El taller parisino de Lluís Jou, arquitecto del libro

Parece haber un acuerdo más o menos unánime en señalar la etapa comprendida entre el fin de la primera guerra mundial y el inicio de la segunda como la más brillante de Lluís Jou (1882-1968), a quien André Suarès (1868-1948) caracterizó ya para siempre en Plaisir de Bibliophile (1925) como uno de los mejores «arquitectos de libros», buen conocedor de las tintas y papeles, excelente xilógrafo y habilidoso tipógrafo. No hay quien no le reconozca a Jou su habilidad, buen gusto y savoir faire en casi todos los procesos implicados en la creación de un libro bello.

Lluís Jou.

Para entonces, bajo la orientación inicial de Eudald Canivell y posteriormente por su cuenta y riesgo en París, Jou había atesorado ya una más que notable experiencia en las más diversas disciplinas artísticas vinculadas al libro, pero con el fin de la guerra le llegaron algunos golpes de suerte. No es el menor haberse convertido en el artífice del primer libro de gran lujo publicado en la prestigiosa Nouvelle Revue Française (Le retour de l´enfant prodigue, de André Gide, en 1919), en un momento en que Gallimard aprovechaba las nuevas condiciones del fin de la guerra para poner los cimientos de sus grandes éxitos en el siglo XX, y que puede interpretarse como un antecedente de la asombrosa colección Una oeuvre, un portrait, creada más por iniciativa del comité de lectura que del propio Gaston Gallimard (1881-1975) y cuya política y objetivos ha resumido Pierre Assouline:

Una colección de semilujo de la que cada tirada –con una media de 800 ejemplares– es casi totalmente vendida con antelación mediante suscripción a una clientela de bibliófilos. De vez en cuando se publica un libro de autor reconocido –Gide, Claudel, Rivière o Valéry–, pero lo más frecuente es que aparezcan en la colección obras de debutantes que hacen en ella sus primeras armas. Dada la especificidad de la colección –tirada, precio… – el riesgo corrido por Gallimard es limitado. Pero esta maniobra le permite publicar los primeros textos de autores jóvenes con menores gastos, así como hacerles firmar un contrato y comprometerles para futuros libros; si prometen, aparecerán en las colecciones «normales».

Autorretrato de Lluís Jou (izquierda) junto a Anatole France.

Al igual que luego muchas de las ediciones de esta colección, los quinientos ejemplares numerados de Le retour de l´enfant prodigue se imprime sobre papel de Arches, con xilografías a una tinta de Jou. Pero mayor suerte todavía para Jou fue recibir como herencia de una admiradora cien mil francos, que le permitieron poner en funcionamiento un taller propio en el número 13 de la calle du Viex Colombier, aunque las ediciones que salen en 1926 de Cartes persanes, de Montesquieu, y Petit recuil de paroles de circonstance, de Paul Valery, ambas para los Bibliophiles du Palais, así como L’île des Pingouins, de Anatole France, son anteriores a la puesta en marcha del taller. Acerca de este período comprendido entre 1925 y 1940 escribe Jordi Estruga:

La selección de los autores fue muy cuidadosa: Anatole France, Paul Valéry, La Fontaine, Montesquieu, Montaigne, entre otros. En general, todas las ediciones de esta etapa muestran un gran ingenio de planteamiento tipográfico y de recursos artísticos: dibujos, grabados, ornamentos, capitulares, viñetas, culs de lampe, colofones, etc. Las alabanzas a esta parte de su obra, procedentes de reputados intelectuales, son constantes.

Portada al boj a dos tintas de Turmell del boc en flames (1921).

Y a los nombres mencionados podrían añadirse los de Shakespeare, Baudelaire, Bocaccio, Marimée o Perrault. Sin embargo, hay dos libros con una peculiaridad un poco sorprendente: el hecho de haber sido publicados fuera de Francia: El primero, ya antes de crear taller propio, fue la cubierta xilográfica de Turmell i el boc en flames, de Joan Pérez Jorba (1878-1928), crítico literario que había recalado en París como consecuencia de su vinculación con el anarquismo y que fue muy activo como puente entre las vanguardias francesa y catalana (en particular en el caso de Miró). Por aquellas fechas Pérez Jorba había visto fracasar la revista L´Instant. Revue franco-catalane d’art et littérature (1819-1919), en la que colaboraron Josep Carner, Carles Riba y Josep M. Junoy junto a Louis Aragon, Blaise Cendrars, Philippe Soupault o Tristan Tzara y la ilustraron nombres del calibre de  Josep Obiols, Pablo Picasso o Torres-García. Turmell i el boc en flames fue impreso en en 1921 en la barcelonesa Imprenta J. Horta.

Edición facsímil del segundo número de L´Instant parisina (no confundir con la revista homónima de los años treinta).

Quizá mayor interés incluso tiene una edición de Recuerdos de provincia, de Domingo F. Sarmiento, publicado en Buenos Aires por quien acaso sea el primer editor de Julio Cortázar (si bien con el seudónimo Julio Denis), Domingo Viau (1884-1964), en colaboración con Alejandro Zona. El libro de Sarmiento es uno de los 68 que Viau y Zona publicaron en el breve período comprendido entre 1927 y 1937, concretamente en 1929, en que aparece también, por ejemplo, una edición de La gloria de Don Ramiro, de Enrique Larreta, profusamente ilustrado a dos tintas y con capitulares de Alejandro Sirio (Nicanor Balbino Álvarez Díaz, 1890-1953), con una parte de la tirada impreso sobre papel Japón nacarado y la otra parte sobre Vélin de Rives por la imprenta parisina Frazier-Soye.

En el caso de Recuerdos de provincia, Jou dibujó un retrato a color en el frontispicio, además de elementos ornamentales en xilografía (viñetas, capitulares, culs de lampe, filetes, etc.) a lo largo de sus 334 páginas. Se tiraron en este caso 255 ejemplares, treinta de ellos sobre papel Japón y el resto en Montval filigranado V-Z Bibliófilo, lo que establece el vínculo con la librería homónima creada por Viau y Zona, si bien entre 1937 y 1945 Domingo Viau publicaría diecinueve títulos con ese pie (El Bibliófilo). El libro se imprimió en los Talleres Ducros y Colas, también de París, por lo que cabe deducir que Viau los recibía en Buenos Aires completamente acabados.

Durante esos quince años que van de 1925 a 1940, Lluís Jou trabaja en su propio taller, en el que llegó a contar con siete empleados, tanto haciendo obras por encargo de clientes como la Académie des Psychologues du Goût, Bibliophiles du Palais, Les Editions d’Art Devambez, Médecins Bibliophiles o la Societé des Bibliophiles de Provence como publicando sus propias ediciones como «Les Livres de Louis Jou» y sus plaquettes como, simplemente, «Louis Jou».

A la vista del catálogo de obras de Lluís Jou, en un momento en que incluso durante la guerra civil española consigue papel suficiente de su proveedor por entonces (la barcelonesa Guarro) para llevar adelante tres robustos volúmenes de los Essais de Montaige (1934, 1935 y 1936), o llega a publicar hasta tres libros en 1938 y 1939, es muy llamativo el hiato en su producción entre 1939 y 1943. El estallido de la segunda guerra mundial, y la consecuente movilización general, hizo que se quedara sin empleados, lo que le empujó a trasladarse en marzo de 1940 a Baux en Provence, donde pasaría el resto de su vida en una relativo aislamiento, si bien dando aún algún libro extraordinario, como es el caso de su Quijote en cuatro volúmenes (1948-1950) o los tres con las obras de Rabelais (1951-1952) para el galerista Gerald Cramer (1917-1991), que en 1942 se había convertido en Ginebra en uno de los principales editores de arte.

La preparación del primero de estos dos libros, traducido por Francis de Mionandre (François Félicien Durand, 1880-1959), le llevó a viajar por los escenarios de la novela cervantina durante dos meses en busca de inspiración, aun cuando se da la casualidad de que la primera obra que compuso Lluis Jou durante su aprendizaje en la imprenta Tasso había sido un Quijote.

Fuentes:

Anónimo, «Louis Jou, le typographe inventeur», Apostilles Éditions Plein Chant.

Pierre Assouline, Gaston Gallimard. Medio siglo de edición francesa, prólogo de Rafael Conte, traducción de Anna Montero Bosch, València, Edicions Alfons el Magnànim, 1987.

Jordi Estruga, Tres arquitectes del llibre. Lluís Jou, Jaume Pla, Miquel Plana, prólogo de Manuel Ribas Piera y textos de Pilar Vélez y Josep M. Pujol, Cardona, Ziggurat Editors, 2004 (libro en rama compuesto en tipo Pradell, creado por el diseñador Andreu Bailus, e impreso en la Imprenta Aubert de San Joan de las Fonts en una tirada de 333 ejemplares numerados).

Germán García Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero & Ramos, 2008.

José Ramón Penela, «Lluís Jou, arquitecto del libro», UnosTiposDuros, 1 de mayo de 2015.

Max Velarde, El editor Domingo Viu y otros escritos, Alberto Casares Editor, Buenos Aires, 1998.

Cómo engañar a un traductor (Luis Tasso)

Que siempre han existido editores empeñados en engañar tanto como ha sido posible a los traductores es cosa sabida, y del mismo modo lo es que todas las traducciones publicadas en España en períodos de censura deberían someterse, por lo menos, a un riguroso cotejo con el original, sino directamente a una nueva traducción, porque no sólo la censura hacía que se pervirtieran los textos, sino que muy pronto empezó a actuar la autocensura, de los editores y de los propios traductores, y por si todo ello fuera poco, las restricciones de papel generalizaron las ediciones más o menos burdamente abreviadas (esto es: mutiladas), para que no sobrepasaran un determinado número de pliego. Lo asombroso –y lamentable– es que muchas de esas traducciones han seguido reimprimiéndose una y otra vez durante décadas.

Josep Janés i Olivé

Josep Janés i Olivé

De entre todos los disparates que los editores han llevado a cabo con los traductores, Josep Janés consignó una de las más delirantes en su famosa conferencia de 1954 (¡qué bueno sería reeditarla!) “Aventuras y desventuras de un editor”:

El tipo del editor parecido al ave de rapiña ha desaparecido. No conozco editor en España al que pudiera atribuírsele hoy aquella anécdota del viejo editor Tasso, del que se decía que era tan tacaño que publicaba un anuncio en La Vanguardia solicitando traductores de un idioma determinado, y a todos los aspirantes les daba a traducir, como prueba de aptitud, un capítulo distinto de una obra, que así le resultaba gratis. Y una vez reunidos los capítulos los enviaba a la imprenta, y sin corregir siquiera las pruebas aparecía en el mercado una novela donde el protagonista, en el primer capítulo se llamaba Pablo; en el segundo, Paul; en el tercero, porque al traductor le parecía más romántico, Armando, o Mario, y así hasta completar el delicioso ciempiés.

La cita se comenta por sí sola, pero Janés añade interesantes consideraciones aún vigentes sobre los “aventureros y comerciantes sin escrúpulos en el negocio editorial”, que “suelen durar poco pero se repiten”, y concluye que “cada día resulta más difícil adquirir solera o simplemente sobrevivir”. Sin embargo, el editor al que atribuye la anécdota, “el viejo Tasso”, no es ni mucho menos un personaje cualquiera, hasta el punto que Romà Arranz lo define como “el segundo impresor de la ciudad [Barcelona] después de Narcís Ramírez [menorquín]” En la apretada síntesis biográfica que Jesús A. Martínez Martín hizo de “el viejo Tasso”:

 Luis Tasso [i Gonyalons, 1817-1880] creó un negocio editorial de carácter familiar. Nacido en Mahón y aprendiz de cajista de imprenta, se trasladó a Barcelona en 1835 y doce años más tarde fundió la función [sic] de impresor con la de editor. El negocio denominado con la expresión gráfica “Casa editorial”, condujo a la dualidad de realizar las correcciones de imprenta y al mismo tiempo ser consejero de varias sociedades de crédito, mercantiles y de fomento […]. La empresa la continuó su hijo, Luis Tasso y Serra, en 1877, que capitalizó la empresa con adelantos técnicos que dotaron de una estructura técnicamente moderna a la empresa, y editó a peseta una nutrida nómina de autores. Su viuda se hizo cargo del negocio a su muerte en 1906, y fue gestionado por su hijo político Alfonso Vilardell, que había aprendido con Luis Tasso. A principios de siglo era uno de los negocios más pujantes de edición e impresión y sus industrias derivadas. Contaba con sus propios talleres de composición, tipografía, fotograbado, máquinas de imprimir, encuadernación y fondo editorial, con más de cinco mil metros cuadrados.

Cuando Janés habla del “viejo Tasso” cabe deducir que se refiere a Tasso i Gonyalons, pero los libros a peseta que popularizó Tasso i Serra, y en los que a menudo no figura el nombre del traductor, bien podrían ser resultado de la disparatada artimaña que relata.

Lo cierto es la estirpe de los Tasso ha pasado a la historia por su labor en el ámbito de la impresión, más que en el de la edición, y entre los libros más famosos salidos de sus talleres se cuentan los de gran formato, como por ejemplo la Historia de Francia (1848), de Louis-Pierre Anquetil o Los frayles y sus conventos (1851), de Víctor Balaguer.

Gustave Doré.

Otro de sus hitos fue una edición del Quijote (1865) con los grabados del célebre ilustrador y grabador Gustave Doré (1832-1883), que dos años antes había publicado en París Hachete & Cía. Esta edición apareció en La Maravilla, una exitosa colección dirigida por Miguel de Rialp que entre 1854 y 1860 publicó 79 volúmenes y que habitualmente consistían en de 400 páginas en cuarto, con cuatro láminas grabadas en boj y “encuadernados a la suiza, con mosaicos oro y brillantes de colores”. Estas singulares encuadernaciones “a la suiza” consistían en cubiertas de cartón forradas de tela y a las que, mediante gofrados con planchas metálicas, se les daba un aspecto que imitaba el del repujado en piel. De particular importancia fueron los trabajos conjuntos de Tasso con el conocido encuadernador Pere Domènech Saló (1821-1873) llevados a cabo entre 1850 y 1870, época durante la cual el segundo publica su Manual y catálogo del encuadernador (1867).

Es significativa también la importancia de Tasso como librero, actividad que se inició al hacerse con la Llibrería Histórica, a la que más tarde añadiría la de El Plus Ultra, pues de ellas se desgajaría otra importante estirpe del mundo editorial que tendría un papel principal en la edición del siglo XX: la de los López: Innocenci López Bernagossi (1829-1895), Antoni López Benturas (1861-1931), Antoni López Llausàs (1888-1979), Jordi López Llovet, Gloria Rodrigué…

Si alguna moraleja se desprende del contraste entre la calidad de las impresiones de Tasso con sus triquiñuelas como editor quizá sea el consabido “zapatero a tus zapatos”.

Vista del Passatge de Tasso, desde el Passeig de Sant Joan (Barcelona).

 

Fuentes:

Romà Arranz, “De la manufactura gráfica a la industria. La imprenta de Lluis Tasso”, en Pilar Vélez, ed., L’ exaltació del llibre al Vuitcents: art, indústria i consum a Barcelona, Barcelona, Biblioteca de Catalunya, 2008, pp.13-32.

Albert Isern, “Lluis Tasso, un tipògraf amb carrer a Barcelona”, Safaris Tipogràfics. Mon icònic, 7 de marzo de 2015.

Josep Janés i Olivé, “Aventuras y desventuras de un editor”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona,1955.

José March Fierro, “La imprenta de Luis Tasso en el corazón del barrio chino”, No te quejarás por las flores que te he traído, 1 de junio de 2015.

Arte gráfico callejero en el Passatge de Tasso. Más en el blog De natural curiós: https://denaturalcurios.wordpress.com/2010/06/22/painted-door/