Dos libros sobre el comercio de libros viejos, antiguos y de lance

Si bien ya en 2015, en una de las perogrulladas más ostentosas de la historia, la Unesco reconoció a Barcelona como una de las «ciudades literarias del mundo», siempre se ha incidido mucho más en su mención como tal en El Quijote, en el hecho de ser sede de algunas de las editoriales más importantes del mundo o en la coincidencia en ella de los principales protagonistas del boom de la literatura latinoamericana que en la riquísima tradición de librerías de lance, de viejo y anticuarias de la ciudad. Sin embargo, es difícil equivocarse al afirmar que, en la vida cotidiana de los barceloneses, ha tenido una mayor incidencia y ha sido mucho más importante que ninguna de las circunstancias antes mencionadas.

Solo en el año 2020 aparecieron ‒ambas en Barcelona, lógicamente‒ dos auténticas maravillas sobre el comercio del libro de lance en la capital catalana que pueden interpretarse como una reivindicación y una remembranza ‒con un leve tono de nostalgia‒ de un mundo que parece irrevocablemente destinado a desaparecer o cuanto menos a cambiar por completo: el profesor y maestro de historiadores de la edición Manuel Llanas documentó y recreó la azarosa e interesantísima vida de una de las librerías de viejo más emblemáticas con las que ha contado la ciudad en La Canuda i el comerç del llibre de vell, construido a partir de una serie de conversaciones con el librero Santi Mallafré y publicado por la Editorial Comanegra, mientras que con el sello de Llibres de l’Índex y enriquecido con un magnífico prólogo del editor Josep Maria Orteu (n. 1960) y una breve nota del reputado librero Lluís Millà, se reeditó una pequeña joya titulada Una mañana de domingo en los «encantes» de San Antonio. Reportaje libresco, del librero y bibliógrafo Pavl Cid Noé (Pedro Vindel, 1894-1960) e ilustrado con mucho gusto y acierto con obra de Joan D’Ivori (Joan Vila i Pujal, 1890-1947).

Del segundo de estos libros, según consigna el colofón, se hizo una tirada de «307 ejemplares de los cuales 250 numerados y 57 numerados y firmados por Lluís Millà impresos sobre papel cien por cien de algodón natural de 150 gramos», mientras que el colofón de la edición original, que se reproduce en esa misma página, indica que ésta «acabóse de imprimir este reportaje libresco en la Imprenta de La Neotipia, de Barcelona, el día 25 de marzo de 1938» (es decir, en plena guerra civil española) y se tiraron sólo cincuenta y siete ejemplares.

Pedro Vindel pertenecía a una recia tradición familiar de bibliófilos, y con su mismo nombre se conserva la Biblioteca Nacional de España títulos tan explícitos como Antiguos tratados de esgrima (siglo XVII) (1898), Catálogo descriptivo de ex-libris hispanoamericanos (1588-1900) (1929) o los dos impresionantes volúmenes de Bibliografía gráfica. Reproducción en facsímil de portadas, retratos y otras curiosidades útiles a los bibliófilos que se hallan en obras únicas y libros preciosos o raros (1910), que sólo por las fechas bastará para intuir que se deben a Pedro Vindel Álvarez (1865-1921). Su hijo Francisco (1894-1960) ejerció también como librero en Madrid y firmó también títulos curiosos, como El manual grafico del bibliófilo hispanoamericano (1930-1933) o El arte tipográfico en España durante los siglos XV a XIX (1941), pero sobre todo unas Memorias bibliográficas (1922-1960), de las que la Asociación Bibliográfica Hispánica editó en 1993 cuatrocientos ejemplares.

La primera vez que Francisco, o Paco, Vindel se estrenó con el ingenioso seudónimo Pavl Cid Noé fue precisamente con este Una mañana de domingo…, un texto a medio camino entre el cuadro de costumbres decimonónico ‒puede muy bien evocar en el lector algunos textos de Mesonero Romanos‒ y el tipo de reportaje periodístico que triunfaba en los años treinta en Barcelona. El prólogo contextualiza perfectamente los antecedentes y la relación del librero madrileño con la ciudad, además de aportar documentación interesante sobre esta visita durante la guerra civil (el texto aparece fechado en enero de 1938), y recurre a las memorias del autor para relatar la huida de la familia Vindel del Madrid asediado para establecerse, con la ayuda del librero Pere Monge, en la capital catalana con el propósito de ocuparse además de las publicaciones de otros libros, como Cervantes,el mejor hombre de España, Librería Célebres, Gabriel de León, siglo XVII o La imprenta Ibarra, sus marcas tipográficas de carácter caligráfico y las de los impresores del siglo XVIII, todos ellos en 1938 y elaborados a partir del material bibliográfico existente en librerías barcelonesas.

Al margen de retratar el ambiente y describir a los protagonistas del Mercat de Sant Antoni, recrea con jugosos detalles unas prácticas de compra-venta y unas oportunidades inesperadas que, a medida que los libreros fueron profesionalizándose, fueron cada vez más infrecuentes. De hecho, puede comprobarse que por entonces llegaban a los comercios del Mercat una tipología de libros que hoy es rarísimo ver. El fino humorismo, la precisión en el perfil de algunos libreros míticos, pero sobre todo la pintura al natural de sus modos y costumbres convierten el librito de Cid Noé en una pequeña joya, y ponen además en conocimiento del lector a quien el editor describe como «el padre de la bibliofilia en lengua castellana moderna».

También el libro de Manuel Llanas traslada al lector a ese ambiente fascinante, y ningún lector de La sombra del viento de Ruiz Zafón que disfrutara con el cementerio de libros olvidados a la espera de lectores y no tuviera en su momento oportunidad de visitar La Canuda debería leer, por lo menos, la enjundiosa recreación de la librería que le sirvió de modelo.

El origen dialogado de este libro lo despoja de cualquier gesto de academicismo, que no de detalle y rigor, y lo acerca en cambio a la sensación de experiencia vivida, de paseo entre algunas de las anécdotas más deslumbrantes, divertidas o disparatadas de las que La Canuda fue escenario, como quien se mueve entre altísimos anaqueles sin saber con qué se topara al pasar al pasillo (o la página) siguiente. Para quien tuviera la suerte de visitar y conocer ni que fuera ocasionalmente la célebre librería en cuestión, adentrarse en las páginas de este libro es como ralentizar el tiempo y volver al ritmo de la cultura de la letra impresa, para establecer con él un diálogo sosegado, socarrón e irónico…, sumamente gratificante.

Fundada en 1948 por Ramón Mallafré Conill en una zona privilegiada, muy cercana al Ateneu Barcelonès (tras un traspaso por cien mil pesetas de la época), por los atiborrados seiscientos metros cuadrados de la Canuda no sólo pasaron todo tipo de libros, sino algunos personajes no menos singulares (de Néstor Luján a Rafael Alberti o de Emili Brugalla a Salvador Dalí o Enrique Badosa, por poner sólo algunos ejemplos), lo que por sí mismo ya da pie a interesantes escenas del libro, pero desde el primer momento fue lugar de encuentro, no siempre casual, de apasionados de los libros. Ya antes de convertirse en librería, el conocido como grupo Oasis (Agustí Bartra, Ramon Vinyes, Rafael Tasis, Pere Quart…) se reunía en la preguerra en ese mismo establecimiento, y aunque menos formales los encuentros en ese espacio fueron siempre frecuentes y azarosos.

Los procesos de compra de lotes, los hallazgos más sorprendentes, la tipología variopinta y en muchos casos divertida de la clientela, pero también algunos «episodios infaustos», se acompañan de diversas fotografías e ilustraciones que contribuyen a dar esa sensación de salto temporal, y no faltan tampoco alusiones a los robos más sonados, las compras más delirantes y las situaciones cómicas de todo tipo propiciadas por las relaciones entre vendedores, libreros y compradores. Sin embargo, la reflexión final que se desprende, y que sin explicitarse se esboza suficientemente, deja un poso de cierto desencanto, pues el cierre en 2013 fue un rotundo aviso para navegantes.

Los desafortunados que no tuvieran ocasión visitarla, pueden ver la Canuda en este reportaje y el ambiente del Mercat dominical de Sant Antoni, que sigue en activo en el momento de escribir estas líneas, en este otro.

Un testimonio sobre la Editorial Cervantes

La Barcelona de aquellos tiempos no permitía vivir de las tareas editoriales. Eran los trabajos peor pagados y menos valorados en que podía alquilar la pluma un escritor en apuros. Eran todavía peor pagadas que las de un periodista o profesor, y con eso ya está todo dicho. Al fin y al cabo, en castellano uno aún podía llegar a defenderse un poco. En catalán era como pedir peras al olmo. [la traducción, como todas en este texto, es mía]

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Agustí Esclasans.

Agustí Esclasans (1895-1967), autor de este pasaje referido a 1933 e incluido en sus memorias, sabía muy bien de lo que hablaba, pues su férrea vocación literaria le impulsó a ingeniárselas de todos los modos posibles para poder llevar a cabo su obra, ambiciosa y de largo aliento, recurriendo a todos las estratagemas a su alcance, y la de las tareas editoriales fue, como es fácil suponer, una de ellas. Con tan sólo dieciséis años, habiendo estrenado ya una obra teatral breve, tuvo que hacerse cargo del negocio textil familiar, que a los tres meses se vio en la necesidad de traspasar y empezó entonces un periplo laboral por todo tipo de miniempleos (profesor particular, secretario en una empresa de importación, corrector editorial, traducción…). Sin embargo, la firmeza de su vocación y el tesón para encontrar mecenas (Joan Merli y Josep M. López-Picó entre ellos) o suscriptores para llevar adelante sus magnos proyectos literarios, que demuestran una convicción inusual, lo convierten en un personaje extraordinario. Y también de ello dejó constancia, en un artículo de 1928: «Si por vocación (y la vocación es la única fuerza que salva a los hombres, en un momento u otro de su vida), un hombre ha nacido para la literatura, hará literatura mientras viva, pese a quien pese, contra todo y contra todos».

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Joan Merli (1901-1995).

En el mismo volumen del que procede el pasaje citado, dedica Esclasans unos párrafos interesantes a su paso por la Editorial Cervantes que ofrecen otra mirada sobre la empresa y aportan datos que contribuyen a perfilar la historia de esa editorial, en la que entró para cubrir el puesto de ayudante del director literario y en la que permaneció, a jornada completa con un horario de 9 a 13 h. y de 15 a 19 h., durante siete años. Ello le obligaba a levantarse a las cinco de la mañana para llevar adelante su obra literaria propia, pero no hay la más mínima queja de ello, se acostumbró a dormir cinco horas diarias).

La Editorial Cervantes –escribe en el segundo volumen de sus memorias– estaba instalada en la Diagonal, cerca del monumento a Jacint Verdaguer, frente a la calle Bailén. Era un gran almacén dividido por compartimentos de madera i cristal. La había fundado el noble poeta Fernando Maristany [1883-1924], y el noble consejero de la casa era el doctor Manuel de Montoliu [1877-1961]. Cuando yo entré en la empresa, era el gerente un señor llamado Joaquinet, y director literario el señor Vicente Clavel [1888-1967]. Este señor, inteligente, entendido en ediciones, de una gran simpatía, era valenciano, republicanazo, y creo que, de joven, había sido secretario del gran novelista Blasco Ibáñez.

Ciertamente, hay constancia de la camaradería de Clavel con Blasco Ibáñez, de sus coincidencias en materia política, y se ha señalado a menudo la empresa editorial del gran escritor valenciano, Prometeo, en la que Clavel había trabajado, como modelo para la Cervantes. En este sentido, quizá sea significativa la notable presencia en el catálogo de la Cervantes de un autor que se situaba tras los pasos de Blasco Ibáñez como fue Bernardo Morales San Martín (1864-1949), de quien se proyectaron unas obras completas cuyos primeros títulos fueron El ocaso del hombre, El enigma de lo imposible, La derrota de la carne, etc.

La casa editaba una colección, muy interesante, de pequeñas antologías de grandes poetas universales traducidas al castellano. El sector literario se sostenía, fundamentalmente, en las versiones castellanas de las obras del autor francés Pierre Loti. Más tarde empezó la edición de traducciones de las obras policíacas de  Oppenheim, que creo que aún hoy [1955] tienen bastante éxito.

Entre los fracasos de la empresa en esos años, en cambio, menciona por ejemplo la publicación seriada de El Capital de Marx en fascículos y una lujosa «gran enciclopedia del amor universal» de la que sólo se llegaron a imprimir los folletos publicitarios.

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Traducción y prólogo de Esclasans de la poesía de Poe (1936) para la colección de Josep Janés Oreig de la Rosa dels Vents.

Manuel Llanas, por su parte, destaca entre otras colecciones como Los Príncipes de la Literatura (Gogol, Flaubert, Tagore), Los Poetas Universales, Obras Literarias (de Benavente a Jerome K. Jerome), Selección de Novelas Breves, El Viaje Ilustrado (Lamartine, Roald Amundsen, Daniel Martñinez Ferrando) o la notable presencia de catorce obras de la premio Nobel sueca Selma Lagerlöf (1858-1940), y alguna que otra información adicional sobre el catálogo aparece en «Ambidextrismo editorial: Clavel y Maristany, traductores metidos a editores (o viceversa)».

Otros comentarios de enjundia que Esclasans hace situados en los primeros años treinta, parecen responder a unas situaciones que puede decirse que dieron casi cíclicamente, y que conocen demasiado bien los editores españoles veteranos, cuando se produce una crisis en Argentina:

La casas editoriales se declaraban en bancarrota. Empezó la devolución de letras protestadas. Y, cuando uno escribía pidiendo detalles la respuesta era un silencio siniestro, glacial. Las librerías de América pasaban a mejor vida sin avisar. Y se produjo un pánico entre los editores que daba grima. El colapso de la producción y exportación de libros era inminente. Y ya empezaban a palparse las consecuencias.

Manuel Llanas ya expresó su impresión, a la vista de los catálogos de la Editorial Cervantes, que buena parte de los libros de la casa iban destinados casi exclusivamente al mercado americano, del que probablemente acabara por depender, y menciona como ejemplos obras del uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917) y Morales de San Martín o toda la sección de Libros de Temas o Autores Hispanoamericanos, pero en la conclusión de las páginas que Esclasans dedica a su experiencia en esta editorial se encuentra una confirmación de ello de primera mano:

En la Editorial Cervantes el primer no sucedió nada. El segundo fueron despedidas algunos empleados subalternos menores. Y en los meses siguientes hubo nuevas supresiones de personal. Se empezó a hablar de suspensión de pagos. Una tarde, don Vicente Clavel me acompañó al salir. Mientras bajábamos por la calle Bailén, y aún no habíamos llegado a la calle València, me dijo, con mucho sentimiento, que se veía en la necesidad ineludible de despedirme, y que me daba un mes de plazo para organizarme.

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Vicent Clavel i Andrés (1888-1967).

La inestabilidad del sector editorial y librero americano seguro que dejó otras víctimas en España a lo largo del siglo XX, pero el testimonio de Esclasans, además de aportar información sobre la Editorial Cervantes, es muy expresiva de las consecuencias que estas crisis al otro lado del mar tenían en la industria española.

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Catálogo de la Editorial Cervantes.

Fuentes:

Esclasans, La meva vida II (1920-1945), Barcelona, Selecta, p. 126.

Agustí Esclasans, «Literats sense literatura», Civtat (Manresa), núm. 16 (1928), pp. 2-3.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L´edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005.

Historiar la edición en España (empezando la casa por el tejado)

En los últimos diez o quince años han publicándose muchos y muy interesantes libros acerca de la historia de la edición en España, incluso algunos cuya ambición era trazar un recorrido completo por la trayectoria del sector a lo largo de períodos muy amplios. Resulta sin duda sorprendente.

A la iniciativa del editor Joaquim Palau se deben los dos desiguales volúmenes que dedicó al tema Destino, uno centrado en los años comprendidos entre 1939 y 1975, firmado por Xavier Moret (Tiempo de editores), y otro mucho más extenso, riguroso y completo, dedicado a la etapa comprendida entre la muerte de Franco y el fin de siglo, obra de Sergio Vila Sanjuán (Pasando página). Es muy interesante que fuera desde una mirada periodística y no más histórica (en el sentido de académica), que se abriera este camino, porque viene a demostrar que había un cierto interés que iba más allá de los ámbitos especializados, si bien no hay constancia de que, en términos de ventas, la iniciativa fuera un éxito (si no más bien lo contrario). En cualquier caso, había la expectativa. mientras que en el ámbito universitario los estudios culturales quizá no estaban lo suficientemente maduros para una empresa de semejante entidad.

Analizando ni que sea someramente las fuentes en que se basan estos dos libros, a través de las notas, por ejemplo, se hace evidente que una parte muy importante procede de información facilitada por los propios protagonistas, ya sea en forma de declaraciones en entrevistas o en textos publicados por ellos mismos, así como en algunos libros referidos a aspectos parciales (la censura, los premios literarios) disponibles en esos momentos. Y eso tiene un riesgo, porque es bien sabido que, por un lado, la memoria flaquea, endulza los hechos y raramente se evocan los episodios más oscuros, e incluso me consta que hay alguna que otra atribución de méritos cuando menos dudosa. Recurrir a los archivos de las editoriales, caso de existir, no siempre es fácil, y es evidente que no encajaba con el planteamiento de este díptico emprender una labor de investigación en archivos ni particulares ni institucionales. Se trata, en cualquier caso de libros de tipo más periodístico que académico o científico.

Otro carácter y una ambición quizá desmesurada es el proyecto de historiar la edición en Cataluña desde sus inicios hasta el presente que lideró el propfesor Manuel Llanas, y que dio como resultado una bibliografía notable y muy útil (El llibre i l´edició a Catalunya: apunts i esbossos, L´edició a Catalunya: segles XV al XVII, L´edició a Catalunya: el segle XVIII,  L´edició a Catalunya: el segle XIX, L´edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939)), pero cuyo alcance quedó muy restringido, por el hecho de publicarla el Gremi de Editors de Catalunya y apenas salir del circuito de los profesionales, pese a que se hizo también una versión muy sintética en la editorial Eumo. Aquí, sin embargo, las fuentes son de un carácter muy distinto, pues abarcan desde bibliografía preexistente hasta un buceo en los archivos y particularmente en los fondos conservados en la Biblioteca de Catalunya y en el Arxiu Nacional de Catalunya. Además, se complementó con otros libros colectivos de entrevistas a editores vivos, como Noms per una historia de l´edició a Catalunya.

Joan Merli

Joan Merli

Muy distinto es Los signos de la noche, de Gonzalo Santonja, centrado en la actividad editorial durante la guerra civil y los primeros años del franquismo, aunque se trata más de un trabajo parcial y de síntesis que de una historia completa y detallada, producto de una investigación en archivos, pues en realidad poco rastro parece quedar de la historia de esas empresas, más allá de algunos pliegos de documentos y de los testimonios personales dispersos. Por otra parte, la actividad de los editores que se exiliaron como consecuencia de la guerra civil es otro aspecto muy mal conocido de momento, y sobre el que quizá sólo se arrojará luz de un modo adecuado mediante la colaboración internacional.

Complementario y continuador de la iniciativa de Joaquim Palau parece el proyecto liderado por Jesús A. Martínez Martín, que a dado como fruto los dos imponentes volúmenes publicados por Marcial Pons Historia de la edición en España 1836-1936 e Historia de la edición en España 1939-1975, que se basan en un trabajo en equipo muy productivo y que atiende tanto a cuestiones estéticas y culturales como a la financiación y estructuras de las empresas editoriales, gracias sobre todo a la riqueza de los archivos del INLE y a otros archivos, como por ejemplo los referidos a censura. Posiblemente, sólo mediante un trabajo en equipo sea posible llevar adelante un proyecto con ese. Aun así, el hecho que el segundo de estos volúmenes se haya encuadernado en tapa dura (acaso para justificar un precio mayor) permite aventurar que las ventas del primero no fueron las deseadas; pero es sólo una suposición. También pudiera a ser que la extensión de los trabajos reunidos en el segundo volumen hiciera conveniente el empleo de un papel de menor gramaje (como es el caso) y protegerlo mejor.

Germán Plaza

Germán Plaza.

La sensación ante estos titánicos esfuerzos es que a menudo la atención que han recibido las diversas empresas editoriales ha estado más condicionada por la existencia o no de documentación de fácil acceso que a la importancia intrínseca e histórica de esas editoriales, e incluso a la existencia o no de bibliografía publicada por los propios protagonistas de esas trayectorias.

No es razonable poner en cuestión que estos estudios eran pasos sin duda necesarios, y de un mérito y ambición muy loables, pero quizá se partía de una base de trabajos parciales (ya sea temáticos o de empresas y editores concretos) a todas luces insuficiente (aspecto que incluso se apunta en algún momento en el segundo volumen dirigido por Martínez Martín). Quizá fuera más lógico centrar esfuerzos en recuperar lo recuperable de las editoriales más veteranas (documentación de todo tipo), dedicar

Mario Lacruz (1929-200).

Mario Lacruz (1929-200).

estudios monográficos a empresas importantes que siguen careciendo de ellos (Laia, Muntaner y Simón, por poner dos ejemplos a vuelapluma) así como a algunos personajes mucho más importantes que conocidos (Mario Lacruz, Paco Porrúa o Carlos Pujol, sobre los que todos seguimos escribiendo las mismas cuatro cosas, como ejemplos paradigmáticos), antes de proceder a un intentar escribir una historia completa de ese período. De la mayoría de editores españoles importantes de la primera mitad del siglo XX no disponemos de estudios tan completos como los que dedicó Miguel Ángel Buil Pueyo a Gregiorio Pueyo, por ejemplo, María José Blas Ruiz a Manuel Aguilar, Gonzalo Santonja a José Bergamín, Marta Pasqual a Joan Sales, Albert Forment a José Martínez Guerricabeitia o Mireia Sopena a Josep Pedreira. Curioso es el caso de Manuel Altolaguirre, de quien se han ocupado muy bien tanto Julio Neira como Gonzalo Santonja, mientras el conocido y reconocido como “impresor de la Generación del 27”, Bernabé Fernández Canivell (1907-1990) ha tenido una atención mucho menor, y la edición por ejemplo de las cartas que le remitió Luis Cernuda y preparó y anotó Ángel Guinda fue casi testimonial.

Resultan muy esperanzadoras algunas iniciativas no menos ambiciosas que las expuestas hasta aquí que, sirviéndose de las facilidades que ofrecen las nuevas tecnologías y basándose en un trabajo colaborativo y abierto, han emprendido ese camino y pueden sentar las bases para un conocimiento completo y riguroso de lo que ha sido uno de los puntales de la cultura en los últimos siglos. Habrá que seguir atento a las pantallas.

Fuentes:

Miguel Ángel Buil Pueyo, Gregorio Pueyo (1860-1913), librero y editor, Madrid, CSIC, 2010.

María José Blas Ruiz, Aguilar. Historia de una editorial y de sus colecciones en papel biblia (1923-1986), Madrid, Librería del Prado, 2012.

a627f-aguilarAlbert Forment, José Martínez y la epopeya de Ruedo Ibérico, Barcelona, Anagrama, 2000.

Manuel Llanas, L´edició a Catalunya: el segle xx (fins 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005.

Manuel Llanas, Sis segles d´edició a Catalunya, Vic, Eumo-Grup 62, 2007.

Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1836-1939, Madrid, Marcial Pons, 2001.

Jesús A. Martinez MartínXavier , dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015.

Xavier Moret, Tiempos de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

Julio Neira, Manuel Altolaguirre, impresor y editor, Universidad de Málaga- Residencia de Estudiantes, 2009.

Marta Pasqual, Joan Sales, la ploma contra el silenci, Barcelona, Acontravent, 2012.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad 76), 2003.

José Bergamín (1895-1983).

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba: Manuel Altolaguirre. Sueños y realidades del primer impresor del exilio, prólogo de Rafael Alberti, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1995.

Gonzalo Santonja, Al otro lado del mar. Bergamín y la editorial Séneca (México, 1939-1949), Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1997.

Mireia Sopena, Josep Pedreira, un editor en terra de naufragis. Els Llibres de l´Ossa Menor (1949-1965), Barcelona, Proa, 2012.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando Página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (Imago Mundi 26), 2003.

Acuerdos y desacuerdos entre autor y editor (Gaziel y Cruzet).

Mediado el siglo XX, Gaziel (Agustí Calvet, 1887-1964) formaba una tríada de periodistas catalanes forjadores de una prosa fuera de serie con Eugeni Xammar (1888-1973) y Josep Pla (1897-1981). Curiosamente, en las primeras décadas del siglo XXI, ha sido Gaziel quien con más frecuencia ha sido objeto de traducciones al castellano, pues si bien Guillermo de Torre le había publicado en la colección de Edhasa El Puente Castilla adentro (1963) y Portugal lejano (1964), fue a partir de 2005 cuando aparecieron sus obras Meditaciones en el desierto (Destino, 2005), En las trincheras (Diéresis, 2009), De París a Monastir (Libros del Asteroide, 2014) y Diario de un estudiante. París, 1914 (Diéresis, 2014). Quizás en parte este interés renovado se explique por haberse localizado en la obra de Gaziel algunas claves interesantes para evaluar y enjuiciar las relaciones entre las diversas naciones ibéricas (Portugal, España, Galicia y Cataluña en particular).

Manuel Llanas, a quien los aficionados a la historia editorial debemos una más que notable bibliografía sobre la materia (publicada en su mayor parte por el Gremi d´Editors de Catalunya, y por consiguiente no muy fácilmente accesible), después de haber publicado una monografía sobre la labor periodística y literaria de Gaziel (Gaziel: Vida, periodismo i literatura) se ocupó de reunir y anotar el excepcional epistolario que éste mantuvo con su editor en la Editorial Selecta, Josep Maria Cruzet (1903-1962).

Tres rasgos principales son los que quizá dotan de un interés particular a este epistolario.

Agustí Calvet, Gaziel.

Por un lado, permite un acercamiento de primera mano a lo que eran los procesos editoriales de la época, muy condicionados por la dificultad, por ejemplo, para obtener copias de las obras, ya que, salvo en el caso de las mecanografiadas con papel carbón, a cada nueva copia existía el riesgo de que se introdujeran nuevos errores. Y una vez fijado el definitivo, los componedores y cajistas podían también hacer de las suyas. Otra cosa poco usual es asistir a las negociaciones acerca de quién debía cubrir los gastos de edición del texto, que para las empresas editoriales en lengua catalana en la época que cubre este epistolario (1951-1964) no era un problema menor. El interés de estas conversaciones se ve incrementado por el hecho de que en este caso el autor (Gaziel) es alguien que tiene ya una sólida experiencia no sólo como autor, sino además como gerente de la editorial radicada en Madrid Plus Ultra, y por lo tanto sabía muy bien de lo que hablaba y estaba en condiciones inmejorables para comprender las razones de Cruzet cuando tomaba determinadas decisiones.

Josep M. Cruzet.

Igualmente rico es este cruce de misivas en cuanto a las prácticas censorias, tanto en lo referente a los procedimientos existentes para salvarla (búsqueda de recomendaciones, negociaciones con los órganos censorios, dilaciones interminables, etc.) como acerca de un aspecto del que es raro encontrar rastro, como es la autocensura. Las cartas de Gaziel a su editor son una fuente riquísima para ver cómo el autor retocaba sus originales teniendo muy presentes la posibilidad de que le tacharan determinados pasajes, e hizo todo lo posible para evitarlo, y planteándose sólo la posibilidad de publicar fuera de España (con lo que su obra tendría mucha menor repercusión entre los lectores a los que pretendía dirigirse), cuando lo que deseaba expresar era inaceptable de plano para el régimen. Además, una vez hecho esto, la experiencia de Cruzet como editor curtido en mil batallas contra la censura solía instarle a añadir todavía nuevas correcciones que hicieran digeribles sus textos (en particular su conocida como Trilogía Ibérica (forrnada por los libros Castella endins, Portugal enfora y La península inacabada).

Como es fácil suponer, otro de los puntos fuertes es poder leer los entresijos de la relación entre autor y editor, en este caso basada en una confianza de tal grado que permite, por ejemplo, ver cómo se establece un plan de publicaciones, que ha de moverse necesariamente entre los deseos del autor y las conveniencias del editor (que por su parte ha de contentar a diversos autores); o nos permite también enterarnos de cómo se iniciaban  trabajos de edición (con el consecuente gasto) antes no ya de firmarse el contrato, sino incluso antes de haberse pactado siquiera sus condiciones (algo que hoy en día es, creo, impensable). Y esa confianza no quita que queden por escrito también las negociaciones, las peticiones del autor, las contrapropuestas del editor, todo un conjunto de diálogos epistolares que son fuente de información muy valiosa para cualquier interesado en la materia. Manuel Llanas tiene el acierto además de adjuntar la copia final de los acuerdos e incluso contratos de edición.

Tampoco es menor la información que se ofrece a la organización interna de la Editorial Selecta (a la que en una intempestiva carta al autor el asesor literario Josep Miracle pone de vuelta y media) y a las funciones que en ella desempeñaban célebres colaboradores como Bartomeu Bardagí (1915-2003), Tomás Tebé, Josep Miracle (1904-1998), Maria Borràs de Quadras, Manuel Borràs Tey (1930-1993), Maria Victòria Sandiumenge, Jesús Piña Coma y Jesús Vernís.

Constituye esta aportación de Llanas a la historia editorial el complemento idóneo al epistolario de esa misma época entre Josep Pla y Cruzet que hace ya unos años editó Maria Josepa Gallofré y publicó Destino (Amb les pedres disperses. Cartes, 1946-1961), pero al estudioso de la obra de Gaziel, además, le ofrece muchas pistas acerca de manuscritos originales que fueron podados para presentarse a censura (y que al parecer, por lo menos en su mayoría, han desaparecido para siempre) y acerca de aquellas ideas que nunca publicó por temor a las decisiones de los  órganos censorios.

Aunque, como cualquier epistolario, hay pasajes que no puede decirse que sean amenos, la recuperación de semejante material es un festín para los lectores interesados en Gaziel, pero sobre todo para quien desee conocer de primera mano cómo eran los hábitos y costumbres editoriales en la segunda mitad del siglo XX en España en el ámbito de la literatura catalana.

Fuentes:

Manuel Llanas.

Pere Guixà, “Gaziel i l´arrelament”, Núvol, 18 de septiembre de 2014 (publicado originalmente en la revista Serra d´Or (junio de 2014)).

Manuel Llanas, ed., Gaziel i Josep M. Cruzet (i l´Editorial Selecta). Correspondència (1951-1964), Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Textos i Estudis de Cultura Catlana 189), 2013.

Albert Manent, “Tomàs Tebé i els temps de la Selecta”, en Solc de les hores. Retrats d´escriptors i de polítics, Barcelona, Destino, 1988, pp. 141-148.