Rufino Torres Castañeira, importador clandestino de libros

«Tú sabrás quién tocó la cuestión. Si atas cabos sacarás el resultado. No dudes que tienes amigos de los otros en la organización».

Esta advertencia que a simple vista puede parecer inocua o incomprensible constituye uno de los estremecedores testimonios de la ingente y peligrosa labor llevada a cabo por editores, distribuidores y libreros durante el franquismo para hacer llegar a los lectores libros que en España estaban prohibidos. El pasaje pertenece a una carta del 8 de agosto de 1973 dirigida por el distribuidor pontevedrés afincado en Barcelona Rufino Torres al editor de Ruedo Ibérico, José Martínez Guerricabeitia, en la que aborda una cuestión bastante recurrente en algunos momentos de su relación: la existencia de algún «topo» que informaba a las fuerzas represoras franquistas acerca de los envíos de libros que Ruedo Ibérico hacía desde su exilio en París para que de este modo la policía pudiera incautarse de los libros, con las pérdidas tanto culturales como económicas que eso conllevaba.

La cuestión de la distribución y venta de libros prohibidos es uno de los ámbitos aún más desconocidos, en buena medida debido a las comprensibles pero en ocasiones insuperables y desesperantes dificultades que supone su estudio. Lo sabe bien, por ejemplo, Jordi Cornellà-Detrell, que lleva ya algunos años recabando datos acerca de la circulación de libros prohibidos, de sus redes de distribución y de los puntos de venta y cuyos estudios han dado ya algunos frutos importantes y quien ha explicado que:

…había, claro está, importadores a pequeña escala que utilizaban su propio automóvil o los hacían llegar por correo postal en pequeños paquetes En cuanto llegaban a Catalunya, los libros se almacenaban en el depósito de distribuidores como Siegfried Blume, gerente de la Librería Técnico-Extranjera, en la calle Tuset, o Eduardo Beneyto, que los escondía en una habitación secreta en su distribuidora Vilben, situada en la calle Aragó.

Aun así, la exhumación del rico epistolario entre José Martínez Guerricabeitia y sus distribuidores llevado a cabo por Albert Forment ha permitido conocer algunos otros aspectos particulares acerca de la distribución clandestina de libros en España.

Eduardo Fidalgo.

Entre los escasos distribuidores de los que se tiene información suele destacarse precisamente la importancia de los de Ruedo Ibérico Siegfried Blume y Rufino Torres, al segundo de los cuales describió Jorge Herralde en Por orden alfabético como un «antiguo ex-guardia civil que, por razones obvias, conocía bien los entresijos fronterizos». Entre sus principales colaboradores tuvo Rufino Torres a su cuñado Eduardo Fidalgo Cerreda (1934-2015), hijo de un exiliado en Cuba y que, según contó su hija, «trajo muchos libros de América Latina, sobre todo de Argentina, libros que llegaban al puerto disimulados con las mercaderías». Sin embargo, fue sin duda Albert Forment quien más datos sacó a la luz acerca de la actividad de Rufino Torres y quien la ha explicado con más detalle.

Al parecer, Rufino Torres, que tenía como una de sus direcciones la calle Calabria número 137 y un almacén en Viladomat, 247, tenía la importación de libros sobre todo de Francia como una fuente adicional, pero lucrativa, de su negocio como distribuidor, aun a sabiendas de los riesgos que corría; a través de Blume contactó con el editor de Ruedo Ibérico y a partir de 1964, propiciado además por las dificultades económicas a que tuvo que enfrentarse Blume, se convirtió en su principal distribuidor. Así cuenta Forment el modo de proceder, que en buena medida explica los altos precios que alcanzaban estos ejemplares (es sabido que, con la venta de los que poseía, Goytisolo se financió su viaje a París):

Rufino tenía verdadero olfato para los negocios editoriales ilegales que la censura hacía florecer indirectamente, además de los legales que le servían de cobertura y eran la parte del león de su negocio. Al tanto de los usos y costumbres de los cuerpos de seguridad franquistas, entre los cuales se decía que conservaba buenas amistades, supo sortear el acoso policial durante quince años, hasta la época de la transición política, convirtiéndose en la otra gran pieza clave [junto con Blume] del dispositivo de distribución de Ruedo Ibérico en España [..] Rufino compraba con tan descomunales descuentos que apenas daban beneficio a la editorial […], y los revendía luego al por mayor a otros distribuidores, cobrando su propia comisión.

A finales de los años sesenta, esos descuentos de los que gozaba Distribuciones Torres podían alcanzar el 55% por ciento, al que se añadía aún un 3% adicional por pronto pago, lo cual pone de manifiesto que entre las prioridades de Ruedo Ibérico no estaba ganar dinero, sino hacer que sus libros llegaran a los lectores. Refiriéndose también a esos años finales de la década de los sesenta, otro de los puntales de Ruedo Ibérico, Marianne Brull, explicó en una entrevista con Carlos Prieto el modo de proceder:

Mandábamos los libros a Barcelona en sacas postales de unos treinta kilos, y él [Torres] se encargaba de que nadie las inspeccionara en Correos… […] Los envíos se hacían siempre desde la misma oficina de correos en París, el día que nos indicaba Rufino, sin remite y de manera que pudieran ser localizados fácilmente por los empleados de aduanas… previamente sobornados por Rufino. Fácil no era.

No cuesta imaginar que no debía de ser fácil. Para evitar que se pudieran rastrear los pagos, en ocasiones estos los hacía Rufino Torres desde Andorra, adonde se desplazaba con cierta regularidad, y las dificultades impuestas por el acoso policial explican que en más de una ocasión los distribuidores se vieran en la necesidad de pedir a Ruedo Ibérico que retuviera los envíos.

François Maspero.

Es lo que sucedió, por ejemplo, a finales de 1966, cuando surgieron serias sospechas de que alguien desde París estaba informando a las autoridades españolas de los detalles de los envíos. Tanto Blume como Torres sospechaban que acaso se tratara de alguien que trabajaba para el editor francés François Maspero (1932-2015), que era quien distribuía los libros de Ruedo Ibérico en casi toda Francia (salvo en Iparralde). El caso es que, según contaba Tores a Martínez Guerricabeitia en febrero de 1967, los envíos que se hacían directamente a particulares eran retenidos y confiscados, y la misma situación se mantuvo en los meses siguientes.

No fue hasta junio de 1967, cuando ya llevaban varios años de comunicación epistolar, que el editor exiliado y el ex guardia civil se conocieron personalmente, en Perpinyà. Las dificultades a las que los heterodoxos modos de gestión y producción abocaron a Ruedo Ibérico propiciaron que en 1969 se llegara a un acuerdo por el cual Rufino Torres avanzaba 18.500 francos para que el editor exiliado en París pudiera llevar a cabo la reimpresión de cinco de los títulos que mejor habían funcionado de su catálogo y que por entonces se hallaban agotados, pero ya a principios de 1966 tanto Torres como Blume habían ofrecido ayudas en metálico a José Martínez (en cierto modo, la dadivosidad de Blume contribuye a explicar las dificultades por las que pasó la Editorial Blume, fundada en 1965).

José Martínez Guerricabeitia.

A principios de 1973 volvieron a surgir recelos acerca de las filtraciones de información sobre los envíos clandestinos de libros, y en mayo de ese año escribe Torres a Martínez Guerricabeitia:

Hemos tenido noticias de que estáis preparando catálogos para un fuerte envío. Tus amigos ya lo saben y han tomado precauciones. Se conoce que dentro del ramo hay quien te vigila y procura por tus intereses. Desgraciadamente debes estar bien acompañado, no lo dudes.

El editor de Ruedo Ibérico sospechaba que, caso de haber filtraciones, estas se debían probablemente a la indiscreción del filósofo del Opus Rafael Calvo Serer (1916-1988), que desde noviembre de 1971 se encontraba en París a raíz de sus críticas al gobierno franquista publicadas en Le Monde, o bien a alguien de su entorno, pero en agosto, como pone de manifiesto el pasaje reproducido inicialmente, los recelos persistían:

La nota indicaba se están preparando envíos, forma de caja, embalaje, peso y otros detalles reales, ignorando de momento la dirección. El caso es que coordinaba todo perfectamente. ¿Quién podía saberlo? Tú sabrás quién tocó la cuestión…

Según cuenta Forment, más tarde los colaboradores habituales de Ruedo Ibérico llegaron a sospechar, aunque sin pruebas fehacientes, que las filtraciones se debieron a Luis Palomeque, militante comunista que entre finales de 1971 y enero de 1972 había sido despedido de Ruedo Ibérico tras dos años como empleado, pero aun así en 1974 Rufino Torres propuso poner a prueba la solvencia de la confidencialidad en las comunicaciones. Se preparó un envío comunicando detalles a los allegados a la editorial, y se comprobó que ninguno de los detalles divulgados llegó a oídos de las autoridades españolas.

Al margen de las motivaciones que tuviera Rufino Torres (que ya había empezado a publicar algunos libros como Ediciones R. Torres) tras una reunión con Martínez Guerricabeitia durante la Feria del Libro de Frankfurt de 1976 llegaría a convertirse en coeditor de Trotski, concretamente de los dos volúmenes de sus Escritos militares, así como del Diario de la Revolución Cubana de Carlos Franqui (1921-2010). No está mal, tratándose de un ex guardia civil.

Fuentes:

Jordi Cornellà-Detrell, «Estratègies contra la censura durant el período democràtci: reedició, reescriptura i polítiques editorials», en Montserrat Bacardí i Pilar Godayol, Traducció i franquisme, Lleida, Punctun-Grup d’Estudi de la Traducció Catalana comntemporània (Visions 8), 2017, pp. 121-137.

—«La circulación de libres clandestins durant el franquisme», Querol, núm. 22 (2018), pp. 44-50.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo Ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000.

Domingo Marchena, «El señor de los libros», La Vanguardia, 21 de abril de 2015.

Ana Martínez Rus, «Ni rojos ni ateos: las difíciles relaciones editoriales entre la España franquista y el exilio argentino», Kamchatka. Revista de análisis cultural núm. 7 (junio de 2016).

Núria Navarro, «Escondía los libros en un armario con doble fondo» (entrevista a Eduardo Beneyto), El Periódico, 21 de noviembre de 2010.

Carlos Prieto, «Los papeles secretos del Opus Dei: de las confidencias “salvajes” a la maleta del 23-F», El Confidencial, 10 de marzo de 2018.

Redacción, «Muere Eduardo Fidalgo, defensor y amante de los libros», El Periódico, 18 de abril de 2015.

Albert Forment y la Editorial Ruedo Ibérico

Logo de Ruedo Ibérico

Tradicionalmente, y por lo menos hasta finales del siglo xx, en el ámbito hispánico los grandes editores han cumplido una función de extrema importancia en el descubrimiento y difusión de valores estéticos, ideológicos y culturales en un sentido muy amplio, por lo que es muy lógico que en los últimos años la historiografía haya empezado a ocuparse de ellos como un camino para comprender los motivos de los flujos y reflujos de tendencias, así como las causas de algunas influencias interculturales.

José Janés

José Janés

Cuando Jacqueline Hurtley publicó sus pioneros y utilísimos estudios sobre uno de los editores más importantes que ha dado España (Josep Janés. El combat per la cultura, 1986, y Josep Janés, editor de literatura inglesa, 1992), puso en evidencia hasta qué punto el conocimiento detallado de las empresas, los proyectos y los fracasos de los editores españoles, sobre todo contemplados desde fuera –es decir a través de biografías o memorias–, podía proporcionar unos fundamentos de inapreciable valor para analizar la cultura literaria española en su justa medida, especialmente en el período de la dictadura franquista.

Sin embargo, si interesantes eran los trabajos de Hurtley, uno tendía a sospechar que más sugestivas todavía podían ser las trayectorias de muchos editores españoles que, a raíz del desenlace de la guerra civil española, llevaron a cabo su labor en el exilio, y cuya biografía definitiva y completa, que yo sepa, está por hacer, pese a la existencia de algunos trabajos parciales que han puesto las bases para ello. Me refiero, por ejemplo, a editores establecidos en México como Juan Grijalbo, Joaquín Díez-Canedo (el intrépido Joaquín Mortiz) o el osado

Bartomeu Costa Amic (1911-2002)

Bartomeu Costa-Amic, o bien en Argentina Antonio López Llausàs (Editorial Sudamericana) o en Chile Arturo Soria (Cruz del Sur), por poner algunos ejemplos. Además, en los casos de editores, traductores y grafistas establecidos en países hispanoamericanos, sería muy útil conocer el alcance de su contribución al desarrollo de la industria cultural argentina, chilena, venezolana o colombiana (su repercusión en México quizá sea la más analizada). Baste recordar la importancia de la creación en 1958 de la colección Piragua de Editorial Sudamericana, que pasa por ser la primera colección de bolsillo en Argentina que triunfó, y que puso al alcance del gran público autores como Graham Greene, Germán Arciniegas, Arthur Koestler o William Faulkner entre otros muchos.

En Una historia transatlántica del libro, Fernando Larraz se planteaba, entre otras no menos pertinentes, una cuestión muy interesante: “Hasta qué punto podemos hablar de editoriales del exilio republicano?, ¿de cuántas y cuáles editoriales, colecciones o libros publicados en esos años [1939-1959) puede decirse que respondieran inequívocamente a alguna de las formas de la política del exilio?”. Podrían aducirse casos como los de Era –entre muchas otras–, interesada en publicar en México libros que la censura franquista no toreraría e intentar introducirlos en España, o bien el caso de las diversas editoriales que en América publicaban obras en catalán, lengua en la que en España estaba prohibido publicar (Costa-Amic en México, El Pi de les Tres Branques en Chile…). Sin embargo, si salimos del marco geográfico que establece Larraz en su estudio y trasladamos el foco a Francia, la editorial Ruedo Ibérico es uno de los casos más emblemáticos de editorial del exilio, y, afortunadamente existe una fuente espléndida para conocer tanto el funcionamiento de esa editorial parisina, como la vida de quien la puso en pie.

José Martínez Guerricabeitia (1921-1986)

Albert Forment, que se había ocupado ya de otro exiliado insigne (Josep Renau. Història d´un fotomuntador, 1997) trazó en José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico (finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2000) una completa biografía del personaje, con todos sus claroscuros, rehuyendo la peligrosa tendencia a la mitificación y reconstruyendo con admirable minuciosidad una de las aventuras editoriales antifranquistas más apasionantes que se desarrollaron en Europa. Desde su creación en 1961 hasta su desaparición ya en la España democrática, Ruedo ibérico fue una de las editoriales más molestas para la dictadura franquista (¡el tábano socrático!), y José Martínez se mostró a lo largo de muchos años como un estratega político-cultural de primer orden que supo lidiar con todo tipo de problemas, entre los que no eran menores su propio carácter tempestuoso, su tendencia a embarcarse en proyectos sumamente arriesgados desde el punto de vista económico o su férrea pasión por el proceso editorial, aun a costa de su salud y de su equilibrio emocional.

A su tesón imprudente debemos el conocimiento de algunos títulos que en su día marcaron hitos en la historiografía del siglo XX, como La guerra civil española, de Hugh Thomas; El laberinto español, de Gerald Brenan;  Falange, de Stanley Payne; la primera versión del estudio de Ian Gibson sobre el asesinato de García Lorca, o la Breve historia de la guerra civil, de Gabriel Jackson, así como libros bellos e importantes en la historia de la literatura española, como los Episodios nacionales, de Gabriel Celaya; Que trata de España, de Blas de Otero, o Campo francés, de Max Aub, por poner sólo algunos ejemplos emblemáticos.

A partir de un trabajo de documentación exhaustivo, Albert Forment narra una doble epopeya: la de José Martínez Guerricabeitia y la de Ruedo ibérico (con su apéndice Cuadernos de Ruedo ibérico), dos aventuras trepidantes imposibles de deslindar, pues la identificación entre una y otra (la repercusión de los avatares personales y la evolución política de José Martínez sobre la trayectoria de Ruedo ibérico y la de las penurias económicas de la editorial sobre la salud y el ánimo del editor) fueron casi absolutas.

Martínez Guerricabeitia con Francisco Carrasquer (1915-2012)

La de José Martínez fue una pasión ejemplar, y el libro de Forment constituye una espléndida crónica de la andadura de una editorial que nació como instrumento de combate político y resistió heroicamente no sólo los embates de la censura franquista, sino que incluso supo imponerse a la paradoja de un mercado alejado y disperso entre la Península y América. Sin embargo, el autor no oculta la sangrante contradicción entre el pensamiento político del editor anarquista y la práctica a menudo implacable del empresario con sus colaboradores y empleados. Los juegos malabares (no siempre honestos) para conseguir financiar proyectos “imposibles”, los enfrentamientos con autores y distribuidores, la progresiva evolución de la identidad de Ruedo ibérico y sobre todo de sus Cuadernos y los contactos y acuerdos con editores y distribuidores franceses, españoles e italianos son quizás algunos de los aspectos mejor tratados en este libro, que, en su conjunto, agota casi por completo el tema que trata. El empleo tanto del epistolario (en particular el mantenido con Francisco Carrasquer) como de los textos escritos por el propio Martínez permiten a Forment ofrecernos una obra omnicomprensiva del tema que aborda y ofrecer al lector muy diversas perspectivas del objeto de estudio.

Quizás las páginas dedicadas a los antecedentes familiares y la infancia sean excesivas y estorben algunas reiteraciones innecesarias, pero Albert Forment cubrió (con tierra muy compacta) una laguna importante de la historia de la cultura española en el exilio.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000. 696 pp.

Una primera versión más breve de este texto se publicó en Renacimiento. Revista de Literatura, núm. 27-30, dedicado a Literaturas del Exilio Republicano de 1939.

En 2008, la editorial Backlist (Grupo Planeta) estableció un convenio para crear una serie con  títulos originalmente publicados en Ruedo Ibérico, con un proyecto de tres títulos anuales con nuevos textos introductorios.

Fernando Larraz, Una historia transatlántica del libro. Relaciones editoriales entre España y América Latina (1936-1959), Gijón, Ediciones Trea /Biblioteca y Administración Cultural 224), 2010.

Fuentes sobre José Martínez Guerricabeitia y Ruedo Ibérico:

 Joan Martínez Alier, “Crítica de la Transición en los Cuadernos de Ruedo Ibérico“, sinpermiso.info, 24 de noviembre de 2011.

Éditions Ruedo Ibérico: web con muchísima información y enlaces.

Ana Rodríguez-Fischer, “Ruedo Ibérico”, en su blog, entrada del 11 de febrero de 2010.

Ruedo ibérico, radicalmente libre, documental de Francesc Ríos y Mariona Roca, con el asesoramiento histórico de Arantza Sarría y la colaboración de Marianne Brull.

María Aranzazu Sarría Brull, Cuadernos de Ruedo Ibérico (1965-1970). Exilio, cultura de oposición y memoria histórica, tesis en la Universidad de Zaragoza y Universidad de Burdeos 3, 2001.