«Don Antonio de Sancha, célebre encuadernador y librero»

En estos términos describía el político Pedro Rodríguez de Campomanes (1723-1802) a quien posiblemente se pueda considerar ─con permiso de Joaquín Ibarra (1725-1785)─ uno de los hombres del libro españoles del siglo XVIII mejor conocidos, y ha despertado un interés, si bien lógicamente minoritario como siempre en estos casos, muy sostenido a lo largo del tiempo. Esto ha permitido a Gabriel Sánchez Espinosa hablar, aunque haya a quien le resulte sorprendente, de «la relativa abundancia de estudios dedicados a considerar, a distinta escala, diferentes aspectos de la producción de algunos de los principales impresores del siglo XVIII español».

A diferencia de Ibarra, a quien se tiene, con razón, como uno de los principales competidores, de Antonio de Sancha (1720-1790) se ha valorado sobre todo su faceta de encuadernador, mientras que la primacía como impresor se la disputa con su rival y ambos comparten una altísima jerarquía como editores en el XVIII español. En la formación como encuadernador de Antonio de Sancha, llegado a Madrid procedente de su Torija natal en 1739, tuvo una importancia capital su paso por el taller de Hipólito Rodríguez del Barco (¿-1770), quien a la muerte de su esposa la librera Francisca de Guzmán (en 1723) había heredado los cargos de librero de la Real Casa y Real Capilla, y al fallecer Juan Gómez (en 1750) se convertiría también en encuadernador real (durante el reinado de Fernando VI).

Posteriormente Antonio de Sancha trabajó para su cuñado Antonio Sanz, desde 1720 impresor del rey, de la Academia y del Consejo de Castilla, pero debió de ser hábil en el aprendizaje del oficio, pues ya en 1751 fue encuadernador de la Real Academia de la Historia, tres años después de la Real Academia de la Lengua y en 1755 ya tenía abierta una librería-taller propia. En 1760 se convierte también en encuadernador de la Real Biblioteca.

En lo que podríamos considerar su faceta de editor, en 1768 aparece el primer tomo de la colección de poetas castellanos Parnaso español, preparada por el erudito Francisco Cerdá y Rico (1739-1800), y la impresión de cuyos cinco primeros tomos encarga a Joaquín Ibarra, quien culmina esta impresión en 1771, el mismo año en que Antonio Pérez de Soto acaba de imprimir para Sancha otra obra importante, la conocida (para abreviar) como Gramática griega filosófica, de fray Bernardo Agustín de Zamora (1720-1785).

Sin embargo, también de 1771 son los primeros trabajos de Sancha como impresor, que pudo llevar a cabo porque previamente había adquirido a su heredera la imprenta de Gabriel Ramírez y se había trasladado y ampliado el negocio. Allí se imprimirán los cuatro volúmenes restantes del Parnaso español, que Emilio Cotarelo describió como una de las ediciones más elegantes de su tiempo, sin bien uno de los primeros trabajos en esta nueva sede fue la Declaración copiosa de la doctrina cristiana, de Roberto Bellarmino (1542-1621).

Los dos tomos de la tercera edición de las Eróticas o amatorias (1774), del poeta Esteban Manuel del Villegas (1589-1669) o el poema épico de Alonso de Ercilla (1533-1594) La Araucana (1776) se cuentan entre sus trabajos más elogiados y mejor estudiados, pero uno de los aspectos más destacados de la labor de Sancha fue el rescate en el siglo XVIII de los grandes escritores de lo que se dio en llamar el Siglo de Oro, entre los que descuella su edición en cuatro tomos de un Quijote con láminas del artista segorbino José Camarón Bonanat (1731-1803) grabadas, al igual que los frontis, por valenciano Manuel Monfort y Asensi (1736-1806), quienes ya habían participado en el Quijote que Ibarra había impreso en 1771, y del que el de Sancha era más bien una copia, aunque con márgenes más amplios. No obstante, este primer Quijote hay que interpretarlo como un antecedente del que sacará finalmente en 1797.

Esta edición, en nueve volúmenes y que Sancha no llegó a ver completa, se enriquece con los comentarios del cervantista aragonés Juan Antonio Pellicer y Saforcada (1738-1806) y contiene treinta y dos grabados de Juan Moreno Tejada (1739-1805) y Blas Ametller Rotllán (1768-1842) a partir de viñetas calcográficas de Luis Paret y Alcázar (1746-1799) y Francisco Alcántara (1764-¿?), en el frontispicio del tomo primero y al inicio de algunos capítulos. Cada uno de los capítulos se acompaña de otro de notas y de un catálogo de los pasajes que aparecían «viciados» en ediciones anteriores; además, el noveno tomo comprende una amplísima biografía de Cervantes, obra también de Pellicer, que al parecer en ocasiones se comercializó independientemente.

Otras ediciones cervantinas, como las de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1781), las Novelas ejemplares (1783), Los seis libros de Galatea (1784) y Viaje al Parnaso (1784), que incluye La Numancia y El Trato de Argel, así como las de Lope de Vega y Francisco de Quevedo entre otros, contribuyeron a establecer esta imagen de Sancha como el gran editor de la literatura áurea española durante el siglo XVIII.

Subraya Sánchez Espinosa que aún resulta útil para conocer la vida y obra de Sancha una obra de fecha tan lejana como 1924 debida al bibliógrafo y cervantista Emilio Cotarelo y Mori (1857-1936), Biografia de D. Antonio de Sancha, Un gran editor español del siglo XVIII, aunque otra de las fuentes previas son también los comentarios que fueron apareciendo entre 1835 y 1836 en la revista del escritor romántico Eugenio de Ochoa (1815-1872) y el no menos romántico pintor Federico Madrazo (1815-1894) El Artista, que se imprimía en el taller de J. Sancha y fue pionera en el empleo de la litografía en la prensa española, aunque deba su fama a albergar en sus páginas la primera edición de la «Canción del pirata», de José de Espronceda (1808-1842).

En D. Antonio de Sancha, encuadernador. Datos para la historia de la encuadernación en España (1935) el librero y bibliófilo Pedro Vindel se sirve del trabajo de Cotarelo en todo cuanto hace referencia a la biografía, y al parecer desde entonces ha sido la obra de referencia. Pero el estudio de la obra de Sancha no ha dejado de tener cultivadores; entre ellos, la intrépida Matilde López Serrano, infiltrada por los servicios secretos franquistas en la CNT durante la guerra civil española y autora del extenso informe que recibieron las autoridades franquistas sobre el traslado que los republicanos llevaron a cabo del patrimonio bibliográfico conservado en la Biblioteca Nacional. Ya se ocupaba tangencialmente de Sancha en «La encuadernación en Madrid en la primera mitad del siglo XVIII» (publicado en Archivo Español de Arte y Arqueología en 1937), y retomó el asunto en otros estudios similares publicados en los años cuarenta en las revistas Archivo Español de Arte, Revista de Bibliografía Nacional, Graficas y Revista de Bibliotecas, Archivos y Museos Municipales, fruto de los cuales el Instituto de Estudios Madrileños le publicó en 1975 su complementario Gabriel de Sancha: editor, impresor y encuadernador madrileño (1746-1820).

También de los años cuarenta del siglo XX es el minucioso librito de un erudito y bibliógrafo ideológicamente situado en las antípodas de López Serrano, Antonio Rodríguez Moñino (1910-1970), que durante la guerra había sido nombrado técnico de la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico y como tal dirigió la salvación del patrimonio bibliográfico, lo que le hizo víctima de un expediente de depuración de las autoridades franquistas que se tradujo en la inhabilitación durante veinte años para la docencia. En 1948 salía de la imprenta de E. Sánchez Leal su «El Quijote de don Antonio de Sancha. Noticias bibliográficas», fechado el 22 de septiembre de 1947 y publicado como cuaderno de Ínsula.

Posteriormente Antonio de Sancha ha sido objeto de estudio en marcos mayores, como es el caso del «Ensayo de un diccionario de encuadernadores españoles», de Vicente Castañeda y Alcover, publicado en el Boletín de la Real Academia de Historia en 1957, pero también de monográficos como los que le dedicaron en el último cuarto del siglo XX H. G. Whitehead («Antonio de Sancha, 1720-1790: A tentative list of holdings in the reference division of the British Library», 1983) o Javier Blas y Juan Carrete Parrondo (Antonio de Sancha (1720-1790). Reinventor de lecturas y hacedor de libros, 1997).

Ya en el XXI, se han ocupado de su obra, por ejemplo, el equipo del Grupo Bibliopegia formado por Yohana Yessica Flores Hernández, Antonio Carpallo Bautista y Esther Burgos Bordonau («El taller de Sancha en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando», 2018) y, por supuesto, Gabriel Sánchez Espinosa («Antonio y Gabriel de Sancha, libreros de la Ilustración y sus relaciones comerciales con Inglaterra», 2014; «Los libros de la Ilustración: La actividad comercial de la Casa de Sancha a través de sus catálogos de los años 90», 2018 ). Que no pare.

Fuentes:

Emilio Cotarelo y Mori, Biografía de D. Antonio de Sancha, reed. del Gremio Madrileño de Comerciantes de Libros Usados, 1990.

Matilde López Serrano, «Antonio de Sancha, encuadernador madrileño», separata de la Revista de la Biblioteca Archivo y Museo de Madrid (Sección de Cultura e Información Artes Gráficas Municipales), núm. 54 (1946), pp. 296-307.

Gabriel Sánchez Espinosa, «Antonio y Gabriel de Sancha, libreros de la Ilustración y sus relaciones comerciales con Inglaterra», Bulletin of Spanish Studies, vol. 91, núm. 9-10 (2014), pp. 217-259.

Gabriel Sánchez Espinosa, «Los libros de la Ilustración: La actividad comercial de la Casa de Sancha a través de sus catálogos de los años 90», en Lluís Agustí, Mònica Baró y Pedro Rueda Ramírez, eds., Edición y propaganda del libro. Las estrategias publicitarias en España e Hispanoamérica (sglos XVII-XX), València, Calambur (Biblioteca Literae 35), 2018, pp. 81-109.

Pedro Vindel, D. Antonio de Sancha, encuadernador. Datos para la historia de la encuadernación en España, Madrid, Librería de Pedro Vindel, 1935.