Las precoces y fugaces Ediciones Nuevo Romance

Según ha documentado José Ramón López García en su excelente y probablemente definitiva obra sobre Arturo Serano Plaja (1909-1979), éste concluyó los cuentos que conformarían el volumen Del cielo y del escombro en Chile, donde intentaba sobrevivir alternando su ocupación como delineante en una sección ministerial del Gobierno chileno con colaboraciones en la prensa de ese país (Atenea, ¿Qué hubo?), pero también con colaboraciones en la prensa del exilio español en Argentina (Pensamiento español) y con trabajos de traducción para la editorial argentina Atlántida del escritor uruguayo Constancio G. Vigil, en la que colaboraban ya por entonces Rafael Dieste Carmen Muñoz Manzano, José Otero Espasandín, Lorenzo Varela o Clemente Cimorra, entre otros exiliados republicanos. Más adelante, Serrano Plaja adaptaría para el lector infantil los Viajes de Simbad el Marino para Atlántida y dirigiría para la misma editorial la colección Los Místicos.

Arturo Serrano Plaja.

Sin embargo, mientras que Fernando Larraz ya describe Del cielo y del escombro como un «libro de cuentos de notable calidad injustamente olvidado sobre la guerra y sobre la infancia», José Ramón López García caracteriza el volumen como una colección de cuentos «la mayoría ambientados en la guerra civil española y en los que ficcionaliza diversos hechos autobiográficos, como la muerte de su padre en pleno asedio de Madrid».

No puede decirse que la narrativa breve de Serrano Plaja —aunque tampoco la extensa obra ensayística— haya tenido mucha suerte editorial, y si bien alguno de sus cuentos fue reeditado e incluso traducido en los años cincuenta, caso en particular de «Don Manuel de León» incluido en Caza de la perdiz (1951) o «El capitán Javier», reproducido en la revista argelina Soleil bimestrelle en traducción de Emmanuel Roblès al año siguiente, el hecho de que Del cielo y del escombro se publicara en una editorial de vida fugaz no contribuyó precisamente a asentar la obra de Serrano Plaja.

Las Ediciones Nuevo Romance, donde apareció este volumen, se habían empezado a engendrar con el nombre ALDIA, en el que confluían los apellidos de sus principales promotores: Rafael Alberti (1909-1992), Rafael Dieste (1899-1991) y  Francisco Ayala (1906-2009), a los que enseguida se añadió Lorenzo Varela (1916-1978) —que tuvo la excelente idea de rebautizar el proyecto— y, quizás más importante, el industrial papelero de origen vasco José Iturrat, que actuó como poco menos que mecenas.

Acabado en la Imprenta López en diciembre de 1941, el primer libro que puso en circulación, presumiblemente ya en 1942, Nuevo Romance fue una obra cuya publicación en Espasa Calpe se había visto truncada por el golpe franquista y el posterior inicio de la guerra civil española, Teresa, de Rosa Chacel (1898-1994), un volumen de poco más de 250 páginas encuadernado en rústica y con una ilustración del también exiliado Luis Seoane (1910-1979) además de una imagen del icónico bisonte de las cuevas de Altamira que funcionaba como logo editorial.

En febrero de 1942 se publicaba el libro de Serrano Plaja, de características muy similares (243 páginas), y también de edición y aspecto muy similar es el tercer libro aparecido en Nuevo Romance: La luna nona y otros cuentos, del narrador cubano nacido en Galicia Lino Novás Calvo (1903-1983), un título que Cabrera Infante recuperó al escribir en la revista Vuelta la necrológica del escritor y traductor, al que cíclicamente la crítica académica dedica una atención entusiasta pero hasta la fecha quizás insuficiente para asentar su obra narrativa.

A partir de ese momento, puede intuirse que se produjeron ciertas discrepancias entre los promotores en cuanto a la línea editorial que debía tomar el proyecto, y que en los primeros volúmenes se describía en las solapas del siguiente modo:

…Por otra parte, las Ediciones Nuevo Romance nacen con un carácter definiro en cuanto se proponen, ante todo, difundir principalmente los valores actuales de nuestra cultura, que es la cultura de España y América.

Esta difusión de valores actuales, que se canalizaba a través de la distribución de la editorial Losada, se ve puesta en entredicho con los tres libros siguientes (y últimos) de los que aparecieron bajo este sello, y que además se imprimieron, a diferencia de los anteriores, en la Imprenta Patagonia. Recurriendo al epistolario de Dieste, Federico Gerhardt ha subrayado que esta nueva orientación, diseñada por Rafael Alberti con el apoyo de Francisco Ayala, no contaba con la aprobación de Dieste, y quizás algo tenga que ver con ello el hecho los cambios en el formato y la calidad del papel que entonces se produjeron, que en ambos aspectos es menor. El hecho de que el libro de Novás Calvo se acabara de imprimir en mayo de 1942 y que los siguientes lleven fecha de impresión de entre noviembre de ese año (seis meses después) y enero de 1943 no hace sino reforzar esa hipótesis.

Encuadrados en una colección llamada Libros Raros y Curiosos, que se proponía publicar «obras clásicas más famosas y citadas que conocidas y leídas, que, por una u otra causa, han sido poco editadas y resultan de difícil acceso», aparecieron tres obras y quedó una cuarta en el tintero: Una edición de La lozana andaluza, de Francisco Delicado (c. 1474- c. 1535), preparada por el exiliado republicano y prolífico traductor Javier Farias; las Guerras civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita (1544-1619), preparadas por Francisco Ayala, y, ya en 1943, las Obras en español de Gil Vicente (1465- ¿1536?) en edición del poeta argentino Ricardo Molinari y quedó en proyecto El viaje entretenido, de Agustín de Rojas (1572-1635).

En las solapas de los primeros libros quedó constancia de otros proyectos que no llegaron a ver la luz en las Ediciones Nuevo Romance, como es el caso de obras indeterminadas de Rafael Alberti, Francisco Ayala, Rafael Dieste, Vicente Salas Viu o Antonio Sánchez Barbudo, y el caso es que, según Ayala debido a problemas de gestión contable (atribuibles a Dieste) y de distribución (responsabilidad de Losada), el proyecto acabó por hundirse rápidamente.

Fuentes:

Federico Gerhardt, «Semblanza de Ediciones Nuevo Romance (Buenos Aires, 1941-1943)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2019.

Fernando Larraz, «Nuevo Romance, Ediciones», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento Biblioteca del Exilio, 2016, vol. 3, p. 432.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento Biblioteca del Exilio, 2018.

José Ramón López García, Vanguardia y revolución y exilio: La poesía de Arturo Serrano Plaja, Valencia, Pre-Textos-Fundación Gerardo Diego, 2008.

El poeta Juan Panadero, el ilustrador Toño Salazar y el editor Rafael Alberti

«La caja de mi guitarra

no es caja, que es calabozo,

penal donde pena España»

Rafael Alberti, Coplas de Juan Panadero

 

De izquierda a derecha, Alberti, María Teresa León y Luis Buñuel.

Ha quedado en los anales de la historia del teatro, el estreno en Montevideo de la adaptación de El ladrón de niños de Jules Superville (1884-1960), llevada a cabo a cuatro manos por María Teresa León (1903-1988) y Rafael Alberti (1902-1999). El estreno tuvo lugar en el Estudio Auditorio del Sodre (Servicio Oficial de Representaciones y Espectáculos) el 1 de octubre de 1943.

Se enmarcaba en la temporada que había programado la actriz española Margarita Xirgu al hacerse cargo de la dirección del Sodre, que se abrió con La Numancia de Cervantes, adapatada también por Alberti, e incluía Alto alegre de Justino Xavala Muñiz, El matrimonio de Gogol y El enfermo imaginario de Molière, entre otras, y se cerraba con la Mariana Pineda de Federico García Lorca, y participaron en ella algunos de los actores y técnicos habituales de la Xirgu, como Edmundo Barbero (1899-1982), Enrique Álvarez Diosdado (1910-1983), Amelia de la Torre (1905-1987) o Santiago Ontañón (1903-1989).

No obstante, en la bibliografía de Alberti Montevideo quedará asociado a las Coplas de Juan Panadero, aparecidas en 1949 con el extenso título Coplas de Juan Panadero recopiladas y ordenadas por Rafael Alberti. 10 aleluyas de Toño Salazar y publicadas por la editorial comunista Pueblos Unidos, fundada en 1942 por Ettore Quagliarini (1893-1953), conocido también como Pablo Bono.

El caricaturista e ilustrador salvadoreño Toño Salazar (1897-1986) —«el príncipe de los caricaturistas», según lo definió Enrique Gómez Carrillo—, tras su paso por México, París, Nueva York y Argentina, había empezado ya entonces a publicar algunas muy celebradas caricaturas de los principales dictadores de esos años bélicos (Mussolini, Franco, Hitler, Perón) pero había hecho también algunas colaboraciones editoriales. De 1930 es su libro Caricaturas (1930), al que precede un prólogo del pintor neerlandés Kees Van Dongen (1877-1968).

 

Una vez concluida la guerra mundial, había ilustrado las Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias (1948), con quien había trabado amistad en París, en una edición que incluía la carta de Paul Valéry en que expresaba una opinión que se ha hecho célebre: «En cuanto a las leyendas, me han dejado traspuesto. Nada me ha parecido más extraño —quiero decir a mi espíritu, a mi facultad de alcanzar lo inesperado— que estas historias-sueños-poemas».

Toño Salazar.

La obra de Asturias ilustrada por Salazar se publicó en la editorial Pleamar, acerca de la que Emilia de Zulueta dejó escrito:

Pleamar fue otra empresa donde los españoles cumplieron una función protagónica. Fundada en 1941 por Manuel Hurtado de Mendoza, editó diversas colecciones como «Conocimiento», El ceibo y la encina, Mirto. En la segunda de ellas salieron obras de autores españoles como Alarcón, Galdós y Valera cuya novela Pepita Jiménez, llevaba prólogo de Rafael Alberti y viñetas de Gori Muñoz, talentosísimo pintor y escenógrafo valenciano de vasta actuación en Buenos Aires desde el momento de su exilio en 1939.

Pero fue, sin duda, la colección Mirto, dirigida por Rafael Alberti, una de sus más memorables aportaciones. Sus volúmenes encuadernados en tela blanca, con letras verdes y un ramo dorado en la cubierta y en el lomo, constituyen una de las más bellas series de poesía española. Entre las primeras obras publicadas figuran las poesías de Fray Luis de León, Garcilaso, Góngora, dos volúmenes de Églogas y Fábulas castellanas, con prólogo de Rafael Alberti y algunos textos contemporáneos que acompañan a los clásicos. Debemos mencionar, también, la Obra poética (1944) de Antonio Machado, con poemas extraídos de sus libros en prosa y textos sobre la guerra civil; y las Rimas de Bécquer (1944), con un retrato del poeta por su hermano Valeriano, y autógrafos y dibujos originales, un poema de Alberti y un texto en prosa de Juan Ramón Jiménez. Otra edición memorable, dentro de la misma colección Mirto fue la de Animal de fondo, de Juan Ramón Jiménez, que reúne los poemas escritos durante su viaje a Buenos Aires, en 1948, y que aparecieron en 1949, en edición bilingüe, traducidos al francés por el poeta argentino Lisandro Z. D. Galtier.

La obra de Asturias apareció en la mencionada colección dirigida por Alberti Mirto, y una vez publicada el artista salvadoreño estuvo creando ilustraciones para unas proyectadas pero nunca publicadas ediciones del Quijote y de La isla del tesoro.

No es de extrañar, pues, que fuera Salazar quien se ocupara de los dibujos que enriquecen las coplas de su ¿heterónimo? Juan Panadero, una de las obras más emblemáticas de la poesía política de Alberti, en cuyo colofón puede leerse: «Realizada para Ediciones Pueblos Unidos (Colonia y Tacuarembó, Montevideo- Uruguay), por la Corporación Gráfica (Reconquista, 624) y expedida de sus talleres el día 25 de noviembre de 1949».

Fuentes:

Emilia de Zulueta, Españoles en la Argentina. El exilio literario de 1936, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002 (a partir de la de Buenos Aires, Ediciones Atril, 1999).

Luis García Montero, «Rafael Alberti, pasando por Cervantes, admira por fin a Benito Pérez Galdós», Cuadernos Hispanoamericanos, 27 de junio de 2020.

Miguel Huezo Mixco, «Toño Salazar. Expedicionario del siglo XX», Letras Libres, núm. 41 (febrero de 2005).

Yves Lissorgues, «La poética de Juan Panadero», Dr. Rafael Alberti, El poeta en Toulouse, Université de Toulouse-Le Mirail, Service des Publications, 1984.

Juan Ramón Jiménez y la osadía de la juventud

Los cuatro números que aparecieron de una revista tan fascinante como lo fue Índice (1921-1922) constituyen por sí solos una espléndida panorámica de la poesía española de los apenas dos años que duró esta empresa. Fundada por el exquisito poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), cuya vertiente como esmerado editor quedó ensombrecida por su brillo como escritor, en sus páginas pueden encontrarse autores de diferentes generaciones, consecuente con la declaración que aparece ya en la última página del número inicial:

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Juan Ramón Jiménez.

Índice no es revista de «grupo». Sus redactores son escritores y artistas de las más distintas tendencias, españoles e hispanoamericanos, unidos sólo por el interés común de la exaltación del espíritu y por el gusto de las cosas bellas. En sus páginas, cabrá todo lo que signifique «vida», desde lo más acrisolado hasta lo más nuevo, desde lo más llano hasta lo más insigne, desde lo más oculto hasta lo más abierto; y su aspiración es llegar a definir y deslindar, del modo más completo y perfecto posible –con un criterio amplísimo y estrechísimo a un tiempo–, la calidad más noble del genio español e hispanoamericano.

Basta una mirada a la tabla de contenidos del primer número para corroborar esta intención intergeneracional: Azorín (1873-1967), Enrique Díez-Canedo (1879-1944), Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset (1883-1955), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), José Moreno Villa (1887-1955), Corpus Barga (1887-1975), Gabriel García Maroto (1889-1969), Adolfo Salazar (1890-1958), Pedro Salinas (1891-1951), y en ya en el segundo número, aparecido también en 1921, se añaden los nombres de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Jorge Guillén (1893-1984), Antonio Espina (1894-1972), José Bergamín (1895-1983), Federico García Lorca (1889-1936)…

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Federico Garcia Lorca.

Los tres primeros números de esta revista salieron de la imprenta de un personaje clave de esos años ya mencionado, Gabriel García Maroto, «ese gran tipo humano, poeta, crítico, pintor, impresor, que a la sazón tenía una imprenta en Madrid», en palabras del intelectual granadino José Mora Guarnido. En junio de ese mismo año 1921 García Maroto se ocupó, corriendo él mismo con los gastos, de otra de las ediciones importantes de esa etapa de la literatura española, el poemario con el que se dio a conocer García Lorca (Libro de poemas), y según ciertas versiones se ocupó incluso, a la vista de la tardanza del autor y para evitar recompaginar el libro, de escribir las palabras preliminares a modo de prólogo («Palabras de justifiación»). El cuarto número de Índice, cuya novedad más importante es la impresión a dos tintas, se elaboró ya en los Talleres Poligráficos, en los que Juan Ramón haría imprimir algunos de sus libros en esos principios de los años veinte (Poemas y Belleza, por ejemplo). Se sabe de un quinto número de Índice, cuyo sumario se incluyó en el quinto del que incluso se corrigieron pruebas pero nunca llegó a publicarse. La distribución corrió a cargo de la editorial La Lectura, que en 1914 le había publicado a Juan Ramón Platero y yo.

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Gabriel García Maroto.

Tan interesante o más que la revista fueron los seis volúmenes que en 1923 auspició la revista, en una Biblioteca Índice en la que aparecieron, en orden de numeración, la segunda edición de Visión de Anahuác, de Alfonso Reyes; El cohete y la estrella, de José Bergamín, precedida de una «caricatura lírica» de Juan Ramón; la Fábula de Polifemo y Galatea, de Luis de Góngora, en edición de Alfonso Reyes; Signario (versos), de Antonio Espina; Niños, de Benjamín Palencia, ilustrada con una silueta del autor obra de Juan Ramón Jiménez; y  el primer libro de poemas de Pedro Salinas, Presagios (con un texto preliminar de Juan Ramón Jiménez) que, como se encargó de esclarecer Raquel Sánchez, fue objeto de una cierta polémica, porque desde el tercer número se ocupó tanto de la impresión como de la distribución la Librería y Editorial Rivadeneyra:

la distribución de estas obras corrió a cargo de la ya mencionada Librería y Editorial Rivadeneyra, la cual acabó en pleitos con el poeta [Juan Ramón Jiménez] por la negativa de la editorial a encargarse en firme de 400 ejemplares del libro de Pedro Salinas Presagios. La resolución del litigio tuvo lugar en mayo de 1925 y liberó de sus compromisos a ambas partes, obligándoles a pagar las costas del juicio a medias.

Presagios1Ha sido motivo de muchas confusiones el hecho de que el libro de Salinas apareciera con el número 7, pues el hecho de que el sexto, Cartas y versos a Juan Ramón, de Rubén Darío, no llegara a publicarse, ha dado pie a que, entre otras cosas, a que en ocasiones se considerara ésta una colección formada por siete títulos. A través del epistolario entre Alfonso Reyes y Julio Torri es posible saber además que el primero le pidió con insistencia a Torri un conjunto de material suficiente para componer un octavo número de la colección, advirtiéndole en carta fechada en Madrid el 6 de julio: «Todos me dicen bien de ti, pero tú no mandas el original de un libro tuyo, inédito y perfecto, para la Biblioteca Índice de Juan Ramón, más trescientas pesetas que te tocaría costear más o menos».

De la estructuración de Presagios, que incluía –con algunas variantes– dos sonetos aparecidos previamente en Los lunes del Imparcial y dos poemas en verso libre publicados en las páginas de la revista España, se ocupó también Juan Ramón Jiménez, haciendo buena la fama de que goza de haber sido un editor total, meticuloso, responsable tanto de los originales que publicaba como del papel sobre el que se imprimían sus textos, así como de todos los detalles intermedios y posteriores. Aun así, en carta al autor el poeta de Moguer le informa a toro pasado de los cambios que ha introducido, a partir de la cincuentena inicial de poemas que Salinas le había entregado: «Deseo que le guste a usted el orden en que he puesto las poesías, y, antes, mi selección. Verá que he copiado una poesía de las desechadas por usted, y que he separado, en cambio, una de las otras». Y en su libro de memorias La arboleda perdida Rafael Alberti dejó constancia de una escena que pone de manifiesto también que el editor de Moguer se tomaba las cuestiones editoriales casi como cuestiones personales:

Aquella tarde, con un ejemplar de Signario en la mano, protestaba el poeta de sus imperfecciones tipográficas. Había encontrado erratas, letras sucias, renglones caídos, y todo esto iba a quitarle el sueño.

–También –nos dijo– en la edición de la Fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, preparada por Alfonso Reyes, se le han escapado a éste otras horribles erratas: en vez de corona dice corna; en vez de entre, enter, etc. España ha perdido su gran tradición tipográfica. Fíjense en este libro inglés –nos mostró uno, moderno, de Keats–. ¡Qué finura, qué gracia, qué delicadeza! Quisiera conseguir para la Biblioteca Índice lo mismo, pero, por lo visto, esto aquí es imposible.

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De izquierda a derecha: Salvador Dalí, José Moreno Villa, Luis Buñuel, Federico García Lorca y el historiador José Antonio Rubio Sacristán.

Además, la influencia de Juan Ramón en las iniciativas editoriales que llevaron a cabo tanto Bergamín como Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, entre otros, es palmaria y no admite mucha discusión. Por todo ello, resulta más lamentable que, después de haberse convertido en uno de sus principales referentes, en uno de sus más importantes valedores, en el editor en el sentido más fuerte del término de muchos de ellos, Juan Ramón Jiménez acabara enzarzado en una polémica con la mayoría de miembros de la generación del 27, que salpicó también a su relación con Pedro Salinas, quien, incluso en el ámbito creativo, tanto debía a la obra literaria del poeta de Moguer. También es cierto que muchos de ellos a posteriori reconocieron –hasta cierto punto– lo injusto de ese trato, como es el caso de Rafael Alberti en sus memorias, pero meterse con Juan Ramón se convirtió en poco menos que un deporte y en un signo de juventud y de vanguardismo, a rebufo de la famosa carta que le mandaron Buñuel y Dalí informándole de que su obra les repugnaba «profundamente por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria». A nadie escapaba la proximidad entre Buñuel y Dalí y los miembros de la generación del 27 (y ninguno de ellos salió en defensa del poeta moguereño). La espoleta de la sucesión de rupturas posteriores fue al parecer la respuesta de Juan Ramón declinando la invitación a participar en el homenaje a Góngora alegando: «El carácter y la extensión que Gerardo Diego pretende dar a este asunto de la Revista de Desoriente, me quitan las ganas de entrar en él. Góngora pide director más apretado y severo, sin claudicaciones ni gratuitas ideas fijas provincianas». La réplica de Gerardo Diego no se hizo esperar, y de inmediato la polémica se convirtió en poco menos que un «todos contra uno».

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Pedro Salinas (a la izquierda de la imagen) a su llegada a Santo Domingo.

La verdad es que los motivos claros de aquellas peleas –asegura Alberti– siguen siendo para mí completamente oscuros. Es un secreto que Juan Ramón se llevó con su muerte. […] ¿Cómo explicar que con José Bergamín, exaltador hasta la hipérbole de la obra del poeta y a quien considerábamos una especie de secretario permanente suyo, se peleara, y al final de manera definitiva, porque, según él, puntuaba mal, debiendo limitarse solamente a sus aforismos, dejando a un lado la prosa larga, para la que –afirmaba rotundo– no servía? ¿Pues y con personas tan excelentes como Salinas y Guillén, alabadísimos poetas al principio y motejados luego de «retóricos blancos», de ingenieros –o algo parecido–, máximo insulto este a su gran poesía de perfiles precisos, sostenidos sobre cimientos, como la de Guillén sobre todo?

Convendría añadir que si en 1932 Juan Ramón retiró sus poemas de la segunda edición de la influyente Antología de Gerardo Diego con un ya célebre «Quedan hoy retirados poemas y amistad», ello fue precedido de durísimas palabras de Bergamín, en un artículo sobre Salinas, acerca de la obra de quien fuera su mentor y editor («amoralismo esteticista», «falsa e inhumana», «agonizante y espectacular»…), y, por cierto, no hay motivo para suponer que Alberti no estuviera al corriente de todo ello.

Parafraseando el célebre título de un magnífico libro de Mario Muchnik, quizá sea cierto que lo peor no son los autores; tal vez lo sean los autores metidos a editores…

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Tres representantes de la generación del 27. De izquierda a derecha: Dámaso Alonso, Max Aub y Jorge Guillén.

Fuentes:

Rafael Alberti, La arboleda perdida, Barcelona, Bruguera (EL Libro Amigo 1502), 1984.

Francisco Fuster García, «Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881- San Juan, Puerto Rico, 1958)», semblanza en el portal EDI-RED.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras. Poesía española contemporánea, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Raquel Sánchez García, «Juan Ramón Jiménez y el mercado editorial», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, núm. 21 (2003), pp. 301-308.

Gregorio Torres Nebrera, «Presencia de Juan Ramón Jiménez en la poesía de Pedro Salinas», en Actas del Congreso Internacional Conmemorativo del Centenario de Juan Ramón Jiménez. Tomo II, Huelva, Diputación Provincial de Huelva, Instituto de Estudios Onubenses, 1983, pp. 569-580.

Julio Torri, Epistolarios, edición de Serge I Zaïtzeff, México, Universidad Nacional Autónoma de México (Nueva Biblioteca Mexicana 108), 1995.

James Valender, «García Maroto y el Libro de poemas de García Lorca», Nueva Revista de Filología Hispánica, vol. 4, núm 1 (1996), pp. 156-165.

Camilo José Cela y la bibliofilia en Alfaguara: Amans Amens

El epistolario entre Camilo José Cela (1916-2002) y Rafael Alberti (1902-1999), residente por entonces en Roma, permite recabar bastante información sobre el libro que estrenó una de las colecciones más ambiciosas y cuidadas surgidas de la muy fructífera colaboración entre el grabador y bibliófilo Jaume Pla (1914-1995) y el escritor de Iria Flavia: Amans Amens. Se trataba de una colección que debía reunir en ediciones de lujo una antología de poemas amorosos, sobriamente decorada con puntas secas, de los más importantes poetas en lengua española del siglo XX.

ALBERTIVenusPríapoEl proyecto de este libro en concreto se remonta, por lo menos, al primer trimestre de 1965, y en él tuvo un papel importante Pla, quien incluso visitó al poeta malagueño para comentar el proceso de grabación en seco de las ilustraciones que debían acompañar el volumen. Ese mismo epistolario permite descubrir, por ejemplo, las dudas que le planteaba a Alberti la censura, dudas que le llevaron a descartar una de las composiciones inicialmente seleccionadas, “Poema de Venus y Príapo” (“Diálogo de Venus y Príapo”, publicado por primera vez en las Obras Completas de Losada de 1960, formando parte de entre El clavel y la espada) y dos años más tarde se hizo una selecta edición (14 pp., 23 cm) con pie de Ediciones La Arboleda Perdida con un diseño de portada distinto, obra de Alberti, para cada uno de los veintinueve ejemplares. En ciertos aspectos eso lleva a pensar en el volumen que en el por entonces ya lejano 1947 había  publicado La Botella en el Mar de El ceñidor de Venus desceñido (que reunía la poesía erótica de Alberti anterior a su llegada a Argentina), del que se hizo una tirada de cien ejemplares firmados por el autor e ilustrados por Luis Seoane (1910-1979).

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Adviértase la diferencia del dibujo de portada de un ejemplar a otro de Ediciones La Arboleda Perdida.

Cuando menos en parte, el hecho de que el proceso de edición que tuvo el primer libro de Amans Amens se demorara tanto cabe atribuirlo al hecho de que, aun residiendo en Roma, Alberti fue mandando fragmentariamente los textos, a lo que se añadió el se empeñó del poeta en revisar pruebas, aun en contra de las recomendaciones que le hacía al respecto Cela, asegurándole que lo harían expertos que pondrían en ello los cinco sentidos, lo cual permitiría acelerar un poco el proceso. Temeroso de las erratas, Alberti insiste en corregir pruebas personalmente, y comprometiéndose incluso a devolverlas en veinticuatro horas para minimizar la demora.

En carta fechada el 7 de junio de 1967 en Roma, escribe Alberti:

¡Al fin! Hermoso y perfecto Poemas de amor! Muy contentos María Teresa [León] y yo. […] Estoy de enhorabuena. Muestro el libro a mis amigos italianos. Grandes elogios. Un éxito. […] Felicite a todos los que cuidaron de la edición. Es una maravilla. Muchas gracias.

La impresión, de mil ejemplares, había corrido a cargo de Casal i Vall, y se había previsto una edición corriente en la colección El Gallo en la Torre que, en el caso del libro de Alberti, no llegó a realizarse. Sobre los detalles de la tirada, las que se conocen respecto al segundo título de la colección pueden ser orientativos.

El número 2 de la colección fue el dedicado a los Poemas de amor del poeta de Orihuela Miguel Hernández (1910-1942), seleccionados, prologados y anotados por el crítico y también poeta Leopoldo de Luis (1918-2005) y aparecidos en mayo de 1969. En este caso las dos puntas secas sobre papel hilo con filigraba que incorpora fueron obra del pintor y grabador canario Millares (Manuel Millares, 1926-1972), y al igual que el anterior se imprimieron en Casal i Vall, una empresa fundada en 1956 en San Julián de Loria y trasladada en 1961 a la capital de Andorra que actuó también como editorial y que tenía entre sus principales clientes a Caralt, Vergara y Nauta, además de Alfaguara.

Miguel Hernández (1910-1942).

De este volumen de 161 páginas, encuadernado en arpillera con lomo de pergamino, sabemos que, además de los mil ejemplares numerados para la colección Amans Amens, sobre papel alisado, se tiraron sesenta y cuatro para la colección El Gallo de la Torre los siguientes sobre papel fabricado exprofeso por Guarro:

-Un ejemplar único con los dibujos originales de las dos puntas secas, el cobre de la ilustración y una prueba de cada uno de los grabados en sanguina y otra tirada con las planchas inutilizadas (lo que impide su posterior reimpresión y, por tanto, que más adelante puedan ponerse en circulación más ejemplares que los originalmente impresos). Todas las pruebas de los grabados, en estos ejemplares y en los que se mencionan a continuación, iban acompañados de la firma del grabador.

-Diez ejemplares (numerados 1-10) con una prueba de los grabados en sanguina y otra con las planchas inutilizadas.

-Cuarenta y tres ejemplares (numerados 11 al 53).

-Diez ejemplares para cada uno de los colaboradores (marcados de la A a la I).

En una entrevista concedida a Jorge Burgos y publicada en Abc el 26 de febrero de 1970, el novelista y editor de Alfaguara Jorge Cela Trulock declaraba:

En la colección Amans Amens están ya en la calle Alberti y Hernández. Ahora [Manuel]Viola [José Viola Gamón, 1916-1987] está haciéndonos las puntas secas que ilustrarán el libro de Aleixandre. Como usted sabrá, estos libros pasan luego a la colección La Palma de la Mano, más asequible, que es donde ha salido lo de Otero.

Blas de Otero (1916-1979).

El libro de Blas de Otero al que se refiere Cela Trulock  es Expresión y reunión (1941-1969). A modo de antología (1969), que era el segundo volumen de la colección La Palma de la Mano, tras la publicación de la reedición corregida y aumentada de la Poesía social. Antología (1939-1968), preparada por Leopoldo de Luis y publicada en Alfaguara en 1965 y pronto convertida en obra de referencia en la materia. Sin embargo, bastante más interesante parece la mención del libro en proceso de Vicente Aleixandre (1898-1984), que no parece haber dejado otro rastro (o no he sabido encontrarlo). Parece claro que no llegó a culminarse la edición de este libro de poesía amorosa de Aleixandre ni en Amans Amens ni en ninguna otra colección de Alfaguara. No es fácil identificar esta obra, de la que podemos suponer que el título sería Poemas de amor o algo muy similar. Aun así, quizá pueda identificarse con el libro al que alude un rumor, ni muy fiable ni muy extendido, según el cual existe una edición de un único ejemplar de cierto libro de Aleixandre que se llevó a cabo para la Unesco. No me consta que exista tal ejemplar único ni he hallado más noticia sobre él.

Fuentes:

Antonio Burgos, “El Mundo de los Libros. Declaraciones del novelista-editor Jorge Cela Trulock”, Abc, 26 de febrero de 1970, p. 18.

Camilo José Cela, Correspondencia con el exilio, Barcelona, Destino, 2009.

Fernando Huarte Morton, «Camilo José Cela, bibliófilo y editor», Actas de la VIII Escuela de Verano del CREPA, Madrid, Comunidad de Madrid, 2006, pp. 45-56.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero & Ramos, 2008.