El boom que no fue tal

Pedro Shimose (Riberalta [Bolivia], 1940).

Entre mediada la década de 1960 y los primeros años de la siguiente, coincidiendo con lo que inicialmente fue visto como una relajación de la censura de libros (la Ley de Prensa de 1966, conocida como “Ley Fraga“) empezó a generarse en España la expectativa de que, una vez muerto el dictador Francisco Franco (1892-1975), podrían darse a la imprenta por fin en España una serie de obras valiosísimas y asombrosas que o bien llevaban años guardadas en un cajón, o bien se habían publicado fuera de la Península y apenas las conocían algunos afortunados con acceso a la trastienda de algunas librerías de izquierda, ciertos periodistas con buenos contactos en el extranjero o los editores y escritores más audaces que viajaban allende los Pirineos sabiendo lo que buscaban.

Cronológicamente, este período coincide con el boom de la literatura latinoamericana. Si bien suele señalarse 1962-1963 como el momento inicial (publicación en Seix Barral de La ciudad y los perros, acuerdo entre Carlos Barral y Joaquín Díez Canedo para importar los libros de Joaquín Mortiz, apertura de la filial del Fondo de Cultura Económica en Madrid, aparición de Rayuela, de Julio Cortázar, etc.), como ha escrito Jordi Gracia, “1966 es año ya de conciencia nítida de la magnitud de la narrativa hispanoamericana, y en esos años se publican novelas tan significativas y de tanto impacto como La casa verde, de Mario Vargas Llosa, y Cien años de soledad (que, publicada en Argentina por Sudamericana,  llega a España vía Edhasa).

Rafael Conte (1935-2009).

También en esos años se inicia un lento, lentísimo regreso de los republicanos españoles exiliados, a través de sus obras (inicialmente en revistas como Ínsula y Cuadernos para el Diálogo), hasta conformar lo que Rafael Conte llamó “la relativa moda de la novela del exilio”, que se pensaba que sería ”otro boom”. En 1963, José Ramón Marra-López, tras dos años de pugna con la censura, publica en la editorial Guadarrama el influyente estudio Narrativa española fuera de España (1939-1961); en 1964 Max Aub ve publicada y distribuida en España El zopilote y otros cuentos mexicanos, que aperece en la colección El Puente, junto a títulos de Corpus Barga, José Ferrater Mora, Gaziel y Esteban Salazar Chapela, entre otros, y los libros de los exiliados republicanos empiezan a asomar la cabeza en las librerías españolas con mayor asiduidad. Explica Rafael Conte:

 Cuando marché  París, en abril de 1970, la “operación retorno” de la literatura del exilio estaba funcionando bastante bien. Informaciones de las Artes y las Letras descubrió que era un filón intelectual para los jóvenes lectores, se hacía eco puntual de cada novedad recuperada, de cada publicación nueva sobre el tema –hubo muchas, entre otras las recuperaciones de Sender, Barea  y Andújar, aunque muchas bastante censuradas.

Esta “relativa moda” prosigue a trompicones a lo largo de la década de 1970, sustentada ya en 1969 en la concesión de los premios Águilas a Cecilia G. de Guilarte (por Cualquiera que os dé muerte, aparecida en Linosa ese mismo año) y el famosísimo Premio Planeta a Ramón J. Sender (por En la vida de Ignacio Morel), de quien en palabras de José Carlos Mainer se produce una “avalancha de títulos”, y a ello hay que añadir por ejemplo los viajes a España de Max Aub (1969), de José Bergamín (1970), de Rosa Chacel (1974), la publicación de los ensayos de Francisco Ayala y Américo Castro en diversas editoriales, etc.

En la década de 1980, el proyecto editorial más clara e inequívocamente vinculado a esa corriente es sin duda Memoria Rota. Exilios y Heterodoxias, dirigida por el filósofo Carlos Gurméndez para la Editorial Anthropos, que presenta sus objetivos del siguiente modo:

Recuperar la continuidad cultural de España y sus gentes, quebrada por la guerra civil y los distintos infortunios que la perpetuaron […] Uno de los aspectos más importante y extraordinario de este acontecimiento fue el exilio español que ha alumbrado e irradiado una nueva cultura sobre todo en América Latina […] Otro aspecto importante, y que también estudiará esta colección es sacar a la luz cuanto encierra el extraño fenómeno que se denomina “el exilio interior”, integrado por escritores, poetas, dramaturgos, a quienes por diferentes razones les fue negado y difundir sus obras. […] A través de las diversas obras se pretende recoger, indagar y sopesar el proyecto antropológico humano que durante tanto tiempo y sobre todo en este siglo, se fue fraguando en España, se quiso realizar en la República española y quedó enmudecido tras la guerra civil, como desaparecido en la conciencia y sociedad española.

 

Rafael Dieste (1889-1981)

Tras estrenarse con Tablas del naufragio. Las islas (1985), de Rafael Dieste (con prólogo de Gurméndez), la colección prosiguió su andadura con El pozo de la angustia (1985), de José Bergamín, Cistal herido (1985), de Manuel Andújar, No sé (1985), de Eusebio García Luengo, Notaría del tiempo (1985), de Ramón de Garciasol (Miguel Alonso Calvo), Cumbres de Extremadura (1986), de José Herrera Petere, Senderos, de María Zambrano, etc., en una sucesión que, como ya se advertía en la presentación, combinaba diversos géneros, así autores del exilio republicano de 1939 con algunos representantes de lo que a falta de mejor nombre se llamó “exilio interior”.

Otra iniciativa interesante en este mismo sentido es la colección creada en Plaza & Janés y dirigida por Pedro Shimose Biblioteca Letras del Exilio, que tiene una mirada incluso más abarcadora y que la sitúa con un pie en los rescoldos del boom de la literatura hispanoamericana y el otro en la “relativa moda” del exilio.

En este caso, el exilio de los autores es el nucleo vertebrador, ya sea como consecuencia del desenlace de la guerra civil española (Arturo Barea, Segundo Serra Poncela, Max Aub), ya sea tomado en un sentido amplio y lato que permitía incluir a autores de obras y trayectorias biográficas tan diversas e incluso dispares como Rómulo Gallegos, Augusto Roa Bastos, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Augusto Monterroso, Cristina Peri Rossi, Julio Cortázar…

No parece que el proyecto fuera un éxito absoluto, pues si bien empezó con muchísima fuerza, publicando casi un libro al mes, a la altura de 1986 llegaba a su fin. Son muy fácilmente reconocibles y recordables los libros de esta colección por sus portadas, que con el paso del tiempo hoy resultan como mínimo demodés.

Sin embargo, el hecho de que las obras de los escritores republicanos llegaran a las librerías españolas con tantísimo retraso tuvo unas consecuencias nefastas en el tipo de recepción lectora que tuvieron. En cuanto al estilo y las técnicas narrativas, se publicaban muchos textos que en su momento eran rompedores u originales pero que habían envejecido y resultaban un tanto anacrónicos; en cuanto al lenguaje, no fueron pocos los exiliados que, a partir de la lengua española tal como era en los años treinta (y que en España tuvo una evolución propia), incorporaron a su vocabulario muchos términos, expresiones o acepciones de los países de acogida, cosa que si por un lado podía facilitar la integración de su literatura, suponía un hándicap para su reintegración a la literatura española. Por no hablar siquiera de lo que eso supuso para la segunda generación de exiliados o para los escritores en lengua catalana, gallega o vasca.

Sin embargo, la paradoja es que la literatura escrita en el español de Cuba, Argentina o México sí logró una penetración profunda y entusiasta en la comunidad lectora peninsular, lo que pone de manifiesto que las enormes diferencias entre el “boom latinoamericano” y la “relativa moda del exilio” responden, evidentemente, a otros motivos.

 

La colección Biblioteca del Exilio (Plaza&Janés).

Rómulo Gallegos, Canaima, 1984.

Augusto Roa Bastos, Moriencia, 1984.

Ruben Bareiro Saguier, Ojo por diente, 1984.

Guillermo Cabrera Infante, Vista del amanecer en el trópico, 1984.

César Vallejo, El Tugsteno. Paco Yunque, 1984.

Carlos Alberto Montaner, Perromundo, 1985

Carlos Rojas, El asesino de César, 1985.

Renato Prada Oropeza, El último filo, 1985.

David Viñas, Los dueños de la tierra, 1985.

Juan Carlos Onetti, Juntacadáveres, 1985.

Daniel Moyano, El vuelo del tigre, 1985.

Cristina Peri Rossi, La tarde del dinosaurio, 1985.

Julio Cortázar, Textos políticos, 1985.

Plaza & Janés (Biblioteca Letras del Exilio), 1985.

Plaza & Janés (Biblioteca Letras del Exilio), 1985.

Antonio di Benedetto, El hacedor de silencio, 1985.

Max Aub, Jusep Torres Campalans, 1985 (cubierta de Carlos Killian).

Naelson Maura, El guardaespaldas, 1985.

Augusto Monterroso, Lo demás es silencio, 1986.

Segundo Serrano Poncela, La viña de Nabot, 1986. (presentación de Paco Tovar)

Reinaldo Arenas, Termina el desfile, 1986 (presentación de Jaume Pont).

Hilda Perera, Plantado, 1985. (presentación de Paco Tovar)

Mario Monteforte Toledo, Una manera de morir, 1986.

Juan Arcocha, La bala perdida, 1986.

Arturo Barea, Valor y miedo, 1986 (presentación de Jaume Pont).

 

Fuentes:

Rafael Conte, El pasado imperfecto, Madrid, Espasa (Hoy), 1998.

Joaquín Marco y Jordi Gracia, eds., La llegada de los bárbaros. La recepción de la literatura hispanoamericana en España, 1960-1981, Barcelona, Edhasa (El Puente), 2004.

Josep Mengual Català. “El puente que tendió Rafael Conte. Narraciones de la España desterrada”, Quimera núm. 252 enero de 2005), pp. 56-58.

Manuel Andújar y la censura de libros

Manuel Andújar (1913-1994)

A Gloria Fuentes Sáenz, estímulo desde México.

A su regreso a España, tras casi treinta años de exilio en México, el editor y escritor Manuel Andújar (1913-1994), al reincorporarse al devenir de la cultura de su país tuvo varias ocasiones de comprobar cómo las gastaba la censura franquista.

Sin embargo, ya en 1949 había asistido en la distancia a la ridícula prohibición de importar ni más ni menos que 20 ejemplares de su novela Llanura (publicada en México por Centauro en 1947) que había solicitado Alfonso Martín Escudero el 14 de mayo.

La vergonzosa prohibición, fechada el 24 del mismo mes y firmada por Luis Miralles de Imperial y Gómez (marqués de la Torre de Carrús, congregante de la Orden del Pilar, caballero de la Orden Soberana de San Juan de Malta y del Real Cuerpo Colegiado de Caballeros Hijosdalgos de la Nobleza de Madrid, 1914-1972) aducía que:

Por su carácter tendencioso en cuanto al principio de autoridad, o bien por las suposiciones que se permita exponer de cohecho de un Benemérito Instituto armado de España, así como por su tendenciosidad amoral e irreverente, presentando el campo Español como algo salvaje y atrasado, con sus rancias costumbres, estimamos rechazable por entero esta obra. [Expediente 2378-49].

Años más tarde, ya en tiempos de la conocida popularmente como “Ley Fraga”, Andújar tomó la determinación de retirar a última hora el relato “Hermano de José” de la antología que la editorial Helios se disponía a publicar en su colección Scorpio con el título Los lugares vacíos (1971). A decir del autor, los cortes exigidos por Censura para autorizarla desvirtuaban completamente el sentido del texto. Así que, en lugar de negociar, de hacer ruido en la prensa nacional o extranjera, o de aceptar la publicación de su obras con las mutilaciones impuestas por Censura, Andújar decidió eliminar sin más ese cuento, una postura que casa bien con lo anotado por aquellas fechas (1970) por Max Aub en su diario respecto a la personalidad del escritor malagueño.

Andújar –que es experto y atento en la publicidad de la empresa editorial donde trabaja [Alianza]–, huye de cualquier resonancia personal. Está a punto de aparecer en España su importante trilogía novelística [se refiere a Vísperas] y nadie ha conseguido arrancarle unas declaraciones ni equilibradas ni apasionadas. Quiere vivir en Madrid sin que nadie le turbe su prudencia, su misteriosa contención, su deseo de no alzar iras ni entusiasmos.

Madrid, Al-Borak, 1973.

Madrid, Al-Borak, 1973.

Sin embargo, no llamar la atención (cosa lógica tratándose de un exiliado que regresa) no significa aceptar cualquier cosa. Censura se cebó también en una de las novelas más importantes de Andújar, Historias de una historia, escrita en México entre 1964 y 1966. Presentada a Censura por la madrileña editorial Al-Borak y reiteradamente considerada de publicación “no aconsejable”, tardó tres años en obtener autorización, y con unas mutilaciones que, en palabras de Rafael Conte, dejaron la obra “destrozada”. Quizá para no perjudicar el recorrido comercial que esta obra aún pudiera tener (y es de suponer que consciente de que se trataba de una de sus mejores novelas), el propio autor declaró a Antonio Beneyto en 1975 que Historias de una historia, salvo algun recorte menor [se publicó] tal y como en México la compuse”.

En cualquier caso, por fortuna en 1986 esta obra fue objeto de una nueva edición, en Anthropos, en la que se indicaba claramente que se recuperaba, entonces sí, el “texto íntegro”. (¡La de novelas españolas de los años cuarenta y cincuenta que no han tenido la misma suerte!). Confieso que no he tenido paciencia para cotejar ambas ediciones para averiguar si estaba más cerca de la verdad Andújar o Conte, pero me inclino a pensar que Manuel Andújar lo que pretendía con sus declaraciones era no perjudicar a la editorial Al-Borak.

En esas mismas declaraciones a Beneyto ya aludidas, Manuel Andújar subrayaba el lastre que suponía para la cultura española la existencia de la censura de libros –“uno de los más graves atentados contra el patrimonio nacional”, dice–; lastre que, en buena medida, aún hoy seguimos arrostrando, incluso en ediciones supuestamente “críticas” publicadas por editoriales prestigiosas. Decía Andújar:

La letra, profesada, no ha de tropezar con ningún impedimento. La responsabilidad única (moral, artística, de proyección colectiva) se vincula, como la vibración religiosa misma, a la conciencia de quien la suscita- Condicionarla en “nombre” de una ideología, de una máquina estatal, de una ordenanza ética oficializada, no sólo menoscaba el pleno y multiforme desarrollo cultural y literario, sino que atenta contra el principio, singular y plural, de la dignidad humana, noción de tan neta y reivindicable índole española.

Mi repulsa categórica, sin distingos ni fronteras, de la censura, aplícase, con particular agudeza, a la que España ha sufrido durante sus últimas décadas en su conjunto […]

Los que se escandalizan, farisaicamente, de los métodos abortivos, a ellos se han consagrado, bolígrafo rojo o verde en ristre, bajo el amparo de la más turbia impunidad.

Desde luego, Manuel Andújar demostró una dignidad y una valentía encomiables al intentar publicar en la España de Franco textos escritos durante su etapa mexicana –es decir, libremente– que además no contaban con premios que los avalaran ni con la probabilidad de ser publicados con éxito fuera de España (argumentos que a veces conseguían reblandecer la censura).

Fuentes:

Manuel Andújar (1913-1994)

Manuel Andújar (1913-1994)

Max Aub, Diarios (1939-1972), edición, introducción y notas de Manuel Aznar Soler, Barcelona, Alba, 1998.

Antonio Beneyto, “El testimonio perenne de Manuel Andújar”, en Censura y política en los escritores españoles, Barcelona, Euros (España: Punto y Aparte), 1975, pp. 83-89.

Rafael Conte, “Nacimiento y muerte del exilio”, capítulo 24 de El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998, pp. 242-249.

Fernando Larraz, “Fichas de novelas presentadas a la censura. Primera serie, 1937-1962“, Represura, n. 8 (febrero de 2013).