Un episodio de censura española: Comín en prisión

Unos antecedentes necesarios: Barcelona, primeros meses de 1969. Ante las diversas y sostenidas protestas de los estudiantes universitarios y los sindicatos, a finales de enero el Estado español decretó el estado de excepción, que tuvo nefastas consecuencias para el sector editorial de la ciudad e hizo que los calabozos de Via Laietana parecieran, a tenor del ir y venir de editores, una feria del libro. El origen de ello hay que buscarlo, por ejemplo, en lo que se definió como un «asalto» al rectorado de la Universidad de Barcelona que se saldó con la quema de una bandera y con un busto del dictador por los suelos, aunque más grave había sido lo ocurrido en Madrid a raíz de la detención de varios miembros del clandestino Frente de Liberación Popular (1958-1969). Entre estos detenidos, por arrojar propaganda, se encontraba el estudiante de Derecho Enrique Ruano (compañero de colegio y buen amigo de quien con el tiempo llegaría a ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba), a quien se halló muerto al pie de un edificio tres días después de su detención. Hoy sabemos que fue el

Manuel Fraga Iribarne (es el que viste de civil).

por entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne (1922-2012), quien no sólo movilizó al director del periódico Abc Torcuato Luca de Tena (1923-1999) para que cocinara una versión según la cual se trataba de un suicidio (publicando incluso páginas de un apócrifo diario personal de Ruano), sino que también llamó al padre del estudiante fallecido para exigirle que dejara de protestar y, de paso, recordándole que tenía otra hija de la que ocuparse. Un mes después, los tres policías que habían detenido a Ruano recibieron una «felicitación por los servicios prestados».

El estado de excepción declarado en 1969 tuvo muy duras consecuencias en el ámbito editorial, lógicamente con mayor incidencia en las editoriales obreras y de izquierdas y en las que publicaban en alguna distinta a la «lengua del imperio». Así lo cuenta Carmen Menchero de los Ríos en «Editoriales disidentes y el libro político»:

El mundo editorial fue fiel reflejo de lo ocurrido en otros ámbitos y, más allá del restablecimiento de la censura previa, prevista por el artículo 3 de la Ley Fraga, la crisis se saldó con el secuestro de treinta publicaciones ya distribuidas por las librerías y la cancelación de la actividad para cuatro editoriales: Ricardo Aguilera, Equipo Editorial, Halcón y Ciencia Nueva, al tiempo que ZYX, Edicusa y Nova Terra se encontraban abocadas a correr la misma suerte por el asedio sistemático de su actividad desde el MIT [Ministerio de Interior y Turismo]

Nova Terra era una editorial marcadamente vinculada al cristianismo y al obrerismo que publicaba tanto en catalán como en castellano y que se caracterizaba por sustentarse en una peculiar y voluntariosa estructura empresarial; entre sus títulos publicados hasta entonces: La mà contra l´horitzó (1961), de Manuel de Pedrolo; Ensayos sobre la condición obrera (1962), de Simone Weil; El cine al alcance de los niños (1964), de Miquel Porter Moix; Los sacerdotes obreros (1965), de Gregor Stiefer Argelia entra en la historia (1965), de Pierre Bourdieu y Abdelmalek Sayad; Qué libros han de leer los niños (1966), del Equip Rosa Sensat; La sexualidad, carne y amor (1966) de Octavi Fullat; Ciudad rebelde (1967), de Luis Amado Blanco; Problemas actuales del sindicalismo (1967), de Pierre Le Brun; Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores (1968), de Manuel Sacristán; La carne en el asador (1969), de Francisco Candel; Introducció a la historia del moviment obrer, de Manuel Tuñón de Lara;  Chicos de la gran ciudad (1969), de J.M. Huertas Clavería; Secularización y cristianismo (1969), de Lluís M. Xirinachs… Los obstáculos que puso la censura a Nova Terra parecían ir encaminados a entorpecer su viabilidad económica mediante el nefando método de dilatar el proceso de las asignación de número de registro y al mismo tiempo retener o secuestrar todos los libros que publicaban. De hecho, ya hacía tiempo que estaban en el punto de mira de la censura, como constató Francisco Rojas Carlos al resumir el expediente que se abrió a Nova Terra (núm. 1.307, sin fecha):

Los informes del Ministerio estudiaron concienzudamente las líneas ideológicas de la editorial, y así se dictaminó entre otras cosas: “Examinada la línea general de sus ediciones y estudiados algunos de sus numerosos títulos característicos, puede afirmarse que Nova Terra tiene, en lo religioso, una marcada orientación peligrosamente progresista y, en lo político, una clara tendencia filomarxista. Como también «editorial de actividades progresistas, de matiz catalanista y rotunda oposición al Régimen». Entre sus integrantes, los informes destacaban las figuras de los sacerdotes Jorge Bertrán Quintana y Casimiro Martí Martí, junto a Josep Verdura y Alfonso Comín Ros, «todos los cuales sustentan una línea política de avanzada tendencia libertaria».

Colección Actitudes, traducción de Santi Soler (militante de la clandestina Acción Comunista), 1969. La versión catalana, también en Nova Terra, es del famoso polígrafo Manuel de Pedrolo (1918-1990).

En el estudio monográfico que Dolors Martín y Agnès Ramírez dedicaron a esta editorial –que, ciertamente, como ha escrito Mireia Sopena, es «deudor en demasía de las entrevistas a sus protagonistas»– se reproducen algunos documentos muy esclarecedores de las consecuencias que tuvo el estado de excepción. Éstos permiten, por ejemplo, constatar que, por el hecho de no tener concedido un número de registro editorial (como tampoco lo tuvo nunca Edicions 62, por ejemplo), ya en 1968 Nova Terra había padecido una oleada de secuestros de libros en clara progresión: uno en febrero, otro en abril, otro en agosto y tres en octubre, lo que contribuía de modo decisivo a que, a finales de 1968 la cuantía de inversiones y anticipos sobre obras que no habían podido publicar ascendiera a la astronómica cifra de 540.000 pesetas, que no había modo de amortizar, y que al año siguiente ascendían ya a tres millones de «pérdidas ocasionadas por la prohibición o retención de libros». Y a ello había que añadir aún las numerosas presentaciones de libros no autorizadas, por ejemplo.

Como consecuencia directa de la declaración del estado de excepción, el asesor general,  Alfons Comín (1933-1980) fue detenido en su casa, el director literario, Josep Verdura (1921) tuvo que ocultarse, y dos secretarias, Mercè Pons y M. Àngels Berengueres, así como dos de los fundadores y colaboradores, Miquel Juncadella y Antoni Muné, fueron detenidos y pasaron alguna que otra noche en los calabozos de Via Laietana. Y por si fuera poco, además la policía confiscó (y nunca han vuelto a aparecer) «gran cantidad de documentos, numerosa correspondencia, originales, fotografías»…

Colección Actitudes, en 1968.

Enorme interés tienen también los apuntes que tomó Joan Carrera (1930-2008) de sus delirantes entrevistas en Madrid, en compañía de mosén Guix (que había sido profesor de Fraga Iribarne), con el ministro: «Al oír el nombre de Nova Terra, me interrumpe con brusquedad. En esto, dice, no hay nada que hacer. Nova Terra se ha portado indignamente. Ha atentado incluso contra la unidad nacional. Ha creado conflictos judiciales, etc.». Vale la pena señalar que, muy probablemente, Fraga aludía al juicio sumarísimo al que fue sometido Francisco Candel (1925-2007) por el cartel propagandístico de La carne en el asador (1966), que rezaba: «¿Qué clase de ganado es este: turistas, ladrones, ministros, procuradores en cortes?», y que supuso un duro revés para Fraga, pues, recordando que el término “ganado” tiene como tercera acepción «conjunto de personas» Candel fue absuelto y el ministerio puesto en evidencia.No menos interés tienen las notas sobre la entrevista, en el mismo viaje, mantenida con Robles Piquer (1925-2018), director general de Cultura Popular y Espectáculos (además de cuñado de Fraga), de quien se transcriben las siguientes palabras: «Ya sé que el señor Comín no es hombre de poner bombas, pero las bombas ideológicas traen las demás». Lo que se colige de estas notas es que el ministerio estaba recibiendo presiones de la extrema derecha para que hiciera marcha atrás en la timidísima apertura que se suponía que estaba llevando a cabo, y que le costó bien poco sucumbir a estas presiones, que en el caso de Nova Terra se concretaban en la exigencia de desprenderse de Comín y de Verdura para poder seguir publicando e incluso se les recomendaba cambiar de nombre a la editorial.

Publicado en la colección Actitudes y luego en El Sentit de la Historia en 1974 y reimpreso en 1975.

Esto generó un intenso, enconado y en buena medida envenenado debate en el seno de esta editorial comunitaria, entre quienes estaban dispuestos a redoblar el pulso con el poder y quienes preferían preservar a toda costa la existencia de la editorial (que proponían mantener a Comín y Verdura como colaboradores si bien de tapadillo). Otro interesantísimo documento aportado en la mencionada monografía (pp. 108-110) es una asombrosa y emotiva carta escrita desde la prisión por Comín y dirigida a Josep Artigal (1923-1995), contable de la empresa Cubiertas y Tejados y uno de los fundadores de Nova Terra, que no tardaría en convertirse en gerente de la editorial. En ella Comín se muestra relativamente comprensivo con el dilema contra el que la Censura ha acorralado a Nova Terra, pero expone muy abiertamente su propia situación personal y las graves consecuencias que tendría para él verse excluido del proyecto colectivo que es Nova Terra:

En estos momentos, lejos de tantas cosas, me preocupa especialmente el aniquilamiento anímico que nace del hecho de sentirse exiliado. Y, si lo preferís, exiliado no en el sentido material del término, sino exiliado en el sentido, sobre todo, moral, espiritual. Creo que este, desde el punto de vista de nuestra continuidad y posibilidad de realización en tanto que personas, es uno de los peligros más graves de la prisión, la expatriación o cualquier cosa que conlleve el abandono forzado del propio círculo vital, de la propia comunidad de vida.

Y continua más adelante: «En cuanto al riesgo, ¡qué queréis que os diga! Yo, por mi parte, lo acepto […]. Bastará que los demás, o algunos de los demás, quieran también compartir este riesgo y, valorando todo lo que ello supone, lo acepte. […] Todos aceptamos riesgos: Sólo es necesario creer que lo que motiva esa aceptación vale la pena».

Alfonso Carlos Comín.

Aun así, el tira y afloja que convulsionó Nova Terra conllevó el abandono de Comín y Verdura (que seguirían sus trayectorias en las editoriales Estela y Laia), pero eso no supuso en ningún caso nada parecido a una vuelta a la relativa normalidad. Por si estos fueran pocos problemas, unos años después, el 30 de abril de 1973 el almacén que la editorial tenía en el popular barrio de Sants fue objeto de un incendio que tenía toda la pinta de ser un ataque de los ultras Guerrilleros de Cristo Rey dirigidos por el veterano de la División Azul Mariano Sánchez Covisa, cosa que agravó la ya dificilísima situación económica y acabó por hacer inviable la continuidad del proyecto.

La de Nova Terra no es sólo la historia de una de las editoriales más fascinantes puestas en pie durante el franquismo por un colectivo heterodoxo y heterogéneo (sacerdotes, maestros, obreros de la construcción, oficinistas, encuadernadores), sino que su repaso permite un extraordinario acercamiento al opresivo ambiente en que los editores, y en particular los que publicaban en catalán, intentaron llevar a cabo su tarea de acercamiento de la cultura al pueblo.

Fuentes:

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya. Segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2006.

Dolors Martín i Agnès Ramírez, Editorial Nova Terra, 1958-1978. Un referent, Barcelona, editorial Mediterrània, 2004.

Carmen Menchero de los Ríos, «Editoriales disisdentes y el libro político», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 809-834.

Francisco Rojas Carlos, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Mireia Sopena, «La historia de la edición en catalán: balance y retos», en Fernando Larraz, Josep Mengual y Mireia Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, Gijón, Trea, en prensa.

El lector interesado puede consultar además los legados de Lleonard Ramírez i Viadé y de Nova Terra, que se conservan en el Arxiu Nacional de Catalunya, fondos 338 y 49, respectivamente.