Manuel Altolaguirre en Cuba (1939-1943)

Mi verso es de un verde claro

y de un carmín encendido:

Mi verso es un ciervo herido

que busca en el monte amparo.

José Martí

altolaguirreencuba

Manuel Altolaguirre en Cuba.

Cuando Manuel Altolaguirre (1905-1959) llega a Cuba lo hace con una amplia experiencia como impresor-editor, producto de su atribulada trayectoria en estos menesteres iniciada en la malagueña Imprenta Sur. Desde la creación de las revistas Ambos (1923), Litoral (1926-1929), Poesía (1931) o, en colaboración con su esposa Concha Méndez, Héroe (1932-1933), hasta las míticas y casi heroicas Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este durante la guerra civil, pasando por otras cabeceras como 1616 (1934-1935), Caballo Verde para la Poesía (1935-1936), dirigida por Pablo Neruda, o la célebre revista Hora de España (1937-1939), al desembarcar en la isla caribeña Altolaguirre había puesto en marcha las más diversas imprentas y en las condiciones más variopintas, lo que le había capacitado para adaptarse a todo tipo de circunstancias. Era previsible que no tardara en hacer lo mismo a su llegada a la isla caribeña.

Efectivamente, una de las primeras cosas que hizo en Cuba, gracias al apoyo de varios amigos y sobre todo a la ayuda económica (quinientos pesos cubanos) de quien sería su segunda esposa, la acaudalada Martía Luisa Gómez Mena, fue comprar una imprenta, a la que bautizó como La Verónica y que estrenó con una versión ampliada del libro de ensayos de Juan Marinello (1898-1977) Momento español (colofón del 18 de julio de 1939).

veronica1En los meses sucesivos saldrían de La Verónica varios catálogos para exposiciones de arte y una impresionante serie de revistas compuestas y encuadernadas a mano, a menudo fundadas y dirigidas por el propio Altolaguirre, como Nuestra España (1939-1941), dirigida por Álvaro de Albornoz (1879-1954), Atentamente (1940) o la diminuta revista literaria La Verónica que sale los Lunes (seis números de octubre a diciembre de 1942), donde alternan textos de sus compañeros de generación exiliados como consecuencia del resultado de la guerra civil (Pedro Salinas, Jorge Guillén, María Zambrano, Rafael Alberti, Emilio Prados), con otros de quienes conforman su nuevo contexto literario, como Agustín Acosta (1886-1979), Mariano Brull (1891-1956), Lydia Cabrera (1899-1991), quien en 1940 había publicado en La Verónica Cuentos negros de Cuba, o Cintio Vitier (1921-2009).

Sin embargo, de los más de doscientos títulos que Altolaguirre dejó a su paso por la isla, destacan los que forman la colección El Ciervo Herido, destinada sobre todo a poetas españoles clásicos y modernos. Se trata de una serie de preciosos volúmenes de 13,5 x 8,8 cm encuadernados en rústica y siempre de menos de cien páginas, que se estrena en julio de 1939, haciendo honor a su nombre, con los Versos sencillos del poeta modernista cubano José Martí (1853-1895), de quien poco después publicaría también Versos libres. La segunda entrega de la colección la reserva a su propio poemario Nube temporal, que reúne piezas dispersas en libros y publicaciones periódicas impresos en España, y que presenta «con un autógrafo de Jules Supervielle [“A Manolito Altolaguirre. Vuelvo a encontrarme en tu poesía con toda España, a la sombra y al sol de un gran poeta. Tu antiguo amigo Julio”] y un poema de Stephen Spender», que va situado al final del libro y que el poeta inglés escribió al recibir la falsa noticia de que Altolaguirre había muerto durante la guerra civil.

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Nube temporal, de Manuel Altolaguirre.

Sin embargo, acaso sea significativo de la conciencia de provisionalidad que debía de tener Altolaguirre acerca de su exilio la notable presencia de clásicos españoles en esta colección, e incluso los nombres y títulos elegidos son indicativos de una determinada mirada a la tradición española más reciente a la que, como editor, parece querer dar continuidad. Es el caso por ejemplo de la selección de Poemas escogidos que publica ya en 1939 de su amigo asesinado durante la guerra Federico García Lorca (1898-1936), pero no los son menos los casos, también aparecidos en 1939, de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique (c. 1440-1459), el Canto a Teresa, de José Espronceda (1808-1842) o La tierra de Alvargonzález de Antonio Machado (1875-1939).

En cuanto a los autores españoles vivos, llama la atención Sangre de España: elegía de un pueblo (1941), del periodista y dramaturgo gallego Ángel Lázaro Machado (1900-1985), que había visto truncada una prometedora carrera en el teatro en los años veinte y treinta (El circo de la verbena, La casada sin marido) y que ya en Cuba había dado a conocer un Cancionero español (1937), su Romance de Cuba y otros poemas (1937), La verdad del pueblo español (1939) y había reunido una selección de su obra en verso, Antología poética (1940) para la que Altolaguirre le había escrito el prólogo. Por su parte, el libro de Ángel Lázaro publicado en El Ciervo Herido va precedido de un prólogo escrito por otro escritor español exiliado en Cuba, el poeta valenciano Bernardo Clariana (1912-1962), quien, procedente de Santo Domingo (donde había publicado su primer libro de poesía, Ardiente desnacer), poco después se trasladaría hasta su muerte a «un piso miniatura de Perry Street en el Village, el barrio bohemio de Nueva York», al decir de Vicente Llorens.

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Lluvias enlazadas, de Concha Méndez.

Otras ediciones de poesía española destacadas de El Ciervo Herido son Lluvias enlazadas (1940), de Concha Méndez (1898-1986), al que precede un «retrato lírico» del poeta también exiliado Juan Ramón Jiménez (1881-1958), que por entonces se había establecido en Miami, o la edición de 1942 de las Églogas de Garcilaso de la Vega (1498-1536).

A la mayoría de poetas cubanos vivos a los que publica Altolaguirre en La Verónica, en cambio, los encuadra sobre todo en otra colección, Héroe, donde aparecen poemarios de Regino Pedroso (1896-1983), Nicolás Guillén (1902-1989) y Emilio Ballagas (1908-1954), entre otros. Pero sí publica en El Ciervo Herido, por ejemplo, al argentino establecido en Nueva York Alfonso de Sayons su Oda y jornada, o una nueva edición de las piezas teatrales de Pushkin Festín durante la peste y El convidado de piedra, en la misma traducción de O. Savich y el propio Altolaguirre que en 1938 había publicado en la barcelonesa Tipografía Catalana la AERCU (Asociación Española de Relaciones Culturales con la URSS).

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Particular interés tienen algunas otras ediciones surgidas de una imprenta tan modesta como La Verónica, los 15 dibujos de Shum, por ejemplo. Su autor, cuyo nombre real era Alfons Vila (1897-1967), se había hecho muy popular como ilustrador en los años veinte en cabeceras humorísticas catalanas como El señor Daixonses/La senyora Dallonses y L´Esquella de la Torratxa, y al final de la guerra, también tras pasar episódicamente por Santo Domingo, se estableció en Cuba durante un tiempo, antes de pasar a Estados Unidos y entrar en la Metro Goldwin Mayer como diseñador de carteles cinematográficos.

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Y también es digno de mención el libro en que en 1941 se recoge la pieza teatral de Concha Méndez El Solitario. Misterio en un acto, que va precedido de un precioso prólogo de Maria Zambrano (1904-1991) y con ilustraciones de Macarena Smerdou Picazo y Manuel Altolaguirre. En 1998, las Ediciones Caballo Griego para la Poesía tuvieron el acierto de estrenar su colección El Público con una edición facsímil, preparada por Maya S. Altolaguirre y Manuel Bonsoms, de esta bella edición.

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Cubierta de la novela póstuma del novelista cubano Pablo de la Torriente-Brau (1901-1936) Aventuras del soldado desconocido cubano, publicada en La Verónica.

En cuanto Altolaguirre se trasladó a México, donde por supuesto prosiguió con su labor impresora, creó Aires de Mi España, una muy conocida colección de libritos, también de muy reducido tamaño (el mismo formato que El Ciervo Herido), encuadernados en rústica, con unas muy características cubiertas impresas a dos tintas y también protegidos con sobrecubiertas en papel cristal. En ella publicó antologías de autores españoles clásicos, como Garcilaso de la Vega, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Quevedo o, cómo no, Luis de Góngora, siempre seleccionadas por el propio Altolaguirre. Junto a ellos, algún otro cronológicamente más cercano, como Miguel de Unamuno (El Cristo de Velázquez, 1947).

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Poesía de Góngora, México, Ediciones de La Verónica, 1943.

Fuentes:

García Chacón, Irene (2015). «Semblanza de Manuel Altolaguirre (1905- 1959)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED: http://www.cervantesvirtual.com/obra/semblanza-de-manuel-altolaguirrebolin/

Jorge Domingo y Róger González, eds., Sentido de la derrota, Bellaterra, Gexel-Cop d´Idees (Cuba 1), 1998.

Vicente Llorens, Memorias de una emigración. Santo Domingo 1939-1945, Barcelona, Ariel, 1975.

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba. Manuel Altolaguirre, Barcelona, Círculo de Lectores, 1995.

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