La editorial que se creó por un afortunado error burocrático: Monte Ávila Editores

Entre los libros publicados por Monte Ávila Editores en sus primeros años en activo se cuenta una interesante antología preparada por el poeta español Félix Grande (1937-2014), 22 narradores españoles, aparecida en 1970 en la heterogénea colección Prisma y que recopila obra de Francisco García Pavón, Carlos Edmundo de Ory, Juan Benet, Rafael Sánchez-Ferlosio, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Gonzalo Suárez y Carmen Martín Gaite, entre otros.

Para entonces, Monte Ávila, pese a su juventud, contaba ya con un catálogo bastante impresionante que le había dado fama de gran divulgadora en América de las letras y el pensamiento occidental (aparte de haber publicado en 1969 La pérdida de El Dorado, de un por entonces desconocido autor de Trinidad y Tobago llamado V.S. Naipaul, y los Últimos cuentos de la guerra de España, de Max Aub, entre otras joyas). La creación de la editorial se fecha en abril de 1968 (y más concretamente el día 8), por iniciativa de dos hombres de letras con una notable experiencia. En colaboración con Ramón José Velásquez (1916-2014), Simón Alberto Consalvi (1927-2013), por entonces director del Instituto para la Cultura y las Bellas Artes, había intervenido en la creación, ya en 1958 (recién caído el dictador Marcos Pérez Jiménez), del periódico El Mundo, y posteriormente, además de colaborar asiduamente en El Nacional, dirigió las revistas Élite, Momento y Bohemia. Por su parte, el poeta y traductor Guillermo Sucre (n. 1933) había sido uno de los fundadores, también en 1958, de la revista Sardio (que sacó ocho números entre ese año y 1961), había colaborado en la revista Zona Franca, en el suplemento literario de La República y dirigido la revista Imagen, pero coincidiendo con el nacimiento de Monte Ávila, y probablemente gracias a su importante ensayo Borges, el poeta (UNAM, 1967), se trasladó a Estados Unidos contratado por el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh.Simón Alberto Consalvi.

Simón Alberto Consalvi.

El capital inicial surgió al parecer de una partida de un millón de dólares destinado inicialmente al del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que en su primera convocatoria galardonó La casa verde de Vargas Llosa y que, pese a tratarse de un premio que se otorgaba cada cinco años, por error apareció también en el presupuesto de 1968 del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela. Así, pues, Monte Ávila tomó forma jurídica y administrativa de compañía anónima, pero perteneciente al Estado, que es quien –venturoso azar– se vio comprometida a financiarla.

Sin embargo, al frente de Monte Ávila destacó desde el primer momento otro nombre importante en las letras latinoamericanas, el director literario Benito Milla (1918-1987), exiliado republicano español que hasta entonces había estado ocupándose de publicar a nombres como Ramón J. Sender, Mario Benedetti o Juan Carlos Onetti en la montevideana Editorial Alfa.

Benito Milla.

Algunos de los títulos publicados en 1968 en Monte Ávila permiten, además de captar el ambiente de los círculos intelectuales venezolanos en los momentos de la primavera de Praga y el Mayo francés, advertir el triple propósito de la editorial de divulgar la obra de algunos de los pensadores de izquierda importantes en el ámbito de las humanidades, asentar un canon de los autores del pasado reciente y divulgar la obra literaria de autores emergentes o poco conocidos –en un momento de pleno estallido del boom de la literatura hispanomericana– a menudo mediante cuidadas antologías: El laberinto del lenguaje de Max Black, Problemas del desarrollo y de la integración, de Marcos Kaplan, Ser, verdad y fundamento, de Martin Heidegger, Dialéctica y derecho en Hegel, de Eduardo Vásquez, Ensayos sobre Sartre, de Federico Rui, el colectivo Estudiantes y política en América LatinaHistoria de la imaginación viciosa, de Elemire Zolla, La realidad mexicana en su novela de hoy, de Domingo Miliani, Tendencias del teatro contemporáneo, de Isaac Chocrón, Ensayos literarios de Ezra Pound, antologados y prologados por T.S. Eliot, El teatro de Jean Genet, de Lucien Goldman, Introducción a la literatura de Brasil, de Antonio Cándido, El arte de narrar, de Emir Rodríguez Monegal (con entrevistas profundas a Max Aub, Cabrera Infante, Juan Goytisolo y Ernesto Sábato, entre otros), Nuevos narradores colombianos, antologados por Fernando Arbeláez, Narradores peruanos, por José Miguel Oviedo, Los habitantes, de Salvador Garmendia, Nuevo diario de Noé, de Germán Arciniegas, los relatos contenidos en Los huéspedes, del exiliado español Segundo Serrano Poncela, los supuestos Cuentos completos de Onetti o la edición venezolana de Borges, el poeta, de Sucre, entre otros varios títulos, también en estas mismas líneas. Desde luego, un primer año bastante espectacular.

Quizá el perfil que se desprende de los primeros títulos publicados basta para comprender que Monte Ávila no tardara en ser conocida como «el Fondo de Cultura de Venezuela», en alusión a la célebre editorial mexicana, fundada también con el patrocinio de instituciones gubernamentales, aunque tampoco le hubiera sentado mal el epíteto de «Casa de las Américas de Venezuela». Pero la importancia de Monte Ávila en su contexto es precisamente haber creado un plan de publicaciones con una intencionalidad clara y a largo plazo, destinado a dar a conocer el pensamiento universal y la literatura venezolana, y con una conciencia muy clara, además, del momento histórico en que nacía. Eso explica, por ejemplo, la proliferación de traducciones –por lo menos en la primera década, hasta que las dificultades económicas hicieron que disminuyera su número–, así como la atención dedicada a temas como los movimientos estudiantiles, la sociología, la antropología, la filosofía contemporánea o los estudios literarios, temas clave que hasta entonces habían llegado al lector venezolano a través de editoriales argentinas, mexicanas y, en menor medida, colombianas y chilenas. Y, más allá, lograr exportar sus libros a los países vecinos.

Su condición de editorial sin ánimo de lucro permitió que, además, Monte Ávila se convirtiera también en la plataforma idónea desde la que dar a conocer a autores hasta entonces completamente inéditos, y es innegable que sin ella difícilmente se hubieran podido dar a conocer autores como el poeta y luego editor de La Liebre Libre Harry Almela (1953-2017), la poeta nacida en Perú Martha Kornblith (1954-1997), la poeta y asistente de producción en Monte Ávila Stefania Mosca (1957-2009), el periodista y narrador de origen español Eloi Yagüe Jarque (n. 1957), la periodista y narradora hoy en Chile Mireya Tabuas (n. 1964) o la también narradora actualmente en Nueva York Lyda Aponte de Zacklin.

La misma circunstancia le permitió convertirse muy pronto en la gran editorial de poesía y teatro venezolano, géneros apenas divulgados tanto por las pequeñas editoriales sin capacidad para hacer llegar su trabajo más allá de sus fronteras, como por las de mayores dimensiones, que a menudo los consideraban, no siempre acertadamente, géneros de escasas ventas. El dramaturgo y traductor Isaac Chocrón (1930-2011), de origen sefardita, fue el impulsor y director literario de la Colección Teatro, dedicada tanto a obras de creación como de estudio: 13 autores del nuevo teatro venezolano (1971), compilado por Carlos Miguel Suárez Radillo; Tarántula (1975), de Rodoldo Santana; Resistencia (1975), de Elidio Peña; El Dorado y el amor (1989), de Ugo Ulive; Birmanos y otras piezas (1991), de Blanca Strepponi; Encuentro en Caracas (1993), de Luis Chesney Lawrence, así como Un enfoque crítico del teatro venezolano (1975), de Rubén Monasterios, Grotowski, de Raymonde Temkin o el colectivo El teatro y su crisis actual (1992).

Una colección singular es Warairarepano (nombre oficial del parque nacional de El Ávila), que a principios del siglo XXI publicó en lenguas indígenas en edición bilingüe (con traducción al español) títulos sobre todo de literatura infantil y acompañados de cedés, como El violín mágico (2005), de Antonio Lorenzano, adaptado por Beatriz Bermúdez Rothe (al español) y Esteban Emilio Mosonyi (al warao) e ilustraciones de María Isabel Hoyos; El árbol que daba sed (2005), de Kane Wa, con ilustraciones de Oswaldo Rosales; Abuela de las garzas (2005), adaptado al castellano por Daniel Otero e ilustrado por Oswaldo Dumont, con annexos informativos sobre el pueblo indígena de los Piaroa; o El sobrino desobediente (2006), de Manuel Velázquez, ilustrado por Iván Estrada. Para ello contaron con el apoyo financiero del Banco Central de Venezuela, pero este es solo uno de los ejemplos en esta línea, pues no son pocas las coediciones de literatura en lenguas indígenas en las que ha participado Monte Ávila, acompañado de otros organismos nacionales o internacionales, como es el caso de la Unesco y la ONU.

En los equipos de editores, además Chocrón y de Milla, que impulsó la colección Documentos, adquirieron prestigio Óscar Rodríguez Ortiz, que puso en marcha Ante la Crítica; Alberto Rosales al frente de Pensamiento Filosófico, o Juan Luis Delmont con la colección Memoriabilia, pero también fue un trampolín para traductores como Julieta Fombona (esposa de Sucre), cuyas traducciones de Marcuse tuvieron amplísima difusión a través de Alianza Editorial; el filósofo anarquista argentino Ángel Capelletti, autor de una muy reconocida versión de la Poética de Aristóteles, o Pierre de Place (traductor de André Breton, entre otros autores franceses).

Durante un breve período de tiempo, el catálogo de Monte Ávila circuló con cierta facilidad por España, gracias al tímido intento en 1977 de abrir una sede en Barcelona (inicialmente sólo como distribuidora) y pese a publicar Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel (que en 2007 reeditaría en España la editorial de la fundación de extrema derecha FAES Gota a Gota) o las novelas El indeseable, de Regis Debray y La última conquista de El Ángel, de Elvira Orpliré, entre algunas otras obras importantes (de Manuel Scorza a Reinaldo Arenas), el proyecto no tuvo la necesaria continuidad para cuajar.

Fuentes:

Web de Monte Ávila Editores.

Anónimo, «Cincuenta años de Monte Ávila», Nodal Cultura, s.f.

Anónimo, «La Monte Ávila de antaño», en el blog de Ediciones Letra Muerta, 12 de noviembre de 2017.

Alexis Márquez Rodríguez, «La función de la Editorial Monte Ávila en el proceso de la literatura venezolana», en Karl Kohut, comp., Literatura venezolana hoy: historia nacional y presente urbano, Fondo Editorial de Humanidades, 2004, pp. 85-93.

Redacción, «Monte Ávila Editores», Qué Leer, 4 de abril de 2018.

Alejandra Torres Torres, «Semblanza de Editorial Alfa», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Papel 451: Laia bajo la égida de Ray Bradbury

WELLECK

Encuadernadas en rústica con solapas, Papel 451 lucía cubiertas diseñadas y realizadas por Enric Satué.

A Jorge Portland, que sin saberlo me dio la idea.

Para por lo menos toda una generación, Historia literaria. Problemas y conceptos (1983), libro del crítico literario checo René Wellek (1903-1995), supuso el primer contacto con el germen de lo que años más tarde sería la literatura comparada, con la teoría literaria e incluso, en muchos casos, el primer enfrentamiento crítico con los fundamentos y problemas teóricos que presenta la historia y la periodización literaria como disciplinas. Sin embargo, el libro se incluía en una colección de la editorial Laia, Papel/451, que, si bien concedía un espacio notable a los temas literarios, se había centrado desde el principio en las humanidades en un sentido muy amplio que daba cabida a la historia, a la sociología, la psicología y sobre todo a la política, pero preferentemente con un enfoque teórico o una mirada amplia hacia las diferentes disciplinas.

El nombre de la colección ya presupone una determinada lectura de la obra de Ray Bradbury quien, en general, en esos años era considerado en España como poco más que un autor de género por el común de los lectores. Si bien dentro de la colección se distinguieron series específicas (historia, literatura), la numeración de Papel 451 era consecutiva y se presentaba del siguiente modo: «Textos básicos, imprescindibles para acceder al conocimiento de las estructuras culturales del mundo contemporáneo. Una colección de textos no numerarios en aula libre.»

Sin embargo, el nacimiento de la colección es un poco anterior a la creación de Laia, y sus inicios se remontan a finales de los años sesenta en el seno de la editorial Estela, cuya trayectoria, a su vez, está íntimamente vinculada a la de Nova Terra. Procedamos pues por partes, como decía Jack el Destripador.

LOGO

Nova Terra la funda en 1957 un grupo vinculado a la Juventut Obrera Cristiana (JOC) en el que se cuentan el entonces vicario de la Barceloneta Joan Carrera (1930-2008), Anton Cañellas (1923-2006), Joaquim Pibernat (1924-1984), Alfons Carles Comín (1933-1980), Josep Verdura o Ignasi Riera (n. 1940), que muy pronto empezó a publicar indistintamente en catalán y castellano obras de orientación religiosa destinadas tanto al público adulto como al infantil y juvenil, tomando como modelo Les Editions Ouvrieres de Paris (del servicio de publicaciones del JOC francés) e incluso traduciendo varias de las obras publicadas originalmente por su partenaire francés. Los choques de Nova Terra con la censura fueron frecuentes, y Francisco Rojas Carlos resume del siguiente modo el expediente que se le abrió (núm. 1.307, sin fecha):

Los informes del Ministerio estudiaron concienzudamente las líneas ideológicas de la editorial, y así se dictaminó entre otras cosas: “Examinada la línea general de sus ediciones y estudiados algunos de sus numerosos títulos característicos, puede afirmarse que Nova Terra tiene, en lo religioso, una marcada orientación peligrosamente progresista y, en lo político, una clara tendencia filomarxista. Como también «editorial de actividades progresistas, de matiz catalanista y rotunda oposición al Régimen». Entre sus integrantes, los informes destacaban las figuras de los sacerdotes Jorge Bertrán Quintana y Casimiro Martí Martí, junto a Josep Verdura y Alfonso Comín Ros, «todos los cuales sustentan una línea política de avanzada tendencia libertaria».

COBB

Adviértase la muy sutil diferencia en el diseño del frontis de la cubierta.

El Ministerio encabezado por Manuel Fraga Iribarne (1948-1996) se abocó entonces a una labor de presión para que Verdura y Comín fueran apartados de la editorial y sustituidos por personas más moderadas, cosa que consiguieron durante el estado de excepción de 1969 (un momento además de graves dificultades económicas y de liderazgo en la editorial), a lo que se añadiría en abril de 1973 el ataque que recibió Nova Terra cuando la ultraderecha incendió su almacén, causando graves pérdidas económicas adicionales al arrasar con varias ediciones completas antes de que se pusieran a la venta.

Los dos «expulsados» de Nova Terra, Verdura y Comín, decidieron entonces convencer al abogado, empresario y mecenas Josep Maria Vilaseca i Marcet (1919-1995) para que en 1970 comprara los fondos de la editorial Estela, una editorial nacida en 1958 y de características similares a las de Nova Terra (divulgación de textos católicos en castellano y catalán), entre cuyos autores se contaban los muy célebres autores de literatura juvenil Josep Vallverdú (n. 1923) y Joaquím Carbó (n. 1932). Martínez Martín consigna que Estela «contaba con un capital de seis millones de pesestas y 35 accionistas, con Jaume Carner [Suñol, 1925-1992] como presidente del consejo de administración, y con un fondo de 700 títulos», y añade que el suyo representó «uno de los procesos donde se manifestó con mayor endurecimiento la política censora del Régimen».

Escáner_20160410

Sobrecubierta (en no muy buen estado y sin mostrar las solapas) de uno de los escasos libros de la colección encuadernados en tapa dura.

Así pues, Verdura se convirtió en el nuevo gerente de Estela y Comín, en cuanto salió de la cárcel, en el nuevo director literario, y ambos emprendieron un severo rediseño de la línea editorial. Del carácter muy combativo de Comín ha dejado un ilustrativo relato el mestre Josep Maria Castellet refiriéndose a sus visitas a los despachos del Ministerio de Información y Turismo (Censura):

La cosa era tan aburrida y siniestra que necesitábamos la compañía mútua. Alfonso desplegaba una táctica determinada y yo otra distinta. Visto en la distancia, no sabría decir quién lo hacía peor. Él atacaba de frente, lanzando invectivas y acabando por tratarlos a todos de reaccionarios. De vez en cuando, salvaba algún libro, pero su justificada irritación, añadida a sus actividades políticas, acabaron por hacer inviable la editorial que dirigía con Verdura.

A la altura de 1971, después de varios topetazos con la Censura, que canceló su inscripción en el registro de empresas editoriales por considerar que el plan editorial era de «contenido subversivo e incitación a la revolución social», el por entonces ministro Alfredo Sánchez Bella firmó una resolución por la que se obligaba al cierre de Estela, cuyos últimos títulos habían sido La historia del Primero de Mayo, de Maurice Dommanget, Literatura y Arte nuevo en Cuba de Miguel Barnet, Benedetti, Carpentier y Cortázar, entre otros, y  Los que nunca opinan, de Francisco Candel (conocido como el autor español más censurado por las autoridades franquistas), que fue secuestrado SAVAGE(retirado tras haber llegado a librerías), y se abrió expediente también al libro humorístico de Perich Autopista (cuya alusión en el título a El camino de Escrivá de Balaguer no pasó desapercibido al Opus). Cuenta la leyenda que el cierre se acompañó de una retorcida sentencia de un alto cargo de censura: «¡Catalanistas, católicos y rojos no puede ser!».

Sin embargo, fue en Estela donde tuvieron tiempo de aparecer los primeros números de Papel 451, a menudo con esos extensos títulos muy del gusto de la izquierda de la época: en 1970, El conflicto de las clases técnicas, un falso problema. La profesión de aparejador y la estructura de clase de las profesiones técnicas en España, de Jesús A. Marcos Alonso, y ya en 1971, Populismo y marxismo en Rusia (la teoría de los populistas rusos: controversia sobre el capitalismo), de Andrzej Walicki y traducido por Ricard Domingo, Del yo al nosotros (lectura de “Fenomenología del Espíritu” de Hegel), de Ramon Valls Plana, y La evolución de la agricultura en España, de José Manuel Neredo, todos ellos recuperados entre los primeros números de la colección una vez nació ya en 1972 Laia.

IntPueblo

Pliego de ilustraciones de La cultura y el pueblo, en el que, junto a un anuncio aparecido en El Sol en 1928, se reproducía la portada de febrero de 1933 de Sin Dios, órgano de la Liga Atea.

Junto a textos de carácter marcadamente político pero muy variados en su concepción, desde análisis críticos, libros colectivos y antologías de textos de diversos autores, y otros tan dispares como los Fundamentos de Aritmética de Gottlob Frege, la Fonología general de Zarko Mulacic o La Medicina impugnada de Guy Caro, ya entre los primeros números destacan en el muy nutrido catálogo de Papel 451 algunos muy interesantes libros en las series de historia y literatura, como el Dostoievski (1821-1881) de E.H. Carr (núm. 8), El realismo francés (Stendhal  Balzac, Flaubert, Zola, Proust), de Harry Levin (núm. 25), La reproducción, de Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron (núm. 39), los tres volúmenes colectivos dirigidos por Jacques Le Goff y Pierre Nora Hacer la historia (núms. 42, 47 y 50), la antología preparada y comentada por Christopher H. Cobb La cultura y el pueblo. España 1930-1939 (núm. 52), la Introducción al estudio de la novela, de Jacques Sauvage (núm. 53), El rapto de la cultura, de Carlos Paris (núm. 59), La novela OLEZAdel XIX. Del parto a la crisis de una ideología, de Juan Oleza (núm. 65)… En cierto modo, durante la Transición Papel 451 se convirtió para sus lectores en una colección complementaria, con una mirada más abierta e internacional, a algunas otras del tipo de la Crónica General de España de Júcar.

No estuvo ni mucho menos exenta de problemas, como puede suponerse dado el talante de su director literario y sus posicionamientos respecto a la censura, la trayectoria de Laia, que había solicitado su inscripción en 1971 y no lo obtuvo hasta 1974 y aun así, paradójicamente, con la obligación de presentar a «consulta voluntaria» (como se hizo con Edicions 62) todo título que se propusiera publicar. A los problemas con la censura se añadían otros más singulares, como el amargo conflicto generado con el librero y editor exiliado en París Antonio Soriano (1913-2005) a raíz de la publicación en Laia de los libros de Manuel Tuñón de Lara La España del siglo XIX y La España del siglo XX en 1973 y 1974 respectivamente, que Ana Martínez Rus ha documentado con rigor y detalle y estudiado con lucidez en su artículo dedicado al segorbino fundador de la Librairie Espagnole.

carlosalfnscomin

Alfons Carles Comín (1932-1980), a quien la muerte impidió tomar posesión de su cargo como diputat al Parlament de Catalunya.

Poco después de la muerte de Comín, Laia fue adquirida en 1981 por el exiliado navarro Benito Milla (1916-1987), que a su vez la legó a su muerte a su hijo Leonardo como presidente del consejo de administración, y a finales de esa década, tras sucesivos problemas financieros, acabó por desaparecer abrupta, confusa y conflictivamente, cuando el por entonces gerente, Hugo García Robles (que había sido colaborador de Benito Milla en la editorial Alfa), regresó a Uruguay dejando un agujero de doscientos millones, y los tres miembros restantes del consejo de administración (Miquel Xancó, Maria Josepa Font y Joan García Grau) interpusieron una querella criminal contra él, contra el apoderado Félix Palomar (que acababa de presentar su dimisión) y contra el asesor fiscal Enric Teixidor. Poco después, en 1990, el grueso del fondo en catalán de Laia pasó a manos de Edicions 62. Por su parte, Hugo García Robles, nacido en 1931, falleció en Uruguay en 2013 tras haber colaborado con el pseudónimo Sebastián Elcano en diversos medios radiofónicos y de prensa, entre ellos El País.

Nota: Los fondos de la editoriales Nova Terra, Estela y Laia se encuentran en el Arxiu Nacional de Catalunya y el primero de ellos sirvió a Dolors Marín y Agnès Ramírez para recoger su historia en Editorial Nova Terra (1958-1978): un referent (Barcelona, Mediterrània, 2004); sin embargo, una parte de la documentación de esta editorial se había perdido en el incendio aludido.

Fuentes

Montserrat Casals, «Laia interpondrá querella criminal por estafa contra tres ex directivos de la empresa», El País, 11 de noviembre de 1989.

– «Leonardo Milla: Laia no se ha hundido», El País, 16 de noviembre de 1989.

Josep M. Castellet, «Memòries poc formals d´un director literari» en Edicions 62. Vint-i-cinc anys, Barcelona, Edicions 62, 1987.

Elena Hevia, «Laia anuncia que “probablemente” tendrá que declararse en quiebra», Abc, 5 de noviembre de 1989, p.55.

24c40-sellodecensuradelibrosespac3b1adictaduradefrancoManuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2006.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (els darrers trenta anys), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2007.

Jesús A. Martínez Martín, «La Transición editorial. Los años setenta», en J.A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, Madrid, Marcial Pona (Historia), 2015, pp. 329-386.

Ana Martínez Rus, «Antonio Soriano, una apuesta por la cultura y la democracia: la Librairie Espagnole de París», Litterae. Cuadernos sobre cultura escrita, núm. 3-4 (2003-2004), pp. 327-348.

Francisco Rojas Carlos, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

René Wellek, Historia literaria. Problemas y conceptos, selección y presentación de Sergio Beser y traducción de Luis López Oliver, Barcelona, Laia (Papel 451/ Literatura 60), noviembre de 1983.

Benito, Leonardo y Ulises Milla y la Editorial Alfa.

Jorge Carrión recuerda en su deslumbrante Librerías (Anagrama, 2013) la insigne estirpe de libreros y editores Milla, y la inscribe en el ámbito de las migraciones que “construyeron una cultura cuyo mapa arterial [Roberto] Bolaño dibujó con trazos desgarrados”.

Benito Milla Navarro (1918-1987).

Resulta muy impresionante comprobar la cantidad de publicaciones periódicas (de títulos inequívocos) en que puede encontrarse la firma del iniciador de esa dinastía, el alicantino Benito Milla (1918-1987): Ruta, Acción Directa, Cenit, Hora de Poesía, Nueva Senda, Solidaridad Obrera, Tierra y Libertad, Umbral, Cuadernos Internacionales, Deslinde, Temas, Marcha, Acción

El primer chute de tinta se lo inoculó Benito Milla probablemente en 1938, cuando en plena guerra civil española se convirtió con veinte años en director de Ruta, el semanario de las Juventudes Libertarias, en las que militaba desde los años treinta (tras establecerse en Barcelona) y de las que fue secretario. Durante los primeros compases de la guerra había luchado en el frente de Aragón, encuadrado en la mítica columna Durruti, y como tal ya había colaborado en el efímero periódico El Frente, y a partir de ese momento su arma de combate fue sobre todo el papel impreso.

Al término de la guerra española se exilió en Francia (que no tardaría en verse inmersa en la segunda guerra mundial), donde a lo largo de la década de 1940, sin abandonar la dirección de Ruta en sus sucesivos traslados, se mantuvo firme en la actividad política (intervino en los intentos de reconstrucción de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias y en su congreso fundacional, en abril de 1945, fue elegido secretario general, cargo que abandonó en el segundo congreso, en marzo de 1946, para hacerse cargo de la Secretaría de Relaciones).

 

Juntacadáveres (Alfa, 1964)

Al poco tiempo de establecerse en Montevideo (1951) empieza a vender libros en una modesta parada en la Plaza Libertad, pero este intelectual de formación autodidacta no tarda en convertirse en un activista editorial de primer orden como colaborador del semanario Marcha y del periódico Acción, como promotor de las publicaciones de la Unesco, como divulgador de libros españoles mediante la creación de la Distribuidora Dilae (1954) y, sobre todo, como fundador y director de las revistas Cuadernos Internacionales, Deslindes y Temas, en cuyas páginas aparecen firmas tan ilustres como las de Herbert Read, René Char, Albert Camus, Jean Bloch, Mario Benedetti, Ernesto Sabato, Emir Rodríguez Monegal, Octavio Paz, Juan Goytisolo, Carlos Barral, Ángel Valente, Nicolás Sánchez-Albornoz, Guillermo de Torre, Ramón J. Sender…

Contra los puentes levadizos (Montevideo, Alfa, 1966).

Aun así, la gran obra de Benito Milla fue sin duda la creación de la benemérita Editorial Alfa, que cuenta entre sus logros más brillantes el descubrimiento a lo grande de Mario Benedetti (1920-2009), a quien debió de conocer en la redacción de Marcha y a quien ya en 1959 publicó los cuentos de Montevideanos y en los años sucesivos la novela La tregua (1960), Poemas del hoyporhoy (1961), Literatura uruguaya. Siglo XX (1963), Gracias por el fuego (1965), Contra los puentes levadizos (1966), Sobre artes y oficios (1968), etc. A ellos deben añadirse la publicación de  La cara de la desgracia (1960) y Juntacadáveres (1965), de Juan Carlos Onetti, La casa inundada (1960), de Felisberto Hernández, y obras de Eduardo Galeano, Cristina Peri Rossi, Carlos Martínez Moreno y los exiliados españoles José Carmona Blanco, Eduardo Contreras, así como ensayos de quien fuera referente del anarquismo español José Peirats.

Benito Milla y José Peirats en Francia en 1965.

Si hasta ese momento en Montevideo abundaban las revistas más o menos literarias pero escaseaban en cambio las editoriales de libros, en esos años (entre mediada la década de 1950 y el fin de la siguiente), el panorama editorial uruguayo estaba experimentando una etapa de florecimiento, alentado en buena medida por la línea de créditos a empresas de este sector que por iniciativa de Carlos Maggi había puesto en marcha el Banco República en 1955 y que, además de propiciar la creación de sellos históricos de vida azarosa como Asir, Arca o Banda Oriental, apuntaló el proyecto más ambicioso que hasta entonces había puesto en pie Benito Milla.

Leonardo Milla (1941-2008).

Cuando Milla se trasladó a Caracas para, en colaboración con Simón Alberto Consalvi y a instancias del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela, crear la importantísima Monte Ávila Editores, la Editorial Alfa quedó en manos de su por entonces ya experimentado hijo Leonardo (nacido en Marsella en 1941 y fallecido en 2008), a quien, como a su padre, la coyuntura política llevó fugazmente en 1974 a Buenos Aires y posteriormente (en 1977) a establecerse en Caracas. Fue Leonardo Milla quien en los años ochenta convirtió la Editorial Alfa en el Grupo Alfa, con una extensa red de librerías con dos sedes de Ludens y tres de Alejandría 332 a.C.

Mientras tanto, su padre hacía crecer Monte Ávila para, ya en los años ochenta, regresar a España y participar en una de las empresas culturales más curiosas e interesantes de la Transición española, la barcelonesa Editorial Laia, que reunió a una pléyade extraordinaria de colaboradores y cuyo rocambolesca desaparición merece un estudio pormenorizado que no me consta que se haya llevado a cabo.

Homenaje Benito Milla (en el centro) en Montevideo en 1962. Puede reconocerse, no sin dificultad, a los escritores Ángel Rama, Carlos Martínez Moreno, Ricardo Latchman, Felisberto Hernández, Emir Rodríguez Monegal, Clara Silva y Saúl Ibargoyen.

Tras la prematura muerte de Leonardo Milla, fue su hijo Ulises (n. 1963)  quien, tras quince años desempeñándose como diseñador gráfico, decidió ponerse al frente del Grupo Alfa y, además de incorporar a su prima Carolina Saravia como directora editorial adjunta, impulsó, entre otras iniciativas, Puntocero, un sello de ensayo y narrativa que desde Venezuela se extendió rápidamente a Colombia, Argentina, Ecuador, Uruguay…

 

Ulises Milla Lacurcua (n. 1963).

Hay un dicho malicioso según el cual la primera generación de una familia crea la empresa, la segunda la hace crecer y la tercera despilfarra los beneficios y la arruina, pero la estirpe de los Milla, zarandeada por las convulsiones políticas de signo autoritario de todo el siglo XX , no parece en absoluto responder a ese tópico, y la explicación de ello en buena medida la dio Ulises Milla: “si tienes una familia donde prevalece el respeto, y trasladas esa filosofía de vida al ámbito de tu empresa, logras equipos de trabajo sólidos, comprometidos y con un sano sentido de la convivencia”.

Los anarquistas en la crisis política española (Buenos Aires, Alfa, 1964).

Si en el mencionado Librerías Jorge Carrión recoge la anécdota según la cual Ulises Milla no desayunaba hasta que se vendía el primer libro del día, su padre Leonardo a su vez dejó un testimonio igualmente significativo sobre el ejemplo que había recibido de Benito Milla:

Mientras yo vendía libros, él hacía una revista donde colaboraban firmas de la talla de Albert Camus y Octavio Paz […] Nunca tuve una bicicleta gracias a que él utilizaba todos los fondos para fines editoriales, donde el retorno del dinero es a largo plazo. Pero su visión de la cultura, de la sociedad y de la política me dejó marcado de por vida.

Días tranquilos en Clichy, de Henry Miller (Montevideo, Alfa, 1971).

Parece evidente que esa visión fue transmitiéndose por vía paterna y, afortunadamente, sigue vigente. Y si Benito Milla destacó sobre todo por su sostenido apoyo tanto a la poesía (en 1963 fue miembro del jurado que otorgó el Grand Prix International de Poésie a Octavio Paz) como a la literatura de ideas, Leonardo Milla subrayó la importancia social y cultural que ambos concedían al ensayo, un género con fama de venta difícil:

El país [se refiere a Venezuela] ha empezado a revisarse política, intelectual y artísticamente. En esa zona de la creación los libros tiene preeminencia, son el vehículo perfecto para la transmisión de las ideas; por supuesto, existen los periódicos y las revistas, pero el volumen del libro permite al autor, mediante el ensayo, establecer un análisis más depurado.

Valga como colofón una acertada observación de Benito Milla en una Ponencia presentada en el Coloquio del Libro celebrado en Caracas en julio 1972 y reproducida en el número 14 de la revista Zona Franca, correspondiente a agosto de ese mismo año y que, si bien alude sin duda al llamado “boom” de la literatura hispanoamericana, añade un matiz importante sobre esa “visión”:

 No se puede pagar la publicidad para un producto que no es de circulación masiva […] cuando un libro se conoce más allá del ámbito normal de los lectores es, casi siempre, por razones extraliterarias.

 

Viviendo, de Cristina Peri Rossi (Montevideo, Alfa, 1963).

Fuentes:

Web de Editorial Alfa.

AMHG, “Se cerró el último libro para el editor  Leonardo Milla”, El Universal, 23 de febrero de 2008.

Anónimo, “Benito Milla”, El País, 9 de marzo de 1977.

Jorge Carrión, Librerías, Barcelona, Anagrama, 2013.

José Gabriel Lagos, “El alfa y el omega”, La diaria, 17 de junio de 2010.

Ángel Rama, La crítica de la cultura en América Latina (selección y prólogos de Saúl Sosnowski y Tomás Eloy Martínez), Biblioteca Ayacucho 119, Caracas, 1972.

Alida Vergara Jurado, “Editorial Alfa. La familia que hace libros”, Gerente, 28 de octubre de 2013.