Un vistazo a Punto Omega (colección universitaria de bolsillo)

El escritor y diplomático colombiano Eduardo Caballero Calderón (1910-1993), que se había dado a conocer en 1936 con  Caminos subterráneos Ensayo de interpretación del paisaje (Bogotá, Editorial Santafé), residió en España en dos etapas diferentes, y en la segunda de ellas fue uno de los fundadores, con Manuel Sanmiguel (que había sido director editorial de Afrodisio Aguado) y Pilar Vega García, de la Editorial Guadarrama, artífice de una de las más emblemáticas colecciones colecciones de libro de bolsillo, Punto Omega, que se presentaba del siguiente modo:

Punto Omega tiene el ambicioso empeño de ofrecer en forma sencilla y a módico precio todo el mundo ideológico del siglo XX, las ideas que dominan al hombre actual en todos los campos del saber. Será el espejo vivo de nuestra cultura y de la que se desea para el futuro.

Cuando en 1967 se publica el primer número de esta colección, La época de la inflación, del economista francés Jacques Rueff (1896-1978), en traducción de José Ramón Marra-López, Guadarrama ya había creado un fondo más que notable, que se había iniciado con Ancha es Castilla. Guía espiritual de España, del mencionado Caballero Calderón, publicado simultáneamente también en Buenos Aires en la editorial Losada.

Tras este único título en 1954, al año siguiente aparecieron Cuentos en verde pálido, de Juan Pablo Varela, Una historia con alas, de Herbert Roy y, también de Caballero Calderón, las novelas La penúltima hora y Siervo sin tierra, encuadernados en tela y con sobrecubiertas ilustradas por Ricardo Summers Isern (Serny).

En lo que quedaba de década alternaron en Guadarrama las ediciones encuadernadas en tela de ensayos culturales (sobre todo filosóficos y literarios) con algunas novelas y textos menores encuadernados en rústica, como son los casos de la Historia de la familia Trapp (1957), de María Augusta Trapp (1905-1987), Mujer como yo (1958), de Curzio Malaparte (1898-1947), en traducción de Dionisio Ridruejo (1912-1975), Relato (1958), de Boris Pasternak, o ya en 1960 Historia del cotilleo, del apasionado falangista Felipe Ximénez de Sandoval (1903-1978).

Mayor peso tuvieron algunas obras importantes en el campo de los estudios literarios, como la Introducción a la poesía española contemporánea (1957), de Luis Felipe Vivanco, Novelistas españoles de los siglos XIX y XX (1957), de Domingo Pérez Minik, Panorama de la literatura española contemporánea (1956) y Teatro español contemporáneo (1957), de Gonzalo Torrente Ballester ambos, Mundo técnico y existencia auténtica (1959), de Carlos Paris, Poesía y mística (1959), de Emilio Orozco o Poesía española del siglo XX. De Unamuno a Blas de Otero, de José Luis Cano. Y un interés singular tiene también la publicación de ensayos firmados por algunos notables escritores republicanos exiliados, como es el caso de Luis Cernuda (Estudios de poesía española contemporánea, 1957), Vicente Gaos (Temas y problemas de literatura española, 1959) o Antonio Sánchez Barbudo (Estudios sobre Unamuno y Machado, 1959).

Ya avanzada la década siguiente, en 1966 se fecha la creación de Punto Omega, coincidiendo con la conversión de Guadarrama de sociedad limitada en sociedad anónima, con un aumento de capital que rondaba los cien millones de pesetas. Según detalla Martínez Martín:

En 1966 suscribieron acciones el argentino Luis Picardo, Carlos Troncoso, Antonio Martínes Solano y Lios Hernando de Larramendi. Con las ventas y los créditos prioritarios a la exportación, y con un 50% de la producción destinada a los mercados americanos, el negocio se multiplicó en los años sesenta y primeros setenta.

La iniciativa de la creación de la colección Punto Omega se atribuye a quien había puesto en pie una de las primeras agencias literarias en España, el intelectual rumano Vintila Horia, que dirigió la colección durante los tres primeros años de su andadura e incluso pasado un tiempo hizo una interpretación una tanto discutible de las intenciones, la tendencia y los logros de la colección, en un artículo publicado en El Alcázar en febrero de 1984:

…la fundación de la colección universitaria de libros de bolsillo “Punto Omega” (Ediciones Guadarrama, capitaneadas entonces por la clarividencia y el buen gusto de Manuel Sanmiguel) que yo pude dirigir en paz durante tres años, revelando al público español libros fundamentales como los de Jean Charon, Stéphane Lupasco, Pascual Jordán, Weizsäcker, Jacques Rueff, Jules Monnerot, Pierre de Boisdeffre y muchísimos más que hicieron de aquella colección y en poco tiempo la más prestigiosa representación de la reforma espiritual, en sentido contrarrevolucionario, que se estaba produciendo en el mundo bajo el impacto, por un lado, de la nueva ciencia, y, por el otro, de una literatura, una filosofía y una crítica literaria que nada tenían que ver con los decadentes mausoleos leninistas del realismo seudosocialista.

Como suele suceder en estos casos, a la vista de los títulos publicados no es del todo claro dónde concluyen los seleccionados bajo la dirección de Horia, pues es posible que más de uno contratado por éste se publicara tiempo después de que abandonara la dirección de la colección, pero sin duda los primeros títulos responden a este empeño. Son, tras el ya mencionado de Rueff, Lo sagrado y lo profano, del filósofo rumano Mircea Eliade, De la física al hombre, del físico y filósofo francés Jean Charon, Novela española actual, del escritor español Manuel García-Viñó, Introducción a los existencialismos, del fundador del movimiento personalista, Emile Mounier, La «nueva novela» [nouveau roman], del ensayista francés Jean Bloch-Michel, …Y Dios permite el mal, del máximo exponente del humanismo cristiano, Jacques Maritain, La era del recelo, de la novelista francesa de origen ruso Nathalie Sarraute…

Menos claro es que los autores más recordados por los lectores sean los señalados por Horia. Entre los éxitos más descollantes de la colección se encuentra la edición en tres volúmenes de la Historia social de la literatura y el arte (números 19, 20 y 21), del historiador de origen húngaro y raíz marxisma Arnold Hauser (1892-1978), en traducción de Antonio Tovar y F. P. Varas-Reyes, que fue reiteradamente reeditado, y junto a él títulos muy diversos que abarcan desde novelas españolas contemporáneas (Auto de fe, de Carlos Rojas, Una mujer para el apocalipsis, de Vintila Horia o El secuestro, de Alfonso Albalá), al José y sus hermanos de Thomas Mann (volúmenes 236 a 239), los Cuentos de soldados y civiles de Ambrose Bierce o el Miau de Benito Pérez Galdós, y junto a ellas los Manifiestos del surrealismo de André Breton, textos teatrales y ensayísticos de Luigi Pirandello, los diarios de Eugene Ionesco, ensayos literarios de Guillermo de Torre, obras clásicas de Sófocles o Platón… y, muy sorprendente incluso en un contexto tan variopinto, Las revoluciones burguesas (1971) de Eric Hobsbawm, en traducción de Ximénez de Sandoval, así como varios otros títulos que previamente habían ido apareciendo en otras colecciones de Guadarrama.

En 1974 se unificaron los servicios comerciales de Guadarrama y la barcelonesa editorial Labor, en lo que no tardó en demostrarse como el primer paso hacia una fusión, cuya escritura está fechada en Madrid el 19 de diciembre de 1975 y con la cual Labor se convertía en una de las empresas más potentes en el ámbito de la publicación de libro universitario y prosiguió engrosando la colección con nuevos títulos, muchos de ellos antes publicados en Labor, y por tanto ampliando el espectro de sus temáticas.

Fuentes:

Beatriz Caballero Holguín, Papá y yo, Random House Colombia, 2012.

Vintila Horia, «Recuerdo de Andrés Bosch y otras genialidades», recogido en el blog Vintila Horia, 20 de diciembre de 2007.

Jesús A. Martínez Martín, «La transición editorial. Los años sesenta», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 328-386.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

Carlos Barral, el personaje legendario

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Imagen de la portada de las Memorias de Carlos Barral (Lumen, 2015).

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Carlos Barral, el personaje» en el Blog de l´Escola de Llibreria de la Facultat de Biblioteconomía i Documentació de la Universitat de Barcelona.

Lo primero que hay que decir de la edición en Lumen de las Memorias de Carlos Barral es quizá que es un libro muy bien hecho. Encuadernado en cartoné, con un retrato excelente obra de la fotógrafa Colita, con una sobrecubierta sobria y muy elegante en la que se nota la mano de la diseñadora Nora Grosse y que reproduce un fragmento de esa misma fotografía y en la que el título aparece en relieve en color plata, con unas guardas en buen papel, con un interior maquetado con gusto y en el que la caja y el cuerpo de la letra, generosos, se ponen al servicio de una lectura cómoda, con tres pliegos de fotografías…, en pocas palabras: un buen libro.

En cuanto al texto, se compone de un prólogo a cargo de Andreu Jaume (responsable de la edición), los tres volúmenes convencionalmente considerados de memorias de Carlos Barral (seguidos, cuando los hay, de los prefacios y notas introductorias a las reediciones de cada uno de ellos), un apéndice formado por dos capítulos referentes a la infancia (que dejaron de ser inéditos cuando, ya póstumamente, Tusquets los añadió a la reedición que publicó en 1990 de Años de penitencia) y un índice onomástico.

A grandes rasgos, pues, los textos son los mismos que ya había publicado Península con el título Memorias en 2001, precedidas en aquella ocasión de un breve y certero prólogo de Josep Maria Castellet y una jugosa introducción de Alberto Oliart. Según explica Andreu Jaume en la nota a la edición que acompaña el prólogo a esta nueva edición, el objetivo es dotar editorialmente de carácter unitario a lo que inicialmente se publicó en tres volúmenes, y de ahí la disposición –acaso discutible– de los prefacios y las notas de Carlos Barral después de cada uno de los textos (que podrían haber formado parte de los apéndices, por ejemplo), la unificación de criterios de cita (dado que los libros habían sido originalmente publicados por editoriales diversas, salvo el caso de Península) y también se han cotejado las primeras ediciones con las sucesivas reediciones para fijar un texto lo más limpio posible y que incorpora las últimas adiciones y correcciones del autor.

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Paco Ignacio Taibo Lavilla (Gijon, 1924-México, 2008).

Confesaré de entrada que no me he entretenido a cotejar sistemáticamente las diversas ediciones, pero una mirada más o menos superficial es suficiente para detectar algunos errores que, dadas las circunstancias y las múltiples reediciones que han tenido estos textos, resultan un poco sorprendentes a estas alturas de la vida de los libros compilados. Para poner algunos ejemplos: la ausencia de acento en «Mas que las cuevas de Almería me recuerdan ahora ciertas habitaciones del desierto tunecino» (p. 269, la cursiva es mía), frases con erratas tan evidentes como «Ver nada suscitaba en Moissi gran rijo y ternura» (p. 293), «Se puso violentamente en pie e increpó a Novais que no entendía nada y le fue levantado de su silla a tirones de solapa» (p. 492), «…un pesebre de cabañas sobres unas lajas» (p. 485), la puntuación sin discusión posible errónea en «…la ausencia de criterio, la arbitrariedad y el talante ridículo de las resoluciones, eran una escocedura» (p. 459), a la que sigue otra frase también con coma criminal (entre sujeto y predicado), o la persistencia, tanto en el texto como en el índice onomástico, de la referencia al escritor hispanomexicano Paco Ignacio Taibo como José Ignacio Taibo (pp. 848 y 936), con el agravante, y el contexto induce a error, de no especificar si se trata de Paco Ignacio Taibo I (Taibo Lavilla) o de su hijo y también escritor, conocido popularmente como Paco Ignacio Taibo II (Taibo Mahojo), si bien lo cierto es que este error está ya en la edición de Cuando las horas veloces (Tusquets, 1988).

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Paco Ignacio Taibo Mahojo (n. Gijón, 1949).

En cualquier caso, la potencia y la capacidad cautivadora de la prosa de Barral y el interés que tiene lo que explica bastan para atenuar todas las reticencias que puedan tener los lectores tiquismiquis ante estas imperfecciones. A lo largo de los tres volúmenes, el autor recrea, de un modo muy personal, su trayectoria vital y sentimental, así como la de su contexto más cercano, en tres etapas, aun cuando en este caso el término hay que tomarlo con mucha precaución: la infancia y la adolescencia de un hijo de la burguesía ilustrada (Años de penitencia, 1939-1959), el estudiante universitario y el poeta y su andadura hacia la fama como editor literario (Los años sin excusa) y la decadencia tanto profesional como de salud y la entrada en la política activa (Cuando las horas veloces, 1962-1981).

Me arriesgaré a suponer que serán la segunda y la tercera etapa las que más suscitaran el interés del lector de un blog como éste, y en consecuencia me centraré en ellas, pero de entrada hay que tener en cuenta que Barral crea en estos libros una variante bastante peculiar de los géneros autobiográficos y memorialísticos que incluso a menudo conscientemente rehúye ya no sólo la precisión histórica, sino incluso la estricta veracidad. El propio Castellet se hacía eco de ello cuando en la presentación del volumen de Península explicó que le señaló al autor diversas inexactitudes históricas que había detectado al leer el manuscrito de Años de penitencia, pero que a Barral eso le traía al pairo y que en consecuencia las mantuvo en la versión publicada.

HorasVelocesEn otras palabras, que nadie se espere otra cosa que un revoltijo de verdades, medias verdades, falsedades y silencios, pues el objetivo no es reconstruir los episodios evocados tal como se produjeron, sino más bien recrear una época y unos sentimientos a partir de los recuerdos que de ellos tenía Barral en el momento de escribirlos, y en algún pasaje es muy evidente que recuerda o evoca las cosas según le interesa para su objetivo, que no es otro que mostrar cómo fue construyéndose la leyenda o el personaje de un gran editor literario (que lo era), parte de la cual tenía un punto de ficcionalidad Tal vez sea clarificador acudir también a la novela de Barral Penúltimos castigos, publicada en la mítica colección Biblioteca Breve en 1983, donde el autor ficcionaliza uno de los episodios menos y peor conocidos de su vida profesional: su salida de la empresa familiar en la que se había formado y sus consecuencias, que creó bastante escándalo pero de la que conocemos sólo casi exclusivamente versiones interesadas. Hubiera sido muy oportuno incluso incluirla en este magnífico volumen, pues a raíz de su publicación generó una polémica, con querella del editor Francisco Gracia Guillén por injurias incluida, que llegó al Senado en la época en que Barral ocupaba un escaño por el PSC-PSOE. Por cierto, no hay noticia de que la mencionada novela se haya reimpreso ni reeditado desde que en 1994 Plaza & Janés publicó una edición de bolsillo, y no es fácil encontrarla. Insisto: aun cuando se decanta más hacia la ficcionalización, no hubiera desentonado en este volumen.

Este ir y venir entre los hechos históricos concretos, los sentimientos que provocaron (según se recuerdan años más tarde) y la actividad diaria lo asume el autor como poco menos que un rasgo de estilo –por lo menos en este proyecto narrativo concreto–, cosa que hace que, entre los muchos puntos de interés que tiene la obra, no predomine el de constituir una fuente de información fiable y rigurosa sobre la historia reciente de la edición en Barcelona. En diferentes momentos de la obra se explicitan dudas acerca de la cronología y la exactitud de algunos acontecimientos, así como alusiones al talante con que se aborda la escritura de estas memorias: «Fiel a una forma de contar basada en la espontaneidad de la memoria, al compromiso de respetar sus lagunas e imprecisiones», escribió Barral en el prólogo a la primera edición de Los años sin excusa (pp. 615-617).

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Lomo y frontis de la sobrecubierta, diseñada por Nora Grosse.

Quizá no sea necesario aquí señalar los hitos en la extensa y brillante carrera de Carlos Barral, que se materializó en Seix Barral, Labor, Barral Editores y Argos Vergara, sobre todo, pero sí es interesante advertir cómo juzga en la distancia lo que considera su legado más importante (aun cuando a ratos lo hace con una muy evidente falsa modestia): la reivindicación del valor de la literatura internacional y de la latinoamericana en particular, y el hecho de poner en contacto la edición española con los editores occidentales más importantes de su tiempo, que llevó a cabo sobre todo en las célebres conversaciones de Formentor (en las que tuvo un papel muy destacado el editor Jaime Salinas) y los premios homónimos (ídem). Surge de ahí una información muy valiosa, aun tomándola con toda la precaución que la situación requiere, de las explicaciones sobre la importancia de las relaciones personales para promover determinadas líneas, tendencias y autores literarios, o de las conversaciones de pasillo y los trapicheos que desembocan en la concesión de un premio a un determinado autor en detrimento de otro, porque sacan a la luz aspectos que muy pocos otros editores han mostrado de una manera tan clara y sin ambages en sus escritor autobiográficos. El lector avisado sabrá leer como es debido aquellos pasajes en que, cuando el premio recayó en un autor poco solvente, alega ausencia o complicaciones de lo más diverso de las que fue víctima Barral que le impidieron imponer su criterio, en contraste con su fundamental y decisivo papel, según dice como al desgaire, en aquellos casos en que los premios se otorgaron a autores hoy de relevancia contrastada.

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De izquierda a derecha, fila superior: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Alfredo Castellón; fila inferior: Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald.

Es a todo punto indiscutible que Barral fue un gran editor y que su influencia en la generación inmediatamente posterior, la de Beatriz de Moura, Jorge Herralde o Esther Tusquets, fue muy provechosa y relevante, no se trata a estas alturas de escatimarle méritos, pero también es cierto que sobre todo estos «alumnos aventajados» aprendieron tanto de los aciertos como de los errores del maestro, y nunca perdieron de vista el peligro que puede suponer para un editor-empresario de personalidad fuerte el hecho de depender de un grupo editorial o dejar en manos ajenas según qué decisiones de tipo económico. El riesgo de no ver más allá de la leyenda que el propio Barral fue construyéndose a lo largo de su vida –el personaje que con ayuda del alcohol acabó por comerse a la persona, un poco a la manera de lo que pasaba a menudo con las estrellas del rock– no debería hacer olvidar que, si bien fue el impulsor de la carrera de autores tan notables como Vargas Llosa, Julio Cortázar y tantos otros, también fue quien puso en circulación ediciones de novelas de Raymond Chandler indecorosamente mutiladas, y no por culpa de la censura precisamente, como podría suponerse, sino en un simple caso de mala praxis editorial: no los hizo traducir del inglés sino que los encargó al poeta Joan Vinyoli a partir de versiones francesas abreviadas.

DiariosBarralMás allà del muy útil volumen de Los diarios 1957-1989 de Barral que preparó Carme Riera con la colaboración de Pilar Beltran, y del Almanaque (que recopila sobre todo opiniones sobre poesía), existe un reguero de libros de memorialística que es provechoso leer en paralelo a las memorias de Barral, como es el caso de los de sus amigos y compañeros Josep Maria Castellet (Els escenaris de la memoria, Memòries confidencials dʼun editor y en particular Seductors, il·lustrats i visionaris) y Alberto Oliart (Contra el olvido), así como el excelente ensayo de Carme Riera (La escuela de Barcelona), pero aun así el poso que deja su lectura es que hay muchos aspectos de la labor editorial de Carlos Barral que todavía hoy están por estudiar y analizar antes de que estemos en disposición de poder separar la leyenda Barral de la verdad histórica.

Carlos Barral, Memorias, edición, introducción y notas de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

Otras reseñas de la misma obra:

Ana Alejandre, «Memorias, Carlos Barral», Siglo XXI, 21 de diciembre de 2015; también en Editalnet, núm 34 (enero-marzo de 2016).

Natalio Blanco, «Carlos Barral, mucho más que el editor que rechazó Cien años de soledad», Esquire, 30 de noviembre de 2015.

Fernando Díaz de Quijano, «Carlos Barral, la voz literaria de un mito de la edición», El Cultural, 24 de noviembre de 2015.

Santos Domínguez,«Carlos Barral. Memorias», Encuentros de Lecturas, 11 de diciembre de 2015.

Antonio Lucas, «La memoria recobrada de Carlos Barral», El Cultural, 19 de noviembre de 2015.

Joana Rei, «Carlos Barral, una memoria visual», El Español, 19 de noviembre de 2015.

Gonzalo Torné, «La restitución de la escuela de Barcelona», Letras Libres, febrero de 2016.

 

Joan Vinyoli y la edición científica en Labor

La entrada de Joan Vinyoli (1914-1984) en el mundo editorial estuvo posiblemente vinculada a su muy prematura orfandad (desde los cuatro años). En otras circunstancias, probablemente hubiera cursado estudios universitarios. Sin embargo, cuando contaba apenas dieciséis años, y recién terminados los estudios de comercio, un colega de su padre, el doctor Josep Fornés i Vila (uno de los fundadores en 1915 de la Editorial Labor), le incorporó a la empresa. Algunos de sus primeros poemas los publica Vinyoli en la excelente cantera de escritores que fue la revista Juventus, entre marzo y noviembre de 1931, es decir, cuando ya trabajaba en Labor, y compartió páginas con jovencitos como Tomàs Lamarca, Martí de Riquer, Josep M. Camps, Josep Maria Boix i Selva o Ignasi Agustí. La entrada de Vinyoli en Labor no supuso, pues, el abandono de la creación literaria, como lo demuestran también la publicación en la prestigiosa La Publicitat (el 16 de enero de 1935) de “De si una volta algú t´hagi amat”, versión de un poema de Rainer Maria Rilke, o de dos textos en Quaderns de Poesia (en octubre de 1935 y enero de 1936). Durante la guerra civil española, destinado a la Inspecció de Centres de Reclutament, participó en la traducción para Labor de la Historia de la literatura, de Klabund (Alfred Henschke, 1890-1928), que se publicaría en 1937, y las Edicions de la Residencia d´Estudiants, que dirigía el poeta Bartomeu Roselló-Pòrcel (1913-1938), le publicaron ese mismo año el poemario Primer desenllaç, del que Josep Janés i Olivé (1913-1954) seleccionaría un texto para la antología Presència de Catalunya (1938) publicada por los Serveis de Cultura al Front de la Generalitat de Catalunya. Aunque los poemarios de Vinyoli fueron apareciendo a lo largo de los años cuarenta y cincuenta, ciertamente no se trata de un corpus muy abundante, y Joan Margarit lo atribuyó precisamente al absorbente trabajo de Vinyoli en la editorial:

En la editorial Labor llegó a ser un alto cargo (director), pero este éxito económico y social se le reveló como un obstáculo para el cultivo de su vertiente de búsqueda espiritual, que incluye la escritura de poesia. Hay que decir, sin embargo, que el trabajo en la editorial también tuvo aspectos muy positivos para él. Hubo un tiempo en que hizo libros magníficos […] como la Enciclopedia Labor, con la que pudo dar trabajo a gente que lo necesitaba, como por ejemplo a muchas personas que acababan de regresar del exilio.

El célebre Dioscórides renovado, ejemplo de magnífica edición de texto científico.

El célebre Dioscórides renovado, ejemplo de magnífica edición de texto científico.

También Carlos Barral traza en sus memorias la imagen de un Vinyoli amargado por la dificultad para imponerse como poeta importante debido a su empleo en Labor y que los sábados se refugia en su tertulia con el catedrático de latín y director literario de Seix Barral Joan Petit (1904-1964) o el catedrático de filosofía Francesc Gomà (1915-1998), entre otros. Joan Guitart, en cambio, ha dejado constancia de la vocación editorial de Vinyoli: “Joan Vinyoli trabajaba con pasión  y con entusiasmo, era un experto en edición, negociaba y se entusiasmaba con los mejores libros de medicina, de veterinaria, de ingeniería… trabajaba con los mejores especialistas”. Lo cierto es que, junto a la pléyade de empleados que pasaron por Labor (Manuel Sánchez Sarto, Salvador Clotas, José Martínez de Sousa, Carlos Barral, Mauricio Wacquez…), una de las cosas que siempre distinguió a Labor fue la calidad de sus colaboradores, entre los que se contaron profesionales de la talla de Vicente Aleixandre, José Manuel Blecua, Andrés Amorós, Martí de Riquer, Lluis Izquierdo, Severo Ochoa, Ricardo Gullón, Daniel Giralt Miracle, Antonio Skármeta, etc.

Vinyoli vivía apasionadamente la programación editorial –prosigue Guitart– y creía en la calidad y la comercialidad de los libros que producía. Era un buen negociador y ponía los cinco sentidos en todas las cartas que escribía, tanto a los editores extranjeros como a los autores propios. Preparaba con esmero y detalle la Feria de Frankfurt y acudía a allí con los encuentros cuidadosamente preparados, sabiendo muy bien lo que pediría y lo que ofrecería.

Plantas Medicinales, de Pius Font i Quer, conmúnmente conocido por su subtítulo, Dioscórides renovado.

Es indiscutible que como director editorial de ediciones generales (de las especiales lo fue Josep Maria Mas i Solench), Vinyoli dejó en Labor un legado muy importante, en el que destacan con luz propia dos libros del eminente botánico Pius Font i Quer (1888-1964) que se convirtieron en clásicos en la materia y en herramienta imprescindible para varias generaciones de universitarios, el Diccionario de botánica (1953), quizás el título más exitoso de Labor y que se reeditaba anualmente, y el enorme Plantas medicinales. Dioscórides renovado (1962), un tratado de 1030 páginas que tuvo 14 ediciones en Labor antes de pasar al catálogo de Península.

Edición en Península del Diccionario de botánica.

El progresivo enrarecimiento del ambiente laboral, al tomar a principios de los años setenta las riendas de la empresa el Banco Urquijo y Explosivos Río Tinto (que se convirtió en socio mayoritario), influyó notablemente en el progresivo descontento de Vinyoli en los años previos a su jubilación en 1979. La errática gestión del grupo, que en 1972 había comprado Ediciones Guadarrama y en 1973 Barral Editores se hacía sentir en el día a día. En palabras del poeta Joan Margarit:

A finales de los años setenta, en la editorial Labor se acaba toda una época con la entrada de Trías Fargas y su equipo de márketin en el consejo de administración. Se acabó el negocio basado en las relaciones personales, se acabaron los tiempos de emborracharse con un editor en una feria para conseguir unos derechos de traducción. Crece el desacuerdo de Vinyoli con el mundo que lo rodea y, en medio de una sociedad que se encaminaba hacia el pesimismo, el poeta va perdiendo su entusiasmo natural.

El prestigioso traductor del alemán Feliu Formosa contribuye a situar el inicio de esta insatisfacción a finales de la década anterior, cuando Vinyoli le confiesa que “el trabajo editorial le satisfacía poco”.

Vinyoli en Santa Coloma de Farners.

Una vez jubilado de Labor, Vinyoli aún firmaría un buen número de traducciones al castellano como Juan Viñoly, Juan Goytisolo seleccionaría y editaría para Lumen los celebérrimos Cuarenta poemas (1980) y se publicarían en la editorial Crítica, entre otros libros, el volumen de su Obra poética 1975-1979 (con prólogo de Miquel Martí i Pol) y A hores petites (1981), Premio de la Crítica Serra d Or, y, en la editorial Empúries, Passeig d´aniversari (1984), precedido de una nota introductoria de Francesc Parcerisas, con el que volveria a ganar el Premio de la Crítica Serra d´Or y, además, el Premio Nacional de Literatura 1985. En los años sucesivos, su prestigio como poeta acabó por relegar su sin embargo muy meritorio trabajo como editor en Labor.

Fuentes:

Feliu Formosa, “La constant recerca creadora”, en I cremo tot en cant. Actes del 1r Simposi Internacional Joan Vinyoli, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2006, pp. 247-252.

Joan Guitart, “Joan Vinyoli, el símbol demesurat de la vida” en  I cremo tot en cant, op. cit., pp. 47-49.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), “Labor: un referent inqüestionable”, en L´edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005, pp. 256-260.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), “Labor: un gran catàleg truncat”, L´edició a Catalunya: el segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2006, pp. 130-135.

Joan Margarit, “El meu Vinyoli”, en I cremo tot en cant, op.cit., pp. 15-36.

José Martínez de Sousa, “Mi paso por Editorial Labor”, Panacea, vol. VI, núm. 19, ps. 63-67.

Albert Vinyoli, “Hablando de best sellers“, Audioblog de Albert Viinyoli, 26 de abril de 2013.