Manuel Delgado, editor de novela histórica española

El 5 de febrero de 1834 un joven José de Espronceda (1808-1842) firmaba un contrato de edición de la novela histórica Sancho Saldaña con el editor madrileño Manuel Delgado (f.s. XVIII-1848) en el que se especificaba que cobraría mil reales por cada uno de los seis volúmenes (de doce cuadernos impresos cada uno) que compondrían la obra, y se le adelantaban ya dos mil por los primeros. A título orientativo: a un escritor más afianzado por entonces como Mariano José de Larra (1809-1837) Delgado le hizo un contrato por 4.800 reales a cambio de los cuatro volúmenes de El Doncel de don Enrique el Doliente, que se publicaría ese mismo año 1834 y en la misma colección que la novela de Espronceda, y dos años más tarde le pagó dos mil a Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880) por Los amantes de Teruel, si bien en el caso del teatro con unas condiciones singulares, como se verá.

José de Espronceda.

José de Espronceda.

Una segunda edición del Sancho Saldaña mucho más extensa aparecida en 1869 (muerto ya Espronceda) creó en su momento una cierta confusión acerca de la versión definitiva de la obra y de su autoría, pero la explicación estaba en la intervención de Julio Nombela (1836-1919), autor de la prolongación de la obra y quien explicó sin ambages este tipo de prácticas editoriales en sus memorias (Impresiones y recuerdos) en un pasaje donde además caracterizaba del siguiente modo a su colaboradores en tales y semejantes menesteres:

García Cuevas, autor en sus mocedades de comedias y zarzuelas muy aplaudidas, magistrado después de brillante carrera y literato de verdadero mérito, favoreció con algunos capítulos trazados por su pluma mis novelas Mendigos y ladrones, Pepehillo, mi obra histórica Los Ministros de España y la continuación de la novela de Espronceda Sancho Saldaña. En la novela de Ignacio de Loyola me auxilió, superando mi trabajo, Martín Melgar, que en la época en que colaboró conmigo inauguraba con gran acierto sus tareas literarias prometiendo mucho y cumpliendo más tarde sus promesas, sino en cantidad al menos en calidad.

Mi íntimo y siempre buen amigo Juan Cancio Mena me prestó su valiosa ayuda en las obras La Bandera Española y Dios, Patria y Rey, publicadas en 1872 y 1873.

Sin embargo, Manuel Delgado, a quien a menudo se ha considerado el primer editor en sentido estricto (en el sentido de que era sólo intermediario, pues no era librero, tipógrafo ni impresor) y quien en 1847 sería condecorado con cruz supernumeraria de la Orden de Carlos III, debe su fama sobre todo a la implementación más o menos estable de algunas tácticas editoriales que tuvieron mucho éxito comercial, como es el caso de sus contratos con dramaturgos en los que se reservaba, además de los derechos indefinidos de reimpresión, los derechos devengados por las representaciones de las obras, y que en ocasiones –y muy particularmente en el del Don Juan Tenorio de José Zorrilla (1817-1893)– le fueron enseguida muy ventajosos. No deja de ser paradójico que el mismo año en que Delgado era condecorado se aprobara una nueva Ley de la Propiedad Intelectual.

El propio Zorrilla habla no muy bien en Recuerdos del tiempo viejo (1880-1882) de hasta qué punto los anticipos por obras no escritas acabaron convirtiéndose en mensualidades que le llevaron a continuar «produciendo tantas líneas diarias como reales necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las barbaridades que en ellas decía», situación que Martínez Martín vincula a «la fragilidad de un mercado en construcción». En cualquier caso, visto desde el siglo XXI, el elenco de dramaturgos que acabaron bajo el ala de Delgado fue realmente impresionante (Gil y Zárate, Hartzenbusch, García Gutiérrez, el Duque de Rivas…).

Sancho Saldaña, en cambio, se incluía en una operación no muy exitosa pero quizá atinada cuyo objetivo –en la línea de lo que habían intentado en Barcelona las revistas El Europeo y El Vapor y el filólogo y editor Antonio Bergnes de las Casas (1801-1879) – era impulsar el interés de los novelistas y lectores por la historia española mediante la publicación de novelas en la estela de las que tanto éxito habían reportado a Walter Scott (1771-1832) en inglés y tan buena aceptación habían tenido también en España, en particular en las ediciones que desde 1829 venía haciendo el editor e impresor Tomás Jordán de once novelas de Scott.

Para ello –y sobre todo para competir con Jordán– contó Delgado con el asesoramiento del escritor catalán Ramón López Soler (1806-1836), quien había debutado con el resonante éxito Los bandos de Castilla o El Caballero del Cisne (1930) que dio a la imprenta el editor valenciano Mariano Cabrerizo y cuya deuda (rayana en el plagio) con Ivanhoe ya quedaba claramente explicitada en el prólogo:

hemos traducido al novelista escocés en algunos pasajes e imitándole en otros muchos, procurando dar a su narración y a su diálogo aquella vehemencia de que comúnmente carece, por acomodarse al carácter grave y flemático de los pueblos para quien escribe.

Ros de Olano.Con razón pudo describir esta novela el periodista madrileño Mesonero Romanos (1803-1882) como un «Ivanhoe disfrazado», si bien la crítica ha identificado también trazas en su composición del Quentin Duward, de Waverley, de pasajes de lord Byron y de fragmentos de la Historia general de España, de Juan de Mariana (1536-1624). El proyecto de Delgado de dotar a la literatura española de una colección específicamente dedicada a novelas históricas sobre el pasado propio se había iniciado en noviembre de 1833 con El primogénito de Albuquerque, firmado por Gregorio López de Miranda (que no era otro que López Soler), a la que siguieron las mencionadas El doncel de don Enrique el Doliente y Sancho Saldaña, y en diciembre de ese año se anunciaban como autores de las obras siguientes a López Soler, Larra, Gil y Zárate (1793-1861), Ventura de la Vega (1807-1865), Estanislao de Kosca Vayo (1804-1864), Serafín Calderón (1799-1967) y Patricio de la Escosura (1807-1878). Más adelante (el febrero siguiente) se anunciaron también novelas de José de Villalta (1801-1846), Antonio Ros de Olano (1808-1886), Joaquín Pacheco (1805-1865) y Nicómedes Pastor Díaz (1811-1863).

Reedición del Sancho Saldaña a cargo de los descendientes de Manuel Delgado.

Según el célebre crítico de la generación del 27 José F. Montesinos (1897-1972) si, a diferencia de la novela histórica traducida, la colección de Delgado no triunfó fue en buena medida debido a la reticencia de los lectores españoles acerca de la literatura de ficción escrita en su lengua, lo cual quizá explique también que muchos de los autores no llegaran a publicarse (aunque con la firma de López de Miranda, en cambio, apareciera una segunda novela, La catedral de Sevilla, en 1833-1834). Ni la presentación ni el precio de los tomos (a 8 reales en Madrid y 9 en provincias) no eran muy distintos a las de otras colecciones similares que sí obtuvieron una buena respuesta por parte de los lectores. Así, de entre las novelas publicadas, solo tuvieron algunas reediciones las de Larra, Koska Vayo (Los expatriados de Zulema y Gazul, 1834), García Villalta (El golpe en vago, 1835), y la colección fue diluyéndose enseguida con Ni rey ni Roque (1835), de Escosura, y El caballero de Madrid en la conquista de Toledo por don Alfonso el VI (1836), de Basilio Sebastián Castellanos (1801-1891). Aun así, ya en 1846, en el segundo número de El Español, revista literaria, se proclamaba que «debe consultarla [esta colección] cualquiera que se proponga estudiar la historia de los trámites que ha seguido entre nosotros el arte de narrar». Sin embargo, no tardó Delgado en desistir y decantarse por novelas traducidas.

Fuentes:

Ángel Antón Andrés, «Prólogo» a José de Espronceda, Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar, Barcelona, Barral Editores (Ediciones de Bolsillo, núms. 322 y 323), 1974, pp. 7-42.

Robert Marrast, José de Espronceda y su tiempo. Literatura, sociedad y política en tiempos del Romanticismo, traducción de Laura Roca, Barcelona, Crítica (Serie Mayor), 1980.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

Julio Nombela, Impresiones y recuerdos, tomo I (1836-1850), edición digital a partir de Madrid, Casa editorial de “La Última Moda”, 1909. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Madrid, CSIC, 2014.

Enrique Rubio Cremades, «La novela histórica del romanticismo español», edición digital a partir de Historia de la Literatura Española. Siglo XIX (I), coordinador Guillermo Carnero, Madrid, Espasa Calpe, 1997, pp. 610-642. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2012.

La diligencia, Seix y Barral y «la España que no progresa»

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La edición de felicitaciones navideñas, uno de cuyos objetivos era sin duda la promoción editorial o la posibilidad de demostrar la calidad que eran capaces de ofrecer las empresas papeleras y de artes gráficas, fue una actividad muy arraigada durante mucho tiempo en la posguerra española, una costumbre social que generó toda una corriente de coleccionismo, porque, obviamente, y por la cuenta que les traía a los implicados, el resultado era muy a menudo de gran calidad. Masid Valiñas ha escrito al respecto:

La impresión con motivos navideños fue una costumbre que contaba con una importante tradición en Cataluña, pero experimentó un impulso definitivo a partir de 1945, incrementándose en los años siguientes el intercambio y el coleccionismo. Se trataba de impresos en los que las variaciones de formato, temas, técnicas de impresión y estampación se multiplicaban ilimitadamente. De presentación muy cuidada –en forma de díptico, en pliegos con dos dobleces– se imprimían en papeles de calidad, llevando grabados originales y frecuentemente iban iluminados a mano.

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Ilustración en la que, bajo el paraguas, se advierte la firma de Giralt-Miracle.

Recuerda también el mismo estudioso que fuera de Barcelona este tipo de publicaciones apenas tuvieron difusión, si bien menciona también las salidas en Santander de los talleres Hermanos Bedia (imprenta fundada en 1948 por los hermanos Joaquín y Gonzalo Bedia, que publicaría obra a Gregorio Marañón, José María de Cossío, Gerardo Diego y las primeras de José Hierro), así como las editadas por Castalia (antaño tan prolífica y generosa en el ámbito de la bibliofilia), y concluye Masid Valiñas:

El conjunto de estas felicitaciones reproduce el mundo de las ediciones de bibliófilo de la época, conformando un pequeño universo paralelo a todo este fenómeno editorial. A partir de estos especímenes puede elaborarse un auténtico catálogo de ilustradores, impresores, así como de las características formales que identifican a estas publicaciones.

DILItituloCiertamente, la lista de editores, impresores y papeleros que publicaron felicitaciones navideñas es inagotable, y en ella aparecen nombres tan importantes como los de Jaume Pla (1914-1995), Ramon de Capmany (1899-1992) o el ilustrador Pedro Riu, las diversas editoriales de Josep Janés, la Editorial Pérgamo del poeta Carles Fages de Climent (1902-1968), la papelera Luis Guarro Casas, Industrias Gráficas Oliva o el Instituto Gráfico Oliva de Vilanova, el corredor de libros Josep Porter, la Librería Editorial Argos, la Librería de las Galerías Layetanas, las Galerías Syra… Del mismo modo, la nómina de ilustradores es extensísima e incluye a casi todo los grandes nombres de la época.

Ese mismo año 1945 que Masid Valiñas señala como de auge o relanzamiento de este tipo de ediciones, la empresa fundada a mediados del siglo XIX como Tipo-litografía Seix y Librería Barral, que desde 1911 había adoptado el nombre de Industrias Gráficas Seix y Barral Hermanos, publicaba con motivo de las Navidades no ya un díptico o un tarjetón con algún grabado original, sino un sorprendente texto de Mariano José de Larra (1809-1837) destinado a sus clientes y amigos, La diligencia, componiendo un bello volumen.

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A cualquiera que recuerde el inicio de ese excelente e incisivo artículo de costumbres de Larra le asombrará quizá semejante elección para conmemorar las fiestas navideñas en una posguerra española en la que la censura estaba muy vigilante, y si bien es cierto que los volúmenes tan breves no eran objeto de un escrutinio minucioso por parte de las autoridades, es evidente que era arriesgado poner en circulación un texto cuya apertura reza:

Cuando nos quejamos de que esto no marcha, y de que la España no progresa, no hacemos más que enunciar una idea relativa; generalizada la proposición de esa suerte, es evidentemente falsa; reducida a sus límites verdaderos, hay un gran fondo de verdad en ella.

 

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Es posible que a los buenos conocedores de Larra, si tenían buena memoria, esa alusión  no les pasara desapercibida, pero lo cierto es que en la felicitación navideña de Seix y Barral lo que se publicó fue una versión fragmentaria, que suprime toda la introducción y se inicia a partir de «No es fácil imaginar qué multitud de ideas sugiere el patio de las diligencias», con lo cual queda más específicamente restringida a la sociedad contemporánea al escritor y hace más difícil que el lector pueda interpretar (precisamente por el pasaje suprimido) la publicación del texto como una crítica velada a la sociedad franquista. Al fin y al cabo, se ha eliminado casi una tercera parte del texto tal como lo publicó originalmente la Revista Mensajero el 16 de abril de 1835, si bien según la anotación final del volumen de Seix y Barral apareció originalmente en La Revista Española en esa misma fecha, y desconozco si, caso de ser correcto el dato, apareció allí en una versión abreviada. De todos modos, parece evidente que, aun cuando pudiera haber un guiño al lector avisado, la supresión responde más a la voluntad de ajustar el texto a las páginas disponibles que a ninguna otra cosa.

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Se trata de un volumen en octavo menor, de 14 páginas numeradas (a color), con guardas con el logo de la empresa y encuadernadas en cartulina protegida con una sobrecubierta ilustrada y con orlas en relieve, unida a la cartulina mediante solapas. Tanto la cubierta como el interior contienen ilustraciones a color y capitulares historiadas obra de Ricard Giralt-Miracle (1911-1994), cuyo padre Francesc (1873-1947) se había hecho un nombre como grabador y litógrafo precisamente en la Seix Barral, y el propio Ricard se había iniciado en el oficio en la misma empresa. Este mismo volumen de La diligencia es ejemplo de que a su regreso del exilio Giralt-Miracle, además de trabajar en diversos proyectos con Josep Janés, reanudó la relación profesional con la Seix Barral, pero a lo que Giralt-Miracle fue también muy fiel a lo largo de toda su vida, y en particular desde que en 1947 monta Filograf, es a la tradición de hacer, ya a partir de 1953 y hasta 1989, espectaculares plaquetas como felicitación navideña (a las que algunos años añadía otra versión en ocasión de las vacaciones estivales), con textos breves de Cervantes, Dante, Juan Ramón Jiménez, Maragall o Salvat Papasseit, entre otros.

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Nota: La tirada de La diligencia no debió de ser muy reducida, pues todavía hoy pueden encontrarse bastantes ejemplares, en estado de conservación diversos, a precios que oscilan entre los 6 y los 40 euros aproximadamente.

Fuentes:

Sergi Dòria, «El poeta de la tipografía»,Abc, 20 de diciembre de 2009.

Jordi Duró, «Giralt-Miracle y el tiempo libre», en O.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero y Ramos, 2008.

Alfredo Navarro Saldaña, «Ricard Giralt-Miracle», en Educastur, 31 de marzo de 2010.

Zeneide Sardà, Perfils (con prólogo de Jordi Sarsanedas), Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1999, pp. 87-96 (entrevista fechada en octubre 1994).

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