Pérez Galdós en la guerra civil española

El 4 de enero de 1939, en los días ya finales de guerra civil española, Altavoz del Frente (dependiente del Comité de Agitación y Propaganda del Partido Comunista de España) organizó en sus locales de la madrileña Alcalá un homenaje a Benito Pérez Galdós (1843-1920) con motivo de cumplirse dieciocho años de su muerte, y además de una serie de conferencias (de Bernardo G. de Cardamo, Diego San José, María Teresa León y Rafael Alberti) se puso en escena la poco conocida obra del escritor canario La fiera (que, a tenor del enfrentamiento entre liberales y realistas, bien puede interpretarse como una diatriba galdosiana contra el fanatismo ideológico).

De hecho, Galdós fue uno de los escritores que con más asiduidad tuvo presencia en los escenarios españoles durante la guerra, y ya el 19 de febrero de 1937 la compañía García Lorca que dirigía Manuel González (¿?-1946) repuso el incisivo alegato contra el poder de la Iglesia católica Electra en el Teatro Español madrileño, que a partir del 14 de octubre alternaría con la Mariana Pineda de García Lorca (1898-1936) y que en la temporada siguiente combinaría con el Juan José de José Dicenta (1862-1917) y con la Yerma lorquiana. También en Madrid, Pepe Romeu presenta en junio y julio de 1938, en el Teatro Ascaso, otra obra de Galdós de corte bastante distinto, La loca de la casa.

En Barcelona, en abril de 1937 se puso en cartel en el teatro Poliorama El Vell Albrit, traducción de Agustí Collado (1895-1942) de El abuelo galdosiano (que publicó enseguida La Escena Catalana) y el célebre actor Enric Borràs (1863-1957) presentó la esta misma obra en el Liceu durante varias tardes en octubre del año siguiente y, en diciembre de ese mismo 1938, fue la actriz Esperanza Ortiz quien en el Orfeó Gracienc presentó La voluntad, una obra que plantea la necesidad de una profunda regeneración de los valores morales. Un ejemplo más de la abundante presencia de la dramaturgia galdosiana en los escenarios peninsulares durante la guerra civil sería, en Valencia, la puesta en escena a partir de enero de 1937 de El abuelo a cargo de la compañía de Enrique Rambal (1889-1956).

En las páginas del periódico La Vanguardia escribía el 11 de marzo de 1938 Max Aub (1913-1972) acerca de cómo crear un repertorio acorde con los confusos y decisivos tiempos que corrían: «Ahí esta Galdós, nuestro abuelo, ¿cuántas comedias suyas se han repuesto en Barcelona? Galdós debe ser un galardón de nuestra lucha, el primer nombre que llevemos en alto». Lo cierto es que la presencia de Galdós es también muy frecuente en la prensa cultural durante la guerra, y suelen recordarse sobre todo los artículos que publicaron en la primorosa revista Hora de España Rosa Chacel (1898-1994) en febrero de 1937 («Un hombre al frente: Galdós») y María Zambrano en septiembre de 1938 («Misericordia»), por ejemplo, pero podrían mencionarse otros muchos escritores, como Manuel Andújar (1913-1994), que le dedicó bajo el nombre de Manuel Culebra otros dos artículos: «Don Benito» (UHP, 14 de enero de 1937) y «Pérez Galdós» (La Calle, 5 de enero de 1939). También en el ámbito de los estudios universitarios, Galdós estaba siendo objeto de atención por parte de destacados filólogos, como es el caso del insigne Joaquín Casalduero (1903-190), que en 1937 ve publicado su «Ana Karenina y Realidad» en el número XXXIX del Bulletin Hispanique, o el del reputado galdosianista H. C. Berkowitz (1895-1945), que en 1936 había publicado «Los juveniles destellos de Benito Pérez Galdós» en el número 8 del Museo Canario y en febrero de 1939 su más importante «Galdos’ Electra in Paris», en el número XXII de Hispania.

No es de extrañar, pues, que Pérez Galdós fuera uno de los escritores de los que más libros se publicaron en ese período, pues además parte de su obra (en particular la serie de los Episodios Nacionales) encajaba muy bien con la interpretación que los partidos comunistas (PCE; PSUC) hacían de la guerra civil española como una guerra de liberación frente a las potencias extranjeras (Alemania, Italia, Portugal y los Grupos de Fuerzas Regulares del Protectorado de Marruecos). La desdeñosa pero célebre diatriba de Valle-Inclán contra Galdós —en boca de Darío de Gádex en la escena cuarta de Luces de Bohemia («Precisamente ahora está vacante el sillón de Don Benito el Garbancero»), consecuencia en buena medida de la oposición que, como director artístico de El Español, el escritor canario mostró al estreno de una obra de Valle—, había quedado ya olvidada.

En este contexto cobra todo su sentido que ya durante la batalla de Madrid, el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes se apresurara a arrancar en 1936 unas Ediciones de la Guerra Civil con las novelas de Galdós El 2 de mayo y Napoleón en Chamartín, en cuyo prologuillo se subraya además el paralelismo entre la actitud de las clases populares madrileñas ante la invasión francesa y la que muestran en el momento de publicación de estas obritas frente a la invasión del fascismo. Se trata en ambos casos de apenas 94 páginas con un formato de 17,5 x 12.5 que se vendían al muy modesto precio de 0,50 pesetas.

Paralelamente, la histórica editorial Hernando, que venía publicando la obra de Galdós desde hacía ya décadas, reeditó en el período bélico algunas obras de los Episodios Nacionales, que desde la proclamación de la República lucían en sus cubiertas la bandera tricolor, en lugar de la rojigualda con la que se habían hecho famosas estas ediciones (y con la que volvería a publicarse desde el final de la guerra hasta bien entrada la década de 1960).

No hay duda de que este fue el modelo del que partió el brillante diseñador Mauricio Amster (1907-1980) cuando eligió el fondo para la ilustración de los primeros volúmenes de la primera serie de Episodios Nacionales que la editorial comunista Nuestro Pueblo publicó en 1938 y que es, según se indica en la portadilla, una «Edición especial en homenaje a nuestro glorioso Ejercito Popular en la segunda guerra de la independencia de España»: Trafalgar, La corte de Carlos IV y El 19 de marzo y el 2 de mayo. Para todos ellos escribió el gran crítico y traductor literario Enrique Díez-Canedo (1879-1944) los prólogos, el de Trafalgar más general y con mayor atención a la biografía y la obra galdosiana y en el que, en relación a la vigencia del texto, escribe:

La guerra desencadenada por unos generales facciosos en julio de 1936 no es más que una nueva fase de las que desgarraron a España desde las postrimerías del siglo XVIII y comienzos del XIX. De un lado absolutismo y tiranía, monarquía y religión, como atavíos tradicionales de España, intentando sofocar los anhelos de libertad que germinaron en nuestro pueblo, como definitivas conquistas del tiempo, sólidamente asentadas por la Revolución francesa. De otro lado, esas nobles aspiraciones, apoyándose primero con toda candidez en la monarquía y confundiendo su dudosa aceptación de los principios liberales con la indignada protesta contra los invasores del suelo, que la monarquía misma entregaba, humillándose ante un Napoleón o recabando la ayuda de un Luis XVIII.

Acaso sea casualidad, pero poco después de la aparición del primero de estos libros publicaba Benjamín Jarnés (1988-1949) un artículo dedicado a Trafalgar en su sección de «Literatura Española» en el periódico bonaerense La Nación (el 6 de noviembre de 1938).

Se trata de unos volúmenes encuadernados en rústica con sobrecubierta ilustrada a dos tintas—y ostensiblemente firmada— por Amster, con un formato de 17, 5 x 12,5 y entre doscientas y trescientas páginas, de los que se hicieron unas muy generosas tiradas (Trapiello menciona la cifra de cien mil), que se pusieron a la venta a un precio de seis pesetas. La coincidencia de formato permite aventurar que quizá se emplearon las tripas de las ediciones de Hernando, pero la numeración en arábigos desde el prólogo descarta a priori, a falta de datos concluyentes, esa posibilidad.

El interés editorial que tenía Galdós, pues, seguía respondiendo en muy buena medida, como casi siempre, a unos planteamientos indudablemente ideológicos.

Fuentes:

Detalle de la cubierta de un ejemplar de Trafalgar en el que puede leerse como fecha de edición el “año de la victoria”.

Max Aub, «Acerca del teatro. El repertorio», La Vanguardia, 11 de marzo de 1938, p. 3, reproducido y anotado en Manuel Aznar Soler, Max Aub y la vanguardia teatral (Escritos sobre teatro, 1928-1938), València, Aula de Teatre de la Universitat de València (Palmiremo 1), pp. 217-223.

Robert Marrast, El teatre durant la guerra civil española. Assaig d’història i documents, Publicacions de l’Institut del Teatre-Edicions 62 (Monografies de Teatre 8), 1978.

Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Destino (Imago Mundi 167), 2010.

Dolores Troncoso Galán, «Galdós y la guerra civil española», en Yolanda Arencibia, María del Prado Escobar Bonilla y Rosa María Quintana Rodríguez, eds., VI Congreso Internacional Galdosiano. Galdós y la escritura de la modernidad, Las Palmas de Gran Canaria, Cabildo Insular de Gran Canaria, 2003, pp. 559-564.

 

 

Manuel Altolaguirre, última aventura editorial

Cuando a mediados de marzo de 1943 el exiliado republicano español Manuel Altolaguirre (1905-1959), gracias a la ayuda del poeta y ensayista Ángel Augier (1910-2010), llegó a México procedente de La Habana, gozaba ya del aprecio de los connaisseurs en el ámbito de la tipografía y la impresión, quizá más por su buen gusto que por su destreza, pero en cualquier caso, desde los tiempos de la mítica Imprenta Sur hasta su etapa más recientemente al frente de La Verónica en Cuba, era muy bien conocido como editor e impresor.

No es de extrañar por tanto que una de las primeras cosas que hiciera fuese incorporarse al equipo que se puso al frente de la dirección de la tercera época de la legendaria revista de poesía, pintura y música Litoral, con José Moreno Villa (1887-1955), Emilio Prados (1899-1962), Francisco Giner de los Ríos (1917-1995) y Juan Rejano (1903-1976). Sin embargo, es sintomático que cuando esta publicación periódica se acercaba a su fin, tras la publicación de tan sólo tres números, Giner de los Ríos creara, con la colaboración del talentoso Joaquín Díez-Canedo Manteca (1917-1999), la colección Nueva Floresta (en la editorial Stylo de Antonio Caso), y Altolaguirre, por su parte, con el apoyo de la adinerada cubana María Luisa Gómez Mena (1907-1959) pusiera en marcha una nueva iniciativa personal, Ediciones Isla, si bien en esos mismos años se está introduciendo ya en el mundo del cine en la productora Posa-Films.

Desde el principio tuvo Isla problemas administrativos, si bien disponía de un taller espacioso y moderno, de imprenta propia (Manuel Altolaguirre Impresor), de un equipo de obreros tipográficos e incluso de un acuerdo con una sede en La Habana para distribuir en Cuba los libros que se publicaran.

Sin embargo, también desde el primer momento la editorial parecía disponer de un programa de publicaciones muy ambicioso y perfectamente estructurado. Al margen de algunas ediciones importantes fuera de colección, las numerosas ediciones que empiezan a imprimirse se encuadran en cuatro colecciones eminentemente literarias: Los Clásicos, El Siglo de Oro, Los Románticos y los Modernos, de lo que puede deducirse al primer vistazo la voluntad de revisar el canon de los principales autores de la literatura en lengua española, aunque la presencia de autores no peninsulares (caso del nicaragüense Rubén Darío) fue casi residual. En cambio, entre las obras publicadas fuera de colección es muy notable la presencia de escritores republicanos españoles.

En la revista El Hijo Pródigo, fundada en 1943 por iniciativa de los poetas Octavio G. Barreda (1897-1964) y Octavio Paz (1914-1998), se publica en el número 32 (del 15 de noviembre de 1945) un anuncio en que se describe Isla del siguiente modo: «En esta colección bella y originalmente presentada irán apareciendo todas y cada una de las obras más famosas del Siglo de Oro, de la edad romántica, así como de la moderna» y, además de una breve reseña de la edición de Mariana Pineda, de Federico García Lorca (1898-1936), aparece la siguiente lista de volúmenes publicados:

Juan Ruiz de Alarcón, El tejedor de Segovia

Calderón de la Barca, La vida es sueño

Miguel de Cervantes, Entremeses

Tirso de Molina, Don Gil de las calzas verdes

Miguel de Cervantes, El cerco de Numancia

José Zorrilla, Don Juan Tenorio

Manuel Tamayo, Locura de amor

Carlos Arniches, Las estrellas

Benito Pérez Galdós, La loca de la casa

Ricardo de la Vega, La verbena de la Paloma

José Bergamín, La niña de Dios y La niña guerrillera

Fray Luis de León, La perfecta casada

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas

Juan Valera, Pepita Jiménez

Garcilaso de la Vega, Poesía

Rubén Darío, Canto de vida y esperanza

Lope de Vega, Fuente Ovejuna

Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino

Carlos Arniches, Don Verdades

Por el mismo anuncio, puede saberse que la Librería Madrid del distrito federal ofrecía la posibilidad de obtener veinte volúmenes con un pago inicial de 7,50 dólares y cinco abonos mensuales de 10, mientras que cada volumen individual tenía un precio de 2,50. Además de los consignados, Isla publicó también, por ejemplo, el original libro y que dice mucho sobre la integración de Moreno Villa en México Navidad: villancicos, pastorelas, posadas, piñatas, antologada e ilustrada por el propio Moreno Villa, y en el que se conjugan obras del folklore español con otras de la tradición teatral mexicana (posadas piñatas), así como Lo que sabía mi loro. Una colección folklórica infantil.

Editorial Nuestro Pueblo, 1938.

Entre los autores no españoles se publica al poeta mexicano Elías Nandino (1900-1993) Espejo de mi muerte (1945), pero la presencia de exiliados republicanos es bastante más nutrida, desde el ensayo de tema literario Los designios de Dios, vistos a través de El condenado por desconfiado y otras comedias españolas (1945) de José Manuel Gallegos Rocafull (1895-1963) hasta el poemario De mar a mar, de María Enciso (María Dolores Pérez Enciso, 1908-1949), prologado por Concha Méndez. Entre ellos, y casi simultáneamente, una nueva edición de la novela que José Herrera Petere (José Herrera Pérez, 1909-1977) había publicado ya en Barcelona durante la guerra, Cumbres de Extremadura. Novela de guerrilleros (1945) o la primera novela que se publicaba del espléndido ciclo narrativo Lares y Penares de Manuel Andújar (1913-1994), Cristal herido, con prólogo de José Ramón Arana (1905-1993) y una nota de Benjamín Jarnés (1888-1949).

La aventura no duró más de un año y medio, pero después del poemario del propio Altolaguirre Nuevos poemas de las islas invitadas, con cubierta y dibujo de portada de Moreno Villa en 1946, aún tuvo un pilón en 1949 con Fin de un amor. Sin embargo, en realidad Isla había dejado de funcionar como editora en 1946 y, si bien entonces Altolaguirre se asoció con el impresor Roberto Barrié y con él publica los dos números de la revista Antología de España en el Recuerdo, ya había empezado a decantarse cada vez más por la cinematografía.

Si ya en 1947 Carlos Orellana había estrenado la película La casa de Troya, cuyo guión había adaptado Altolaguirre a partir de la novela romántica homónima del coruñés Alejandro Pérez Lugín (1870-1926), en 1950 había podido crear ya la compañía cinematográfica Producciones Isla, uno de cuyos trabajos fue Yo quiero ser tonta, adaptación de Las estrellas de Arniches (publicada en Isla), que se estrenó eso mismo año dirigida por el guipuzcoano Eduardo Ugarte (1901-1955), para quien Altolaguirre adaptó también la obra de los Álvarez Quintero Doña Clarines y le produjo El puerto de los siete vicios.

Manuel Altolaguirre.

Sin embargo, lo más probable es que fuera sobre todo el éxito internacional de Subida al cielo (Luis Buñuel), de cuyo guión Altolaguirre era coautor, lo que acabó por apartarlo por completo de las imprentas.

Fuentes:

García Chacón, Irene (2015). «Semblanza de Manuel Altolaguirre (1905- 1959)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED:  http://www.cervantesvirtual.com/portales/editores_editoriales_iberoamericanos/obra/semblanza-de-manuel-altolaguirre-bolin/

Julio Neira, Manuel Altolaguirre. Impresor y editor, Consejo Social Universidad de Málaga y Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Málaga-Madrid, 2009.

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba. Manuel Altolaguirre, Barcelona, Círculo de Lectores, 1995.

James Valender, Manuel Altolaguirre y Concha Méndez. Poetas e impresores, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2001.

 

José Bolea, un editor valenciano en México

El valenciano José Bolea (1903-1987) llegó a México sin apenas experiencia como editor, pero si tenía a sus espaldas un amplio conocimiento del mundo de la letra impresa. Huérfano de padre desde los trece años y de madre desde los veinte, mientras cursaba Derecho, desde muy joven empezó a trabajar en La Correspondencia de Valencia y posteriormente como redactor y crítico teatral en Las Provincias, y se estrenó como narrador con el relato Lo que ningú sap (1934), firmada con el seudónimo Josep Alcira y pubilcada originalmente en la colección Nosra Novel·la con ilustraciones de Antoni Vercher i Coll (1900-1934), colaborador también de Las Provincias.

Sin embargo, en tiempos de la Segunda República sus pasos parecían encaminarse hacia la literatura dramática en lengua española, pues en 1932 publicó y estrenó la pieza escrita a cuatro manos con el director de Nostra Novel·la, Francesc Almela i Vives (1903-1967), Lenin, escenas de la revolución rusa (biografía en un prólogo, dos partes y siete cuadros), que el 5 de noviembre, en plena guerra civil, se repuso en el Apolo de Valencia a cargo de la compañía de Salvador Sierra y posteriormente en Madrid y Barcelona. Previamente, había publicado en la colección semanal El Cuento Nuevo Romanza sin palabras (1934) y durante la guerra se centró en el periodismo y en tareas en la Subsecretaría de Propaganda en Barcelona. Exiliado inicialmente a Francia, y tras pasar por el campo de refugiados de Argelés, consiguió llegar a México a bordo del Flandre el 21 de abril de 1939.

Interior, con ilustraciones de Alma Tapia, del volumen de Merimée traducido por Enrique Díez-Canedo.

Colaborador del periódico Excélsior y de la revista Estampa, pronto se convierte en editor de la revista La Semana Cinematográfica, donde tiene como colaborador al ensayista Francisco Pina Brotons (1900-1971) y en la que publicó adaptaciones noveladas de guiones cinematográficos. Sin embargo, con la fundación de las imprentas Edimex y Fototipográfica Editorial se encarrila decididamente por la creación editorial y su primer proyecto en este sentido, en colaboración con Vicente Gómez Ambit, fue la Editorial Leyenda, en 1941, centrada sobre todo en libros de historia y arte (también en novela amorosa en la colección Eros), en la que colaboraron sobre todo exiliados republicanos en las más diversas tareas, desde la autoría (Juan de la Encina, Juan Rejano, Joaquim Xirau…), la edición literaria (Agustín Millares Carlo, Ignacio Mantecón), hasta la ilustración (Miguel Prieto, Juan Renau, Ramón Gaya, José Moreno Villa, Rodríguez Luna…) y en particular la traducción (Isabel de Palencia, Enrique y Joaquín Díez-Canedo, Adolfo Sánchez Vázquez, Paulino Masip, Antonio Sánchez Barbudo, Ramon Xirau o, entre otros, José Tapia Bolívar, que en 1966 llegaría a ser director de Alianza Editorial Mexicana.). No son raros tampoco los casos en que un mismo escritor aparece en el catálogo de Leyenda como autor y como traductor.

De 1943 es por ejemplo la traducción del leridano Paulino Masip (1899-1963) de Salambó, de Flaubert, con ilustraciones del artista valenciano Josep Renau (1907-1982), aparecida en la colección Eros, Obras Maestras de la Literatura Amorosa, publicado también en 1946 en Atlántida (y de la que se hizo una edición facsímil en 2014 [Valencina de la Concepción, Ediciones Ulises]). Asimismo de 1943 es un volumen que incluye las traducciones del poeta y crítico extremeño Enrique Díez-Canedo (1879-1944) de Carmen, Mateo Falcone y Las almas del Purgatorio, de Merimée, con óleos y acuarelas del valenciano Carlos Ruano Llopis (1878-1950) y viñetas de la ilustradora y cartelista madrileña Alma Tapia (1906-1993). De ese mismo año es una edición numerada en la colección Eros de La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas, traducida también por Díez-Canedo e ilustrada por la artista valenciana Manuela Ballester (1908-1994), quien había formado parte con Josep Renau, Tonico Ballester y Francisco Carreño entre otros artistas de Agrupació Valencianista Republicana y había diseñado portadas para la colección Nostra Novel·la (ganó además el premio convocado por la editorial Cénit para la de Babit, de Sinclair Lewis). En colaboración con su hijo Joaquín, Enrique Díez-Canedo firma también la traducción de Vida de Julio César (1944), de Dumas, publicada en dos volúmenes (de 250 y 260 páginas) en la colección Atalaya.

Y de 1944 es también por ejemplo una edición ilustrada por el murciano Ramón Gaya (1910-2005) de Naná, de Émile Zola, traducida por la archivista y actriz madrileña Blanca Chacel (1914-2002), menos conocida que su hermana mayor Rosa (por entonces exiliada en Buenos Aires). Otras obras publicadas en Leyenda ese mismo año son Doménico Greco y Velázquez, pintor del Rey nuestro señor, del historiador y crítico del arte bilbaíno Juan de la Encina (Ricardo Gutiérrez Abascal, 1883-1963); una muy denostada e incompleta traducción firmada por J. M. Fernández Pagano (¿seudónimo?) de Las flores del mal, de Baudelaire, con ilustraciones en blanco y negro y a color del pintor pontevedrés Arturo Souto (1902-1964); El Resucitado. El hijo del hombre retorna a la vida, de D. H. Lawrence, en traducción de Tapia Bolívar, autor también del prefacio; en la colección Atalaya Las artes decorativas y su aplicación, del crítico de arte catalán Enrique Fernández Gual (1907-1973) y, entre otros títulos, o Vida, pensamiento y obra de Bergson, del también catalán Joaquim Xirau (1895-1946).

El año siguiente prosigue publicando Leyenda a un ritmo muy similar, y encuadrando sus publicaciones en Barlovento, Carabela y las ya mencionadas colecciones eros y Atalaya. En esta última, por ejemplo publican en 1945 el escritor y pintor andaluz José Moreno Villa (1887-1955) sus cuentos con el título Pobretería y locura, y el musicólogo madrileño Adolfo Salazar el segundo de sus libros de ensayos de tema no musical, Delicioso, el hereje y otros papeles. Pequeñas digresiones sobre la vida y los libros; en Eros aparece una “versión y adaptación” del escritor aragonés Benjamín Jarnés (1888-1949) de Paraísos, de Auguste Germain, con ilustraciones de Juan Renau (1913-1990).

Sin embargo, no tardaría mucho José Bolea en emprender una nueva iniciativa editorial, con el nombre de Centauro (no confundir con El Centauro venezolano de José Agustín Català), cuya línea no es excesivamente distinta a la de Leyenda y se mantiene la colaboración con muchos de los traductores con los que ya había trabajado en Leyenda, pero en la que se advierte un cierto interés por literaturas orientales poco exploradas hasta entonces por la edición en lengua española, y que quizá contribuyan a explicar la decisión tomada por Bolea, que explicó del siguiente modo:

Por discrepancia con mis socios emprendo una nueva empresa editorial. Allí publiqué los ensayos de Juan Renau sobre Dibujo técnico [1946; coescrito con Elisa Renau] y de José Renau [1907-1982] sobre la Enciclopedia de la imagen. También publiqué diversas novelas como Llanura  [1947] de Manuel Andújar y Abz-il-Agrib [sic; ] de Juan José Domenchina.

En realidad, en Leyenda se publicó en 1946 una Enciclopedia de la imagen y el amor (Estampas galantes del siglo XVIII) que es el libro de Josep Renau al que parece referirse Bolea, y El diván de Abz-ul-Agrib es una traducción de Domenchina de la obra previa  de Ghislaine de Thédenat, publicada en 1945 en Centauro con ilustraciones de Alma Tapia. En cualquier caso, la de Centauro –si bien con Bolea y buena parte de sus colaboradores como nexo– es ya otra historia.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, 4 vols., Sevilla, Renacimiento-Gexel, 2016.

Manuel García, Memorias de posguerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939-1975), Valencia, Universitat de València, 2014.

Lizbeth Zavala Mondragón, «El exilio español en México y la traducción literaria», 1611. Revista de Historia de la Traducción, núm. 11 (2017).

El diván de Abz-ul-Agrib, ilustrado por Alma Tapia.