Manuel Andújar, agente literario oficioso de Clemente Airó en España

Andújar_20160224 (2)

Manuel Andújar.

Si bien hay pocas dudas de que Clemente Airó (Clemente Arveras Oria, 1918- 1975) llegó a convertirse en uno de los principales adalides de la edición literaria en Colombia, no por ello se atenuó su intención de ver publicada su propia obra narrativa en el país que le vio nacer: Para ello contó además con la colaboración inestimable de Manuel Andújar (Manuel Culebra Muñoz, 1913-1994), quien, a su regreso a España en 1967, gracias a los contactos que había ido estableciendo en sus empleos en el Fondo de Cultura Económica, en González Porto y en Alianza Editorial, se convirtió en un activísimo difusor de la obra de los escritores exiliados como consecuencia del resultado de la guerra civil española, ya fuera mediante su actividad como crítico literario, ya –sobre todo– aprovechando su posición de privilegio como bisagra entre los creadores exiliados y los editores del interior.

A finales de los años sesenta, Clemente Airó había ido publicando ya el grueso de su obra narrativa en Colombia, desde la inicial Yugo de niebla (1948) hasta Cinco… y siete. Cuentos de una misma historia (1967), pero era muy consciente de que en el ámbito hispánico esas ediciones en Espiral apenas tenían ninguna repercusión, más allá del elogio de algunos compañeros de exilio y del aprecio de algunos críticos importantes en el ámbito académico (como es el caso de Marra-López en Narrativa española fuera de España, 1963).

Imagen Cardos Airó

Dibujo de Judith Márquez para el libro de Airó Cardos como flores (1955).

Antes de 1964 Airó había estado en tratos con Carlos Barral para la publicación de Yugo de niebla, pero no llegaron a buen puerto, según contó al crítico literario y poeta Joaquín Marco. El primer intento serio llevado a cabo por Andújar para dar a conocer en España la obra de Airó se produjo en el marco de su colaboración con Valira, la colección de la Editorial Andorra, para la que gestionó también los contactos con, por lo menos, Manuel Lamana, José Ramón Arana y Simón de Otaola. Aun cuando este primer intento fracasó, al parecer debido a las propias dificultades de la Editorial Andorra de Jaume Aymà, Andújar no se arredró y la de Airó –de la que siempre se destacada el arraigo a la realidad social colombiana, en comparación con la de otros exiliados republicanos españoles–, fue una de las que con mayor tesón defendió Andújar.

En una carta ampliamente citada por Blas Medina Ávila, Andújar expone de un modo muy claro qué respuesta hay que dar a la crucial pregunta que Francisco Ayala se había planteado en 1948 desde su exilio bonaerense: «Para quién escribimos nosotros». Escribe Andújar a su corresponsal bogotano:

Como es natural, me complace ponerme aquí a tu disposición para la novela La ciudad y el viento [Espiral, 1961]. Comprendo tu actitud, esos avatares, por inhibición, de la obra, tu legítimo deseo de que lectores y críticos la conozcan y valoren en España, aparte de la nueva repercusión que en Colombia y en otros países iberoamericanos alcanzaría… [26 de octubre de 1970].

Como no podía ser de otro modo, Andújar era muy consciente de que Barcelona se había convertido en una plataforma que daba patente de calidad –aun cuando en algunos casos efímera– a un buen número de escritores radicados o cuyo origen estaba en Hispanoamérica, y entre los colombianos, junto al caso de Gabriel García Márquez (1927-2014), destacaba el de Eduardo Caballero Calderón (1910-1993) ganador del Premio Nadal con El buen salvaje (1966). También demuestra Andújar un muy buen conocimiento de las corrientes y tendencias editoriales al informar a Airó de que se marca como principales objetivos la colección El Puente, que desde Buenos Aires dirige el también exiliado Guillermo de Torre para Edhasa, la editorial Andorra (que venía dedicando amplio espacio a la literatura del exilio) y Helios (donde el propio Andújar publicaría en 1971 el libro de relatos Los lugares vacíos).

Sin embargo, la voluntad de Clemente Airó (como la de tantos otros exiliados, por otra parte) respondía a la intención más amplia de establecer puentes de comunicación entre las literaturas en lengua española –por ejemplo mediante la revista que dirigía en Bogotá, Espiral–, propósito ante el que detectaba un cierto desinterés por parte de los escritores del interior del que se quejaba ya en abril de 1964 en carta a Joaquín Marco: «La posición firme de Espiral es la unión de la geografía de nuestro idioma –por lo menos en literatura– para hacer frente al desprecio de otras lenguas», a lo que Marco apostilla: «Tenía razón Clemente Airó cuando se lamentaba del escaso interés por parte de los escritores españoles del interior de figurar en revistas o aventuras literarias. De hecho, no existían suficientes puentes».

Sin éxito en estas gestiones iniciales, Airó vuelve a la carga en enero de 1973, cuando en carta a Andújar insiste en la particular situación de los escritores exiliados (considerados extranjeros tanto en su país de origen como en su tierra de acogida):

Mi posición de exiliado empecinado no es la más indicada para que a uno le «pongan bolas» por estas latitudes. Uno está al final de la cola, y ese final rara vez tiene «chance». Tú muy bien sabes de esto, has sido compañero de exilio. Si se trata de una lista de novelistas para editar, pues yo por acá no entro o quedo de último por ser español. Y si se trata por allá, España, pues nadie me conoce. Hace falta tener muchos arrestos para seguir escribiendo, pero no desmayo, y algún que otro pequeño pellizco voy logrando. [carta a Andújar del 19 de enero de 1973]

Manuel Andújar (1913-1994)

Manuel Andújar.

Tres meses más tarde escribe de nuevo a su amigo para solicitarle que emprenda gestiones para la novela que acaba de concluir, La rueda del molino, de la que Andújar propone cambiar el título por el de Todo nunca es todo, y habla de ella al crítico y profesor Santos Sanz Villanueva y al director de la editorial Novelas y Cuentos Manuel Cerezales (1909-2005), pero le propone a Airó además que la presente a algún premio literario, y menciona específicamente el Premio Nadal.

Según el fallo de este certamen, en la convocatoria de 1973, con el título Todo nunca es todo, la obra de Clemente Airó pasó una primera criba (con un voto), pero ya entonces destacaron con cinco votos las novelas de José Antonio García Blázquez, Gabriel G. Badell y Aquilino Duque (ganó Blázquez con El rito y fue finalista Aquilino Duque con El mono azul).

La misma obra, con el título La rueda del molino, obtuvo una mención honorífica en la convocatoria de 1974 del Premio Puente Colgante (convocado por los ayuntamientos de Getxo y Portugalete y dotado con 250.000 pesetas), al igual que las obras presentadas por Antonio Petit Caro, Ricardo Laustalet y Juan Antonio Fernández Serrano, y se llevó el premio grande el crítico literario del periódico Unidad Santiago Aizarna con Los zamuros.

Bonald 63cb1

Manuel Caballero Bonald.

Andújar recurrió también al consejo de la agente literaria Carmen Balcells, de la que fue cliente durante un breve tiempo, para intentar colocar esa novela de Airó en Seix Barral o en Plaza & Janés, pero también sin resultados tangibles. Del mismo modo, se la propuso a Francisco García Pavón (de Taurus), a Aymà, a Fernando Gutiérrez (por entonces en Noguer), a José Vergés (de Destino) y pareció encarrilar la publicación cuando consiguió que la leyera José Manuel Caballero Bonald, por entonces en Júcar, sobre quien le comunica:

Acabo de hablar con J. M. Caballero Bonald, que en breve te escribirá… Me complace adelantarte su concepto de que se trata de obra valiosa y digna (y que era justa la apreciación que yo le había dado), así como que piensa incluirla en su programa editorial para publicación, probablemente, a fines de este año o principios del próximo. Ya te lo concretará él. En consecuencia, queda invalidada cualquier otra presunta gestión. ¡Afortunadamente y con mis más cordiales felicitaciones! [carta a Clemente Airó, de 2 de abril de 1975].

Escáner_20160223 (4)

Firma de Manuel Andújar.

Tan avanzadas estaban las gestiones con Caballero Bonald, que, como recoge Fernando Larraz, cuando en enero de 1975 Airó viaja a España se anuncia en la prensa la próxima recuperación en España de La ciudad y el viento y la primera edición de Todo nunca es todo. Sin embargo, por un lado la salida ese año de Caballero Bonald de Júcar, y por otro y sobre todo la muerte de Airó en julio de 1975 acabaron por desbaratar el largamente ansiado contacto entre el autor y sus lectores. Aun así, tanto Andújar y Caballero Bonald como su viuda, Solita Bello, siguieron insistiendo sin descanso.

Finalmente, en 1982, Todo nunca es todo se publicó en Plaza & Janés; concretamente, sin embargo, en la sucursal de esta empresa en Bogotá y en la colección Narrativa colombiana, junto a Marco Tulio Aguilera Garramuño, Germán Arciniegas, Rodrigo Parra Sandoval, Plinio Apuleyo Mendoza…

Fuentes:

Fernando Larraz, «La “operación retorno” de la narrativa en el exilio en la prensa diaria del Franquismo (1966- 1975). Los casos de ABC, Informaciones y Pueblo», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, vol. 29, pp. 171-195.

Antonio Mancheño Ferreras, «Cartas siguen siendo cartas (un espigueo en la correspondencia de Manuel Andújar)», en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio literario español de 1939. Actas del Primer Congreso Internacional, Sant Cugat del Vallès, Cop d´Idees-Gexel, 1998, vol. I, pp. 504-515.

Joaquín Marco, «Entre España y América», en Joaquín Marco y Jordi Gracia, eds, La llegada de los bárbaros. La recepción de la literatura hispanoamericana en España, 1960-1981, Barcelona, Edhasa (El Puente), 2004, pp. 19-40.

Blas Medina Ávila, Manuel Andújar, su correspondencia, fe de vida y de obra, Facultad de Filología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2014.

El exiliado español Clemente Airó y la literatura colombiana

El narrador y crítico de arte Clemente Airó (Clemente Arveras Oria, Madrid, 1918-Bogotá, 1975) llegó a Colombia en 1940 como consecuencia del resultado de la guerra civil española (en la que participó como joven miliciano), tras haber pasado por campos de concentración franceses y una primera etapa en Santo Domingo.

Núm 90 de Espiral.

Es precisamente en Colombia donde cursa estudios de Filosofía y Letras, donde adopta el nombre con el que será conocido como escritor y donde colabora con José Prat y con quien fuera periodista del barcelonés Las Noticias, Gabriel Trillas, en la breve etapa de la revista colombiana España (1941-1942). Sin embargo, su mayor prestigio en este ámbito lo debe a su paso por la revista Espiral. Revista de Letras y Arte, una iniciativa dedicada a temas estéticos que se publica mensualmente entre abril de 1944 y marzo de 1975 (135 números) y donde ejerce como editor hasta el momento en que sustituye al caraqueño Luis Vidales como director. Apéndice de la revista fue el legendario café bogotano El Automático (La Fortaleza en los cuarenta), donde, aparte de números de la revista, se gestaron las más sonadas polémicas artísticas de la época. Así ha explicado Gustavo Niño los objetivos de la revista Espiral: “El principal enfoque de Espiral era impulsar la literatura colombiana difundiendo textos de escritores locales; allí se publicaron poemas de León de Greiff y textos de Hernando Téllez, también asiduo del Automático.”

José Prat García (1905-1994), profesor, fundador de la Casa de España en Bogotá, traductor y columnista en Tiempo durante su largo exilio en Colombia (1939-1976).

No muy distinto es el proyecto que, en el ámbito de la edición y del impulso a la literatura y las ciencias humanas en Colombia, supone la mayor aportación de Airó, la creación de una editorial desgajada de la revista (Ediciones Espiral) y de la Editorial Iqueima, donde, junto a traducciones de Paul Claudel, se aglutina la literatura colombiana más interesante de los años cincuenta y sesenta: desde  los ensayos de Jorge Zalamea recogidos en Minerva en la rueca (1949) hasta las antologías de poesía preparadas por Jorge Gaitán Durán, pero sobre todo Clemente Airó se convirtió en el máximo impulsor de la corriente colombiana conocida a menudo como “literatura de la Violencia”, término de definición conflictiva pero del que acaso la muestra más conocida sea La mala hora (1962), de García Márquez y que, a decir de Estelle Irizarry, se cierra con otra novela de García Márquez, Cien años de soledad. Tal como lo resume Marielena Zelaya Kolker:

Las novelas sobre la violencia rural habían sido especialmente numerosas desde 1934 en adelante, culminando, desde luego, en la obra maestra Cien años de soledad, que con su éxito cierra el ciclo.

Clamor (1948), de Dora Castellanos.

Así, en Ediciones Espiral publica El 9 de abril  (1951), de Pedro Gómez Corena, Siervo sin tierra (1952), de Eduardo Caballero Calderón, Las memorias del odio (1953), de Rogerio Velásquez, Sin tierra para morir (1954), de Eduardo Santa, Tierra asolada (1954), de Fernando Ponce de León, Pogrom (1954), de Galo Velásquez Valencia, Tierra verde (1957), de Carlos Esguerra Florez, Carretera al mar (1960), de Tulio Bayer, Solamente la vida (1961), de Fernando Soto Aparicio… El propio Clemente Airó, inscribe en esta misma corriente narrativa la novela La ciudad y el viento (1961) que publica en Espiral, donde luego incorporará también, en la misma línea,  Las biestias de agosto (1964), de Enrique Posada, y La castaña (1964), de Fernando Ponce de León.

Enrique Posada.

Del carácter de descubridor de nuevos talentos de Clemente Airó hay algunos testimonios interesantes, como por ejemplo el del escritor Enrique Posada, quien explicaba así su primer intento de iniciarse en el género de la novela:

Las bestias de agosto,  publicada por la editorial Espiral  de Clemente Airó en 1964, un año después de que apareciera una compilación de cuentos titulada Los guerrilleros no bajan a la ciudad.  La mencionada  novela se desarrolla en torno al ambiente político de mediados de la década 50 del siglo pasado, bajo el régimen militar del general Rojas Pinilla. Los cuentos tuvieron un impacto especial porque, como declararon algunos críticos literarios, con ellos rompía yo, por primera vez, con la visión de la violencia enmarcada en las zonas rurales, presente en  toda una serie de novelas anteriores, para situarla en la ciudad. En cuanto a Las bestias de agosto, creo que asombré un poco por la adopción de un estilo directo y cortante, que por momentos eludía, de modo sistemático, partes de la oración, dejándolas en la sombra. Acometí con esta novela breve una especie de narrativa experimental. Que también tuvo su impacto.

Arnoldo Palacios.

Más escandaloso y sorprendente fue el caso de la publicación de Las estrellas son negras, de Arnoldo Palacios, el “Joyce del Trópico”.

 Yo tenía veintitrés años, más o menos, cuando escribí Las estrellas son negras. El libro, ya listo para ser llevado a un editor, se quemó el 9 de abril de 1948, cuando el pueblo de Bogotá, el pueblo de Colombia, se lanzó a las calles a reclamar justicia por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Ese día hubo muchos incendios. Yo tenía el manuscrito al lado de una máquina de escribir, sacándolo en limpio, el verdadero manuscrito, escrito a mano, y las páginas que yo iba copiando a máquina al lado. Siempre dejaba todo junto y en uno de los edificios de la Avenida Jiménez, en donde yo escribía, un incendio acabó con el libro. Y yo, aprovechando el toque de queda; -no se podía salir por la noche-, y deseoso de que el libro existiera como yo lo había querido, me puse a reconstruirlo y, en realidad, lo hice en tres semanas, porque si no lo hacía inmediatamente no hubiera podido existir. […] Una vez terminado, me fui un día a buscar al señor Clemente Airó, que trabajó mucho por la publicación de obras literarias en su Editorial Iqueima. Le llevé el libro, y le dije: Clemente, aquí le dejo esto, léalo y cuando tenga su opinión me dice, y vemos qué se hace. Me fui yo para el Chocó, a Buenaventura; estuve, como siempre, investigando sobre la vida de nuestra gente y como a los seis meses volví a Bogotá. Fui a visitar a Clemente Airó y lo saludé, y me dijo: espéreme un momentico; se fue como a llamar por teléfono o a hablar con alguien, inmediatamente salió y me dijo, ya el libro está editado, yo no sabía usted dónde estaba. Claro, yo no voy a decir que recibí un shock, pero me pareció interesante, sólo faltaba la carátula. Busqué con mis amigos a nuestro gran pintor Alipio Jaramillo, quien hizo la carátula, salió el libro y como en una semana se acabó, y a los tres meses ya estaba en París. Esa es la historia del comienzo de Las estrellas son negras.

Aunque es innegable e importantísima la labor de apoyo a las letras colombianas de su tiempo que llevó a cabo Iqueima, es impensable hacer aquí un recorrido completo de su catálogo, de más de 150 títulos, pero sí vale la pena destacar, junto a la más conocida colección Narradores Colombianos de Hoy, otras iniciativas, como las coediciones universitarias sobre las más diversas líneas de investigaciones en el ámbito de las Humanidades, los libros de arte o los volúmenes de poesía.

En cuanto a la propia obra narrativa de Airó (fuertemente enraizada en Colombia), además de su incursión en el ensayo (Las letras y los días.1956) la publicó casi por completo en Espiral: Viento de romance. Cinco cuentos de una sola historia (1947), Yugo de niebla (1948), Sombras al sol (1951), Cardos con flores (1955 y titulada Nueve estampas de alucinado, en 1961), la ya mencionada La ciudad y el viento (1961), el reportaje de viajes Círculos y gentes (1964), Cinco y… Siete. Cuentos de una misma historia (1967), y al margen de Espìral quedarían sólo El campo y el fuego (publicada por Tercer Mundo en 1972) y Donde no canta el gallo y otros cuentos (Instituto Colombiano de Cultura, 1973), su inclusión en el libro colectivo Fuera de concurso (Instituto Colombiano de Cultura, 1973) y la novela póstuma Todo nunca es todo (Plaza & Janés, 1982). Parece que siguen pendientes de publicación su única y primeriza obra de tema español, centrada en la guerra civil (Alambre de púas) y otra escrita en 1974, Puente colgante.

Sin embargo, es evidente que pese a su labor como docente universitario o su contribución a la creación de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia, la influencia de Airó en la literatura colombiana, e incluso en la de lengua española en general, la ejerció mucho más a través de su labor editorial y dando la alternativa a los nuevos narradores locales que mediante su extensa obra cuentística y novelesca (pendiente de una revisión crítica, por otra parte), singular entre la de los exiliados españoles por el profundo arraigo en su nueva realidad (que quizá el hecho de haber llegado a Colombia con tan solo veintidós años contribuye a explicar) .

 

Fuentes:

AA. VV. Cuentistas colombianos, Cali, Ediciones del Estudiante, 1966.

Juan Gustavo Cobo Borda, “Pioneros de la edición en Colombia“, Biblioteca Virtual Luis Ángel Arango, publicado originalmente en Revista Credencial Historia, abril de 1990.

Jorge Consuegra, “Entrevista a Enrique Posada“, Libros y Letras, 4 de diciembre de 2013.

Thomas E. Kooneman, “Las novelas de Clemente Airó. Evolución hacia una realidad completa”, Thesaurus, vol. XXX, núm. 1 (1975), pp. 153-163.

Gustavo Niño, “Contando el cuento”, en AA.VV., El Automático, arte, crítica y esfera pública, Bogotá, Universidad de los Andes, 209, pp. 85-95.

José Prat, “Clemente Airó”, El Tiempo, 26 de junio de 1975.

Gabriel Pulecio, “Arnoldo Palacios. Origen de un escritor”, Revista Literaria Azul@rte, 10 de junio de 2007.

Marielena Zelaya Kolker, Testimonios americanos de los escritores españoles transterrados de 1939, Madrid, Instituto de Cooperación Iberoamericana. Ediciones de Cultura Hispánica, 1985.