Patria y Ausencia, ¿un nombre gachupín para una colección del exilio republicano español?

En el punto en que se encuentran ya los estudios sobre el proyecto editorial frustrado que emprendieron Max Aub (1903-1972), como director de la colección, y «la edición cuidada por Joaquín Díez-Canedo [Manteca, 1917-1999], Francisco Giner de los Ríos [Morales, 1917-1995] y Julián Calvo [Blanco, 1919-1966]», estos tres últimos con diversos grados de implicación en la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica, es muy difícil hacer nuevas aportaciones. Federico Gerhardt y sobre todo Manuel Aznar Soler le han dedicado estudios que posiblemente han agotado todo lo que de esta iniciativa se pueda saber –salvo quizá las razones concretas de su fracaso–y han ofrecido interpretaciones, si bien –como todas– siempre revaluables, muy atinadas acerca de su significado y sentido.

Max Aub, Díez Canedo, Alí Chumacero, Agustin Yañez y Ricardo Martínez en las oficinas del Fondo de Cultura Económica.

Juan Ramón Jiménez.

A modo de somero resumen de lo que sabemos gracias a los trabajos de Gerhardt y Aznar Soler, la idea de crear una colección destinada a publicar la obra de los intelectuales que, como consecuencia del resultado de la guerra civil, habían tenido que abandonar España venía rondándole por la cabeza a Max Aub desde principios de la década de 1940, pero fue sólo al principio de la siguiente cuando esta pudo empezar a tomar cuerpo, coincidiendo además con el momento en que, descontento con la Editorial Losada, Juan Ramón Jiménez (1881-1958) ha roto y rescindido el contrato que le vinculaba esa editorial argentina y ha empezado a publicar más con empresas mexicanas, lo que abre la posibilidad de contar con su presencia en la colección. Aub empieza a mover los hilos con la larga serie de escritores que proyecta incluir como tarde a finales de 1952 (en noviembre ya escribía a Casona pidiéndole un texto para «una colección de escritores españoles en el exilio»), y es de suponer que también en aquellas fechas, probablemente de viva voz, tantearía a quienes pensaba que podrían ocuparse de la producción y distribución de los libros (el FCE). Así, se ha fechado en los primeros meses de 1953 un documento en que menciona ya el nombre de la colección, «Patria y Ausencia», un listado con catorce obras a las que se refiere con descripciones más o menos vagas –«un libro de memorias de José Gaos», «los poemas no incluidos en la obra escogida de Miguel Hernández ahora aparecida en Madrid», «una antología de prosa contemporánea de Guillermo de Torre», etc.– y una extensísima lista de autores que, es de suponer, todavía no habían mandado nada tangible, más allá de su conformidad o compromiso (León Felipe, Josep Carner, Esteban Salazar Chapela, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Salas Viu…).

Francisco Giner de los Ríos, Ricardo Martínez, Max Aub, José Luis Martínez y Joaquín Díez-Canedo.

Mucho más preciso es el texto no muy posterior en que se especifica no sólo la periodicidad y los primeros títulos, sino algunos de los autores que le seguirán, lo que pone de manifiesto que ya se habían empezado a echar cuentas y, probablemente, a buscar proveedores:

De cada volumen se hará una tirada, en buen papel, numerada y encuadernada, al precio de $ (50 pesos) exclusivamente para los suscriptores, a quienes corresponderá siempre el mismo número, y otra, también encuadernada y numerada, en el papel de la edición general, al precio de $ 25 (pesos).

Piénsase poder entregar un volumen mensual como mínimo. Los suscriptores pagarán sus ejemplares –que tendrán de 150 a 300 páginas– a la entrega de los mismos. Baste citar los primeros títulos para darse cuenta de la importancia del intento:

Guerra en España, de Juan Ramón Jiménez

Río natural, de Emilio Prados

Hechizo de la triste marquesa, de Corpus Barga

El escritor, de Francisco Ayala

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

A continuación se añadía una lista de autores más breve que la anterior pero en la que se repetían los nombres (León Felipe, Díez Canedo, Moreno Villa, Paulino Masip…). El caso es que el Fondo, al parecer, no mostró el interés que los promotores auguraban, y además se sucedieron los problemas con la preparación del original de Juan Ramón Jiménez, retrasos que Aznar Soler resigue paso a paso mediante el epistolario entre Aub y Ayala, y pese a que a mediados de 1953 se rehízo la programación (para arrancar con Corpus Barga, Ayala, Arturo Serrano Poncela y Quiroga Pla), finalmente el proyecto quedó en agua de borrajas, aunque durante un buen tiempo Aub se negó a darse por vencido.

Enrique Díez-Canedo.

Sin embargo, también cita Aznar Soler una carta de Francisco Ayala fechada el 15 de junio de 1953 en la que pone ciertos reparos al nombre elegido para la colección: «Te diré que no me hace demasiado feliz ese título, al parecer ya definitivo, dado a la colección, pues tiene un tufo gachupín algo desagradable. ¿Qué necesidad había de que significara algo muy concreto este título?». Y el propio Aub había expresado sus dudas en la búsqueda del nombre idóneo para la colección en carta a Guillermo de Torre de finales de 1952 (el 17 de noviembre): «todavía no doy con un título para la colección que me satisfaga, pero ya saldrá».

¿De dónde procedía ese cuanto menos problemático nombre para una colección destinada a reunir a los escritores del exilio republicano de 1939? La respuesta fácil, por proximidad, es que de uno de los poemas más importantes de Joaquín Díez-Canedo (1879-1944), «El desterrado», que consta en el volumen homónimo publicado en 1940 por la Imprenta de Miguel N. Lira como cuarta entrega de los Amigos Españoles de Fábula, y que empieza del siguiente modo:

Todo lo llevas contigo,
tú, que nada tienes.
Lo que no te han de quitar
los reveses
porque es tuyo y sólo tuyo,
porque es íntimo y perenne,
y es raíz, es tallo, es hoja,
flor y fruto, aroma y jugo,
todo a la vez, para siempre.
No es recuerdo que subsiste
ni anhelo que permanece;
no es imagen que perdura,
ni ficción, ni sombra. En este
sentir tuyo y sólo tuyo,
nada se pierde:
lo pasado y lo abolido,
se halla, vivo y presente,
se hace materia en tu cuerpo,
carne en tu carne se vuelve,
carne de la carne tuya,
ser del ser que eres,
uno y todos entre tantos
que fueron, y son, y vienen,
hecho de patria y de ausencia,
tiempo eterno y hora breve,
de nativa desnudez
y adquiridos bienes.

Max Aub con una de sus hijas.

El poema parece venirle como anillo al dedo a la colección ideada por Max Aub, pero se puede ir un paso más allá y preguntarse si acaso en el verso «hecho de patria y de ausencia», de algún modo u otro, Díez-Canedo, cuyo conocimiento de la literatura española era asombrosamente enciclopédico, no estaría evocando otro poema sobre el exilio, y concretamente sobre el regreso a la patria tras una prolongada ausencia, escrito por un muy olvidado escritor decimonónico que siempre permaneció en tercera o incluso cuarta fila: Francisco Martínez de Arizala.

La información acerca de este personaje en tanto que escritor parece escasa, más allá de la peculiar apreciación que de él dejó Julio Cejador (1864-1927) en el octavo volumen de su generosamente prolija Historia de la lengua y literatura castellana (Primer periodo de la época realista [1850-1869]): «Francisco Martínez de Arizala, poeta melancólico y tierno, aunque de solos bosquejos, sin acabar sus poesías, publicó Noches perdidas, poesías, Granada, 1850». Muy probablemente sea el mismo Francisco Martínez Arizala que, según la Escala General del Cuerpo Administrativo del Ejército de enero de 1857, desde 1845 era oficial de segunda, y, a  tenor de los poemas sobre África que aparecen en este volumen, también el mismo de quien se incluye una oda titulada «Nacimiento de María» en la Corona poética a la rendición de Tetuán (Madrid, Imprenta de la calle de Peralta, 1860).

Ciertamente, en la Imprenta y Librería de Manuel Sanz, sita en el número 3 de la calle de Montería de Granada, se acabó de imprimir el referido volumen Noches perdidas de Martínez Arizala, a quien describe el historiador y escritor Antonio Pirala (1824-1903) en el prólogo, fechado ese mismo año 1850, como «joven vate».

En este volumen, aparece un poema titulado «Patria y Ausencia» cuyo pie indica «Málaga, 17 de noviembre de 1847» y en el que puede leerse:

Por fin, Patria querida,

Vuelvo a pisar tu suelo bendecido…

La esperanza perdida

Vuelva a cobrar el corazón herido.

[…]

Al través de la mar embravecida,

Al través de las nubes agrupadas,

Con tu recuerdo el alma embebecida

Mis ávidas miradas

Buscaban a las costas españolas

Entre la espuma de las crespas olas.

 

Para rematar más adelante el texto del siguiente modo:

Que tú me inspiras

Patria bendecida

Que tú eres mi consuelo y mi esperanza

Que es para ti mi vida

Y cuanto el loco pensamiento alcanza.

Con estos exiguos datos en la mano, bien podría pensarse que Francisco Martínez Arizala es uno de los poetas incluidos por Aub en su Antología traducida, pero no es el caso.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler, «Biblioteca del Exilio», Renacimiento. Revista de Literatura, núm. 27-30 (2001), pp. 8-14.

–«Exilio republicano de 1939 y patrimonio literario: De “Patria y Exilio” (1952) a la “Biblioteca del exilio”», en José Ignacio Cruz y María José Millán, eds., La Numacia errante, el exilio republicano de 1939 y patrimonio cultural, València, Biblioteca Valenciana, 2002, pp. 233-262, recogido en Manuel Aznar Soler, Los laberintos del exilio. Diecisiete estudios sobre la obra literaria de Max Aub, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos 3), 2003, pp. 93-126.

–«La frustrada colección Patria y Ausencia a través del epistolario Max Aub-Juan Ramón Jiménez», El Correo de Euclides, núm. 12 (2017), pp. 13-24.

Federico Gerhardt, «Editar (en) el exilio: Dos colecciones en diálogo “Patria y Exilio” de Max Aub y El Puente de Guillermo de Torre», en Raquel Macciuci, dir., Diálogos Transatlánticos. Memoria del II Congreso Internacional de Literatura y Cultura Española Contemporáneas, La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 2003, vol. I., pp. 386-394.

 

La Avispa, una librería y editorial al servicio del arte dramático

Como en tantos otros casos de editoriales pequeñas y caracterizadas por procesos de producción más o menos artesanales, la editorial La Avispa nace en el seno de una librería, así que se hace indispensable empezar su historia por ahí. Abierta en septiembre de 1979, la primera ubicación de esta iniciativa fue un pequeño local de apenas 9 metros cuadrados en la calle madrileña Gravina, cerca del Teatro Infanta Isabel. Es probable que el nombre procediera de una publicación homónima que se publicó entre 1888 y 1891, un semanario satírico ilustrado con dibujos litografiados que se ha definido como combativo con «el flamenquismo y la chulapería» y entre cuyos colaboradores se contaban el dramaturgo y poeta Gonzalo Cantó (1859-1931), el humorista Juan Pérez Zúñiga (1860-1938), el dramaturgo Celso Lucio (1865-1915) y el periodista y poeta Manuel Paso (1860-1901), entre otros.

Al frente del proyecto de La Avispa estaban la dramaturga de origen cordobés Julia García Verdugo como directora cultural y su marido Joaquín Solanas como director comercial, y si bien inicialmente fue una librería general, no tardó en decantarse hacia las publicaciones relacionadas con el teatro. Apenas dos años después de su apertura, se trasladó a un espacio mucho mayor en el número 30 de la calle San Mateo, que les permitió organizar actos, encuentros y debates públicos, y que según lo recuerda Phyllis Zatlin:

Uno de los peores sitios en lo que a humo se refiere era también uno de mis lugares madrileños favoritos, un auténtico hogar lejos del hogar: la librería de teatro La Avispa […],  un lugar de encuentro para autores, actores y demás gente de la farándula, así como para críticos y especialistas. […] Su colección de libros, revistas y guiones no publicados era excepcional, y Julia y Joaquín daban la impresión de haberlos leído todos.

Entre los rasgos que caracterizan a la librería, y antecedente quizás de su paso a editorial, está la distribución de copias mecanuscritas o incluso fotocopiadas de obras de autores principiantes que se dejaban caer por La Avispa, así como la posibilidad que ofrecían de fotocopiar algunas obras de difícil acceso a las que algunos clientes no podían acceder debido a su precio.

Como evolución lógica del proyecto, la editorial La Avispa nace en 1982, con Julia García Verdugo como editora, Joaquín Solanas como director y la incorporación de Charo Llanas (al cargo de nuevas colecciones) y María Rosa García como administrativa. Además de publicaciones destinadas a la docencia y el estudio de la historia teatral, con una enorme diversidad de colecciones, destaca sobre todo en La Avispa la Colección Teatro, que cuenta con un número 0 a cargo del autor (Sois como niños, de Alberto Miralles), pero cuyo primer número es una de las obras de mayor y más prolongado éxito de esos años, La estanquera de Vallecas (1982), de José Luis Alonso de Santos. El diseño gráfico de la colección se debe al dramaturgo, director y escenógrafo Jesús Campos García, ganador en 1974 del Premio Lope de Vega con 7000 gallinas y un camello, que fue la primera obra que se publicó en La Avispa-Teatro en 1983 (como número 2 de la colección).

La colección, en cuanto a números publicados, empezó con muy buen ritmo, con seis títulos a lo largo del primer año completo y entre ellos títulos de Luis Riaza (1925-2017), José Ricardo Morales (1915-2016) y Concha Romero (n. 1945), pero la producción se ralentizó mucho al año siguiente, con sólo dos títulos: como octavo número, El jardín de nuestra infancia, de Alberto Miralles (1940-2004), que ese año fue galardonada con el Premio Rojas Zorrilla, y, como noveno, el drama histórico Yo, Martín Lutero, de Ricardo López Aranda (1934-1996), que pese a haber sido escrito en 1963, su estreno había sido prohibido por la censura tanto en 1967 como en 1968, y hasta ese mismo año no pudo ser objeto de una lectura escenificada (en la Casa de Cantabria de Madrid).

No obstante, la colección parece reanimarse en 1985, cuando los volúmenes publicados ascienden a ocho, iniciándose el año con la obra con la que Domingo Miras (n. 1934) obtuvo el Premio Tirso de Molina, Las alumbradas de Encarnación Benita, y seguida del volumen Tiempos muertos, de Jerónimo López Mozo (n. 1942), que reúne «cinco obras fuera de formato»: Viernes, 29 de julio de 1983, La maleta de X, La viruela de la humanidad, Sociedad Limitada, S.A. y El adiós sin ceremonia y las ceremonias del adiós. Pueden llamar la atención, entre los títulos publicados ese año, la versión de Andrés Amorós del Don Juan Tenorio, de José Zorrilla (1817-1893), y la que se tiene por la primera obra de tema judío escrita en español después de quinientos años, Los conversos, del hispanoargentino Solly Wolodarsky, de cuyo estreno en el Ateneo de Madrid se ocuparon activamente, como hicieron en otros casos, los mismos editores.

Sin embargo, pese al enorme despliegue de actividad, la colección avanzaba a trompicones, y en los años siguientes la producción fue más irregular y careció de éxitos del calibre de La estanquera de Vallecas, entre otros motivos posibles porque, además de las publicaciones periódicas sobre teatro por entonces aún activas que pubilcaban textos dramáticos (como Pipirijaina o Primer Acto), el panorama de la edición de teatro en España era todavía bastante dinámico –pese a la desaparición de colecciones emblemáticas como El Mirlo Blanco de Taurus o Voz Imagen de Aymá– y los dramaturgos disponían de varias opciones a la hora de intentar publicar sus textos.

Otro de los problemas a los que, del mismo modo que otras iniciativas parecidas, se enfrentaba La Avispa fue el de la distribución de un tipo de libros de ventas raramente espectaculares y circunscritas al lector interesado y/o fiel, y en este sentido se fiaba en buena medida a los pedidos directos a la librería, si bien contaba también como distribuidores con librerías como la Abrante en Vigo o la barcelonesa Millá. Eso explica también que desde la librería, activísimo punto de encuentro de los profesionales del teatro, se crearan y distribuyeran periódicamente catálogos con las obras disponibles, tanto nacionales como extranjeras y tanto nuevas como antiguas y descatalogadas.

Por otra parte, a principio de los años noventa empezaron a diversificarse las propias series de textos teatrales en La Avispa, con colecciones como El Ojo de la Avispa y La Avispa Universal, por ejemplo, y el proyecto empezó a finales de la década a dar síntomas de agotamiento, hasta el punto que a inicios de la siguiente, pese a publicar aún algunos títulos, tanto la editorial como la librería (que había sido sede tanto de la Asociacion de Directores de Escena como de la Asociación Española de Dramaturgas) se vieron abocadas a tirar la toalla y poco tiempo después de jubilarse sus promotores iniciales.

En el otoño de 2004 los impulsores de La Avispa fueron objeto de un muy merecido y oportuno homenaje con motivo de la inauguración de lo que era su heredera natural, Ñaque, que se instaló en la misma sede y se desdoblaba también en editorial, además de en revista, blog, etc., siempre con el teatro y la literatura dramática como tema principal.

Los impresionantes fondos de libros de y sobre teatro tanto antiguo como moderno de La Avispa se dispersaron entonces, si bien el grueso de los mismos fueron a parar a la biblioteca del Teatro Principal de Burgos (unos seis mil cuatrocientos volúmenes) y sobre todo a la Biblioteca Regional de Murcia (más de ocho mil volúmenes).

Anexo. Las primeros veintinún títulos de la colección.

0. Alberto Miralles, Sois como niños

  1. Alonso de Santos, La estanquera de Vallecas (1982)
  2. Jesús Campos García, 7000 gallinas y un camello (1983)
  3. Miguel Medina Vicario, Claves de vacío, El camerino (1983)
  4. Luis Riaza, Antígona… ¡Cerda! Mazurka. Epílogo (1983)
  5. José Ricardo Morales, Teatro en Libertad (La Imagen. Este jefe no le tiene miedo al gato. Nuestro norte es el Sur) (1983)
  6. Concha Romero, Un olor a ámbar (1983)
  7. Fernando Martín Iniesta, Quemados sin arder, No hemos perdido aún este crepúsculo (1983)
  8. Alberto Miralles, El jardín de nuestra infancia (1984)
  9. Ricardo López Aranda, Yo, Martín Lutero (1984)
  10. Domingo Miras, Las alumbradas de la Encarnación Benita (1985)
  11. Jerónimo López Mozo, Tiempos muertos (1985)
  12. José Zorrilla, Don Juan Tenorio (versión de Andrés Amorós) (1985)
  13. Solly Wolodarsky, Los conversos (1985)
  14. Sebastián Junyent, Hay que deshacer la casa (1985)
  15. Manuel Rodríguez Díaz, Convidados a vivir (1985)
  16. Francisco Benítez, Melodrama verídico de Burri de Carga. Farsa inmortal del anís Machaquito (1985)
  17. Jesús Ríosalido, Función de límites. Movimiento uniformemente acelerado. Órbitas (1985)
  18. José María Bastús Márquez, El banquero y el teatro (1986)
  19. Francisco Benítez, Joaquín Muñoz en casa de las máscaras (1986)
  20. Sebastián Junyent, Señora de (1986)

 

Fuentes:

Julia García Verdugo, «El tearto en España a través de sus colecciones teatrales», Estreno, vol. XIX, núm. 2 (Otoño de 1993), pp. 2-3.

Manuel Gómez García, Diccionario Akal de Teatro, Madrid, Akal, 1998.

Adelardo Méndez, «La Avispa. El ecosistema mágico de una librería de artes escénicas» (vídeo), Retrologando, 20 de enero de 2020.

Mariano de Paco, «Las ediciones teatrales desde 1939», Las Puertas del Drama, núm. 41 (2017).

Mariano de Paco, «El teatro español en los años de la transición», Las Puertas del Drama, núm 51 (2018).

Phyllis Zatlin, Escritores en el recuerdo. Memorias de amistades en España y Francia, traducción de José Sánchez Compañy, Sitges, Editores del Desastre, 2018.

El Hipocampo de Plaza & Janés

Entre 1959 y 1968, la editorial barcelonesa Plaza & Janés mantuvo activa una curiosa colección en la que casi todo resultaba bastante singular y que, pese a publicar en ella a escritores estadounidenses tan insignes como Nabokov, Salinger, Saroyan o Tennesee Williams, hoy parece bastante olvidada: El Hipocampo. Fue sin duda una de las primeras en crearse tras la fusión del fondo de Janés Editor con la editorial de quien fuera su buen amigo Germán Plaza (1903-1977).

La colección se estrenó el mismo año de la muerte de Josep Janés (1913-1959) con uno de los autores más característicos de su sello, el entonces aún celebérrimo Lajos Zilahy (1891-1974), de quien se recuperó la novela En el profundo bosque. Janés la había incorporado a su propio catálogo por primera vez como apertura del tercer volumen de novelas de este autor en la colección de Clásicos del Siglo XX, en traducción de Oliver Brachfeld (1908-1967), si bien en los créditos de la edición de El Hipocampo aparece como traducida por J. Romero de Tejada (desconozco si se trata de una nueva traducción, pero lo dudo).

La acompañaba en el lanzamiento de la colección el novelista e ingeniero aeronáutico Nevil Shute (1899-1960) con la novela Pastoral, una historia romántica en la que el escenario es una base aérea y que publicó originalmente Heinemann durante la segunda guerra mundial (en 1944) y que aparecía entonces por primera vez en España. Y muy poco después aparecía Carne mortal (febrero de 1961), de John Lodwick (1916-1959), el escritor inglés de aventuras bélicas que murió en el mismo accidente automovilístico que Josep Janés.

El grueso de la colección se concentró en los primeros años de la década de 1960, y junto a los grandes nombres de la literatura en lengua inglesa ya mencionados se publicó también a autores muy prestigiosos y de grandes ventas en esos años que en muchos casos procedían de los catálogos de Janés: los franceses Maxene van der Meersch (1907-1951) –La máscara de carne (1960) y La huella de dios (1961)–, una buena tanda de obras de Colette (Sionie Gabrielle Colette,1873-1854) –Gigi (y otros relatos) (1962), La ingenua libertina (1963) , La gata (1963), Dúo (1963), La casa de Claudine (1964), Claudine en la escuela (1964), La vagabunda (1965), Claudine se va (1965) y El retiro sentimental (1966)–, Françoise Sagan (1935-2004) –Las maravillosas nubes (1961), La capitulación (1966) y El guardián del corazón (1969)–, así como, más ocasionalmente, escritores italianos (de Italo Svevo con Senilidad a Mario Cartasegna con Un río por frontera, ambos en 1965, o Lisa Morpurgo con La señora está de viaje, en 1968), alemanes (Irmard Keurn con La muchacha de seda artificial, en 1965) o incluso alguna autora serbia (Grozdana Olujić con Una excursión por el cielo, en 1964) y el por entomces famosísimo escritor finlandés Mika Waltari (con Vacaciones en Carnac y Una muchacha llamada Osmi, en 1960), de quien seguía esperándose otro éxito comercial ligeramente parecido al de Sinuhé el egipcio.

Abundan entre las obras publicadas en El Hipocampo las pertenecientes o emparentadas de cerca o de lejos con la novela negra y de espionaje, como es el caso de La evasión (1961), del novelista y guionista cinematográfico corso José Giovanni (Joseph Damiani, 1923-2004) o El gran negocio de Girija (1960), del narrador y asimismo guionista británico Eric Ambler (1909-1998). De hecho, como en general en los catálogos de Plaza & Janés de aquellos años, es muy frecuente advertir también vínculos entre las obras publicadas en El Hipocampo y el mundo de la gran pantalla, así como una buena cantidad de guionistas o autores adaptados. En 1960, por ejemplo, se publicó Siete ladrones, de Max Catto (1907-1992), que ese mismo año se había estrenado en versión cinematográfica dirigida por Henry Hathaway (con Edward G. Robinson y Joan Collins como protagonistas), y al año siguiente se le publicó al mismo autor Tres muchachas de París; sin embargo, Catto debía su mayor fama a Trapecio (The killing Frost), novela de la que Carol Reed había dirigido una película protagonizada por Burt Lancaster, Tony Curtis, Gina Lollobrigida y Katy Jurado, y sus novelas dieron a pie a muchas otras versiones cinematográficas (El diablo a las cuatro, con Spencer Tracy y Frank Sinatra; El aventurero de Kenya, con Robert Mitchum y Carrol Baker; La guerra de Murphy, con Peter O´Toole y Philippe Noiret…).

Estos vínculos o versiones cinematográficas eran a menudo empleados en los paratextos y en el material promocional como reclamo publicitario, y obviamente solía usarse como título del libro el que tuviera la versión cinematográfica española aun a riesgo de ser infiel al de la novela original, pero en cambio en las cubiertas no se incorporaban imágenes originales de las películas sino que, a veces inspirándose en ellas, las ilustraciones se encargaban a uno de los colaboradores habituales de Janés, Joan Palet (1911-1996).

Sin embargo, otro reflejo de esos vínculos con el cine es la mayoritaria presencia en la colección de géneros narrativos que en aquel entonces gozaban de éxito en los cines, como es el caso de las novelas de aventuras. Valga como ejemplo ya del mismo 1960 la novela de aventuras bélicas Sendero de furia (The Mountain Road), del periodista e historiador Theodore H. White (1915-1986). A partir de ella, el escritor inglés Alfred Hayes (1911-1985), conocido sobre todo por el poema «Joe Hill» por haberlo musicado tanto Pete Seeger como Joan Baez y Bruce Springsteen, desarrolló un guión que Daniel Mann convirtió en una película que protagonizó James Stewart.

Caso un poco diferente es el de la novela del escritor francés Henry Castillou (1921-1994) La fiebre llega a El Pao (1960), de la que el año anterior se había estrenado la versión cinematográfica dirigida por Luis Buñuel y protagonizada por Gérard Philipe y María Félix, pues se halla más bien a medio camino entre el drama y la sátira (sin perder el peculiar toque buñuelesco).

En cualquier caso, en este contexto de novelas picantes, policíacas, de misterio o de aventuras hay unos cuantos títulos que resultan particularmente llamativos. Ya también en 1960 aparece Es cosa de reírse, de William Saroyan (1908-1981), en traducción de Antonio Ribera, y unos años más tarde se le publica al mismo autor (uno de los más apreciados y publicados por Janés en sus últimos años de vida) Un día en el atardecer del mundo (1967).

Al año siguiente aparece en El Hipocampo la traducción de Antonio Samons de Risa en la oscuridad, de Vladimir Nabokov (1899-1977), que fue la que se leyó durante muchos años (se publicó también en la muy popular colección Reno, también de Plaza & Janés) hasta que ya al filo del siglo XXI Anagrama publicó la llevada a cabo por Javier Calzada.

En 1962 se publica el volumen de relatos de J.D. Salinger (1919-2010) Franny y Zoey, en la traducción de Jesús Pardo (1927-2020). Sin embargo, en la siguiente edición de este título, en la colección Libro Amigo de Bruguera (1979), se encargó una nueva traducción a Pilar Giralt Gorina y, en 1987, al incluirse en El Libro de Bolsillo de Alianza, una tercera a Maribel de Juan. La presencia de Salinger es llamativa sobre todo por su conocido desdén hacia el cine (más allá de que en 1949 Mark Robson dirigiera una adaptación del cuento de Salinger «El tío Wiggly en Connecticut»; o tal vez precisamente por eso), pero también es notable que, en contra de las exigencias contractuales luego proverbiales del siempre excéntrico Salinger, esas ediciones aún presenten ilustraciones de cubierta, pero en cambio, probablemente atendiendo a las exigencias del autor, el título de la obra ya aparezca en ellas en cuerpo mayor que el del autor, como solía exigir por contrato).

De 1964 es la publicación en El Hipocampo de la única novela del dramaturgo estadounidense Tennessee Williams, La primavera romana de la señora Stone, en traducción de Martín Ezcurdia, de la que en 1961 se había estrenado la versión cinematográfica, dirigida por José Quintero y protagonizada por Vivien Leigh y un por entonces veinteañero Warren Beatty.

Quizá atender al nombre de la colección proporcione algunas claves para interpretar correctamente el propósito y la naturaleza de esta colección (en apariencia desigual y heterogénea), porque durante mucho tiempo se consideró que, en tanto que componente del sistema límbico, el hipocampo tenía un papel principal en la generación de emociones, si bien también se le atribuyeron funciones importantes en la detección de estímulos novedosos. Por si fuera poco, a raíz de un estudio sobre el hipocampo liderado por el ingeniero biomédico Lam Woo (del Departamento de Ingeniería Eléctrica y Electrónica de la Universidad de Hong Kong), se empezó a describirlo como «el corazón del cerebro». Tal vez el nombre elegido para la colección fue un rotundo acierto.

El impresor Artís i Balaguer en México

A Patricia Pizarroso, agradecido.

Hacía ya unos meses que había acabado la guerra civil española cuando, el 12 de junio de 1939, partía del puerto francés de Paulliac el vapor Ipanema, con destino a México, con unos mil republicanos españoles a bordo, y entre ellos, según consta en la lista de pasajeros, el impresor y editor Avel·lí Artis i Balaguer, de 57 años entonces, acompañado de sus hijos.

Avel·lí Artís i Balaguer.

Con una amplia experiencia entonces como impresor, fundador y promotor de revistas ilustradas, y como director de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, el ya veterano impresor no tardó mucho en retomar su labor. Radicado inicialmente en Saltillo (en el estado de Cohauila de Zaragoza), donde a su hijo Avel·lí Artís i Gener (1912-2000), ya conocido como Tísner, se le reclamó para dirigir un periódico institucional y a él se le encargó su impresión, así describe Óscar Fernández Pozas su primera residencia en México:

La familia Artís se instalará en una escuela de la calle de Xicoténcatl, 221. El edificio, que estaba destinado para el diario, era una casa deshabitada de tres pisos, que se encontraba al lado del edificio del Gobierno. La rotativa se encontraba en el sótano; en la planta baja encontraban los linotipos, las cajas y las platinas; en el primer y en el segundo piso se encontraban la redacción y la centralita, y en el tercer piso el departamento de dibujo y el archivo. Avel·lí Artís i Balaguer, según su hijo, no debió hacer mucho en aquel primer trabajo mexicano.

No tardó la familia Artís en irse trasladando al distrito federal, donde se encontraba el núcleo de exiliados republicanos catalanes, y en marzo de 1940 ya se encontraban todos allí. En la capital, Avel·lí Artis i Balaguer entra inicialmente como cajista al servicio de una imprenta fundada por la escritora y pionera periodista feminista Emilia Enríquez de Rivera (1881-1963), que hacía ya muchos años que había fundado y dirigía la longeva revista El Hogar (1913-1942). Debió de hacerse evidente enseguida que ese trabajo le venía pequeño a Artís, así que Enríquez de Rivera le propuso montar juntos un taller, A. Artís, Impresor, donde el impresor catalán creó un equipo formado sobre todo con exiliados catalanes. Teresa Férriz identificó entre ellos a los cajistas Miquel Fustagueres, Bartomeu Rosique y Lois el linotipista Joan Margelí, el minervista Joan Falcó, el prensista Marià Martínez Cuenca, los correctores de pruebas Pere Matalonga y más tarde Vicenç Riera Llorca, las encuadernadoras Elvira Tella y Lucrècia Ivan, el administrativo Lluís Branzuela y el jefe de taller Marian Roca y posteriormente José Castillo, muchos de los cuales le acompañaron en sus diversas iniciativas posteriores.

De la pronta incorporación de Artís i Balaguer a la vida asociativa de la colonia catalana en México es indicativo que se pusiera al frente y revitalizara notablemente la Agrupació Catalan d’Art Dramàtic del Orfeó Català de Mèxic –que en 1942 repuso su Hom les prefereix rosses y en 1945 su célebre Seny i amor, amo i senyor– , o que en mayo de 1942 sea uno de los miembros del jurado de los Jocs Florals celebrados en esa edición en México. También en esos mismos años iniciales de su exilio mexicano se ocupa de El Poble Català, publicación periódica portavoz de la Comunitat Catalana de Mèxic, pero sin duda es más importante, al desvincularse de Enriquez de Rivera, la creación en 1943 de la Compañía Impresora y Distribuidora de Ediciones (CIDE), en cuyo seno nacería la Col·lecció Catalònia. Según parece, la colección surge a raíz del ofrecimiento de la familia Pi i Sunyer del manuscrito de La novel·la del besavi para su publicación en México, y cuya composición Artís encargó a otro célebre editor catalán exiliado en ese país, Joan Sales (1912-1983), que por entonces trabajaba en Ediciones Minerva.

Lluís Agustí lo ha explicado del siguiente modo:

En un principio las obras las imprimía Artís i Balaguer en los Talleres de las Edicions Minerva y esta colección aparece en algunas ocasiones como de Ediciones Minerva. Acabará siendo una editorial, primero como Col·lecció Catalònia y más adelante, a partir del número 12, Solitud, de Víctor Català (1946), como Edicions Catalònia.

Rafael Tasis.

De ese mismo año 1946, cuando pasa a convertirse en Edicions Catalònia, Fernández Poza menciona una carta en la que Artís explica a Antoni Rovira i Virgili su intención de poner en pie dos proyectos editoriales para esta reformulación, una serie destinada al libro político (Col·lecció Almirall) y una Col·lecció Verdaguer dedicada a la poesía que piensa estrenar con la antología La collita tardana, que prepara Rafael Tasis (1906-1966).

Pero hay constancia de muchos otros títulos que quedaron sin publicarse, como es el caso del libro de memorias del poeta y ensayista Josep Pijoan (1879-1963), Retalls de vida, del que se habían adelantado fragmentos en la revista Quaderns de l’Exili, pero nunca llegó a publicarse en volumen. También parece que fue el caso de L’obscur deixeble, de Xavier Benguerel (1905-1990), acaso la novela con que el autor había quedado finalista del Premi Crexells en 1937 con el título L’Evangelista, que Benguerel quemó durante su exilio en Chile. También quedaron en proyecto la edición de dos títulos de escritores de Arenys de Mar: un no identificado L’erm ampulós, de Lluís Feran de Pol (1911-1996), y un Antoni Puigblanch. Figura de la Prerenaixensa, un talent sense profit, del historiador Josep Maria Miquel i Vergés, también inédito.

Paralelamente a esta iniciativa puramente cultural y de promoción de la lengua y la cultura catalana –y, de hecho, como principales fuentes para financiarla–, Artís crea la librería CIDE (en Insurgentes, 70) y sobre todo interviene entre 1943 y 1947 en las Ediciones Fronda.

De la mayor trascendencia es también la creación de La Nostra Revista, una de las mejores revistas culturales del exilio catalán en México, en la que su fiel compañero Vicenç Riera Llorca (1903-1991) actuó como secretario de redacción y entre cuyos principales colaboradores se encontraban tanto escritores en el exilio, como Mercè Rodoreda (1908-1983), Ramon Vinyes (1898-1952), Ferran Canyameres (1898-1964) o Josep Ferrater Mora (1912-1991), como en el interior, caso de Joan Fuster (1922-1992) o Miquel Ferrer Sanxis (1899-1990), además de disponer de corresponsalías en Estados Unidos (Jaume Miravitlles), Inglaterra (Fermí Vergés) y Francia (Rafael Tasis). Contó además con una auténtica pléyade de ilustradores, entre los que se encontraban Francesc Domingo (1893-1974), Carles Fontserè (1916-2007), Emili Grau Sala (1911-1975) o Tísner, y su vida se extendió entre enero de 1946 y noviembre de 1954. Entre enero de 1948 y diciembre de 1949 se publicaron en ella entregas de las Memòries d’un català. Ciinquanta anys de vida a Mèxic, de uno de los fundadores del Orfeó, Enric Botey i Puis (1877-1954), que nunca han llegado a reunirse en volumen, así como, entre 1949 y 1950, fragmentos de un Diari de Bonampak, en el que Josep Puig Gurí naraba los descubrimientos de pinturas mayas que llevó a cabo en Chiapas. Poco después del cierre de La Nostra Revista, a partir de enero de 1955, Tísner dio continuidad al proyecto con La Nova Revista (1955-1958).

Recién iniciada sin embargo esa revista, Artís i Balaguer se pone al frente también del Butlletí de la Unió de Periodistes de Catalunya, que aglutinaba a los profesionales catalanes que ejercían en México, y en abril de 1950 llevaba a cabo otra importante iniciativa, al instituir un Premi Catalònia, cuya obra ganadora debía publicarse en las Edicions Catalònia, como fue el caso de en 1953 de Tres, de Rafael Tasis, que sin embargo no se publicó hasta 1963, en México, gracias a la intervención del otro gran editor catalán exiliado, Bartomeu Costa-Amic (1911-2002).

Para entonces, tras haber estado generando, promoviendo, alentando y dirigiendo las más diversas iniciativas destinadas a dar continuidad a la edición y la cultura en lengua catalana, Artís i Balaguer había sido ya enterrado en México, con el siguiente epitafio:

«Avel·lí Artís i Balaguer, escriptor

i mestre impressor, enamorat de Catalunya,

Vilafranca del Penedès, 1881- Ciutat de Mèxic, 1954.»

 

Títulos de la Col·lecció Catalònia y Ediciones Catalònia:

1 August Pi i Sunyer, La novel·la del besavi, 1944 (segunda ed., 1946).

2 Avel·lí Artís i Balaguer, Adrià Gual i la seva época, prólogo de Joan Roura-Parella, 1944.

3 Joan Moles, Mossèn Cinto, 1944.

4 Jaume Ayguader, Miquel Servet, 1945.

5 Avel·lí Artís-Gener, 556. Brigada Miixta, 1945.

6 Lluís Nicolau d’Olwer, El pont de la mar blava, 1945.

7 Jacint Verdaguer, L’Atlàntida, 1945.

8 Vicenç Riera Llorca, Tots tres surten per l’Ozama, 1946.

9 Jaume Roig, El darrer dels Tubaus, 1946.

10 Ferran Soldevila y Pere Bosch Gimpera, Història de Catalunya, 1946.

11 Ramon Vinyes, A la boca dels núvols, 1946

12 Victor Català, Solitud, 1946

13 Domènec Guansé, Retrats literaris, 1947.

14 Antoni Rovira i Virgili, La collita tardana, 1947.

15 Antoni Roira i Virgili, Teatre de la natura, 1947.

16 Francesc Trabal, Temperatura, 1947.

17 Josep Pous i Pagès, De la pau i del combat, 1948.

18 Victor Alba, Els supervivents, 1950.

19 Artur Bladé Desumvila, Benissanet, 1953.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Óscar Fernández Poza, Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954), comediógrafo e impresor-editor. Entre la plenitud del cambio de siglos y el exilio, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2016.

Miquel Martí Soler, L’Orfeó Català de Mèxic (1906´-1986), Barcelona, Curial, 1989.

Avel·lí Artís i Balaguer y su colección literaria popular

En su completísima tesis sobre Avel·lí Artís i Balaguer, Óscar Fernández Pozas reproduce un pasaje de De l’exili a Mèxic, de Artur Bladé i Desumvila  (1907-1995), que pone de manifiesto hasta qué punto era un impresor y editor escrupuloso el fundador de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, referido además a lo que sin duda era un problema morrocotudo (en particular en México), que podría traducirse del siguiente modo:

 En cierta ocasión tuvo que imprimir un libro en una imprenta mediocre, la mejor que pudo encontrar, que ya tenía todas las especialidades, salvo una, la l·l. Este dígrafo, o mejor la ausencia de este dígrafo, fue motivo de constantes tropiezos, de la primera a la última página. Y eso que él mismo le había explicado previamente al linotipista la manera de hacerlo como es debido. Sólo era cuestión de tener cuidado al escribir primero la l, luego el punto sobrealzado, y a continuación la otra l. Aun así, el dígrafo salía siempre en mala postura, en ocasiones caída (l.l), en otras con un apóstrofo impertinente (l’l), e incluso en otros casos como l-l. […] Fue combate ceñudo y duro, que duró meses, entre la dejadez, combinada con mala fe, y la tenacidad perseverante. Avel·lí Artís nunca permitió una ele geminada incorrecta.

Avel·lí Artís i Balaguer.

De la escrupulosidad de Artís i Balaguer en estos menesteres abundan los testimonios, y Rafael Tasis, por ejemplo, menciona «el amor profundo» que siempre tuvo por «el oficio en el que había empezado la lucha por la vida, y se explayaba en las maquetas y la composición y compaginación de los libros y las revistas que editaba o confeccionaba», así como que «no solo era uno de los cajistas con más arte de Barcelona, sino también un corrector exigente».

Cuando en 1929 empezaron a publicarse los primeros volúmenes de La Col·lecció Les Ales Esteses, tenía ya una experiencia amplia y diversa, con revistas como El Teatre Català, La Mainada o Un enemic del poble, así como los volúmenes de la Biblioteca de La Mainada, y seguramente ello le sirvió en el diseño, tanto editorial como gráfico, e incluso en sus modalidades de distribución, de este nuevo proyecto. Vistos en perspectiva los veinte títulos que llegaron a publicarse (véase Anexo), es evidente la ambición de lograr mostrar una panorámica de la literatura catalana desde el siglo xx hasta el momento “actual”, salpicados además de algunos nombres notables de la literatura universal, Alfred de Musset (1810-1857), Jean Jacques Bernard (1888-1972) y Adelbert von Chamisso (1781-1838), concediendo además espacio a los géneros más diversos, desde la poesía, el cuento y el teatro, hasta el ensayo.

La intención era publicar cada quince días un volumen de menos de cien páginas a un precio que estuviera por debajo de la peseta (en general, alrededor de ochenta céntimos), lo que condiciona la forma de los volúmenes, y ofrecer a los lectores habituales la posibilidad de recibir a domicilio cada uno de los volúmenes, de modo que les salían incluso notablemente más baratos (la suscripción anual era de veinte pesetas). Como es fácil suponer, y queda constancia en el epistolario reproducido por Maria-Mercè Miró i Vilà, los autores no recibían ningún pago por la publicación de su obra, más allá del número de ejemplares que desearan.

X. Benguerel.

A ello se añade la voluntad de incorporar al catálogo a los jóvenes escritores que estaban empezando a pugnar por establecerse en el ámbito de la novela en catalán, y a ello responde el generoso premio Les Ales Esteses (mil pesetas para el ganador) que instituyó ya en el año de su nacimiento, y que tuvo el acierto además de galardonar en su primera edición al debutante Xavier Benguerel (1905-1990) por sus Pàgines d’un adolescent. Además también al finalista, el muy enigmático Joan Crespí i Martí, se le publicó, póstumamente, la irónica novela de aventuras La ciutat de la por, que periódicamente ha sido recuperada (en 1987 por Pòrtic y en 2016 por Males Herbes) y ha ganado siempre su pequeño círculo de adeptos. No podrá negarse, pues, la productividad de las apuestas de Les Ales Esteses por los nuevos autores.
Encuadernados, lógicamente, en rústica, se trataba de unos volúmenes muy cercanos ya al concepto del libro de bolsillo, con un formato de 10,5 x 14 cm, que raramente se acerca siquiera al centenar de páginas. Un caso particular, en este aspecto, es el de Julita, culmen de la novela romántica catalana, pues la idea inicial de Artís i Balaguer era publicar del mismo autor La reyneta del Cadí, debido precisamente a su menor extensión, pero Martí Genís i Aguilar lo convence para que cambie su elección inicial, y aprueba sin mayor discusión la labor de adaptación a las normas ortográficas fabrianas del texto que lleva a cabo el editor. Y no solo eso, sino que, para evitarse problemas, Artís suprime, con la aprobación del escritor, lo que define como un «canto a sentimientos que no alberga el corazón de nuestro pueblo [que] podía perjudicarnos a todos» y que se refiere a un episodio de la guerra en el norte de África que Artís interpreta como de cierto tono militarista. El dedicado a Genís i Aguilar fue el único volumen que alcanzó las doscientas páginas, y también fue bastante superior al habitual su precio, 1,50 pesetas.

Un volumen un poco desconcertante, no numerado (al parecer de 1929), es Cançons valencianes, de Miquel Duran de València, cuyas 70 páginas se pusieron a la venta encuadernada en cartoné a 1,50 pesetas pero fuera de la colección por motivos no muy fáciles de dilucidar. Es posible que fuera anterior a la concepción de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, porque de otro modo no se explicaría fácilmente esta singularidad.

J. Janés i Olivé.

La concepción general de esta colección hará pensar fácilmente a los conocedores de la obra editorial de Josep Janés (1913-1959) en la colección no nata que en marzo de 1934 anunció en el Diario Mercantil como La Setmana Literària –y que más tarde se conseguiría materializar como Quaderns Literaris–, tanto por la concepción general ecléctica en la selección de títulos como por la vocación de acercar la literatura a las clases populares. En este sentido es inevitable evocar un pasaje de la obra de Jacqueline Hurtley Josep Janés. El combat per la cultura, que traducido vendría a ser algo así como:

[Janés] había conocido [a Avel·lí Artís Gener] a través de su padre [Avel·lí Artís i Balaguer], propietario de la librería Renaixença. Avel·lí Arrtís i Balaguer llevaba la librería y papeleria, y a la vez dirigía la biblioteca literaria Col·lecció Popular de les Ales Esteses, de periodicidad quincenal. Aproximadamente en el año 1929, Artís i Balaguer le hablaba a su hijo de «un cliente insólito con pinta de curita», que compraba muchos libros y solía pagar en sellos.

Más notable es la insistencia de Janés en la conveniencia de reeditar en Les Ales Esteses la compilación de cuentos de Agustí Esclasans (1865-1967) Històries de la carn i de la sang, que apareció como número 11 y que tiene también una historia editorial singular. La primera selección de los treinta cuentos que componían originalmente este título la recibió la editorial de Sabadell La Mirada ya en 1928, pero su director, Francesc Trabal (1899-1957) aceptó publicarlo sólo si se reducían a veinte, y se publicaron con la siguiente justificación de tirada (que traduzco):

4 ejemplares en papel Japón Imperial marcados a, b, c y d, no venales; 4 ejemplares en papel Holanda numerados I, II, III,y IV, no venales; 48 ejemplares en papel de hilo Guarro, 18 de los cuales marcados de 1 a 18, firmados por el autor y con el nombre de los bibliófilos de La Mirada a los cuales han sido especialmente dedicados, y los 30 restantes, numerados de 19 a 48, puestos a la venta; y 444 en papel especial L.M., sin numerar.

Al año siguiente Històries de la carn i de la sang se incluía en la Col·lecció Popular de Les Ales Esteses, una edición destinada a un público más amplio, y Janés no solo la incluyó, durante la guerra civil española, como 152 en sus Quaderns Literaris (que habían adoptado el nombre Biblioteca de la Rosa dels Vents), sino que además proyectó una frustrada edición en gran lujo que Xavier Nogués (1873-1940) se había comprometido a ilustrar y ya en la posguerra publicó su traducción al español en la editorial Lauro en 1946 (que luego se reimprimió en 1960 en la colección Novelas y Cuentos de Revista Literaria). Por si no bastaba con ello, Janés recopiló los cuentos que Esclasans había descartado para la edición de La Mirada y los publicó con el título Miquel Àngel y altres proses, que Emili Grau Sala (1911-1975) embelleció con frontispicios a pluma a dos tintas. Ya más recientemente, en 2019, la editorial Males Herbes publicó las Històries de la carn i de la sang, con una imagen que homenajea la de Les Ales Esteses.

Logo de Les Ales Esteses.

Anexo. Obras publicadas en la Col·lecció Popular de Les Ales Esteses

1 Victor Català, Marines.

2 Alexandre Plana, A l’ombra de Santa Maria del Mar.

3 Apel·les Mestres, Tots els contes. Primera serie.                

4 Josep Mª de Sagarra, Cançons de rem i de vela.

5 Alfred de Musset, «Mimí Pinson», seguit de «Frederic i Bernadeta» i «El fill de Tizià», traducción de Melcior Font.

6 Prudenci Bertrana, Josafat.

7 Martí Genís i Aguilar, Julita.

8 Jean Jacques Bernard, El foc que es revifa malament, traducción de Josep Pous i Pagès.

9 Carles Soldevila, Una nit a Bonrepòs.

10 Josep Mª de Segarra, La filla del Carmesí.

11 Agustí Esclasans, Històries de la carn i de la sang.

12 Apel·les Mestres, Tots els contes. Segona serie. Nits de Llegenda.

13 Josep Lleonart, Rondant de nit.

14 Narcís Oller, La bogeria.

15 Josep Berga i Boix, L’estudiant de La Garrotxa.

16 Joan Crespí i Martí, La ciutat de la por.

17 Adelbert de Chamisso, La meravellosa historia de Pere Schèmil, traducción de Gustau Llobet.

18 Josep Sebastià-Pons, Amor de pardal. El singlar.

19 Xavier Benguerel, Pàgines d’un adolescent.

20 Enric Prat de la Riba, La nacionalitat catalana.

Fuentes:

Sílvia Caballeria i Ferrer, «La Col.lecció Popular Les Ales Esteses (1929-1931) d’Avel.lí Artís i Balaguer», Revista de Catalunya, núm. 165 (2001), pp. 79- 90.

Jordi Chumillas i Coromina, «Semblanza de Col·lecció popular Les Ales Esteses (1929-1930)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Agustí Esclasans, La meva vida (1920-1945), Barcelona, Selecta (Biblioteca Selecta 222), 1957.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Maria Mercè Miró i Vilà, «Julita i l’edició de Les Ales Esteses (Correspondència Marí Genís i Aguilar-Avel·lí Artís i Balaguer)», Ausa, vol. XV, num. 132-133 (1994), pp. 27-40.

 

De la librería Villalar a la colección Hoy es Siempre Todavía

«Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.»

Antonio Machado

El ambiente teatral español inmediatamente posterior a la muerte del dictador experimentó una notable ebullición que parecía anticipar una etapa esplendor y de extensión de una dramaturgia más innovadora a las clases populares y en la que, en cualquier caso, desempeñaron un papel importante una miríada de colecciones editoriales dedicadas al teatro, algunas de las cuales de vida efímera.

Antonio Machado y la periodista Rosario del Olmo (a menudo eliminada de la foto).

En Valladolid se había abierto aún en dictadura, en 1972, una librería cuyo nombre era algo más que un guiño, en particular en una época en que los lectores avisados –sin duda por efecto de la censura–estaban muy habituados a leer entre líneas y a interpretar más allá de la literalidad: Librería Villalar. Como es bien sabido, en la batalla de Villalar, en el contexto de la Guerra de las Comunidades de Castilla, los comuneros se enfrentaron el 23 de abril de 1521 a las tropas afectas al rey Carlos I, y como consecuencia de la derrota el día siguiente fueron brutalmente decapitados los principales líderes revolucionarios, Juan de Padilla (1490-1521), Juan Bravo (1483-1521) y el capitán Francisco Maldonado (1480-1521). Por si el solo nombre no bastara, el mismo año en que se abrió la librería se presentó en ella el volumen Los Comuneros, del poeta Luis López Álvarez (n. 1930), que ese mismo año acababa de publicar Edicusa (la editorial de Cuadernos Para el Diálogo). Pocos años más tarde, y gracias sobre todo a la adaptación musical que el grupo de folk Nueve Mester de Juglaría hizo del poema «Canto de Esperanza», estos versos de López Álvarez se convirtieron en poco menos que el himno nacional castellano-leonés.

La cuestión del nombre, que también adoptó la empresa surgida de la librería, no pasó desapercibida al filósofo comunista Manuel Sacristán (1925-1985), quien en respuesta a una carta en la que la editorial le solicita un prólogo, escribe en septiembre de 1978:

Me interesa mucho su programa de publicaciones, y hasta el nombre de su editorial (en esta época de nacionalismo frenético los castellanos de la diáspora estamos un poco incómodos). Le ruego que, si tiene tiempo para ello, me mande información de lo que editan.

La librería Villalar venía entonces a sumarse más o menos explícitamente a una serie de librerías opositoras al régimen franquista de su entorno, como era el caso de Granado en Burgos, la Antonio Machado en Segovia o la soriana Librería SAS, que ampliaban sus actividades, a menudo contrarias a los intereses de las autoridades, mucho más allá de los habituales del comercio librero.

La iniciativa de crear esta librería había surgido de del grupo que formaron Isabel Gijón (de la Asociación Democrática de Amas de Casa), Carmen Delgado y Ana Carbajo (ambas de Izquierda Democrática), que se toparon inicialmente con la oposición del Arzobispado, pero que finalmente lograron encontrar un local adecuado en la plaza de la Universidad, de unas dimensiones suficientes como para, además de distribuir libros publicados en el extranjero (como era su intención principal), poder organizar encuentros y actividades con sus lectores ideológicamente más afines.

Cinco años después de creada la librería, ya durante la llamada transición a la democracia, Villalar se estrenaba como colección editorial con algunos títulos de signo inequívoco, como La Revolución rusa de 1917, del historiador y antiguo miembro de la Resistencia francesa Marc Ferro (n. 1924), o Socialismo: el derecho del hombre a la felicidad, del miembro de la SFIO (Section Française de la Internationale Ouvrière) Daniel Mayer (1909-1996), ambos en traducción a cargo de Manuel Olasagasti.

Sin embargo, no menos interés tenía el título con que se estrenó la colección Villalar, El niño, el teatro y la escuela, un volumen dirigido por la pedagoga Lazarine Bergeret y prologado por el escritor y periodista Robert Mallet (1915-2002) que contenía colaboraciones de las también pedagogas francesas Josette Voluzan e Yvette Jenger-Dufayet, así como de la actriz Catherine Dasté, y en este caso traducido por Isabela Aranzadi.

Si este fue el primer indicio del interés de Villalar por divulgar temas relacionados con el teatro, mayor presencia tuvieron estos en una colección también significativamente llamada, a partir de la cita de Machado, Hoy es Siempre Todavía, que se abrió con una elección un poco asombrosa, Estética política, una recopilación de conferencias y ensayos del filósofo alemán Friedrich Tomberg (n. 1932), en traducción de Carmen Hierro. Sin embargo, con la segunda entrega de la colección publicada ese mismo año empezaba a quedar un poco más clara la preferencia de la colección por los temas relacionados con la escena del momento: el Nuevo teatro español: Una alternativa social, del dramaturgo y director escénico Alberto Miralles (1940-2004), que venía a completar y actualizar su anterior Nuevos rumbos del teatro (1974). Por aquel entonces, Miralles había consolidado su reputación como docente en el Institut del Teatre barcelonés y acababa de consagrarse con la obtención del Premio de la Real Academia de la Lengua por CátaroColón, y en esta obra publicada por Villalar analizaba Miralles lo que se ha conocido también como teatro «underground», «vanguardista» o «del silencio» surgido a finales de los años sesenta, y del que el propio Miralles era uno de los principales representantes.

El profesor Mariano de Paco ha sintetizado y contextualizado bien la importancia de la crítica y el ensayismo sumamente combativos que por aquellos años caracterizaba los texos que estaba dando a conocer Miralles, tanto en prensa como en forma de libros:

En esos momentos se alimentaba una ilusión de grandes logros que resultó incumplida. La promesa de democracia que se imaginaba durante la transición despertó muchas esperanzas en el teatro español, atenazado por la dictadura; pero la confianza no tardó en nublarse ante lo que numerosas voces reclamaron el cambio que se les había sustraído y lo que en justicia consideraban suyo. Alberto Mitalles denunció, con el mismo vigor con que se había enfrentado a la dictadura, la situación de la política teatral de estos años de la transición señalando, entre otros aspectos, la oposición de los autores con cierta crítica empeñada en certificar la «la defunción de todo el teatro antifranquista».

Alberto Miralles.

Según el catálogo de la Biblioteca Nacional, siguió a este libro El hombre con dos memorias, del biólogo marxista y excombatiente en la guerra civil española J.B.S. Haldane (1892-1964), si bien todo parece indicar que más tarde se publicó también en otra colección de Villalar, Samburiel. La traducción la firma en este caso Rafael Lassaletta.

Al frente de la editorial Villalar se encontraba Rafael García González, que fue quien el 17 de noviembre de 1981 se responsabilizaría de disolver y liquidar la empresa en una junta general y universal de accionistas, y al parecer contó con algún tipo de colaboración de José Luis Díez Hoces, así como con el trabajo en preimpresión de Carmen Guisado Blázquez, pero no abundan los datos sobre el modo de funcionar y la organización de la librería o la editorial, por lo que se desconoce el nombre de muchos de los colaboradores.

Aun así, el peso que toma Alberto Miralles en la colección se pone de manifiesto cuando al año siguiente prologa y anota el volumen 4 de Hoy es Siempre Todavía, de nuevo traducido por Carmen Hierro, que está destinado al célebre e influyente estudio Spanish Underground Drama/Teatro Español Underground, del crítico y teórico estadounidense George E. Wellwarth, a quien en la edición española de 1973 de su Teatro de protesta y paradoja, en Lumen, la censura ya le había mutilado de cuajo el capítulo dedicado al teatro español.

Lo que parece ser el quinto y último volumen de la colección es, también en 1978, el airado e impactante Lo imposible, Historia de ratas seguido de Dianus y de La Oresteida, del antropólogo y escritor francés Georges Bataille (1897-1962), que se publicó en la traducción de Rafael Lassaletta.

Del mismo modo que la librería, también estas ediciones sobre el teatro español del momento se insertaban en un cierto ambiente de auge del libro de análisis de cuestiones relacionadas con la escena española del momento, del que son ejemplos algunas recopilaciones importantes de ensayos breves publicados originalmente en revistas como Pipirijaina. Yorick, Estudis Escènics o Primer Acto, así como los por razones diversas notables volúmenes Comentarios impertinentes sobre el teatro español (1972), de José María Rodríguez Méndez; Teatro, realismo y cultura de masas (1974), de Juan Antonio Hormigón; Diálogos del teatro español de postguerra (1974), de Amando Carlos Isasi Angulo; El teatro de los años sesenta (1974), de Ricard Salvat; Introducción al lenguaje teatral (1975), de Xavier Fábregas; El teatro español hoy (1975), de Luciano García Lorenzo;  El teatro español en el banquillo (1976), de Miguel A. Medina;  Temas y tendencias del teatro actual (1977), de Ignacio Elizalde; el colectivo Teatro español actual (1977)… Una vitalidad en lo referente a la publicación de libros sobre teatro que, en cuanto decayó, no parece que haya vuelto a recuperarse jamás.

Con todo, es escasa la información fácilmente accesible acerca tanto de la librería como de la editorial Villalar, así que habrá que seguir escarbando o esperando la publicación de testimonios de sus colaboradores.

Fuentes:

Anónimo, «La transmisión de la memoria histórica», El Norte de Castilla, 20 de noviembre de 2017.

Mariano de Paco, «El teatro español en los años de la transición», Las Puertas del Drama, núm 51 (2018).

Manuel Sacristán, «Sobre la cuestión nacional», Rebelión, 3 de diciembre de 2010.

Álvaro Arauz y la edición de teatro en México

Del polifacético Álvaro Arauz (1911-1970) suelen destacarse sus facetas como dramaturgo, crítico y director de teatro, o incluso las de traductor de literatura francesa y periodista cultural, pero también es difícil exagerar la importancia que tuvo como difusor y promotor del arte teatral en México a través de la edición de libros.

Se dio a conocer como poeta en el círculo de la revista Isla con 33 canciones (1929) y más tarde con la publicación en la editorial Plutarco de Voz y cuerda (1935), a la que seguiría ya durante la guerra civil española Madrugada de cal, publicada por la barcelonesa Catalonia en 1938. Sin embargo, en los años treinta quizás Arauz despertó mayor atención debido a la preparación de una obra coordinada por el director de la revista Isla, Pedro Pérez Clotet, titulada Antología parcial de poetas andaluces. 1920-1930 (publicada en la colección de la mencionada revista gaditana y de la que se tiraron quinientos ejemplares), pues en algunos casos se interpretó como una reivindicación del origen andaluz de buena parte de los poetas de la generación del 27 y de los que se movían en sus aledaños.

Quizá menos conocidas sean sus primeras incursiones en el ámbito de la traducción ya durante los primeros años de los años treinta, concretamente en una serie titulada Documentos de la nueva Rusia, publicada con el sello de Imprenta y Editorial Castro. Ya al principio de esa década, la Castro, ubicada en Carabanchel Bajo, había pasado de publicar literatura sentimental, folletinesca y de aventuras (que incluso servía a domicilio y por suscripción y ofreciendo la opción de encuadernar los volúmenes), a difundir a precios muy reducidos a los pujantes autores de lo que se dio en llamar literatura social, como por ejemplo Joaquín Arderíus (1885-1969), Fermín Galán (1900-1930), Alicio Garcitoral (1902-2003) o Hildegart (1914-1933). Ya en los años treinta aparece Arauz acreditado como autor de algunas traducciones, como es el caso de Cinco aspectos de la nueva mujer (Imprenta y Editorial Castro, 1933), El seguro obrero y los despidos en la URSS, de Désider Bokanyi, A. Isaev y E, Zetcuskaya (publicado en esa misma edición en Chile por la editorial Ercilla) y Un mes con los niños rusos, de Célestin Freinet (1896-1966).

El resultado de la guerra le llevó originalmente a Francia y posteriormente, en 1942, a México, donde desarrolló el grueso de su intensa labor creativa. Del año siguiente son ya La guerra al día, publicada por la Sociedad Mexicana de Publicaciones, y título también de un programa diario que conducía Arauz en la cadena Radio Nacional en el que comentaba la situación bélica en Europa. Aún de 1943 es el breve Sobre El Greco, Goya y Picasso, en Tenochtitlán, editorial para la que luego traduciría Juana de Arco en la hoguera (1945), de Paul Claudel (1868-1955).

Un tiempo después, en 1948, aparecen tres traducciones firmadas por Arauz en las que es posible que pueda identificarse el origen de su labor como editor de textos teatrales: A puerta cerrada y La prostituta respetuosa, de Jean Paul Sartre (1905-1980), y ya al año siguiente Entre camaradas, de Colette, englobadas todas ellas en una Colección de Teatro Francés Contemporáneo, con «Taller de El Libro Perfecto» por todo pie editorial. Teniendo en cuenta que con ese mismo pie se publicaron libros muy heterogéneos y muy espaciada e irregularmente –el poemario en prosa El mayab resplandeciente (1940), de José Díaz Bolio (1906-1998); las Actas del Primer Congreso Antifascista en México (1942); el Código Militar de la República de Guatemala (1951); Espérame en Siberia, vida mía (1952), de Enrique Jardiel Poncela…– , es posible aventurar como hipótesis que quizá se tratara de ediciones de autor, y que fue el modo en que Arauz pudo dar salida a unas traducciones cuyos derechos, por algún camino, consiguió más o menos directamente del propio Sartre. Es sólo una hipótesis, pero como jefe de prensa en la embajada de Francia en México que era, no parece que ese camino tuviera que ser complicado en exceso. Muy poco después, además, la editorial Cicerón publicaba un volumen de Teatro de Jean Paul Sartre, en 1949, que incluía las dos traducciones de Arauz, así que posiblemente se aseguraba de sacarles rendimiento.

En cualquier caso, el primer proyecto editorial que sabemos fehacientemente que Arauz pone en pie fue la Colección de Teatro Contemporáneo, que muy significativamente publica ya en 1951 Las bocas inútiles, de Simone de Beauvoir (1908-1986), en traducción del propio Arauz, y a la que más tarde se irán añadiendo La función de despedida (1952), del mexicano Rodolfo Usigli (1905-1979), la Yerma (1952) del español Federico García Lorca (1898-1936) y, ya más adelante, La guerra de los hijos de la luz (1958), del israelí Moshe Shamir (1921-2004), en traducción directa del hebreo de Isaías Austri-Dunn (traductor de Neruda al yidish) en colaboración con el dramaturgo mexicano Wilberto Cantón (quien en 1956 había publicado en la misma colección Escuela de cortesanos), y la traducción del propio Arauz de La cantante calva (1958), de Eugene Ionesco (1909-1994).

Poco posteriores y de trayectoria simultánea son las otras seis en que Arauz figura como director: Colección Teatro Español, Colección Teatro Mexicano, Colección Teatro Universal, Colección Teatro de Bolsillo, Colección Temas Teatrales (destinada al ensayo) y lo que parece haber sido una efímera Colección Teatro Mexicano en el Extranjero (donde en 1969 se publicó el ensayo El mito de pigmalión en Shaw, Pirandello y Solana, de Alyce de Keuhne).

Inicialmente, y durante buena parte de la década de los cincuenta, la producción de los libros corrió a cargo de los Talleres Gráficos de la Editorial Helio, como es el caso por ejemplo de los primeros títulos de la Colección Teatro Mexicano, que se estrenó con Estrella que se apaga (1953), de Rafael Solana (1915-1992) y al que siguieron, en orden de aparición, Hidalgo (1953), de Federico S. Inclán (1910-1981), Los Signos del Zodíaco (1953), de Sergio Magaña (1924-1990), Doña Beatriz (1954), de Carlos Solórzano (1919-2011), Lorenzo (1954), de Dagoberto de Cervantes (1914-1967) –recordado sobre todo por sus doblajes para Disney pero traductor también de Stanislavski (Un actor se prepara)–, Las Islas de Oro (1954), de nuevo de Solana, El Solterón, de Xavier Villaurrutia (1903-1950) y Primero es la luz (1955), del exbrigadista en la guerra civil española Juan Miguel de Mora (1921-2017).

Como se advierte enseguida en este somero repaso, la colección destinada a la dramaturgia mexicana acoge a escritores de diversas generaciones y estéticas. Además de a Villaurrutia, Arauz publicó a otro de los componentes del grupo de Los Contemporáneos, Salvador Novo, si bien en ese caso lo hizo en la Colección Teatro de Bolsillo (Cuathémoc, en 1968). De entre los dramaturgos del llamado Nuevo Ciclo, Arauz publicó en esta misma colección, al margen de a Magaña, a Emilio Carballido (Nueve obras en un acto, 1957) y a Carlos Prieto y Carlos Solórzano, que compartieron el volumen Dos obras (1957), El crucificado y El lepero, respectivamente, o María Josefina Hernández, a quien incluyó en la cuarta antología de obras en un acto, mientras que a otros, como Héctor Azar, los publicó en la de Teatro de Bolsillo (Higiene de los placeres y de los dolores, 1968). No obstante, como es lógico, los autores más representados son aquellos que en esa década estaban ocupando los escenarios mexicanos, como es el caso también de Miguel Barbachano Ponce (Las lanzas rotas, 1959), Luis G. Basurto (Los reyes del mundo, 1959) o el ya mencionado Wilberto Cantón (Malditos, 1959), a quien además de la mencionada Escuela de cortesanos (1956) más tarde publicaría un volumen con su Teatro breve (La niña de cristal, El juego sagrado, 1968).

Caso significativo es la inclusión en esta serie de teatro mexicano de la dramaturga nacida en Barcelona Maruxa Vilalta (1932-2014), que si bien colaboró con publicaciones del exilio en catalán como Pont Blau o Xaloc, se integró plenamente como directora escénica y dramaturga en el panorama teatral de su país de acogida (donde además ocupa un lugar muy destacado). La obra elegida en este caso fue la adaptación dramática de su novela Los desorientados, que se publicó en 1960 y constituía su estreno en el género (se publicó simultáneamente en Libro Mex Editores, y en 1965 en las ediciones Ecuador 0º 0’ 0’’ del también exiliado republicano español Alejandro Finisterre [1919-2007]), lo que contribuye a señalar a Arauz como impulsor de la incorporación de nuevos autores a la literatura dramática mexicana.

También son de interés los cuatro volúmenes de antologías de obras en un acto, que se presentaba del siguiente modo en la solapa del primer volumen:

La Colección Teatro Mexicano ha encargado a Maruxa Vilalta, la joven y destacada escritora, que preparara y seleccionara estas Antologías de Obras en un Acto.[…]

Posteriormente, en ediciones que aparecerán de forma regular, iremos reuniendo obras de más autores mexicanos, y de aquellos escritores que, por residir en el país desde hace tiempo, pueden considerarse como formados, o que han continuado su labor, en México.

Estas Antologías de obras en un acto intentan presentar, sin dependencia de grupo, escuela o tendencia ideológica, todo el panorama del teatro mexicano actual.

Los autores compilados en estas antologías, en algunos casos con obras previamente incluidas en otros volúmenes de la colección, fueron los siguientes: en la primera (de 1959), Héctor Azar, Celestino Gorostiza, Sergio Magaña, Octavio Paz y Rafael Solana; en la segunda (1960), Álvaro Arauz, Emilio Carballido, Federico S. Inclán, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia; en la tercera (1960), Wilberto Cantón, Elena Garro, Carlos Solórzano y Rodolfo Usigli, y en la cuarta (1965), Luisa Josefina Hernández, Luis Moreno, Alfonso Reyes y Fernando Sánchez Mayáns. Desde este punto de vista, parece haberse conseguido en un alto grado el propósito de crear una panorámica representativa de las diversas tendencias y generaciones que convivían (o competían por) el espacio escénico mexicano, y sobre todo el de de consignar la aparición de lo que el propio Carlos Solórzano llamó «la generación de los cincuenta».

En algún momento de los años sesenta, de la producción de estas colecciones de Arauz parece que empezó a ocuparse Rafael Peregrina Editor, pero manteniendo una misma presentación: encuadernación en cartulina con solapas, cubiertas impresas a color o a dos tintas con una ilustración central muy sobria a modo de marco y con portadilla a dos tintas. Las tiradas solían ser de quinientos ejemplares numerados, si bien hubo alguna excepción notable, como es el caso por ejemplo del Retablillo de Don Cristóbal, de Federico García Lorca en la Colección Teatro de Bolsillo, del que se hizo una tirada de mil ejemplares (pero igualmente, numerados).

No obstante, quizá mayor interés en cuanto a la bibliografía lorquiana tenga la edición no venal de Yerma, incluida en la Colección Teatro Contemporáneo en 1952, en conmemoración del 26º aniversario de la muerte del poeta, y que incluye a continuación del texto de la obra las valoraciones y juicios de una pléyade de críticos literarios, entre los que se cuentan los más reputados de la prensa mexicana e incluye a los exiliados republicanos españoles Ceferino Avecilla (1880-1956), José Carbó González (c.1903-¿?), Antonio Espina (1894-1972) y Àngel Estivill (1908-¿?).

Esa sobriedad elegante que caracteriza estas colecciones se rompe un poco con las ediciones de la Colección Teatro Universal (La mandrágora de Maquiavelo en 1955, el Don Juan de Pushkin en 1956, El caballero de Olmedo de Lope de Vega en 1961, el Georges Dardin de Molière en 1964), que incluyen ilustraciones y grabados de David Antón, un escenógrafo que en 1956 sería premiado con el Ruiz de Alarcón al mejor escenógrafo del año y que precisamente en aquellos momentos estaba ganándose el aplauso de la crítica y el respeto de la profesión por sus trabajos en El Malentendido,  de Camus (1958), y al año siguiente en Así en la tierra como en el cielo, de Fritz Hochwealder, Detrás de la puerta, de Federico S. Inclán, La Bagatela, de Marcel Achard, The taming of the Srew de Shakespeare…

En cuanto a la presencia de republicanos españoles en estas colecciones, además de los ya mencionados, vale la pena consignar en la Colección de Teatro Mexicano la primera edición de Los Cazadores (1965), del polígrafo de origen asturiano Paco Ignacio Taibo I (1924-2008). Y es muy notable también la edición de Dos obras: La mordida. Tristán e Isolda, de León Felipe, en la Colección Teatro de Bolsillo en 1958. Se trata de dos textos con aire de cuento tradicional destinados originalmente a su emisión televisiva, pero que posteriormente pasaron a formar parte de El juglarón, que se estrenó en 1957 pero cuya primera edición publicó, de nuevo, Alejandro Finisterre en su colección Ecuador 0º 0’ 0’’. Acaso sería bonito e ilustrativo que alguien se animara a estudiar en profundidad las relaciones entre los editores Finisterre y Arauz, porque no se olvide que el primero fue editor de muy buena parte de la obra creativa de Arauz: la reedición de La carroza del virrey (1961), y las primeras de Medias palabras (1965), Morir de pie (1966), la trilogía Los leales (Morir de pie, Medias palabras y Doscientas veinte madrugadas) (1966) y Doce obras en un acto (1966), con prólogo de Wilberto Cantón.

 

Fuentes:

Montgrony Alberola, «Trayectoria dramática de León Felipe», en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio teatral republicano de 1939, Sant Cugat del Vallès, Gexel (Sinaia 4), 1999, pp. 209-231.

José Paulino Ayuso, «Álvaro Araúz y su retablo dramático de la guerra y el exilio», en Fernando Doménech, ed., Teatro español: autores clásicos y modernos: homenaje a Ricardo Doménech, Madrid, Editorial Fundamentos. 2008.

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2016.

María Teresa Santa María, «Panorama de la dramaturgia española exiliada en México», Las puertas del drama, núm. 52 (2019).

Carlos Solórzano, «México», en Don Rubin, ed., The World Encyclopedia of Contemporary Theatre. Vol. II. Americas, London- Nueva York, Routledge, 1996. pp. 310-330.

Los Pliegos Sueltos de Marte

Es posible que haya que atribuir a la azarosa y prematuramente truncada trayectoria vital de Carmen Mieza (Carmen Farrés Sirvent, 1930-1976) que su obra literaria haya quedado en el olvido, pese a algunos esfuerzos de estudio y recuperación —como por ejemplo el de Luis A. Esteve «El exilio en las novelas de Carmen Mieza (desde fuera y desde dentro)»— y que en particular su novela de 1962 La imposible canción (cuyo título alude al famoso verso de León Felipe) fue profusamente reeditada y aún es fácil encontrarla en el mercado de segunda mano. También Una mañana cualquiera (Prisma, 1964) fue objeto de reediciones, por Prisma en 1956 y, con prólogo firmado [Federico Carlos] S [áinz] de R [obles Correa], por el Círculo de Amigos de la Historia, pero menos suerte tuvo el libro de entrevistas póstumo La mujer del español (Ediciones Marte, 1977).

Menos conocida aún, por supuesto, es su condición de copropietaria y abnegada editora en las Ediciones Marte, con Tomás Salvador (1921-1984), quien actuaba como director gerente, y donde trabajaría como corrector más o menos fijo el escritor valenciano Raúl Carbonell Sala. Las Ediciones Marte se ubicaban en Galerías Comerciales 18 de la calle Concilio de Trento de Barcelona y acaso empezaron su andadura en 1964. Sin embargo, la existencia de una serie de títulos de tema bélico con ese mismo pie editorial con domicilio en la calle Casanova 136 (y recuérdese que Salvador pasó por la División Azul) suscita la duda de si se trató de la compra de una editorial preexistente a la que se cambió por completo el rumbo. Véanse los casos de El alamein (1962), de Hernert Eschbach; V-2 La muerte silenciosa (1962), de Hans Reburg; El Alcázar de Toledo. El cerco de Madrid (1962), de Volker Nerburg, todos ellos encuadrados en una colección llamada Relatos de soldados, dirigida por Tomás Salvador.

Una de las primeras colecciones de lo que tiene pinta de ser más bien una nueva etapa, fue la destinada a publicar ediciones ilustradas a color y numeradas de grandes clásicos de la literatura universal, que se inició con el volumen colectivo (Paul Féval, Gogol, Joseph Le Fanu) Vampiros, con textos adaptados y prologados por Javier Tomeo (1932-2013) e ilustrados por el popular Serafín (Serafín Rojo Caamaño, 1926-203), y Poemas satíricos, de Francisco de Quevedo (1580-1645) ilustrados por quien fuera célebre cartelista durante la guerra civil Lorenzo Goñi (1911-1992).

En 1965 aparece la versión de Albert Manent de La tragedia de Romeo y Julieta de Shakespeare (la misma que en 1960 publicaría la editorial Juventud), con ilustraciones obra de Raimundo Cobos, de la que se hace una tirada de 5.000 ejemplares numerados en papel offset ahuesado de Papelera Catalana, una decisión un tanto sorprendente, no sólo porque las ediciones de lujo y las ediciones de bibliófilo habían entrado ya por entonces en un marcado declive, sino por la aparente contradicción entre el hecho de numerar los ejemplares y la enormidad de la tirada. Ese mismo año se publicaba en Pliegos de Cordel la Carmen de Merimée, de nuevo con ilustraciones de Serafín, y una compilación de Comedias de Aristófanes (Lisístrata y La Asamblea de las Mujeres), acompañadas de un prólogo de su traductor, Jesús Lizano (1931-2015), y en ambos casos con ilustraciones de Serafín y con tiradas numeradas de 5 000 ejemplares.

Interior del Heptamerón.

La producción parecía haberse establecido en tres títulos anuales, que en 1966 fueron el Hamlet ilustrado por Cobos, el Heptamerón de la reina Margarita de Navarra, en versión de Josefina Martínez Gastoy, y La vida del buscón llamado don Pablos, de Quevedo, ilustrado por Goñi, pero a partir del año siguiente se incrementó el número de títulos y, además, una parte de la tirada de cada título empezó a comercializarse con los libros encuadernados en rústica pero estuchados, como es el caso del Retrato de la lozana andaluza de Francisco Delicado, la Obra completa del Conde de Villamediana preparada por Juan Manuel de Rozas y acompañada de 67 ilustraciones de Rafael Munoa (1930-2012) o las Aventuras del barón de Munchausen, y además a hacerse aparte tiradas de mayor empaque, encuadernadas en goflex e igualmente comercializadas en estuche.

De este modo se presentaba por ejemplo el compendio de relatos breves Floresta varia de gracias y desgracias Joaquin Buxó Montesinos, conocido también como Braulio Sigüenza, prologado por un ficticio Fabián Tuño y con un comentario de Joan Perucho e ilustrado por A. Claube, que luego tendría varias reediciones (para mayores aclaraciones sobre el juego de autorías y prologuistas, véase el cuento de Perucho «Noticia de Madama Edwarda y un desconocido escritor»); así como también El libro de sonetos antologados por Jesús Lizano e iluminado por el escultor, pintor e ilustrador de selectas ediciones de bibliófilo Òscar Estruga Andreu (n. 1933), o la traducción de Josefina Ferrer de Los cuentos de Canterbury de Chaucer, presentados con ilustraciones a color del pintor Ramon Aguilar Moré (1924-2015). Con la Floresta… se abría una cierta fisura en el criterio mantenido hasta entonces de publicar textos clásicos y antiguos, que enseguida se ensancharía.

Las tiradas se habían reducido a unos 3000 aproximadamente, y todo hace suponer que ya no todos los ejemplares se numeraban, pero por su significación en el contexto de la España franquista y por la ampliación del criterio de la colección, mayor relevancia tiene la edición en 1968 de la Antología poética de Antonio Machado (1875-1939), seleccionada, editada y prologada por el poeta madrileño José Hierro (1922-2002) e ilustrada por el muy prestigioso Will Faber (1901-1987). De ese mismo año es la edición de La Celestina, adaptada por el escritor y editor Antonio Prieto (n. 1929) —que toma como guía el texto crítico establecido por Manuel Criado del Val— y con ilustraciones que firma F. Ezquerro, así como una edición en dos volúmenes de El libro de Buen Amor, en versión modernizada, con prólogo y notas de Nicasio Salvador Miguel e ilustraciones de nuevo de Òscar Estruga.

No es de sorprender que el final de la década marcara el parón en esta iniciativa, pero ya en 1972 se recuperaba con la publicación del conocido como Quijote de Avellaneda, ilustrado por Cobos, Rubaiyat, de Omar Kheyyán, y —acaso el título más sorprendente— Estación sin nombre, una compilación de sonetos de la escritora y política mexicana Griselda Álvarez (1913-2009), estos dos últimos ilustrados por Estruga, y en todos los casos con tiradas de unos 3 000 ejemplares.

Los cuentos de Canterbury, encuadernados en goflex y en estuche.

Finalmente, tras un nuevo año en blanco, en 1974 aparecieron los Nuevos Pliegos de Cordel, de los que puede deducirse, por los títulos publicados, que se enfocaba más en la poesía y preferentemente por los nuevos autores: Apuntes para otra historia (1965-1974), del poeta Florentino Huerga Martín (1935-2005) e ilustrado por Antonio Beneyto, Canto por vosotros, de Matías Sánchez Carrasco (1929-1998) ilustrado por Bartolomé Liarte, y, ¿en 1975?, una Antología romántica de José de Espronceda preparada y prologada por Jordi Mustieles y Mercedes Salvador con ilustraciones de Liarte.

A tenor de la estrecha amistad e incluso colaboración que mantuvieron durante muchos años Josep Janés (1913-1959) y Tomás Salvador, es casi inevitable advertir que tanto algunos de los títulos como las características de las ediciones bien podrían estar inspiradas en el modo de enfocar algunas de las primeras colecciones de postguerra janesianas, como es el caso de Cristal (rustica ilustrada) o El Libro del Mes (tapa dura, estuchado), pero no parece que, ni en lo estético ni en lo comercial, la empresa de Mieza y Salvador obtuviera resultados similares, entre otras cosas, acaso porque los parámetros y el mercado de la bibliofilia se había distanciado ya muchísimo de las ediciones corrientes, y estas iniciativas pretendían situarse a medio camino.

Ilustración de Aguilar Moré para Los cuentos de Canterbury.

Fuentes:

Francisco Candel, Patatas calientes, prólogo de Joan J. Gilabert, Barcelona, Ronsel (Colección Pérgamo, serie Crónicas 65), 2003.

Versión en rústica de Los cuentos de Canterbury.

José Cruset, «Tomás Salvador: Generoso discípulo de la vida», La Vanguardia Española, 20 de junio de 1968.

Luis A. Esteve, «El exilio en las novelas de Carmen Mieza (desde fuera y desde dentro)», en Manuel Aznar Soler, ed., Las literaturas del exilio republicano de 1939. Sesenta años después, Sant Cugat del Vallès, Gexel, 2000, vol. 2, pp. 261-272.

Cristina Fanjul, «Este es un libro de epifanías (entrevista a Marcos Ordóñez)», Diario de León, 28 de febrero de 2013.

Marcos Ordóñez, «Me acuerdo de Tomás Salvador», en Bulevares periféricos, 15 de febrero de 2012.

Javier Tomeo, «Primera memoria», El Cultural, 27 de diciembre de 207.

Y los catálogos de la Biblioteca Nacional de España.

El arranque de una colección universal de bolsillo: El Cangur

A la altura de 1974, con una trayectoria de más de una década, Edicions 62 lanzó la que en ocasiones se ha considerado la primera colección de bolsillo en lengua catalana. Obviamente, no se trata de la primera cronológicamente, pero su importancia es indiscutible y por lo menos doble. Por un lado, porque, gracias en buena medida a su precio de venta al público, fue eficaz en la difusión de obras y autores de la literatura universal entre los lectores en lengua catalana, pero, además, por el prestigio de los escritores que reunió.

A título orientativo, el mismo mes en que se estrenaba El Cangur, se ponía a la venta la quinta edición de la novela La punyalada de Joaquim Vayreda (1853-1903) en la Biblioteca Selecta (trescientas páginas, encuadernada en rústica con solapas) a un  precio de 150 pesetas. Los primeros ejemplares de El Cangur (18,5 x 11,5 encuadernados en rústica pero todos ellos de autores por entonces vivos), se vendían a 80: Narracions de Salvador Espriu (1913-1985), El pa dels anys joves, de Heinrich Böll (1917-1985) —la primera traducción  de Böll al catalán— y L’art d’estimar, de Erich Fromm (1900-1980), de 147, 108 y 149 páginas, respectivamente, y todos ellos con cubiertas diseñadas por Jordi Fornas.

La intención universalista explicitada ya en el nombre de la colección (Col·lecció Universal de Butxaca El Cangur) es evidente ya con estos títulos iniciales, como lo es también la voluntad de introducir entre los grandes nombres de la literatura universal contemporánea la de algunos autores insignes en lengua catalana que, implícitamente, se consideran de un rango similar o parecido, así como combinar el ensayo con la novela y el relato breve.

Aún en 1974 aparece un volumen con dos novelas de Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008) traducidas por Josep M. Güell, La casa de Matriona y Tot sigui per la causa; un columen con las entrevistas de Woodrow Wyatt (1918-1997) al filósofo Bertrand Russell (1872-1970), La meva concepció del món; el libro de cuentos de Mercè Rodoreda (1908-1983) La meva Cristina i altres contes; la novela de Georges Simenon (1903-1989) L´home que mirava pasar els trens, que se publicó como volumen doble (171 páginas), en traducción de Ramon Folch i Camarasa (1926-2019), quien se ocupó también del número siguiente y último aparecido en 1974, la recopilación de Francisco Candel (1925-2007) como volumen triple (217 páginas) Trenta mil pessetes per un home i altres contes. Lo cierto es que en sus primeros años, la colección parece mantenerse bastante fiel a la panorámica y la apertura de miras que parecen trazar estos primeros títulos, que procedían de colecciones previas de Edicions 62 pero a menudo tenían un atractivo adicional por sí mismas (más allá del precio y, por tanto, la mayor accesibilidad).

Las Narracions de Espriu, por ejemplo, se habían publicado originalmente en la colección Antologia Catalana y se habían hecho de ella once ediciones, pero se amplía en esta ocasión con nuevos textos. Entre los misterios aparentes de la colección se cuenta el caso del prólogo al mencionado libro de cuentos de Rodoreda, que en la edición de Antologia Catalana, en 1967, iba precedido de un prólogo firmado por Joaquim Batllori, mientras que en la de El Cangur quien figura como prologuista es Joaquim Molas. No hay misterio, o se aclara enseguida mediante el cotejo entre ambos prólogos: se trata de dos versiones de un mismo texto (la segunda más matizada y pulida), obra de quien era director de algunas colecciones en Edicions 62 (como Clàssics Catalans del Segle XX y la propia Antologia Catalana), Joaquim Molas i Batllori (1930-2015).

Además de Antologia Catalana, El Cangur se nutre de otras colecciones (La cua de palla, Trapezi), pero sobre todo de El Balancí, de donde procede por ejemplo la traducción de Carme Serrallonga de la novela ya mencionada de Böll, que se publicó originalmente en 1965 y fue una de las primeras traducciones que llevaba a cabo quien luego trasladaría al catalán a autores de la categoría de Brecht, Döblin, Dürrenmatt, Goethe, Handke, Schintzler… Así se anunciaba en 1965 El Balancí, que se estrenó con Crònica dels pobres amants, de Vasco Pratolini (1913-1991), y fue la principal colección a la hora de configurar la identidad de El Cangur:

 La colección de novelas más representativa de todas las corrientes mundiales de nuestros días: el noveau roman francés, la gran literatura de Estados Unidos, la moderna literatura alemana, el neorrealismo italiano, el establishment literario inglés y los actuales novelistas catalanes.

El año 1975 se inició con otra obra de Espriu (Primera historia d’Esther), de quien poco después se publicó Laia. Unes esvaides ombres del nostre mar (número 22) y se repitieron también enseguida otros nombres, como Simenon (La pell d’un home) y Fromm (Marx i Freud, en traducción de Jordi Solé Tura, que al año siguiente vería también en El Cangur su traducción de la Iniciació a la filosofía, de Bertrand Russell, como número 30). Sin embargo, uno de los autores más representados en la colección fue Manuel de Pedrolo (el que fuera director de la ya mencionada colección La Cua de Palla).

Ese año 1975 aparecieron de Pedrolo Avui es parla de mi (núm. 11) y Joc brut (núm. 15) y el año siguiente la distopía Mecanoscrit del segon origen (núm. 23), además de su traducción de La ruta del tabac, de Erskine Caldwell (1903-1987). Mecanoscrit del segon origen, había sido traducida de inmediato al occitano (1975), pero fue a partir de 1984, después de traducirla al español el pionero de la ciencia ficción española Domingo Santos (Pedro Domingo Mutiñó, 1941-2018) cuando desencadenó una retahíla de traducciones: al inglés (1985), al neerlandés (1986), al euskera (1989), al gallego (1992), al francés (1993)…, convirtiéndose en una de las novelas más leídas de la literatura catalana del siglo XX. A la altura de 1986, se habían hecho, sólo en catalán, más de veinticinco ediciones del Mecanoscrit.

Sin embargo, la importancia de la edición de El mecanoscrit del segon origen en El Cangur reside en que, a diferencia de la publicada en 1974 en la colección El Trapezi (destinada al público juvenil), en esta ocasión se publicó la versión íntegra, restituyendo los cortes que había impuesto inicialmente la censura franquista. La sorpresa, sin embargo, surgió con una edición de 1986. Por aquel entonces aún se conservaba una tradición —que hoy parece irremediablemente perdida— consistente en que todas las oficinas bancarias regalaban a sus clientes una rosa y un libro la Diada de Sant Jordi, lo cual suponía un estímulo para las editoriales, que hacían tiradas especiales (con el logo de la entidad bancaria bien visible) para cumplir con tal compromiso. La Caixa regaló ese año ejemplares del Mecanoscrit, pero para asombro de sus lectores se trataba de la versión censurada, cosa que es probable que se debiera a que se emplearon los fotolitos de la edición de Trapezi, en lugar de los de El Cangur, para ajustarse así a un determinado formato más resultón para los clientes de La Caixa.

Es también llamativa en esta colección la notable presencia entre los primeros números de textos en prosa no narrativa, como es el caso de Llengua i cultura als Països Catalans, del filólogo Antoni M. Badia i Margarit (1920-2014) o los ya mencionados de Russell y Fromm, y es muy notable el nivel de los autores extranjeros: Gorki (La meva infantesa, Caminant pel món, Les meves universitats), Cesare Pavese (El company, La lluna i les fogueres, La meva terra), William Saroyan (con el libro de cuentos Em dic Aram, de nuevo en traducción de Folch i Camarasa), así como la entidad de los escritores en lengua catalana (Avel·lí Artís-Gener, Prudenci Bertrana, Pere Calders, Joan Fuster, Montserrat Roig…), aunque tal vez puedan ponerse más reparos a la suerte que ha dispensado la posteridad a algunos de los escritores catalanes publicados en esos los primeros años (casos de Oriol Pi de Cabanyes o Pere Verdaguer, por ejemplo).

Años más tarde, superados ya los 150 títulos, mediada la década de los noventa el abanico de textos se amplió a diccionarios, atlas y sobre todo a una derivada de El Cangur, El Cangur Plus, destinada muy específicamente al ámbito escolar, donde la colección había entrado con cierta fluidez, sobre todo gracias a la exitosa novela de Pedrolo. Pero esa es ya otra historia.

Anexo: Los treinta primeros títulos de El Cangur

1- Salvador Espriu, Narracions, 1974.

2- Heinrich Böll, El pa dels anys joves, traducción de Carme Serrallonga, 1974.

3- Erich Fromm, L’art d’estimar, traducción de Jordi Monés, 1974.

4- Aleksandr Soljenitsin, La casa de matrona. Tot sigui per la causa, traducción de Josep M. Güell, 1974.

5- Bertrand Russell, La meva concepció del món, trad. Llorenç Carbonell i Torras,1974.

6- Mercè Rodoreda, La meva cristina i altres contes, 1974.

7- Georges Simenon, L´home que mirava pasar els trens, traducción de Ramon Folch i Camarasa, 1974.

8- Francesc Candel, Trenta mil pessetes per un home i altres contes, traducción de Ramon Folch i Camarasa, 1974.

9- Salvador Espriu, Primera història d’Esther, 1975.

10- Oriol Pi de Cabanyes, Oferiu flors als rebels que fracassaren, 1975.

11- Manuel de Pedrolo, Avui es parla de mi, 1975.

12- William Saroyan, Em dic Aram, traducción de Ramon Folch I Camarasa, 1975.

13- George Simenon, La pell d’un home, traducción de Gabriel Bas, 1975.

14- Maxim Gorki, La meva infantesa, traducción de Josep M. Güell, 1975.

15- Manuel de Pedrolo, Joc brut, 1975.

16- Antoni M. Badia i Margarit, Llengua i cultura als Països Catalans, 1975.

17- Cesare Pavese, El company, traducción de Francesc Parcerisas, 1975.

18- Friederich Durrenmatt, Grec busca grega, traducción de Lluís Solà, 1975.

19- Erskine Caldwell, La ruta del tabac, traducción de Manuel de Pedrolo, 1976.

20- Jaume Fuster, De mica en mica s’omple la pica, 1976.

21- Erich Fromm, Marx i Freud, traducció de Jordi Solé Tura, 1976.

22- Salvador Espriu, Laia. Unes esvaides ombres del nostre mar, 1976.

23- Manuel de Pedrolo, Mecanoscrit del segon origen, 1976.

24- Maxim Gorki, Caminant pel món, traducción de Helena Vidal, 1976.

25- Montserrat Roig, Ramona, adéu, 1976.

26–Baltasar Porcel, La lluna i el Cala Llamp, 1976.

27- Màxim Gorki, Les meves universitats, traducción de Josep M. Güell, 1976.

28- Dashiell Hammett, El falcó maltès, traducción de Marga García de Miró, 1976.

29- Manuel de Pedrolo, Tocats pel foc, 1976.

30- Bertrand Russell, Iniciació a la filosofía, traducción de Jordi Solé Tura, 1976.

La Acracia de la editorial Tusquets

Sergio Vila-Sanjuán interpreta la creación de Acracia, la colección de explícito nombre ideada por Beatriz de Moura en Tusquets en 1973, como «su contribución al momento histórico [de España]», marcado en el ámbito de la edición por el auge de la literatura de tema o contenido político y por el empuje de la de cierto contenido sicalíptico. Por su parte, Gonzalo Pasamar inserta la colección en un contexto de esfuerzos por «rescatar y difundir, por ejemplo, textos y análisis de la obra de Andreu Nin (Zyx, Castellote, Anagrama, Nova Terra, Fontamara) y de los más importantes autores libertarios españoles: Gregorio del Toro, Edicions 62, Edicusa, Bruguera, Ariel (Horas de España), Planeta (Espejo de España), Júcar (Crónica General de España)» que se intensifican a partir de 1976.

Beatriz de Moura, que había creado Tusquets en 1969, declara en el mismo libro de Vila-Sanjuán aludido —Pasando página— haber «militado en el movimiento anarquista, en un grupo que se llamaba Mujeres Libres, que no estaba directamente directamente vinculado a la CNT [Confederación Nacional del Trabajo] pero tenía relaciones con la organización», y de ahí su interés por poner en marcha una colección como Acracia, mientras simultáneamente publicaba colaboraciones en la prensa feminista, como el artículo «Esa ideología nuestra de cada día» en la revista dirigida por Carmen Alcalde Vindicación feminista, que concluía citando a uno de los teóricos más importantes del anarquismo español, Ricardo Mella (1861-1925): «la utopía de hoy es la realidad de mañana». Todo ello concuerda perfectamente con uno de los primeros títulos publicados en Acracia, la antología preparada por la historiadora de origen irlandés Mary Nash Mujeres Libres. España, 1936-1939 (1975), pero también con Breves apuntes sobre las pasiones humanas.

La primera intención de Beatriz de Moura fue recabar la colaboración como director de la colección del periodista Xavier Domingo (1929-1996), que acababa de regresar de una amplia etapa profesional en Francia (1954-1976), durante la que había publicado también diversos ensayos y novelas en francés (La veuve andalouse, Le sceptre et la bombe, L’erotique de l’Espagne…), pero este a su vez, por exceso de trabajo, la dirigió a otro buen conocedor de la materia, el controvertido escritor y periodista con amplia experiencia en la clandestinidad Carlos Semprún Maura (1926-2009), quien sí aceptó el encargo. «Pretendimos sacar a la luz Acracia cuando Ricardo de la Cierva [1926-2015] era director general de Cultura en el año 1974 —explicó De Moura en Por el gusto de leer—; a él le presentamos el programa de Acracia con títulos prudentemente considerados “clásicos” y, para nuestra consternación, sólo quitó un libro, el del pedagogo anarquista Francesc Ferrer i Guàrdia sobre la Escuela Moderna». En cuanto a Xavier Domingo, finalmente Beatriz de Moura consiguió reclutarlo para que dirigiera la colección de Tusquets Los Cinco Sentidos.

Así pues, en 1975 aparecía encuadernado en rústica y un diseño de Lluís Clotet y Oscar Tusquets el primer número de la colección, ¿Qué es la propiedad?, del filósofo francés Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), al que ese mismo año seguirían Historia del movimiento macknovista, del obrero del metal y pedagogo ruso Piotr Arshinov (1886-1938) y en traducción de Diego Abad de Santillán; El movimiento anarquista en China, del multigalardonado politólogo Robert A. Scalpino (1919-2011), en colaboración con George T. You; la ya mencionada antología de Mary Nash; Malatesta, vida e ideas, del editor y escritor Vernon Richards (1915-2001); Consultorio psíquico-sexual, del psicoterapeuta y sexólogo español exiliado en Estados Unidos Félix Martí Ibáñez (1911-1972), en el que se recogen artículos publicados entre enero de 1936 y junio de 1937 en la mítica revista Estudios seleccionados y prologados por Ignacio Vidal; y ya en el año siguiente aparecerían en Acracia, entre otras obras, Los trajes nuevos del presidente Mao, del historiador y sinólogo Simon Leys (1935-2014) La anarquía según Bakunin, en edición del sindicalista, escritor y tenaz impulsor del Libertarian Book Club Sam Goldoff, Breves apuntes sobre las pasiones humanas, del mencionado Ricardo Mella, Para la anarquía y otros enfrentamientos, de Fernando Savater (que el año anterior había publicado en la editorial Ayuso La filosofía como anhelo de la revolución y otras intervenciones), o La Escuela Moderna. Póstuma explicación y alcance de la enseñanza racionalista, de Francesc Ferrer i Guàrdia (1859-1909), que más tarde se complementaría en Acracia con una selección de textos publicados en el Boletín de la Escuela Moderna, seleccionada por Albert Mayol y publicada en 1978 como número 23 de la colección.

Tal como la interpreta el historiador aragonés Gonzalo Pasamar:

Acracia fue una colección […] pensada para actualizar el pensamiento libertario y antiautoritario en general. Esto llevó a sus responsables a incluir, además de las biografías de los padres el anarquismo del siglo XIX, textos de Cornelius Castoriadis [1922-1997], fundador del grupo Socialismo o Barbarie, y análisis filosóficos de autores recientes.

Ciertamente, Castoriadis es el autor más ampliamente representado en el catálogo que Semprún Maura creó en el seno de esta colección de Tusquets. Ya en 1976 aparecieron sus dos voluminosos estudios sobre La sociedad burocrática: Las relaciones de producción en Rusia y La revolución contra la burocracia, en una traducción en la que intervino, entre otros, Joan Viñoly, y en 1979 se publicó otra de sus obras mayores, La experiencia del movimiento obrero, asimismo en dos volúmenes (Cómo luchar y Proletariado y organización). También fueron de Castoriadis los dos volúmenes con que se dio carpetazo a la colección, correspondientes a los dos que conforman La institución imaginaria de la sociedad: Marxismo y teoría revolucionaria (en 1983, como número 33) y El imaginario social y la institución (1989, núm. 34 y último), que son un poco un cierre retardado de Acracia, pues el número 32 de la colección había sido Esa anarquía nuestra, del prolífico escritor y pionero de la historia social Colin Ward (1924-2010), aparecido en 1982.

En efecto, la colección puede darse casi por cerrada en 1982, como ponen de manifiesto las palabras de Beatriz de Moura en Por el gusto de leer: «La colección se mantuvo con un buen ritmo de ventas exactamente hasta 1982, cuando el libertarismo histórico español ya había dejado de crear ampollas en la sociedad». Y del éxito de la colección también habla en otro pasaje del mismo libro:

Así como se había tolerado ya el marxismo, aposté por la vitalidad que había en el pensamiento ácrata en la línea de un Ferrer i Guàrdia y en el de las comunidades campesinas de Aragón o Andalucía. Y esta colección, ese año [1977], fue la colección que más vendimos, la que más eco alcanzó en revistas como Ajoblanco.

Paralelamente, de la colaboración entre Tusquets y Semprún Maura surgió una efímera revista de notable interés y escasa difusión, Nada. Cuadernos Internacionales, de la que —salvo error— tan solo pudieron aparecer tres números entre abril de 1978 y el invierno de 1979 y en la que figuraron como colaboradores Julia Escobar, Antonio López Campillo, José Manuel Álvarez o los ya mencionados Albert Mayol e Ignacio Vidal. Entre otras cosas, en Nada se publicó un dossier sobre «¿Para qué la CNT?», lo que luego sería un capítulo del libro de Castoriadis Los dominios del hombre (Gedisa, 1988), una interesantísima entrevista al escritor estadounidense William Burroughs (1941-1997) y curiosidades como el artículo de Carmen Martín Gaite (1925-2000) «El miedo a lo gris» (luego recogido en Agua pasada, en Anagrama, 1993).

Sin embargo, no parece que hubiera continuidad de esa línea en Tusquets, si bien no son pocos los títulos que se reeditaron incluso una vez concluida la colección, o los que quizás hubieran podido incluirse en ella y lo hicieron en otras colecciones o incluso los que pasaron de Acracia a otras colecciones (como La institución imaginaria de la sociedad, ahora en Ensayo). Cuando casi dos décadas después arrancó la colección Kriterios, dirigida por Miguel Aguilar, se estableció una cierta separación de temas: los más literarios, artísticos, filosóficos y humanísticos en sentido amplio se publicaron en la colección Ensayo, mientras que Kriterios se centró en los textos más políticos, sociológicos o económicos. Un simple vistazo al listado de autores —Domenico Fisichella (ministro con Berlusconi), José María Ridao, Félix Ovejero Lucas (uno de los promotores de Ciutadans)— basta para comprobar que nada en absoluto tenía que ver ya esta colección nacida en 2001 con la Acracia de los años setenta y ochenta del siglo XX.

No deja de resultar curioso que, en una entrevista publicada en agosto de 2018, a la pregunta de qué colección del catálogo de Tusquets le gusta recordar, respondiera Beatriz de Moura: «En 1974, cuando ya se agotaba la oleada de libros de tendencia marxista, inicié la colección Acracia, en la tradición libertaria catalana…».

Fuentes:

Tusquets Editores, 1969-2009, catálogo editorial conmemorativo (edición no venal).

Lluís Amiguet, «El porno femenino es muy flojo pero salva librerías» (entrevista a Beatriz de Moura), La Vanguardia, 1 de agosto de 2012.

Beatriz de Moura, «Esa ideología nuestra de cada día», Vindicación feminista, núm. 3 (septiembre de 1976), p. 61.

Juan Cruz Ruiz, Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, Barcelona, Tusquets Editores (Tiempo de Memoria 104), 2014.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (Imago Mundi 26), 2003.

Gonzalo Pasamar, «La memoria de la guerra civil durante la Transición: la aportación de los editores y las colecciones editoriales», en Carlos Navajas Zulbedia y Diego Iturriaga Barco, eds., España en democracia (Actas del IV Congreso Internacional de Historia de Nuestro Tiempo), Logroño, Universidad de La Rioja, 2014, pp. 223-233.