El exiliado español Clemente Airó y la literatura colombiana

El narrador y crítico de arte Clemente Airó (Clemente Arveras Oria, Madrid, 1918-Bogotá, 1975) llegó a Colombia en 1940 como consecuencia del resultado de la guerra civil española (en la que participó como joven miliciano), tras haber pasado por campos de concentración franceses y una primera etapa en Santo Domingo.

Núm 90 de Espiral.

Es precisamente en Colombia donde cursa estudios de Filosofía y Letras, donde adopta el nombre con el que será conocido como escritor y donde colabora con José Prat y con quien fuera periodista del barcelonés Las Noticias, Gabriel Trillas, en la breve etapa de la revista colombiana España (1941-1942). Sin embargo, su mayor prestigio en este ámbito lo debe a su paso por la revista Espiral. Revista de Letras y Arte, una iniciativa dedicada a temas estéticos que se publica mensualmente entre abril de 1944 y marzo de 1975 (135 números) y donde ejerce como editor hasta el momento en que sustituye al caraqueño Luis Vidales como director. Apéndice de la revista fue el legendario café bogotano El Automático (La Fortaleza en los cuarenta), donde, aparte de números de la revista, se gestaron las más sonadas polémicas artísticas de la época. Así ha explicado Gustavo Niño los objetivos de la revista Espiral: “El principal enfoque de Espiral era impulsar la literatura colombiana difundiendo textos de escritores locales; allí se publicaron poemas de León de Greiff y textos de Hernando Téllez, también asiduo del Automático.”

José Prat García (1905-1994), profesor, fundador de la Casa de España en Bogotá, traductor y columnista en Tiempo durante su largo exilio en Colombia (1939-1976).

No muy distinto es el proyecto que, en el ámbito de la edición y del impulso a la literatura y las ciencias humanas en Colombia, supone la mayor aportación de Airó, la creación de una editorial desgajada de la revista (Ediciones Espiral) y de la Editorial Iqueima, donde, junto a traducciones de Paul Claudel, se aglutina la literatura colombiana más interesante de los años cincuenta y sesenta: desde  los ensayos de Jorge Zalamea recogidos en Minerva en la rueca (1949) hasta las antologías de poesía preparadas por Jorge Gaitán Durán, pero sobre todo Clemente Airó se convirtió en el máximo impulsor de la corriente colombiana conocida a menudo como “literatura de la Violencia”, término de definición conflictiva pero del que acaso la muestra más conocida sea La mala hora (1962), de García Márquez y que, a decir de Estelle Irizarry, se cierra con otra novela de García Márquez, Cien años de soledad. Tal como lo resume Marielena Zelaya Kolker:

Las novelas sobre la violencia rural habían sido especialmente numerosas desde 1934 en adelante, culminando, desde luego, en la obra maestra Cien años de soledad, que con su éxito cierra el ciclo.

Clamor (1948), de Dora Castellanos.

Así, en Ediciones Espiral publica El 9 de abril  (1951), de Pedro Gómez Corena, Siervo sin tierra (1952), de Eduardo Caballero Calderón, Las memorias del odio (1953), de Rogerio Velásquez, Sin tierra para morir (1954), de Eduardo Santa, Tierra asolada (1954), de Fernando Ponce de León, Pogrom (1954), de Galo Velásquez Valencia, Tierra verde (1957), de Carlos Esguerra Florez, Carretera al mar (1960), de Tulio Bayer, Solamente la vida (1961), de Fernando Soto Aparicio… El propio Clemente Airó, inscribe en esta misma corriente narrativa la novela La ciudad y el viento (1961) que publica en Espiral, donde luego incorporará también, en la misma línea,  Las biestias de agosto (1964), de Enrique Posada, y La castaña (1964), de Fernando Ponce de León.

Enrique Posada.

Del carácter de descubridor de nuevos talentos de Clemente Airó hay algunos testimonios interesantes, como por ejemplo el del escritor Enrique Posada, quien explicaba así su primer intento de iniciarse en el género de la novela:

Las bestias de agosto,  publicada por la editorial Espiral  de Clemente Airó en 1964, un año después de que apareciera una compilación de cuentos titulada Los guerrilleros no bajan a la ciudad.  La mencionada  novela se desarrolla en torno al ambiente político de mediados de la década 50 del siglo pasado, bajo el régimen militar del general Rojas Pinilla. Los cuentos tuvieron un impacto especial porque, como declararon algunos críticos literarios, con ellos rompía yo, por primera vez, con la visión de la violencia enmarcada en las zonas rurales, presente en  toda una serie de novelas anteriores, para situarla en la ciudad. En cuanto a Las bestias de agosto, creo que asombré un poco por la adopción de un estilo directo y cortante, que por momentos eludía, de modo sistemático, partes de la oración, dejándolas en la sombra. Acometí con esta novela breve una especie de narrativa experimental. Que también tuvo su impacto.

Arnoldo Palacios.

Más escandaloso y sorprendente fue el caso de la publicación de Las estrellas son negras, de Arnoldo Palacios, el “Joyce del Trópico”.

 Yo tenía veintitrés años, más o menos, cuando escribí Las estrellas son negras. El libro, ya listo para ser llevado a un editor, se quemó el 9 de abril de 1948, cuando el pueblo de Bogotá, el pueblo de Colombia, se lanzó a las calles a reclamar justicia por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Ese día hubo muchos incendios. Yo tenía el manuscrito al lado de una máquina de escribir, sacándolo en limpio, el verdadero manuscrito, escrito a mano, y las páginas que yo iba copiando a máquina al lado. Siempre dejaba todo junto y en uno de los edificios de la Avenida Jiménez, en donde yo escribía, un incendio acabó con el libro. Y yo, aprovechando el toque de queda; -no se podía salir por la noche-, y deseoso de que el libro existiera como yo lo había querido, me puse a reconstruirlo y, en realidad, lo hice en tres semanas, porque si no lo hacía inmediatamente no hubiera podido existir. […] Una vez terminado, me fui un día a buscar al señor Clemente Airó, que trabajó mucho por la publicación de obras literarias en su Editorial Iqueima. Le llevé el libro, y le dije: Clemente, aquí le dejo esto, léalo y cuando tenga su opinión me dice, y vemos qué se hace. Me fui yo para el Chocó, a Buenaventura; estuve, como siempre, investigando sobre la vida de nuestra gente y como a los seis meses volví a Bogotá. Fui a visitar a Clemente Airó y lo saludé, y me dijo: espéreme un momentico; se fue como a llamar por teléfono o a hablar con alguien, inmediatamente salió y me dijo, ya el libro está editado, yo no sabía usted dónde estaba. Claro, yo no voy a decir que recibí un shock, pero me pareció interesante, sólo faltaba la carátula. Busqué con mis amigos a nuestro gran pintor Alipio Jaramillo, quien hizo la carátula, salió el libro y como en una semana se acabó, y a los tres meses ya estaba en París. Esa es la historia del comienzo de Las estrellas son negras.

Aunque es innegable e importantísima la labor de apoyo a las letras colombianas de su tiempo que llevó a cabo Iqueima, es impensable hacer aquí un recorrido completo de su catálogo, de más de 150 títulos, pero sí vale la pena destacar, junto a la más conocida colección Narradores Colombianos de Hoy, otras iniciativas, como las coediciones universitarias sobre las más diversas líneas de investigaciones en el ámbito de las Humanidades, los libros de arte o los volúmenes de poesía.

En cuanto a la propia obra narrativa de Airó (fuertemente enraizada en Colombia), además de su incursión en el ensayo (Las letras y los días.1956) la publicó casi por completo en Espiral: Viento de romance. Cinco cuentos de una sola historia (1947), Yugo de niebla (1948), Sombras al sol (1951), Cardos con flores (1955 y titulada Nueve estampas de alucinado, en 1961), la ya mencionada La ciudad y el viento (1961), el reportaje de viajes Círculos y gentes (1964), Cinco y… Siete. Cuentos de una misma historia (1967), y al margen de Espìral quedarían sólo El campo y el fuego (publicada por Tercer Mundo en 1972) y Donde no canta el gallo y otros cuentos (Instituto Colombiano de Cultura, 1973), su inclusión en el libro colectivo Fuera de concurso (Instituto Colombiano de Cultura, 1973) y la novela póstuma Todo nunca es todo (Plaza & Janés, 1982). Parece que siguen pendientes de publicación su única y primeriza obra de tema español, centrada en la guerra civil (Alambre de púas) y otra escrita en 1974, Puente colgante.

Sin embargo, es evidente que pese a su labor como docente universitario o su contribución a la creación de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia, la influencia de Airó en la literatura colombiana, e incluso en la de lengua española en general, la ejerció mucho más a través de su labor editorial y dando la alternativa a los nuevos narradores locales que mediante su extensa obra cuentística y novelesca (pendiente de una revisión crítica, por otra parte), singular entre la de los exiliados españoles por el profundo arraigo en su nueva realidad (que quizá el hecho de haber llegado a Colombia con tan solo veintidós años contribuye a explicar) .

 

Fuentes:

AA. VV. Cuentistas colombianos, Cali, Ediciones del Estudiante, 1966.

Juan Gustavo Cobo Borda, “Pioneros de la edición en Colombia“, Biblioteca Virtual Luis Ángel Arango, publicado originalmente en Revista Credencial Historia, abril de 1990.

Jorge Consuegra, “Entrevista a Enrique Posada“, Libros y Letras, 4 de diciembre de 2013.

Thomas E. Kooneman, “Las novelas de Clemente Airó. Evolución hacia una realidad completa”, Thesaurus, vol. XXX, núm. 1 (1975), pp. 153-163.

Gustavo Niño, “Contando el cuento”, en AA.VV., El Automático, arte, crítica y esfera pública, Bogotá, Universidad de los Andes, 209, pp. 85-95.

José Prat, “Clemente Airó”, El Tiempo, 26 de junio de 1975.

Gabriel Pulecio, “Arnoldo Palacios. Origen de un escritor”, Revista Literaria Azul@rte, 10 de junio de 2007.

Marielena Zelaya Kolker, Testimonios americanos de los escritores españoles transterrados de 1939, Madrid, Instituto de Cooperación Iberoamericana. Ediciones de Cultura Hispánica, 1985.

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