Premio Nacional de Literatura con la novela La rastra (publicada en 1956 por Luis de Caralt, y recuperada en 1977 en la colección Manantial de Plaza & Janés).

Al lado de todos ellos, es indudable que el brillo del éxito de Martín Vigil destacaba mucho más de lo que lo haría luego (a partir de la década de 1980) en Planeta.

Personaje singular, sin duda, Martín Vigil, a quien el inicio de la guerra civil pilló estudiando ingeniería naval y afiliado a Falange Española, con solo diecisiete años, siendo alférez, ascendió a capitán de compañía al fallecer todos sus superiores y combatió en la Ciudad Universitaria (Madrid), el Ebro, Extremadura, Toledo… Concluida la guerra, en 1944 ingresó en la Compañía de Jesús, hasta que, en no del todo claras circunstancias, en 1958 tuvo que abandonar la Compañía y la enseñanza para dedicarse, con un éxito que rebasó fronteras, a la literatura.

Lo hizo no sin polémica en muchos casos, como recoge Larraz en su libro ya citado. Por ejemplo, Jaque mate a un hombre honrado, después de ser autorizada por el arzobispado de Oviedo y por censura en 1959, fue denunciada por la Capitanía General de la IV Región Militar debido a sus comentarios sobre la institución militar, incautada toda la edición (preparada por Juventud) y retirada de los almacenes antes de su llegada a las librerías. Una vez aparecida en francés, en 1966, a raíz de la nueva ley de censura (la conocida como «ley Fraga»), se intentó de nuevo su publicación en una versión revisada según indicaran los censores, pero ni siquiera así se le concedió autorización, de modo que no pudo publicarse hasta 1985 (en Planeta). Según resume Larraz, la biografía de Martín Vigil que acompañaba esta última denegación:

Ofrecía datos nada favorecedores de la biografía de Martín Vigil: su participación en la División Azul, su expulsión de la Compañía de Jesús por supuestas prácticas homosexuales y por la sospecha de pederastia de algunos padres, su comportamiento mundano a pesar de seguir siendo sacerdote, su desafección al régimen…

Aun en 1970 vio como se le denegaba autorización a Sentencia para una menor en su presentación a censura previa, una novela que Larraz describe como una «novela de bajísimos fondos en la que se refleja la caída de una joven en la delincuencia y el vicio, todo ello acentuado por las condiciones carcelarias», y añade: «fue denegada en agosto de 1970 y autorizada con tachaduras en 25 páginas un mes después».

La relación entre Martín Vigil y Richard se extendió aún a lo largo de toda esa década, pero al parecer la medicina privada fue absorbiendo la atención del médico editor, hasta el punto de abandonar por completo la publicación de libros y, por otra parte, el prolífico novelista encontró enseguida acomodo en Planeta.

De la en su momento leídísima obra narrativa de Martín Vigil apenas queda registro en las más conocidas historias críticas de la literatura española; no en vano fue conocido popularmente como el «Curín Tellado», y a diferencia de la escritora de Viavélez no ha encontrado aún al Vargas Llosa que lo reivindique.

Fuentes:

Rosalía Agudín, «José María Richard Jiménez: “Mi padre mi pidió que pusiese la cardiología a un buen nivel”», El Comercio, 6 de octubre de 2019.

—«Oviedo despide a José María Richard Jiménez, “alma mater” del Centro Médico», El Comercio, 9 de noviembre de 2018.

A. Fidalgo y L. Blanco, «La sanidad pierde a José María Richard, uno de los promotores del Centro Médico», La Nueva España, 18 de noviembre de 2018.

Fernando Larraz, Letricido español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Cecilia Pérez, «Sentido adiós a “un hombre bueno” y “·pionero de la sanidad privada”», El Comercio, 10 de noviembre de 2018.

De la fundación de la Editorial Juventud a la creación de Molino

A Marta Graupera Sanz, agradecido

 

La creación en 1933 de la Editorial Molino por iniciativa de Pablo del Molino Mateus (1900-1968) es el desenlace de un desencuentro larvado a lo largo de varios años en el seno de la editorial Juventud y para desentrañarlo hay que remontarse, como hizo con particular acierto Mònica Baró en su tesis sobre ediciones de literatura infantil y juvenil, a la relación entre los miembros de su consejo de administración.

La fundación de la Editorial Juventud como sociedad anónima puede fecharse con precisión el 5 de octubre de 1923, cuando se constituye con la participación de la Sociedad General de Publicaciones, Concepció Mateus Massana y su hijo Pablo del Molino (que acababa de heredar de su tío abuelo Agustí Massana, creador de la Escola Massana) y, actuando además como director gerente, Josep Zendrera Fecha (1894-1969). Al formarse el consejo de administración, hay un nuevo reparto de acciones, en el que entran el editor e impresor y primo de Concepció Mateu Juli Gibert Massana (1880-1956), el impresor Joan Pijoan i Claramunt, Josep M. Borràs de Quadras—que ya habían coincidido en la fundación de la Sociedad General de Publicaciones e Hymsa—, quien fuera colaborador de Barcelona Cómica (1898) y director de La Semana Cómica (1888-1894) José Fernández de la Reguera y el abogado Raimon Duran i Ventosa (1858-1933).

Obra de Enric Ricard.

 

Pablo del Molino, pues, entró con veintitrés años a bordo de la nave que pilotaba Josep Zendrera, quien a su vez contaba con la experiencia en la revista Hogar y Moda de la Sociedad General de Publicaciones, donde trabajaba desde los catorce años y donde creó además diversas colecciones (la más popular de las cuales destinada a novela rosa).

Apenas tres años después de su fundación, estrechamente vinculado a este grupo se crea un sello editorial, Mentora, destinado a obras infantiles en catalán y en cuyo consejo de administración figuraba Julio del Molino, así como Edita, que publica libros ilustrados más lujosos, tanto orientados al público infantil como al adulto, y en cuyo consejo de administración de nuevo Julio del Molino aparecía como vocal.

Sin embargo, la ruptura que desembocará en la salida de la familia Molino y la creación  de su propia editorial empieza a gestarse iniciada ya la década de los treinta y Manuel Llanas la atribuye, básicamente, a «desacuerdos en la línea de las publicaciones».

Además de esos desacuerdos, ya en 1930 creó tensión en el consejo de administración la compra de un nuevo edificio más amplio (en la calle Provença 101), así como la absorción de la editorial Mentora y muy poco después la de Edita. En el seno del consejo de administración, estas iniciativas de Zendrera se advertían como audaces asunciones de riesgos, por lo que se le impuso como contrapartida el nombramiento de Pablo del Molino, que por entonces contaba veintitrés años, como subdirector de la empresa, entre otras condiciones sobre las cuales escribe Mònica Baró:

Además, se le obliga de recortar los gastos de funcionamiento —lo cual acaba conllevando finalmente el despido de cuatro trabajadores en 1931—, impone un control más riguroso —mensual— de los planes editoriales e, incluso, llegan a desestimar algunas de las propuestas de Zendrera que, no se olvide, se había ido convirtiendo en un socio importante. Forzosamente, estas decisiones no debieron de gustar a Zendrera —que, no obstante, las acata— y debían de producir disensiones importantes entre los miembros del Consejo, aunque no se manifiesten explícitamente en las actas.

En cuanto a la línea editorial, era muy evidente desde sus primeros pasos la voluntad de Juventud de cubrir el ámbito de las ediciones populares, en muchos casos mediante la explotación de los derechos de edición de la Sociedad General de Publicaciones, y dando incluso continuidad a la ya mencionada colección La Novela Rosa, por ejemplo, y con colecciones como la mensual La Aventura (1925) o la más lujosa Obras Maestras, dándose el caso de que un mismo autor u obra aparecía en más de una de estas colecciones. De nuevo es Baró quien ofrece cifras contundentes acerca del éxito de estas ediciones: «en cinco años, la editorial ha vendido 300.000 ejemplares de diversos títulos y, de la obra El rosario, de Florence L. Barclay, se han vendido más de 120.000 ejemplares».

A medida que fueron ampliándose los ámbitos de edición debieron de empezar a surgir los problemas, pero es evidente, tanto por los autores (Salgari, Sabatini, Victor Hugo, Zane Grey) como por la periodicidad y las características de los libros, el tipo de público popular y del lector infantil y juvenil al que se dirigían. Cuando finalmente Pablo del Molino presenta su renuncia para crear su propia editorial, no choca con una oposición en el seno del consejo de administración de Juventud, pero sí se le impone como condición que, en caso de crear una nueva empresa editorial, el catálogo de esta no entre en competencia directa con el de Juventud, cosa que es muy discutible que no sucediera ya desde el primer momento (y que, por lo menos en España, ha venido siendo una cláusula habitual en este tipo de casos).

Algunos de los autores de la inicial y muy célebre Biblioteca Oro (1933-1970) no hubieran desentonado en absoluto en Juventud, cuando no se daba el caso de que ya habían figurado en su catálogo: Julio Verne, Alejandro Dumas, Rex Stout, Emilio Salgari…, novelas de aventuras y del Oeste de carácter popular destinadas a un público muy amplio, en cualquier caso insertadas en series debidamente marcadas: Serie Azul (piratas y westerns), Serie Roja (novelas de capa y espada) y Serie Amarilla (novela detectivesca), a las que en 1935 se añadiría el espectacular éxito de la versión española de revista de Walt Disney Mickey (1935-1936), dirigida por Josep Maria Huertas Ventosa (1907-1967), padre de un periodista que se haría célebre y quien ya contaba con experiencia como colaborador de la revista infantil Alegría (1925-1934) y redactor jefe de Pocholo (1931-1951), de la editorial Santiago Vives.

El mismo acuerdo tomado en relación a la salida de Pablo del Molino de Juventud establecía que, en caso de incumplir con la condición de no competir con Juventud, saldría del consejo de esta empresa, pero al parecer, aun con las evidencias en la mano, esto no llegó a cumplirse. Como consecuencia de la guerra civil, en 1938 Pablo del Molino se trasladó a Buenos Aires, donde creó Molino Argentina (desmantelada con motivo de su regreso a Barcelona en 1952), mientras que su hermano Luis (1907-1990) se hacía cargo de la casa matriz barcelonesa, que tuvo continuidad en la posguerra con una línea editorial sin grandes variaciones, en la que siguió compitiendo con la de Juventud.

Fuentes:

Mònica Baró, Les edicions infantils i juvenils de l’editorial Juventut (1923-1969), tesis doctoral Departament de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2005.

Raquel García Fuentes, «Semblanza de Editorial Molino (Barcelona, 1933- )». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED: http://www.cervantesvirtual.com/obra/editorial-molino-barcelona-1933– semblanza-928709/

Jaime García Padrino, «Libros infantiles y juveniles», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1939-1975), Madrid, Marcial Pons, 2015, pp.699-721.

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.