La editorial que se creó por un afortunado error burocrático: Monte Ávila Editores

Entre los libros publicados por Monte Ávila Editores en sus primeros años en activo se cuenta una interesante antología preparada por el poeta español Félix Grande (1937-2014), 22 narradores españoles, aparecida en 1970 en la heterogénea colección Prisma y que recopila obra de Francisco García Pavón, Carlos Edmundo de Ory, Juan Benet, Rafael Sánchez-Ferlosio, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Gonzalo Suárez y Carmen Martín Gaite, entre otros.

Para entonces, Monte Ávila, pese a su juventud, contaba ya con un catálogo bastante impresionante que le había dado fama de gran divulgadora en América de las letras y el pensamiento occidental (aparte de haber publicado en 1969 La pérdida de El Dorado, de un por entonces desconocido autor de Trinidad y Tobago llamado V.S. Naipaul, y los Últimos cuentos de la guerra de España, de Max Aub, entre otras joyas). La creación de la editorial se fecha en abril de 1968 (y más concretamente el día 8), por iniciativa de dos hombres de letras con una notable experiencia. En colaboración con Ramón José Velásquez (1916-2014), Simón Alberto Consalvi (1927-2013), por entonces director del Instituto para la Cultura y las Bellas Artes, había intervenido en la creación, ya en 1958 (recién caído el dictador Marcos Pérez Jiménez), del periódico El Mundo, y posteriormente, además de colaborar asiduamente en El Nacional, dirigió las revistas Élite, Momento y Bohemia. Por su parte, el poeta y traductor Guillermo Sucre (n. 1933) había sido uno de los fundadores, también en 1958, de la revista Sardio (que sacó ocho números entre ese año y 1961), había colaborado en la revista Zona Franca, en el suplemento literario de La República y dirigido la revista Imagen, pero coincidiendo con el nacimiento de Monte Ávila, y probablemente gracias a su importante ensayo Borges, el poeta (UNAM, 1967), se trasladó a Estados Unidos contratado por el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh.Simón Alberto Consalvi.

Simón Alberto Consalvi.

El capital inicial surgió al parecer de una partida de un millón de dólares destinado inicialmente al del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que en su primera convocatoria galardonó La casa verde de Vargas Llosa y que, pese a tratarse de un premio que se otorgaba cada cinco años, por error apareció también en el presupuesto de 1968 del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela. Así, pues, Monte Ávila tomó forma jurídica y administrativa de compañía anónima, pero perteneciente al Estado, que es quien –venturoso azar– se vio comprometida a financiarla.

Sin embargo, al frente de Monte Ávila destacó desde el primer momento otro nombre importante en las letras latinoamericanas, el director literario Benito Milla (1918-1987), exiliado republicano español que hasta entonces había estado ocupándose de publicar a nombres como Ramón J. Sender, Mario Benedetti o Juan Carlos Onetti en la montevideana Editorial Alfa.

Benito Milla.

Algunos de los títulos publicados en 1968 en Monte Ávila permiten, además de captar el ambiente de los círculos intelectuales venezolanos en los momentos de la primavera de Praga y el Mayo francés, advertir el triple propósito de la editorial de divulgar la obra de algunos de los pensadores de izquierda importantes en el ámbito de las humanidades, asentar un canon de los autores del pasado reciente y divulgar la obra literaria de autores emergentes o poco conocidos –en un momento de pleno estallido del boom de la literatura hispanomericana– a menudo mediante cuidadas antologías: El laberinto del lenguaje de Max Black, Problemas del desarrollo y de la integración, de Marcos Kaplan, Ser, verdad y fundamento, de Martin Heidegger, Dialéctica y derecho en Hegel, de Eduardo Vásquez, Ensayos sobre Sartre, de Federico Rui, el colectivo Estudiantes y política en América LatinaHistoria de la imaginación viciosa, de Elemire Zolla, La realidad mexicana en su novela de hoy, de Domingo Miliani, Tendencias del teatro contemporáneo, de Isaac Chocrón, Ensayos literarios de Ezra Pound, antologados y prologados por T.S. Eliot, El teatro de Jean Genet, de Lucien Goldman, Introducción a la literatura de Brasil, de Antonio Cándido, El arte de narrar, de Emir Rodríguez Monegal (con entrevistas profundas a Max Aub, Cabrera Infante, Juan Goytisolo y Ernesto Sábato, entre otros), Nuevos narradores colombianos, antologados por Fernando Arbeláez, Narradores peruanos, por José Miguel Oviedo, Los habitantes, de Salvador Garmendia, Nuevo diario de Noé, de Germán Arciniegas, los relatos contenidos en Los huéspedes, del exiliado español Segundo Serrano Poncela, los supuestos Cuentos completos de Onetti o la edición venezolana de Borges, el poeta, de Sucre, entre otros varios títulos, también en estas mismas líneas. Desde luego, un primer año bastante espectacular.

Quizá el perfil que se desprende de los primeros títulos publicados basta para comprender que Monte Ávila no tardara en ser conocida como «el Fondo de Cultura de Venezuela», en alusión a la célebre editorial mexicana, fundada también con el patrocinio de instituciones gubernamentales, aunque tampoco le hubiera sentado mal el epíteto de «Casa de las Américas de Venezuela». Pero la importancia de Monte Ávila en su contexto es precisamente haber creado un plan de publicaciones con una intencionalidad clara y a largo plazo, destinado a dar a conocer el pensamiento universal y la literatura venezolana, y con una conciencia muy clara, además, del momento histórico en que nacía. Eso explica, por ejemplo, la proliferación de traducciones –por lo menos en la primera década, hasta que las dificultades económicas hicieron que disminuyera su número–, así como la atención dedicada a temas como los movimientos estudiantiles, la sociología, la antropología, la filosofía contemporánea o los estudios literarios, temas clave que hasta entonces habían llegado al lector venezolano a través de editoriales argentinas, mexicanas y, en menor medida, colombianas y chilenas. Y, más allá, lograr exportar sus libros a los países vecinos.

Su condición de editorial sin ánimo de lucro permitió que, además, Monte Ávila se convirtiera también en la plataforma idónea desde la que dar a conocer a autores hasta entonces completamente inéditos, y es innegable que sin ella difícilmente se hubieran podido dar a conocer autores como el poeta y luego editor de La Liebre Libre Harry Almela (1953-2017), la poeta nacida en Perú Martha Kornblith (1954-1997), la poeta y asistente de producción en Monte Ávila Stefania Mosca (1957-2009), el periodista y narrador de origen español Eloi Yagüe Jarque (n. 1957), la periodista y narradora hoy en Chile Mireya Tabuas (n. 1964) o la también narradora actualmente en Nueva York Lyda Aponte de Zacklin.

La misma circunstancia le permitió convertirse muy pronto en la gran editorial de poesía y teatro venezolano, géneros apenas divulgados tanto por las pequeñas editoriales sin capacidad para hacer llegar su trabajo más allá de sus fronteras, como por las de mayores dimensiones, que a menudo los consideraban, no siempre acertadamente, géneros de escasas ventas. El dramaturgo y traductor Isaac Chocrón (1930-2011), de origen sefardita, fue el impulsor y director literario de la Colección Teatro, dedicada tanto a obras de creación como de estudio: 13 autores del nuevo teatro venezolano (1971), compilado por Carlos Miguel Suárez Radillo; Tarántula (1975), de Rodoldo Santana; Resistencia (1975), de Elidio Peña; El Dorado y el amor (1989), de Ugo Ulive; Birmanos y otras piezas (1991), de Blanca Strepponi; Encuentro en Caracas (1993), de Luis Chesney Lawrence, así como Un enfoque crítico del teatro venezolano (1975), de Rubén Monasterios, Grotowski, de Raymonde Temkin o el colectivo El teatro y su crisis actual (1992).

Una colección singular es Warairarepano (nombre oficial del parque nacional de El Ávila), que a principios del siglo XXI publicó en lenguas indígenas en edición bilingüe (con traducción al español) títulos sobre todo de literatura infantil y acompañados de cedés, como El violín mágico (2005), de Antonio Lorenzano, adaptado por Beatriz Bermúdez Rothe (al español) y Esteban Emilio Mosonyi (al warao) e ilustraciones de María Isabel Hoyos; El árbol que daba sed (2005), de Kane Wa, con ilustraciones de Oswaldo Rosales; Abuela de las garzas (2005), adaptado al castellano por Daniel Otero e ilustrado por Oswaldo Dumont, con annexos informativos sobre el pueblo indígena de los Piaroa; o El sobrino desobediente (2006), de Manuel Velázquez, ilustrado por Iván Estrada. Para ello contaron con el apoyo financiero del Banco Central de Venezuela, pero este es solo uno de los ejemplos en esta línea, pues no son pocas las coediciones de literatura en lenguas indígenas en las que ha participado Monte Ávila, acompañado de otros organismos nacionales o internacionales, como es el caso de la Unesco y la ONU.

En los equipos de editores, además Chocrón y de Milla, que impulsó la colección Documentos, adquirieron prestigio Óscar Rodríguez Ortiz, que puso en marcha Ante la Crítica; Alberto Rosales al frente de Pensamiento Filosófico, o Juan Luis Delmont con la colección Memoriabilia, pero también fue un trampolín para traductores como Julieta Fombona (esposa de Sucre), cuyas traducciones de Marcuse tuvieron amplísima difusión a través de Alianza Editorial; el filósofo anarquista argentino Ángel Capelletti, autor de una muy reconocida versión de la Poética de Aristóteles, o Pierre de Place (traductor de André Breton, entre otros autores franceses).

Durante un breve período de tiempo, el catálogo de Monte Ávila circuló con cierta facilidad por España, gracias al tímido intento en 1977 de abrir una sede en Barcelona (inicialmente sólo como distribuidora) y pese a publicar Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel (que en 2007 reeditaría en España la editorial de la fundación de extrema derecha FAES Gota a Gota) o las novelas El indeseable, de Regis Debray y La última conquista de El Ángel, de Elvira Orpliré, entre algunas otras obras importantes (de Manuel Scorza a Reinaldo Arenas), el proyecto no tuvo la necesaria continuidad para cuajar.

Fuentes:

Web de Monte Ávila Editores.

Anónimo, «Cincuenta años de Monte Ávila», Nodal Cultura, s.f.

Anónimo, «La Monte Ávila de antaño», en el blog de Ediciones Letra Muerta, 12 de noviembre de 2017.

Alexis Márquez Rodríguez, «La función de la Editorial Monte Ávila en el proceso de la literatura venezolana», en Karl Kohut, comp., Literatura venezolana hoy: historia nacional y presente urbano, Fondo Editorial de Humanidades, 2004, pp. 85-93.

Redacción, «Monte Ávila Editores», Qué Leer, 4 de abril de 2018.

Alejandra Torres Torres, «Semblanza de Editorial Alfa», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Benito, Leonardo y Ulises Milla y la Editorial Alfa.

Jorge Carrión recuerda en su deslumbrante Librerías (Anagrama, 2013) la insigne estirpe de libreros y editores Milla, y la inscribe en el ámbito de las migraciones que “construyeron una cultura cuyo mapa arterial [Roberto] Bolaño dibujó con trazos desgarrados”.

Benito Milla Navarro (1918-1987).

Resulta muy impresionante comprobar la cantidad de publicaciones periódicas (de títulos inequívocos) en que puede encontrarse la firma del iniciador de esa dinastía, el alicantino Benito Milla (1918-1987): Ruta, Acción Directa, Cenit, Hora de Poesía, Nueva Senda, Solidaridad Obrera, Tierra y Libertad, Umbral, Cuadernos Internacionales, Deslinde, Temas, Marcha, Acción

El primer chute de tinta se lo inoculó Benito Milla probablemente en 1938, cuando en plena guerra civil española se convirtió con veinte años en director de Ruta, el semanario de las Juventudes Libertarias, en las que militaba desde los años treinta (tras establecerse en Barcelona) y de las que fue secretario. Durante los primeros compases de la guerra había luchado en el frente de Aragón, encuadrado en la mítica columna Durruti, y como tal ya había colaborado en el efímero periódico El Frente, y a partir de ese momento su arma de combate fue sobre todo el papel impreso.

Al término de la guerra española se exilió en Francia (que no tardaría en verse inmersa en la segunda guerra mundial), donde a lo largo de la década de 1940, sin abandonar la dirección de Ruta en sus sucesivos traslados, se mantuvo firme en la actividad política (intervino en los intentos de reconstrucción de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias y en su congreso fundacional, en abril de 1945, fue elegido secretario general, cargo que abandonó en el segundo congreso, en marzo de 1946, para hacerse cargo de la Secretaría de Relaciones).

 

Juntacadáveres (Alfa, 1964)

Al poco tiempo de establecerse en Montevideo (1951) empieza a vender libros en una modesta parada en la Plaza Libertad, pero este intelectual de formación autodidacta no tarda en convertirse en un activista editorial de primer orden como colaborador del semanario Marcha y del periódico Acción, como promotor de las publicaciones de la Unesco, como divulgador de libros españoles mediante la creación de la Distribuidora Dilae (1954) y, sobre todo, como fundador y director de las revistas Cuadernos Internacionales, Deslindes y Temas, en cuyas páginas aparecen firmas tan ilustres como las de Herbert Read, René Char, Albert Camus, Jean Bloch, Mario Benedetti, Ernesto Sabato, Emir Rodríguez Monegal, Octavio Paz, Juan Goytisolo, Carlos Barral, Ángel Valente, Nicolás Sánchez-Albornoz, Guillermo de Torre, Ramón J. Sender…

Contra los puentes levadizos (Montevideo, Alfa, 1966).

Aun así, la gran obra de Benito Milla fue sin duda la creación de la benemérita Editorial Alfa, que cuenta entre sus logros más brillantes el descubrimiento a lo grande de Mario Benedetti (1920-2009), a quien debió de conocer en la redacción de Marcha y a quien ya en 1959 publicó los cuentos de Montevideanos y en los años sucesivos la novela La tregua (1960), Poemas del hoyporhoy (1961), Literatura uruguaya. Siglo XX (1963), Gracias por el fuego (1965), Contra los puentes levadizos (1966), Sobre artes y oficios (1968), etc. A ellos deben añadirse la publicación de  La cara de la desgracia (1960) y Juntacadáveres (1965), de Juan Carlos Onetti, La casa inundada (1960), de Felisberto Hernández, y obras de Eduardo Galeano, Cristina Peri Rossi, Carlos Martínez Moreno y los exiliados españoles José Carmona Blanco, Eduardo Contreras, así como ensayos de quien fuera referente del anarquismo español José Peirats.

Benito Milla y José Peirats en Francia en 1965.

Si hasta ese momento en Montevideo abundaban las revistas más o menos literarias pero escaseaban en cambio las editoriales de libros, en esos años (entre mediada la década de 1950 y el fin de la siguiente), el panorama editorial uruguayo estaba experimentando una etapa de florecimiento, alentado en buena medida por la línea de créditos a empresas de este sector que por iniciativa de Carlos Maggi había puesto en marcha el Banco República en 1955 y que, además de propiciar la creación de sellos históricos de vida azarosa como Asir, Arca o Banda Oriental, apuntaló el proyecto más ambicioso que hasta entonces había puesto en pie Benito Milla.

Leonardo Milla (1941-2008).

Cuando Milla se trasladó a Caracas para, en colaboración con Simón Alberto Consalvi y a instancias del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela, crear la importantísima Monte Ávila Editores, la Editorial Alfa quedó en manos de su por entonces ya experimentado hijo Leonardo (nacido en Marsella en 1941 y fallecido en 2008), a quien, como a su padre, la coyuntura política llevó fugazmente en 1974 a Buenos Aires y posteriormente (en 1977) a establecerse en Caracas. Fue Leonardo Milla quien en los años ochenta convirtió la Editorial Alfa en el Grupo Alfa, con una extensa red de librerías con dos sedes de Ludens y tres de Alejandría 332 a.C.

Mientras tanto, su padre hacía crecer Monte Ávila para, ya en los años ochenta, regresar a España y participar en una de las empresas culturales más curiosas e interesantes de la Transición española, la barcelonesa Editorial Laia, que reunió a una pléyade extraordinaria de colaboradores y cuyo rocambolesca desaparición merece un estudio pormenorizado que no me consta que se haya llevado a cabo.

Homenaje Benito Milla (en el centro) en Montevideo en 1962. Puede reconocerse, no sin dificultad, a los escritores Ángel Rama, Carlos Martínez Moreno, Ricardo Latchman, Felisberto Hernández, Emir Rodríguez Monegal, Clara Silva y Saúl Ibargoyen.

Tras la prematura muerte de Leonardo Milla, fue su hijo Ulises (n. 1963)  quien, tras quince años desempeñándose como diseñador gráfico, decidió ponerse al frente del Grupo Alfa y, además de incorporar a su prima Carolina Saravia como directora editorial adjunta, impulsó, entre otras iniciativas, Puntocero, un sello de ensayo y narrativa que desde Venezuela se extendió rápidamente a Colombia, Argentina, Ecuador, Uruguay…

 

Ulises Milla Lacurcua (n. 1963).

Hay un dicho malicioso según el cual la primera generación de una familia crea la empresa, la segunda la hace crecer y la tercera despilfarra los beneficios y la arruina, pero la estirpe de los Milla, zarandeada por las convulsiones políticas de signo autoritario de todo el siglo XX , no parece en absoluto responder a ese tópico, y la explicación de ello en buena medida la dio Ulises Milla: “si tienes una familia donde prevalece el respeto, y trasladas esa filosofía de vida al ámbito de tu empresa, logras equipos de trabajo sólidos, comprometidos y con un sano sentido de la convivencia”.

Los anarquistas en la crisis política española (Buenos Aires, Alfa, 1964).

Si en el mencionado Librerías Jorge Carrión recoge la anécdota según la cual Ulises Milla no desayunaba hasta que se vendía el primer libro del día, su padre Leonardo a su vez dejó un testimonio igualmente significativo sobre el ejemplo que había recibido de Benito Milla:

Mientras yo vendía libros, él hacía una revista donde colaboraban firmas de la talla de Albert Camus y Octavio Paz […] Nunca tuve una bicicleta gracias a que él utilizaba todos los fondos para fines editoriales, donde el retorno del dinero es a largo plazo. Pero su visión de la cultura, de la sociedad y de la política me dejó marcado de por vida.

Días tranquilos en Clichy, de Henry Miller (Montevideo, Alfa, 1971).

Parece evidente que esa visión fue transmitiéndose por vía paterna y, afortunadamente, sigue vigente. Y si Benito Milla destacó sobre todo por su sostenido apoyo tanto a la poesía (en 1963 fue miembro del jurado que otorgó el Grand Prix International de Poésie a Octavio Paz) como a la literatura de ideas, Leonardo Milla subrayó la importancia social y cultural que ambos concedían al ensayo, un género con fama de venta difícil:

El país [se refiere a Venezuela] ha empezado a revisarse política, intelectual y artísticamente. En esa zona de la creación los libros tiene preeminencia, son el vehículo perfecto para la transmisión de las ideas; por supuesto, existen los periódicos y las revistas, pero el volumen del libro permite al autor, mediante el ensayo, establecer un análisis más depurado.

Valga como colofón una acertada observación de Benito Milla en una Ponencia presentada en el Coloquio del Libro celebrado en Caracas en julio 1972 y reproducida en el número 14 de la revista Zona Franca, correspondiente a agosto de ese mismo año y que, si bien alude sin duda al llamado “boom” de la literatura hispanoamericana, añade un matiz importante sobre esa “visión”:

 No se puede pagar la publicidad para un producto que no es de circulación masiva […] cuando un libro se conoce más allá del ámbito normal de los lectores es, casi siempre, por razones extraliterarias.

 

Viviendo, de Cristina Peri Rossi (Montevideo, Alfa, 1963).

Fuentes:

Web de Editorial Alfa.

AMHG, “Se cerró el último libro para el editor  Leonardo Milla”, El Universal, 23 de febrero de 2008.

Anónimo, “Benito Milla”, El País, 9 de marzo de 1977.

Jorge Carrión, Librerías, Barcelona, Anagrama, 2013.

José Gabriel Lagos, “El alfa y el omega”, La diaria, 17 de junio de 2010.

Ángel Rama, La crítica de la cultura en América Latina (selección y prólogos de Saúl Sosnowski y Tomás Eloy Martínez), Biblioteca Ayacucho 119, Caracas, 1972.

Alida Vergara Jurado, “Editorial Alfa. La familia que hace libros”, Gerente, 28 de octubre de 2013.