El trazo del impresor y editor Gabriel García Maroto

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Gabriel García Maroto.

Es posible que fuese la cantidad, amplitud y diversidad de intereses lo que hiciera que Gabriel García Maroto (1889-1969) no desarrollara una carrera más importante como editor, pero le bastaron unos meses de dedicación a tales menesteres para ganarse un puesto en la historia de la literatura española, encuadrado además en lo que comúnmente conocemos como la generación del 27, con la que se relacionó profusamente en los años veinte.

El tesón que puso ya desde muy joven en La Solana (Ciudad Real) en intentar convertirse en pintor da fe de la firmeza de esta vocación y de su apasionada dedicación al arte pictórico. Sólo al tercer intento, después de suspender en junio de 1908 y junio de 1909, consiguió ingresar en la madrileña Escuela Especial de San Fernando (nombre por entonces de la Academia de Bellas Artes San Fernando), y tanto su participación en exposiciones colectivas como sus primeras incursiones en el periodismo (La Tarde, El País, Vida Manchega) hacían ya pensar que ese sería su camino, acaso con algunos paréntesis para la poesía de raíz modernista. Sin embargo, al regreso de un viaje por Italia, Francia, Bélgica y Holanda, consecuencia de haber obtenido una bolsa de viaje como premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes, en 1921 estableció una imprenta en la calle Alcántara (números 9-11) que enseguida despertó la atención del poeta y editor Juan Ramón Jiménez (1881-1958).

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Juan Ramón Jiménez.

Los tres primeros números de la juanramoniana revista Índice, en la que aparecieron los grandes nombres del momento, de Díez-Canedo a Bergamín, de Ortega y Gasset a Salinas y de Moreno Villa a Federico García Lorca, debiera haber sido un espaldarazo para esta incipiente Imprenta Maroto, profundamente marcada por los orígenes y el carácter autodidacta de su fundador, aunque también es de suponer que su personalidad y gustos chocaran, ya con motivo del tercer número, con los del poeta de Moguer. En Imprenta Moderna Andrés Trapiello hace de García Maroto una caracterización significativa en este sentido:

La mayor parte de los libros que salieron de sus manos seguían teniendo un apresto pueblerino (mal papel, diseño tradicional, tipos convencionales), sus viñetas y sus capitulares, y personalísimas caligrafías, le dieron un aire verbenero muy de esos años. Todo lo que hizo acaba teniendo un aire proletario de almanaque popular, y supo buscar para la imprenta un término medio que combinara los tiovivos y los sombríos humeros de las fábricas.

En cambio, a tenor de este carácter, a nadie extraña que estableciera buena amistad con Federico García Lorca y que tuviera una responsabilidad importante no sólo en cómo se publicó su primer libro, Libro de poemas (1921), sino incluso en el hecho mismo de que el poeta granadino se decidiera a darlo a imprenta. Hasta qué punto es responsabilidad de García Maroto la selección, ordenación y disposición de los poemas de este libro lorquiano sigue siendo objeto de controversia y parece muy difícil de esclarecer, del mismo modo que siguen abiertas las dudas acerca de la autoría de las «Palabras de justificación» con que se abre este volumen con que Lorca se dio a conocer en junio de 1921.

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Además de esa excelente revista y este libro liminar, que parecen situar la imprenta de García Maroto en un momento inicial de un movimiento literario de enorme repercusión, también en 1921 salen de esas prensas el librito (12 cm) del poeta peruano Luis de la Jara Espigas, que en cierta medida es indicativo del momento cultural, por dejar atrás el rubendarianismo para adentrarse en el ultraísmo. Del mismo año es otro volumen que pone de manifiesto la proximidad de García Maroto a la literatura y los creadores americanos, el libro de Oscar Vladislaw de Lubicz-Milosz Poemas, en traducción del escritor chileno Augusto d´Halmar (1882-1950), que Julio Francisco Neira Jiménez describe como «un volumen en octavo, de tamaño por completo inadecuado, pues la mucha longitud de los versos hace que deban volver a la otra línea casi todos, lo que afea la página y hace la lectura muy incómoda».

Antes de acabar 1921 García Maroto organizó una Primera Exposición de Pinturas, entre cuyos participantes se encontraban también su amigo Lorca y el dibujante y pintor de origen uruguayo Rafael Barradas (1890-1929), en lo que sin duda es una primera tentativa de la que años más tarde, en colaboración con Guillermo de Torre y Manuel Abril, sería la ambiciosa Primera Exposición de Artistas Ibéricos (1925), que tanta incidencia tuvo en el reconocimiento de artistas como José Moreno Villa (1887-1955), Benjamín Palencia (1894-1980) o Salvador Dalí. Sin embargo, a finales de 1921 reemprendía su sino viajero, en esa ocasión en compañía del diputado socialista Fernando de los Ríos (1879-1949) y del periodista Julio Álvarez del Vayo (1891-1975) a Berlín, para, entre otras cosas, ponerse al día en cuestiones de tipografía, mientras la imprenta Maroto quedaba a cargo de su hermano Santiago.

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Su fama como pintor e ilustrador (entre otras, para las famosas Revista de Occicente y La Gaceta Literaria) iba en aumento, pero eso no le impidió ocuparse del librito no venal de José María de Hinojosa (1904-1936) Poema del campo, que apareció ya en 1925 con una imagen de cubierta obra de Salvador Dalí (1904-1989). Aun así, la siguiente empresa en la que se embarcó, más ambiciosa, no se hizo realidad hasta 1927, probablemente debido a sus actividades en el ámbito del arte.

Su personalidad como tipógrafo –escribe Trapiello– viene condicionada por su personalidad de pintor, ya que las tipografías que usará son de su invención y, rasgo característico suyo, dibujadas. No se trata de tipos móviles o cubiertas compuestas, sino… dibujadas por él. Lo hizo en muchos de estos libros personales y lo hizo en la editorial que fundó, Biblos, en la que se publicaron algunos libros de clara tendencia revolucionaria y que fue sin duda su más característica y conseguida empresa.

La salida a la palestra de esta editorial casi coincide con el viaje que García Maroto emprendió en enero de 1928 a Estados Unidos, Cuba y México, donde se estableció hasta 1934 y donde, como señala Marina Garone, tuvo una importante participación en los movimientos de vanguardia y en la fundación de la revista Los Contemporáneos, cuya cabecera se le atribuyeEdiciones Biblos nace de la confluencia de García Maroto con el traductor comunista Ángel Pumarega García, que había sido corrector en Revista de Occidente, y el también traductor Carlos Pellicena Camacho, que actuó como administrador, y mientras que Pumarega se ocupaba del grueso de las traducciones, García Maroto era el principal ilustrador y se ocupó de la dirección de las colecciones Imagen (dedicada a la novela y donde publicó Los de abajo, de Mariano Azuela, y La caballería roja, de Isaac Babel, entre otras), Clásicos Modernos (que se estrena con Barbas de estopa, de Dostoievski), y las colecciones de ensayo Idea y Mosaico.

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En esta misma editorial publica García Maroto el que está considerado como uno de sus mejores libros, 1930. La Nueva España. Resumen de la vida artística española desde el año 1927 hasta hoy (1927), que incorpora casi un centenar de grabados, así como Andalucía vista por el pintor Maroro. 105 dibujos y 25 glosas y 65 dibujos, grabados y pinturas, con una autocrítica y diferentes opiniones acerca de este autor, también aparecidos ambos en 1927. Buena parte de la labor emprendida por Ediciones Biblios la heredaría luego las Ediciones Jasón, enmarcadas en el conglomerado de editoriales Central de Ediciones y Publicaciones (auspiciada por el Komintern).

Simultáneamente, aún en 1927, García Maroto pone en marcha por su cuenta y riesgo una editorial Biblioteca de Acción, en la que publica, impresa lógicamente en sus talleres, Un pueblo en Mallorca, España mágica, Jesús entre nosotros y un Almanaque de las artes y las letras para 1928 o, estando ya él en América, Veinte dibujos mexicanos, precedidos de un prólogo del diplomático y escritor mexicano Jaime Torres Bodet (1902-1974).

García Maroto ya no regresaría a España hasta la primavera de 1934, y ese mismo año fundó Imagen. La Casa Escuela del Sordomudo, para la que de inmediato creó también una editorial (Biblioteca Imagen). Al mismo tiempo fue implicándose en la política cultural republicana, participando en la remodelación de la Escuela de Bellas Artes y trabajó en los proyectos de reforma de las Exposiciones Nacionales y de la Dirección General de Bellas Artes, actividades que se intensificaron a raíz del inicio de la guerra civil, en que se implica en la Alianza de Artistas Antifascistas y sirve como subcomisario general de Propaganda (a las órdenes directas de Álvarez del Vayo).

Al concluir la guerra se instaló definitivamente en México, donde desarrolló el grueso de su enorme actividad como pedagogo autodidacta, especializado en la enseñanza a sordomudos, alternando esta actividad con colaboraciones como dibujante y ocasionales exposiciones de pintura.

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De izquierda a derecha: Dalí, Moreno Villa, Buñuel, Lorca y José Antonio Rubio en los años veinte.

Fuentes:

Gonzalo Anes y Álvarez de Castrillón, dir., Diccionario biográfico español, vol. XXII, Madrid, Academia de la Historia, 2011.

Jaime Brihuega, «Gabriel García Maroto y La Nueva España 1930 que los españoles leyeron en 1927», Cuadernos de Estudios Manchegos, núm. 19 (1989), p. 263-276.

Gustavo Bueno Sánchez, «Ediciones Biblos, 1927-1928», filosofía.org.

Miguel Cabañas Bravo, «De La Mancha a México: la singular andanza de los artistas republicanos Gabriel García Maroto y Miguel Prieto», Migraciones y Exilios, núm (2005), pp. 43-64.

maroto-contemporaneosMarina Garone, «El trazo de los pinceles. El dibujo de la letra en el diseño gráfico mexicano de la primera mitad del siglo XX», Monográfico.org. Revista Temática de Diseño, junio de 2012.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras (poesía española contemporánea), Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Aurora M. Ocampo, Diccionario de Escritores Mexicanos. Siglo XX. Desde las generaciones del Ateneo y Novelistas de la Revolución hasta nuestros días, vol. III, México D.F., Centro de Estudios Literarios de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1993.

Andrés Trapiello, Imprenta Moderna.. Tipografía y literatura en España, 1874-2005, València, Campgràfic, 2006.

James Valender, «García Maroto y el Libro de poemas de García Lorca», Nueva Revista de Filología Hispánica, vol. 4, núm 1 (1996), pp. 156-165.

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Juan Ramón Jiménez y la osadía de la juventud

Los cuatro números que aparecieron de una revista tan fascinante como lo fue Índice (1921-1922) constituyen por sí solos una espléndida panorámica de la poesía española de los apenas dos años que duró esta empresa. Fundada por el exquisito poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), cuya vertiente como esmerado editor quedó ensombrecida por su brillo como escritor, en sus páginas pueden encontrarse autores de diferentes generaciones, consecuente con la declaración que aparece ya en la última página del número inicial:

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Juan Ramón Jiménez.

Índice no es revista de «grupo». Sus redactores son escritores y artistas de las más distintas tendencias, españoles e hispanoamericanos, unidos sólo por el interés común de la exaltación del espíritu y por el gusto de las cosas bellas. En sus páginas, cabrá todo lo que signifique «vida», desde lo más acrisolado hasta lo más nuevo, desde lo más llano hasta lo más insigne, desde lo más oculto hasta lo más abierto; y su aspiración es llegar a definir y deslindar, del modo más completo y perfecto posible –con un criterio amplísimo y estrechísimo a un tiempo–, la calidad más noble del genio español e hispanoamericano.

Basta una mirada a la tabla de contenidos del primer número para corroborar esta intención intergeneracional: Azorín (1873-1967), Enrique Díez-Canedo (1879-1944), Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset (1883-1955), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), José Moreno Villa (1887-1955), Corpus Barga (1887-1975), Gabriel García Maroto (1889-1969), Adolfo Salazar (1890-1958), Pedro Salinas (1891-1951), y en ya en el segundo número, aparecido también en 1921, se añaden los nombres de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Jorge Guillén (1893-1984), Antonio Espina (1894-1972), José Bergamín (1895-1983), Federico García Lorca (1889-1936)…

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Federico Garcia Lorca.

Los tres primeros números de esta revista salieron de la imprenta de un personaje clave de esos años ya mencionado, Gabriel García Maroto, «ese gran tipo humano, poeta, crítico, pintor, impresor, que a la sazón tenía una imprenta en Madrid», en palabras del intelectual granadino José Mora Guarnido. En junio de ese mismo año 1921 García Maroto se ocupó, corriendo él mismo con los gastos, de otra de las ediciones importantes de esa etapa de la literatura española, el poemario con el que se dio a conocer García Lorca (Libro de poemas), y según ciertas versiones se ocupó incluso, a la vista de la tardanza del autor y para evitar recompaginar el libro, de escribir las palabras preliminares a modo de prólogo («Palabras de justifiación»). El cuarto número de Índice, cuya novedad más importante es la impresión a dos tintas, se elaboró ya en los Talleres Poligráficos, en los que Juan Ramón haría imprimir algunos de sus libros en esos principios de los años veinte (Poemas y Belleza, por ejemplo). Se sabe de un quinto número de Índice, cuyo sumario se incluyó en el quinto del que incluso se corrigieron pruebas pero nunca llegó a publicarse. La distribución corrió a cargo de la editorial La Lectura, que en 1914 le había publicado a Juan Ramón Platero y yo.

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Gabriel García Maroto.

Tan interesante o más que la revista fueron los seis volúmenes que en 1923 auspició la revista, en una Biblioteca Índice en la que aparecieron, en orden de numeración, la segunda edición de Visión de Anahuác, de Alfonso Reyes; El cohete y la estrella, de José Bergamín, precedida de una «caricatura lírica» de Juan Ramón; la Fábula de Polifemo y Galatea, de Luis de Góngora, en edición de Alfonso Reyes; Signario (versos), de Antonio Espina; Niños, de Benjamín Palencia, ilustrada con una silueta del autor obra de Juan Ramón Jiménez; y  el primer libro de poemas de Pedro Salinas, Presagios (con un texto preliminar de Juan Ramón Jiménez) que, como se encargó de esclarecer Raquel Sánchez, fue objeto de una cierta polémica, porque desde el tercer número se ocupó tanto de la impresión como de la distribución la Librería y Editorial Rivadeneyra:

la distribución de estas obras corrió a cargo de la ya mencionada Librería y Editorial Rivadeneyra, la cual acabó en pleitos con el poeta [Juan Ramón Jiménez] por la negativa de la editorial a encargarse en firme de 400 ejemplares del libro de Pedro Salinas Presagios. La resolución del litigio tuvo lugar en mayo de 1925 y liberó de sus compromisos a ambas partes, obligándoles a pagar las costas del juicio a medias.

Presagios1Ha sido motivo de muchas confusiones el hecho de que el libro de Salinas apareciera con el número 7, pues el hecho de que el sexto, Cartas y versos a Juan Ramón, de Rubén Darío, no llegara a publicarse, ha dado pie a que, entre otras cosas, a que en ocasiones se considerara ésta una colección formada por siete títulos. A través del epistolario entre Alfonso Reyes y Julio Torri es posible saber además que el primero le pidió con insistencia a Torri un conjunto de material suficiente para componer un octavo número de la colección, advirtiéndole en carta fechada en Madrid el 6 de julio: «Todos me dicen bien de ti, pero tú no mandas el original de un libro tuyo, inédito y perfecto, para la Biblioteca Índice de Juan Ramón, más trescientas pesetas que te tocaría costear más o menos».

De la estructuración de Presagios, que incluía –con algunas variantes– dos sonetos aparecidos previamente en Los lunes del Imparcial y dos poemas en verso libre publicados en las páginas de la revista España, se ocupó también Juan Ramón Jiménez, haciendo buena la fama de que goza de haber sido un editor total, meticuloso, responsable tanto de los originales que publicaba como del papel sobre el que se imprimían sus textos, así como de todos los detalles intermedios y posteriores. Aun así, en carta al autor el poeta de Moguer le informa a toro pasado de los cambios que ha introducido, a partir de la cincuentena inicial de poemas que Salinas le había entregado: «Deseo que le guste a usted el orden en que he puesto las poesías, y, antes, mi selección. Verá que he copiado una poesía de las desechadas por usted, y que he separado, en cambio, una de las otras». Y en su libro de memorias La arboleda perdida Rafael Alberti dejó constancia de una escena que pone de manifiesto también que el editor de Moguer se tomaba las cuestiones editoriales casi como cuestiones personales:

Aquella tarde, con un ejemplar de Signario en la mano, protestaba el poeta de sus imperfecciones tipográficas. Había encontrado erratas, letras sucias, renglones caídos, y todo esto iba a quitarle el sueño.

–También –nos dijo– en la edición de la Fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, preparada por Alfonso Reyes, se le han escapado a éste otras horribles erratas: en vez de corona dice corna; en vez de entre, enter, etc. España ha perdido su gran tradición tipográfica. Fíjense en este libro inglés –nos mostró uno, moderno, de Keats–. ¡Qué finura, qué gracia, qué delicadeza! Quisiera conseguir para la Biblioteca Índice lo mismo, pero, por lo visto, esto aquí es imposible.

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De izquierda a derecha: Salvador Dalí, José Moreno Villa, Luis Buñuel, Federico García Lorca y el historiador José Antonio Rubio Sacristán.

Además, la influencia de Juan Ramón en las iniciativas editoriales que llevaron a cabo tanto Bergamín como Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, entre otros, es palmaria y no admite mucha discusión. Por todo ello, resulta más lamentable que, después de haberse convertido en uno de sus principales referentes, en uno de sus más importantes valedores, en el editor en el sentido más fuerte del término de muchos de ellos, Juan Ramón Jiménez acabara enzarzado en una polémica con la mayoría de miembros de la generación del 27, que salpicó también a su relación con Pedro Salinas, quien, incluso en el ámbito creativo, tanto debía a la obra literaria del poeta de Moguer. También es cierto que muchos de ellos a posteriori reconocieron –hasta cierto punto– lo injusto de ese trato, como es el caso de Rafael Alberti en sus memorias, pero meterse con Juan Ramón se convirtió en poco menos que un deporte y en un signo de juventud y de vanguardismo, a rebufo de la famosa carta que le mandaron Buñuel y Dalí informándole de que su obra les repugnaba «profundamente por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria». A nadie escapaba la proximidad entre Buñuel y Dalí y los miembros de la generación del 27 (y ninguno de ellos salió en defensa del poeta moguereño). La espoleta de la sucesión de rupturas posteriores fue al parecer la respuesta de Juan Ramón declinando la invitación a participar en el homenaje a Góngora alegando: «El carácter y la extensión que Gerardo Diego pretende dar a este asunto de la Revista de Desoriente, me quitan las ganas de entrar en él. Góngora pide director más apretado y severo, sin claudicaciones ni gratuitas ideas fijas provincianas». La réplica de Gerardo Diego no se hizo esperar, y de inmediato la polémica se convirtió en poco menos que un «todos contra uno».

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Pedro Salinas (a la izquierda de la imagen) a su llegada a Santo Domingo.

La verdad es que los motivos claros de aquellas peleas –asegura Alberti– siguen siendo para mí completamente oscuros. Es un secreto que Juan Ramón se llevó con su muerte. […] ¿Cómo explicar que con José Bergamín, exaltador hasta la hipérbole de la obra del poeta y a quien considerábamos una especie de secretario permanente suyo, se peleara, y al final de manera definitiva, porque, según él, puntuaba mal, debiendo limitarse solamente a sus aforismos, dejando a un lado la prosa larga, para la que –afirmaba rotundo– no servía? ¿Pues y con personas tan excelentes como Salinas y Guillén, alabadísimos poetas al principio y motejados luego de «retóricos blancos», de ingenieros –o algo parecido–, máximo insulto este a su gran poesía de perfiles precisos, sostenidos sobre cimientos, como la de Guillén sobre todo?

Convendría añadir que si en 1932 Juan Ramón retiró sus poemas de la segunda edición de la influyente Antología de Gerardo Diego con un ya célebre «Quedan hoy retirados poemas y amistad», ello fue precedido de durísimas palabras de Bergamín, en un artículo sobre Salinas, acerca de la obra de quien fuera su mentor y editor («amoralismo esteticista», «falsa e inhumana», «agonizante y espectacular»…), y, por cierto, no hay motivo para suponer que Alberti no estuviera al corriente de todo ello.

Parafraseando el célebre título de un magnífico libro de Mario Muchnik, quizá sea cierto que lo peor no son los autores; tal vez lo sean los autores metidos a editores…

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Tres representantes de la generación del 27. De izquierda a derecha: Dámaso Alonso, Max Aub y Jorge Guillén.

Fuentes:

Rafael Alberti, La arboleda perdida, Barcelona, Bruguera (EL Libro Amigo 1502), 1984.

Francisco Fuster García, «Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881- San Juan, Puerto Rico, 1958)», semblanza en el portal EDI-RED.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras. Poesía española contemporánea, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Raquel Sánchez García, «Juan Ramón Jiménez y el mercado editorial», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, núm. 21 (2003), pp. 301-308.

Gregorio Torres Nebrera, «Presencia de Juan Ramón Jiménez en la poesía de Pedro Salinas», en Actas del Congreso Internacional Conmemorativo del Centenario de Juan Ramón Jiménez. Tomo II, Huelva, Diputación Provincial de Huelva, Instituto de Estudios Onubenses, 1983, pp. 569-580.

Julio Torri, Epistolarios, edición de Serge I Zaïtzeff, México, Universidad Nacional Autónoma de México (Nueva Biblioteca Mexicana 108), 1995.

James Valender, «García Maroto y el Libro de poemas de García Lorca», Nueva Revista de Filología Hispánica, vol. 4, núm 1 (1996), pp. 156-165.