De aquellos polvos (de arroz) a un catálogo legendario

En modesto homenaje a Sergio Galindo (1926-1993).

 Un catálogo en el que figuran Álvaro Mutis, Max Aub, García Márquez, Tolstói, Sergio Pitol, Darwin, Poniatowska, Onetti, Kapuscinski, Cervantes y Carlos Fuentes bien podría parecer al primer vistazo el de una de las mejores editoriales independientes en cualquier país de habla hispana, pero quizá difícilmente pensaría nadie que semejante pléyade constituya el catálogo de una editorial universitaria. Los mencionados nombres pueden encontrarse todos ellos, junto a los de Dylan Thomas, Augusto Monterroso, Fernando Savater, Rosario Castellanos, Tomás Segovia, Rosa Chacel, José Revueltas, Noam Chomsky y María Zambrano, para poner más ejemplos insignes, en el impresionante catálogo que atesora a estas alturas de su historia la Editorial de la Universidad Veracruzana. Pero no menos relumbrón y empaque tiene la lista de quienes han sido a lo largo de la historia los principales artífices de este catálogo, de Sergio Galindo (1926-1993) a Joaquín Díez-Canedo Flores (n. 1955), de Emilio Carballido (1925-2008) a Jorge Brash (n. 1949), de César Rodríguez Chicharro (1930-1984) a Luis Arturo Ramos (n. 1947) o de Sergio Pitol (n. 1933) a Jaime Augusto Shelley (n. 1937).

Sergio Galindo (1926-1993)

Tras una experiencia como editora de publicaciones periódicas que arranca en 1948 y unas tímidas primeras ediciones de libros que no tuvieron continuidad, el proyecto tomó cuerpo realmente cuando el 20 de febrero de 1957 se nombró como jefe del Departamento Editorial de la Universidad a un joven profesor de estética del Departamento de Teatro que contaba por entonces apenas veintitrés años, Sergio Galindo, quien supo reunir a un excelente grupo de colaboradores (Dagoberto Guillaumín, Fernando Salmerón, Ramón Rodríguez, Othón Arróniz, Emilio Carballido, Alfonso Medellín Zenil, José Pascual Buxó, Alfonso Tavera Alfaro…) y ese mismo año estrenaba ya, a partir de la gaceta Uni-Ver, una de las publicaciones periódicas aún hoy más prestigiosas del centro, La Palabra y el Hombre. Al año siguiente ponía ya en pie otro de los puntales de la editorial, la colección Ficción, con sus series dedicadas a la lírica, el teatro, el guión cinematográfico (entre ellos Calle Mayor, de Bardem, en fecha tan temprana como 1959) y la narrativa, dando muestras además de su firme apoyo a los nuevos valores de la literatura mexicana. Sobre la importancia de esta colección en el momento en que apareció dejó un clarificador testimonio Héctor Salmerón, que lo vivió en primera persona:

Para entender bien la trascendencia que la labor editorial de la Universidad Veracruzana alcanzó, es necesario tener en cuenta que en México, en 1958, solamente dos editoriales publicaban la obra creativa de los jóvenes: la colección Los Presentes, fundada y dirigida por Juan José Arreola, en la que el propio autor debía pagar su edición, y la serie Letras Mexicanas, del Fondo de Cultura Económica, en donde sólo después del éxito de venta que alcanzó Luis Spota con Casi el paraíso, y el unánime clamor admirativo por El llano en llamas y Pedro Páramo de Rulfo, así como Confabulario de Arreola, tan sólo después de esto, repetimos, se abrieron las puertas de dicha institución para empezar a publicar a autores jóvenes como López Páez, Galindo, Carballido, Hernández y otros. La serie Ficción de la UV tuvo inmediato éxito desde su primer título, y la sorpresa en los círculos intelectuales y editoriales fue tan grande y positiva que muy pronto surgieron otras casas que iban a seguir fines similares: Joaquín Mortiz, Ediciones Era y unos años más tarde, Siglo XXI.

Polvos de arroz (1958), de Sergio Galindo, estrenó la colección hoy ya legendaria Ficción.

El nacimiento de Ficción puede fecharse con cierta precisión acudiendo al colofón de Polvos de arroz, del propio Galindo, el 23 de marzo de 1958, y una de las primeras líneas claramente delimitables es el descubrimiento de nuevos autores a los que la editorial da la alternativa. Así, allí se estrenan poetas hoy internacionalmente reconocidos, como Rosario Castellanos (Al pie de la letra, 1959), Álvaro Mutis (Diario de Lecumberri, 1960) o Tomás Segovia (El sol y su eco, 1960), junto a dramaturgos como Luisa Josefina Hernández o Emilio Carballido. Pero la mirada de Galindo se abre también a autores sobre los que la crítica más atenta estaba llamando la atención o tenían ya un prestigio hecho (Salvador Novo, Elena Garro) y a los de jóvenes escritores que empezaban a hacerse oír en Latinoamérica, pero no todavía en México (Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Haroldo Conti o Juan Carlos Onetti). Hay un acuerdo bastante amplio en que las etapas de Galindo al frente de la editorial (1957-1964, 1972-1974 y 1979-1985) son las más brillantes de su trayectoria, y están jalonadas de títulos que para sí quisieran muchas editoriales literarias con vocación comercial.

Cubierta de la segunda edición de Un hogar sólido (1983), de Elena Garro, con ilustraciones del llamado «Mozart de la Pintura», Juan Soriano (1920-2006).

En un excelente artículo, Juan Javier Mora Rivera expuso con claridad la coincidencia de planteamientos de las diversas iniciativas en el seno de la editorial:

 El principio fundamental que operará en La Palabra y el Hombre, en la colección Ficción y las demás series que componen este proyecto editorial no privilegiaría el sentido mercantil o comercial de los libros, sino la calidad y el valor intelectual de las obras literarias, sin que alguna preferencia o amistad opere de por medio, sin que los medios económicos constituyan un impedimento, sin que tampoco asome como pretexto el provincianismo o la mediocridad. Otra condición sería publicar no sólo obras de escritores de prestigio: los jóvenes aspirantes tendrán asegurado un lugar.

Y en la segunda parte del mismo texto, de 2007, pone de relieve la importancia posterior que alcanzaron muchos de los autores publicados a lo largo de la trayectoria de la Veracruzana:

tres premios Nobel (García Márquez, Paz, Asturias), cinco Cervantes de Literatura (Onetti, Paz, Zambrano, Mutis, Pitol), cinco distinciones del Juan Rulfo de Literatura (Monterroso, Segovia, Vitier, Pitol, García Ponce), cinco galardones nacionales de Ciencias y Arte (Jaime Torres Bodet, Miguel León Portilla, Luis Villoro, Juan García Ponce, José Emilio Pacheco, Emilio Carballido), dos premios Anagrama (García Ponce y Pitol) y diversos premios nacionales de literatura (Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Sergio Galindo, Luis Arturo Ramos, Federico Patán, Jorge López Paéz, Rafael Antúnez, Isabel Fraire, Francisco Hernández, Severino Salazar, entre muchos más).

Portada de la primera edición de El sol y su eco (1960), de Tomás Segovia (1927-2011), con viñeta en la portada e ilustraciones del propio autor y del que se imprimieron 2.000 ejemplares.

Singular y representativo de esa veta de descubridor de nuevos valores de Galindo, de ese carácter “visionario” que se le ha atribuido, es por ejemplo el caso de Las botas, de Kapuscinski –cuyos derechos contrató Sergio Galindo en fecha tan asombrosa como es 1980, cuando el escritor polaco apenas era conocido más allá de las fronteras de su país–, de quien probablemente le diera noticia Sergio Pitol, y que durmió el sueño de los justos hasta que a partir de 2003 Anagrama empezó a recuperar de un modo sistemático la obra de Kapuscinski. Entonces todo el mundo advirtió la importancia y los valores estéticos y humanísticos del escritor polaco, y la edición de Las botas de la Veracruzana se agotó en un santiamén.

Sergio Pitol ante los primeros títulos de la colección que lleva su nombre.

Emblemáticas y peculiares son también en la Veracruzana la colección Sergio Pitol Traductor (iniciada con El buen soldado, de Ford Maddox Ford, La vuelta de tuerca, de Henry James, Emma, de Jane Austen), Cuartel de invierno (poesía mexicana y traducida, así como ensayo sobre poesía) o la Serie Conmemorativa Sergio Galindo (en que se publican los libros más importantes aparecidos durante la etapa de Galindo, y entre ellos el Ocnos de Luis Cernuda).

Quizás no haya, en el ámbito de la letra impresa en español, caso semejante de vocación literaria tan sostenida en el marco de una universidad. Sin embargo, no deja de tener bastante de cierto el chiste cruel que asegura que las editoriales publican libros y luego los esconden, porque no es fácil encontrar en todas partes ediciones de la Veracruzana, lo cual es una lástima. Sin embargo, este caso lleva a uno a plantearse si no debieran asumir las editoriales universitarias la función que viene desempeñando la Veracruzana, cuando la literatura estéticamente arriesgada parece haberse convertido en una inversión poco menos que imposible para las editoriales literarias comerciales.

Fuentes:

Una semblanza de Sergio Galindo en la Televisión de la Universidad Veracruzana (28.46 min.), con entrevistas a Nedda G. Anhalt, Sergio Pitol, Raúl Hernández Viveros y Ramón Rodríguez, entre otros, además de portadas, fotos, etc., aquí.

Rosario Castellanos, “Un hombre en ascenso: Sergio Galindo”, La Palabra y el Hombre, núm. 59-60 (julio-diciembre de 1986, pp. 13-15.

Edith Escalón, “Editorial de la UV: cuna de las letras latinoamericanas”, Universo. El periódico de los universitarios, núm. 281 (17 de septiembre de 2007).

Edith Escalón, “Editorial de la UV: Cincuenta años de proyectar literatura, ciencias y artes”, Universo. El periódico de los universitarios, núm. 102 (abril-junio de 2007).

José Luis Martínez Suárez, “Sergio Galindo, editor visionario y creador”, Universo. El periódico de los universitarios, núm. 102 (abril-junio de 2007).

Juan Javier Mora Rivera, “Precisas señales del pasado: la Editorial de la Universidad Veracruzana y su trascendencia” primera y segunda partes (Ensayo galardonado con una  mención honorífica en el Premio “Carlos Fuentes” de ensayo universitario 2007 otorgado por la Universidad Veracruzana), en el blog Lejos del muladar ruido.

Celia del Palacio Montiel, “Breve historia de la Editorial de la Universidad Veracruzana”, Universo. El periódico de los universitarios, núm. 102 (abril-junio de 2007).

Carlos Barral y el proyecto hispanomexicano

El editor Carlos Barral dejó constancia en 1982 de su admiración por la literatura de lo que definió como “una generación muy identificable, la de los españoles que llegaron a México con poco más o poco menos de diez años” y cuya obra, a diferencia de la de sus coetáneos españoles, se nutrió de la influencia de los poetas de la generación del veintisiete y de una tradición ampliamente cosmopolita. Menciona específicamente Barral en el artículo citado (“Los hispanomexicanos”) a Luis Rius, a Nuria Parés, a Tomás Segovia, “uno de los grandes poetas en lengua castellana de mi generación, cuyos méritos nadie reconoce en España y al que la literatura mexicana si no ignora, ningunea”, a Angelina Muñiz-Huberman, a Manuel Duran, a Ramon Xirau, “uno de los mayores poetas en lengua catalana de su generación”, y a ellos podrían añadirse Gerardo Deniz, Carlos Blanco Aguinaga, Jomí García Ascot, César Rodríguez Chicharro, Enrique de Rivas…, escritores que se educaron en los valores cívicos y estéticos de la República Española y que nunca tuvieron que soportar la censura franquista, pero sí un desarraigo difícil de conllevar y el inconveniente de ser considerados españoles en América y mexicanos en Europa.

Jomi García Ascot

Jomi García Ascot

Probablemente mucho tuvo que ver en ello que estos hijos de españoles republicanos exiliados como consecuencia de la Guerra Civil Española se formaron en su mayoría en las diversas escuelas que sus progenitores crearon en México, y donde recibieron una educación que incidía en la geografía, la historia y la literatura española porque, por lo menos hasta el desenlace de al Segunda Guerra Mundial, el proyecto vital consistía en regresar a una España liberada del franquismo y reinsertarse en la vida (y en la historia) del país que les vio nacer. Revistas de escasa proyección y breve andadura, como Clavileño, Presencia o Segrel, fueron sus órganos de expresión como grupo en los años universitarios, pero estos escritores pronto se dispersaron, tanto por todo el Estado como allende las fronteras mexicanas, algunos de sus miembros (Luis Rius, García Ascot) murieron muy prematuramente, y el grupo se disgregó, aun cuando los hay que han mantenido el contacto o la comunicación.

Ante la injusticia que a ojos de Barral suponía que ni en España ni en México gozara este grupo de autores del reconocimiento que merecían, escribe en el mismo texto ya citado lo que parece una firme declaración de intenciones: “Hay que hacer algo, por reconocer esa identidad tan coherente de un grupo de escritores mayores en lengua castellana, españoles o mexicanos, que más da, pensaba yo…, tal vez una antología que alcanzara merecida resonancia. Habría que clamar la existencia de un puñado de poetas importantes cuya existencia todo el mundo excusa y finalmente excusan ellos mismos”. Dos años antes, la también hispanomexicana Francisca Perujo se había ocupado ya de antologar una muestra de la obra de algunos de estos poetas en Peñalabra. Pliegos de Poesía (núms. 35-36, primavera-verano de 1980), pero no puede decirse que este número doble de la revista santanderina tuviera realmente “la merecida resonancia”, por lo que los buenos propósitos del editor catalán estaban plenamente justificados.

Años más tarde, exactamente el 26 de junio de 1988, fecha Carlos Barral en Calella la siguiente anotación de sus diarios, en la que parece arrogarse la responsabilidad, como editor hispánico, de establecer y divulgar la obra poética de la segunda generación del exilio republicano, poniéndola en relación además con la de determinados autores del interior:

Exhorto al editor

Una política de antologías que restituya la troncalidad de la poesía de la lengua.

Ejemplo: los hispanomejicanos,

N. Parés

Tomás Segovia              cuña entre las dos

Luis Rius                        tradiciones.

Ramon Xirau

     Generación de los 50.

Ejemplo a seguir. Función del editor.

Susana Rivera, ed., Última voz del exilio

Susana Rivera, ed., Última voz del exilio

Parece que el proyecto de Barral en este sentido nunca llegó a buen puerto, pero la que fuera compañera del poeta Ángel González, Susana Rivera, publicaría dos años después en Hiperion una nueva antología inequívocamente titulada Última voz del exilio, que contribuyó en mayor medida a dar a conocer en la Península a estos autores que la de Perujo. Algunos de los nombres mencionados por Barral, casos de Tomás Segovia o Xirau, por ejemplo, en las últimas décadas han experimentado un progresivo reconocimiento por parte de la crítica especializada y en los ámbitos universitarios españoles, y en el año 2003 el hispanista Bernard Sicot preparó una nueva y muy cuidada antología de estos poetas en la Biblioteca del Exilio. Aun así, lo que parece todavía pendiente es el desarrollo de la genial idea barraliana de establecer y subrayar la troncalidad de la poesía en lengua española de la que nacen tanto la rama hispanomexicana como la peninsular.

Bernard Sicot, ed.,  Ecos del exilio. 13 poetas hispanomexicanos

Bernard Sicot, ed., Ecos del exilio. 13 poetas hispanomexicanos

Fuentes

Carlos Barral, Observaciones a la mina de plomo, (edición y prólogo de Jordi Jové), Barcelona, Lumen (Palabra en el Tiempo 320), 2002.

Carlos Barral, Cuando las horas veloces, Barcelona, Tusquets, 1988.

Carlos Barral, Los diarios/ 1957-1989, (edición de Carme Riera), Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1993.

Francisca Perujo, ed., Segunda generación de poetas españoles en el exilio mexicano, Santander, Peñalabra. Pliegos de Poesía, núm. 35-36.

Susana Rivera, ed., Última voz del exilio (El grupo poético hispano-mexicano). Antología, Madrid, Hiperión, 1990.

Bernard Sicot, ed., Ecos del exilio. 13 poetas hispanomexicanos. Antología, A Coruña, Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 17), 3003.