Los libros como herramientas de bolsillo

Existe desde 2007 en Barcelona (c/ Aragó, 367) una librería especializada en literatura infantil y juvenil con vocación de espacio cultural cuyo nombre es tremendamente significativo de una determinada manera de concebir los libros y la lectura: La caixa d’Eines (“La caja de herramientas”). Existe igualmente en el Grup 62 una colección de clásicos universales (Llull, Shakespeare, Orwell, Huxley, Joan Oliver…) que toma también esa idea, Llibres de les Eines (“Libros de las herramientas”), pero a ambos casos se les puede identificar un antecedente en la colección de la editorial Laia Les Eines, que estuvo activa entre 1973 y 1983 y publicó casi un centenar de títulos.

Les Eines, una colección encuadernada en rústica con solapas y un tamaño de 20 x 13, en su primer año de existencia se dio a conocer con cinco títulos que daban cuenta de la flexibilidad en cuanto a géneros literarios y a procedencias, pero que encajaban perfectamente con la identidad crítica y combativa de la editorial Laia: el ensayo sociológico Capvespre de creences, de Antoni M. Güell, una segunda edición de La CIA: el govern invisible, de David Wise, Els drets de l’home, de E. H. Carr (1892-1982), la primera edición íntegra de la novela Els plàtans de Barcelona, de Víctor Mora (1931-2016) y Societat catalana i reforma escolar: La continuïtat d’una institució, de Joan Gay, Àngels Pascual y Rosa Quitllet.

Logo de Les Eines de Butxaca.

Más divulgación incluso tuvo la colección derivada de esta, Les Eines de Butxaca (20 x 13, en rústica, con diseños de Enric Satué), que en contra de lo que suele suceder no fue el destino de los libros de mayor éxito de la colección madre, sino que publicó sobre todo novedades y tuvo un criterio propio muy explícito (concretamente, expresado en las páginas finales de algunos títulos) desde el momento de su aparición en 1979:

Los clásicos catalanes como sugerencia permanente. Textos introducidos por los mejores especialistas de la literatura catalana actual. Herramientas para quien desee releer o estudiar los grandes hitos de nuestra cultura escrita.

Así pues, a diferencia de Les Eines, la colección de bolsillo se restringía a obras más propiamente literarias y dejaba además de lado las traducciones, aunque acogió asimismo un ensayo de tema marcadamente literario, como es el caso de la biografía de Joan Maragall escrita por Maurici Serrahima (1902-1979). Ello cabe atribuirlo, en alguna medida, al espectacular equipo que se acreditaba como «asesores» de la colección, en el que figuraban algunos profesores universitarios que han tenido notable influencia y que en algunos casos hacía tiempo que estaban vinculados a la editorial.

El más veterano, el poeta y profesor Albert Manent (1930-2014), había sido uno de los impulsores de la revista clandestina Curial (creada en la Universidad de Barcelona en 1949) y en el momento en que se puso en marcha la colección hacía tiempo ya que había publicado alguno de sus estudios literarios más recordados (La literatura catalana en debat, 1969; Josep Carner y el noucentisme, 1969, por el que había sido galardonado con el Premi Serra d’Or; La literatura catalana a l’exili, 1976…). Unos años más joven era el profesor en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) desde 1970 Sergi Beser (1934-2010), rampante especialista en la obra de Clarín desde que presentó su tesis doctoral y que precisamente en Laia había publicado en 1972 su influyente Leopoldo Alas: teoría y crítica de la novela (en Les Eines de Butxaca dejó un espléndido y muy citado estudio preliminar a La bogeria, de Narcís Oller). Bastante más joven, Jordi Castellanos (1946-2010) era también profesor en la UAB pero no se había doctorado todavía (lo haría en 1981 con la tesis Raimon Casellas i el Modernisme, publicada dos años después por la editorial Curial en dos volúmenes), si bien tenía experiencia editorial como redactor de la Gran Enciclopèdia Catalana y como fundador de la prestigiosa revista de estudios literarios Els Marges. Completaba el grupo el también profesor en la UAB y sobre todo reconocidísimo traductor, tanto en prosa como en verso, Miquel Desclot (Miquel Creus i Muñoz, n. 1952). En esos mismos créditos, figuraba como redactor y coordinador Ignasi Riera (n. 1940), por entonces seguramente más conocido en el ámbito político que en el literario (desde 1979 y durante muchos años fue regidor de Cultura en el Ayuntamiento de Cornellà de Llobregat).

Sergi Beser.

Beser se había convertido en asesor de Laia desde el primer momento, al parecer a propuesta de Ignasi Riera, y su entendimiento con el director literario (Alfons Comín) fue muy fácil, a lo que probablemente contribuyó también la afinidad política. La elección de Beser, según ha contado quien fuera el coordinador de Les Eines de Butxaca, respondía a la necesidad de cubrir el ámbito literario:

Si bien Estela/Laia tenía bien asesorados ámbitos como la Pedagogía, la Sociología, la Psicología-Psiquiatría, el debate de ideas en el mundo de la Política –estábamos a punto de crear la revista Taula de Canvi [1976-1981]–, la literatura infantil… el sabio de Morella inyectó al programa literario de Laia espacios como la crítica literaria […] la sensibilidad por la literatura del siglo XIX […] por la República y la Guerra (In)civil, gracias a la aportación de una persona que fue fundamental para el programa de Laia: Manolo Aznar Soler [también profesor en la UAB].

Todo parece indicar que fue precisamente por el camino de las afinidades intelectuales y políticas que fue conformándose el amplio círculo de colaboradores que circulaban alrededor de Laia, en el que estaban también los periodistas y escritores Emili Teixidor (1932-2012) y Montserrat Roig (1946-1991), entre otros. Sin embargo, del mismo modo que en el antecedente directo de la editorial Laia (Nova Terra), los colaboradores no cobraban, tampoco lo hacían los de esta segunda iniciativa, como explica también Riera recurriendo a las impresiones del propio Beser:

Cuando en un homenaje en Morella, el profesor Beser hablaba de la editorial Laia, lo hacía con entusiasmo: «Cobrar no combrábamos nunca; eso no. Pero jamás en la vida me he sentido tan feliz colaborando en un catálogo editorial. Decían que los libros no eran rentables, cosa que no sucedió hasta que llegaron los expertos en contabilidad. Muchas otras editoriales, más aburridas, también tuvieron que cerrar».

Como se verá en el inventario de los títulos publicados en Les Eines de Butxaca, muchos de ellos fueron primeras ediciones (no procedentes de Eines), en algunos casos fueron reiteradamente reimpresos (y en otros es una lástima que no se hayan recuperado, aunque algún título se reeditó en Grup 62), y las fechas de edición son muy elocuentes de la trayectoria de la colección, a remolque de las dificultades insalvables a las que se enfrentó la editorial Laia y que conllevaron su desaparición definitiva en 1989.

Les Eines de butxaca:

Jacint Verdaguer, Contes extraordinaris, introducción de Miquel Desclot, 1979.

AA.VV., Dotze poetes catalans del segle XX, edición de Miquel Desclot, 1979.

Narcís Oller, La bogeria, prólogo de Sergi Beser, 1980.

Josep M. Folch i Torres, Aigua avall, edición y prólogo de Jordi Castellanos, 1980.

Serafí Pitarra (Frederic Soler), Gatades, prólogo de Xavier Fàbregas, 1980.

Josep Carner, La creació d´Eva i altres contes, prólogo de Albert Manent, 1980.

Joan Oller i Rabassa, Quan mataven pels carrers, prólogo de Joaquim Martí, 1980.

Josep M. de Sagarra, Antologia poética, edición de Vicent Andrés Estellés, 1980.

Raimon Casellas, Els sots ferestecs, edición y prólogo de Jordi Castellanos, 1980.

Josep M. de Sagarra, Paulina Buxareu, prólogo de Marina Gustà, 1980.

  1. V., Tretze poetes catalans, edición de Miquel Desclot, 1981.

Victor Català, Contes diversos, selección y prólogo de Nuria Nardi, 1981.

Gabriel Maura, Aiguaforts: proses ciutadanes, prólogo de Maria Carme Ribé, 1981.

Jordi Sarsanedas, El Martell, prólogo de Joan Triadú, 1981.

Maurici Serrahima, Vida i obra de Joan Maragall, prólogo de Jaume Lorés, 1981.

AA.VV. Contes de guerra i revolució (1936-1939) I, introducción, selección y notas de Maria Campillo, 1982.

AA.VV. Contes de guerra i revolució (1936-1939) II, introducción, selección y notas de Maria Campillo, 1982.

Sebastià Juan Arbó, Hores en blanc, prólogo de Josep Maria Balaguer, 1983.

Agustí Bartra, La vent llaura la mar. Antologia poética, introducción y selección de Llorenç Soldevila, 1984.

Josep M. Maragall, Visions i cants, introducción de Joan-Lluís Marfany, 1984.

Fuentes:

El fondo de la editorial Laia se encuentra en el Arxiu Nacional de Catalunya.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (els darrers trenta anys), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2007.

Ignasi Riera, «El professor Sergi Beser i editorial Laia», texto de homenaje a Sergi Beser 2010, en la web de Gices XIX (Grupo de Investigación del Cuento Español del Siglo XIX).

Un episodio de censura española: Comín en prisión

Unos antecedentes necesarios: Barcelona, primeros meses de 1969. Ante las diversas y sostenidas protestas de los estudiantes universitarios y los sindicatos, a finales de enero el Estado español decretó el estado de excepción, que tuvo nefastas consecuencias para el sector editorial de la ciudad e hizo que los calabozos de Via Laietana parecieran, a tenor del ir y venir de editores, una feria del libro. El origen de ello hay que buscarlo, por ejemplo, en lo que se definió como un «asalto» al rectorado de la Universidad de Barcelona que se saldó con la quema de una bandera y con un busto del dictador por los suelos, aunque más grave había sido lo ocurrido en Madrid a raíz de la detención de varios miembros del clandestino Frente de Liberación Popular (1958-1969). Entre estos detenidos, por arrojar propaganda, se encontraba el estudiante de Derecho Enrique Ruano (compañero de colegio y buen amigo de quien con el tiempo llegaría a ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba), a quien se halló muerto al pie de un edificio tres días después de su detención. Hoy sabemos que fue el

Manuel Fraga Iribarne (es el que viste de civil).

por entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne (1922-2012), quien no sólo movilizó al director del periódico Abc Torcuato Luca de Tena (1923-1999) para que cocinara una versión según la cual se trataba de un suicidio (publicando incluso páginas de un apócrifo diario personal de Ruano), sino que también llamó al padre del estudiante fallecido para exigirle que dejara de protestar y, de paso, recordándole que tenía otra hija de la que ocuparse. Un mes después, los tres policías que habían detenido a Ruano recibieron una «felicitación por los servicios prestados».

El estado de excepción declarado en 1969 tuvo muy duras consecuencias en el ámbito editorial, lógicamente con mayor incidencia en las editoriales obreras y de izquierdas y en las que publicaban en alguna distinta a la «lengua del imperio». Así lo cuenta Carmen Menchero de los Ríos en «Editoriales disidentes y el libro político»:

El mundo editorial fue fiel reflejo de lo ocurrido en otros ámbitos y, más allá del restablecimiento de la censura previa, prevista por el artículo 3 de la Ley Fraga, la crisis se saldó con el secuestro de treinta publicaciones ya distribuidas por las librerías y la cancelación de la actividad para cuatro editoriales: Ricardo Aguilera, Equipo Editorial, Halcón y Ciencia Nueva, al tiempo que ZYX, Edicusa y Nova Terra se encontraban abocadas a correr la misma suerte por el asedio sistemático de su actividad desde el MIT [Ministerio de Interior y Turismo]

Nova Terra era una editorial marcadamente vinculada al cristianismo y al obrerismo que publicaba tanto en catalán como en castellano y que se caracterizaba por sustentarse en una peculiar y voluntariosa estructura empresarial; entre sus títulos publicados hasta entonces: La mà contra l´horitzó (1961), de Manuel de Pedrolo; Ensayos sobre la condición obrera (1962), de Simone Weil; El cine al alcance de los niños (1964), de Miquel Porter Moix; Los sacerdotes obreros (1965), de Gregor Stiefer Argelia entra en la historia (1965), de Pierre Bourdieu y Abdelmalek Sayad; Qué libros han de leer los niños (1966), del Equip Rosa Sensat; La sexualidad, carne y amor (1966) de Octavi Fullat; Ciudad rebelde (1967), de Luis Amado Blanco; Problemas actuales del sindicalismo (1967), de Pierre Le Brun; Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores (1968), de Manuel Sacristán; La carne en el asador (1969), de Francisco Candel; Introducció a la historia del moviment obrer, de Manuel Tuñón de Lara;  Chicos de la gran ciudad (1969), de J.M. Huertas Clavería; Secularización y cristianismo (1969), de Lluís M. Xirinachs… Los obstáculos que puso la censura a Nova Terra parecían ir encaminados a entorpecer su viabilidad económica mediante el nefando método de dilatar el proceso de las asignación de número de registro y al mismo tiempo retener o secuestrar todos los libros que publicaban. De hecho, ya hacía tiempo que estaban en el punto de mira de la censura, como constató Francisco Rojas Carlos al resumir el expediente que se abrió a Nova Terra (núm. 1.307, sin fecha):

Los informes del Ministerio estudiaron concienzudamente las líneas ideológicas de la editorial, y así se dictaminó entre otras cosas: “Examinada la línea general de sus ediciones y estudiados algunos de sus numerosos títulos característicos, puede afirmarse que Nova Terra tiene, en lo religioso, una marcada orientación peligrosamente progresista y, en lo político, una clara tendencia filomarxista. Como también «editorial de actividades progresistas, de matiz catalanista y rotunda oposición al Régimen». Entre sus integrantes, los informes destacaban las figuras de los sacerdotes Jorge Bertrán Quintana y Casimiro Martí Martí, junto a Josep Verdura y Alfonso Comín Ros, «todos los cuales sustentan una línea política de avanzada tendencia libertaria».

Colección Actitudes, traducción de Santi Soler (militante de la clandestina Acción Comunista), 1969. La versión catalana, también en Nova Terra, es del famoso polígrafo Manuel de Pedrolo (1918-1990).

En el estudio monográfico que Dolors Martín y Agnès Ramírez dedicaron a esta editorial –que, ciertamente, como ha escrito Mireia Sopena, es «deudor en demasía de las entrevistas a sus protagonistas»– se reproducen algunos documentos muy esclarecedores de las consecuencias que tuvo el estado de excepción. Éstos permiten, por ejemplo, constatar que, por el hecho de no tener concedido un número de registro editorial (como tampoco lo tuvo nunca Edicions 62, por ejemplo), ya en 1968 Nova Terra había padecido una oleada de secuestros de libros en clara progresión: uno en febrero, otro en abril, otro en agosto y tres en octubre, lo que contribuía de modo decisivo a que, a finales de 1968 la cuantía de inversiones y anticipos sobre obras que no habían podido publicar ascendiera a la astronómica cifra de 540.000 pesetas, que no había modo de amortizar, y que al año siguiente ascendían ya a tres millones de «pérdidas ocasionadas por la prohibición o retención de libros». Y a ello había que añadir aún las numerosas presentaciones de libros no autorizadas, por ejemplo.

Como consecuencia directa de la declaración del estado de excepción, el asesor general,  Alfons Comín (1933-1980) fue detenido en su casa, el director literario, Josep Verdura (1921) tuvo que ocultarse, y dos secretarias, Mercè Pons y M. Àngels Berengueres, así como dos de los fundadores y colaboradores, Miquel Juncadella y Antoni Muné, fueron detenidos y pasaron alguna que otra noche en los calabozos de Via Laietana. Y por si fuera poco, además la policía confiscó (y nunca han vuelto a aparecer) «gran cantidad de documentos, numerosa correspondencia, originales, fotografías»…

Colección Actitudes, en 1968.

Enorme interés tienen también los apuntes que tomó Joan Carrera (1930-2008) de sus delirantes entrevistas en Madrid, en compañía de mosén Guix (que había sido profesor de Fraga Iribarne), con el ministro: «Al oír el nombre de Nova Terra, me interrumpe con brusquedad. En esto, dice, no hay nada que hacer. Nova Terra se ha portado indignamente. Ha atentado incluso contra la unidad nacional. Ha creado conflictos judiciales, etc.». Vale la pena señalar que, muy probablemente, Fraga aludía al juicio sumarísimo al que fue sometido Francisco Candel (1925-2007) por el cartel propagandístico de La carne en el asador (1966), que rezaba: «¿Qué clase de ganado es este: turistas, ladrones, ministros, procuradores en cortes?», y que supuso un duro revés para Fraga, pues, recordando que el término “ganado” tiene como tercera acepción «conjunto de personas» Candel fue absuelto y el ministerio puesto en evidencia.No menos interés tienen las notas sobre la entrevista, en el mismo viaje, mantenida con Robles Piquer (1925-2018), director general de Cultura Popular y Espectáculos (además de cuñado de Fraga), de quien se transcriben las siguientes palabras: «Ya sé que el señor Comín no es hombre de poner bombas, pero las bombas ideológicas traen las demás». Lo que se colige de estas notas es que el ministerio estaba recibiendo presiones de la extrema derecha para que hiciera marcha atrás en la timidísima apertura que se suponía que estaba llevando a cabo, y que le costó bien poco sucumbir a estas presiones, que en el caso de Nova Terra se concretaban en la exigencia de desprenderse de Comín y de Verdura para poder seguir publicando e incluso se les recomendaba cambiar de nombre a la editorial.

Publicado en la colección Actitudes y luego en El Sentit de la Historia en 1974 y reimpreso en 1975.

Esto generó un intenso, enconado y en buena medida envenenado debate en el seno de esta editorial comunitaria, entre quienes estaban dispuestos a redoblar el pulso con el poder y quienes preferían preservar a toda costa la existencia de la editorial (que proponían mantener a Comín y Verdura como colaboradores si bien de tapadillo). Otro interesantísimo documento aportado en la mencionada monografía (pp. 108-110) es una asombrosa y emotiva carta escrita desde la prisión por Comín y dirigida a Josep Artigal (1923-1995), contable de la empresa Cubiertas y Tejados y uno de los fundadores de Nova Terra, que no tardaría en convertirse en gerente de la editorial. En ella Comín se muestra relativamente comprensivo con el dilema contra el que la Censura ha acorralado a Nova Terra, pero expone muy abiertamente su propia situación personal y las graves consecuencias que tendría para él verse excluido del proyecto colectivo que es Nova Terra:

En estos momentos, lejos de tantas cosas, me preocupa especialmente el aniquilamiento anímico que nace del hecho de sentirse exiliado. Y, si lo preferís, exiliado no en el sentido material del término, sino exiliado en el sentido, sobre todo, moral, espiritual. Creo que este, desde el punto de vista de nuestra continuidad y posibilidad de realización en tanto que personas, es uno de los peligros más graves de la prisión, la expatriación o cualquier cosa que conlleve el abandono forzado del propio círculo vital, de la propia comunidad de vida.

Y continua más adelante: «En cuanto al riesgo, ¡qué queréis que os diga! Yo, por mi parte, lo acepto […]. Bastará que los demás, o algunos de los demás, quieran también compartir este riesgo y, valorando todo lo que ello supone, lo acepte. […] Todos aceptamos riesgos: Sólo es necesario creer que lo que motiva esa aceptación vale la pena».

Alfonso Carlos Comín.

Aun así, el tira y afloja que convulsionó Nova Terra conllevó el abandono de Comín y Verdura (que seguirían sus trayectorias en las editoriales Estela y Laia), pero eso no supuso en ningún caso nada parecido a una vuelta a la relativa normalidad. Por si estos fueran pocos problemas, unos años después, el 30 de abril de 1973 el almacén que la editorial tenía en el popular barrio de Sants fue objeto de un incendio que tenía toda la pinta de ser un ataque de los ultras Guerrilleros de Cristo Rey dirigidos por el veterano de la División Azul Mariano Sánchez Covisa, cosa que agravó la ya dificilísima situación económica y acabó por hacer inviable la continuidad del proyecto.

La de Nova Terra no es sólo la historia de una de las editoriales más fascinantes puestas en pie durante el franquismo por un colectivo heterodoxo y heterogéneo (sacerdotes, maestros, obreros de la construcción, oficinistas, encuadernadores), sino que su repaso permite un extraordinario acercamiento al opresivo ambiente en que los editores, y en particular los que publicaban en catalán, intentaron llevar a cabo su tarea de acercamiento de la cultura al pueblo.

Fuentes:

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya. Segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2006.

Dolors Martín i Agnès Ramírez, Editorial Nova Terra, 1958-1978. Un referent, Barcelona, editorial Mediterrània, 2004.

Carmen Menchero de los Ríos, «Editoriales disisdentes y el libro político», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 809-834.

Francisco Rojas Carlos, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Mireia Sopena, «La historia de la edición en catalán: balance y retos», en Fernando Larraz, Josep Mengual y Mireia Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, Gijón, Trea, en prensa.

El lector interesado puede consultar además los legados de Lleonard Ramírez i Viadé y de Nova Terra, que se conservan en el Arxiu Nacional de Catalunya, fondos 338 y 49, respectivamente.

Papel 451: Laia bajo la égida de Ray Bradbury

WELLECK

Encuadernadas en rústica con solapas, Papel 451 lucía cubiertas diseñadas y realizadas por Enric Satué.

A Jorge Portland, que sin saberlo me dio la idea.

Para por lo menos toda una generación, Historia literaria. Problemas y conceptos (1983), libro del crítico literario checo René Wellek (1903-1995), supuso el primer contacto con el germen de lo que años más tarde sería la literatura comparada, con la teoría literaria e incluso, en muchos casos, el primer enfrentamiento crítico con los fundamentos y problemas teóricos que presenta la historia y la periodización literaria como disciplinas. Sin embargo, el libro se incluía en una colección de la editorial Laia, Papel/451, que, si bien concedía un espacio notable a los temas literarios, se había centrado desde el principio en las humanidades en un sentido muy amplio que daba cabida a la historia, a la sociología, la psicología y sobre todo a la política, pero preferentemente con un enfoque teórico o una mirada amplia hacia las diferentes disciplinas.

El nombre de la colección ya presupone una determinada lectura de la obra de Ray Bradbury quien, en general, en esos años era considerado en España como poco más que un autor de género por el común de los lectores. Si bien dentro de la colección se distinguieron series específicas (historia, literatura), la numeración de Papel 451 era consecutiva y se presentaba del siguiente modo: «Textos básicos, imprescindibles para acceder al conocimiento de las estructuras culturales del mundo contemporáneo. Una colección de textos no numerarios en aula libre.»

Sin embargo, el nacimiento de la colección es un poco anterior a la creación de Laia, y sus inicios se remontan a finales de los años sesenta en el seno de la editorial Estela, cuya trayectoria, a su vez, está íntimamente vinculada a la de Nova Terra. Procedamos pues por partes, como decía Jack el Destripador.

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Nova Terra la funda en 1957 un grupo vinculado a la Juventut Obrera Cristiana (JOC) en el que se cuentan el entonces vicario de la Barceloneta Joan Carrera (1930-2008), Anton Cañellas (1923-2006), Joaquim Pibernat (1924-1984), Alfons Carles Comín (1933-1980), Josep Verdura o Ignasi Riera (n. 1940), que muy pronto empezó a publicar indistintamente en catalán y castellano obras de orientación religiosa destinadas tanto al público adulto como al infantil y juvenil, tomando como modelo Les Editions Ouvrieres de Paris (del servicio de publicaciones del JOC francés) e incluso traduciendo varias de las obras publicadas originalmente por su partenaire francés. Los choques de Nova Terra con la censura fueron frecuentes, y Francisco Rojas Carlos resume del siguiente modo el expediente que se le abrió (núm. 1.307, sin fecha):

Los informes del Ministerio estudiaron concienzudamente las líneas ideológicas de la editorial, y así se dictaminó entre otras cosas: “Examinada la línea general de sus ediciones y estudiados algunos de sus numerosos títulos característicos, puede afirmarse que Nova Terra tiene, en lo religioso, una marcada orientación peligrosamente progresista y, en lo político, una clara tendencia filomarxista. Como también «editorial de actividades progresistas, de matiz catalanista y rotunda oposición al Régimen». Entre sus integrantes, los informes destacaban las figuras de los sacerdotes Jorge Bertrán Quintana y Casimiro Martí Martí, junto a Josep Verdura y Alfonso Comín Ros, «todos los cuales sustentan una línea política de avanzada tendencia libertaria».

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Adviértase la muy sutil diferencia en el diseño del frontis de la cubierta.

El Ministerio encabezado por Manuel Fraga Iribarne (1948-1996) se abocó entonces a una labor de presión para que Verdura y Comín fueran apartados de la editorial y sustituidos por personas más moderadas, cosa que consiguieron durante el estado de excepción de 1969 (un momento además de graves dificultades económicas y de liderazgo en la editorial), a lo que se añadiría en abril de 1973 el ataque que recibió Nova Terra cuando la ultraderecha incendió su almacén, causando graves pérdidas económicas adicionales al arrasar con varias ediciones completas antes de que se pusieran a la venta.

Los dos «expulsados» de Nova Terra, Verdura y Comín, decidieron entonces convencer al abogado, empresario y mecenas Josep Maria Vilaseca i Marcet (1919-1995) para que en 1970 comprara los fondos de la editorial Estela, una editorial nacida en 1958 y de características similares a las de Nova Terra (divulgación de textos católicos en castellano y catalán), entre cuyos autores se contaban los muy célebres autores de literatura juvenil Josep Vallverdú (n. 1923) y Joaquím Carbó (n. 1932). Martínez Martín consigna que Estela «contaba con un capital de seis millones de pesestas y 35 accionistas, con Jaume Carner [Suñol, 1925-1992] como presidente del consejo de administración, y con un fondo de 700 títulos», y añade que el suyo representó «uno de los procesos donde se manifestó con mayor endurecimiento la política censora del Régimen».

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Sobrecubierta (en no muy buen estado y sin mostrar las solapas) de uno de los escasos libros de la colección encuadernados en tapa dura.

Así pues, Verdura se convirtió en el nuevo gerente de Estela y Comín, en cuanto salió de la cárcel, en el nuevo director literario, y ambos emprendieron un severo rediseño de la línea editorial. Del carácter muy combativo de Comín ha dejado un ilustrativo relato el mestre Josep Maria Castellet refiriéndose a sus visitas a los despachos del Ministerio de Información y Turismo (Censura):

La cosa era tan aburrida y siniestra que necesitábamos la compañía mútua. Alfonso desplegaba una táctica determinada y yo otra distinta. Visto en la distancia, no sabría decir quién lo hacía peor. Él atacaba de frente, lanzando invectivas y acabando por tratarlos a todos de reaccionarios. De vez en cuando, salvaba algún libro, pero su justificada irritación, añadida a sus actividades políticas, acabaron por hacer inviable la editorial que dirigía con Verdura.

A la altura de 1971, después de varios topetazos con la Censura, que canceló su inscripción en el registro de empresas editoriales por considerar que el plan editorial era de «contenido subversivo e incitación a la revolución social», el por entonces ministro Alfredo Sánchez Bella firmó una resolución por la que se obligaba al cierre de Estela, cuyos últimos títulos habían sido La historia del Primero de Mayo, de Maurice Dommanget, Literatura y Arte nuevo en Cuba de Miguel Barnet, Benedetti, Carpentier y Cortázar, entre otros, y  Los que nunca opinan, de Francisco Candel (conocido como el autor español más censurado por las autoridades franquistas), que fue secuestrado SAVAGE(retirado tras haber llegado a librerías), y se abrió expediente también al libro humorístico de Perich Autopista (cuya alusión en el título a El camino de Escrivá de Balaguer no pasó desapercibido al Opus). Cuenta la leyenda que el cierre se acompañó de una retorcida sentencia de un alto cargo de censura: «¡Catalanistas, católicos y rojos no puede ser!».

Sin embargo, fue en Estela donde tuvieron tiempo de aparecer los primeros números de Papel 451, a menudo con esos extensos títulos muy del gusto de la izquierda de la época: en 1970, El conflicto de las clases técnicas, un falso problema. La profesión de aparejador y la estructura de clase de las profesiones técnicas en España, de Jesús A. Marcos Alonso, y ya en 1971, Populismo y marxismo en Rusia (la teoría de los populistas rusos: controversia sobre el capitalismo), de Andrzej Walicki y traducido por Ricard Domingo, Del yo al nosotros (lectura de “Fenomenología del Espíritu” de Hegel), de Ramon Valls Plana, y La evolución de la agricultura en España, de José Manuel Neredo, todos ellos recuperados entre los primeros números de la colección una vez nació ya en 1972 Laia.

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Pliego de ilustraciones de La cultura y el pueblo, en el que, junto a un anuncio aparecido en El Sol en 1928, se reproducía la portada de febrero de 1933 de Sin Dios, órgano de la Liga Atea.

Junto a textos de carácter marcadamente político pero muy variados en su concepción, desde análisis críticos, libros colectivos y antologías de textos de diversos autores, y otros tan dispares como los Fundamentos de Aritmética de Gottlob Frege, la Fonología general de Zarko Mulacic o La Medicina impugnada de Guy Caro, ya entre los primeros números destacan en el muy nutrido catálogo de Papel 451 algunos muy interesantes libros en las series de historia y literatura, como el Dostoievski (1821-1881) de E.H. Carr (núm. 8), El realismo francés (Stendhal  Balzac, Flaubert, Zola, Proust), de Harry Levin (núm. 25), La reproducción, de Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron (núm. 39), los tres volúmenes colectivos dirigidos por Jacques Le Goff y Pierre Nora Hacer la historia (núms. 42, 47 y 50), la antología preparada y comentada por Christopher H. Cobb La cultura y el pueblo. España 1930-1939 (núm. 52), la Introducción al estudio de la novela, de Jacques Sauvage (núm. 53), El rapto de la cultura, de Carlos Paris (núm. 59), La novela OLEZAdel XIX. Del parto a la crisis de una ideología, de Juan Oleza (núm. 65)… En cierto modo, durante la Transición Papel 451 se convirtió para sus lectores en una colección complementaria, con una mirada más abierta e internacional, a algunas otras del tipo de la Crónica General de España de Júcar.

No estuvo ni mucho menos exenta de problemas, como puede suponerse dado el talante de su director literario y sus posicionamientos respecto a la censura, la trayectoria de Laia, que había solicitado su inscripción en 1971 y no lo obtuvo hasta 1974 y aun así, paradójicamente, con la obligación de presentar a «consulta voluntaria» (como se hizo con Edicions 62) todo título que se propusiera publicar. A los problemas con la censura se añadían otros más singulares, como el amargo conflicto generado con el librero y editor exiliado en París Antonio Soriano (1913-2005) a raíz de la publicación en Laia de los libros de Manuel Tuñón de Lara La España del siglo XIX y La España del siglo XX en 1973 y 1974 respectivamente, que Ana Martínez Rus ha documentado con rigor y detalle y estudiado con lucidez en su artículo dedicado al segorbino fundador de la Librairie Espagnole.

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Alfons Carles Comín (1932-1980), a quien la muerte impidió tomar posesión de su cargo como diputat al Parlament de Catalunya.

Poco después de la muerte de Comín, Laia fue adquirida en 1981 por el exiliado navarro Benito Milla (1916-1987), que a su vez la legó a su muerte a su hijo Leonardo como presidente del consejo de administración, y a finales de esa década, tras sucesivos problemas financieros, acabó por desaparecer abrupta, confusa y conflictivamente, cuando el por entonces gerente, Hugo García Robles (que había sido colaborador de Benito Milla en la editorial Alfa), regresó a Uruguay dejando un agujero de doscientos millones, y los tres miembros restantes del consejo de administración (Miquel Xancó, Maria Josepa Font y Joan García Grau) interpusieron una querella criminal contra él, contra el apoderado Félix Palomar (que acababa de presentar su dimisión) y contra el asesor fiscal Enric Teixidor. Poco después, en 1990, el grueso del fondo en catalán de Laia pasó a manos de Edicions 62. Por su parte, Hugo García Robles, nacido en 1931, falleció en Uruguay en 2013 tras haber colaborado con el pseudónimo Sebastián Elcano en diversos medios radiofónicos y de prensa, entre ellos El País.

Nota: Los fondos de la editoriales Nova Terra, Estela y Laia se encuentran en el Arxiu Nacional de Catalunya y el primero de ellos sirvió a Dolors Marín y Agnès Ramírez para recoger su historia en Editorial Nova Terra (1958-1978): un referent (Barcelona, Mediterrània, 2004); sin embargo, una parte de la documentación de esta editorial se había perdido en el incendio aludido.

Fuentes

Montserrat Casals, «Laia interpondrá querella criminal por estafa contra tres ex directivos de la empresa», El País, 11 de noviembre de 1989.

– «Leonardo Milla: Laia no se ha hundido», El País, 16 de noviembre de 1989.

Josep M. Castellet, «Memòries poc formals d´un director literari» en Edicions 62. Vint-i-cinc anys, Barcelona, Edicions 62, 1987.

Elena Hevia, «Laia anuncia que “probablemente” tendrá que declararse en quiebra», Abc, 5 de noviembre de 1989, p.55.

24c40-sellodecensuradelibrosespac3b1adictaduradefrancoManuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2006.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (els darrers trenta anys), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2007.

Jesús A. Martínez Martín, «La Transición editorial. Los años setenta», en J.A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, Madrid, Marcial Pona (Historia), 2015, pp. 329-386.

Ana Martínez Rus, «Antonio Soriano, una apuesta por la cultura y la democracia: la Librairie Espagnole de París», Litterae. Cuadernos sobre cultura escrita, núm. 3-4 (2003-2004), pp. 327-348.

Francisco Rojas Carlos, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

René Wellek, Historia literaria. Problemas y conceptos, selección y presentación de Sergio Beser y traducción de Luis López Oliver, Barcelona, Laia (Papel 451/ Literatura 60), noviembre de 1983.