La editorial Ciencia Nueva y las estrategias censorias

En su impresionante análisis de Los estudios literarios en Argentina y España, Max Hidalgo destaca a la editorial Ciencia Nueva como fundamental en la introducción en España de unos determinados textos estructuralistas que marcaron muy definitivamente el tipo de recepción y la incidencia de éste en el campo literario peninsular; y ya antes, Francisco Rojas Claros había descrito esta singular empresa de vida breve (1965-1970) como «pionera en cuanto a publicación de libros de corte marcadamente político e ideología marxista disidente con los postulados tradicionales del régimen [franquista]» y Carmen Menchero de los Ríos la había definido como «un caso ejemplar del recurso al ordenamiento jurídico como coartada para la acción punitiva de las instituciones sobre la producción cultural.».

La estructura empresarial de Ciencia Nueva ya es indicativa de algunas iniciativas eminentemente colaborativas que empiezan a abundar en el sector editorial español a mediados de los años sesenta: la crean con un capital declarado —al parecer sin correspondencia con la realidad— de quinientas mil pesetas una docena de estudiantes vinculados a la Universidad Complutense de Madrid ideológicamente próximos al Partido Comunista de entre los que algunos tendrán luego una trayectoria profesional muy notable en el ámbito de la cultura, como es el caso de la socióloga Valentina Fernández Vargas (n. 1940), el luego editor de Turner José Esteban (n. 1935), el poeta y más tarde fundador de la editorial Hyperion Jesús Munárriz (n. 1940), la dramaturga y narradora Lourdes Ortiz (n. 1943), la historiadora y traductora María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida (1937-2022) o el dirigente comunista por entonces en la clandestinidad y más tarde diputado en la primera legislatura posfranquista Jaime Ballesteros (1932-2015). Y a este núcleo inicial se sumarían además enseguida otros intelectuales emergentes destacados, como los filósofos Gustavo Bueno (1924-2018) y Manuel Sacristán (1925-1985), el jurista Roberto Mesa (1935-2004) o los historiadores Valeriano Bozal (n. 1940) y Antonio Elorza (n. 1943).

Hay un consenso en situar Ciencia Nueva un una tendencia a la creación de pequeñas editoriales con un marcado compromiso con la renovación ideológica cuyo público potencial eran unos sectores de jóvenes universitarios, cada vez más amplios, y a la que en muchos casos caracteriza una estructura empresarial y unos sistemas de distribución que se apartaban por completo de las convenciones de la época y de las que son ejemplo la evolución que estaban teniendo Ariel (n. 1942), las barcelonesas Terra Nova (1958-1978), Estela (1958-1971) y su continuadora Laia (1972-1989) y empresas como Edicions 62 (n. 1962), ZYX (1963-1968) o Edicusa (1965-1978), a las que a finales de la década se añadirían aún otras como la Lumen de Esther Tusquets (1936-2012) y sobre todo Kairós (n. 1964), Anagrama (n. 1969) o Tusquets Editores (n. 1969).

La creación en octubre de 1965 de la editorial —que se estrena con el libro publicado originalmente en inglés en 1939 Ciencia y política en el mundo antiguo, del erudito irlandés Benjamin Farrington (1891-1974), y con La evolución de la sociedad, del filólogo y arqueólogo australiano Vere Gordon Childe (189-1957), cuya edición original en inglés era de 1951—, se anticipaba en poco a cambios significativos en la legislación sobre censura, y en particular a la promulgación de la Ley de Prensa e Imprenta de marzo de 1966 (conocida popularmente como «ley Fraga» y que venía a sustituir una de 1938; esto es: redactada durante la guerra civil). Tal circunstancia hizo que, como todas las editoriales ya en activo, Ciencia Nueva tuviera que solicitar el prescriptivo número del Registro de Empresas Editoriales, cosa que hizo en febrero 1967 y se topó entonces con un silencio que no se rompería hasta marzo de 1969, cuando le fue denegado alegando falta de información sobre los miembros de la editorial e insuficientes datos acerca del patrimonio de la empresa en lo que Carlota Álvarez Maylín ha descrito como «uno de los procesos más importantes» entre las editoriales y la administración del tardofranquismo. Se entró entonces en un proceso de negociación que hizo que incluso después de desaparecida la empresa el asunto aún estuviera pendiente de resolverse. Esto hizo que Ciencia Nueva, que tuvo muy buena acogida tanto entre los lectores como entre la prensa de izquierda, fuera durante toda su trayectoria muy vulnerable a la acción de la censura.

El catálogo de Ciencia Nueva fue construyéndose sobres cuatro colecciones nacidas casi simultáneamente: la inicial Ciencia Nueva, Los Complementarios (dirigida por Ballesteros en cuanto salió de una estancia en prisión), que se estrenó en 1966 con Cine español en la encrucijada (1966), de César Santos Fontenla (1931-2001), Cuadernos Ciencia Nueva, cuyo primer título fue Cervantes humanizado, del poeta y ensayista Ramón de Garciasol (Miguel Alonso Calvo, 1913-1994) y el editor y traductor Arturo del Hoyo (1917-2004) y Clásicos Ciencia Nueva, que arranca al año siguiente con una edición a cargo de Jesús Munárriz de En defensa de las Cortes, con dos apéndices, uno sobre la Libertad de Imprenta y otro en Defensa de los Derechos de Reunión y Asociación de quien fuera diputado en las Cortes de Cádiz Álvaro Flórez Estrada (1766-1853). A ellas se añadiría en 1968 la colección Las Luchas de Nuestros Días, que se estrenó con un título de quien dirigía la colección, Roberto Mesa: Vietnam, conflicto ideológico.

Billete de 25 pesetas con el retrato de Flórez Estrada.

A estas habría que añadir aún El Bardo, la valiente colección de poesía creada en 1964 por José Batlló (1939-2016) y que en su periplo por diversas editoriales, en 1967 recayó durante unos años en Ciencia Nueva a partir del número 36 de la colección (Epopeya sin héroe, de Rafael Soto Vergés).

Tras un perspicaz análisis del catálogo, Rojas Claros describe su contenido como «los límites de lo editable» en el contexto de esa época de modernización de la censura y subraya la enorme cantidad de títulos que se presentaban a consulta previa (para evitar un secuestro posterior, que sus debilidad económica no hubiera podido soportar) con la esperanza de que algún porcentaje de los títulos fuera autorizado. Así pues, la censura franquista operaba contra Ciencia Nueva por dos caminos que también padecieron otras editoriales pequeñas y de rasgos similares: por un lado, obligándolos, en la práctica (aprovechando que financieramente no podían resistir los secuestros administrativos de ejemplares) a presentar a censura previa todo aquello que pretendieran publicar (pudiendo en tal caso obligar a cambios en el título, supresiones de pasajes o prólogos o incluso alteraciones de las tiradas previstas), y por otro lado denegando, simple y llanamente, la autorización para publicarlos. Explica Carmen Menchero de los Ríos (quien abordó ya el asunto en su Memoria de Suficiencia Investigadora): «De un total de doscientos títulos proyectados en la historia de la editorial, topó con la denegación de cuarenta y seis obras y se vio obligada a realizar mutilaciones en el texto de otras treinta y cuatro, atendiendo a las “tachaduras” del cuerpo de lectorado».

Rojas Claros ofrece de ello algunos ejemplos muy ilustrativos: En abril de 1965 censura deniega a Ciencia Nueva autorización para publicar Lengua libre y libertad lingüística, del académico Benvenuto Terracini (1886-1968), atendiendo a una nota firmada el 31 de marzo de ese año por el jefe de la Oficina de Enlace, Luis Santiago de Pablos, y dirigida a los Servicios de Orientación Bibliográfica, según la cual «hasta nueva orden, no se admitirá para su publicación en España obra alguna que haya sido editada por Einaudi», lo cual sin duda tiene que ver con la publicación en la combativa editorial de Giulio Einaudi (1912-1999) de los Canti della nuova resistenza spagnola (1939-1961) (1962), en el que miembros del grupo musical Cantacronache compilaban veintiséis canciones y tres poemas antifranquistas recogidos durante su gira por España en 1961. Es decir, se les impedía publicar ese título a modo de venganza contra una editorial italiana no afecta al régimen franquista.

A este todavía añade Roja Claros los casos del Ensayo sobre la concepción monista de la historia, de Gueorgui Plejánov (1856-1918) en noviembre de 1966, los de Hombre y evolución (que en México había publicado Grijalbo ya en 1962) y Socialismo e individuo de John Lewis en enero del año siguiente e incluso el de Las luchas de clases en Francia, de Marx y Engels, en el que no valieron nada las alegaciones del carácter de clásico y se les obligó a eliminar tres citas de Lenin del texto y un pasaje en el texto de contracubierta, y el caso es que se solicitaba autorización para hacer tres mil ejemplares a quince pesetas y finalmente se hicieron solo quinientos a sesenta pesetas (ya en los años cuarenta el hecho de que un libro fuera caro era un argumento para autorizarlo, pues se presuponía que de ese modo no llegaría a manos de lectores de poco o mal criterio).

En el aspecto más formal, los libros de Ciencia Nueva vienen marcados por la impronta que les dan los primeros trabajos como diseñador gráfico del polifacético Alberto Corazón (1942-2021), quien entre 1960 y 1965 había cursado Sociología y Ciencias Económicas en la Universidad Complutense y en esos años hace su gran despegue como uno de los grafistas más interesantes del sector editorial español y poco después dará nombre a la editorial que recoge el testimonio de Ciencia Nueva: Alberto Corazón Editor.

Fuentes:

Carlota Álvarez Maylín, «El Registro de Empresas Editoriales: la censura en la Ley de Prensa e Imprenta de 1966», Studia Historica. Historia Contemporánea, núm 38 (2020), pp. 297-326.

Max Hidalgo Nátcher, Los estudios literarios en Argentina y en España. Institucionalización e internacionalización. 1 Teoría en tránsito. Arqueologóa de la crítica y la teoría literaria españolas de 1966 a la posdictadura, Ciudad de Santa Fe, Ediciones Universidad Nacional del Litoral, 2022.

Carmen Menchero de los Ríos, «Editoriales disidentes y el libro político», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1939-1975), Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 809-834.

Francisco Rojas Claros, «Una editorial para los nuevos tiempos: Ciencia Nueva (1965-1970», Represura, (enero 2017), publicado originalmente en «Revista Historia del Presente, Departamento de Historia Contemporánea de la UNED, Madrid, 2005, pp. 103-120.

Francisco Rojas Clarós, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), San Vicent del Raspeig, Publicacions Universitat d’Alacant, 2013.

La Biblioteca Silenciada de la Editorial Ayuso

En los años finales del franquismo, la emblemática librería Fuentetaja, situada inicialmente en el número 24 de la calle San Bernardo (posteriormente en el 48), fue un extraordinario punto de irradiación de iniciativas editoriales de muy diverso signo pero siempre con un toque políticamente izquierdista. De allí surgieron, en distintos momentos y por iniciativa de diferentes intelectuales españoles, sellos como Ciencia Nueva, Hyperion, Orbe, Artiach, La Piqueta, Endymion… y Ayuso.

Jesús Ayuso.

Jesús Ayuso Jiménez, nacido en Moratilla de los Meleros (Guadalajara) en 1940, fundó en Madrid en 1957 la librería Fuentetaja, que no tardó en hacerse célebre por disponer de libros prohibidos por la censura española, que se ocupaba de conseguir clandestinamente sobre todo a través de las editoriales Ebro, Ruedo Ibérico y de la Librería Española de Antonio Soriano (1913-2005) y además, según informe de la Dirección General de Seguridad de 1974, tenía a la vista libros «de matiz político social» de editoriales de «tendencias marxistas o izquierdistas» españolas.

Con la librería ya más o menos asentada, el 17 de junio de 1969 Ayuso solicitó registrar la editorial que tomó su nombre, con un patrimonio declarado de quinientas mil pesetas —se le autorizó el 14 de octubre de ese mismo año—, y en la que contó como su mano derecha con el editor vallisoletano Jesús Moya, formado en la comunista editorial Ebro.

Ya desde el principio se trataba de un proyecto heterogéneo en cuanto a los géneros (ensayos y manuales, sobre todo, pero también narrativa, obras divulgativas y poesía) y a las tématicas (sociología, filosofía, historia, economía, etc.).

Los títulos publicados por la Editorial Ayuso en su primer año de andadura (1970) dan ya una imagen de por dónde iba el proyecto: Prosas encontradas (1924-1942), de Rafael Alberti, recogidas y presentadas por Robert Marrast y prologadas por Pablo Corbalán, Recientes descubrimientos sobre el origen del hombre, de Jean Herniaux, El tiempo en el hombre, de Petro Kuropulos, con el prólogo a la edición francesa de Jacques Guillamaud y un apéndice de Antonio Márquez, Aspectos sociales de la psicología moderna, de diversos autores (J.F. Le Ny, Haïn Sella, Gerard Vergnaud y Bernard Muldworf) y prologado por Julián Mesa, El joven Unamuno (influencia hegeliana y marxista), de Manuel Pizán, La filosofía de Esquilo, de Georges Thomson, Posibilidad de la estética como ciencia, de Eloy Terrón, Ernst Fischer y «el hombre sin atributos», de Fischer y con un prólogo de Roger Gauraudy,  y una reedición corregida y aumentada en cinco volúmenes de El desarrollo de la sociedad, de Mauro Olmeda. Probablemente no es ajeno al carácter de estos primeros títulos el hecho de que Fuentetaja había abierto una sucursal en la Facultad de Sociología y Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, desde la que proveía a los estudiantes de lecturas más allá de las canónicas.

Julián Zugazagoitia.

A los diez años de su creación, Ayuso ponía en marcha un proyecto bastante singular que acaso respondía en buena medida al interés por la historia literaria de los años treinta, pero con unos textos que a simple vista difícilmente conectarían con la sensibilidad de los lectores de por entonces, la Biblioteca Silenciada, que tal vez deba interpretarse más como un acto de reparación histórica que como una iniciativa comercial.

Dirigida por el crítico e historiador de la literatura salmantino Gonzalo Santonja y con cubiertas del luego prestigioso diseñador gráfico conquense Roberto Turégano, la Biblioteca Silenciada recuperó a una serie de escritores y obras realistas que siempre han estado en la órbita de los intereses de su director —Ángel Samblancat (1885-1963), Joaquín Arderius (1885-1969), César Arconada (1898-1964), etc.—, que quizá desde antes de la guerra no se publicaban en España, entre otras cosas porque sus autores —si no muertos— estaban exiliados o habían sido víctimas de la represión franquista y sus textos eran además inasumibles por la censura nacional-católica, pero a la altura de 1979 la inexistencia en las librerías españolas de estos autores, que en los años treinta representaban, con Sender, lo más granado de la llamada «novela social», era sin duda una anomalía, como se explicitaba en el texto de presentación:

Al margen de las ultimas y frecuentemente innecesarias traducciones que desde hace ya demasiados años invaden el panorama editorial español, la «Biblioteca Silenciada» se centrará exclusivamente en la recuperación de obras y autores españoles de las cuatro primeras décadas del siglo XX con el firme propósito de contribuir a restablecer una relación literaria artificialmente interrumpida.

Contracubierta de El crimen de Cuenca.

Desde el punto de vista formal, se trata de libros encuadernados en rústica, con un formato de 20 x 30, que visualmente evocan en cierto modo la etapa de preguerra en que fueron escritos y la estética que caracterizó las llamadas editoriales «de avanzada», incluso con unas cabeceras que, si bien fieles al espíritu de las obras, resultan hasta cierto punto anacrónicas.

El primer volumen de la colección recupera Madrid, Carranza, 20, una novela de quien había sido ministro de Gobernación durante la guerra, Julián Zugazagoita (1899-1940), publicada durante su exilio en París antes de que fuera detenido por la Gestapo y traslado a Madrid (donde fue fusilado el 9 de noviembre de 1940). Y a esta seguiría La guerra en Asturias (crónicas y romances), una compilación preparada por Santonja en la que se incluyen tres textos de César Arconada publicados ya durante la guerra en forma de libro como Romances de la guerra (Santander, Unidad, 1937) junto a otros periodísticos de quien había muerto en su exilio en Moscú el 13 de marzo de 1964.

Sin embargo, quizá más ilustrativos de la orientación de la Biblioteca Silenciada son los dos números siguientes, en los que Santonja antologa la famosa colección de las Ediciones Libertad (Augusto Vivero, Hildegart, Ángel Pestaña, José Antonio Balbotín, etc.), y acerca de la que más tarde escribiría:

los relatos de La Novela Proletaria representan un magnífico exponente de los dudosos resultados que acostumbra a producir la desdichada aventura de asignar a las letras un papel reducido a lo propagandístico, aunque por eso mismo  también suponga un valioso testimonio acerca del descontento experimentado por un nutrido grupo de intelectuales y políticos radicales, dotados de un innegable grado de incidencia en la vida del país.

Cubierta de un ejemplar de La Novela Proletaria de Editorial Libertard, Un ensayo revolucionario, de Mauro Bajatierra.

Dieron cuenta de esta voluntad de recuperar una determinada narrativa que había desaparecido con la guerra civil (sobre todo como consecuencia de su resultado), aun cuando para entonces quedaba ya alejada de los gustos del lector, cuatro títulos más, una novela cercana a la distopía de José Más (1885-1941) publicada en 1932 por Pueyo, una de las obras más famosas de Arderíus, aparecida en Zeus en 1931, una extraordinaria primera edición ilustrada de José Luis Gallego (1913-1980), cuyo poemario aquí publicado despertó la curiosidad de Jorge Guillén hasta el punto de escribir a la editorial solicitando más información, y la novela El crimen de Cuenca (1932) de Alicio Garcitoral (1902-2003), residente por entonces en Bostón, después de haberse exiliado originalmente en Buenos Aires.

 

La colección Biblioteca Silenciada de Editorial Ayuso:

1 Julián Zugazagoitia, Madrid Carranza, 20, 1979.

2 César M. Arconada, La guerra en Asturias (crónicas y romances), edición de Gonzalo Santonja, 1979.

3 AA.V., La novela proletaria (1932-1933), tomo I, reedición a cargo de Gonzalo Santonja, 1979.

4 AA.V., La novela proletaria I (1932-1933), tomo II, reedición a cargo de Gonzalo Santonja, 1979.

5 José Mas, En la selvática Bribonicia. Historia de un país que quisieron civilizarlo, prólogo de Francisco Caudet, 1980.

6 Joaquín Arderius, Campesinos, prólogo de José Esteban, Madrid, 1980.

7 José Luis Gallego, Voz última, edición facsímil del manuscrito, introducción de Leopoldo de Luis, 1980.

Imagen interior de Voz última.

8 Alicio Garcitoral, El crimen de Cuenca, prólogo de José Esteban,1980.

Fuentes:

Web de Ediciones Endymion

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo (Colección Investiogación 3), 2017.

Jorge Guillén, Carta a Leopoldo de Luis fechada el 1 de octubre de 1980. Centro Virtual Cervantes.

Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1939-1975), Madrid, Marcial Pons, 2015.

Alicio Racionero, «El crimen de Cuenca (Alicio García Toral)», El Rincón de Albalate de las Nogueras, 17 de febrero de 2012.

Francisco Rojas Clarós, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco, 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones-El Museo Universal, 1993.