Acerca de josepmengu

Me licencié en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve la suerte de que Sergi Beser me enseñara a leer novelas y Alberto Blecua y Manuel Aznar Soler hicieran lo propio con el teatro. Asistí allí al parto del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario Español) y desde 1993 me he dedicado a labores editoriales y de docencia, que he combinado con la publicación de trabajos de investigación filológica (en Teatro. Revista de Estudios Teatrales, España Contemporánea, Els Marges), crítica e historia literaria y editorial (Quimera, Lateral, Renacimiento, Cultura/s, Ínsula, Dosssier, Trama&Texturas). He participado en algún que otro libro colectivo y en congresos sobre la literatura española del exilio de 1939 y me ocupé de la edición comentada de Víznar o Muerte de un poeta, de José M. Camps y, en colaboración con Mario Martín Gijón, de la de Cuatro ficciones dramáticas, del mismo autor. La editorial Debate publicó mi biografía de Josep Janés A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, escribí un prologuillo al epistolario entre J.V. Foix y Joan Gili y colaboré con Mireia Sopena y Fernando Larraz en la coordinación y edición de Pliegos alzados. La historia de la edición a debate.

Ediciones Patria, aproximación a un enigma de la postguerra

No parece ser gran cosa lo que se sabe de las Ediciones Patria, una empresa que recién terminada la guerra civil española (1936-1939) puso en circulación una interesante revista de poesía y una serie de libros con doble pie editorial en Barcelona y Madrid, en el primer caso llevados a cabo en los Talleres Tipográficos de Pellicer (en la calle Muntaner, 111) y en el segundo en Gráfica Informaciones (en Orellana, 7).

Recién concluida la guerra, el mismo año 1939 Ediciones Patria publica por lo menos cuatro libros que ya permiten atisbar quién se encontraba detrás de esta iniciativa: el libro de viajes Inglaterra y los ingleses, de Alfredo Marqueríe (1907-1974), con prólogo de Jesús Nieto, que se acompaña de fotografías en blanco y negro; la novela humnorística Don Laureano y sus seis aventuras, también de Marqueríe; Breviario sentimental, relámpagos de humor y filosofía, del mencionado Jesús Nieto, y la Carta encíclica Sumus Pointificatus, del papa Pío XII. Al parecer, la novela de Marquerie gozó de cierto éxito, pues José María Martinez Cachero habla de ella en los siguientes términos: «Las a veces regocijantes, a veces tristes peripecias del mediocre funcionario protagonista fueron muy comentadas a su aparición (“una novela finísima”, “un libro de graciosa amenidad”, un ejemplo de novela humana y humanizada)».

El año siguiente abre una curiosa colección llamada Biblioteca de Marinos Españoles que se estrena con Legazpi (el conquistador de Filipinas), del carlista y luego falangista José Sanz Díaz (por aquel entonces adscrito a la Subsecretaría de Prensa y Propaganda; es decir, a la censura) y España en Trafalgar (Abismo de gloria), del escritor y ex militar Federico de Mendizábal (1901-1988), y publica al abogado asturiano establecido en Galicia Camilo Barcia Trelles (1888-1970) el ensayo Vázquez de Menchaca (sus teorías internacionalistas, 1512-1569). El género de la novela, rosa en esta ocasión, está representado ese año por Edad y belleza en el amor, de Andrés Revesz (1896-1970), mientras que el humor está representado por los Cuentos de humor de Samuel Ros (1904-1945) y se publica también el anecdotario firmado por Curro Vargas La vida no es así (páginas por abrir), pero lo más interesante es la incursión en la poesía.

Son también de 1940, por ejemplo, Rutas paganas, del poeta madrileño Isidoro Martínez Alonso; Mar del sol, del poeta falangista gallego José María Castroviejo (1909-1983), quien el año anterior había publicado en Ediciones Jerarquía el poemario Altura, poemas de guerra; una reedición del primer libro de Antonio Mas-Guindal, que había aparecido originalmente en Unión Poligráfica en 1935, y ahora se publicó precedido de un prólogo de César González Ruano (1903-1965), con quien había compartido iniciativas como Los Jóvenes y el Arte, que Miguel A. Iglesias ha descrito como «un grupo de intelectuales de derechas en el Madrid de preguerra» en el que figuraban también Marquerie, Agustín de Foxá o Margarita de Pedroso.

Gerardo Diego dibujado por Escassi.

Con todo, la edición más relevante de Ediciones Patria ese año parece ser la de Ángeles de Compostela, del poeta de la Generación del 27 Gerardo Diego (1896-1987), que se publica impreso a dos tintas, con varias ilustraciones del artista [José Romero] Escassi (1914-1994), que al arrancar la guerra civil se convirtió en uno de los habituales en la revista FE, y fotografías del gallego Ksado (Luis Casado Fernández, 1888-1972), que se había hecho famoso en 1936 con el álbum Estampas de Galicia.

Del año siguiente son los cinco números de la revista Cuadernos de Poesía, que en el inicial (de enero) incluye textos de Manuel Machado, Gerardo Diego, Jorge Guillén, entre otros, y un homenaje a Unamuno ilustrado por Demetrio [López Vargas] (1886-1960), quien, después de hacerse célebre por sus dibujos de mujeres, tras la guerra era colaborador habitual de Informaciones. En números sucesivos, esta revista publicó obra a Luis Rosales, Ángel Valbuena Prat, Félix Ros, Rubén Darío, Pilar Valderrama (la Guiomar de Antonio Machado), Federico Sopeña, etc., e incluyó en algunos números ilustraciones de Escassi.

Desgajados de la revista salieron un par de volúmenes que se presentaban como pertenecientes a una Biblioteca Poética Cuadernos de Poesia, de Ediciones Patria: Poesías místicas, selección de textos de Miguel de Unamuno llevada a cabo por Jesús Nieto y con un prólogo de Juan Aparicio; y Romances 1918-1941, selección de poemas de Gerardo Diego realizada por él mismo.

El interés por Unamuno se puso también de manifiesto en la creación de uno de los primeros premios literarios de una cierta entidad de la inmediata posguerra, que las Ediciones Patria lanzaron precisamente con el nombre de Premio Unamuno, destinado a «despertar el interés de los escritores, y especialmente de los jóvenes, y para ayudar a mantener el cultivo de la novela española» y dotado con 2.000 pesetas al ganador y con la posibilidad de otorgar un accésit de 1.000. El primer y único ganador fue el arabista y gastrónomo Luis Antonio de la Vega (1900-1977), que vio publicada Los que no descienden de Eva en Patria ese mismo año.

No menos singular es, por diversos motivos, la Antología poética del escritor modernista peruano Alberto Ureta (1885-1966), que entre 1934 y 1937 había sido cónsul general en Madrid, y que se publica con un prólogo de Jesús Nieto. Según la cubierta de este libro, se enmarca en una Biblioteca Hispanoamericana de Cuadernos de Poesía, perteneciente a las ediciones Patria, con doble sede en Barcelona-Lima. Hay que retener este dato.

La revista no tuvo continuidad en 1942, y a decir de Martínez Cachero tampoco la editorial: «La marcha de Jesús Nieto Pena, responsable de la editorial, a Hispanoamérica supuso la desaparición de Ediciones Patria que en 1941 había ofrecido la novela de Samuel Ros Los vivos y los muertos, breve narración elegíaca o canto a la amada muerta con relevante acento poético y estructura dialogada».

A este título del falangista Samuel Ros pueden añadirse aún en 1941 Apología del espíritu religioso, de Jesús Nieto; Barceló, Sus luchas con ingleses y piratas berberiscos (en la Biblioteca de Marinos), del antisemita y colaborador de Informaciones Francisco Ferrari Billoch (1901-1958); Estelaria (Sinfonías verbales) y Alegorías, ambos del ya mencionado Isidoro Martínez Alonso; Vida y doctrina de Cornelio Codreanu, de Tomás Escolar y Jesús Nieto y con prólogo del fundador de las JONS Emiliano Aguado (1907-1979); Serrano Suñer en la Falange, del periodista, novillero, espía pronazi y falangista de primera hora Ángel Alcázar de Velasco (1909-2001).

En el número de la revista Destino correspondiente al 10 de agosto de 1940, aparece una breve nota en la que se celebra el número especial dedicado a la Marina Española por la espléndida y soberbia revista Mio Cid, subtitulada inequívocamente «Revista Nacional de Arte, Literatura e Imperio» y en la que figura como director y gerente nuestro Jesús Nieto Pena. Unas semanas después, en el número del 24 del mismo mes anuncia Destino: «En Valencia, por el esfuerzo inteligente de Jesús Nieto Pena, capitán de muy simpáticas empresas de cultura, sale ahora la revista de literatura Mío Cid, que ha publicado un número lleno de frescura y poesía dedicado al mar.»

En su tesis doctoral, de 1993, Ana Isabel Álvarez Casado hizo la siguiente descripción de esta revista:

Esta pequeña revista, subitulada «Hoja de literatura y arte bajo el signo Imperial», nace en Burgos, ciudad donde radicó el primer gobierno franquista durante la contienda y de la cual saldrían importantes medidas bélico-políticas del Alzamiento Nacional. El director de Mio Cid, que a partir de junio de 1938 se tituló «Revista católica de Literatura y Arte», fue Jesús Nieto Pena y su redactor jefe A. Mariño Vilella. Desde su nacimiento Mio Cid se mostró plenamente sesgada por su advocación religiosa y clerical, y, lógicamente, apologista del Régimen que impondría el general Franco, al cual se le dedicó un número extraordinario en 1937. Con un sentido falangista de tradicionalismo, regeneración y universalidad, pretendía presentarse ante sus lectores esta revista, ayudando al Caudillo en su labor de salvaguardia de los valores tradicionales hispánicos.

Al margen de acabar de rematar la caracterización ideológica de Nieto Pena, lo que interesa aquí es ver un número de la segunda época de Mio Cid, en que figura como secretario Jaime Santamaria y la dirección de la revista es el entresuelo del número 39 de la Vía Layetana (a unos pasos de la de Patria, que estaba en el número 47); en particular interesa el número correspondiente a mayo de 1941 (realizado lujosamente en la S.A.D.A.G.) que, además de textos de Karl Vosler, Manuel Machado, Ramón Menéndez Pidal, Gerardo Diego y Rafael Lapesa, ofrece una página completa titulada «La obra de una gran editorial española» que es muy generosa en información, no sólo acerca de los títulos publicados hasta entonces en Patria, sino también acerca de algunos planes editoriales que no llegaron a completarse.

Además de afirmar que en apenas dos años se han publicado más de sesenta títulos (algunos sin fechar), se indica por ejemplo que de la Biblioteca de Marinos está prevista la aparición de doce volúmenes, que son los mismos que compondrán la de Músicos (en la que se anuncian títulos dedicados a Granados, Pedrell, Falla, Arriaga y Sarasate), se presenta para el siguiente otoño una Biblioteca de Filosofía con textos anotados, otra colección de Biografías contemporáneas… Pero sobre todo resulta revelador una noticia que acaso explique el precipitado fin de una empresa que, en apariencia, tan bien funcionaba: «Próximamente Ediciones Patria instalará en la ciudad de Lima (Perú) una importante sucursal para los mercados hispanoamericanos con el fin de estrechar vínculos culturales entre Perú y España». Es una pista.

Fuentes:

Ana Isabel Álvarez Casado, Bibliografía Artística del Franquismo: Publicaciones periódicas, 1936-1948, tesis doctoral presentada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid en 1993.

Anónimo, «La obra de una gran editorial española», Mío Cid. Revista Nacional de Arte, Literatura e Imperio, mayo de 1941, s/n [p. 2].

Homenaje a Jesús Nieto Pena en Radio París en 1964; en Devuélveme la Voz.

Miguel A. Iglesias, «”Los jóvenes y el arte”: escapismo y estética neorromántica en un grupo de intelectuales de derecha en el Madrid de preguerra», RILCE, vol. 17, núm. 2 (2001), pp- 211-224.

José María Martínez Cachero, «Novelistas jóvenes y panorama editorial en la década de los cuarenta», en Estudios ofrecidos a Emilio Alarcos Llorach, vol IV, 1979, pp. 479-494.

El encuadernador y editor Enric Messeguer y sus circunstancias

El término «novela gráfica» se ha asentado en el ámbito editorial, quizá para evitar la connotación humorística, popular, infantil o comercial de lo que hasta no hace tanto tiempo conocíamos como «historietas», «tebeos» o más tarde «cómics». Sin embargo, ya en 1904 había aparecido una revista (Monos. Semanario Humorístico Ilustrado), que añadió como subtítulo a la serie «Travesuras de Bebé», de Frank Lagendorf, este término a modo de caracterización («La primera novela gráfica española»). Unos cuantos años después, en 1948, las barcelonesas Ediciones Reguera lanzaron una colección con exactamente este término, y explicaban en la presentación: «La Novela Gráfica os dará a conocer las mejores novelas de la literatura mundial por medio de dibujos explicados. Cada número contendrá el argumento completo de una novela de amor, aventuras, pasión o intriga, siempre dedicado a personas mayores.»

Resulta bastante curiosa la génesis de las Ediciones Reguera, que empieza a publicar con ese sello en 1942, pero su reconstrucción obliga a retrotraerse hasta por lo menos las primeras décadas del siglo y a centrarse en la figura del encuadernador Enric Messeguer Fàbregas, que impartió con Hermenegild Alsina Munné (1889-1980) clases de encuadernación artística en la Escola d’Arts i Oficis i Belles Arts de Barcelona y tuvo como alumno, entre otros muchos, al luego celebérrimo encuadernador Emili Brugalla (1901-1987).

En 1925, Messeguer se asoció con uno de los grandes editores de su tiempo, José Zendrera Flecha (1894-1969), que dos años antes había creado la Editorial Juventud, S.A. con Concepción Massana y su hijo Julio del Molino, Juli Gibert, José Fernández de la Reguera y otros accionistas con los que previamente se había relacionado en la editorial Hymsa.

De esta asociación entre Juventud y Molino nace Encuadernaciones Messeguer, que inicialmente tiene como razón social el mismo edificio en el que se encontraba la editorial (el número 214 de la calle Provença), y prueba de la estrecha relación que establecen es que unos años después Messeguer se convierte también en socio de Edita, S.A. (otra iniciativa de Zendrera) y en 1931 entra a formar parte del consejo de administración de la editorial, que, obviamente, era uno de sus clientes preferentes, pero no el único.

Aun así, va configurándose un entramado en el que aparecen, vinculados por sus fundadores, accionistas y miembros de los consejos de administración, la editorial Hymsa, Edicions Mentora, Juventud, etc., y que Mónica Baró explica del siguiente modo (la traducción, del catalán, es mía):

De este modo se creaba una especie de consorcio editorial que disponía de una imprenta muy moderna (la de la Sociedad General de Publicaciones), varias editoriales que permitían publicar productos diversos (revistas, libros técnicos, libros de gran consumo, libros infantiles, obras en catalán) y una empresa de encuadernación. El nexo común entre todas ellas son Juli Gibert y Josep Zendrera, que se iba perfilando ya como el empresario que sería en el futuro.

No abunda la información sobre la actividad de Messeguer en los años siguientes, pero el 9 de abril de 1926 aparece en La Vanguardia la esquela de doña Adela Pérez de la Reguera, en la que, junto a su viudo, José Fernández de la Reguera y sus hijos, agradecen la asistencia a la misa por su alma la Sociedad General de Publicaciones, la Editorial Juventud y las Encuadernaciones Messeguer, S.A., lo cual deja constancia de la continuidad de la empresa.

Parece evidente que estos vínculos se mantuvieron durante la década siguiente, y ya en la inmediata postguerra (¿en 1943?) se publicaron un par de libros infantiles con ilustraciones de Emilio Freixas (1899-1976) titulados El sueño de una noche de verano, narrado por Àngel Puigmiquel (1922-2009), y Los pastorcillos, adaptado por el mismo autor, ambos publicados por «Sucesores de Enrique Meseguer [sic]». Con ellos se iniciaba una serie de libros entre los que triunfarían especialmente los muy conocidos Manuales Messeguer. Sin embargo, lo interesante en este contexto es que en esos mismos años, Freixas, que antes de la guerra civil española (1936-1939) había colaborado en las publicaciones de Hymsa El Hogar y la Moda y Lecturas, además de colaborar con Meseguer (donde publica también Lecciones de dibujo artístico en 1944) crea una efímera Editorial Mosquito con el mencionado Puigmiquel y su hijo Carlos en 1943, pero sobre todo que en los años siguientes se convertiría en uno de los dibujantes habituales de Reguera, lo que lleva a pensar que, o bien al término de la guerra se reanudaron los vínculos establecidos a través de ese «consorcio» al que alude Baró, o bien que nunca se rompieron por completo como consecuencia de la guerra. Sería interesante reconstruir la historia y aquilatar las dimensiones y derivadas de este «consorcio», que parece tener mayor importancia de la que hasta ahora se le ha dado.

Volviendo a Messeguer, según anota Manuel Martínez Barrero en su tesis doctoral (Sistemática de la Historieta, 2015) tomando como fuente la Guía de Editores y Libreros de España del INLE de 1952, «Ediciones Reguera era la misma empresa que Encuadernaciones Messeguer, S. A., afincada en Barcelona pero con delegación también en Madrid». Sin embargo, y aunque no está del todo claro que en los años cuarenta se tratara de la misma empresa (con sede en la calle Borrell, 245), es evidente que el consorcio, más o menos difuminado, seguía funcionando.

De 1943 es un volumen que contiene «Las tres naranjas de las hadas (cuento oriental)» y «La tabaquera de oro (cuento inglés)», traducidos por el prolífico escritor de novela popular H.C. Granch (1892-1970), que se publica con pie editorial de Enrique Meseguer. Y de ese mismo año es también una edición de Gobseck, de Honoré de Balzac, que se publica con pie editorial de Ediciones Reguera (en la colección Oasis) y se presenta como «versión directa del francés de E. Meseguer», lo cual redunda en la idea de la continuidad o identidad de esa pléyade de nombres comerciales.

En el año 1944 se concentran el grueso de las ediciones de Messeguer, empezando con una edición del Romeo y Julieta, en la versión de Luis Astrana Marín (1889-1959) e ilustrada por Freixas y siguiendo con varios títulos de Francisco Pérez-Dolz con los que se estrenaban los Manuales Messeguer (Teoría de los colores y Historia y técnica de la cerámica), a los que se añadían títulos, aún en 1944 de Emilio Freixas (Vicente Navarro (Técnica de la escultura), Emilio Freixas (Lecciones de dibujo artístico) y Adolfo Oller (El arte de la fotografía), pero también de 1944 es un título con el que parece arrancar una colección Amapola: Un tesoro para la mujer (breviario de la mujer moderna), firmado por Rosa de Nancy. Rosa de Nancy era uno de los diversos seudónimos empleados por la periodista y musicóloga Regina Opisso i Sala (18791965), hermana del célebre dibujante Ricard Opisso, que se había estrenado como novelista rosa en los años veinte en colecciones como La Novela Ideal, La Revista Blanca y en 1926 había publicado en La Novela Femenina  (colección creada por Aurora Bertrana y Maria Carme Nicolau) Mar adentro, con prólogo de Carmen Karr (1865-1943); aún antes de la guerra civil, en 1930 y en la colección Rocío, había aparecido su novela La muchacha del Oeste.

En 1946, ya con pie de Sucesor de E. Messeguer, aparecen solo un segundo número de la colección Amapola, La felicidad dura seis horas, de uno de los primeros biógrafos de Imperio Argentina y luego célebre periodista radiofónico, Antonio Losada (1921-1990), y otro manual de Pérez-Dolz, Procesión de los Ismos, pero a partir de entonces la Meseguer se centrará ya casi exclusivamente en los manuales: Arte del hierro en España (1947), de A. Ruiz Castillo, Pintura mural (1953), de Pérez Dolz, Decoración manual de tejidos (1954), de Pérez-Dolz…

Sin ser una excepción, pues encaja perfectamente en la idea de los Manuales Meseguer, un caso singular es El Cant (1955), del muy popular tenor Emili Vendrell (1893-1962), que acaso sea el único libro publicado en catalán en esta editorial.

Una fuente de confusión en relación con la Messeguer/Meseguer es la labor que como agente comercial llevo a cabo en ella quien fuera editor de las Publicaciones de la Escuela Moderna, la Editorial Progreso y la Biblioteca Séneca, Alfredo Meseguer Roglán (1885-¿?), que mediada la década de los cuarenta hacía las mismas labores para Francisco Alum (que en los años treinta había iniciado una lujosa edición de las obras completas de Manuel Rivas) y para Sintes (que desde los años veinte se dedicaba al libro práctico). Al parecer, no guardaba parentesco con Enric Messeguer, que falleció en 1962 a los setenta y dos años.

A modo de colofón, en 1988 la Universitat Autònoma de Barcelona publicó a Montserrat Lamarca i Morell un Catàleg de Revistes de la reserva Marca, en cuya página de créditos se indica que se encuadernó en Encuadernaciones Meseguer, S. A., con sede en Comte Borrell, 241.

Fuentes:

Manuel Barrero Martínez, Sistemática de la Historieta. Aplicación al caso de la historieta y el humor gráfico en Sevilla, 1864-2000, tesis doctoral presentada en el Departamento de Comunicación, Publicidad y Literatura de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla, 2015.

Mònica Baró, Les edicions infantils i juvenils de l’Editorial Joventut (1923-1969), tesis doctoral presentada en el Departament de Biblioteconomia i Documentació la Universitat de Barcelona, 2005.

Álvaro G. Marhuenda, «Alfredo Meseguer: Las bibliotecas perdidas», Alacant Obrera, 24 de agosto de 2010.

Catálogo de la Biblioteca Nacional de España.

Tebeosfera.

Olga Sacharoff, una artista genial y su relación con la bibliofilia

Cuando la pintora de origen georgiano Olga Sacharoff se establece en Barcelona en 1940, no sólo era ya una de las vanguardistas europeas que contaba con mayor reconocimiento internacional, sino que además ya tenía un buen conocimiento de Catalunya, pues durante la primera guerra mundial había residido en Céret y en Barcelona con su primer marido (el pintor y fotógrafo londinense Otho Lloyd) y posteriormente, desde París, había viajado en diversas ocasiones a la capital catalana, donde progresivamente fue abriéndose camino en los ambientes artísticos.

Ya entre 1918 y 1919,Sacharoff había formado parte de la Agrupació Courbet, que, en el seno del Cercle Artístic de Sant Lluc e impulsada por el ceramista Josep Llorens i Artigas (1892-1980) y el arquitecto y pintor Josep Francesc Ràfols (1889-1965), aglutinó a toda una serie de creadores muy diversos (Francesc Domingo, Josep Obiols, Joan Miró, Enric C. Ricard, Joaquim Torres-Garcia…) a los que unía la intención de dar un auténtico revolcón a la estética un tanto acartonada que había caracterizado al Noucentisme.

Por aquellos mismos años, Sacharoff había colaborado curiosa y episódicamente en 391, la mítica revista dadaísta creada en Barcelona por Francis Picabia (1879-1953), financiada por el galerista Rafael Dalmau i Ferreres (1867-1937) y en la que se publicó obra gráfica de Otho Lloyd, Marie Laurencin (1883-1956) y el propio Picabia y textos de Gabrielle Buffet (1881-1985), Max Jacob (1876-1944), Georges Ribemont Dessaignes (1884-1974), Maximilien Gauthier (Max Goth, 1893-1977), Guillaume Apollinaire (1880-1918) y de nuevo Laurencin y Picabia. La colaboración de Sacharoff se limitó al parecer a una ilustración en el segundo número, acompañando poemas de Jacob y Goth, pero, acaso para desorientación de algunos críticos e historiadores del arte, su nombre quedó así en alguna medida vinculado al dadaísmo.

En una interesantísima tesis presentada en 2018, Tránsitos entre París y Barcelona en la primera mitad del siglo XX: Obra y trayectoria de Olga Sacharoff, Elina Norandi ha dejado, además un recorrido por su cosmopolita trayectoria biográfica, una detallada descripción y una propuesta de interpretación de las no muy abundantes pero sí significativas participaciones de esta artista en la creación de libros, todos ellos llevados a cabo en Barcelona.

Cronológicamente, su primer trabajo como ilustradora de libros se publicó en 1943: La casa de Claudina, de Colette (1873-1954), en traducción de la periodista y escritora María Luz Morales (1889-1980) y con elementos decorativos ‒básicamente, capitulares y folios‒ debidos a Evarist Mora (1904-1987). La edición corrió a cargo de Ediciones Mediterráneas ‒de las que Mora se había convertido en uno de los puntales gráficos, gracias a sus cubiertas de los Sonetos del portugués o Leyendas de la Virgen‒ en los talleres de los prestigiosos talleres Juan Sallent de Sabadell, que imprimieron unos pocos ejemplares sobre papel Japón, Holanda y papel de hilo y otros mil cuatrocientos noventa numerados sobre papel offset. El libro, de 24 x 18 cm y encuadernado en rústica, incluye ocho delicadas acuarelas de Sacharoff cuyos originales se expusieron en la librería-galería Galerías Mediterránea durante la segunda quincena de marzo de 1944 pero que, al parecer, se encuentran en paradero desconocido.

Este proyecto editorial había surgido poco tiempo antes como ampliación de la galería adjunta a la Librería Mediterránea, donde ya en 1940 había acogido una exposición de acuarelas y gouaches de Sacharoff, y en 1941 habían expuesto Manolo Hugué y Opisso, por ejemplo, y estaban a su frente Margarida Gabarró y Antoni Vancells. Además de los ya mencionados, Ediciones Mediterráneas (fundadas en 1935 por Dalmau) se distinguieron por proporcionar una interesante fuente de ingresos como traductores a algunos de los más importantes escritores catalanes de antes de la guerra; publicaron, por ejemplo, ediciones de Éramos siete hermanas (1942), de Karin Michaelis, traducida por Carles Soldevila, Las florecillas de San Francisco (1946), en traducción de Marià Manent, etc., además de Tristán, un amor de Ricardo Wagner (1943), de Josep Palau, y Aventuras de un aviador (1943), de Carles Soldevila e ilustrado por el gran Junceda o Prímula, de Ester de Andreis.

Casi como curiosidad, en 1944 Sacharoff ilustró con un dibujo titulado «Un bello rincón» el texto dedicado a «San Gervasio, Sarià, Pedralbes» que el poeta y editor Joan Teixidor (1913-1992) aportó al número especial de la revista Destino dedicado a la ciudad de Barcelona y sus diversos barrios aparecido el 18 de marzo de ese año (y que incluye también ilustraciones de Pere Pruna, Emili Grau Sala y José Miguel Serrano, además de viñetas humorísticas de Valentí Castanys).

Apenas dos años más tarde aparecía el poemario Donde las lilas crecen (1946), de Juan Eduardo Cirlot, en Helikón (que al año siguiente le publicaría a Cirlot Susan Lenox). Se trataba de nuevo de una edición de bibliógrafo, de 170 ejemplares, encuadernada en rústica y estuchada, en cuarto mayor (26 x 18) y con ocho ilustraciones a color de Sacharoff y los poemas impresos con tipos Ibarra sobre papel de hilo de Guarro. De Helikón, creada por el traductor y poeta simbolista José Miguel Velloso Coca (1921-1982) es conocida también la edición biblingüe de Epipsychidion, de Shelley, con traducción del ya mencionado Marià Manent (1898-1988) y aguafuertes de Domènec Olivé Busquets (1892-1959), pero Masid Valiñas destaca esta edición, supervisada por el propio Velloso y Joaquim Horta, como «una de las obras mejor editadas de Juan Eduardo Cirlot».

También de 1946 es Sempre i ara, el poemario con el que Clementina Arderiu (1889-1976) había obtenido el Premi Joaquim Folguera en 1938, pero la guerra y el exilio habían impedido hasta entonces su publicación. De este libro, que contiene veintiséis poemas y cinco litografías, se tiraron solo 150 ejemplares, con el texto impreso en Antigua Menhart y también sobre papel de hilo de Guarro. Elaborado en la S.A.D.A.G. (Sociedad Alianza de Artes Gráficas), se presentaba en estuche con los pliegos por un lado y las ilustraciones protegidas con papel de seda por otro (al parecer, para que éstas pudieran ser enmarcadas si así se deseaba).

Mientras que, en opinión de Norandi, «contemplando la obra, es fácil deducir que Arderiu y Scharoff trabajaron en un proyecto que sintieron como común, que les entusiasmaba y pusieron en él un amoroso cuidado», según Masid Valiñas «las ilustraciones nunca llegaron a entusiasmar a la propia Clementina Arderiu, que no veía en la delicadeza de estas ilustraciones la fuerza y la gracia especial de [Josep] Obiols o de [Enric Cristòfor] ]Ricart», pero ninguno de los dos aporta mayores especificaciones o documentación a favor de sus argumentos. Sí parece acertada la suposición de Masid Valiñas acerca de que, muy probablemente, se trató de una edición de mecenazgo.

El que probablemente sea el último trabajo editorial de Sacharoff lo hizo para la edición de José Janés de la novela Netochka Nezvanova, de Dostoievski, traducida por Juan G. de Luaces e «ilustrada con diez aguafuertes originales compuestos y grabados por Olga Sacharoff». Según el pie editorial de esta edición, encuadernada en cartoné y presentada en estuche, se hizo en los talleres de la S.A.D.A.G. una tirada de 122 ejemplares sobre papel Royal Amman, los grabados al aguafuerte los tiró el prestigioso impresor y grabador Francesc Mèlich (muy vinculado a Grau Sala, Picasso y Miró) y la dirección artística corrió a cargo de Édouard Chimot (1880-1959), que se ocupó también de los otros libros de bibliofilia, fuera de comercio, que en esos años editó Janés (los Cent sonnets français y los Cants d’amor de Ausiàs March en 1945 y las Rimas de Bécquer en 1946). Este libro de Dostoievski resultaba relativamente caro, pues el primer ejemplar («con las composiciones originales de los aguafuertes») salió a la venta a 8000 pesetas, mientras que los once siguientes («con una carpeta que comprende los bocetos y los dibujos originales de una de las planchas de Olga Sacharoff, la serie completa de los estados de los grabados y una punta seca no puesta a la venta») a 2000.

Al hacer balance de la trayectoria de Sacharoff en relación a los libros, Elina Norandi concluye que «la mayoría de su producción como ilustradora data de la década de los años cuarenta del siglo pasado. Los libros ilustrados por Sacharoff, o bien con acuarelas o bien con grabados en diferentes técnicas, actualmente constituyen obras muy representativas de la cultura editorial catalana de mediados del siglo XX y su capacidad para crear atmósferas ensoñadoras en un tiempo triste y con ansias de belleza». A la vista del grueso de su obra pictórica, resulta un poco intrigante pero muy atractiva su dedicación a una muy determinada tipología de libros.

Fuentes:

Natàlia Farré, «Una rusa cubista en el Putxet», El Periódico, 21 de noviembre de 2017 (y actualizada el 29 de diciembre de 2017).

Elina Norandi, «La pintora Olga Sacharoff: Una historia d’exili i acollida», Biblioteca Virtual de Investigación Duoda, 8 de febrero de 2017 (última modificación el 10 de septiembre de 2019).

Tránsitos entre París y Bacelona en la primera mitad del siglo XX. Obra y trayectoria de Olga Sacharoff, tesis doctoral presentada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universitat de Barcelona en 2018.

Anónimo, «Olga Sajaroff», Interactius Ara, s/f.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero y Ramos, 2008.

Sergio Vila-Sanjuán, «La colla, vista por un superviviente», La Vanguardia, 28 de marzo de 1994.

La edición de traducciones como motor de la lengua literaria: La Biblioteca Popular de L’Avenç

El texto de Montserrat Bacardí puede leerse en las pp. 275-286 de Pliegos alzados.

En un excelente repaso de los períodos más trascendentales en la historia de la traducción catalana («Edición y traducción en catalán: momentos fundacionales»), Montserrat Bacardí destacaba la magnitud, importancia y trascendencia cultural de un proyecto que sólo fue posible gracias a la implicación de un nutrido grupo de intelectuales y financieros, la Biblioteca Popular de L’Avenç.

Baste como muestra de la profunda huella que dejó esa iniciativa, el análisis comparativo que llevó a cabo Jacqueline Hurtley entre los títulos aparecidos en esta colección y los que se publicaron cuarenta años después en una iniciativa destinada a remodelar y renovar el panorama editorial catalán, los Quaderns Literaris de Josep Janés (1913-1959). Aparte de publicar a varios autores previamente dados a conocer en la Biblioteca Popular de L’Avenç, Janés recuperó hasta nueve títulos de esta serie, pero además distribuyó sus obras al mismo precio sumamente popular (0.50 céntimos inicialmente) y, según recoge Hurtley, en el número 22 de los Quaderns se explicaba del siguiente modo la imposibilidad de seguir haciéndolo (la traducción es mía):

…nunca se ha visto en Cataluña que libros mejor presentados que los que normalmente se venden a 4 y 5 pesetas, y con un contenido insuperable, sean ofrecidos al precio récord de 75 céntimos. Este esfuerzo que asumimos supera, teniendo en cuenta la evolución de los tiempos, el esfuerzo memorable e insuperado hasta ahora de la Colección [sic] Popular de L’Avenç.

También en el diseño de otra de las grandes colecciones posteriores destinadas sobre todo a la traducción al catalán de las mejores obras literarias de la literatura universal, la colección A Tot Vent de Proa, es perceptible la huella de esta iniciativa que arrancó en la primera década del siglo XX.

La Biblioteca Popular de L’Avenç (mencionada a menudo como BPA), nació en 1905 en el seno de un proyecto más amplio impulsado por el editor Jaume Massó i Torrents (1863-1943) y el abogado y escritor Joaquim Casas i Carbó  (1858-1943) que incluía, además de una librería y una muy prestigiosa imprenta, una revista que enseguida fue muy influyente (L’Avenç) y una editorial.

De izquierda a derecha: Jaume Algarra. Jaume Massó i Torrents, Antoni Rubió i Lluch, Josep Pijoan y Joaquim Casas i Carbó.

El logo del proyecto editorial, que incluía el lema «Amb temps, creix» («Con tiempo, crece»), fue creado en 1903 por el prestigioso y polifacético artista Alexandre de Riquer (1856-1920), autor de algunas de las representaciones gráficas más icónicas del Modernismo catalán (ex libris, postales, sellos, partituras…) y que ese mismo año obtuvo el segundo premio en el Concurso Anual de Edificios Artísticos por la decoración de la mítica Maison Dorée.

Interior de la Maisaaaon Dorée.

En este contexto, es muy significativo que el primer libro del filólogo Pompeu Fabra (1868-1948), Ensayo de gramática del catalán moderno (1891) apareciera con pie editorial de la librería de L’Avenç, pues fue este núcleo de intelectuales y escritores el que mayor impulso dio a la normalización del catalán, y la BPA fue uno de los instrumentos de los que se sirvió para ello, como ya se planteaba entre sus principales objetivos en el texto que sirvió de anuncio del proyecto a los lectores:

La Biblioteca Popular que presentamos al público viene a llenar un vacío cada vez más sentido por el pueblo catalán debido a la expansión de nuestra nacionalidad, que comporta el uso creciente de nuestra lengua: ofrecer lectura abundante y escogida por un precio módico.

Como señala Bacardí en el ensayo mencionado, el peso que tuvo en la normalización de la lengua y en la difusión de la gran literatura, del pasado y del momento, no fue menor:

Frente a la tradición poética que habían impulsado los artífices de la Renaixença, la colección promovió la prosa narrativa, el teatro y el ensayo, tanto de autores clásicos (Dante, Shakespeare, Pascal, Molière, Goldoni, Goethe, Leopardi…) como del mismo siglo XIX (Emerson, Ruskin, Walt Withman, Turguénev, Mistral, Ibsen, Maeterlinck, Gorki…), procedentes de lenguas y tradiciones culturales diferentes. Se trataba de recuperar el tiempo perdido, de vincularse con la literatura europea de mayor ambición y calidad y de proporcionar al público unas lecturas que no habían podido desarrollarse en la tradición propia. La traducción, en definitiva, conformaba la lengua y universalizaba la literatura.

A los nombres mencionados, pueden añadirse aún los de Novalis, La Rochefoucauld, Perrault, Giacosa, Pellico, Björnson o Swift, entre otros muchos, y en buena parte de los casos vertidos al catalán por firmas importantes del momento o que llegarían a serlo en años no muy posteriores (Pompeu Fabra, Joan Maragall, Alfons Maseras, Manuel de Montoliu, Narcís Oller,  Rafael Patxot, Joan Puig i Ferrater…).

Por otra parte, el mensaje implícito de alternar a algunos de los principales representantes del Modernismo literario catalán (Ignasi Iglésias, Gabriel Alomar, Jeroni Zanné, Miquel dels Sants Oliver, Joan Puig i Ferreter…) con nombres tan insignes de la literatura universal no dejaba de ser un modo de reivindicar la importancia y calidad de esos escritores catalanes recientes..

Tras el inicial D’aquí i d’allà, del polifacético artista modernista Santiago Rusiñol (1861-1931), el segundo título publicado en la BPA fue ya una traducción, Contes. Primera serie, de Lev Tolstoi (1828-1910), trasvasados al catalán por el propio Joaquim Casas, que firma también la del cuarto número, Historietes galizzianes, de Leopold von Sacher-Massoch (1836-1895). El tercer número de la colección había sido Croquis pirinencs. Primera serie, de Massó i Torrents, mientras que el quinto sería una traducción llevada a cabo por el gran poeta del momento, Jacint Verdaguer (1845-1902), de Nerto, del poeta provenzal y Premio Nobel de Literatura en 1904 Fréderic Mistral (1830-1914).

Según testimonio de Casas, vanagloriándose de su buen ojo para establecer las tiradas, éstas oscilaban entre los dos mil y los tres mil ejemplares en el caso de las primeras ediciones, que en las ocasiones más exitosas eran reimpresas luego y encuadernadas en tapa dura (como fue el caso, por ejemplo, de Enric d’Ofterdingen, de Novalis, traducido por Joan Maragall). Al margen de las ya mencionadas tiradas a 0,50 céntimos, era habitual también imprimir una tirada menor impresa sobre buen papel satinado que se comercializaba a una peseta.

En cualquier caso, es indudable que la que fue una de las primeras colecciones de libros de bolsillo en catalán tuvo una aceptación más que notable, prestigió el proyecto (lo que a su vez atrajo a nuevos inversores en el mismo) y, sobre todo, contribuyó a establecer y asentar un modelo de lengua literaria.

 Llegaron a publicarse un total de 152 números ‒que no volúmenes, pues algunos eran dobles‒, de los que más de una tercera parte (62) eran traducciones, y su contribución a la literatura catalana parece innegable, entre otras cosas porque los traductores se veían en la necesidad de adoptar soluciones que, si bien no siempre eran de uso común ni habitual en el lenguaje hablado ni en los textos no literarios, enriquecían la lengua literaria y aportaban giros o expresiones que acabaron generalizándose y asentándose.

En 1915 se cerraba la colección con el libro de relatos Toia virolada, del escritor y político de la Lliga Regionalista Carles de Camps i d’Olzinelles (1860-1939), pero en 1925 el hijo de uno de los fundadores de L’Avenç, Josep Massó Ventós (1891-1931), le dio nueva vida con la publicación de su propia obra La nau de les veles d’or, ilustrado por Lola Anglada (1892-1984). En la cubierta de esta edición aparece el nombre de la Llibreria Antiga i Moderna, con sede en el número 45 de la calle Canuda (no muy lejos del Ateneu Barcelonès), que regentaba el célebre librero y anticuario Salvador Babra i Rubinat (1874-1930), que era quien se había quedado con los fondos de L’Avenç cuando esta, aquejada por una decadencia económica fruto de un irresoluble déficit, en 1915 se vio en la necesidad de cerrar. La imprenta, por otra parte, acabó en manos de la Casa de la Caritat, por un montante de 82.000 pesetas de la época, que se hizo cargo de los veinte empleados con que por entonces contaba el negocio.

A este último título aún se añadirían a modo de epílogo los seis volúmenes que llegarían hasta el número doble 151/152, aparecidos entre 1925 y 1926, de Selecta de contistes catalans, donde confluyeron Robert Robert, Marià Vayreda, Joan Maragall, Santiago Rusiñol, etc., que acaso pueda interpretarse como una réplica a la colección de la Imprenta Atenes Els Contistes Catalans, que se había estrenado con un volumen de cuentos de Carles Soldevila («La clínica de bebès», «L’heroi, la seva dona i el seu pare» y «L’emancipació d’en Quimet») ilustrados por Quelus (Miquel Cardona i Martí, 1903-1964) y proseguiría luego con otras compilaciones de narrativa breve de Alfons Maseras, Josep M. de Sagarra, Josep Pla, Joan Sacs (Feliu Elias i Bracons, 1878-1948), Àngel Ferran, etc.

Fuentes:

Corpus de traducciones publicadas por la Biblioteca Popular de L’Avenç (con enlaces a facsímiles de muchos de los títulos) publicada en 1611. Revista de Historia de la Traducción.

Anónimo, «Homenatge a L’Avenç», El Poble Català, 7 de febrero de 1910.

Montserrat Bacardí, «Edición y traducción en catalán: momentos fundacionales», en F. Larraz, J. Mengual y M. Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, Gijón, Trea, 2020, pp. 275-286.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L’edició a Catalunya. El segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

—, «Semblanza de L’Avenç (1881-1915)», en EDI-RED, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI), 2006.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial,1986.

Ramon Pla i Arxé, «L’Avenç (1891-1915): la modernització de la Renaixença», Els Marges, n. 4 (mayo de 1975), pp. 23-38.

Tiempo, con la familia Lara en segundo plano y su editorial al fondo

Cuando alguien ve en la carta de un bar o restaurante «bistec con patatas fritas», es lógico que sus expectativas lo lleven a interpretar que se le ofrece un plato con un buen pedazo de carne bovina y unas patatas de acompañamiento, aun a riesgo de que se trate de patatas congeladas y al margen de la calidad de la carne. Por tanto, se sentirá muy defraudado si le ponen delante un plato a rebosar de patatas y, casi oculto entre ellas, un minúsculo y anónimo trozo de carne indocumentada, aun en el supuesto de que la calidad de la carne fuese excelente. Del mismo modo, ante un libro que lleva por título Los Lara y como subtítulo Aproximación a una familia y a su tiempo, el lector tenderá a esperar una biografía coral de los Lara, contextualizada en su tiempo. Y no es este el caso.

Es muy probable, además, que los estudiosos e interesados en el mundo del libro se acerquen a este volumen de José Martí Gómez con la esperanza de encontrar en él algún dato, documentación o interpretación original referidas a la historia de lo que sin duda es una de las editoriales y grupos editoriales más importantes en la historia del sector del libro en lengua española; en tal caso, el sentimiento de decepción está doblemente asegurado.

Por ejemplo, es muy probable que resulte descorazonadora la escasa atención que se dedica a la infancia, juventud y a los primeros años como editor de José Manuel Lara Hernández, la ausencia de la más mínima referencia al papel del agente literario y traductor Ferenc Oliver Brachfeld en estos inicios aun cuando fue pieza fundamental en ellos, la apresurada manera en que se cuenta la venta de la editorial L.A.R.A., hasta tal punto que resulta imposible saber por qué quien la compró (el editor Josep Janés) se refería a ella como Los Autores Realmente Antifascistas, y sin mayor alusión, además, al controvertido compromiso de Lara Hernández de no volver a dedicarse al negocio editorial. También sorprenderá, al tipo de lector antes descrito, descubrir que en este libro, aparte de Rafael Borrás Betriu (y básicamente para citar sus memorias), no tienen apenas ningún papel los editores y asesores más conocidos de Planeta, como es por ejemplo el caso de Manuel Lombardero, Sílvia Bastos, Pere Gimferrer o, particularmente, una figura tan importante como Carlos Pujol, que paradójicamente, durante varios años publicó en La Vanguardia unos espléndidos y utilísimos resúmenes de carácter general de las obras presentadas al Premio Planeta. Si se trata, como algunos detalles permiten suponer, de una obra de encargo o de una biografía autorizada y supervisada, es una lástima que no se haya sacado mayor provecho a los archivos de Planeta, ni a los epistolarios que se puedan conservar, que consta que en alguna medida existen.

Ferenc Ooliver Brachfeld.

En una crítica más bien severa del libro de Martí Gómez publicada el 2 de agosto de 2019 en El Nacional y firmada por Gustau Nerín se señala que «muchos de los hechos reseñados en Los Lara son de difícil verificación, situándose entre la leyenda urbana y el hecho real. Hay otros muchos que, en realidad, ni siquiera atañen a los Lara.» Es incuestionable. Por un lado, porque un porcentaje altísimo de la información que Martí Gómez consigna procede exclusivamente de entrevistas grabadas a personas que, en muchos casos, de una manera u otra, pueden tener un recuerdo sesgado de lo que cuentan o una opinión mediatizada, o bien interesada, y que no se contrastan con otras fuentes que las podrían poner en cuestión. Por si esto no bastara, la ausencia de notas a pie de página o de bibliografía ‒ni siquiera índice onomástico‒ hace imposible comprobar la procedencia de muchas otras informaciones y datos que van condimentando los capítulos de Los Lara. El grado con que el autor saca rendimiento al montón admirable de entrevistas que ha realizado a lo largo de su brillante trayectoria periodística resulta a ratos abrumador, pero lo que resulta más irritante es la paja, esas derivas hacia episodios e informaciones que muy lejanamente colaterales ‒expuestos exhaustivamente y demasiado a menudo con prolijas citas de documentos‒ que poca o ninguna relación tienen ni con la editorial Planeta ni con ninguno de sus protagonistas principales. Pero esto mismo lleva al autor a confesiones que se hace difícil leer sin, cuanto menos, alzar una ceja: «Cuando José Manuel [Lara Bosch] se hizo cargo de la revista [Opinión] ya era difícil salvarla, pero lo intentó fichando a un nuevo director residente en Madrid. No recuerdo su nombre» (p. 129).

José Manuel Lara Hernández y Rafael Borràs Betriu.

La conjunción de hechos relevantes escamoteados y datos muy remotamente vinculados con la familia Lara y su labor empresarial hacen suponer que el editor del texto no ha hecho aquello que más a menudo suelen hacer y que a veces es imprescindible ni que sea por respeto al lector (suprimir pasajes irrelevantes que no aportan nada), y la explicación a ello es en ocasiones que el libro tenga un cierto número de páginas (291) que permita justificar un determinado precio de venta al público (21,50 €). Quizá sea esta una suposición muy osada, pero hay pasajes cuya presencia se hace difícil de justificar y que, en cualquier caso, hacen responsable del desequilibrio también al editor por no haberle puesto remedio. Valga como ejemplo la siguiente comparación referida a la manera de fumar de Juan José Mira (seudónimo con el que Juan José Moreno ganó el Premio Planeta en su primera edición), que lleva al autor a enzarzarse en una maraña de datos acaso curiosos pero más bien inoportunos e irrelevantes de un personaje que no guarda ninguna relación con los Lara:

Carlos Pujol Jaumandreu.

Fumaba mucho, sosteniendo el cigarrillo en posición vertical sin que cayese la ceniza, cosa que solo le he visto hacer a Ramón Mendoza, el presidente del Madrid, que se definía como un viajante distinguido que igual vendía compresas a mujeres de Nigeria que hacía de intermediario en la compra de petróleo en la Unión Soviética de Brézhnev, de ahí que gestionase la publicación en España de la hagiografía, que no biografía, del longevo dirigente de la URSS. (p. 22).

Más irritantes incluso son las veinticinco páginas dedicadas a evocar a cada uno de los ganadores y finalistas del Premio Planeta, cuando por otro lado no se aporta ninguna información nueva ni se aprovechan como sería deseable las dos tesis doctorales de que ya había sido objeto este premio. El crítico literario Fernando Valls, al reseñar Los Lara en el periódico Infolibre, señalaba además algunos errores de cierto calibre en estas mencionadas páginas (Lituma de los Andes per Lituma en los Andes, de Vargas Llosa, por ejemplo, o la afirmación de que Ángel Vázquez [1929-1980] desapareció del panorama literario tres ganar en 1962 el Premio Planeta, olvidando no solo la novela Fiesta para una mujer sola, sinó también la más exitosa La vida perra de Juanita Narboni, publicada precisamente por una editorial del Grupo Planeta, Seix Barral, y convertida en película por la cineasta marroquí Farida Benlyazid). Más llamativas incluso son otras erratas sobre les cuales advierte también Valls, como referirse reiteradamente al autor de La catedral del mar como Falcone (p. 283) o mencionar como la que invistió a Lara Hernández doctor honoris causa la inexistente «Universidad de Lebrija» (p. 103) en lugar de la madrileña Universidad Nebrija. La de Valls es una reseña por completo contrapuesta a la anteriormente mencionada de Nerín, pero aun así hay alguna que otra coincidencia: «El libro de Martí Gómez, en suma, tiene mucho interés y se lee con gusto, pues está escrito con fluidez y amenidad, aunque en algunos momentos me parezca que se va del tema. En otros, sepa a poco y debiera seguir ampliándolo para una posible próxima edición».

Pío Baroja y José Manuel Lara Hernández.

Cuatro páginas citando recuerdos de Antoni Castells sobre el pasado reciente de Cataluña y España (pp. 115-121), la reproducción literal de diez puntos expuestos por José Montilla sobre la situación económica en una conferencia (pp. 143-144), una extensa conversación con Carlos Güell (pp. 193-194), la reproducción (¿íntegra?) del documento «El papel del Estado en el mantenimiento del equilibrio económico territorial de España» (pp. 198-203) o una extemporánea conversación con Bibis Salisachs de Samaranch («No me gusta Ana Karénina. Considero que la protagonista es una estúpida. ¡Suicidarse por un adulterio!», p. 217) podrán valer como ejemplos de esta tendencia a irse por las ramas, de irse del tema; pero hay también otras citas excesivamente prolijas (como la entrevista de Xavi Ayén a la agente Carmen Balcells y José Manuel Lara Bosch publicada la Diada de Sant Jordi de 2003 en La Vanguardia, que ya empieza citando con errores de detalle [«Ustedes se deben haber enfrentado muchas veces» per «Ustedes se habrán enfrentado muchas veces»], pero que ocupa cinco páginas del libro de Martí Gómez [p. 162-167]).

José Manuel Lara Hernández.

Sobre la trayectoria de los Lara, también con una mirada más bien complaciente y de síntesis, resultará sin duda mucho más útil a quien se interese por la su trayectoria y su papel en el mundo de la edición el capítulo que le dedica Francesc Canosa en Capitans d’indústria (Mobil Books, 2013), aunque Martí Gómez sí que aporta más datos sobre la implicación de los Lara, sobre todo de Lara Bosch, en las organizaciones empresariales catalanas y sobre sus relaciones con los poderes mediáticos y políticos españoles. Pero, al fin y al cabo, quien se acerque a Los Lara con la pretensión de conocer la trayectoria de la editorial Planeta, las patatas apenas le permitirán ver el bistec.

Martí Gómez, José. Los Lara: aproximación a una familia y a su tiempo, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.

Dos libros sobre el comercio de libros viejos, antiguos y de lance

Si bien ya en 2015, en una de las perogrulladas más ostentosas de la historia, la Unesco reconoció a Barcelona como una de las «ciudades literarias del mundo», siempre se ha incidido mucho más en su mención como tal en El Quijote, en el hecho de ser sede de algunas de las editoriales más importantes del mundo o en la coincidencia en ella de los principales protagonistas del boom de la literatura latinoamericana que en la riquísima tradición de librerías de lance, de viejo y anticuarias de la ciudad. Sin embargo, es difícil equivocarse al afirmar que, en la vida cotidiana de los barceloneses, ha tenido una mayor incidencia y ha sido mucho más importante que ninguna de las circunstancias antes mencionadas.

Solo en el año 2020 aparecieron ‒ambas en Barcelona, lógicamente‒ dos auténticas maravillas sobre el comercio del libro de lance en la capital catalana que pueden interpretarse como una reivindicación y una remembranza ‒con un leve tono de nostalgia‒ de un mundo que parece irrevocablemente destinado a desaparecer o cuanto menos a cambiar por completo: el profesor y maestro de historiadores de la edición Manuel Llanas documentó y recreó la azarosa e interesantísima vida de una de las librerías de viejo más emblemáticas con las que ha contado la ciudad en La Canuda i el comerç del llibre de vell, construido a partir de una serie de conversaciones con el librero Santi Mallafré y publicado por la Editorial Comanegra, mientras que con el sello de Llibres de l’Índex y enriquecido con un magnífico prólogo del editor Josep Maria Orteu (n. 1960) y una breve nota del reputado librero Lluís Millà, se reeditó una pequeña joya titulada Una mañana de domingo en los «encantes» de San Antonio. Reportaje libresco, del librero y bibliógrafo Pavl Cid Noé (Pedro Vindel, 1894-1960) e ilustrado con mucho gusto y acierto con obra de Joan D’Ivori (Joan Vila i Pujal, 1890-1947).

Del segundo de estos libros, según consigna el colofón, se hizo una tirada de «307 ejemplares de los cuales 250 numerados y 57 numerados y firmados por Lluís Millà impresos sobre papel cien por cien de algodón natural de 150 gramos», mientras que el colofón de la edición original, que se reproduce en esa misma página, indica que ésta «acabóse de imprimir este reportaje libresco en la Imprenta de La Neotipia, de Barcelona, el día 25 de marzo de 1938» (es decir, en plena guerra civil española) y se tiraron sólo cincuenta y siete ejemplares.

Pedro Vindel pertenecía a una recia tradición familiar de bibliófilos, y con su mismo nombre se conserva la Biblioteca Nacional de España títulos tan explícitos como Antiguos tratados de esgrima (siglo XVII) (1898), Catálogo descriptivo de ex-libris hispanoamericanos (1588-1900) (1929) o los dos impresionantes volúmenes de Bibliografía gráfica. Reproducción en facsímil de portadas, retratos y otras curiosidades útiles a los bibliófilos que se hallan en obras únicas y libros preciosos o raros (1910), que sólo por las fechas bastará para intuir que se deben a Pedro Vindel Álvarez (1865-1921). Su hijo Francisco (1894-1960) ejerció también como librero en Madrid y firmó también títulos curiosos, como El manual grafico del bibliófilo hispanoamericano (1930-1933) o El arte tipográfico en España durante los siglos XV a XIX (1941), pero sobre todo unas Memorias bibliográficas (1922-1960), de las que la Asociación Bibliográfica Hispánica editó en 1993 cuatrocientos ejemplares.

La primera vez que Francisco, o Paco, Vindel se estrenó con el ingenioso seudónimo Pavl Cid Noé fue precisamente con este Una mañana de domingo…, un texto a medio camino entre el cuadro de costumbres decimonónico ‒puede muy bien evocar en el lector algunos textos de Mesonero Romanos‒ y el tipo de reportaje periodístico que triunfaba en los años treinta en Barcelona. El prólogo contextualiza perfectamente los antecedentes y la relación del librero madrileño con la ciudad, además de aportar documentación interesante sobre esta visita durante la guerra civil (el texto aparece fechado en enero de 1938), y recurre a las memorias del autor para relatar la huida de la familia Vindel del Madrid asediado para establecerse, con la ayuda del librero Pere Monge, en la capital catalana con el propósito de ocuparse además de las publicaciones de otros libros, como Cervantes,el mejor hombre de España, Librería Célebres, Gabriel de León, siglo XVII o La imprenta Ibarra, sus marcas tipográficas de carácter caligráfico y las de los impresores del siglo XVIII, todos ellos en 1938 y elaborados a partir del material bibliográfico existente en librerías barcelonesas.

Al margen de retratar el ambiente y describir a los protagonistas del Mercat de Sant Antoni, recrea con jugosos detalles unas prácticas de compra-venta y unas oportunidades inesperadas que, a medida que los libreros fueron profesionalizándose, fueron cada vez más infrecuentes. De hecho, puede comprobarse que por entonces llegaban a los comercios del Mercat una tipología de libros que hoy es rarísimo ver. El fino humorismo, la precisión en el perfil de algunos libreros míticos, pero sobre todo la pintura al natural de sus modos y costumbres convierten el librito de Cid Noé en una pequeña joya, y ponen además en conocimiento del lector a quien el editor describe como «el padre de la bibliofilia en lengua castellana moderna».

También el libro de Manuel Llanas traslada al lector a ese ambiente fascinante, y ningún lector de La sombra del viento de Ruiz Zafón que disfrutara con el cementerio de libros olvidados a la espera de lectores y no tuviera en su momento oportunidad de visitar La Canuda debería leer, por lo menos, la enjundiosa recreación de la librería que le sirvió de modelo.

El origen dialogado de este libro lo despoja de cualquier gesto de academicismo, que no de detalle y rigor, y lo acerca en cambio a la sensación de experiencia vivida, de paseo entre algunas de las anécdotas más deslumbrantes, divertidas o disparatadas de las que La Canuda fue escenario, como quien se mueve entre altísimos anaqueles sin saber con qué se topara al pasar al pasillo (o la página) siguiente. Para quien tuviera la suerte de visitar y conocer ni que fuera ocasionalmente la célebre librería en cuestión, adentrarse en las páginas de este libro es como ralentizar el tiempo y volver al ritmo de la cultura de la letra impresa, para establecer con él un diálogo sosegado, socarrón e irónico…, sumamente gratificante.

Fundada en 1948 por Ramón Mallafré Conill en una zona privilegiada, muy cercana al Ateneu Barcelonès (tras un traspaso por cien mil pesetas de la época), por los atiborrados seiscientos metros cuadrados de la Canuda no sólo pasaron todo tipo de libros, sino algunos personajes no menos singulares (de Néstor Luján a Rafael Alberti o de Emili Brugalla a Salvador Dalí o Enrique Badosa, por poner sólo algunos ejemplos), lo que por sí mismo ya da pie a interesantes escenas del libro, pero desde el primer momento fue lugar de encuentro, no siempre casual, de apasionados de los libros. Ya antes de convertirse en librería, el conocido como grupo Oasis (Agustí Bartra, Ramon Vinyes, Rafael Tasis, Pere Quart…) se reunía en la preguerra en ese mismo establecimiento, y aunque menos formales los encuentros en ese espacio fueron siempre frecuentes y azarosos.

Los procesos de compra de lotes, los hallazgos más sorprendentes, la tipología variopinta y en muchos casos divertida de la clientela, pero también algunos «episodios infaustos», se acompañan de diversas fotografías e ilustraciones que contribuyen a dar esa sensación de salto temporal, y no faltan tampoco alusiones a los robos más sonados, las compras más delirantes y las situaciones cómicas de todo tipo propiciadas por las relaciones entre vendedores, libreros y compradores. Sin embargo, la reflexión final que se desprende, y que sin explicitarse se esboza suficientemente, deja un poso de cierto desencanto, pues el cierre en 2013 fue un rotundo aviso para navegantes.

Los desafortunados que no tuvieran ocasión visitarla, pueden ver la Canuda en este reportaje y el ambiente del Mercat dominical de Sant Antoni, que sigue en activo en el momento de escribir estas líneas, en este otro.

Narcís Oller, de escritor en lengua española a traductor al catalán

Si bien el gran novelista Narcís Oller (1846-1930) saltó a la fama internacional gracias a la traducción que de La papallona hizo el escritor y editor Albert Savine (1859-1927), prologó Émile Zola (1840-1902) y publicó en París Giraud et Cie en 1886, menos conocidos son sus iniciales escarceos como escritor en lengua española o su continuada, desde 1881, labor como traductor al catalán de importantes nombres de las letras universales de su tiempo (entre los cuales Zola, D’Amicis, Goldoni, Turguéniev y Tolstoi).

Salvo que se identificara inequívocamente algún texto con seudónimo, cosa que no sería del todo imposible, parece establecido que el primer texto publicado por Narcís Oller apareció en una revista quincenal barcelonesa nacida en el ámbito de la Facultad de Derecho de la universidad esta ciudad titulada Miscelánea científica y literaria; según registró Manuel Llanas, se trató de un poema dedicado «A Esperanza» inserto en las páginas 360-362 del segundo número, correspondiente a 1874; es decir, cuando Oller contaba veintiocho años, y no puede decirse por tanto que se tratara de un poema de juventud.

Sin embargo, en sus memorias el propio autor consigna otro estreno en el mundo de las letras de molde que no parece fácil corroborar:

En Barcelona, otro vallense tan joven y letrófilo como yo, Joan Tomàs i Salvany [1839-1911], con quien pasaba las tardes de los días festivos, me llevó al Cafè de França, donde se reunían unos amigos suyos, colaboradores del semanario El Tío Camueso que él dirigía y que editaba un tal Marquina de Gracia, padre del aplaudido dramaturgo de nuestros días [Eduardo Marquina, 1879-1946]; semanario en el que, de incógnito incluso para mi amigo Tomàs, debuté yo en las letras de molde con un artículo digamos que satírico, titulado «Un viaje de placer», bajo el seudónimo de Plácido.

El periodista y político revolucionario César Ordax-Avecilla y Urrengoechea (1844-1917) fue en 1867 otro de los fundadores de El Tío Camuero, que tuvo al parecer una trayectoria sumamente breve, pues desapareció ya al año siguiente.

Narcís Oller.

Entre las muchas curiosidades de Oller que se conservan en la Biblioteca de Catalunya se cuentan también manuscritos fechados en 1872 con esbozos de una proyectada comedia realista en español titulada La palinodia, que al parecer no llegó a concluir y cuyo mayor interés quizás esté en reflejar un interés por el teatro que tardaría años en volver a manifestarse en forma de textos propios.

En cualquier caso, de 1875 y también en la mencionada Miscelánea publica Oller otro poema («Letrilla»), dos obras en prosa (la novela histórica «Don García de Alcaraz. Leyenda original de Narciso Oller a D. Francisco Gris, su buen amigo» y el relato «La venganza del gitano (costumbres populares)» y el artículo sobre urbanismo «Concurso para la erección de un monumento consagrado a perpetuar las glorias de España en África, por X [Narcis Oller]», pero a partir de 1876 y hasta febrero de 1877 el autor se oculta tras los seudónimos Plácido y Espoleta para publicar diversos artículos en la revista La Bomba, periódico bilingüe joco-serio. Según describe esta publicación Carola Duran Tort:

El propósito del semanario, que se publicaba los jueves, era articular una visión crítica de las actuaciones políticas estatales y municipales desde una posición bastante independiente, ya que atacaba por igual a la derecha canovista y al tradicionalismo carlista como a algunos representantes republicanos. Em cambio, la figura del general Prim, considerado el artífice de la Revolución de Septiembre, es muy bien valorada e incluso se le dedica un número extraordinario.

La trayectoria posterior de Oller, a partir del momento en que profundiza su relación con los promotores e impulsores de La Renaixensa y la tertulia del Espanyol y empieza a publicar en catalán seguramente es mucho más conocida (o en cualquier caso más accesible), pero es muy probable que este cambio de lengua literaria influyera también en el hecho de que la novela de tintes victorhuguianos escrita en español y planeada para su publicación por entregas, de la que en 1867 había escrito ya quinientas páginas, El pintor Rubio, quedara inédita (se conserva un manuscrito en la Biblioteca de Catalunya).

Por otra parte, las primeras traducciones de Oller al catalán se publican cuando ya se había dado a conocer como escritor con un primer libro en esta lengua, la compilación de prosas narrativas Croquis del natural (1879), de la que el mencionado Albert Savine (1859-1927) publicaría en francés el cuento «El vailet del pa». Así, en el número 12-13 del año XII de La Renaixensa, correspondiente a 1881, aparece por ejemplo la traducción de Oller del relato de Zola «La vaga», y ese mismo año y en la editorial de esta misma revista aparece su nombre como traductor de La desconsolada. Novel·la sentimental, que firma Benjamín Barbé (seudónimo de Alejandro Dumas, hijo [1824-1895]), que habían aparecido a partir del número 39 de La Ilustració Catalana (correspondiente al 30 de julio de 1881). De hecho, La Renaixensa i La Ilustració Catalana son las dos cabeceras que más traducciones e incluso textos de creación de Oller albergan en esos años, y en la segunda de ellas aparecen entre 1881 y 1894 versiones del escritor francés nacido en Burgos Louis Lurine (1812-1860), del ya mencionado Savine, del poeta popular y sentimental François Coppée (1842-1908) —un cuento navideño que titula «La dobleta d’or»—, de Alphonse Daudet (1840-1897), de Edmundo de Amicis (1846-1908), de Ivan Turguéniev (1818-1883), etc., pero quizá la que mayor interés tenga sea la de las Memorias de un nihilista, de Isaak Paulovski (1853-1924), quien había sido discípulo de Turgeniev y compañero en sus años escolares de Chejov en el liceo de Taganrog, mucho antes de su detención en 1874 por haberse manifestado a favor de la revolucionaria y fundadora del Grupo para la Emancipación del trabajo Vera Zassulich (1849-1919).

Iván Turguéniev.

De los viajes por la península de Pavlovsky, personaje fascinante e inmerecidamente poco conocido, nació su libro Ocherki sovremennoï Ispanii 1884-1885 («Esbozos de la España contemporánea, 1884-1885»), que en traducción de Josep M. Farré se publicó parcialmente en 1989 con el título Un rus a Catalunya en la editorial independentista El Llamp. Además de amigo de Josep Yxart, Emili Vilanova, Àngel Guimerà, Oller y de los peñistas de El Espanyol, el interés de Pavlovsky por la literatura que se hacía por estos lares le llevó a establecer contacto también con Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán y José María Pereda (de quien, volviendo a Oller, este tradujo «En Candelero»). Por su parte, Pavlovsky tradujo al ruso tanto a Pérez Galdós (El amigo Manso) como a Oller (La papallona).

A lo largo de la década de 1890 aparecen algunas traducciones que son reflejo del conocimiento y el enstusiasmo que compartieron Pavlovsky y Oller por algunos nombres de la literatura rusa, como es el caso ya mencionado de Turguéniev de quien en 1896 La Catalana publicó Poemets en prosa, seguidos de L’execució de Troppmann, o Tolstoi, de quien al año siguiente aparecía en La Biblioteca de L’Atlàntida un volumen titulado Un llibre trist: La mort d’Ivan Illitch. Tres morts. La mort al camp de batalla, en ambos casos traducidos por Narcís Oller. También de esa década de los noventa es otra curiosidad, la mencionada traducción al catalán de «En candelero», de José María de Pereda (publicada en Tipos transhumantes en 1877), aparecida en La ilustració catalana el 15 de junio de 1892.

También parece haber ejercido alguna influencia Pavlovski en el interés de Oller por traducir teatro, en el que casi se especializó tanto en ese misma década como en las primeras del siglo XX, contabilizándose hasta dieciocho obras dramáticas entre 1905 y 1913, catorce de ellas publicadas en volumen, y entre cuyos autores se encontraban, además de los rusos Turguéniev, Tolstoi y Alexander Ostrovsky (1823-1886), los italianos Giuseppe Giacosa (1847-1906), Gerolamo Rovetta (1851-1910) y Carlo Goldoni (1707-1793), y los franceses André Theuriet (1833-1907), Alexandre Brisson (1848-1912) y Paul Ferrier (1843-1920).

Además de en La Renaixensa y La Catalana, fueron también la Biblioteca Popular de L’Avenç i Bartomeu Baixarias quienes publicaron el grueso de las traducciones de Oller. Pero fue La Catalana la que se hizo cargo del que quizá sea su volumen más conocido en este ámbito, Traduccions selectes (1921), que ofrece una selecta panorámica de los mejores escritores europeos de su tiempo, al reunir obra de Flaubert («Una Bonifacia»), Pierre Loti («Un Vell»), Victor Hugo («Les exèquies de Napoleó», «Tayllerand» y «La mort de Balzac») y Eça de Queirós («Inauguració del Canal de Suez», «Guillem II» y «Dolç misteri»).

Fuentes:

Enric Gallén, «Narcís Oller», en Enciclopèdia de les Arts Escèniques Catalanes.

Llanas, Manuel, «Contribució a l’inventari de l’obra dispersa i original de Narcís Oller», Anuari Verdaguer, núm. 10 (1997-2001), p. 9-17.

Anna Llovera Juncà, «Correspondència d’Isaac Pavlossky a Narcís Oller, 1907-1908. Presentació i edició». Anuari TRILCAT, núm. 3 (2013), p. 84-104.

Narcís Oller, La Barcelona de Narcís Oller. Realitat i somni de la ciutat, Valls, edición de Rosa Cabré y epílogo de Carola Duran, Valls, Cossetània (Antines 6), 2004.

José Janés y el diseño de una colección canónica

Hubo un tiempo no muy lejano, que no sólo los boomers recordarán bien, en que los apasionados de la literatura eran también amantes de los libros y no se conformaban con tener acceso a esos textos que les emocionaban, les ilusionaban o los reconfortaban, sino que además apreciaban una buena edición, un libro bien impreso sobre papel agradable al tacto, una ilustración de cubierta que dialogara de algún modo con el contenido del texto y una encuadernación que hiciera justicia al valor del libro.

José Janés.

Hubo en aquel entonces muchos editores que buscaron la manera de satisfacer esas preferencias, y entre estos se cuenta en España Josep Janés (1913-1959), en los años treinta (durante la Segunda República) con sus Quaderns Literaris y en avanzados ya los cuarenta (en pleno franquismo) con El Manantial que no Cesa.

¿Qué puede decirse de una colección que entre sus primeros diez títulos cuenta con La Feria de las Vanidades de Thackeray (1811-1863), la Trilogía del vagabundo de Knut Hamsun (1859-1953), La princesa blanca, de Maurice Baring (1874-1945), los Creadores de mundos de André Maurois (1885-1967), Luz de gas de Patrick Hamilton (1904-1962) y títulos de Axel Munthe (1857-949), Jakob Wassermann (1873-1934), Lajos Zilahy (1891-9174) y Charles Morgan (1894-1958)? Cuanto menos y por de pronto, que es bastante indicativa y representativa del gusto de los lectores españoles que se quedaron en la Península en la primera década de la postguerra. Tampoco es baladí en este sentido la relativamente escasa presencia en esta colección de autores españoles entre los primeros cincuenta títulos y el carácter de estos: Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Noel Clarasó (1899-1985), Miguel Vilalonga (1899-1956) y Sebastián Juan Arbó (1902-1984), a los que ya en el segundo año de andadura de esta colección se añaden otros de diverso signo pero, obviamente, siempre entre los que podían ser aceptados por la censura, como Francisco de Cossío (1887-1975), Benjamín Jarnés (1888-1949), Tono (Antonio Lara de Gavilán, 1896-1978), César González Ruano (1903-1965) y Miguel Mihura (1905-1977).

Aun así, y pese a la utilidad que puedan tener estos datos para la sociología de la literatura, más interesante resultan las intenciones y pretensiones expresadas, a medio camino entre el texto de presentación y el manifiesto fundacional, por José Janés en la sobrecubierta, en la que vale la pena detenerse:

Una biblioteca que quiere procurar con la máxima frecuencia, al máximo número de lectores, una nutrida colección de libros escogidos e inmejorable presentación, a un precio mínimo.

MANANTIAL QUE NO CESA va destinada al público que ama los libros, los comenta, los recomienda y los conserva, y sólo adopta la denominación de «colección popular» en el sentido de que quiere llevar al conocimiento del gran público la obra de los escritores más destacados, antiguos y modernos, de la literatura de todos los países.

Se ha establecido una clasificación en trece series para dar cabida en cada una de ellas a libros de una definida y característica especialidad. Cada serie podrá identificarse por la inicial que sigue a cada título en las listas que figuran en las sobrecubiertas. Estas series son las siguientes:

N: Novelas psicológicas

A: Novela de aventuras

M: Novela de misterio

C: Narraciones cortas

E: Ensayos

T: Teatro

P: Poesía

R: Religión y filosofía

B: Biografía y Memorias

CJ: Divulgación científica

CL: Clásicos griegos y latinos

H: Humorismo

AN: Antologías

Esta voluntad de atender o cubrir todos los géneros literarios y cuantas lenguas de partida fuera posible es la misma que ya se advertía en los Quaderns Literaris de los años treinta, en los que con razón pudo señalar Joan Teixidor que se encuentra «el germen de toda la orientación que había de marcar la fabulosa actividad [de Janés] de sus años maduros». También el afán por incluir el mayor número posible de títulos, que hasta cierto punto pone en entredicho el tan mencionado «páramo» en que se encontraba el mercado literario de aquel entonces, es perceptible ya en los Quaderns, que inicialmente se proyectaron con el nombre La Setmana Literària y la voluntad de publicar un título cada siete días. A la altura de 1947, con un catálogo más que nutrido y con la compra reciente de la editorial de José Manuel Lara Hernández (1914-2003) L.A.R.A., Janés estaba en condiciones inmejorables para poder cumplir ese objetivo de largo alcance y que requería disponer de un fondo de calado. Con medio centenar de títulos en el año de su estreno (1947), El Manantial que no cesa cumplió con creces su propósito, aunque a posteriori se pueda discutir hasta la saciedad si los criterios que dieron como resultado esos «libros escogidos» siguen siendo o no válidos, si bien, en caso de de hacerlo, valdrá la pena tener en cuenta también las restricciones impuestas por la censura franquista. Entre tantos títulos es cierto que se cuentan muchos hoy apenas valorados (Ernest Haycox, Hans Rothe o Nikolai Berdiáyev, sin ir muy lejos), pero también, naturalmente, abundan los que todavía hoy son muy leídos y apreciados: Aldous Huxley, Saint-Exupéry, Alba de Céspedes, Katherine Mansfield, Rilke, Dino Buzzati, C.S. Lewis, Wodehouse, Hamsun, Leon Bloy, Saroyan…

También es digno de mención el público al que dice dirigirse la colección, pues resulta de lo más convincente, en la primera década de posguerra, que se dirija «al máximo número de lectores» y que para ello sea una prioridad de primer orden lograr «un precio mínimo».

Con todo, donde con mayor claridad se percibe la personalidad de Josep Janés como editor es en la insobornable voluntad de obtener una «inmejorable presentación», y aquí es oportuno citar a Andrés Trapiello en su Imprenta Moderna, donde describe el excelente trabajo llevado a cabo por Ricard Giralt Miracle (1911-1994) en el diseño: «acaso estemos ante la cubierta más elegante de las que se hicieron para una colección de bolsillo en España, capaz de codearse con cualquiera de las que se hayan hecho en España».

Sin embargo, fuera de contexto esta cita de Trapiello puede resultar engañosa o llevar a equívoco, pues se trata de una colección en formato de bolsillo, sí (10,5 x 17), pero encuadernado en tapa dura y con sobrecubierta, con guardas ilustradas, con el primer pliego impreso a dos tintas, en algunos casos con cinta o punto de lectura en tela…, un diseño del libro como objeto, obra también de Giralt Miracle, que ciertamente responde a la voluntad expresada de limitar su sentido de «colección popular» al hecho de hacerse accesible a todos los bolsillos, pero de ofrecerles un objeto bello, primoroso, equilibrado y cuidado hasta su más mínimo detalle.

Como hiciera también con los Quaderns, la colección buscaba fidelizar a sus lectores mediante algún tipo de «subscripción», que se concreta en los siguientes términos para concluir el mencionado texto de sobrecubierta:

El precio de las obras oscilará según el siguiente prorrateo: 12,50 pesetas por volumen medio de 160 páginas. Cada 32 páginas de texto sufrirán un aumento de 1 peseta.

Aquellos lectores a quienes interese poseer la colección completa de MANANTIAL QUE NO CESA a medida de su aparición y quieran considerarse, por lo tanto, como virtuales subscriptores de la misma, tendrán derecho a satisfacer en diez plazos mensuales el importe de los doce primeros títulos.

Para ello bastará remitir una solicitud al efecto y la cantidad de 56,50 pesetas a cuenta del primer desembolso de 206,50. A la recepción el boletín, le serán remitidos los doce primeros volúmenes, y durante diez meses deberá satisfacer la suma mensual de 15 pesetas, más el importe de las novedades que le serán enviadas a reembolso o por el sistema más conveniente.

Este servicio de venta a plazos se entiende franco de portes y sin recargo alguno.

Lo cierto es que algunos títulos alcanzaron las 45 pesetas (La montaña mágica, de Thomas Mann) o incluso las 55 (Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell), pero siempre quedaba perfectamente justificado por la extensión mucho mayor que la media, y la mayoría de títulos rondaban ese precio de doce pesetas y media.

 Entre 1947 y 1951, pues, el editor que durante la Segunda República fue Josep Janés i Olivé y que con el triunfo del franquismo cambió su nombre a José Janés continuó llevando a la práctica hasta donde las circunstancias se lo permitieron una misma concepción de la tarea y misión del editor de libros, y, de entre las muchas que creó y dirigió, acaso Manantial que no cesa se cuenta entre las que mejor le definen. Siendo mucho el mérito y la trascendencia que tuvo, cuando se mira retrospectivamente, sería injusto recordarla sólo como la colección en que se publicó el primer libro de Antonio Buero Vallejo, Historia de una escalera (1950).

Fuentes:

Jacqueline Hurtley, La literatura inglesa del siglo xx en la España de la posguerra: la aportación de José Janés, tesis doctoral, Universitat de Barcelona, 1983.

—«La obra editorial de José Janés: 1940-1959», Anuario de Filología, núm. 11-12 (1985-1986), pp. 293-295.

Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial, 1986.

José Janés, editor de literatura inglesa, Barcelona, Promociones y Publicaciones Universitarias, 1992.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Joan Teixidor, «En la muerte de José Janés Olivé», Destino, 1228 (21 de marzo de 1959), p. 37.

Andrés Trapiello, Imprenta Moderna, Tipografía y literatura en España, 1874-2004, València, Campgràfic, 2006.

El sindicalista Manuel Albar y la imprenta mexicana La Carpeta

Como es bien sabido, en sus orígenes el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) estuvo muy vinculado a obreros de la imprenta y en particular a los tipógrafos; no en vano, el fundador del partido, Pablo Iglesias Posse (1850-1925), se formó como tipógrafo en el Real Hospicio General de Pobres del Ave María y Santo Rey don Fernando y se inició en el oficio en diversas pequeñas imprentas madrileñas.

Manuel Albar.

Es también este el caso de Manuel Albar Catalán (1900-1955), quien con apenas quince años entró a trabajar en la zaragozana Imprenta de Arte Berdejo Casañal (al parecer, Eduardo Berdejo Casañal estaba emparentado con la madre del entonces joven Manuel) y casi al mismo tiempo empieza a colaborar en Juventud. Revista Semanal Ilustrada, entre cuyos mayores éxitos se cuentan por esos años la publicación de dos fragmentos de La lámpara maravillosa, de Ramón María del Valle Inclán (18661-936), así como de textos de escritores de renombre como Luis Bello (1872-1935), Ramón Pérez de Ayala (1880-1962) y Enrique de Mesa (1878-1929) y de jóvenes ya pujantes como Guillermo de Torre (1900-1971) y Mauricio Bacarise (1895-1931).

También desde muy joven inició Albar una actividad sindicalista en el seno de la anarquista CNT (Confederación Nacional del Trabajo) que le llevó a partir de 1920 a dirigir el periódico libertario El Comunista, y también a ver publicados sus textos en la primera y al parecer breve etapa del sevillano Solidaridad Obrera. Periódico sindicalista y Órgano de la Confederación Andaluza y portavoz del proletariado internacional. A partir de 1924 y hasta otoño de 1927 figura como regente de la imprenta en la que se había formado, la Casañal, que en aquellos tiempos era una de las más prestigiosas de Zaragoza.

No obstante, Manuel Albar se pasó muy pocos años después a las filas del socialismo: en febrero 1926 había entrado en la Federación Gráfica de la UGT (Unión General de Trabajadores), y al año siguiente aparece ya como delegado de varias sociedades obreras de Zaragoza en el Congreso Extraordinario de este sindicato. Sin embargo, ese mismo año 1927 es sentenciado a destierro por un tribunal aragonés y recala entonces en Irún, donde entra en contacto con el también tipógrafo, periodista y político socialista Andrés Saborit (1889-1980).

De la mano de Saborit empieza a colaborar Albar, con el seudónimo Juan de Alzate, en el periódico del PSOE El Socialista, del que no tardaría en convertirse en redactor jefe. A finales de 1928 se traslada a Madrid ya como redactor en plantilla del periódico del partido, pero en la capital de España irá decantándose cada vez más por una actividad política que culminaría con su entrada en el Congreso de los Diputados por la circunscripción de Zaragoza: secretario general de la ejecutiva del PSOE (1931), secretario general y luego vicepresidente de la Agrupación Socialista, diputado a Cortes, miembro del comité revolucionario de Madrid en octubre de 1934 y vocal de la comisión ejecutiva del PSOE (1936-1946).

Durante la guerra civil española se pone al frente de El Socialista para sustituir a Julián Zugazagoitia (1899-1940), coincidiendo además con el momento en que entra por fin en funcionamiento una rotativa Winkler adquirida tres años antes, y cuando el avance de las tropas franquistas obliga a ello dirige también la versión barcelonesa de este mismo periódico, mientras coordina asimismo una serie de agencias de noticias bajo las órdenes de Indalecio Prieto (1883-1962). De esos mismos años es la publicación a cargo de la Gráfica Socialista del PSOE de Un afán cumplido, ¿de qué sirve si no engendra en nosotros un afán nuevo, una conferencia que previamente había pronunciado ante los micrófonos de Unión Radio el 4 de mayo de 1937.

Concluida la guerra, en julio de 1939 llegó a México a bordo del Ipanema, y ya al año siguiente abría una oficina de información para exiliados y en enero de 1940, en colaboración con el también aragonés Lucio Martínez Gil (1883-1956), ponía en circulación un Boletín, para posteriormente fundar el periódico mensual Adelante (que dirigió en dos etapas: 1942-1946 y 1952-1955), compaginándolo además durante un tiempo con la del semanario España (órgano de la Junta Española de Liberación). Estas actividades periodísticas y las políticas no le impidieron sin embargo retomar en el exilio su actividad como tipógrafo.

No es fácil precisar en qué fechas, pero colaboró con una de las imprentas más consolidadas de México. Cuenta en sus memorias el santanderino también exiliado en México Eulalio Ferrer (1920-2009) que, en un determinado momento, poco después de su llegada a México, por intercesión de su padre (que se había colocado como linotipista Talleres Gráficos de la Nación) intentaron encontrarle un empleo como comercial en la empresa de los también santanderinos hermanos Julio y Francisco Gilardi de la Torre, que eran amigos de la familia Ferrer.

Estos dos hermanos, conocidos en Santander como «los italianos», se habían puesto al frente de la delegación en la capital de una vetusta y muy prestigiosa empresa de impresión, Al Libro Mayor, cuando en 1932 la sucursal de Tampico de esta empresa se independizó y provocó una disolución del conglomerado (que contaba con delegaciones en varias ciudades mexicanas, e incluso en Estados Unidos).

Aun así, estos empresarios no pudieron ofrecerle ninguna ayuda al joven Eulalio Ferrer porque la Tipográfica y Litográfica La Carpeta estaba atravesando una situación financiera muy complicada, pues, según Gonzalo Santonja, «acababa de perder la exclusiva de los impresos del Banco Nacional de México, su mejor y en realidad casi exclusivo cliente».

No fue ese el caso de Manuel Albar, que sí empezó a colaborar poco tiempo después en La Carpeta, probablemente gracias a que se puso al frente de la misma el polifacético editor madrileño Rafael Giménez Siles (1900-1991), que intentó reflotar el negocio orientándolo hacia la impresión de libros. Es posible (no hay ninguna constancia de ello) que también tuviera mucho que ver en la colaboración de Albar el hecho de que la mano derecha de Giménez Siles en La Carpeta fuera José Rodríguez Vera, impresor que fuera presidente de la Asociación de Artes Gráficas de Madrid y del Grupo Sindical Socialista de Artes Gráficas (además de vicepresidente de la Unión de Grupos Sindicales Socialistas de Madrid).

Al término de la guerra civil, Rodríguez Vera había sido detenido en el puerto de Alicante, mientras esperaban la llegada de algún barco que les sacara del país, y tras pasar por el campo de Albatera y por diversas prisiones franquistas, en 1943 fue liberado por un error administrativo y logró llegar a México, donde trabajó para los Talleres Gráficos de La Nación, antes de incorporarse a La Carpeta y, con el tiempo, sustituir a Giménez Siles como director de la misma. De ser cierta esta aventurada suposición, quizá contribuiría a fechar los trabajos de Albar para La Carpeta.

Manuel Albar colaboró también como corrector de pruebas en el Diccionario Enciclopédico UTEHA, que venía gestándose desde 1939 y a cuyo frente se puso también casi en el momento de su lanzamiento en 1949 Rafael Giménez Siles, así que, en cualquier caso, quedan más o menos claros los contactos con que contaba para retomar la profesión en la que se había formado, y de la que no parece que se alejara nunca mucho pese a su intensísima actividad política y periodística.

Fuentes:

Aurora Cano Andaluz, «Cántabros de ayer y hoy. Una historia centenaria alrededor del papel», en Rafael Domínguez Martín y Mario Cerutti Pignat, eds., De la colonia a la globalización. Empresarios cántabros en México, Santander, Ediciones de la Universidad de Cantabria, 2021, pp. 179-198.

Eulalio Ferrer, México en el corazón, México, Océano, 2009.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad), 2003.

Sílvia Jofresa y Esther Barrachina, «Albar Catalán, Manuel» Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2006, vol. I, pp. 44-46.

El médico editor y el «Curín Tellado» (a la espera de su Vargas Llosa)

Tienen un punto de singularidad las editoriales literarias que, como es por ejemplo el caso de la Editorial Rocas (la primera que publicó en España a Mario Vargas Llosa), tenían como promotores y directores a profesionales de la medicina, lo que parece venir a demostrar hasta qué punto es inadecuada la habitual distinción entre gente de letras y gente de ciencias.

José María Richard Grandío.

No muy alejado del ejemplo de Rocas está en esos mismos años cincuenta y sesenta el de Richard Grandío Editor, a cuyo frente estaba el luego reconocido médico y fundador del Centro Médico Asturias José María Richard Grandío (1933-2018), quien incluso llegó a dar nombre a una calle en Oviedo.

Con apenas dieciocho años, Richard Grandío se inició en el sector de los laboratorios farmacéuticos, pero no tardó en pasarse al de la librería, en el que cosechó un notable éxito. Destacó al frente de la Universal, una librería especializada en temas relacionados con la medicina y ubicada en la carbayona calle Gil de Jaz que se convirtió rápidamente en un referente en la materia. Hasta tal punto, que la librería inicial contó pronto con tres delegaciones y, para lo que aquí interesa, con una editorial cuya dirección era la misma de la Universal.

Uno de los primeros libros que aparecen con el sello Editorial Richard Grandío es, en 1961, Caza Mayor, del barcelonés Jorge Ferrer-Vidal Turull (1926-2001), y el dato no deja de tener su interés o, cuanto menos, su retranca. Ferrer-Vidal Turull se había dado a conocer en 1953 con una muy bella edición de El trapecio de Dios, aprovechando la apuesta que por aquellos años estaba llevando a cabo el editor José Janés por los nuevos narradores españoles, pero luego empezó a probar suerte en diversos premios literarios y había publicado ya tres novelas con la mencionada editorial Rocas: Sobre la piel del mundo (1956), a raíz de haber ganado el Premio Leopoldo Alas (el mismo que más tarde daría a conocer a Vargas Llosa), Fe de vida (1958) y Cuando lleguen las golondrinas (1960), a las que añadiría en 1963 Historias de desamor y malandanza. Como se indica en la sobrecubierta del libro de Ferrer-Turull publicado por Richard Grandío, esta novela había obtenido el primer puesto en el estreno del Premio de Novela Ciudad de Oviedo, con el que, al parecer, la editorial estuvo muy estrechamente vinculado desde el primer momento (si no es que fue incluso una de sus principales promotoras).

Entre los títulos aparecidos en esta editorial a principios de los sesenta se cuenta la controvertida recreación de la revolución de 1934, la guerra civil y el cerco de Asturias Dios va con ellos (1962), cuyo título parece evocar el lema de la Wehrmacht Gott mit uns («Dios está con nosotros» o «Dios está de nuestra parte»). Su autor era el periodista del Movimiento y profundamente derechista Ricardo Vázquez-Prada (1912-1986). Y en un mismo año aparecen también en Richard Grandío dos libros del periodista gijonés también contratado por la Prensa del Movimiento Mauro Muñiz (1931-2011), que por entonces escribía en La Actualidad Española: la compilación de cuentos La paga (1963) y la novela Ambrosio (1963).

Sin embargo, más importancia incluso tendría la segunda edición del mencionado premio Ciudad de Oviedo, otorgado a una novela que recreaba el asesinato de un párroco durante la revolución de Asturias de 1934. El autor de la novela en cuestión, Sexta galería (1962), era José Luis Martín Vigil (1919-2011), quien ya tenía una obra notable a sus espaldas repartida entre la madrileña editorial Escelicer (La vida sale al encuentro, 1953), la santanderina Sal Terrae (Destino Dios, 1956, y Listos para resucitar, 1958) y la barcelonesa Juventud (La muerte está en el camino, 1956; Tierra brava, 1959; En marcha, cristianos, 1960; Una chabola en Bilbao, 1960, y La brújula marca el Norte, 1960).

A partir de ese momento, Martín Vigil se convertiría enseguida en el buque insignia de la editorial de Richard Grandío, aunque no por ello dejara de publicar ocasionalmente en Juventud. Así, la editorial ovetense le publicó sucesivamente al prolífico y exitoso ex sacerdote Réquiem a cinco voces (1963), con la que había ganado el Premio Pérez Galdós, Alguien debe morir (1964), Los curas «comunistas» (1965), La sociedad contra Miquel Jalón (1966), Un sexo llamado débil (1967), Muerte a los curas (1968)…

No siempre fue fácil publicar las novelas de Martín Vigil, y Fernando Larraz repasa en Letricidio español los informes de censura de los que fue objeto, por ejemplo, Muerte a los curas, de la que en marzo de 1968 se le suprimieron hasta dieciocho páginas antes de que se autorizara su difusión, y que, en palabras de Larraz, eliminaban «aquellos pasajes que acentuaban la alineación de la iglesia católica con el golpe militar [de julio de 1936], opiniones contra la Iglesia, los militares y los obispos y sobre la legitimidad de la guerra y la equiparación de culpas, expresada en todos los casos por el [personaje de] el catedrático». Aun así, finalmente ese mismo año se pudieron poner a la venta los veinte mil ejemplares que, según indica la página de créditos, se imprimieron de Muerte a los curas.

Los títulos de Martín Vigil, auténtico motor económico del proyecto, alternaron en esta editorial con otros del ya mencionado Vázquez Prada, como El loco de la montaña en 1966, de Alfredo Castro (La última semana, 1967, y La nueva tierra, 1968), de José Julio Perlado (El viento que atraviesa, 1968), de Álvaro de Villa (El olor de la muerte que viene, 1968), de Magín Berenguer (Arte en Asturias, 1969), de Domingo Manfredi Cano (Los resentidos, 1969), etc., todos ellos escritores hoy casi completamente olvidados por el común de los lectores. Quizás el periodista José Julio Perlado (n. 1936), que publicaba en Richard Grandío su primer libro tras haber prologado las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos (1803-1882), sea el más conocido de todos ellos, pero acaso más por sus ensayos que por su obra narrativa. Álvaro de Villa (1915-1985), humorista y guionista televisivo de origen cubano, se estrenó en la narrativa con El olor de la muerte que vino, que obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Oviedo en un momento particularmente propicio para los autores hispanoamericanos (en pleno boom), pero al parecer aquí acabó la cosa, mientras que Magín Berenguer (1918-2000) destacó como pintor y grabador, y Domingo Manfredi (1918-1998), a quien también se le publicó por haber obtenido el Premio Ciudad de Oviedo, había hecho la guerra civil española como militar profesional (en el bando franquista), antes de incorporarse al Cuerpo de Policía y posteriormente abandonarlo para dedicarse sobre todo al periodismo radiofónico y televisivo; nadie parece recordar que en 1959 Manfredi obtuvo el Premio Nacional de Literatura con la novela La rastra (publicada en 1956 por Luis de Caralt, y recuperada en 1977 en la colección Manantial de Plaza & Janés).

Al lado de todos ellos, es indudable que el brillo del éxito de Martín Vigil destacaba mucho más de lo que lo haría luego (a partir de la década de 1980) en Planeta.

Personaje singular, sin duda, Martín Vigil, a quien el inicio de la guerra civil pilló estudiando ingeniería naval y afiliado a Falange Española, con solo diecisiete años, siendo alférez, ascendió a capitán de compañía al fallecer todos sus superiores y combatió en la Ciudad Universitaria (Madrid), el Ebro, Extremadura, Toledo… Concluida la guerra, en 1944 ingresó en la Compañía de Jesús, hasta que, en no del todo claras circunstancias, en 1958 tuvo que abandonar la Compañía y la enseñanza para dedicarse, con un éxito que rebasó fronteras, a la literatura.

Lo hizo no sin polémica en muchos casos, como recoge Larraz en su libro ya citado. Por ejemplo, Jaque mate a un hombre honrado, después de ser autorizada por el arzobispado de Oviedo y por censura en 1959, fue denunciada por la Capitanía General de la IV Región Militar debido a sus comentarios sobre la institución militar, incautada toda la edición (preparada por Juventud) y retirada de los almacenes antes de su llegada a las librerías. Una vez aparecida en francés, en 1966, a raíz de la nueva ley de censura (la conocida como «ley Fraga»), se intentó de nuevo su publicación en una versión revisada según indicaran los censores, pero ni siquiera así se le concedió autorización, de modo que no pudo publicarse hasta 1985 (en Planeta). Según resume Larraz, la biografía de Martín Vigil que acompañaba esta última denegación:

Ofrecía datos nada favorecedores de la biografía de Martín Vigil: su participación en la División Azul, su expulsión de la Compañía de Jesús por supuestas prácticas homosexuales y por la sospecha de pederastia de algunos padres, su comportamiento mundano a pesar de seguir siendo sacerdote, su desafección al régimen…

Aun en 1970 vio como se le denegaba autorización a Sentencia para una menor en su presentación a censura previa, una novela que Larraz describe como una «novela de bajísimos fondos en la que se refleja la caída de una joven en la delincuencia y el vicio, todo ello acentuado por las condiciones carcelarias», y añade: «fue denegada en agosto de 1970 y autorizada con tachaduras en 25 páginas un mes después».

La relación entre Martín Vigil y Richard se extendió aún a lo largo de toda esa década, pero al parecer la medicina privada fue absorbiendo la atención del médico editor, hasta el punto de abandonar por completo la publicación de libros y, por otra parte, el prolífico novelista encontró enseguida acomodo en Planeta.

De la en su momento leídísima obra narrativa de Martín Vigil apenas queda registro en las más conocidas historias críticas de la literatura española; no en vano fue conocido popularmente como el «Curín Tellado», y a diferencia de la escritora de Viavélez no ha encontrado aún al Vargas Llosa que lo reivindique.

Fuentes:

Rosalía Agudín, «José María Richard Jiménez: “Mi padre mi pidió que pusiese la cardiología a un buen nivel”», El Comercio, 6 de octubre de 2019.

—«Oviedo despide a José María Richard Jiménez, “alma mater” del Centro Médico», El Comercio, 9 de noviembre de 2018.

A. Fidalgo y L. Blanco, «La sanidad pierde a José María Richard, uno de los promotores del Centro Médico», La Nueva España, 18 de noviembre de 2018.

Fernando Larraz, Letricido español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Cecilia Pérez, «Sentido adiós a “un hombre bueno” y “·pionero de la sanidad privada”», El Comercio, 10 de noviembre de 2018.