Italo Calvino, polígrafo editorial en Einaudi

«Desgraciadamente, el dinero y los libros
pertenecen a dos universos distintos, sin conexión.»

Italo Calvino

Uno de los críticos literarios españoles más importantes del siglo XX, Robert Saladrigas (1940-2018), interpretó la que quizá sea la obra más famosa del escritor italiano Italo Calvino (1923-1985), El barón rampante, como la búsqueda de «la relación justa entre la conciencia individual y el curso de la Historia», y escribe al respecto cuando caracteriza al protagonista de esa subyugante novela:

El barón Cósimo Piovasco de Rondó es cierto que se niega a caminar por tierra como hacen los demás, pero desde las copas vegetales que configuran su atalaya sigue estando con los hombres, los ayuda, los ama, quiere incluso participar activamente en los diferentes proyectos y deberes cívicos que conforman su época, sólo que para hacerlo con suficientes garantías de eficacia es preciso que ante todo preserve su individualidad y la singularice, de lo contrario sabe bien que será inexorablemente arrastrado por las aguas turbulentas de la masificación impuesta y en ellas perderá su identidad.

No parece encajar mal esta postura ética con la del propio Calvino en la sociedad y en la cultura occidental de su tiempo, y a la luz de este posicionamiento su evolución como narrador —desde la adscripción al neorrealismo comprometido de los años cuarenta a la apuesta por la imaginación de los cincuenta y su acercamiento al Oulipo— se revela como de una coherencia impecable.

Tal vez sirva incluso para clarificar algunos aspectos de la vertiente de editor de Italo Calvino en el seno de Einaudi. Como es bien sabido, justo en el momento en que Italia emprendía su reconstrucción tras la segunda guerra mundial, y por intercesión de Cesare Pavese (1908-1950), en 1947 Calvino empezó a colaborar con la editorial cuando Giulio Einaudi le propuso vender libros a plazos (recorría la Liguria en una Fiat Topolino) y a desempeñar tareas organizativas y de promoción con un cargo no reconocido contractualmente de jefe de la oficina de prensa. Como sentencia Ernesto Ferrero en La tribu Einaudi para explicarlo: «No existían grados, ni cargos, ni organigramas […] Las cosas se hacían a mayor gloria de la casa y punto». Al año siguiente Pavese incluía un cuento de Calvino («Dólares y viejas busconas») en el mítico catálogo Einaudi de 1948 (la Antologia Einaudi), en el que Pavese comentaba con pormenor cada uno de los títulos publicados hasta entonces por la editorial, junto con reflexiones de los propios autores. Sin embargo, quizá menos recordado es que el primer contacto que tuvo Calvino con la empresa se había producido en 1942, cuando ésta le rechazó el manuscrito del compendio de cuentos Pazzo io o pazzi gli altri por considerar que carecía de la necesaria unidad y trabazón.

A finales de la década de 1940 Calvino debía compaginar esos primeros trabajos para Einaudi con otras tareas diversas, desde colaboraciones periodísticas y literarias hasta venta de aceite, aun cuando no tardó demasiado (en enero de 1950) en ser contratado con un sueldo de cincuenta mil liras mensuales. Dos años después estaba dirigiendo y escribiendo buena parte del Notiziario Einaudi, una publicación nacida en mayo de 1952 a propuesta del traductor Paolo Serini (1900-1965) cuyo objetivo era mantener informados de los proyectos y tareas de la empresa tanto a periodistas y libreros como al lector en general, mediante un boletín mensual (más adelante trimestral) de entre ocho y doce páginas (que luego pasarían a ser doce o veinticuatro), ilustrado con dibujos y fotografías y que contenía reseñas, comentarios, ensayos breves y entrevistas. Firmaban los textos personajes del calibre del ensayista Franco Antonicelli (1902-1974), el filósofo y politólogo Norberto Bobbio (1909-2004), el germanista y crítico literario Cesare Cases (1920-2005), el traductor Carlo Fruttero (1926-2012), la escritora Natalia Ginzburg (1916-1991), el musicólogo Massimo Mila (1910-1988) o el historiador y traductor Renato Solmi (1927-2015). Hasta entonces sus antecedentes habían sido un poco exitoso Bolletino delle novità  entre 1945 y 1946 y un Bolettino di informazioni culturali de publicación irregular entre 1947 y 1948, pero el nuevo proyecto era bastante más ambicioso y amplio.

Por esas mismas fechas, con el suicidio de su padrino literario (Pavese) aún reciente, en febrero de 1952 había aparecido en la colección creada por Elio Vittorini (1908-1966) Il Gettoni el primer volumen de la trilogía que lanzaría a Calvino a la fama, El conde demediado (que en España no se publicaría hasta 1970, aunque en 1965 ya lo había intentado Seix & Barral), y a partir de ese momento Calvino empezaría a ganar peso en la editorial hasta formalizar por contrato un puesto directivo en 1955. Michel Martino lo considera, si bien con una orientación y una línea propia, el heredero de Pavese, tanto en lo que se refiere a la capitanía del proyecto cultural que encarnaba Einaudi como a la dirección e incluso la asunción del grueso de labores organizativas del día a día en la editorial. Probablemente se refiere a esos años la caracterización que de Calvino como trabajador editorial hace Ferrero en La tribu Einaudi:

El Calvino que trabaja en la calle Biancamano es, al igual que su maestro Pavese, un gran trabajador. […] En su opinión, el sentido de todo está en el trabajo. El trabajo —dice— es aquello que nos hace entrar en comunicación con los demás. Te puedes morir, pero los objetos que has fabricado o producido van a seguir con vida a través del uso que hagan otras personas. El trabajo como cadena de solidaridad humana. Morir no tiene nada de extraordinario, no mientras podamos dejar algo nuestro que sea útil a los demás. […] Trabajar en la editorial le gusta. No es un segundo trabajo como para tantos otros. Decía que le alegraba participar en un trabajo colectivo que estaba dejando su impronta en el rostro general de la cultura italiana, un trabajo que queda, que ha sido decisivo para cambiar el panorama italiano.

En esos años, Calvino intervenía muy decisivamente en el diseño de la programación editorial, redactaba comunicados de prensa y textos publicitarios, informes de lectura, mantenía correspondencia acerca de sus manuscritos con los autores de Einaudi pero también con los aspirantes a tales que mandaban sus textos. En este último sentido, valgan como interesante ejemplo las palabras directas y sinceras que escribe Calvino al escritor y profesor Raul Lunardi (1905-2004) en carta fechada el 6 de octubre de 1954:

…me parece que te has abandonado a una especie de escritura automática en la que has metido todas las expresiones más hinchadas, retóricas o rancias que te venían a la mente sin preocuparte de las repeticiones, incorrecciones sintácticas, ingenuidad y extremas congestiones. Había empezado a anotar en una hoja (que te adjunto) las frases que a mi parecer saltan más a la vista por lo incongruentes o retóricas, pero me detuve al cabo de unas veinte páginas. No creo que sea una cuestión de estilo: creo que la materia del relato es falsa.

Y al lado de juicios de este cariz, contrastan las razonadas y minuciosas recomendaciones, comentarios y enmiendas a textos de auténticos novatos o incipientes aspirantes a escritores. La guía para afrontar todo tipo de propuestas la dejó además muy bien explicada: «Cuando los manuscritos son demasiado largos, únicamente leo lo necesario para identificar tres elementos que me ayudan a establecer si hay o no hay libro: 1) si tiene voz; 2) si tiene estructura; 3) si muestra algo y, a poder ser, algo nuevo.»

Con todo, la fama de Calvino como editor se la debe sobre todo a la redacción de solapas y textos de contra, género en el que Ferrero lo considera «un maestro indiscutible» y que ha justificado incluso que muchas de ellas hayan sido reunidas en volumen: «Siempre encuentra la manera de enmarcar cada libro que presenta —prosigue más adelante Ferrero— en una red más amplia, la de la literatura en su propio hacerse, en una cadena de innumerables anillos en la que todo se mantiene unido o debería estarlo». No es inhabitual que las ediciones de textos traducidos del italiano que en su momento fueron objeto del trabajo de Calvino en Einaudi como autor de solapas incorporen también la traducción de ese texto calviniano (sin ir más lejos, la traducción de Elena del Amo de la novela de Beppe Fenoglio Un asunto privado, en Barataria en 2004).

La sensación vista desde la distancia es que esta dedicación tan comprometida e intensiva, añadida al progresivo éxito de su obra narrativa, acabaron por quemar a Calvino, lo que explicaría que en junio de 1961 decidiera dimitir de su puesto para centrarse en la escritura, si bien siguió muy vinculado a Einaudi como estrecho colaborador incluso cuando, desde 1967, residía en París.

Fuentes:

Italo Calvino, Los libros de los otros. Correspondencia (1947-1981), edición de Giovanni Tesio, traducción de Aurora Bernárdez y nota previa de Carlos Fruttero, Siruela (Biblioteca Italo Calvino 34), 2014.

Ernesto Ferrero, La tribu Einaudi. Retrato de grupo, traducción de Chiara Giordano y Javier Echalescu y prólogo de Manuel Rodríguez Rivero, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 31),  2020.

Michel Martino, Calvino editor e ufficio stampa. Dal «Notiziario Einaudi» ai Centopagine, Roma, Oblique Studio, 2012.

Marcel Ortín, «Dos escrits d’Italo Calvino sobre la traducció literaria», Quaderns. Revista de traducció, núm. 8 (2002), pp. 101-105.

Robert Saladrigas, «El novelista que escogió la imaginación», prólogo a Italo Calvino, El barón rampante, Barcelona, Círculo de Lectores (Narradores del Mundo), 1986, pp. I-X.

Un libro para enmarcar

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «La tribu Einaudi: retrato de grupo» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona el 28 de abril de 2021.

De izquierda a derecha, Alberto Moravia, Lucio Mastronardi y Giulio Einaudi.

No será muy osado describir el período que va desde principios de los años sesenta hasta bien avanzados los setenta como una etapa dorada de la edición europea. Son los años en que coinciden en el tiempo una serie de editores con unos posicionamientos políticos y estéticos, unas maneras de estructurar sus equipos, de funcionar y de hacer propuestas a sus lectores hasta ciento punto comunes y, por lo menos desde el punto de vista cultural, no sólo exitosas sino absolutamente esplendorosas. Son quizás, en Francia, los mejores años de las Éditions de Minuit de Jérôme Lindon, la etapa en que Christian Bourgois, después de dirigir entre 1962 i 1966 Julliard y pasar fugazmente por Grasset, crea la editorial que lleva su nombre; la época también de los grandes éxitos de Siegfried Unseld en Suhrkamp y  una de las etapas más brillantes de Rowohlt, en Alemania; así como la de la actividad más frenética de Carlos Barral y de los nacimientos de Tusquets, Lumen, Anagrama o Edicions 62 en España. Por lo que atañe a Italia, son las décadas de mayor prestigio cultural de dos editores legendarios, Giangiacomo Feltrinelli (1926-1972) y Giulio Einaudi (1912-1999). Y a estos nombres de editores europeos de primerísima fila se podrían añadir aún muchos otros que permiten defender esa etapa como una edad de oro de la edición cultural europea.

Si para conocer la estremecedora trayectoria de Giangiacomo Feltrinelli es imprescindible recurrir a la biografía que sobre él escribió su hijo Carlo (Senior service: biografía de un editor), en el caso de Einaudi, la madrileña editorial Trama de Manuel Ortuño se ha ocupado muy eficientemente de ofrecernos las herramientas indispensables per hacerlo adecuadamente. Hace ya un poco más de una década que la valiosísima colección Tipos Móviles recuperaba la traducción que la prestigiosa Esther Benítez (1937-2001) hizo del excelente libro donde, animado por Severiano Cesari, el propio editor contaba en primera persona su trayectoria profesional y sus ideas sobre la edición de libros (Conversaciones con Giulio Einaudi, inicialmente publicado en español por Anaya & Mario Muchnik). Más recientemente, Trama ha complementado esa visión inevitablemente interesada con el libro del editor turinés Ernesto Ferrero La tribu Einaudi, traducido por Chiara Giordano y Javier Echalecu y prologado por Manuel Rodríguez Rivero que, como muy acertadamente señala el subtítulo, es «Un retrato de grupo». También el siempre fiable Rodríguez Rivero acierta cuando define el libro como «una memoria no académica de la peripecia de su fundador, Giulio Einaudi», y al mismo tiempo como «una crónica eficaz y suficientemente experimentada “desde dentro” de la desaparición de un tipo de edición que, hoy día, salvo excepciones, parece relegada a los pequeños (o no siempre tan pequeños) sellos independientes».

Algunos con mejor iluminación y otros en la penumbra o más borrosos, mejor o peor perfilados, pero lo cierto es que la pléyade de intelectuales que aparecen en este relato, con grados diversos de responsabilidad e influencia en lo que se publicaba bajo el sello Einaudi, es absolutamente impresionante, y Ferrero pone de manifiesto una sagacidad y una perspicacia poco comunes para identificar y sacar punta a los detalles que definen el carácter de cada uno de ellos: Felice Balbo, Norberto Bobbio, Italo Calvino, Luciano Foà, Natalia Ginzburg, Primo Levi, Elsa Morante, Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Daniel Ponchiroli, Leonardo Sciascia, Raf Vallone, Elio Vittorini… y, como no podía ser de otra manera, Giulio Bollati, el otro gran puntal, con una visión financiera de la editorial acaso más realista que la del propio Einaudi, de quien en cierto modo era el contrapunto.

Si alguna idea ha dejado en el imaginario Eunaudi en el ámbito de la práctica editorial es la de «la edición sí», aquella que pretende llegar a crearse un lector fiel que congenia y se fía del criterio que rige las propuestas de unos determinados intelectuales y confía en que nunca le darán gato por liebre, hasta el punto de ser capaz de comprar un libro por el simple hecho de lucir éste un determinado sello en la sobrecubierta. En palabras de Jorge Herralde en Opiniones mohicanas, optar por la edición «sí» consiste en apostar por aquella edición «que investiga, se arriesga, busca la parte oculta, lo prohibido, desvela los intereses profundos. Enfrente, la edición “no”, a favor de lo obvio, del mercado, del caballo ganador, sin más preocupaciones que la cuenta de resultados». Y eso no tiene por qué depender siempre del tamaño o la supuesta «independencia» de la editorial. Esto está también muy en sintonía con la idea de otro gran editor contemporáneo de Einaudi, Samuel Fischer, para quien la misión más importante y bella de la actividad editorial es obligar al público a aceptar nuevos valores, que no siempre coincidirán con aquellos que desea.

Además de unos retratos que tienen un altísimo valor por sí mismos y ponen de manifiesto el entrenado talento literario de Ferrero, la mayor virtud de La tribu Einaudi es, pues, mostrar cómo operaba esta modalidad de edición literaria, cómo se estructuraba una empresa de este tipo, qué actividad y qué peso tenían en ella los directores de colección, cómo era el día a día y cómo se resolvían —atención, spoiler: a menudo haciendo más caso a la intuición que a la costumbre o a la tradición— los problemas que forman parte de la cotidianidad de toda empresa editorial. En cierto modo, ejemplifica con casos concretos y viene a confirmar afirmaciones como la siguiente del propio Einaudi en sus conversaciones con Cesarini:

Quizá el mayor defecto de una editorial cultural, donde necesariamente la atmósfera debe ser laboriosa, sí, pero no burocrática, sea la falta de felicidad. Es una impresión mía, acaso sea una impresión errónea, pero entonces, ¿por qué tanta inquietud y tanto descontento?

Añado que la tendencia de una empresa que produce cultura a volverse burocrática, a hacer demasiada “literatura empresarial”, derrochando tiempo y papel, se conjuga con el riesgo de destruir el bien más precioso, el sentido y la práctica del trabajo colectivo.

Es precisamente este trabajo colectivo, alegre, edificante y estimulante, que además se ramificaba en una colaboración culturalmente fructífera de veras entre los diversos grandes editores europeos de la época, lo que mejor y más eficazmente expone este libro de Ferrero, quien tiene la ventaja adicional de poder hacerlo desde dentro, dado que desde 1963 y hasta bien avanzada la década de los ochenta trabajó en Einaudi y fue no sólo testigo sino además, en muchos casos ‒en particular mientras fue su director editorial‒, uno de los protagonistas principales. Un libro, un retrato, para enmarcar y tener siempre a la vista.

Ernesto Ferrero, La tribu Einaudi: retrato de grupo, prólogo de Manuel Rodríguez Rivero, traducción de Chiara Giordano y Javier Echalecu, Madrid, Trama (Tipos Móviles 31), 2020.

Fuentes adicionales:

Severino Cesari, Conversaciones con Giulio Einaudi, traducción de Esther Benítez, Madrid, Trama (Tipos Móviles 5), 2010.

Carlo Feltrinelli, Senior service: biografía de un editor, traducción de Mercedes Corral. Barcelona: Anagrama (Biblioteca de la memoria 34), 2016. 470 p., [8] p. de làm.. ISBN 978-84-339-0799-8.

Jorge Herralde, Opiniones mohicanas, prólogo de Sergio Pitol, Barcelona, Acantilado (El Acantilado 43), 2001.