Tuits en tapa dura y bellamente decorados

A Agustín Paz, todo facilidades.

El 13 de septiembre de 1941 se anunciaba en las páginas de la revista barcelonesa Destino:

Va a publicarse en Barcelona una nueva colección literaria bautizada con el nombre de Las Quintaesencias. Es intención de los editores recoger en ella lo más selecto del pensamiento universal. Síntoma de su buena orientación lo constituye el hecho de que el primer volumen de esta serie esté dedicado a G.K. Chesterton, el gran polemista católico fallecido hace poco tiempo.

La iniciativa, puesta en marcha por José Janés en sus Ediciones de La Gacela, nacía con una encomiable ambición que se reiteraba en el texto de solapas en que se describía el proyecto:

El pensamiento de los más grandes escritores de todos los tiempos, precedido de un extenso ensayo sobre su vida y su obra. La edición totalmente impresa a dos tintas y bellamente encuadernada en tela, va ilustrada por un retrato y más de cien grabados originales y exclusivos para cada volumen. Una biblioteca única por su ambición y por su presencia.

Las Quintaesencias de Tagore, preparadas por Pedro López Ferret (a quien ese mismo año publicaba Janés su traducción de las Memorias del Rey Sol en La Gacela), fueron el último título aparecido de un proyecto asombrosamente ambicioso para los tiempos que corrían.

Los ciertamente extensos ensayos introductorios son en muchos casos valiosos por sí mismos y los firman a menudo escritores y críticos solventes y bien informados (Lluis Palazón, José M. Camps, Pedro López Ferret, Maurici Serrahima), del mismo modo que las ilustraciones son obra de artistas igualmente apreciables, de Joan Narro a Joan Commeleran y de Enric Cluselles a Pedro Pruna.

ScubShawQuizás el primer atisbo de esta excelente colección de libritos de 17,5 x 11 cm encuadernados en tapa dura, con sobrecubierta y profusamente decorados pueda localizarse en las declaraciones que en 1935 hacía Janés a Josep Palau i Fabre en una entrevista aparecida en el periódico La Humanitat el 21 de noviembre: “También queremos hacer unas antologías de autores. Es decir, una selección de los mejores fragmentos en prosa de cada autor”. Un proyecto que no pudo llevar a cabo, pero del que durante la guerra civil parece deudora su Presència de Catalunya. [Per al soldat català de l´Exèrcit de la Repúbica], publicada en los Serveis de Cultura al Front en 1938 y que recogía pasajes de destacados autores catalanes de las más diversas épocas y estilos.

Sin embargo, un antecedente más cercano es la serie de Pensamientos que en 1940 Janés había programado en la colección Euro con Pensamientos sobre el amor (firmados por un José Aguirre que no es sino un seudónimo que Janés había empleado también como traductor) y Pensamientos sobre la mujer (a cargo de S. Pascual Catán), que finalmente aparecieron también en Ediciones de La Gacela.

Primera página del prólogo de José M. Camps a Las Quintaesencias de Shaw, ilustrado por Joan Commeleran.

Primera página del prólogo de José M. Camps a Las Quintaesencias de Shaw, ilustrado por Joan Commeleran.

En el mismo momento en que arranca la colección Las Quintaesencias, aparece una referencia en el epistolario de Eugenio d´Ors a Oliver Brachfeld en el que se menciona el ensayo que el traductor húngaro está preparando para esta colección acerca del autor de las glosas (carta de Ors a Brachfeld del 3 de octubre de 1941), que sin embargo, como tantos otros títulos, no llegó a publicarse.

Las memorias de Maurici Serrahima ponen en la pista de otro volumen que no llegó a publicarse, el dedicado a Marcel Proust, cuyo estudio introductorio prevé que la censura no aceptará, y efectivamente así fue:

Hoy, lunes de Pascua, he acabado el prólogo para la selección de pensamientos de Proust que he hecho por encargo de Janés, destinada a la colección Las Quintaesencias y análoga a la que hice el año pasado sobre los de Chesterton. También la he firmado con el seudónimo Ramon Setantí por ahora y mientras el catalán no sea permitido. Janés me dijo que temía que la censura no dejara pasar el libro –Proust no es persona grata– y en el prólogo he tenido que esforzarme para ser a la vez justo e insinuar la existencia de los aspectos referentes a las anomalías sexuales a cualquier lector incauto. El prólogo diría que es más denso que el del Chesterton, que hice un poco deprisa y corriendo. [anotación del 6 de abril de 1942, la traducción es mía]

Aun así, otra de las más famosas colecciones españolas dedicadas al género aforístico (Aforismos, de Edhasa) la encabezó con el número 1 precisamente Proust (Máximas y pensamientos, extraídos de su obra En busca del tiempo perdido, compilados por Carles Besa y traducidos y prologados por Lluís Mª Todó).

Se publicaron en total en Las Quintaesencias seis títulos, tres en 1941 y otros tres en 1942, pero aparte de los ya mencionados de Ors y Proust, quedaron pendientes y anunciados como en preparación los dedicados a D´Annunzio, Nietzsche, Leopardi, Unamuno, Ortega y Gasset y Oscar Wilde, sin que sepamos, con la información de que disponemos por ahora, quiénes se estaban ocupando de ellos si efectivamente se había empezado a trabajar en estas compilaciones. Es posible que en los casos de Unamuno y Ortega los proyectos se frustraran por oposición de los derechohabientes, pues en respuesta a la “Carta abierta a José Janés” que Rafael Borràs Betriu publicó en 1954 en Estilo (núm. 5), Janés le explicó que sus intentos por publicar alguna obra de Baroja, Unamuno, Valle Inclán y Vicente Blasco Ibáñez habían chocado con la oposición de las editoriales propietarias de los derechos.

Muestras del trabajo de Commeleran en el volumen de Las Quinataesencias dedicadas a Shaw,.

Muestras del trabajo de Commeleran en el volumen de Las Quinataesencias dedicadas a Shaw.

En consonancia con la exquisitez de la propuesta (publicar lo más selecto de los autores más importantes), el diseño del libro parece cuidado en todos los detalles: encuadernación en tapa dura (en la que el logo aparece estampado en seco en el frontal y el lomo decorado a color), sobrecubierta ilustrada y con amplias solapas, una maqueta con amplísimos márgenes con ilustraciones en las capitulares, con cabeceras y folios a color, profusión de ilustraciones decorativas (en el caso de Shaw, unas 200 en sólo 150 páginas), una atinada y agradable disposición del texto…, pequeñas obritas de arte llenas de encanto.

Quizás algunas de las frases más célebres de Chesterton, Mauriac o Shaw bien se puedan hoy tuitear (véase en particular @ChestertonQuote o, en el caso de las del propio Janés,  #JanésEditor), y sin duda algunas de ellas resultan muy ingeniosas y atinadas, pero es evidente que el texto por sí solo no constituye el contenido, ni el mensaje, ni la esencia de esta breve colección janesiana publicada en los tiempos más sombríos del franquismo. Y aun así, quizás haya quien se podría plantear hacer una edición electrónica de estos libros…

Títulos publicados en Las Quintaesencias:

[Gilbert K.] Chesterton, estudio y selección de Ramón Setantí [Maurici Serrahima], viñetas de Enrique Clusellas, 1941.

Paul Valery, estudio y selección de L. I. Beltrán[Lluis Palazón i Bertran], viñetas de J. Narro, 1941.

Rainer Maria Rilke, estudio, selección y traducción de Jaime Bofill y Ferro, viñetas de Pedro Pruna, 1941.

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Retrato y portadilla de Las Quintaesen-cias de André Mau-rois.

André Maurois, estudio y selección de L. I. Beltrán [Lluis Palazón i Bertran], viñetas de Planas Bach, 1942.

George Bernard Shaw, estudio y selección de José M. Camps, viñetas de Juan Commeleran, 1942.

Rabindranath Tagore, estudio y selección de Pedro López Ferret, viñetas de N. Miralles, 1942.

Fuentes:

Rafael Borrás Betriu, La batalla d Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

Maurici Serrahima, Memòries de la guerra i de l´exili. 1936-1940, vol. II (1938-1940), Barcelona, Edicions 62 (Biografies i Memòries 4), 1981.

Maurici Serrahima, Del passat quan era present I (1940-1947), Barcelona, Edicions 62, 1972. Tomo la cita del libro de Montserrat Bacardí, La traducció catalana sota el franquisme, Lleida, Punctum-TRILCAT-GETCC (Quaderns 5), p. 107.

Fons Férenc Oliver Brachfeld del Arxiu Nacional de Catalunya.

Josep Palau i Fabre, El monstre, Obra Literària Completas II, Assaigs, articles i memòries, Barcelona, Cercle de Lectors-Galaxia Gutenberg, 2005.

Buero Vallejo y Camps, coincidencias y un encuentro tardío

José M. Camps (1916-1975)

José M. Camps (1915-1975)

Josep Maria Camps (1915-1975) y Antonio Buero Vallejo (1916-2000) son dos dramaturgos con algunas coincidencias biográficas y editoriales, que sin embargo tardaron muchos años en cruzarse. Además de ser represaliados ambos al término de la guerra civil, a los dos les publicó su primera obra en la postguerra el editor José Janés: la novela Yo, pronombre (1944) a Camps en la colección Gacela, e Historia de una escalera (1950) a Buero en El Manantial que no Cesa, obra esta última de cuyo éxito fue testigo Camps antes de iniciar un periplo que le llevaría a residir, publicar y estrenar sus obras en México (Dos Farsas, Tres obras dramáticas, Cacería de un hombre, Víznar o Muerte de un poeta) y Rostock (Víznar, De un mundo muy distinto, El brillo de la podredumbre, Cacería de un hombre…). Ambos se casaron además el mismo año, 1959.

La comuna de la celda 142 del penal de El Dueso en abril de 1942. De izquierda a derecha: Antonio Buero, Matías Pérez Batanero, Luis Guerra, Isidoro Martínez Pérez

 

Si Buero se estrenó en el teatro tras unos inicios como artista plástico (dibujo y pintura), Camps, tras haber publicado dos novelas (Yo, pronombre y El corrector de pruebas) y dedicarse a las tareas editoriales en los años cuarenta con José Luis Ros y José Janés, inició en la década siguiente una trayectoria marcada por unos éxitos paradójicamente frustrantes. Habitual del Ateneu Barcelonès, entre sus amistades se contaba el que sería primer ganador del Premio Planeta, Juan José Mira (Juan José Moreno), con quien al parecer llegó a estrenar una obra policíaca escrita en catalán a cuatro manos titulada El Full esquinçat (hoy perdida).

“Esperando el rancho en El Dueso”, dibujo de Buero Vallejo.

En 1950 presentó dos obras al Premio Ciudad de Barcelona, Kampong y La etapa imprevista, pero el jurado, formado por Josep Maria de Sagarra, Eugenio Carballo, Joaquín Montaner, Luis Marsillach, Enric Borràs y Humberto Pérez de la Ossa, decidió premiar, en séptima votación, La Cortesana, de Claudio de la Torre. En enero de 1951, en Solidaridad Nacional aparecía ya un anónimo artículo en el que se ponía de manifiesto las divergencias en el seno del jurado:

Se lamentó el jurado de que algunos autores hubieran presentado más de una obra y consideró que ello les perjudicó en la votación. Los señores Sagarra y Montaner mostraron su disconformidad de que [sic] en la primera votación no obtuvieran sufragios algunas de las obras que optaban al premio y que ellos creían con mayores méritos que los conseguidos.

Tres eran los autores que situaron más de una obra en la primera votación: Juan Germán Schroeder (con La ciudad sumergida y Estrictamente familiar), Pablo Puche (Laseríngnias y Cristo libertador) y Camps, que obtuvo tres votos para La etapa imprevista y uno para Kampong. Ese mimso año 1951 el nombre de José M. Camps aparece entre los intérpretes del estreno de Quasi un paradís. Allò que a Tossa s´esdevingué, de Joan Oliver y Joan Guarro, en la Sala Rovira de Tossa el 18 de agosto.

Más conocidos son los años iniciales del Buero dramaturgo, a quien la obtención del Premio Lope de Vega en 1948 (con Historia de una escalera), su estreno en el Español (14 de octubre de 1949) y la posterior edición de la obra, así como la adaptación al cine (Ignacio F. Iquino, 1950) confirmaron como uno de los autores más exitosos de su tiempo.

Buero recibiendo los aplausos tras el estreno de Historia de una escalera .

El encuentro entre Buero y Camps no se produjo hasta finales de la década de los sesenta, mientras el escritor catalán se encontraba trabajando en el Volkstheater de Rostock, donde se convirtió en uno de los más importantes introductores del teatro español en Europa del Este (etapa de la trayectoria de Camps a la que Mario Martín Gijón ha dedicado interesantísimos artículos: véase Fuentes).

Buero ha descrito al Camps de ese primer encuentro, en la rotonda del madrileño Hotel Palace: “cabeza noble, ya casi blanca; palabra suave, atenta mirada, sonrisa permanente. Un leve acento catalán sigue confirmando su origen barcelonés”. La entrevista respondía a la voluntad de Camps de montar Historia de una escalera en Rostock, proyecto que se trocó por el de El sueño de la razón, obra de la que el Teatro de Arte de Moscí estaba preparando también el estreno (se produciría en diciembre de 1973).

Espectacular imagen del estreno de El sueño de la razón por el Teatro de Arte de Moscú (25 de diciembre de 1973), en dirección de Oleg Efremov.

Explica Buero en el mismo texto antes citado:

Cuando volé hasta Berlín para asistir al estreno alemán en Rostock de mi obra El sueño de la razón, José María me estaba esperando en el aeropuerto. El Generalintendant y el director del Volstheater, el cordial y competentísimo Hanns Anselm Perten, había contratado sus servicios como ayudante de dirección. Camps aclaró y corrigió con exquisito cuidado las dudas y lunares que siempre comporta un texto traducido. Y, con aquella desprendida camaradería ante el colega que me había demostrado desde nuestra primera cita, se alegró conmigo del éxito como si fuera suyo.

Según lo juzga José Rodríguez Richard, Camps “contribuyó decisivamente a promover el conocimiento de Buero en Alemania”. Buero, por su parte, alentó y guió a Camps cuando éste, después de ganar en 1973 el Premio Lope de Vega con El edicto de gracia, vio como se retrasaba una y otra vez el preceptivo estreno, compartieron charlas de camerino durante el éxito de La Fundación en el teatro Victoria y finalmente en el del estreno de la obra de Camps premiada con el galardón más importante de la época.

Veinticuatro años después de que yo ganase el mismo premio con el que fue distinguido –prosigue más adelante Buero–, Camps emprendía, con el cabello ya plateado, el regreso cultural a la Península y recibía de ella sus primeras compensaciones, con la esperanza puesta acaso en su creciente afirmación literaria, pero asimismo en el porvenir liberador de nuestros sueños más lúcidos. En este tiempo nuestro, imborrable y terrible, José María dejó no obstante bien patentes su estatura y su tesón.

Primera edición de un texto de Camps en España desde 1946: El Edicto de Gracia, en la revista Primer Acto.

Primera edición de un texto de Camps en España desde 1946: El Edicto de Gracia, en la revista Primer Acto.

Fallecido Camps el 21 de noviembre de 1975, su obra menos desconocida sigue siendo sin duda El Edicto de Gracia, que, después de aparecer en la revista Primer Acto, vio la luz en forma de volumen en la colección que dirigieron en Linosa Víctor Pozanco y José Santamarina (Ámbito), y posteriormente, sin informar siquiera a la familia del dramaturgo, se publicó en 2006 en la editorial Fundamentos (en Historia y antología de teatro español de postguerra, a cargo de Gregorio Torres Nebrera) y 2008 (como número 12 de la Serie Premios Lope de Vega de la Asociación de Directores de Escena de España, a cargo de Alberto Fernández Torres, donde también se publicó en 2005 Historia de una escalera). Hasta el 27 de abril de 1998 no se estrenó en España su obra sobre el asesinato de Federico García Lorca, Víznar, que Mariano de Paco y César Oliva tuvieron el acierto de hacer coincidir con la publicación en volumen en su espléndida colección Antología Teatral Española del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia (es el número 36), en la que en 1979 habían publicado a Buero Vallejo El terror inmóvil.

Primera edición española de Víznar (1999)

Leyendo obras como Historia de una escalera, El Gran Tianguis, Un soñador para un pueblo, Víznar o Muerte de un poeta, El sueño de la razón y El Edicto de Gracia se hace casi inevitable preguntarse qué habría sucedido –y qué efectos hubiera tenido en la historia teatral española–  si Camps no hubiera muerto prematuramente y su obra hubiera tenido tiempo de asentarse en España en forma de ediciones y estrenos. Como dirían en México, “está pensativo”.

Fuentes:

Para ver un breve fragmento del estreno de Víznar en España, aquí.

Mariano de Paco y César Oliva hablando de sus colecciones sobre teatro ATE (donde han publicado a Buero y a Camps) y Editum, aquí.

Antonio Buero Vallejo, “Recuerdo de José María Camps”, en José María Camps, El Edicto de Gracia, Barcelona, Linosa (Ámbito Teatro 1), 1976. pp. 9-23. Recogido en Obras Completas, vol. II, ed. de Luis Iglesias Feijóo y Mariano de Paco, Madrid, Espasa Calpe, 1994, pp. 1020-1032.

Fernando Lara, “Entrevista con el autor de El Edicto de GraciaTiempo de Historia (Barcelona) núm. 1 (diciembre de 1974), pp. 107-111.

Mario Martín Gijón, “El estreno alemán de Víznar o Muerte de un  poeta”, ADE Teatro. Revista de la Asociación de Directores de Escena de España, núm. 138 (diciembre de 2011), pp. 165-169.

Mario Martín Gijón, “El asesinato de John F. Kennedy visto por un exiliado republicano español. Sobre el estreno de El brillo de la podredumbre, de José María Camps”, Estreno. Cuadernos de Teatro Español Contemporáneo, núm. 2 (2012), pp. 87-100.

Mario Martín Gijón, “José María Camps, un dramaturgo español en la RDA”, Clarín. Revista de nueva literatura, núm. 101 (2012), pp. 45-54.

José Monleón, “Entrevista en dos tiempos con José María Camps”, Primer Acto, núm. 175 (diciembre de 1974), pp. 6-10.

José Rodríguez Richard, “Recepción del teatro de Antonio Buero Vallejo en Alemania”, en Mariano de Paco y F.J. Díez de Revenga, Antonio Buero Vallejo, dramaturgo universal, Murcia, Cajamurcia, 2001, pp. 187-224.

El corrector de pruebas y el plagio

El plagio es la base de todas las literaturas, excepto de la primera, que, por otra parte, nadie conoce.

Jean Giradoux

José M. Camps (1915-1975)

José M. Camps (1915-1975)

Si no abundan las novelas sobre el mundo editorial español –por otra parte, tan novelesco–, menos todavía las protagonizadas por un corrector de pruebas, que parece una profesión en apariencia gris y monótona (idea muy falsa, como sabe bien quien la haya ejercido). Sin embargo, uno de esos escasos ejemplos es la segunda novela que publicó el escritor catalán José M. Camps Regàs (1915-1975) tras la aparición gracias a José Janés de Yo, pronombre (Ediciones de la Gacela, 1942).

El de Camps es uno de esos casos paradigmáticos de carrera literaria emergente truncada por la guerra civil, tras la que pasó una temporada en la prisión Modelo y luego colaboró con algunas de las editoriales de José Janés. Camps pertenece a la pléyade de estudiantes de la escuela de Comercio de los jesuitas en la calle Caspe nacidos alrededor de 1913 (Josep Janés, Joan Vinyoli, Martí de Riquer, Ignasi Agustí, Josep M. Boix Selva, etc.), y como casi todos ellos se estrenó en el mundo de las letras en la revista de la Congregación Mariana Juventus, en el caso de Camps con textos tanto en catalán como en español, acerca de temas artísticos y teatrales. Posteriormente cursaría estudios de Derecho en la Universidad de Barcelona, donde coincidió entre otros con Víctor Alba, aún antes de la guerra. Condenado inicialmente a pena de muerte, Camps salió de la prisión Modelo de Barcelonan en 1942, y Victor Alba le ha recordado cuando empezaron a encontrarse de nuevo, al salir él también de prisión: “Por lo que me contaron l´Enric [Panadés] y algunos amigos que me encontré en el Ateneo (donde me readmitieron enseguida), [Josep] Sagimón, [Julià] Clapera, [Josep] Pedreira, [José M.] Camps Regàs reaparecido, la readaptación a los nuevos signos fue tan rápida como el 19 de julio”.

Cubierta de El corrector de pruebas (1946)

Cubierta de El corrector de pruebas (1946)

Se inició entonces Camps en el mundo editorial, experiencia de la que se nutre El corrector de pruebas que, en alguna medida, tiene un componente autobiográfico. El protagonista, Jerónimo Crous (nacido en 1892), coincide con Camps, además de en las iniciales de nombre y apellido, en el poliglotismo, en haber residido en París, en vivir una juventud de bohemia literaria, en el hecho de trabajar como corrector de pruebas, sobre todo de narrativa nórdica (tan de moda en España en los años cuarenta), en hacer paralelamente sus pinitos como escritor, en haberse formado con los jesuitas y haber estudiado derecho antes de dedicarse a diversas tareas editoriales y en no haber abandonado nunca un punto de bohemia en su modo de afrontar la vida.

La obra de Musset, traducida y prologada por Camps, encuadernada en tapa dura.

La obra de Musset, traducida y prologada por Camps, encuadernada en tapa dura.

A la novela de Camps la habían precedido en la editorial Astarté El misterio de Edwin Drood (Dickens), Islas del Sur (de Stevenson, prologado y traducido por Agustí Esclasans), El León de Oro (de Trollope, en traducción de Carmen Godoy y prologado por Camps), Rita Suárez (de J.J. Mira), Tapi, un Edén Caníbal (Melville), La Bursa. Estudiantinas (Pomialovsky, prologado y traducido por Marcoff), La confesión de un hijo del siglo (Musset, en traducción y prologada por Camps) y Ernest Claes (Herman Coene), además de ediciones de lujo de las Leyendas de Bécquer, ilustradas por Lloveras, y una recopilación de Narraciones y cuentos de Wilde traducida por Antonio Ribera Jordá e ilustrada por Evaristo Mora. Se observará fácilmente el predominio de la narrativa británica clásica en esta selección de títulos, y el de Camps se añadía al de otro joven autor español y corrector de estilo, el militante comunista en la clandestinidad Juan José Moreno Sánchez, quien –tras emplearlo en varias novelas de consumo rápido–, estampó el seudónimo J.J. Mira en la historia de las letras españolas al convertirse en 1952 en el primer ganador del Premio Planeta con Mañana es ayer.

Portada de El corrector de pruebas, en el que es más visible el logo de Astarté.

Portada de El corrector de pruebas, en el que es más visible el logo de Astarté.

Se trata, pues, de un catálogo que no carece de interés, pero, vistos hoy, los libros en su edición en rústica con solapas (sobre todo por el papel, el diseño de caja y la tipografía) resultan rematadamente feos. Aun así, en una apostilla al displicente y desganado comentario que dedicó Fernando Diaz-Plaja a El corrector de pruebas, escribía: “La edición, de Astarté, clara y legible”, en lo que supongo que debe interpretarse un elogio. De algunos de los títulos de Astarté se hicieron también ediciones en tapa dura, como es el caso de Islas del Sur, y en la serie de lujo aparecería aún en 1946 una traducción de José Zambrano del Viaje en torno de mi cuarto, de Xavier de Maistre, ilustrado por Pedro Prat (del que se hizo una tirada de mil ejemplares en papel de la Gelidense), así como un Balok, el hombre que cazó al ruido, de Rafael J. Salvia (1915-1976), que posteriormente se haría muy popular como guionista de películas como Sor Citröen (1967), Los chicos del preu (1967) o Don Erre que erre (1970). Astarté fue, pues, una iniciativa, quizá por las mismas penurias impuestas por la época, formalmente muy modesta, pero literariamente interesante ni que sea por el hecho de haber publicado –en un contexto un poco extraño de escritores decimonónicos bastante consagrados– a algunos prometedores e interesantes novelistas españoles.

Interior de El corrector de pruebas

Interior de El corrector de pruebas

Pese al texto de la faja que ceñía los ejemplares (“En tres días y en la ciudad de Barcelona, transcurre esta novela de uno de nuestros escritores más originales”), el inicio del texto de solapa, tras la biografía del autor, no resulta precisamente alentador: “El corrector de pruebas es la historia de un pobre hombre, insignificante no por su carencia de cualidades objetivas, sino por una timidez invencible y correcta de la que nunca puede librarse”. La novela narra la historia de Jerónimo Crous, que se debate de forma simultánea en varios frentes: la imposible recuperación del vínculo afectivo con un hijo al que perdió de vista durante varios años que pasó en Francia, una incipiente relación sentimental con una bibliotecaria (Pilar) y la pugna por publicar su obra literaria, y todo ello inmerso en un paisaje humano en el que, pese a la consabida advertencia inicial –“todos los personajes de esta novela son imaginarios. Cualquier parecido con seres reales es puramente involuntario y casual”–, parecen asomar aquí y allá trasuntos de personajes reales que sin embargo no es nada fácil identificar inequívocamente, pero que invitan a un ejercicio de suposiciones que da mucho juego.

Chrales Morgan era uno de los autores más leídos en España en los años cuarenta.

Chrales Morgan era uno de los autores más leídos en España en los años cuarenta.

Por ejemplo, Jerónimo visita a menudo a un editor con sede en la calle Bruc; su hijo, el periodista Juan Crous, frecuenta por las tardes el Salón Rosa (en lo que hoy es el bulevard Rosa) y ha publicado una novela (Allá donde no estuve). Parece identificable un tal editor Rosich, que vive en el barrio de la Bonanova, edita a Charles Morgan y es conocido por su capacidad para hacerse amigos, además de caracterizarle sus rizos y su sonora risa (¿no coincide esta descripción bastante con la imagen de José Janés, editor, por si fuera poco, de la primera novela de Camps?). O un periodista que es además traductor de Trollope y que se apellida Del Arce (¿Manuel del Arco, quizá?). Menos fácil resulta identificar al periodista Julio Soler, o a los miembros de una tertulia en el Ateneu  apellidados Sala (¿Xavier de Salas? ¿Grau Sala?), Viñas, Viñals o Ángel Rubio. En realidad, uno no sabe muy bien qué pensar acerca de la alteración de los nombres propios, porque de repente se topa uno con el palco en el Palau de la Música de los Caralt. La reseña ya aludida de Fernando Díaz-Plaja, el único comentario en prensa que he localizado sobre la novela de Camps, abunda en esta condición de roman à clef sobre el mundillo editorial barcelonés de la época:

el autor se ha desenvuelto con soltura describiendo con gracia literaria algunos seres calcados de la vida diaria del Ateneo Barcelonés, con tal fijeza que más que creaciones resultan espejos. El autor se ha retratado también entre los personajes de su retablo, con harta benevolencia negada a otros. Al argumento forzosamente intelectualizado con estas premisas le falta humanidad para novela. Los protagonistas actúan de cara a un problema, el de un plagio literario, que en una reunión de escritores puede dar lugar a mil disputas, pero que al lector medio español le deja totalmente frío.

¿De veras le deja frío al lector medio español el tema de los plagios literarios? ¿Y no resultaría muy jugosa esta novela si alguien se ocupara en serio y a fondo de ofrecernos una edición anotada que desvelara quién es quién en ella? Porque uno intuye que esos nombres ocultan a veces a escritores, periodistas y editores muy conocidos de la época.

Primera edición de un texto de Camps en España desde 1946: El Edicto de Gracia, en la revista Primer Acto.

Primera edición de un texto de Camps en España desde 1946: El Edicto de Gracia, en la revista Primer Acto.

En cualquier caso, Astarté fue una aventura editorial bastante ecléctica, azarosa y fugaz; probablemente, el hecho mismo de su desaparición propició que, al no ganar un premio de la importancia del Planeta, José M. Camps quedara bastante olvidado en España, por lo menos hasta que obtuvo un galardón literario mucho más prestigioso que el Planeta, el Lope de Vega. Pero eso sucedía ya en 1973, la obra en cuestión (El edicto de gracia) se estrenó en 1974 y José M. Camps moría en 1975, concretamente un solo día después que el nefando autor de Marruecos, diario de una bandera (1922) y Raza, anecdotario para el guión de una película (1942).

 Fuentes:

Víctor Alba, Sísif i el seu temps. II Costa amunt, Barcelona, Laertes, 1990.

Fernando Díaz-Plaja, “El corrector de pruebas”, Destino, núm. 247 (27 de julio de 1946), p. 13.

Domènec Pastor Petit, “Josep Maria Camps i Regàs: El fiscal li demana la pena de mort”, en Espies catalans, Barcelona, Pòrtic, 1988, pp. 125-136.

“Los surcos”: José Janés apuesta por Ignacio Agustí (y pierde)

Ignacio Agustí (1913-1974)

Ignacio Agustí (1913-1974)

Ignacio Agustí es, quizás, el primer nuevo autor español por el que apuesta el editor José Janés cuando decide poner en marcha en 1942 la colección Gacela de Autores Españoles. Para entonces, ya se había consolidado la colección Gacela, que se presentaba en las solapas de los primeros números como la “Publicación periódica de novelas de los más grandes escritores contemporáneos. Volúmenes impresos a dos tintas, ilustrados profusamente por los mejores artistas y ricamente encuadernados”. Se trata de volúmenes en tapa dura con sobrecubierta a tres tintas, y entre sus estrellas se cuentan autores que, tras permanecer mucho tiempo en el olvido, a principios del siglo XXI han experimentado una cierta recuperación: Knut Hamsun, Alberto Moravia, Hans Carossa…

A la versión destinada a los autores españoles se le dedica el mismo esmero en la presentación y se propone reunir “las obras más interesantes de nuestros escritores nacionales de mayor prestigio”. El primer volumen, con ilustraciones intercaladas en el texto de Josep Maria Prim, es Aldeamediana, seguido de la historia de las esparragueras y de Dos notas

Sobrecubierta de Aldeamediana en la colección Gacela de Autores Españoles

sobre la civilización campesina, del ya por entoncces sobradamente establecido académico Eugenio d´Ors, y cuyo origen está en las “Glosas desangeladas” que se habían publicado diez años antes en el periódico madrileño El Debate (concretamente entre el 7 de agosto y el 5 de noviembre de 1932). No puede decirse en ningún sentido que publicar a D´Ors, y menos tratándose de una obra ya conocida, fuera asumir un gran riesgo, sino más bien un modo de dar lustre a los escritores que le acompañaran y a la colección.

Sin embargo, publicar a Ignacio Agustí, a quien antes de la guerra Janés había incorporado como colaborador del periódico Avui, suponía dar la alternativa como narrador en lengua española a un escritor sólo conocido hasta entonces, y muy relativamente, como autor en catalán de un poemario (El veler, 1932), de algunas obras teatrales de tono muy menor (Idil·li en un parc o el suïcidi de la lluna, La Coronela y Benaventurats els lladres) y de la novela Diagonal, que en el Premi Crexells de 1933 no fue eliminada hasta la cuarta votación (lo ganó Carles Soldevila con Valentina), además haber adquirido cierto relieve como uno de los artífices de la revista Destino.

Ignacio Agustí entra en la literatura española con una obra juzgada en general por la crítica como menor, pero en una presentación casi lujosa. Impresa en los Talleres Gráficos Rex en abril de 1942, su novela Los surcos se publica en un volumen de 18,5 x 12 cm y 190 páginas, más colofón, que acompaña una amplia serie de ilustraciones a tinta del hoy también revalorizado José Miguel Serrano (1912-1982), en su inmensa mayoría al inicio de capítulo o decorando el cierre de los mismos, y en las que alternan los detalles decorativos, los paisajes, los retratos de personajes y las escenas, eligiendo aquellas, muy escasas, con un mínimo de acción. Agustí y Serrano se conocían desde antes de la guerra, cuando los viernes coincidían en la tertulia del marchante y editor de la revista Art (1933-1936) Joan Merli en el barcelonés Café Euzkadi, donde se reunían con algunos de los ilustradores y artistas más prometedores del momento, como el mencionado Prim, Emili Grau Sala, Carme Cortés Lledó o  el escenógrafo y pintor Emili Bosch Roger.

Sobrecubierta de Los Surcos en la colección de José Janés Gacela de Autores Españoles.

Salvo las iniciales de capítulo, las páginas aparecen decoradas con cabeceras en las que, además del folio, se indica el nombre del autor en la página par y el de la obra en la impar. Todos los capítulos se inician en página impar y la primera palabra de todos ellos aparece en versalitas. Pero el cuidado y trabajado diseño no va acompañado de una calidad literaria acorde.

Tanto el ritmo asmático y la prosa relamida como el contenido del primer párrafo de esta novela, si acaso no justifican hoy en día el abandono de la lectura, sí explican los juicios displicentes o someros que se le han dedicado, cuando estos no se han limitado, sin más, a señalar Los surcos como el paso previo en la novelística mayor de Ignacio Agustí:

Vagaba todas las tardes por el cementerio. A la puesta de sol los cipreses se dejaban penetrar como piras por los rayos mordientes. Pedro ya era casi un hombre maduro; mas, salvo las cenizas de sus sienes, su aspecto era el de un hombre joven. Desde la muerte de su mujer el merodeo por el cementerio era, para él, una ocupación. Sentía en la piel, como una brisa, llegar, confidente y lingual, la vida perdida. Todo era entonces mucho más soportable.

Ruralismo trasnochado y de segunda mano, enredos sentimentales, cartas póstumas, romanticismo en el peor sentido, una trama de exacerbado sentimentalismo y “la decimonónica prosa” permiten hacer el chiste fácil de que Los surcos recurren a un camino ya muy trillado. Evoca en el mejor de los casos y en los lectores de manga más ancha la narrativa de autores como Pereda, Alarcón o Pardo Bazán.

Portada de la edición en Nauta de Los Surcos.

Portada de la edición en Nauta de Los Surcos.

Edición de Los surcos con El cubilete del diablo en la celebérrima Colección Austral de Espasa Calpe.

Sin embargo, cuesta olvidar la tosquedad en la descripción física de los personajes, la pobre caracterización psicológica de los mismos o la endeble recreación de ambientes. Aun así, y es de suponer que a rebufo del extraordinario éxito del ciclo narrativo La ceniza fue árbol, en 1969 esta novela de la que incluso el autor apenas hablaba, se reeditó en Nauta, usando como ilustración de cubierta una de las ilustraciones hechas por Serrano para la editorial de Janés. Y cinco años más tarde aparecía en la colección Austral de Espasa-Calpe, en un volumen doble en que la acompañaba El cubilete del diablo.

Cubierta del primer volumen de las obras completas editado por Sergi Doria para la Biblioteca Castro en 2007. Se publicó con los dos primeros volúmenes de La ceniza fue árbol (Mariona Rebull y El viudo Rius).

Cubierta del primer volumen de las obras completas editado por Sergi Doria para la Biblioteca Castro en 2007. Se publicó con los dos primeros volúmenes de La ceniza fue árbol (Mariona Rebull y El viudo Rius).

En una de las solapas de la sobrecubierta de Los surcos se anuncia como tercer número de esta colección la novela de otro autor de cierto relieve, La noche de San Juan, de Sebastián Juan Arbó (1902-1984), que no llegó a publicarse. Arbó, uno de los mejores amigos de Janés, quien le había elogiado y publicado profusamente ya en tiempos de la República, había tenido en catalán un éxito tal que Luis Miracle le había contratado Terres de l´Ebre (Premio Fastenrath 1932) para su traducción al castellano, pero su publicación quedó truncada por la guerra.

Literariamente, quiza tenga mucho mayor interés la novela con que se cierra la Gacela de Autores Españoles, Yo, pronombre, del injustísimanete olvidado José M. Camps, que sin embargo ya no recibe un tratamiento tan generoso en cuanto a ilustraciones. Éstas se limitan a un frontispicio a color, obra de uno de los colaboradores más habituales de Janés ya antes de la guerra, Joan Palet (1911-1996).

Imagen que permite ver la ilustración de Joan Palet (1911-1996) y la portada de Yo, pronombre, de José M. Camps (1916-1975)

No obstante, estos primeros intentos a favor de autores españoles llevados  cabo en la inmediata posguerra por Janés, a quien la prensa cultural del momento criticaba a veces durísimamente por publicar tanta literatura traducida, no llegaron a cuajar. La Mariona Rebull de Agustí apareció apenas dos años después y los 2.500 ejemplares de la primera edición se agotaron en apenas una semana, pero la publicó Destino. José Janés, pese a incorporar a sus catálogos en los años sucesivos a Mercedes Salisachs, a Álvaro de Laiglesia, a González Ledesma, a Ildefonso Manuel Gil o a Antonio Rabinad, tardaría bastante aún en dar con un autor español destinado a obtener un gran éxito: Francisco Candel. Y ni así se le ha reconocido esa labor, quizá porque, sobre todo mediante el Premio Nadal, Destino se había hecho suyo ese terreno.

Fuentes:

Ignacio Agustí, Los Surcos, Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1942. Ilustraciones de J.M. Prim.

-, Ganas de hablar, Barcelona, Planeta (Espejo de España. Biografías y Memorias 3), 1974.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

Helios Rubio, “La fragància inaprehensible de l´efímer“, en la web de Fernando Pinós, Galeria d´Art.