Cela en la escudería José Janés Editor

El 23 de octubre de 2013, se celebró en la Sala Prat de la Riba del Institut d´Estudis Catalans una apretada e intensa jornada dedicada a “Josep Janés i l´edició del seu temps (1913-1959)” que, a tenor sólo de las intervenciones de la mañana, puede decirse ya que fue realmente muy fructífera para el esclarecimiento de algunos detalles muy relevantes acerca d la vida y la obra de Josep Janes i Olivé (1913-1959). Imponderables a todo punto inaplazables me impidieron asistir a la sesión de tarde, en la que como colofón se programó un recital a cargo de Eulàlia Ara, con Manuel García Morante al piano, de poesía de Josep Janés i Olivé musicada por Frederic Mompou y García Morante.

Dos ponencias destacaron particularmente en la sesión matutina, “Janés, editor del joven Camilo José Cela”, de Adolfo Sotelo, y “Carles Riba i Josep Janés (1941-1943)”, de Carles-Jordi Guardiola. Me limito de momento a comentar la primera de ellas, no porque sea menos jugosa la dedicada a la relación entre el exiliado Riba y el regresado Janés, sino sólo para no extenderme más de lo habitual y razonable.

Camilo José Cela, perfiles de un escritor (2008)

Adolfo Sotelo, inmerso en la investigación que ha de culminar con la publicación de una biografía de Cela, expuso algunos aspectos bastante reveladores de la práctica editorial en los años cuarenta, tomando como base principal el fluido intercambio epistolar entre Janés y Cela que se abraza de 1945 a 1948 y que actualmente se conserva en la Fundación Pública Gallega Camilo José Cela y cuya importancia ya destacó en su libro Camilo José Cela, perfiles de un escritor (Renacimiento, 2008).

El tema de este epistoalrio es muy predominantemente profesional, lo que quizá pudiera contrastar con el hecho de que en los catálogos de Janés figure una única obra de Cela –y tampoco se cuenta entre las más importantes del autor–, El bonito crimen del carabinero y otras invenciones (1947), volumen compuesto con material narrativo publicado anteriormente en prensa (en la revista Fantasía y el periódico Arriba), precedido de unos textos que fueron oportunamente glosados, “Notas para un prólogo” (paradójicamente, en apariencia, con la novela como tema) y “Habla el autor”.

Camilo José Cela (1916-2002)

Entre los pormenores que Sotelo sacó a la luz, la autoría del texto de solapa de este volumen, que el colaborador de Janés Lluis Palazón solicitó al autor y que el propio editor se entretuvo en justificar ante Cela que no lo escribiera él personalmente. Dice así el texto en cuestión:

He aquí el último libro del autor español más apasionadamente discutido de estos tiempos. Nadie como él ha oído mayores elogios a su obra, ni escuchado mayores diatribas contra sus páginas. Camilo José Cela maneja un lenguaje directo y dice las cosas como son. Sería difícil marcar, a través de los seis libros publicados por él hasta la fecha, una directriz que los unificase. Su autor, que parece complacerse en el juego, acaso involuntario, de desorientar al lector, ha tocado con singular maestría los registros más variados de la literatura, consiguiendo siempre levantar una gran polvareda entorno suyo. Alguien lo ha entroncado con Saroyan, con Steinbeck y con Elio Vittorini; alguien ha escrito de Camilo José Cela que posee los medios narrativos más sencillos y eficaces de las letras españolas contemporáneas. Alguien creyó encontrar en sus novelas un lenguaje y un talento de escritor, realmente impresionantes y excepcionales. De hecho, es uno de los pocos escritores españoles que, de 1936 hasta hoy, ha hecho oír su voz no solamente en España, sino también fuera de España. Es recentísima la selección de la traducción inglesa de La familia de Pascual Duarte como el libro de la semana. Tampoco ha faltado, ciertamente, quien pensase que los libros de Cela, lo mejor que hubieran podido hacer, era no haberse escrito. Con El bonito crimen del carabinero y otras invenciones, vuelve Camilo José Cela a un género, aparentemente sencillo, por el que siempre mostró especial predilección: el cuento, faceta literaria un tanto vaga e imprecisa, pero que para ser abordada precisa de gran firmeza expresiva. Va el libro precedido de la primera declaración estética del autor, hasta ahora inédita. Camilo José Cela, poco amigo de pensar cómo deben ser las cosas, y muy aficionado a que las cosas, por principio, “empiecen por ser”, no había atendido a fijarse un rumbo estético que, sin embargo, su gran talento literario ya intuía. Los seguidores de este escritor encontrarán particularmente gratas estas primeras páginas, clave de las promesas que tácitamente viene haciéndonos Camilo José Cela.

Incluso hoy es práctica muy habitual que sea el propio autor quien escriba los paratextos de sus libros, aunque no deja de tener su interés conocer fehacientemente la autoría, por lo que siempre es de agradecer que estos textos aparezcan firmados (que no es éste el caso). No sé si, a la vista de su bibliografía, debieramos contar la “especial predilección” de Cela por el cuento como una de las exageraciones que contiene este texto, pero más curiosas incluso resultan algunas debilidades estilísticas (“entorno suyo”, “no solamente en España, sino también fuera de España”, puntuación y sintaxis…).

Josep Pla y C.J. Cela.

Otro dato curioso que aportó Adolfo Sotelo es la enorme cantidad de libros justificativos que recibió Cela, ¡cien!, que se explica por haber entre Janés y el escritor el acuerdo de que, dadas las estrechas relaciones de Cela con los medios periodísticos madrileños, el propio escritor se ocuparía de hacer llegar ejemplares a los críticos idóneos. Aun así, ¿no sigue pareciendo cien una cifra excesiva?

Por supuesto, en su intervención Sotelo precisó detalles acerca de propuestas de anticipos, tiradas y precios de venta al público de diferentes ediciones, que serán oportunamente publicadas en el Anales Celianos de 2013.

Más interesante que todo ello, incluso, es conocer la intención inicial de ambos, frustrada, de establecer una relación profesional continuada, duradera, que podría haber convertido a Cela en el buque insignia de la escudería de autores españoles de Janés, quien en esos años, sobre todo mediante la creación del Premio Interancional de Primera Novela, estaba intentando dar brillo a esa sección de su catálogo (que debía competir sobre todo con el atractivo de Destino).

Cela ofreció a Janés por lo menos tres títulos (entre ellos La colmena), e incluso llegaron a ponerse por escrito ofertas, y si, por ejemplo, Janés renunció a La colmena, no fue tanto por el montante que le pedía (2.000 pesetas por una tirada de 5.000 ejemplares, con un PVP de 35) –ni por los previsibles problemas con censura–, sino por la intención de Cela de cobrar esa cantidad en el momento de la firma del contrato, en lugar de hacerlo a la publicación de la obra, o cuando menos a la entrega del original mecanoscrito.

Cela, on the road.

Aceptó en cambio Janés contratar Apuntes carpetovetónicos con las mismas condiciones que El bonito crimen…, antes incluso de leer la obra, pero no sin un cambio de título, que pasó a ser El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos, y fue el con que lo publicó Ricardo Aguilera en 1949, con prólogo de Antonio Rodríguez Moñino. Escribe el prologuista a esa edición que «Quien traza estas líneas recaba orgullosamente el honor de haber insistido en que aparecieran, recogidos en volumen, tan magnífico haz de artículos periodísticos». Sin embargo, en las palabras con que se abre la edición que del mismo título hizo Destino en 1955, dice el propio Cela acerca del “apunte carpetovetónico” que «pudiera ser algo así como un agridulce bosquejo, entre caricatura y aguafuerte, narrado, dibujado o pintado, de un tipo o de un trozo de vida peculiares de un determinado mundo: lo que los geógrafos llaman, casi poéticamente, la España árida», y subraya, contradiciendo a su primer prologuista, que no es artículo porque no necesita articularse con ninguna otra cosa, por lo que parece más cercano al cuadro de costumbres decimonónico, en ocasiones con un cierto dinamismo.

En cualquier caso, el original que recibió Janés era tan exiguo que enzarzó a escritor y editor en un diálogo en el que, a la petición del pago por parte del gallego, el catalán respondía solicitando la prometida ampliación del original, y así podrían haber seguido indefinidamente si antes no se hubiera ido atenuando su relación hasta la completa extinción. Vale la pena recordar que finalmente la edición de Ricardo Aguilera llega a las 242 páginas y la posterior en Destino (en la colección Ánfora y Delfín en 1955), a las 291, lo que induce a suponer que Janés recibió menos textos de los que finalmente compusieron el volumen. A la luz de estos datos, pueden reevaluarse los textos introductorios a El bonito crimen… (en letra de cuerpo muy generoso y con muy amplios márgenes), un volumen de apenas 164 páginas.

Y en el ámbito de la política editorial de Janés, se puede identificar en el de Cela el que tal vez sea el primer caso en que el editor catalán pretende fidelizar como “autor de la casa” a un escritor que llegaría a ser muy importante. En este mismo objetivo fracasaría en el caso del más comercial Santiago Lorén (por ambición económica del autor), en el de Francisco González Ledesma y Antonio Rabinad (debido a la censura, entre otros factores) y no triunfaría plenamente hasta la publicación de las primeras novelas de Francisco Candel.

La suposicion de qué hubiera sucedido si Cela y Janés hubieran llegado a un acuerdo resulta muy sugerente, pero no deja de tener su interés que este escritor, como muchos de los dilectos de Janés (los mencionados Rabinad, Candel y González Ledesma, pero también Jorge Ferrer-Vidal o Juan Goytisolo, por ejemplo) era exponente de un tipo de realismo de cierta brusquedad, aspereza y contundencia que a menudo chocaba con la censura por el hecho de mostrar la cara menos amable de la España franquista. Cela, autor de Janés, suena estupendo.

De izda. a dcha.: Dámaso Alonso, Antonio Rodríguez Moñino, Camilo José Cela y Guillermo Díaz Plaja.

Nota adicional: Es muy conocido que La colmena, presentada por primera vez a censura en enero de 1946, no se publicó hasta 1951 (sometida a la censura peronista), en la colección Grandes Novelistas que dirigía Eduardo Mallea para la editorial argentina Emecé. Menos conocido es que cuando ese mismo año 1951 se presentó una solicitud de importación, censura denegó el permiso para que esa edición de Emecé la importara y distribuyera en España Edhasa.

 Programa completo de “Josep Janés i Olivé i l´edició del seu temps (1913-1959)”:

Inauguración, con la intervención de Manuel Llanas, Xavier Mallafré, Adolfo Sotelo, Alfonsina Janés y Jacqueline Hurtley.

Adolfo Sotelo Vázquez, “Janés, editor del joven Camilo José Cela”.

Enric Gallén, “Teatre i món editorial català. Dels anys republicans a la postguerra franquista”.

Agnès Toda Bonet, “L´edició en català a Reus durant el franquisme”

Thiago Mori, “Josep Janés, àlies José Janés”.

Xus Ugarte i Ballester, “Algunes versions franceses de l´Editorial Maucci”.

Carles-Jordi Guardiola, “Carles Riba i Josep Janés (1941-1943)”

Anna Caballé, “Auto/biografies d´editors” Anunciado con este título, finalmente su intervención versó sobre la recepción de Donde la ciudad cambia su nombre, de Francisco Candel y publicada por Josep Janés.

Manuel Llanas, “L´editor Josep Janés a la postguerra. Alguns testimonis”

Mesa Redonda con Miguel Aguilar (“Genealogía editorial”), Jordi Cornudella (“Grans editorials”), Josep M. Muñoz (“Editorials que depenen de revistes”), Jordi Raventós (“Editorials independents”) y Mireia Sopena (“Editorials i tradició al segle XX). En realidad, se sustituyeron las exposiciones anunciadas por un debate acerca de la situación del sector editorial en nuestros días.

Clausura, con la participación de Joandomènec Ros, Maria Campillo y Clara Janés i Nadal.

Hemingway y Cela.

Fuentes adicionales:

Antonio Rodríguez Moñino, prólogo a El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos, Madrid, Ricardo Aguilera, 1949.

Alonso Zamora Vicente, “Camilo José Cela. (Acercamiento a un escritor)”, Gredos (Campo Abierto 5), 1962.

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