Rafael Borràs Betriu y Pareja

El editor Rafael Borràs Betriu dedica apenas una página en el primer volumen de sus memorias a una efímera experiencia editorial cuyo catálogo, según dice, “no pasará evidentemente a la historia de la Literatura, aunque se salven algunos títulos”. Quizá no pase a la historia de la Literatura de un modo evidente, tal vez lo haga de un modo subrepticio, pero bien vale unas líneas en la historia de la edición en España.

Corría el año 1958 cuando Borràs se asoció a José María Pareja (a quien menciona sólo como “el hermano de un antiguo condiscípulo”), para crear una empresa editorial alrededor de una colección de narrativa (novela y cuento) con el nombre Reloj de Sol, de la que, mientras duró el proyecto, aparecieron ocho títulos de autores bastante conocidos, y que posteriormente Pareja continuó en solitario.

Escribe Borràs Betriu acerca de este experiencia en La batalla de Waterloo: “La aventura duró de diciembre de 1958 a agosto del siguiente año; yo no veía las cuentas claras y preferí cortar por lo sano; le ofrecí a mi socio comprar su parte o venderle la mía; optó por lo segundo y me firmó diez letras de cambio debidamente aceptadas y avaladas; ya la primera fue al protesto”. Sin embargo, las fechas que señala con tanta precisión Borrás corresponden a las de aparición de los títulos, pero es innegable que el nacimiento de la empresa y la labor editorial es anterior, como demuestran por ejemplo la presentación a censura de algunos títulos con anterioridad a diciembre de 1958.

En 1958 publican los tres primeros números, volúmenes muy breves, de esta colección: El pan mojado, del primer marido de Ana María Matute, Ramón Eugenio Goicoechea, a quien César González-Ruano sitúa en un conjunto de personakes bastante variopinto en sus memorias (“En Barcelona conocí pronto a los cinco poetas jóvenes que más contaban en el ambiente literario, no muy importante ni grande contra lo que podría esperarse de la ciudad. Estos cinco poetas eran Mauricio Monsuárez de Yoss, Julio Garcés, Manuel Segalà, Juan Eduardo Cirlot y Ramón Eugenio de Goicoechea”); Crepúsculo de una ninfa, de Elisabeth Mulder, que ya había aparecido anteriormente en la editorial Surco en 1942 con ilustraciones de Solà Andreu y que, curiosamente, se presenta como en “traducción del editor”, y el primer libro de relatos de la novelista Mercedes Salisachs Pasos conocidos.

Ramón Eugenio Goicoechea con Ana María Matute.

Con estas cartas de presentación probablemente ya era fácil advertir por dónde iban los tiros de Reloj de Sol, una colección de libros breves (quizá por razones económicas o de escasez de papel) a los que en los primeros meses de 1959 se añadieron el libro de cuentos de José Cruset Hermano Ladrón, cuya obra anterior (El otro dinero) había obtenido el Premio Aedos; la novelita Fiesta al Noroeste, con la que Ana María Matute había ganado en 1953 el Premio Gijón y que había publicado entonces Afrodisio Aguado; El niño de la flor en la boca, de José María Castillo Navarro, quien tras haber publicado tres novelas con Luis de Caralt había probado fortuna en Planeta con Manos cruzadas sobre el halda (1958); El techo de lona, de Mariano Tudela, periodista y autor por entonces de biografías que publicaba AHR (Alfredo Herrero Romero) y de un par de novelas que habían aparecido en Luis de Caralt, y, acaso la obra

Es fama que Paco Candel fue una de las mayores víctimas de la censura.

Paco Candel.

más importante en esta colección, los cuentos de ¡Échate un pulso Hemingway!, de Francisco Candel, cuya carrera literaria, a raíz de la muerte de su descubridor y primer editor, Josep Janés, quedó momentáneamente –en términos estrictamente editoriales– un poco a la deriva. Es curiosa la historia de esta antología de cuentos candelianos, que en 1966 le publicaría de nuevo Tomás Salvador en la colección Novela y Documento de sus Ediciones Marte, en 1972 la editorial Laia haría una edición con el añadido de un nuevo cuento (“El perro que nunca existió y el anciano padre que tampoco”), acompañada de un texto introductorio del editor Josep Verdura («Sobre Francisco Candel autor de este libro») y de unos epílogos firmados por José María Rodríguez Méndez («Lengua y testimonio de Francisco Candel») y W.G. Weyland (Silverio Boj) («Noticia sobre Francisco Candel»), a la que seguiría aún una traducción incompleta al catalán (probablemente por acción de la censura) en la colección El Cangur (que no incluye “Esa infancia desvaída”), y de nuevo en español en 1984 en la colección Gran Reno, de Plaza & Janés.

José Jurado Morales.

Tan interesantes como los autores publicados en la colección Reloj de Arena, son los intentos fallidos de nuevas colecciones, pues contribuyen a mostrar qué caminos se disponía a transitar Borràs Betriu en esos años. Al poeta perteneciente al grupo de la combativa revista Azor José Jurado Morales, que dos años después obtendría el Premio Ciudad de Barcelona con el poemario Sombras anilladas (Editorial Peñíscola, 1962) y quedaría finalista con la novela La vida juega su carta (Cedro, 1961), Pareja y Borràs le publican su primera obra narrativa, La hora de anclar, pero, según escribe Borràs Betriu, la presentan fuera de la colección porque pensó, “tal vez de manera injusta, que no estaba a la altura de los otros autores”. En realidad, es el primer y último título de una colección llamada La Moneda al Aire, nombre que resulta muy indicativo de la poca confianza que tenían en esta apuesta los editores.

Con una recopilación de entrevistas a folklóricas firmada por Mario Gómez Santos y prologada por Ramón Serrano Suñer, Mujeres solas (Raquel Meler, Pastora Imperio, Sara Montiel, Lola Flores), se inicia una colección de Pequeñas Historias de Grandes Personajes, que apunta a una voluntad más comercial, que no tuvo continuidad. Sí la tuvo en cambio La Llave. Cuadernos de Poesía, si bien en la etapa de Borràs Betriu sólo apareció Música para búhos, del poeta franco-uruguayo Ricardo Paysero, suegro de Jules Superville y a quien José Bergamín, pues se conocieron en Montevideo, dedicó una sección de Rimas y sonetos rezagados (Renuevos de Cruz y Raya, 1962, y Cruz del Sur, 1963).

Ricardo Paysero.

Sin embargo, quizás el título  más conocido de Pareja y Borràs Editores sea el Libro de los objetos perdidos y encontrados, de César González-Ruano, un volumen profusamente ilustrado con láminas fotograbadas sobre papel estucado, obra de José Sánchez Martínez, y con cubierta en tela estampada. Con este título se abría y cerraba otra colección, El Libro Abierto, en la que se puede intuir la bibliofilia o el mundo del libro como idea rectora.

En cuanto Borràs Betriu dejó de ver las cuentas claras y vendió su parte en el negocio, Pareja prosiguió durante un breve tiempo publicando títulos que es de suponer que ya estaban programados, y que en algunos casos daban continuidad a la colección Reloj de Sol, pero lo hizo ya bajo el nombre Pareja Editor. Y esa ya es otra historia (que habrá que contar).

Fuentes:

Rafael Borrás Betriu, La batalla de Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

César González-Ruano, Mi medio siglo se confiesa a medias, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca de la Memoria 3), 2004.

González Ruano y Daragnès en París

Una de las ilustraciones que acompaña el artículo de González Ruano “El negocio lucrativo y algo romántico de las antigüedades” (Estampa, 15 de mayo de 1928).

A Rosa Sala Rose, cómo no.

La estancia del célebre escritor y periodista César González Ruano (1903-1965) en París durante los meses iniciales de la Segunda Guerra Mundial ha despertado muchísima curiosidad en las últimas décadas, y un acerado artículo de Haro Tecglen puso bajo el foco esta etapa de su biografía. Decía Haro Tecglen, en conversación con Fernando Fernán-Gómez, acerca de las vicisitudes de González-Ruano en la capital francesa:

Estuvo en la cárcel mientras los alemanes ocupaban París, porque él había descubierto un gran negocio que consistía en facilitar unos pases a los judíos que salían de Francia huyendo de los alemanes para pasar a España. Él les daba unas tarjetas con unos signos misteriosos para que un supuesto individuo en un pueblo de la frontera los pasara. A cambio de ese pase, César se quedaba con todo lo que tuvieran los judíos. El único problema es que cuando los judíos llegaban a la frontera nadie los esperaba ni entendía esa tarjeta, de modo que los apresaban y los mataban o los metían en los campos de concentración.

Ya antes, en un artículo publicado en el País Semanal, Haro Tecglen se había referido al mismo episodio con palabras similares:

En París, el cronista César González Ruano vendía por dinero (o joyas, o pieles) contraseñas a hebreos para que alguien les pasase a España por los Pirineos. Eran falsas y, cuando llegaban al punto convenido no había nadie. Los alemanes se confundieron con él, creyeron que era un protector de la raza y le encerraron en la prisión de Cherche-Midi. Al fin se convencieron de que era solamente un estafador y le dejaron en libertad.

En su estela, José Carlos Llop llevó a cabo un notable trabajo de síntesis biográfica  que, si bien no pudo llegar hasta sus últimas consecuencias, cristalizó en una original y muy interesante obra que él mismo definió como “una novela de intriga con el fondo del mal en los años 40“,  París: suite 1940. Y ya antes había hablado por extenso de las actividades de González Ruano en Francia Eduardo Pons Prades en  Los senderos de la libertad (Europa 1940-1944).

Esta última obra fue la que estimuló  a Rosa Sala Rose a emprender, en colaboración con Plàcid García Planas, una exhaustiva y meticulosa indagación tras los pasos de González Ruano no sólo en la capital francesa, sino también en otras muchas capitales europeas (Berlín, Roma…). Como es fácil suponer, entre los seguidores de su blog y de sus trabajos previos (en particular de La penúltima frontera. Fugitivos del nazismo en España), se generaron enseguida enormes expectativas acerca del resultado completo de sus investigaciones, que se acrecentaron en cuanto han publicado El marqués y la esvástica. César González Ruano y los judíos en el París ocupado (Crónicas Anagrama).

Jean-Gabriel Daragnès (1886-1950)

Sin embargo, más allá de las indignas trapacerías de González Ruano, en lo que a la historia de la edición se refiere, uno de los acontecimientos más interesantes de su estancia en París es que allí entra en contacto con el tipógrafo, editor-impresor, grabador y pintor Jean-Gabriel Daragnès (1886-1950), un  personaje no menos fascinante a quien González-Ruano describe en sus memorias como un “extraño tipo de dandy un tanto maniático [que] añadía a la fama de sus dibujos y grabados la de ser uno de los mejores impresores del mundo”. De hecho, lo de “extraño tipo” quizá se entienda mejor al saber que, cuando se conocieron, Daragnès ostentaba (desde 1933) el un tanto estrafalario título creado en 1830 por el Ministerio de Defensa francés de “peintre de la Marine”, que, aparte de autorizar a llevar el uniforme de la Marina, concede bien magros privilegios.

Imagen de “Daragnès, quelques travaux récents, catálogo de una exposición póstuma sobre Daragnès.

En 1925 Daragnès se había establecido en Montmartre (avenue Junot, 15), convirtiéndose así en vecino de algunos de los artistas más pujantes del momento, entre ellos Pierre MacOrlan (Pierre Dumarchais, 1882-1970), cuya primera vocación había sido la pintura, Marcel Aymé (1902-1967), Gen Paul (Eugène Paul, 1895-1975) o Louis Ferdinand Auguste Destouches (1894-1961), más conocido como Céline, cuyas primeras ediciones de sus breves textos iniciales preparó Daragnès en tiradas de treinta, quince e incluso tres ejemplares (Scandal aux Abysses, Foudres et flèches). En sus memorias González Ruano rememora “aquellos talleres que tenían algo de místico convento de las Artes Gráficas en los que Daragnès era su prior”, y que Sala Rose y Garcia-Planas califican de “mítico”, pero de este cenáculo existe también un curioso testimonio de Paul Istel un poco más extenso:

He aquí, a plena luz de una entrada en la que todo está limpio y reluciente como en el puente de un yate, las prensas manuales y las minervas modernas cerca de cajas llenas de fuentes Garamond y Didot; he aquí la pesada maquinaria para satinar papel, los amplios cajones llenos de buen papel, y no lejos el taller de grabado donde las eméritas prensas ejecutan, bajo la atenta mirada y con la ayuda del propio grabador, el tiraje meticuloso de las planchas marcadas por el buril o mordidas por el aguafuerte.

En el piso superior, el estudio de Daragnès está consagrado a las artes más diversas: pintura, diseño, grabado al boj y sobre cobre, así como a la música y la poesía, cuando el maestro recibe a sus amigos: [Francis] Carco, [André] Dignimont, [André Dunoyer de] Segonzac, [Pierre] Mac Orlan… [la traducción es mía].

Sello de 1934 con una paloma obra de Daragnès.

De la amistad entre Daragnès y Céline existen numerosos testimonios, entre los que se cuenta el epistolario generado a raíz de las gestiones que, al término de la Segunda Guerra Mundial, el prestigioso impresor llevó a cabo ante diferentes personalidades francesas para intentar salvar al genial escritor cuando éste se encontraba recluido en Dinamarca (entre otras, obtuvo una cortés negativa a ayudarle de Mauriac). La amistad entre Daragnès y González Ruano dio como resultado un libro que ha dado bastante que hablar, Ángel en llamas. 47 sonetos y un poema, en cuyas páginas iniciales, además de una declaración de tirada de 302 ejemplares, puede leerse:

Han sido destruidos los moldes de la presente edición hecha a mano en los talleres de J.G. Daragnès, en Montmartre. Todos los ejemplares llevan el signo del autor bajo su lema. Los 47 originales de poesía fueron elegidos por el Poeta entre su labor inédita de 1939 y 1940.

Interior de la edición del Tiberio en Capri, de González Ruano, hecha por Amigos del Libro en 1945 (300 ejemplares). Ocho aguafuertes (uno a color) y 22 frisos de José Miguel Serrano.

El grueso de la obra poética de González Ruano posterior a la guerra civil española apareció también en pequeñas ediciones de bibliófilo, como ya hiciera en 1934 con Aún, con indicaciones muy precisas de tiradas (siempre mínimas) y a menudo con información acerca de la destrucción de todo rastro que permitiera una reimpresión, pero dada la catadura moral del poeta en cuestión, eso puede ponerse en duda, del mismo modo que, hablando de su modus operandi en los años treinta, consigna Germán Vasid Valiñas:

González Ruano puso en práctica la idea de dar algunas de sus obras, no a través de reconocidas editoriales sino mediante su propia iniciativa, utilizando como trampolín a algunos impresores. Algunos de sus allegados cuentan que en más de una ocasión utilizó el ardid de encargar una edición limitada a un impresor con la promesa de imprimir posteriormente la tirada normal, circunstancia que solía retrasarse sin límite.

Por desgracia, tampoco he hallado confirmación a cuanto asegura el propio González-Ruano en sus memorias acerca de que intervino muy directamente en la realización de la edición de Ángel en llamas, colaborando con el ya por entonces célebre Daragnès en la elección del papel, los tipos y la maqueta (“se me fueron muchas tardes en su casa eligiendo papeles, contemplando tipos y repasando juntos maquetas y ensayos de página”). Me temo que con las palabras de González Ruano como única fuente, sería muy arriesgado afirmar que las cosas sucedieron de este modo, y, en cualquier caso, las numerosas erratas de la edición llevan a pensar que, en cualquier caso, no hizo un seguimiento del proceso.

Semana Santa (La Cometa, 1930)

La vinculación de Daragnès con la literatura española venía de lejos –probablemente su origen (había nacido y crecido en Getaria) algo tenga que ver en ello– y hasta entonces había dado por lo menos cuatro obras excepcionales. En 1930, la primorosa colección de Gustavo Gili Ediciones de La Cometa, cuya dirección artística recayó en Hermenegildo Alsina Muné (1886-1980), se estrenaba con la publicación de cien ejemplares de Semana Santa, de Gabriel Miró y acompañada de un prefacio de Gaziel, ilustrada por Daragnès con grabados en madera. Al año siguiente aparecía una traducción francesa de esa misma obra en la Societé les XXX de Lyon, en traducción nada menos que de Valéry Larbaud (autor también del prefacio) y Noemi Larthe e impresa por Barthélemy Gros, de la que se tiraron 130 ejemplares.

De ese mismo año es Suite Spagnole, de Francis Carco, con tres puntas secas de Daragnès, publicada por Les Éditions de la Belle Page. Y de 1934 es Toreros, un volumen con quince aguafuertes firmados por Daragnèsde en los que pone de manifiesto cierto conocimiento de la tauromaquia. Aux Dépens des Cinq-Vingt hizo una tirada de veinticinco ejemplares numerados y firmados por el autor en la justificación de tirada.

Una de las páginas de Daragnès para Toreros (1934).

En cualquier caso, Gerardo Diego hizo un encendido y un tanto asombroso elogio de Ángel en llamas de González Ruano, que en su opinión:

no se parece a ningún otro de sonetos. Aquí y allí podría recordar a Alberti, a Adriano del Valle y más lejos a Góngora en su esfuerzo por levantar y rizar el verso hasta su propio mito. Pero la vena de César es inconfundible. Y además -cosa que no se puede decir de sus contemporáneos que he citado, aunque le superen en la tersura y destreza melódica, en la técnica del soneto- nunca es frívolo en este libro. Siempre   hay una intención y a veces un logro de auténtica profundidad y simbolismo, una rica experiencia de vida.

Quizá valga la pena retener esa expresión, “una rica experiencia de vida”, al releer esa obra. Y en el libro de Sala Rose y Garcia-Planas pueden leerse algunos pasajes de este curioso libro, “poemas de gran calidad literaria y altísimo voltaje erótico”, según escriben, del que en la Biblioteca de Catalunya localizaron un ejemplar dedicado a Felipe Rodés, que es uno de los 270 que se imprimieron en papel de Boucher de Rocelles (números 26 a 295).

Fuentes:

Louis-Ferdinand Céline, Vingt lettres a André Pulicani, Jean-Gabriel Daragnès, Ercole Pirazzoli, Charles Frémanger, Charles de Jonquières et Albert Manouvriez, Tusson, Éditions du Lérot, 1980.

L.-F. Céline

Acerca de la relación entre Céline y Daragnès, vale la pena consultar la muy completa Bibliographie des écrits de Louis-Ferdinand Céline, preparada por Jean-Pierre Dauphin y Pascal Fouché y publicada en 1984 en París por Le Graphomane. 

Tulio Demicheli, “Entrevista a José Carlos Llop“, Abc, 20 de septiembre de 2007.

Diego Galán, ed., La buena memoria de Fernando Fernán-Gómez y Eduardo Haro Tecglen, Madrid, Alfaguara, 1997.

José Luis García Martín, ed., “César González Ruano“, en Poetas del Novecientos: entre el Modernismo y la Vanguardia: (Antología). Vol. II: De Guillermo de Torre a Ramón Gaya, Madrid, Fundación Santander Central Hispano, 2001

César González-Ruano, Memorias; mi medio siglo se confiesa a medias, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca de la Memoria 3), 2004.

Eduardo Haro Tecglen, Así éramos en los años cuarenta”, El País Semanal, 5/6/1994.

Paul Istel, “Visite chez Daragnès”, Plaisir de Bibliophile. Gazette trimestrelle des amateurs des livres modernes, Au Sans Pareil, 1929. Citado por Jean-Claude Lamy en MacOrlan: L´aventurier immobile, París, Albin Michel, 2002, p. 94.

Carlton Lake, Confessions of a Literary Archaeologist, Nueva York, New Directions, 1990.

José Carlos Llop , París: suite 1940, Barcelona, RBA, 2007.

Baptiste Marrey, compilador, Jean-Gabriel Daragnès, Éditions Linteau-Les amis du Vieux Villeneuve, 2001. Incluye textos de Pierre MacOrlan, Francis Carco, Colette, Roland Dorgelès, Jean Giraudoux, Adrienne Monnier y del mismo Daragnès, entre otros, y se acompaña de una bibliografía preparada por Peter Frank.

Eduardo Pons Prades,  Los senderos de la libertad (Europa 1940-1944), Flor del Viento (del Viento Terral 32), 2002.

Rosa Sala Rose y Plàcis Garcia-Planas, El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, Barcelona, Anagrama (Crónicas 102), 2014.

Germán Vasid Valiñas, La edición de bibliófilo en España, 1940-1965, Madrid, Ollero & Ramos, 2008.

Germán Plaza y la Pulga

Germán Plaza

Germán Plaza Pedraz

A Silvia Sesé

 

El milagro está hecho: en el metro (hasta ahora gabinete de lectura de esas infranovelas fundamentadas en las hazañas del gángster, de la niña ñoña y del héroe estúpido), en el metro decimos, se lee ahora a don Tirso de Molina y a don Leónidas Andreiev y a cualquiera de sus esclarecidos colegas […] Conmovidos, agredidos y turulatos, manifestamos a los inventores de la Enciclopedia Pulga nuestro asombro y nuestro reconocimiento. ¡Enhorabuena!

Mario Lacruz

Así se saludaba en la revista humorística La Codorniz la que quizá sea una de las colecciones más entrañables de los años cincuenta, y que en cierto modo era una respuesta del editor Germán Plaza (1903-1977) a las carencias de papel que se dieron en España en la posguerra española. Acerca de esos “inventores” de los minúsculos volúmenes de tamaño muy similar al de un paquete de cigarrillos (10,5 x 7,5) que albergaron todo tipo de obras importantes, explicó a Rai Ferrer el que fuera su editor, Mario Lacruz (1929-2000):

Hacía algunos años que don Germán había comprado una rotativa Man de seis cuerpos [las célebres Manroland] parecida a una máquina de tren. Un buen día, con la rotativa parada por la caída de los tebeos, tomó uina hoja d papel que imprimía la máquina y comenzó a doblarla una y otra vez. El resultado fue un minúsculo cuadernillo de 64 páginas que lanzó sobre mi mesa diciendo: ¿Qué podemos hacer con esto? A los pocos meses, la Enciclopedia Pulga se convertía en un gran éxito editorial.

Algo tuvo que ver en ello la decidida apuesta por la agresiva y amplia publicidad, en consonancia con unas tiradas amplísimas, que llegaban en algunos casos de obras clásicas (La perfecta casada y obras de Tirso, Cervantes, Dostoievski o Oscar Wilde) a más de cien mil ejemplares. Así lo contó el propio Germán Plaza en una interesantísima conferencia en 1955:

Si bien era condición importante el contar con imprenta propia, no lo era suficiente. Precisábamos tener confianza en la reacción del público y efectuar tiradas lo suficientemente numerosas para que mereciera la pena imprimirlas en rotativa, procedimiento gráfico que, en ediciones de este carácter, permite una apreciable reducción del coste.

Era necesario también mecanizar al máximo el proceso de encuadernación, operación que por lo general invierte una considerable mano de obra. Y la importación de una maquinaria adecuada nos permitió lograrlo. Y además, una tradición editorial desarrollada sobre todo con una colección de tanta popularidad como en su tiempo lo fue El Coyote, nos permitió crear una organización distribuidora en España que nos facultaba para hacer llegar a todos los rincones del país las nuevas colecciones.

La Pulga tenía sin embargo  un muy noble antecedente en Grano de Arena, la colección creada e impulsada entre 1941 y 1942 por José Janés (1913-1959) de un modo mucho más artesanal (era una época incluso más dura, en la que todo estaba por hacer y ni hablar de importar maquinaria). Los pequeños volúmenes de 9 x 6 de Janés albergaron breves textos (pero completos) como Pollock, de H.G. Wells, Satyro, de Goethe, Intermezzo, de Heine, Inocencia reconocida, de Boccaccio, Heroídas, de Flaubert, Una tragedia, de Balzac, Una novela en nueve cartas, de Dostoievski, La modistilla, de Eugenio Heltai, Margarita de Escocia, de Mateo Bandello, Ética del contrabajo (Premio Viareggio 1939), de Orio Vergani, Elogio del gastrónomo, de Anthelme Brillat-Savarin, y obras igualmente breves de Edgar Allan Poe, E.T.A. Hoffmann, Joseph Conrad, R.L. Stevenson, Mark Twain, Edmundo de Amicis, Walt Withman, Oscar Wilde, D.H. Lawrence, Knut Hamsun, Luigi Pirandello o James Joyce.

Interior de Sor Beatriz, de Charles Nodier, en Grano de Arena (1942)

Los criterios de la Enciclopedia Pulga en cuanto a la selección de temas, autores y títulos también los expuso pormenorizadamente su creador:

No vamos a darle a este público, hasta hoy yermo de buena semilla, una literatura sofisticada o de proporciones grandiosas. Sería lo mismo que ofrecer un banquete pantagruélico a quien ha sufrido un ayuno prolongado. En vez de ello, hay que proporcionarle lo que, dentro de un tono de cierta elevación y ambición cultural, guarde proporción con la limitada preparación de que hasta el momento ha adolecido. Éste es otro de los secretos a voces de la Enciclopedia Pulga. No asusta al lector con volúmenes de gran extensión o de contenido abstracto, sino que le ofrece temas sencillos, de interés permanente, expuestos en un lenguaje llano e inteligible.

La selección de títulos llevada a cabo por Mario Lacruz para La Pulga presenta más de un punto de coincidencia con la de Janés en cuanto a algunos autores (Goethe, Wilde, Stevenson, Twain…), si bien una diferencia importante la constituye la presencia de autores españoles. Si en el proyecto de Janés sólo aparecen Eduardo Aunós (con París en el siglo) y Eugenio d´Ors (Historia de enfermos y de viejos), en la de Lacruz se dio cancha a varios escritores destinados a ocupar un lugar importante en la historia de la literatura española, como es el caso de Dolores Medio, César González Ruano, Miguel Delibes, Camilo José Cela o el propio Mario Lacruz, de quien en 1955 se publicó un volumen titulado Un verano memorable que incluía Ana y los niños, La comunidad, La mujer forastera y solitaria, Los brazos y el relato que le daba título (y del que el año 2000 Debate publicó una edición no venal numerada de 500 ejemplares). Por otra parte, y según explica Plaza en la misma conferencia ya citada, lo que más se vendía, y en este orden, eran los encargos hechos por el editor a autores no muy conocidos de obras referidas a temas importantes (Sevilla, Los Estados Unidos al sprint, ¿Jesucristo es Dios?, La religión, ¿para qué?…), autores clásicos como los ya mencionados, los temas de divulgación científica o de humanidades (La energía atómica, Beethoven, Islandia, entre fuego y hielo…) y por último “relatos y narraciones de autores contemporáneos y de “campanillas””. Es notable también la presencia en Pulga de versiones de obras llevadas con éxito a la gran pantalla (Mogambo, de Wilson Collinson, El prisionero de Zenda, de Anthony Hope o Ben-Hur, de Lewis Wallace, obviamente en una versión abreviada a 223 páginas).

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Si se ha recordado hasta la saciedad el eslógan de que se sirvió esta colección (“El saber no ocupa lugar”), menos leída ha sido la publicidad que aparecía al final de cada uno de ellos, obviamente destinada a evitar que libros tan baratos como estos fueran objeto de préstamo:

La muerte acecha…

Piense por un momento en los males que puede acarrearle la lectura de novelas que hayan pasado por varias manos.

No olvide que el papel es uno de los vehículos portador de las más terribles enfermedades.

¡Huya de ellos como del mismo demonio!

Ahora ya no necesita usted pedir novelas prestadas porque en la Enciclopedia Pulga encontrará lo que necesita y a un precio sumamente económico. Cada volumen de 64 páginas, con un promedio de 60.000 espacios y cubierta en cartulina, 1’50 Ptas.

Desde luego, se trata de una colección que dice muchas cosas acerca de cómo eran los años cincuenta en España, pero lo que quizá pueda parecer extraño es que los publicistas de dispositivos de lectura digital no hayan empleado todavía ese sagaz argumento…

Fuentes:

El Abuelito, “Pulgas fantásticas” y “Pulgas gigantes”, en El Desván del Abuelito, 11 de febrero de 2009 y 15 de marzo de 2011, respectivamente.

Francisco Lacruz, “Mario, mi hermano”, reproducido en el apéndice a Mario Lacruz, Trilogía de la culpa (El inocente. La tarde.El ayudante del verdugo), Madrid, Funambulista, 2009.  (Colección LiteraDura), pp.609-616.

Laura López Sánchez, “La culpa en la novela de Mario Lacruz”, reproducido en el apéndice a Mario Lacruz, Trilogía de la culpa (El inocente. La tarde.El ayudante del verdugo), Madrid, Funambulista, 2009.  (Colección LiteraDura), pp. 595-608.

Ll. M., “Germán Plaza, el introductor del libro de bolsillo”, La Vanguardia, 17 de marzo de 1984, p. 27.

Xavier Moret,”Plaza y Janés”, en Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), pp. 168-174.

Germán Plaza, “Los problemas del libro popular en España”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa comprendida entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona, 1956.

Pop Ediciones, “Por un puñado de pulgas”, Cultura impopular, 23 de abril de 2012.