El término «censura económica» es un poco resbaladizo cuando se aplica a la edición y publicación de libros, quizá debido al abuso que de él han hecho escritores que, tergiversando su sentido original y pese a la enorme cantidad de títulos que se publican cada año, no han sido capaces de encontrar ninguna editorial dispuesta a trabajar y apoyar sus textos y han encontrado en este término consuelo.
Sin embargo, quizá sin recurrir a él sea difícil calificar el caso de Counter-Revolutionary Violence: Bloodbaths in Fact and Propaganda, del economista y analista de medios de comunicación de la Warton School de la Universidad de Pensilvania Edward S. Herman (1925-2017) y el lingüista, filósofo e historiador del MIT (Massachusetts Institute of Technology) Noam Chomsky (n. 1928) y publicado con un prólogo de Richard Falk (de la Universidad de Princeton) originalmente en 1973, unos cuantos años antes de otra importante obra escrita al alimón por estos dos intelectuales pero con la que está emparentada: Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media (1988), publicada en español por la editorial Crítica, en traducción de Carme Castells, como Los guardianes de la libertad. Propaganda, comunicación y consenso en los medios de comunicación de masas.
De Counter-Revolutionary Violence hubo una fugaz edición en español ‒probablemente a partir de la traducción francesa‒ mediante las efímeras A. Q. Ediciones de Agustín de Quinto en 1976 con el título Baños de sangre, pero tanto esta empresa como la distribuidora homónima cerró por suspensión de pagos al año siguiente y su propietario desapareció dejando una estela de deudas (que El País cifró en su momento en unos sesenta millones de pesetas). No resulta del todo fácil encontrar hoy ejemplares de esa edición, profusamente ilustrada con fotografías en blanco y negro.
Quizá vale la pena detenerse sucintamente en los protagonistas del asunto Counter-Revolutionary Violence, más allá de los autores.
El editor Claude McCaleb obtuvo cierta notoriedad cuando en diciembre de 1960, estando al frente de John Willey & Sons Inc., fue contratado como editor en Bobbs-Merril Company (creada en 1938 y por entonces subsidiaria de Howard W. Sams and Company Inc.), cuando esta empresa decidió empezar a focalizarse en el libro universitario y creó en Indianápolis un equipo directivo en el que entraron, además de McCaleb (especialista en ciencias y con el cargo de executive editor), Leo Grans (de American Books), Ranald P. Hobbs y William H. Y. Hacket Jr. (procedentes de Khinehart ambos, y el segundo de ellos nombrado director) y Lucius Lamar (de Charles Scribners Son’s).
Una década más tarde, McCaleb trabajaba como editor en Andover (Massachusetts) de Warner Modular Publications, que había empezado a crear una serie de panfletos, revistas y breves monografías acerca de los temas sociológicos, culturales y políticos más candentes destinados sobre todo a los por entonces muy inquietos estudiantes universitarios. El Watergate le llevó a ver la necesidad de explicar y divulgar qué eran y cómo actuaban las principales instituciones del país y los principales acontecimientos nacionales e internacionales mediante una colección de monografías, y en esta línea debía incluirse el libro de Hermann y Chomsky, cuya tesis principal era que Estados Unidos, en su intento por sofocar los movimientos revolucionarios en los países subdesarrollados (el libro se centra en los países del sudeste asiático), había acabado por convertirse, con la anuencia y el silencio cómplice de los grandes medios de comunicación, en el principal generador de violencia en el mundo.
Warner Modular era entonces propiedad de Warner Communications, cuyo presidente, William Sarnoff, era uno de los sobrinos de David Sarnoff (célebre pionero en la radiodifusión y uno de los primeros presidentes de RCA, Radio Corporation of America). Tras su paso por las universidades de Stanford y Harvard, William Sarnoff, sobradamente cualificado como gestor, seguía sin tener ninguna experiencia en el mundo de la edición de libros. Tras su paso como tesorero del Club Razor Blade Manufacturing Company (fabricantes de cuchillas de afeitar en Newak) entre 1955 y 1962, se había convertido ese mismo año en vicepresidente de Warner Communications ‒que en 1972 colaboraría con la campaña presidencial de Richard Nixon (1913-1994)‒, y sobre él recaía la responsabilidad de todas las operaciones que tuvieran que ver con libros.
En el verano de 1973 estaba ya en marcha una tirada de 20.000 ejemplares de Counter-Revolutionary Violence y se diseñaron una serie de anuncios publicitarios destinados a periódicos y revistas de ámbito nacional como el New York Times, la New York Review of Books, New Republic, The Nation y Saturday Review, y una copia de los mismos se le remitió a William Sarnoff, quien el 27 de agosto se apresuró a llamar a McCaleb para saber de qué iba el libro, temiéndose que fuera producto de una nueva filtración de documentos del Pentágono del tipo que había propiciado el Watergate y del que la Warner pudiera tener que avergonzarse luego. McCaleb le explicó que se trataba de un estudio llevado a cabo por reputados miembros de la comunidad academica, pero eso no tranquilizó por completo a Sarnoff, que dos horas después de su primera llamada volvía a comunicarse con el editor y pedía que le trajera esa misma noche una copia de las pruebas que se habían preparado para mandar a algunos periodistas.
McCaleb voló de inmediato a Nueva York y a la mañana siguiente dejaba en la oficina de la Warner un ejemplar para Sarnoff, que unas horas después le convocaba de urgencia en su oficina y, según palabras del editor, le soltó una violenta diatriba por considerar que el libro era «una sarta de mentiras» y «un ataque escandaloso contra ciudadanos reputados» impropio de un editor respetable, a lo que McCaleb le retó a señalar algún pasaje que pudiera sostener una denuncia por injurias o difamación. Pero ese no era el problema para Sarnoff, que había llamado ya a la imprenta para que detuvieran su trabajo (se calcula que llevaban ya impresa la mitad de la edición, de 20.000 ejemplares). Mc Caleb le recordó al vicepresidente de la Warner que, en virtud del contrato que les unía, él y su equipo tenían absoluta independencia para elegir los títulos que publicaba y que sólo debería rendir cuentas por las ventas de los libros y por la solvencia financiera de la empresa, pero Sarnoff replicó que eso no regía para los libros «que no valían nada y estaban repletos de mentiras», así que se le obligó a reimprimir el catálogo de novedades eliminando el título de Hermann y Chomsky y detener toda la operación de comunicación acerca de esta obra. De nada sirvió que McCaleb propusiera publicar un nuevo libro que contrastara y diera una visión contrapuesta a ese mismo asunto ni que advirtiera del desprestigio en el ámbito académico que una operación de esas características conllevaría para una editorial enfocada precisamente al libro universitario. Obviamente, las razones de la Warner se impusieron, pues a Sarnoff no pareció importarle lo que pudieran pensar McCaleb, sus empleados y colaboradores, los propios autores o la comunidad científica en general.
De hecho, poco después McCaleb y su equipo abandonaron el proyecto, Warner vendió la empresa a MSS Information Corporation (que no tenía servicio de distribución) y Warner Modular no tardó en desmantelarse por completo.
Mc Caleb pasó entonces una temporada conduciendo un taxi en Boston (antes de reincorporarse al negocio editorial), mientras que Sarnoff obtenía en 1975 una presidencia en Warner.
No deja de ser curioso que Warner Books no sólo se convirtiera uno de los principales editores de los libros de Richard Nixon (The Real War, Leaders y sus volúmenes de memorias), sino que además el Nixon v. Warner Communications sea el más célebre caso en que se puso en tela de juicio ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos los límites de la libertad de prensa.
Ha contado Herman que consultaron la cuestión de Counter-Revolutionary Violence ante la ACLU (American Civil Liberties Union), pero que al tratarse de una decisión empresarial (y no gubernamental) el asunto no tendría ningún recorrido en el improbable caso de que alguien se atreviera a llevarlo ante los tribunales. Así pues, ¿acaso debe considerarse este uno de los casos más célebres de censura económica? ¿O bien se entreveran lo económico y lo político y es más preciso el término censura corporativa que emplea Schivone?
Fuentes:
Robert F. Barsky, Noam Chomsky. Una vida de discrepancia, traducción de Isabel González Gallarza, Barcelona, Península (Atalaya 202), 2005.
Noam Chomsky, vídeo de la conferencia «Manufacturing Consent The Political Economy of the Mass Media», campus de Madison de la Universidad de Wisconsin, 15 de marzo de 1989.
Alan McLeod, «Noam Chomsky: The Real Election Medding Isn’t Coming from Rusia», Truth Dig, 20 junio 2019.
Michael Moore, «The Media Monopoly», The Multinational Monitor, septiembre de 1987.
Agustín Mosreal, «La censura económica», Revista de la Universidad de México, núm. 66 (2009), pp. 79-81.
Gabriel M. Schivone, «Corporate Censorship Is a Serious, and Mostly Invisible, Threat to Publishing», Electric Literature, 17 de enero de 2019, recogido también en el Pen Sydney Magazine de mayo de 2019, pp. 19-22.