Autopublicación. El caso de Ramón J. Sender

Todavía no había concluido la guerra civil española cuando, tras su fugaz paso por Francia y Estados Unidos, Ramón J. Sender (1901-1982) llegaba a México, y, como no podía ser de otra manera, uno de sus primeros objetivos era publicar el libro que había estado escribiendo en el barco que le trasladó a América (Proverbio de la muerte) y el que escribió inmediatamente al llegar (El lugar del hombre).

En un país donde no disponía de los contactos necesarios y en un ambiente cultural que aún no dominaba, no es raro que pronto optara por crear una editorial en la que dar salida a las obras que por aquellos años estaba escribiendo, en la que era además una de sus mejores rachas creativas.

Sin embargo, no contaba con los fondos necesarios para llevar a cabo una empresa semejante, pues mientras residía en la calle Niza, 40 de la capital mexicana solicitó el 9 de septiembre de 1939 al Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles un préstamo de 40.000 pesos (que se le denegó con fecha de 30 de abril de 1940), pero en el ínterin el escritor aragonés ya había puesto en pie las Ediciones Quetzal, que publicaría sus primeras obras en México.

Sir Peter Chalmers-Mitchell (1864-1945), traductor al inglés de Contraataque, Mr. Witt en el Cantón y Siete domingos rojos.

Hay constancia de que la prestigiosa editorial londinense Faber & Faber (bajo la égida de T. S. Eliot) le envió el importe de liquidaciones atrasadas, y es posible que otras editoriales hicieran lo mismo, pues a esas alturas sus novelas eran ampliamente publicadas –y con muy buena crítica– en diversos países: en 1934 Imán había aparecido en traducción de James Cleugh simultáneamente en Inglaterra (en Wishart & Company) y Estados Unidos (en Houghton Miffin Co.), que Paul Allen elogió en el New York Herald Tribune; al año siguiente Horace Liveright había publicado en Nueva York Siete domingos rojos, en versión de sir Peter Chalmers Mitchell, obra que en 1938 se incorporaría al catálogo de Penguin; en 1937 Houghton Miffin Co. había dado a la imprenta en Boston la traducción al inglés de Contraaataque y en Les Éditions Sociales de París había aparecido la versión francesa de Georges Bénichou, mientras que ese mismo año Faber and Faber ponía a la venta la traducción de sir Peter Chalmers-Mitchell de Mr. Witt en el Cantón (que al año siguiente publicaría Houghton Mifflin en Estados Unidos) y a ello hay que añadir las publicaciones en las mejores revistas de sus cuentos y relatos (la Partisan Review, donde por entonces publicaban Auden, Saul Below o Edmund Wilson, o la Kenion Review, donde son habituales las firmas de Penn Warren, Cleanth Books y otros grandes de la Fraternidad de Escritores del Sur).

Robert Penn Warren (1905-1985), de pie, con Saul Bellow (1915-205) en 1972.

Entrevistado por Baltasar Porcel para Personajes excitantes (Plaza & Janés, 1978), el propio Sender aludiría a que esos ingresos procedentes sobre todo de editoriales estadounidenses (aún no afectadas de pleno por la guerra mundial) y en menor medida inglesas, le ayudaron a subsistir en la capital mexicana:

México nos ayudó mucho, aunque yo no gané un solo peso mexicano en todo el tiempo que estuve allí. Vivía de ocasionales derechos de autor que llegaban de Inglaterra o Estados Unidos. Por eso, sintiéndolo mucho –porque yo amo a México de veras– tuve que salir para Estados Unidos, donde enseguida las universidades me buscaron.

 

Miguel Ángel Asturias en 1932.

Pese a esas dificultades económicas, en 1939 conseguía sacar a la luz tres libros de sus recién creadas Ediciones Quetzal: sus novelas Proverbio de la muerte y El lugar del hombre e iniciaba una colección titulada Un hombre y una Época con la traducción de Francisco Pina Brotóns del Cervantes escrito por el hispanista francés Jean Cassou (1897-1986), quien en 1937 había publicado en Gallimard una traducción de Las novelas ejemplares cervantinas. Algún testimonio de los apoyos recibidos por Sender en esta empresa sí existe, y se refiere nada menos que a quien llegaría a ser Premio Lenin de la Paz y Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias (1899-1984), acerca de cuya obra ya en 1930 había publicado Sender “Un poeta de Guatemala” (El Imparcial, 26 de julio):

Gracias a la intervención de Miguel Ángel Asturias cerca del monopolio del papel se consiguió buen papel y en mayor cantidad del que esperábamos. Le dije que no tenía dinero para el pago. “No te preocupes”, me dijo, “me firmarán unas letras que iremos renovando”. Y así lo hicimos, hasta que unos meses después dejaron de reclamarlas.

Sólo puede conjeturarse acerca de si en la estancia, en cualquier caso breve, de Sender en Guatemala tuvo alguna intervención Miguel Ángel Asturias. En cualquier caso, apenas llevaba tres meses en México cuando Sender ya estaba gestionando su traslado a Estados Unidos, que veía difícil a raíz del hecho de que un funcionario le retuviera el pasaporte para tramitarle la naturalización, y, aparentemente, lo extraviara (lo que dificultaba la posibilidad de acceder a un visado de entrada en Estados Unidos). Jesús Vived Mairal recrea ese episodio en la excelente biografía que dedicó a Sender y detalla la intervención decisiva para resolverlo del poeta y alto funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores Jaime Torres Bodet, a quien Sender conocía de su etapa como secretario de la embajada mexicana en España en los años veinte. Finalmente, mediado 1941 pudo Sender viajar al país vecino, donde residiría hasta el final de sus días.

Los siguientes títulos que aparecieron en Ediciones Quetzal fueron, ya en 1940 y en la colección Un hombre y una Época , Hernán Cortés, “retablo en dos partes y once cuadros”, que Sender había escrito en respuesta a la petición que en sus primeras semanas en México le había hecho el actor vasco  Benito Cibrián (1890-1974), quien deseaba estrenar en el Teatro Bellas Artes una obra que tratara la historia común de España y México con la compañía que tenía con su esposa Pepita Melià (1893-1990); y en la misma colección se publicaba ese mismo año Darwin, de Marcel Prenant (traducido por el crítico cinematográfico exiliado Francisco Pina Brotóns) y Fulgor de Martí, de Mauricio Magdaleno, de cuyo volumen de Teatro revolucionario (Madrid, Cénit, 1933), Sender había escrito una elogiosa reseña para el periódico madrileño Libertad en 1933 que propició el encuentro personal en la capital madrileña; y en diciembre de 1940 aparecía en Quetzal el libro de cuentos de Sender Mexicayót,(con viñetas del pintor y escritor malagueño Darío Carmona), donde se expresa con enorme fuerza la asimilación que el escritor aragonés estaba llevando a cabo de la historia, la cultura y las costumbres del país que le acogía. Unos años más tarde (en 1945), uno de los cuentos incluidos en este libro, «El zopilote», lo traduciría para The Modern Magazine nada más y nada menos que Paul Bowles (1910-1999).

Se hace difícil fechar con precisión cuándo desistió Sender de sus intentos editoriales, que tuvieron sin embargo continuidad en manos de una sociedad anónima capitaneada por Bartomeu Costa-Amic, Julián Gorkín y Michel Berveiller, con el apoyo económico de un grupo de inversores franceses establecidos en México como consecuencia de la guerra mundial. Por ello, es difícil establecer qué títulos publicados entre 1941 y 1944 (fecha en que la sociedad se disolvió) corresponden a decisiones y desvelos del escritor aragonés. Aun así, parece deberse a Sender la publicación en 1941 de Torbellino (un hombre de treinta años), del político y escritor mexicano Alejandro Gómez Maganda (1910-1984), de Hombres contra Hitler, de Fritz Max Cahen (1891-1966), en traducción de Concha de Albornoz (1900-1972) y de Páginas del destierro, de Álvaro de Albornoz Salas (a quien conocía desde por lo menos los años veinte en su época de periodista en Madrid), mientras que es más difícil aún dilucidar si pertenece ya a la segunda etapa de Ediciones Quetzal la publicación de Victor Serge, Hitler contra Stalin. La fase decisiva de la guerra mundial, en traducción del maestro poumista Enric Adroher i Pascual (“Gironella”) (1908-1987)  a partir de un original por entonces inédito en francés (L´empire nazi contre le peuple russe) ese mismo año 1941. Lo cierto es que Sender conocía bien no sólo a Serge, sino también a Adorher, pero quizá este texto llegara ya a través de Costa-Amic o de Berveiller.

En cualquier caso, más adelante aún apareció en Quetzal la primera edición de la novela de Sender Epitalamio del prieto Trinidad (1942), con cubierta de Carmona, que Francisco Carrasquer consideró “la más completa orquestración de las partituras senderianas de ultramar. Sobre todo, atendiendo a las modulaciones de contrapunto”, y Manuel Andújar “una de las contribuciones más importantes del exilio republicano [que] ocupa aún hoy sitio preferente en cualquier recuento de América Latina, a pesar de que el reconocimiento popular y el oficial dique académico incurran en semejantes distracciones”. Ese mismo año la poderosa editorial Doubleday (cuando aún estaba a su frente Nelson Doubleday), publicaba la traducción que de esta novela hizo Eleanor Clark, que a su vez provocó una reseña entusiasta del gran Lionel Trilling (1905-1975) en Nation. Se anunció también en Quetzal un Valle Inclán, presumiblemente en la colección Un hombre y una Época, que no llegó a buen puerto.

Es significativo que esta producción literaria de los años iniciales del exilio publicada en sus propias Ediciones Quetzal se viera Sender en la necesidad de reelaborarla de cabo a rabo en años sucesivos. Así, reescribió Proverbio de la muerte hasta convertirla en La esfera (Buenos Aires, Ediciones Siglo XX, 1947),  El lugar del hombre fue sometida a una revisión que cambió incluso el título: El lugar de un hombre (México, Ediciones CNT, 1958); la obra teatral Hernán Cortés se reconvirtió y diluyó su forma teatral en Jubileo en el Zócalo (Nueva York, Appleton Century Crofts, 1964), y sólo algunos de los  cuentos de Mexciayótl se aprovecharon, reelaborados y en algún caso con títulos nuevos, al incorporarlos a Novelas ejemplares de Cíbola (Nueva York, Las Americas Publishing, 1961).

Podría concluirse, pues, que si económicamente la empresa de Sender fue poco menos que un desastre absoluto, como escritor acumuló un material muy valioso que, sin embargo, al parecer no fue inicialmente objeto del proceso de edición que merecía, y en consecuencia pasado el tiempo tuvo que someterlo a revisiones, en algunos casos notablemente severas o de bastante calado.

Fuentes:

Fabienne Bradu, “Bartomeu Costa-Amic”, Vuelta, núm. 253 (1997), pp. 41-45.

Francisco Carrasquer, La Integral de ambos mundos. Sender, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 1994.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

aedf6-ramon-senderJosé Carlos Mainer, “Resituación de Sender”, en AA.VV., Ramón J. Sender. In memoriam, Zaragoza, Diputación de Aragón, 1983, pp. 5-23.

Jesús Vived Mayral, Ramón J. Sender. Biografía (Páginas de Espuma (Voces 14),2002.

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Bennett Cerf y la época dorada de Random House

Todos fuimos muy honrados, y cuando la gente es así la cosa funciona para todos.

Bennett Cerff, Llamémosla Random House.

Bennett Cerf (1898-1971)

En los libros de memorias de los grandes editores, en particular de los estadounidenses, es común encontrar, entre otras cosas, retratos de autores importantes realizados a partir de alguna anécdota significativa, una línea argumental acerca de la evolución del mundo editorial, consideraciones sobre el oficio de editar textos y notas más o menos cómicas tras las que se adivinan una serie de juergas, excesos o jolgorios más o menos notables.  Llama la atención, por ejemplo, que en Egos revueltos, de Juan Cruz, los jolgorios sean tan abrumadoramente numerosos en comparación con el relato (apenas existente) sobre cómo se editó tal o cuál libro, qué sugerencias de mejora se hicieron al autor antes de publicar un libro y si los aceptó o no, qué autores requerían un mayor y más profundo trabajo de mesa y cuáles no. Quizá se debe a que el libro de Juan Cruz no es en sentido estricto un libro de memorias, pero su libro acaso puede transmitir una imagen del oficio de editar como propia de diletantes y gente de mal vivir que casi nunca se corresponde con la realidad.

Libros memorialísticos tan distintos como Editar la vida (Debate, 205), de Michael Korda, La industria del libro (Anagrama 2001), de Jason Epstein, o Llamémosla Random House (Trama Editorial, 2013), de Bennett Cerf, por poner sólo  algunos ejemplos muy conocidos, logran un equilibrio notable al conjugar esos diversos aspectos antes señalados.

Bennett Cerf, portada de la revista Time.

Particularmente notable y asombroso es el caso de las memorias de Cerf, sobre todo por el insólito modo en que se generó ese libro. Tal como cuenta Christopher Cerf en la introducción, su padre llevaba bastante tiempo trabajando en ese texto:

Por desgracia, a papá, fallecido de un ataque al corazón en 1971, la muerte le negó la oportunidad de acabar de reunir y pulir unas memorias en las que venía trabajando desde finales de los años sesenta.

Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, un personaje legendario como Cerf tuvo como editor (póstumo) a otro de los grandes, Albert Erskine (1912-1993), quien, en palabras de nuevo de Christopher Cerf:

Con brillantez montó este libro con las notas, las libretas, apuntes y diarios de mi padre, y de la historia oral que había grabado para la Universidad de Columbia; cada detalle del carácter profusamente rico de mi padre queda reflejado en este libro.

Albert Erskine.

El material original, tal como se cuenta en la nota de los editores, fueron más de mil páginas con las transcripciones de las entrevistas de Columbia mencionadas, y como se explica en la misma nota, “Cuando encontramos piezas que escribió hace tiempo, cuyo contenido es superior a su tratamiento de los mismos hechos de viva voz, los incluimos en el lugar adecuado”.

Desde luego, este monumental y minucioso trabajo de cotejo, montaje y pulido valió la pena, pues el resultado es uno de los libros de referencia acerca de la época dorada de la edición estadounidense, en la que Cerf desempeñó un papel protagonista.

Horace Liveright

Tras unos inicios en el periodismo y como agente de Bolsa, la vocación de Bennett Cerf  (1898-1971) le llevó a entrar en la empresa creada por Albert  Boni y Horace Liveright (cuando el primero de ellos ya la había abandonado), y como él mismo explica de allí tomó algunos modos de trabajo que luego aplicaría en la empresa que fundaría con Donald Klopfer (1902-1986), Random House:

Horace me enseñó algo en esas reuniones [informales, con los editores de la casa] . Si un editor se sentía lo suficientemente seguro sobre un libro, Horace le permitía contratarlo, y siempre hemos hecho lo mismo en Random  House. Si tenemos un editor confiamos en su criterio: si va detrás de un libro y el anticipo no es demasiado alto, no siempre lo leemos, al igual que [hacía] Horace.

Los compañeros de trabajo de Cerft, sin embargo,  no eran unos tipos cualesquiera y Liveright demostró tener muy buen ojo para crear un equipo de trabajo de lujo: Julian Messner (más adelante fundador de su propia compañía, Julian Messner Inc), Beatrice Kaufman, Manuel Komroff (autor de una edición ejemplar de Los viajes de Marco Polo),  la más tarde exitosísima guionista y escritora Lillian Hellman (cuyas memorias, Una mujer con atributos, publica en español Lumen) o Ted Weeks (que más adelante se convertiría en editor de la prestigiosa Atlantic Mothly. Una lección de la que Cerf debió de tomar muy buena nota.

Lillian Hellman con Dashiell Hammett

Aun así, en cuanto hubo acumulado la suficiente experiencia y cometido sus primeros y aleccionadores errores, a Cerf se le presentó la oportunidad de comprar con Kloper  la magnífica colección de clásicos The Modern Library, y no la desaprovechó. La Modern la había creado en 1917 Albert Boni (1893-1981) tomando como modelo la mítica Everyman, pero incluyendo además autores estadounidenses, y a mediados de los años veinte era una colección muy acreditada que superaba el centenar de títulos (La letra escarlata, Moby Dick, El retrato de Dorian Gray…).

El Moby Dick ilustrado por Raymond Bishop para Albert & Charles Boni Inc, fechado misteriosamente en 1933 (cuatro años después de disuelta la empresa).

Éstos fueron, pues, los modestos pero ilustres cimientos de Random House, una empresa en la que los fundadores se conformaban con no tener que poner dinero de su bolsillo, o en cualquier caso no demasiado: “En este sentido, eran ejemplares típicos de la brillante generación de editores a la que pertenecían”, escribió Jason Epstein. “Trabajaban por amor al arte, y les sorprendió amasar una fortuna inesperada”. Tal como describe Schiffrin la cuestión en esa época, “los editores de libros destinados a la librería admitían que perdían dinero o apenas cubrían gastos en la primera edición y que los beneficios de producían luego, en las ventas a los clubes y en ediciones de bolsillo”.

Volumen que reúne la correspondencia Cerf-Klopfer, ed. de Robert D. Loomis.

Uno de los más brillantes blasones de Random House fue también la pléyade de editores y colaboradores con que contó: Saxe Commins (1892-1958), sobrino y editor de Emma Goldman, que procedía de Liveright y que fue editor jefe de Random House hasta su facllecimiento, ocupándose de textos de Theodore Dreiser, Gertrude Stein, W. H. Auden, Stephen Spender, James Michener, William Carlos Williams, Isak Dinesen y en particular de Eugene O’Neill y William Faulkner; Louise Bonino, célebre editor de libro infantil y juvenil que se incorporó al fusionarse Random House con Smith & Haas, como el propio Robert K. Haas (1890-1964), quien durante años estuvo al frente del Book-of-the-Month Club; Harry Maule, prestigioso editor en Doubleday (conocido sobre todo por su trabajo con las obras de Sinclair Lewis) que estuvo en Random  entre 1946 y 1964; Robert Linscott, procedente de Houghton Mifflin;  el famoso editor de obras de referencia Jess Stein; Frank Taylor y Albert Erskine (ambos procedentes de Reynal & Hitchcock, donde descubrieron a Karl Shapiro y Ralph Ellison);  David McDowell; Hyram Haydn, que llegó en 1955 procedente de Crown y de Bobbs-Merrill (y allí dio la alternativa a William Styron) y se convertiría en director editorial de Random  hasta que en 1959 creo con Alfred A. Knopf Jr. (Pat) y Simon Michael Bessie la editorial Atheneum Publishers; Bertha Krantz; Robert Loomis (editor de ficción y no ficción que se ocupó de varios Premios Pulitzer, y de Philip Roth entre otros grandes autores)…

William Faulkner y Saxe Commins, del brazo de la esposa de este último, Dorothy.

Otra de las reflexiones frecuentes en las memorias de editores en empresas de éxito es, en muchísimos casos y quizá paradójicamente, el progresivo abandono del trabajo de edición de mesa, el trabajo codo con codo con los autores para revisar argumentos, subtramas, pasajes, personajes, frases, conseguir convencerlo de abreviar tal o cual capítulo, etc. A medida que crecen las empresas, en lugar de delegar el trabajo de “representación” de la marca o los compromisos sociales (o limitarse a dejarlo en manos de los agentes literarios o del personal de prensa o publicidad), ha sido siempre muy frecuente que los editores deleguen el trabajo de edición propiamente dicho, reservándose sólo aquellos autores particularmente importantes o con los que les unía una cierta afinidad personal (o en ocasiones, simplemente, aquellos que daban menos trabajo). Y en algunos casos, ni eso.

Maxwell Perkins (que reconstruyó El ángel que nos mira de Thomas Wolfe y fue el editor de Hermingway y Scott Fitzgerald), que siempre se mantuvo a la sombra de Charles Scribner, quizá sea en este sentido la excepción más célebre.

El legendario Maxwell Perkins (1884-1947).

Cuenta sobre esta tarea del editor de mesa Cerf (cuya alusión a las adaptaciones ha quedado en parte desfasada):

Los autores difieren en gran medida en cuanto a la cantidad de ayuda que necesitan aceptar de sus editores. Dado que algunos de ellos se niegan a consentir incluso aquellas  sugerencias más cándidas, ha habido más de un libro publicado que el autor no ha permitido editar, a pesar de lo mucho que lo necesitaba. Lo que a veces me enfurece es leer en una reseña algo como “¿por qué el editor no ha hecho su trabajo?” […] Cuando un libro se vende al cine o a la televisión se entiende que quienes lo compran podrán hacer lo que quieran con él, pero en el mundo editorial el autor tiene la última palabra.

Bennett Cerf.

A medida que Random House crecía, Bennet Cerf fue también “soltando lastre” en este campo, pero aun así da cuenta de algunos trabajos interesantes con autores como William Saroyan o William Faulkner, cuyos manuscritos apenas necesitaban correcciones, y del que Cerf cuenta una respuesta muy ilustrativa de lo que Faulkner esperaba de él:

Él me traía un manuscrito y yo le decía:

–Bill, ¿tienes alguna idea sobre la cubierta del libro y la publicidad?

–Bennett, ése es tu trabajo –replicaba–. Si yo no creyese que lo haces bien, me iría a otro lugar.

E incluso comenta los problemas de Saxe Commins con John O´Hara y James Michener, o sus espectaculares éxitos con Eugene O´Neill, Irwin Shaw y Budd Schulberg, entre otros, lo cual resulta muy aleccionador para cualquier persona interesada en conocer los entresijos del oficio.

Erskine, O´Hara y Cerf.

En realidad, quizá sea ésa una de las tareas principales del editor, en el sentido de que es la que aporta realmente un valor añadido a la obra que se publica, y probablemente el resultado no es el mismo cuando quien edita es alguien comprometido a fondo con el texto (porque arriesga su dinero, o incluso, la suerte de la empresa que le paga el sueldo) que cuando lo hace alguien, por profesional que sea este alguien, a quien el autor paga una cantidad fija y acordada de antemano.  Quizás el auge de la autoedición esté alimentando esa añoranza que algunos confesamos por los “viejos y buenos tiempos”, de los que Bennett Cerf fue protagonista principal. Pero incluso para quienes no la sientan su libro constituye una lección de primer orden (además de una lectura muy amena e incluso a ratos divertida).

Fuentes:

La transcripción completa y no editada de las conversaciones con Bennett Cerf en la Universidad de Columbia pueden leerse en línea.

Parte del riquísimo epistolario de la época dorada de Random House puede consultarse en la página de The Investigators of Books.

Miguel Aguilar “Catedrales de papel”, Letras Libres, septiembre de 2003.

Anna Caballé, “Llamémosla Random House, el editor Bennett Cerf hace memoria”, Abc, 15 de julio de 2007.

Bennett Cerf,  Llamémosla Random House. Memorias de Bennett Cerf (traducción de Íñigo García Uretra), Madrid, Trama Editorial, 2013.

Juan Cruz, Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria, Barcelona, Tusquets (Tiempo de Memoria 78), 2010.

Jason Epstein, La industria del libro. Pasado, presente y futuro de la edición (traducción de Jesús Zuaika), Barcelona, Anagrama 2001.

Martín Gómez, “Llamémosla Random House, de Bennett Cerf: Un viaje a la prehistoria de una empresa y de una industria”, El ojo fisgón, 1 de octubre de 2013.

Michael Korda, Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro (traducción de Fernando González Téllez y revisión de Jonio González), Barcelona, Debate, 2005.

Laura Revuelta, «La fascinante vida del fundador de Random House«, Entre Líneas, 10 de junio de 2013.

André Schiffrin, La edición sin editores (traducción de Eduard Gonzalo), Barcelona, Destino (Áncora y Delfín, 896), 2000.

Guzmán Urrero, “Reseña: Llamémosla Random House. Memorias de Bennett Cerf«, The Cult.