Honoré de Balzac, editor

Los escritores siempre han considerado el dinero con una mezcla de estima y de desprecio, pero sus atracciones y repulsiones nunca han sido tan poderosamente comprendidas, pues Balzac era al mismo tiempo la víctima notoria de la literatura industrial y su empresario más emprendedor. Desde sus transacciones en Grub Street hasta su presidencia al frente de la Societé des Gens de Lettres, consideró francamente la profesión de escritor como un negocio. «Ya no tenemos obras —informa en Beatriz—, tenemos productos.» Georg Lukács, al describir Las ilusiones perdidas como el Don Quijote de las ilusiones burguesas, ha resaltado acertadamente su tema: la transformación de la literatura en mercancía.

Hary Levin, El realismo francés. Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, Proust.

La entrada del grandísimo escritor Honoré de Balzac (1799-1850) en el mundo de la publicación de libros se ha atribuido a los fracasos que experimentó a su llegada a París como escritor de noveluchas de tendencia neogótica.

Así, en abril de 1825, Balzac se asocia con el médico Charles Caron, un funcionario retirado llamado Jacques-Edouard Benet de Montcarville, y con el célebre librero Urbain Canel (1789-1867). Este último, que se haría famoso tanto como editor de los románticos como por sus reiteradas quiebras, había proyectado ya con otro librero, Agustin Deslongchamps, publicar en pequeños volúmenes a Jean de La Fontaine (1621-1695). Molière (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673), Jean Racine (1639-1699) y Pierre Corneille (1647-1684), y cuando expuso la idea a Balzac, este corrió a obtener un préstamo de seis mil francos de sus amigos Bernard-François Blassa y Henri Dassonvillez de Rougemont para entrar en la asociación y ponerse al frente del proyecto.

Las obras de La Fontaine y Molière aparecieron ese mismo año 1825 precedidas de prólogos introductorios del propio Balzac y con ilustraciones a cargo del artista británico Thompson a partir de dibujos originales de Achille Deveria (1800-1858), los libros aparecieron ese mismo año 1825.

Sin embargo, tanto el diseño de los volúmenes como el proceso de distribución de la obra y los planteamientos comerciales de Balzac Editeur ponen de manifiesto que el proyecto estaba mal concebido desde el principio, acaso por carencia de formación en artes gráficas añadida a una enciclopédica falta de experiencia. Para condensar las obras, aprovechar al máximo el papel y evitar que el libro diera demasiadas páginas, se eligió una tipografía extremadamente minúscula, con unos interlineados criminales y sin márgenes razonables, cosa que los hacía difíciles de leer. Además, su optimismo le llevó a suponer que podría financiar los siguientes libros con la venta de los primeros. Por si fuera poco, las ilustraciones en el de La Fontaine en particular, que han sido objeto de algunas críticas demoledoras, encarecieron absurdamente el precio sin aportar ningún valor adicional, de modo que las obras se comercializaron inicialmente a veinte francos franceses de la época (unos 69 euros de 2020). Los libreros no sintieron ningún interés por unos libros exorbitantemente caros publicados por alguien completamente desconocido y sin ningún prestigio en el sector, así que Balzac no tardó en bajar los precios, primero a trece y posteriormente a doce francos. Y ni aún así. Al cabo de un año, de los casi dos mil ejemplares de cada título había vendido apenas una veintena y acabó liquidando a un librero todo el stock.

Mientras el negocio avanzaba con paso firme y decidido hacia el fracaso más estrepitoso que imaginarse pueda, a principios de 1826 Balzac inició una sorprendente huida hacia delante consiguiendo que su familia y madame de Berny le prestaran el dinero necesario para comprare a Laurent de Perignac la imprenta que este tenía en la calle Marais-Saint-Germain (rebautizada luego Visconti) y que contaba con siete prensas Stanhope y treinta y siete empleados (lo que la convertía en una empresa de tipo medio, si se tiene en cuenta que la poderosa Everat contaba con casi quinientos empleados o la prestigiosa Firmin-Didot con doscientos).

Sin embargo, el todavía incipiente escritor carecía de la prescriptiva licencia que Napoleón I había instaurado en 1810 para controlar a quienes intervenían en la creación de material impreso. Blazac, aun cuando no había hecho ningún aprendizaje al respecto y por tanto carecía de las credenciales necesarias para obtener la licencia, la obtuvo el 12 de abril de 1825, al parecer gracias a la intervención del señor de Berny, por entonces influyente magistrado y cuya esposa había prestado la poco desdeñable suma de 45.000 francos para que el joven pusiera en pie su Imprimerie H. Balzac.

Lo primero que hizo Balzac fue contratar como jefe de taller al joven tipógrafo André Barbier, a quien asignó un sueldo de doce mil francos, y entre julio de 1826 y agosto de 1928 —por el camino, la disolución de la editorial le reportó una deuda de quince mil francos—llegó a imprimir poco más de doscientos trabajos entre prospectos, folletos y libros, una cifra más bien modesta teniendo en cuenta las dimensiones e instalaciones con que contaba la empresa. El primer trabajo salido de las prensas de la H. Balzac fue un prospecto de «pilules anti-glaireuses de longue vie» (pastillas de larga vida contra las mucosidades), y a este seguirían diversos folletos de tipo noticiero, de resumen de procesos judiciales, de temas políticos, etc., pero también algunos cancioneros y algunos libros más bien modestos.

Entre estos últimos se cuenta una serie entre didáctica y paródica en cuyos títulos puede advertirse quizá el origen de algunos títulos del hoy olvidado Noel Clarasó (1899-1985) como El arte de perder el tiempo, El arte de no pensar en nada, El arte de tratar y maltratar a las mujeres, etc. Unos de los más famosos de esta coleccción impresos por Balzac fueron Art de ne jamais déjeuner chez soi et de toujours diner chez les autres par feu le Chevalier de Mangeville, pero quizás el más oportuno fuera l’Art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans débourse un sou, porque también esta nueva empresa balzaquiana acabó en desastre financiero, cosa que no es de sorprender a la vista del número de empleados (y los sueldos que cabe suponerles) y la cantidad de trabajos llevados a cabo.

A estos últimos pueden añadirse, sin embargo, obras didácticas poco menos que imprescindibles para los estudiantes de la época, como el muy usado Vocabulaire del lexicógrafo Noël François de Wailly (1724-1801) o el Lycée ou Cours de litérature del prestigioso crítico Jean-François La Harpe (1739-1803), a los que podría añadirse algunos libros de memorias sobre la época revolucionaria, como las del abogado Jean-Charles Jean Marie Barbaroux (1767-1794), el general François-Claude-Amour, marqués de Bouillé (1739-1800) o las de la célebre girondina Marie-Jeanne Roland (1754-1793), todos ellos guillotinados (los autores de estas memorias, se entiende, no los libros).

Quizá más interesante sea que de la imprenta de Balzac salieran algunos libros más o menos prohibidos por la censura, caso de las Ruines del explorador y filósofo Volney (Constantin-François Chaseboeuf de La Giraudais, 1757-1820), las Scènes contemporaines de la vizcondesa de Chamilly (seudónimo colectivo de François-Adolphe Loève-Veimars, Louis-Émile vanderbuch y Auguste Romieu), o las obras del poeta Évariste de Parny (Évariste Desiré de Forges, vizconde de Parny, 1753-1814). Y a ellos aun puede añadirse una tercera edición de los Cinq-Mars de Alfred de Vigny (1797-1863) y otra de La Jacquerie de Prosper Mérimée (1803-1870).

El balance del primer año de trabajos deja una deuda de noventa mil francos (unos trescientos mil euros actuales), pero tampoco esto arredra a Balzac.

En julio de 1827 se asocia con su empleado André Barbier y con Jean-François Laurent para adquirir una fundición de plomo, en lo que parece un intento de controlar todo el proceso industrial de creación de los libros. Pero las deudas no tardaron en alcanzar los sesenta mil francos. Quizás afortunadamente, no llegó a poner sus ojos en ningún taller de encuadernación, y las deudas contraídas hasta entonces fueron suficientes para convencer a Balzac de que lo mejor que podía hacer era dedicar toda su atención a la escritura de novelas, a un ritmo vertiginoso, para poder saldarlas. Entre estas obras, destacan para lo que aquí interesa el cuento «El ilustre Gallisard», sobre un comerciante de periódicos para jóvenes, pero sobre todo la serie Las ilusiones perdidas (formada por Los dos poetas, Un gran hombre de provincias en París y Eva y David), incluida a su vez en La Comedia Humana, en la que el joven Lucien de Rubempré ve frustradas sus esperanzas de vivir de la literatura en cuanto se adentra en las trampas del mundo editorial de los años veinte del siglo XIX; los que sin duda mejor conocía su autor.

Fuentes:

Web de la Maison de Balzac.

Gabriel Hanotaux, Georges Vicaire, Honoré de Balzac y Louise Antoniette Laure Berny, La jeneusse de Balzac, Paris, Librairie des Amateurs, 1921.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.