La Ballena Alegre como promotora de lectura durante el franquismo

Una de las iniciativas más exitosas para promocionar la lectura entre los jóvenes de los años sesenta en España fue la iniciada en diciembre de 1959 por la editorial Doncel con la publicación del libro El niño, la golondrina y el gato, de Miguel Buñuel (1924-1980), con prólogo de José María Sánchez-Silva (1911-2002). Se trataba de un libro encuadernado en cartoné de 25 x 21, 122 páginas y con 16 ilustraciones a color de Lorenzo Goñi (1911-1992), con capitulares a color y guardas ilustradas con las partituras del compositor Cristóbal Halffter (1930-2021) de «Madre tierra», «Canción de cuna», «Animales buenos» y «Canción marinera».

El turolense Miguel Buñuel (1924-1980), que se había trasladado a Madrid para estudiar periodismo y cinematografía y a quien Manuel Estevan describió como «un socialista incorruptible», se había dado a conocer como escritor con Narciso bajo las aguas, que ganó el Premio Gaspar-Ateneo de Valladolid en 1958 y de la que El niño, la golondrina y el gato es una adaptación infantil. Según contó el mismo Estevan, siempre que en la clandestina Radio España Independiente se mencionaban los poemas de algún poeta español del que por precaución se omitía el nombre, todas las sospechas recaían sobre Miguel Buñuel, lo que ponía en riesgo su tranquilidad laboral en la España franquista. Con El niño, la golondrina y el gato Buñuel ganó el Premio Lazarillo, instituido en 1958 por el Instituto Nacional del Libro Español y otorgado ese año a Alfonso Iniesta (que en 1939 había publicado Garra marxista en la infancia) por Dicen las florecillas.

El celebérrimo autor de Marcelino pan y vino (1952), José María Sánchez Silva, presentaba esta novela en su estudio introductorio como poco menos que un nuevo El pequeño príncipe de Saint-Exupéry, subrayando el carácter lírico del relato y destacando su valor universal.

Por lo que se refiere a Lorenzo Goñi, que durante la guerra civil española había sido uno de los cartelistas más importantes del Sindicat de Dibuixants Professionals de la UGT, en 1952 había ilustrado la primera edición de Marcelino Pan y vino (en la editorial Cigüeña) y en 1957 había obtenido la Tercera Medalla de Dibujo en la Exposición Nacional de Bellas Artes; iba camino de lograr que nadie escarbara mucho en su pasado republicano ni en sus actividades en Barcelona durante la guerra.

En cuanto a Cristóbal Halffter, que en 1953 había ganado el Premio Nacional de Música con un Concierto para piano, en esos años era director de orquestra de la Orquestra Falla y había compuesto la música de películas como El beso de Judas (1954) y Camarote de lujo (1959), ambas de Rafael Gil, La pícara molinera (1955), de León Klimovsky, Mensajeros de paz (1957), de José María Elorrieta, Madrugada (1957), de Antonio Román y basada en la obra homónima de Antonio Buero Vallejo, la producción hispano-argentina Una muchachita de Valladolid (1958), de Luis César Amadori y con Alberto Closas, Vicky Lagos, Alfredo Mayo y José Luis López Vázquez en el reparto…

Logo de la colección.

La editorial Doncel era de creación aún muy reciente (1958), por inspiración de la Delegación Nacional de Juventud, y a ella suele atribuirse una notable renovación de la literatura infantil española (pero dentro de los estrechos márgenes de lo posible en la ideologizadísima España franquista). El encargo recayó en Luis Bustillo y Jaime Suárez (a quien Manuel Barrero describe como «joseantoniano, sin mixtificaciones, adherencias o condicionamientos»), quienes contrataron a Miguel Buñuel inicialmente como director de maquetación (o diagramación), pero no tardaron en encargarle la codirección, con el periodista Joaquín Aguirre Bellver (que acababa de publicar el exitoso libro infantil Miguelín: aventuras en la aldea), de la colección La Ballena Alegre.

Tras este estreno que quedó como número cero, aparecieron en La Ballena Alegre Luiso (María, matrícula de Bilbao) (1959), de José María Sánchez Silva y Luis de Diego, El juglar del Cid (1960), de Aguirre Bellver, Atila y su gente (1960) de Luis de Diego, a los que progresivamente se añadirían títulos de Concha Castroviejo (1910-1995), Carmen Conde (1907-1996) y Tomás Salvador (1921-1984), entre otros. En cuanto a los ilustradores, los más prolíficos fueron Goñi y Celedonio Perellón (1926-2015), pero también colaboraron en la colección Paredes Jardiel, Julián Nadal, José Francisco Aguirre, Adán Ferrer, María Antonia Dans…

Sótano del Café Lion madrileño.

Resulta quizás un poco sospechoso el nombre de la editorial si nos evoca el famoso salón situado en el histórico café Lion madrileño y que en los años previos a la guerra había sido sede de tertulias muy predominantemente falangistas: Rafael Sánchez Mazas, José Antonio Primo de Rivera, José María Alfaro, Agustín de Foxá… A su vez, el salón debía su nombre a uno de los murales con los que el pintor Hipólito Hidalgo de Caviedes Gómez (1902-1994) había decorado el local y que mostraba una ballena sonriente, inspiración directa e inequívoca del logo de la colección. Según se compare con los libros infantiles de los años cuarenta o con los publicados tras la muerte del dictador, si duda el juicio sobre la modernidad de la colección será muy divergente.

Rosario Vega García, quizás quien más y mejor ha estudiado la colección, señala acerca de la orientación ideológica de La Ballena Alegre:

Si bien es cierto, que en primera instancia la colección La Ballena Alegre no fue creada como instrumento de transmisión ideológica, sí se dieron excepciones.

En Manuel y los hombres, Miguel Buñuel escondía, tras un lenguaje rico en descripciones escénicas y tierno tono emotivo, una intención de transmitir una serie de valores políticos, a través de la historia de Manuel, un monaguillo zaragozano, hijo de un huelguista que muere en manos de los propios compañeros del padre. A esta obra le fue otorgado el Cuadro de Honor del Premio Literatura Infantil de 1962.

De algunas lecturas no solo se esperaba un proceso de identificación del lector con el protagonista, sino que buscaba un proceso de imitación como ocurre en Luiso («María», matrícula de Bilbao), de Sánchez-Silva y Luís de Diego, declarada texto para la enseñanza de educación política masculina del tercer curso de bachillerato y con el que obtuvieron el Premio Virgen del Carmen de 1960.

Fragmento de un catálogo de Doncel.

Al margen del carácter adoctrinador o no de la colección, el caso es que muy poco después de su creación un decreto de noviembre de 1961 encomendaba a la Delegación Nacional de Juventudes, entre otras responsabilidades, «Ordenar, dirigir y realizar la formación político-social y cívica y de educación física a la juventud española masculina menor de 21 años», así como «Mantener una serie de Servicios a la Juventud que abarca todo género de manifestaciones y actividades educativas y recreativas». Y esto se reflejó en la creación del Club La Ballena Alegre, que mediante un acuerdo con la Cadena Azul de Radiodifusión (de la Delegación Nacional de Juventudes) ofrecía, a cambio de una cuota de quince pesetas, descuentos en la compra de libros de la editorial y en la realización de viajes organizados por la Oficina de Turismo Juvenil.

Ejemplar de la revista La Ballena Alegre.

En sintonía con estas ideas, en abril de 1965 se había puesto a la venta el número cero de la revista La Ballena Alegre (cuyos artífices fueron Celedonio Perellón y Andrés Romero, que figuraba como director), que inicialmente fue mensual y luego quincenal, y que a los no socios se les vendía al mismo precio que la cuota del club. Las páginas más infantiles que juveniles se desgajarían más adelante de la revista para que naciera El Ballenato, suplemento para el hermano pequeño.

La editorial Doncel seguiría su andadura, alternando el libro explícitamente didáctico y formativo con la literatura infantil, hasta 1977, acumulando una buena cantidad de premios generados por el régimen franquista; sin embargo, ya en 1973 había desaparecido la colección La Ballena Alegre, después de haber publicado una sesentena de libros entre los que los hay escritos, a lo largo de los años setenta, por Lilli Koening (1918-1994), Carlos Muñiz (1927-1994), Astrid Lindgren (1907-2002), Jaime Ferran (1928-2016), Angela C. Ionescu (n. 1937) y Pierre Gamarra (1919-209), entre otros.

Fuentes:

Manuel Barrero, «Editorial Doncel», Tebeosfera.

Ejemplar de la revista La Ballena Alegre.

Manuel Estevan, «Saludo de despedida a Miguel Buñuel», Andalán, núm. 297 (28 de noviembre a 4 de diciembre de 1980), p.11.

Jaime García Padrino, «Libros infantiles y juveniles», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 699-721.

Manuel Parra Celaya, «Aquellos viejos libros de Doncel», Trocha, 21 enero 2018.

Rosario Vega García, «Literatura infantil y juvenil en la España de los años sesenta: La Ballena Alegre», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm 42 (2009).

Los Pliegos Sueltos de Marte

Es posible que haya que atribuir a la azarosa y prematuramente truncada trayectoria vital de Carmen Mieza (Carmen Farrés Sirvent, 1930-1976) que su obra literaria haya quedado en el olvido, pese a algunos esfuerzos de estudio y recuperación —como por ejemplo el de Luis A. Esteve «El exilio en las novelas de Carmen Mieza (desde fuera y desde dentro)»— y que en particular su novela de 1962 La imposible canción (cuyo título alude al famoso verso de León Felipe) fue profusamente reeditada y aún es fácil encontrarla en el mercado de segunda mano. También Una mañana cualquiera (Prisma, 1964) fue objeto de reediciones, por Prisma en 1956 y, con prólogo firmado [Federico Carlos] S [áinz] de R [obles Correa], por el Círculo de Amigos de la Historia, pero menos suerte tuvo el libro de entrevistas póstumo La mujer del español (Ediciones Marte, 1977).

Menos conocida aún, por supuesto, es su condición de copropietaria y abnegada editora en las Ediciones Marte, con Tomás Salvador (1921-1984), quien actuaba como director gerente, y donde trabajaría como corrector más o menos fijo el escritor valenciano Raúl Carbonell Sala. Las Ediciones Marte se ubicaban en Galerías Comerciales 18 de la calle Concilio de Trento de Barcelona y acaso empezaron su andadura en 1964. Sin embargo, la existencia de una serie de títulos de tema bélico con ese mismo pie editorial con domicilio en la calle Casanova 136 (y recuérdese que Salvador pasó por la División Azul) suscita la duda de si se trató de la compra de una editorial preexistente a la que se cambió por completo el rumbo. Véanse los casos de El alamein (1962), de Hernert Eschbach; V-2 La muerte silenciosa (1962), de Hans Reburg; El Alcázar de Toledo. El cerco de Madrid (1962), de Volker Nerburg, todos ellos encuadrados en una colección llamada Relatos de soldados, dirigida por Tomás Salvador.

Una de las primeras colecciones de lo que tiene pinta de ser más bien una nueva etapa, fue la destinada a publicar ediciones ilustradas a color y numeradas de grandes clásicos de la literatura universal, que se inició con el volumen colectivo (Paul Féval, Gogol, Joseph Le Fanu) Vampiros, con textos adaptados y prologados por Javier Tomeo (1932-2013) e ilustrados por el popular Serafín (Serafín Rojo Caamaño, 1926-203), y Poemas satíricos, de Francisco de Quevedo (1580-1645) ilustrados por quien fuera célebre cartelista durante la guerra civil Lorenzo Goñi (1911-1992).

En 1965 aparece la versión de Albert Manent de La tragedia de Romeo y Julieta de Shakespeare (la misma que en 1960 publicaría la editorial Juventud), con ilustraciones obra de Raimundo Cobos, de la que se hace una tirada de 5.000 ejemplares numerados en papel offset ahuesado de Papelera Catalana, una decisión un tanto sorprendente, no sólo porque las ediciones de lujo y las ediciones de bibliófilo habían entrado ya por entonces en un marcado declive, sino por la aparente contradicción entre el hecho de numerar los ejemplares y la enormidad de la tirada. Ese mismo año se publicaba en Pliegos de Cordel la Carmen de Merimée, de nuevo con ilustraciones de Serafín, y una compilación de Comedias de Aristófanes (Lisístrata y La Asamblea de las Mujeres), acompañadas de un prólogo de su traductor, Jesús Lizano (1931-2015), y en ambos casos con ilustraciones de Serafín y con tiradas numeradas de 5 000 ejemplares.

Interior del Heptamerón.

La producción parecía haberse establecido en tres títulos anuales, que en 1966 fueron el Hamlet ilustrado por Cobos, el Heptamerón de la reina Margarita de Navarra, en versión de Josefina Martínez Gastoy, y La vida del buscón llamado don Pablos, de Quevedo, ilustrado por Goñi, pero a partir del año siguiente se incrementó el número de títulos y, además, una parte de la tirada de cada título empezó a comercializarse con los libros encuadernados en rústica pero estuchados, como es el caso del Retrato de la lozana andaluza de Francisco Delicado, la Obra completa del Conde de Villamediana preparada por Juan Manuel de Rozas y acompañada de 67 ilustraciones de Rafael Munoa (1930-2012) o las Aventuras del barón de Munchausen, y además a hacerse aparte tiradas de mayor empaque, encuadernadas en goflex e igualmente comercializadas en estuche.

De este modo se presentaba por ejemplo el compendio de relatos breves Floresta varia de gracias y desgracias Joaquin Buxó Montesinos, conocido también como Braulio Sigüenza, prologado por un ficticio Fabián Tuño y con un comentario de Joan Perucho e ilustrado por A. Claube, que luego tendría varias reediciones (para mayores aclaraciones sobre el juego de autorías y prologuistas, véase el cuento de Perucho «Noticia de Madama Edwarda y un desconocido escritor»); así como también El libro de sonetos antologados por Jesús Lizano e iluminado por el escultor, pintor e ilustrador de selectas ediciones de bibliófilo Òscar Estruga Andreu (n. 1933), o la traducción de Josefina Ferrer de Los cuentos de Canterbury de Chaucer, presentados con ilustraciones a color del pintor Ramon Aguilar Moré (1924-2015). Con la Floresta… se abría una cierta fisura en el criterio mantenido hasta entonces de publicar textos clásicos y antiguos, que enseguida se ensancharía.

Las tiradas se habían reducido a unos 3000 aproximadamente, y todo hace suponer que ya no todos los ejemplares se numeraban, pero por su significación en el contexto de la España franquista y por la ampliación del criterio de la colección, mayor relevancia tiene la edición en 1968 de la Antología poética de Antonio Machado (1875-1939), seleccionada, editada y prologada por el poeta madrileño José Hierro (1922-2002) e ilustrada por el muy prestigioso Will Faber (1901-1987). De ese mismo año es la edición de La Celestina, adaptada por el escritor y editor Antonio Prieto (n. 1929) —que toma como guía el texto crítico establecido por Manuel Criado del Val— y con ilustraciones que firma F. Ezquerro, así como una edición en dos volúmenes de El libro de Buen Amor, en versión modernizada, con prólogo y notas de Nicasio Salvador Miguel e ilustraciones de nuevo de Òscar Estruga.

No es de sorprender que el final de la década marcara el parón en esta iniciativa, pero ya en 1972 se recuperaba con la publicación del conocido como Quijote de Avellaneda, ilustrado por Cobos, Rubaiyat, de Omar Kheyyán, y —acaso el título más sorprendente— Estación sin nombre, una compilación de sonetos de la escritora y política mexicana Griselda Álvarez (1913-2009), estos dos últimos ilustrados por Estruga, y en todos los casos con tiradas de unos 3 000 ejemplares.

Los cuentos de Canterbury, encuadernados en goflex y en estuche.

Finalmente, tras un nuevo año en blanco, en 1974 aparecieron los Nuevos Pliegos de Cordel, de los que puede deducirse, por los títulos publicados, que se enfocaba más en la poesía y preferentemente por los nuevos autores: Apuntes para otra historia (1965-1974), del poeta Florentino Huerga Martín (1935-2005) e ilustrado por Antonio Beneyto, Canto por vosotros, de Matías Sánchez Carrasco (1929-1998) ilustrado por Bartolomé Liarte, y, ¿en 1975?, una Antología romántica de José de Espronceda preparada y prologada por Jordi Mustieles y Mercedes Salvador con ilustraciones de Liarte.

A tenor de la estrecha amistad e incluso colaboración que mantuvieron durante muchos años Josep Janés (1913-1959) y Tomás Salvador, es casi inevitable advertir que tanto algunos de los títulos como las características de las ediciones bien podrían estar inspiradas en el modo de enfocar algunas de las primeras colecciones de postguerra janesianas, como es el caso de Cristal (rustica ilustrada) o El Libro del Mes (tapa dura, estuchado), pero no parece que, ni en lo estético ni en lo comercial, la empresa de Mieza y Salvador obtuviera resultados similares, entre otras cosas, acaso porque los parámetros y el mercado de la bibliofilia se había distanciado ya muchísimo de las ediciones corrientes, y estas iniciativas pretendían situarse a medio camino.

Ilustración de Aguilar Moré para Los cuentos de Canterbury.

Fuentes:

Francisco Candel, Patatas calientes, prólogo de Joan J. Gilabert, Barcelona, Ronsel (Colección Pérgamo, serie Crónicas 65), 2003.

Versión en rústica de Los cuentos de Canterbury.

José Cruset, «Tomás Salvador: Generoso discípulo de la vida», La Vanguardia Española, 20 de junio de 1968.

Luis A. Esteve, «El exilio en las novelas de Carmen Mieza (desde fuera y desde dentro)», en Manuel Aznar Soler, ed., Las literaturas del exilio republicano de 1939. Sesenta años después, Sant Cugat del Vallès, Gexel, 2000, vol. 2, pp. 261-272.

Cristina Fanjul, «Este es un libro de epifanías (entrevista a Marcos Ordóñez)», Diario de León, 28 de febrero de 2013.

Marcos Ordóñez, «Me acuerdo de Tomás Salvador», en Bulevares periféricos, 15 de febrero de 2012.

Javier Tomeo, «Primera memoria», El Cultural, 27 de diciembre de 207.

Y los catálogos de la Biblioteca Nacional de España.

De la sandez de Wert a los “libros que españolean”, pasando por Miss España

En Historia de la edición en España, 1939-1975, Jesús A. Martínez menciona un poco de pasada una editorial que forjó un eslogan publicitario antológico que hubiera hecho las delicias del exministro de Educación, Cultura y Deporte español Juan Ignacio Wert: “Boris Bureba, libros que españolean”.

José Ignacio Wert, autor del guerracivilista y muy insultante «Nuestro interés es españolizar a los niños catalanes».

Para quienes no la conocían, de entrada pudiera parecer un poco extraño que semejante lema lo adoptara una editorial con un nombre de tan escasa raigambre hispánica como Boris Bureba, pero el caso es que tras ese nombre se ocultaba Isidoro Bureba Muro (1892-1972), quien lo empleó ya en los años veinte y treinta cuando ejercía el periodismo.

A finales de los años veinte, Boris Bureba era el especialista en temas internacionales en El Imparcial, y de esas mismas fechas es su colaboración como secretario de redacción en la revista vanguardista Atlántico. Revista mensual de la vida hispanoamericana (18 números entre 1929 y 1933), que merece comentario aparte. El director de esta publicación era un personaje bastante singular, el exmilitante de la anarquista CNT Francisco Guillén Salaya, novelista y autor luego de una de las primeras, si no la primera, historias de la organización de ultraderecha JONS (en la cual militó).

Edición reciente (2011) del libro de Salaya en Ediciones Nueva República.

En febrero de 1930, la Editorial Atlántico, que publicaba la revista, creó un jurado para elegir a la primera Miss España, idea que surgía en la estela de la “Señorita España” que el año anterior había convocado el periódico Abc con un jurado presidido por su director (Torcuato Luca de Tena) y en el que figuraban el escultor valenciano Manuel Benedito (1875-1963) y el pintor también valenciano Mariano Benlliure (1862-1947). No es de extrañar, pues, que la galardonada fuera una valenciana, Pepita Semper (que ese año se convirtió en fallera mayor avant la lettre).

El jurado de la primera Miss España, convocado por Atlántico, lo formaron la actriz Carmen Ruiz Moragas (1896-1936), la modista Brígida Bedesc, el médico Dr. Piga, el célebre compositor de zarzuelas Federico Moreno Torroba (1891-1982), el escultor Emiliano Barral (1896-1936), de quien es bien conocida su amistad con Pablo Iglesias y con Antonio Machado, el pintor, dramaturgo, guionista cinematográfico y crítico de arte Manuel Gutiérrez Navas (190-1971), el escritor Benjamín Jarnés (1888-1949) junto con los ya mencionados Salaya y Bureba. La galardonada fue otra valenciana, Elenita Pla (también fallera mayor), a la que la revista dedicó un amplio e ilustrado reportaje.

Pepita Semper.

Además de infatigable traductor del francés, desde 1931 y hasta 1933 Bureba fue redactor en el periódico del Partido Socialista Obrero Español, El Socialista, donde se ocupó de Cines y Teatros y escribía una sección muy popular llamada “Últimas lecturas”. Posteriormente pasó al El Sol, periódico fundado por Nicolás Urgoiti (director de La Papelera Española), en la época en que en sus páginas convivían algunos de los intelectuales republicanos más prestigiosos con algunos de los fundadores del partido de extrema derecha Falange Española (Pedro Mourlane Michelena, Eugenio Montes, José María Alfaro, Ernesto Giménez Caballero).

Posteriormente, sin abandonar su faceta de traductor,  trabajó en la Editorial Calleja (en la época en que la dirigía Saturnino Calleja Gutiérrez) como librero y formó parte del comité organizador de la Feria del Libro de Madrid de 1936, que se celebró a las puertas de la guerra civil española, entre el 24 de mayo y el 2 de junio. Y a esta experiencia hay que añadir en la preguerra también su paso por la Sociedad General Española de Librería (SGEL), del que se le recuerda sobre todo por haber intermediado para que Calleja publicara las obras que en esos años (1935-1936) le presentó la luego famosa escritora Carmen Conde (1907-1996).

En los años cuarenta y en menor medida en los cincuenta la de Boris Bureba fue una editorial importante, en particular en el ámbito de la literatura infantil, y promovió diversas iniciativas para dignificar y subrayar el papel de los libros en la formación de nuevos lectores. En esta voluntad se inscribe por ejemplo el Premio Boris Bureba, que se concedió a algunos autores relevantes en su momento, como José Mª Sánchez Silva (célebre sobre todo por su traducidísimo Marcelino Pan y Vino) en 1946 o el pintor e ilustrador de libros barcelonés Pedro Serra Farnés (1890-1974), considerado por la crítica especializada uno de los principales maestros de la escuela paisajística catalana, galardonado en 1948.

«Paisaje rural», de Serra Farnés.

Y en la misma línea debe situarse la convocatoria en 1946 de un concurso de carteles que tenían como tema el fomento de la lectura entre las jóvenes generaciones. Se presentaron cincuenta y ocho obras y con ellas se organizó una exposición en la Sala Marabini, y se premiaron los carteles de  Castillo y Bost (primer premio). Juan Antonio Ancha (segundo) y accésits a Lorenzo Goñi y Antonio H. Palacios.

Uno de los carteles más conocidos de Lorenzo Goñi durante la guerra civil española.

Boris Bureba tuvo un papel pues muy importante en el salto cualitativo que hizo la edición de libros infantiles en la posguerra española, y en la Historia de la edición ya mencionada Jauime García Padrino destaca, por ejemplo, que junto a libros de un cierto empaque y riqueza:

supo conjugar una barata presentación con toques de cierta originalidad formal, como demostraba Arquita de Noé (1946) de Alfredo Marquerie, con n sencillo cuadernillo grapado y en rústica, y un fino cordón de seda anudado en el lomo.

En su propia editorial pudo Boris Bureba publicar por fin a Carmen Conde (Un conejo soñador rompe con la tradición), así como, también en la colección Cuentos Españoles para Mí, a Francisco J. Martín Abril (Un hombre bueno), José Montero Alonso (La perra Pitti), Leonor de Noriega (El libro de las siete hadas), José María Sánchez Silva (Bokumba, rey de los negros), Fernando Castán (Un mundo de papel), Ángeles Villarta (Los membrillos), Carmen Nonell (El ramillete de la paz)…

Ilustraciones de Goñi para «Elisa y las flores», de Manuel Díez Crespo.

Muestra del interés de Boris Bureba por las artes plásticas es que figure entre los socios de honor de la Asociación Española de Pintores y Escultores. Entre los ilustradores de la editorial destacan [Mariano] Zaragüeta, conocido sobre todo como uno de los creadores del entrañable personaje de Antoñita la Fantástica, junto a la escritora Bora Casas, e ilustrador de algunos de los últimos títulos de la serie de Celia de Elena Fortún, y sobre todo de Serny (Ricardo Summers Isern, 1908-1955), de quien destacan sus trabajos como ilustrador también de Celia (ya en la revista Gente Menuda) y en la posguerra sus colaboraciones en la Revista Bazar (de la Sección Femenina de FET y de las JONS y dirigida por Elisa de Lara) y Lorenzo Goñi, considerado uno de los mejores ilustradores españoles de todos los tiempos y antes de 1939 famoso sobre todo por un célebre cartel republicano durante la guerra civil y por una chiste aparecido en 1937 la revista L´Esquella de la Torratxa que anticipa la broma pesada proferida por Wert en el Congreso de los Diputados.

Viñeta de Goñi publicada en la revista satírica L´Esquella de la Torratxa en 1937, durante la guerra civil.

A estos méritos de Boris Bureba hay que añadir su encomiable enciclopedia, así como la serie de patrióticas Biografías Amenas de Grandes Figuras (donde publicaron Luis de Armiñán, Manuel Díez Crespo, Alfredo Marquerie y Luis Astrana Marín, entre otros), pero en definitiva si merece ser recordada es sobre todo por su labor de difusión y dignificación de la literatura infantil y juvenil y por haber ofrecido a los autores y autoras españoles dedicados al género algunas de las pocas oportunidades con que contaron en aquellos años para dar a conocer su obra.

Fuentes:

Diversos números de Abc y El Socialista.

Marcelino pan y vino, de Sánchez Silva, ilustrado por Lorenzo Goñi (Editorial Cigüeña, 1955, 9º ed.).

Marisol Dorao, Los mil sueños de Elena Fortún: Celia, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz,2000.

José-Carlos Mainer, «Presagios de tormenta. La Revista Atlántica (1929-1933)«, en Fidel López Criado, ed., Voces de vanguardia, Universidade da Coruña, 1995, pp. 123-143.

Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015.