Catálogos editoriales, sentidos y significados

En su imprescindible vademécum El libro y la edición, Lluís Borràs Perelló distingue muy acertadamente el catálogo bibliográfico (propio por ejemplo de las bibliotecas) de los catálogos de libros valiosos, raros y demás, y también de lo que conocemos como catálogo editorial –entre los que a su vez distingue el catálogo general del especializado y del de novedades–, que define como «El soporte donde se resume y muestra la producción  editorial de la empresa, su estilo, su línea, su dinámica (resumida en los membretes de “Novedad” y “Próxima aparición”)».

Lo cierto es que cualquier tipo de catálogo, desde el de una librería al de un legado por defunción o al de una subasta, son siempre herramientas de una enorme utilidad para enriquecer la historia editorial, en particular en lo que se refiere a épocas remotas, si se someten a un riguroso escrutinio y análisis. Basten como ejemplo algunos de los trabajos recogidos en la obra colectiva La publicidad del libro en el mundo hispánico (siglos XVII-XX): Los catálogos de venta de libreros y editores, en el que diversos estudiosos del libro sacan jugo a documentos que en apariencia pudieran resultar insulsos o, casi indudablemente, de lectura un poco fastidiosa. Resulta asombroso a la luz de este tipo de estudios hasta qué punto los catálogos son fuentes de información de enorme utilidad para recrear hábitos de lectura, relaciones y prácticas en el comercio del libro entre la Península y América, preferencias lectoras de los diversos sectores sociales e incluso formas de esquivar la censura eclesiástica, entre otros aspectos interesantes cuando se abordan con paciencia y se dedican horas de rastrear archivos. Por supuesto, no se trata sólo de localizar estos catálogos y contextualizarlos debidamente, sino además de tener, por lo menos, una idea de qué tipo de libros son los que aparecen en esos catálogos.

Sin embargo, cuando decimos coloquialmente que «una editorial es su catálogo», o incluso, en palabras de Jorge Herralde, que «la biografía de un editor es su catálogo», estamos pensando sobre todo en los catálogos editoriales generales; es decir, aquellos que abarcan todas las publicaciones de todas las colecciones de una editorial desde su fundación hasta el momento presente (o el de su desaparición), y, por muy cuidadosamente que se elaboren y por muy exhaustivos que sus redactores pretendan ser, en su lectura siempre echaremos de menos algunos datos. Pero, claro está, los catálogos no se editan pensando en el historiador de la edición, sino en los lectores, libreros y distribuidores.

Perelló detalla algunos de los datos poco menos que imprescindibles que deben aparecer en este tipo de obras: «Los autores, las colecciones, los títulos y las características de los libros, reflejan la calidad y los objetivos de la editorial, y el catálogo es una de sus mejores cartas de presentación». Valga añadir que, por el contexto de la cita, se deduce que la alusión que hace Borràs Perelló a «los autores» se está refiriendo tanto a los escritores como, si es el caso, a los traductores e ilustradores.

Catálogo de Poseidón ilustrado por Fábregas Pujadas.

En una obra del tipo antes descrito, es lógico que debería aparecer todo título publicado, pero sería muy útil saber también cuántas ediciones (y distinguirlas además de las reimpresiones) y de qué tirada fue cada una de ellas, pues ello permitiría calibrar si se trató de un best séller o de un long séller; de hecho, para tales menesteres sería idóneo que figurara el año de cada una de las reimpresiones, pues podrían facilitar advertir un revival de la obra (que puede ser debido tanto a un movimiento en el canon como, por ejemplo, al estreno de una adaptación cinematográfica exitosa). Se han dado casos de, en una tirada de mil ejemplares, publicar la mitad de los ejemplares con una página de créditos indicando que se trata de una segunda edición, y a menudo se emplea el número de ediciones como dato acreditativo del interés o del éxito de un determinado título, cuando en realidad vender cinco mil ejemplares de una primera edición o cinco ediciones de mil ejemplares cada una significa, exactamente, lo mismo, y acaso lo que puede significar una diferencia es el período de tiempo que se ha tardado en vender esos cinco mil ejemplares.

Para poder reconstruir un catálogo, resultan particularmente útiles los catálogos en los que las editoriales recopilan todo lo publicado hasta una determinada fecha, generalmente significativa o demostrativa de una longevidad poco común (porque es bien sabido que en el mundo editorial la tasa de mortalidad infantil es muy alta). En ese tipo de catálogos conmemorativos de aniversarios de una editorial, por ejemplo, es frecuente –y muy probablemente lógico– que aparezcan absolutamente todos los títulos publicados, estén disponibles o no en el momento de publicar el catálogo, pero puede darse el caso de que esos datos puedan llevar a engaño a ojos inexpertos o si se toman sin las precauciones adecuadas.

Catálogo de la libreía The Dolfin Books, de Joan Gili i Serra.

Volvamos a los ejemplos. En el catálogo de una editorial pueden aparecer los primeros libros de un autor, pero es evidente que de ese dato no puede inferirse que publicó en esa editorial desde el principio, sino que cabe la posibilidad de que los reeditara y que quien le diera la primera oportunidad fuera una editorial distinta a la que, a la larga, acabó por reunir toda su obra. Si a esa falsa deducción inicial, se añade la inferencia problemática de que la editorial en cuestión llevó a cabo una política de autor en ese caso concreto, habrá que desbrozar un poco más la línea de argumentación. Intentar reunir la obra previa de un autor en el momento en que se le publica la, pongamos por caso, cuarta o quinta obra, puede responder a muchos motivos. Podría tratarse de una consecuencia del éxito descomunal de esa quinta obra, y reeditar sus textos previos un modo de sacar todo el jugo posible a ese éxito (o al hecho de haber hecho famoso al autor en cuestión); podría ser también un modo de contentar al autor (deseoso de ofrecer una segunda oportunidad a obras que en su momento pasaron más desapercibidas de lo que él considera justo, y de paso un modo de «hacer caja»), y lógicamente podría tratarse también de la manera elegida por un editor de demostrar su compromiso con la obra de ese autor, sus deseos de asociar ese conjunto de textos del escritor al conjunto de textos del editor, en definitiva: a un modo de hacer «política de autor», aunque sea con efecto retardado.

Del mismo modo, a partir de este tipo de catálogos no es fácil determinar durante cuánto tiempo una editorial dispuso de los derechos de traducción de una obra en concreto, si fue renovando el contrato o sólo dispuso de esos derechos durante un tiempo reducido (pero suficiente para que pueda alardear de tenerlo en su catálogo).

Catálogo de la Editorial Cervantes.

En el caso de las editoriales particularmente longevas, ante ese tipo de catálogos generales que pretenden reunir la historia de la casa, a veces se añade el problema de saber quién estaba al mando de la nave cuándo se publicaron determinadas obras. Y, yendo un poco más allá, ya no sólo quién firmaba los contratos (que cabe suponer que al fin y al cabo es quién tomaba la decisión última), sino también quiénes eran los directores literarios, asesores, lectores y/o scouts (lamento no conocer una traducción idónea al español) que sugerían, proponían y alentaban la publicación de las obras.

En definitiva, los catálogos son fuentes de informaciones un poco peligrosas (en según qué manos), y la interpretación de su sentido puede ser más compleja de lo que a primera vista pudiera parecer. Al fin y al cabo, con el término «catálogo» a menudo nos estamos refiriendo a una construcción abstracta que resulta incomprensible o incoherente sin no se contextualiza con cierto detalle.

 Obras citadas:

Lluís Borràs Perelló, El libro y la edición. De las tablillas sumerias a la tableta electrónica, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 269), 2015.

Pedro Rueda Ramírez y Lluís Agustí, coords., La publicidad del libro en el mundo hispánico (siglos XVII-XX): Los catálogos de venta de libreros y editores, Barcelona, Calambur (Biblioteca Litterae 34), 2016.

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Un pensamiento en “Catálogos editoriales, sentidos y significados

  1. Para “scouts”, término al que tan acostumbrados estamos, he propuesto siempre la opción “rastreadores”. La traducción no es del todo correcta, pero refleja bien el desconocido trabajo de esta pieza indispensable de las editoriales.

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