La Biblioteca Silenciada de la Editorial Ayuso

En los años finales del franquismo, la emblemática librería Fuentetaja, situada inicialmente en el número 24 de la calle San Bernardo (posteriormente en el 48), fue un extraordinario punto de irradiación de iniciativas editoriales de muy diverso signo pero siempre con un toque políticamente izquierdista. De allí surgieron, en distintos momentos y por iniciativa de diferentes intelectuales españoles, sellos como Ciencia Nueva, Hyperion, Orbe, Artiach, La Piqueta, Endymion… y Ayuso.

Jesús Ayuso.

Jesús Ayuso Jiménez, nacido en Moratilla de los Meleros (Guadalajara) en 1940, fundó en Madrid en 1957 la librería Fuentetaja, que no tardó en hacerse célebre por disponer de libros prohibidos por la censura española, que se ocupaba de conseguir clandestinamente sobre todo a través de las editoriales Ebro, Ruedo Ibérico y de la Librería Española de Antonio Soriano (1913-2005) y además, según informe de la Dirección General de Seguridad de 1974, tenía a la vista libros «de matiz político social» de editoriales de «tendencias marxistas o izquierdistas» españolas.

Con la librería ya más o menos asentada, el 17 de junio de 1969 Ayuso solicitó registrar la editorial que tomó su nombre, con un patrimonio declarado de quinientas mil pesetas —se le autorizó el 14 de octubre de ese mismo año—, y en la que contó como su mano derecha con el editor vallisoletano Jesús Moya, formado en la comunista editorial Ebro.

Ya desde el principio se trataba de un proyecto heterogéneo en cuanto a los géneros (ensayos y manuales, sobre todo, pero también narrativa, obras divulgativas y poesía) y a las tématicas (sociología, filosofía, historia, economía, etc.).

Los títulos publicados por la Editorial Ayuso en su primer año de andadura (1970) dan ya una imagen de por dónde iba el proyecto: Prosas encontradas (1924-1942), de Rafael Alberti, recogidas y presentadas por Robert Marrast y prologadas por Pablo Corbalán, Recientes descubrimientos sobre el origen del hombre, de Jean Herniaux, El tiempo en el hombre, de Petro Kuropulos, con el prólogo a la edición francesa de Jacques Guillamaud y un apéndice de Antonio Márquez, Aspectos sociales de la psicología moderna, de diversos autores (J.F. Le Ny, Haïn Sella, Gerard Vergnaud y Bernard Muldworf) y prologado por Julián Mesa, El joven Unamuno (influencia hegeliana y marxista), de Manuel Pizán, La filosofía de Esquilo, de Georges Thomson, Posibilidad de la estética como ciencia, de Eloy Terrón, Ernst Fischer y «el hombre sin atributos», de Fischer y con un prólogo de Roger Gauraudy,  y una reedición corregida y aumentada en cinco volúmenes de El desarrollo de la sociedad, de Mauro Olmeda. Probablemente no es ajeno al carácter de estos primeros títulos el hecho de que Fuentetaja había abierto una sucursal en la Facultad de Sociología y Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, desde la que proveía a los estudiantes de lecturas más allá de las canónicas.

Julián Zugazagoitia.

A los diez años de su creación, Ayuso ponía en marcha un proyecto bastante singular que acaso respondía en buena medida al interés por la historia literaria de los años treinta, pero con unos textos que a simple vista difícilmente conectarían con la sensibilidad de los lectores de por entonces, la Biblioteca Silenciada, que tal vez deba interpretarse más como un acto de reparación histórica que como una iniciativa comercial.

Dirigida por el crítico e historiador de la literatura salmantino Gonzalo Santonja y con cubiertas del luego prestigioso diseñador gráfico conquense Roberto Turégano, la Biblioteca Silenciada recuperó a una serie de escritores y obras realistas que siempre han estado en la órbita de los intereses de su director —Ángel Samblancat (1885-1963), Joaquín Arderius (1885-1969), César Arconada (1898-1964), etc.—, que quizá desde antes de la guerra no se publicaban en España, entre otras cosas porque sus autores —si no muertos— estaban exiliados o habían sido víctimas de la represión franquista y sus textos eran además inasumibles por la censura nacional-católica, pero a la altura de 1979 la inexistencia en las librerías españolas de estos autores, que en los años treinta representaban, con Sender, lo más granado de la llamada «novela social», era sin duda una anomalía, como se explicitaba en el texto de presentación:

Al margen de las ultimas y frecuentemente innecesarias traducciones que desde hace ya demasiados años invaden el panorama editorial español, la «Biblioteca Silenciada» se centrará exclusivamente en la recuperación de obras y autores españoles de las cuatro primeras décadas del siglo XX con el firme propósito de contribuir a restablecer una relación literaria artificialmente interrumpida.

Contracubierta de El crimen de Cuenca.

Desde el punto de vista formal, se trata de libros encuadernados en rústica, con un formato de 20 x 30, que visualmente evocan en cierto modo la etapa de preguerra en que fueron escritos y la estética que caracterizó las llamadas editoriales «de avanzada», incluso con unas cabeceras que, si bien fieles al espíritu de las obras, resultan hasta cierto punto anacrónicas.

El primer volumen de la colección recupera Madrid, Carranza, 20, una novela de quien había sido ministro de Gobernación durante la guerra, Julián Zugazagoita (1899-1940), publicada durante su exilio en París antes de que fuera detenido por la Gestapo y traslado a Madrid (donde fue fusilado el 9 de noviembre de 1940). Y a esta seguiría La guerra en Asturias (crónicas y romances), una compilación preparada por Santonja en la que se incluyen tres textos de César Arconada publicados ya durante la guerra en forma de libro como Romances de la guerra (Santander, Unidad, 1937) junto a otros periodísticos de quien había muerto en su exilio en Moscú el 13 de marzo de 1964.

Sin embargo, quizá más ilustrativos de la orientación de la Biblioteca Silenciada son los dos números siguientes, en los que Santonja antologa la famosa colección de las Ediciones Libertad (Augusto Vivero, Hildegart, Ángel Pestaña, José Antonio Balbotín, etc.), y acerca de la que más tarde escribiría:

los relatos de La Novela Proletaria representan un magnífico exponente de los dudosos resultados que acostumbra a producir la desdichada aventura de asignar a las letras un papel reducido a lo propagandístico, aunque por eso mismo  también suponga un valioso testimonio acerca del descontento experimentado por un nutrido grupo de intelectuales y políticos radicales, dotados de un innegable grado de incidencia en la vida del país.

Cubierta de un ejemplar de La Novela Proletaria de Editorial Libertard, Un ensayo revolucionario, de Mauro Bajatierra.

Dieron cuenta de esta voluntad de recuperar una determinada narrativa que había desaparecido con la guerra civil (sobre todo como consecuencia de su resultado), aun cuando para entonces quedaba ya alejada de los gustos del lector, cuatro títulos más, una novela cercana a la distopía de José Más (1885-1941) publicada en 1932 por Pueyo, una de las obras más famosas de Arderíus, aparecida en Zeus en 1931, una extraordinaria primera edición ilustrada de José Luis Gallego (1913-1980), cuyo poemario aquí publicado despertó la curiosidad de Jorge Guillén hasta el punto de escribir a la editorial solicitando más información, y la novela El crimen de Cuenca (1932) de Alicio Garcitoral (1902-2003), residente por entonces en Bostón, después de haberse exiliado originalmente en Buenos Aires.

 

La colección Biblioteca Silenciada de Editorial Ayuso:

1 Julián Zugazagoitia, Madrid Carranza, 20, 1979.

2 César M. Arconada, La guerra en Asturias (crónicas y romances), edición de Gonzalo Santonja, 1979.

3 AA.V., La novela proletaria (1932-1933), tomo I, reedición a cargo de Gonzalo Santonja, 1979.

4 AA.V., La novela proletaria I (1932-1933), tomo II, reedición a cargo de Gonzalo Santonja, 1979.

5 José Mas, En la selvática Bribonicia. Historia de un país que quisieron civilizarlo, prólogo de Francisco Caudet, 1980.

6 Joaquín Arderius, Campesinos, prólogo de José Esteban, Madrid, 1980.

7 José Luis Gallego, Voz última, edición facsímil del manuscrito, introducción de Leopoldo de Luis, 1980.

Imagen interior de Voz última.

8 Alicio Garcitoral, El crimen de Cuenca, prólogo de José Esteban,1980.

Fuentes:

Web de Ediciones Endymion

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo (Colección Investiogación 3), 2017.

Jorge Guillén, Carta a Leopoldo de Luis fechada el 1 de octubre de 1980. Centro Virtual Cervantes.

Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1939-1975), Madrid, Marcial Pons, 2015.

Alicio Racionero, «El crimen de Cuenca (Alicio García Toral)», El Rincón de Albalate de las Nogueras, 17 de febrero de 2012.

Francisco Rojas Clarós, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco, 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones-El Museo Universal, 1993.

Literatura «de quiosco», «revolucionaria», editoriales «de avanzada»…

Al igual que la «literatura de cordel» o el «folletín», existen y empleamos habitualmente algunas categorías que –tradicionalmente o por lo menos en su origen– han sido fronterizas entre la descripción de los principales rasgos de los texto, por un lado, y su soporte, su forma de distribución o incluso sus puntos de venta principales por el otro, como es el caso por ejemplo de la literatura de quiosco, que tal vez para generaciones distintas alude a un tipo de novelas, relatos o textos de divulgación sensiblemente distintos (sicalípticas, de literatura juvenil, de relatos del oeste, etc.).

Eduardo Zamacois (Pinar del Río, Cuba, 1893-Buenos Aires, 1971).

En un libro panorámico centrado en la literatura revolucionaria (otro término conflictivo) publicada con destino a este sistema de venta, y titulado como no podía ser de otra manera, La novela revolucionaria de quiosco (1905-1939), Gonzalo Santonja rescató de las tan poco leídas memorias de Eduardo Zamacois (1873-1971) su testimonio acerca de los avatares del que suele considerarse el primer ejemplo de este género, subgénero o categoría literaria, El Cuento Semanal. Previamente, Alfonso Sastre (n. 1926) se refiere en el prólogo a este libro a la «fórmula Zamacois», pero el caso es que en realidad esta tardó en encontrar la financiación y la infraestructura necesaria para poder ponerse en marcha. La visionaria idea de una colección de muy bajos coste, de libros muy breves, ilustrados, de periodicidad semanal y cuyos potenciales lectores, no necesariamente habituales de las librerías, pudieran encontrar en puntos de venta que frecuentaban para otros menesteres fue rechazada sucesivamente por Ramón Sopena (1869-1932), Gregorio Pueyo (1860-1913) y también por el filósofo y periodista de origen cubano José del Perojo (1850-1908), de Mundo Nuevo, antes de que, gracias a la participación como inversor del también periodista Antonio Galiardo (en agradecimiento a su entrada en el periódico La Publicidad, merced a la intervención de Zamacois), pudiera convertirse en realidad esta colección, que se estrenó el primer día del año 1907 con Desencanto, del escritor y pintor Octavio Picón (1852-1923), quien por aquel entonces tenía a sus espaldas ya una formidable obra como narrador de títulos más o menos inequívocos (La hijastra del amor, 1884; La honrada, 1890; Dulce y Sabrosa, 1891; Drama de familia, 1903…).

El contenido del libro de Santonja es fiel al título que figura en la portada de la primera edición –por cierto: no coincidente con el de la cubierta, que a su vez sí coincide con el subtítulo de una edición del año 2000 SIAL Ediciones–, «Notas para la historia de la novela revolucionaria de quiosco en España (1905-1939)», pues en este breve volumen el autor se centra en unos cuantos casos muy significativos de esta «categoría» o «subcategoría» literaria: El Cuento Semanal de Zamacois, La Novela Roja de Fernando Pintado, La Novela Ideal de la familia Montseny, La Novela Política de Prensa Gráfica, La Novela de Hoy de Artemio Precioso (1891-1945) y unos pocos más, así como en algunas iniciativas nacidas anejas a este tipo de ámbitos editoriales, como es el caso en particular de ciertas novelas de autoría colectiva.

La relativa insatisfacción que pudiera tener el lector interesado en esta materia procede precisamente de ese carácter de notas un poco inconexas, valiosas y útiles en sí mismas pero que constituyen una serie de capítulos escasamente engarzados o articulados para dar respuesta a las preguntas implícitas que se derivan de la lectura del libro.

Pero más allá de quedar esa historia de la literatura revolucionaria en una eterna promesa de la que sin embargo han ido llegando aproximaciones parciales (muchas de ellas del propio Santonja, que recupera fragmentos de este texto en otros títulos y artículos suyos, pero también debidas a José Carlos Mainer, José Esteban, Marisa Siguán, Amelina Correa Ramón y Martínez Arnaldos, entre otros), uno de los mayores intereses de este tipo de aproximaciones es, además de ofrecer listados de las obras publicadas (muy útiles en ausencia de catálogos) y de aportar cuantiosa información acerca del funcionamiento de empresas, obras y autores poco y mal conocidos (en ocasiones debido a la proliferación del empleo del anonimato y de seudónimos en esa época y en esos géneros), no limitarse al estudio de los textos, sino también a establecer los vínculos entre una determinada ideología, unos géneros literarios con unos rasgos bastante bien definidos (y deudores de unas tradiciones fácilmente identificables) y unos determinados sistemas de producción y distribución estrechamente relacionados si no deudores de la configuración de las empresas periodísticas, de la reestructuración de la industria papelera y de los avances y crecimiento de los servicios de impresión. En otras palabras, ofrecer una imagen que tienen tanto en cuenta el sistema editorial como el campo literario.

En realidad este breve libro de Santonja, reeditado en 2000 con diferente título, es una pieza más en la explicación del modo en que se concebía el libro en España en las primeras décadas del siglo XX que resulta indispensable para comprender mínimamente la eclosión posterior de las llamadas –probablemente mal llamadas– «editoriales de avanzada (Ediciones Oriente), cuyo objetivo central era la difusión de la literatura y el pensamiento social y revolucionario a finales de los años veinte y en la década de los treinta», en palabras de Martínez Martín, y cuyos protagonistas en muchas ocasiones ya se habían fogueado en labores editoriales o empresariales en estas mismas iniciativas de los primeros años del siglo.

Portadilla (página 5), con el título divergente, al que no le hubiera sobrado un acento.

Una de las claves para ofrecer a un precio asumible por el lector al que iban destinado estos libros es evidente que fue relegar los procesos de preimpresión (la corrección de galeradas, en particular) a un lugar muy secundario si no inexistente (y agravado además por una premura en el proceso que era más propia de la prensa que de la edición de libros), y de ahí las erratas y transposiciones de renglones de los que Santonja ofrece algunos ejemplos jugosos en este pequeño volumen. El riesgo cultural que estaban asumiendo alegremente esta serie de editores emprendedores, que Santonja no comenta ni el objetivo de su libro propicia, era acostumbrar a los nuevos lectores que indudablemente estaban haciendo aparecer este tipo de iniciativas a un tipo de ediciones adocenadas en las que tenía más importancia la elección de un título y unas ilustraciones llamativos que la corrección o incluso la legibilidad del texto. Y todo por la causa.

Dedicatoria, a José Esteban, que como inapropiadamente indica el folio corresponde a la página 7.

Es evidente, para desgracia del lector de nuestros días, que esa es una tradición editorial que en España sigue contando con entusiastas epígonos (aunque sus «causas» son muy distintas), si bien a veces se parapetan tras la coartada del más glamuroso adjetivo «independientes».

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco, 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones-El Museo Universal, 1993.

Fuentes adicionales

AA.VV., Monteagudo, núm. 12 (2007), monográfco dedicado al centenario de El Cuento Semanal.

Fernández Menéndez, Raquel (2015). «Semblanza de Gregorio Pueyo (1860-1913)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Manuel Martínez Arnaldos, Jesús A. Martínez Martín, «La edición moderna», en Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 167-206.

Rivalan Guégo, Christine (2015). «Semblanza de Ramón Sopena López (1869- 1932)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED.

 

Historiar la edición en España (empezando la casa por el tejado)

En los últimos diez o quince años han publicándose muchos y muy interesantes libros acerca de la historia de la edición en España, incluso algunos cuya ambición era trazar un recorrido completo por la trayectoria del sector a lo largo de períodos muy amplios. Resulta sin duda sorprendente.

A la iniciativa del editor Joaquim Palau se deben los dos desiguales volúmenes que dedicó al tema Destino, uno centrado en los años comprendidos entre 1939 y 1975, firmado por Xavier Moret (Tiempo de editores), y otro mucho más extenso, riguroso y completo, dedicado a la etapa comprendida entre la muerte de Franco y el fin de siglo, obra de Sergio Vila Sanjuán (Pasando página). Es muy interesante que fuera desde una mirada periodística y no más histórica (en el sentido de académica), que se abriera este camino, porque viene a demostrar que había un cierto interés que iba más allá de los ámbitos especializados, si bien no hay constancia de que, en términos de ventas, la iniciativa fuera un éxito (si no más bien lo contrario). En cualquier caso, había la expectativa. mientras que en el ámbito universitario los estudios culturales quizá no estaban lo suficientemente maduros para una empresa de semejante entidad.

Analizando ni que sea someramente las fuentes en que se basan estos dos libros, a través de las notas, por ejemplo, se hace evidente que una parte muy importante procede de información facilitada por los propios protagonistas, ya sea en forma de declaraciones en entrevistas o en textos publicados por ellos mismos, así como en algunos libros referidos a aspectos parciales (la censura, los premios literarios) disponibles en esos momentos. Y eso tiene un riesgo, porque es bien sabido que, por un lado, la memoria flaquea, endulza los hechos y raramente se evocan los episodios más oscuros, e incluso me consta que hay alguna que otra atribución de méritos cuando menos dudosa. Recurrir a los archivos de las editoriales, caso de existir, no siempre es fácil, y es evidente que no encajaba con el planteamiento de este díptico emprender una labor de investigación en archivos ni particulares ni institucionales. Se trata, en cualquier caso de libros de tipo más periodístico que académico o científico.

Otro carácter y una ambición quizá desmesurada es el proyecto de historiar la edición en Cataluña desde sus inicios hasta el presente que lideró el propfesor Manuel Llanas, y que dio como resultado una bibliografía notable y muy útil (El llibre i l´edició a Catalunya: apunts i esbossos, L´edició a Catalunya: segles XV al XVII, L´edició a Catalunya: el segle XVIII,  L´edició a Catalunya: el segle XIX, L´edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939)), pero cuyo alcance quedó muy restringido, por el hecho de publicarla el Gremi de Editors de Catalunya y apenas salir del circuito de los profesionales, pese a que se hizo también una versión muy sintética en la editorial Eumo. Aquí, sin embargo, las fuentes son de un carácter muy distinto, pues abarcan desde bibliografía preexistente hasta un buceo en los archivos y particularmente en los fondos conservados en la Biblioteca de Catalunya y en el Arxiu Nacional de Catalunya. Además, se complementó con otros libros colectivos de entrevistas a editores vivos, como Noms per una historia de l´edició a Catalunya.

Joan Merli

Joan Merli

Muy distinto es Los signos de la noche, de Gonzalo Santonja, centrado en la actividad editorial durante la guerra civil y los primeros años del franquismo, aunque se trata más de un trabajo parcial y de síntesis que de una historia completa y detallada, producto de una investigación en archivos, pues en realidad poco rastro parece quedar de la historia de esas empresas, más allá de algunos pliegos de documentos y de los testimonios personales dispersos. Por otra parte, la actividad de los editores que se exiliaron como consecuencia de la guerra civil es otro aspecto muy mal conocido de momento, y sobre el que quizá sólo se arrojará luz de un modo adecuado mediante la colaboración internacional.

Complementario y continuador de la iniciativa de Joaquim Palau parece el proyecto liderado por Jesús A. Martínez Martín, que a dado como fruto los dos imponentes volúmenes publicados por Marcial Pons Historia de la edición en España 1836-1936 e Historia de la edición en España 1939-1975, que se basan en un trabajo en equipo muy productivo y que atiende tanto a cuestiones estéticas y culturales como a la financiación y estructuras de las empresas editoriales, gracias sobre todo a la riqueza de los archivos del INLE y a otros archivos, como por ejemplo los referidos a censura. Posiblemente, sólo mediante un trabajo en equipo sea posible llevar adelante un proyecto con ese. Aun así, el hecho que el segundo de estos volúmenes se haya encuadernado en tapa dura (acaso para justificar un precio mayor) permite aventurar que las ventas del primero no fueron las deseadas; pero es sólo una suposición. También pudiera a ser que la extensión de los trabajos reunidos en el segundo volumen hiciera conveniente el empleo de un papel de menor gramaje (como es el caso) y protegerlo mejor.

Germán Plaza

Germán Plaza.

La sensación ante estos titánicos esfuerzos es que a menudo la atención que han recibido las diversas empresas editoriales ha estado más condicionada por la existencia o no de documentación de fácil acceso que a la importancia intrínseca e histórica de esas editoriales, e incluso a la existencia o no de bibliografía publicada por los propios protagonistas de esas trayectorias.

No es razonable poner en cuestión que estos estudios eran pasos sin duda necesarios, y de un mérito y ambición muy loables, pero quizá se partía de una base de trabajos parciales (ya sea temáticos o de empresas y editores concretos) a todas luces insuficiente (aspecto que incluso se apunta en algún momento en el segundo volumen dirigido por Martínez Martín). Quizá fuera más lógico centrar esfuerzos en recuperar lo recuperable de las editoriales más veteranas (documentación de todo tipo), dedicar

Mario Lacruz (1929-200).

Mario Lacruz (1929-200).

estudios monográficos a empresas importantes que siguen careciendo de ellos (Laia, Muntaner y Simón, por poner dos ejemplos a vuelapluma) así como a algunos personajes mucho más importantes que conocidos (Mario Lacruz, Paco Porrúa o Carlos Pujol, sobre los que todos seguimos escribiendo las mismas cuatro cosas, como ejemplos paradigmáticos), antes de proceder a un intentar escribir una historia completa de ese período. De la mayoría de editores españoles importantes de la primera mitad del siglo XX no disponemos de estudios tan completos como los que dedicó Miguel Ángel Buil Pueyo a Gregiorio Pueyo, por ejemplo, María José Blas Ruiz a Manuel Aguilar, Gonzalo Santonja a José Bergamín, Marta Pasqual a Joan Sales, Albert Forment a José Martínez Guerricabeitia o Mireia Sopena a Josep Pedreira. Curioso es el caso de Manuel Altolaguirre, de quien se han ocupado muy bien tanto Julio Neira como Gonzalo Santonja, mientras el conocido y reconocido como «impresor de la Generación del 27», Bernabé Fernández Canivell (1907-1990) ha tenido una atención mucho menor, y la edición por ejemplo de las cartas que le remitió Luis Cernuda y preparó y anotó Ángel Guinda fue casi testimonial.

Resultan muy esperanzadoras algunas iniciativas no menos ambiciosas que las expuestas hasta aquí que, sirviéndose de las facilidades que ofrecen las nuevas tecnologías y basándose en un trabajo colaborativo y abierto, han emprendido ese camino y pueden sentar las bases para un conocimiento completo y riguroso de lo que ha sido uno de los puntales de la cultura en los últimos siglos. Habrá que seguir atento a las pantallas.

Fuentes:

Miguel Ángel Buil Pueyo, Gregorio Pueyo (1860-1913), librero y editor, Madrid, CSIC, 2010.

María José Blas Ruiz, Aguilar. Historia de una editorial y de sus colecciones en papel biblia (1923-1986), Madrid, Librería del Prado, 2012.

a627f-aguilarAlbert Forment, José Martínez y la epopeya de Ruedo Ibérico, Barcelona, Anagrama, 2000.

Manuel Llanas, L´edició a Catalunya: el segle xx (fins 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005.

Manuel Llanas, Sis segles d´edició a Catalunya, Vic, Eumo-Grup 62, 2007.

Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1836-1939, Madrid, Marcial Pons, 2001.

Jesús A. Martinez MartínXavier , dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015.

Xavier Moret, Tiempos de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

Julio Neira, Manuel Altolaguirre, impresor y editor, Universidad de Málaga- Residencia de Estudiantes, 2009.

Marta Pasqual, Joan Sales, la ploma contra el silenci, Barcelona, Acontravent, 2012.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad 76), 2003.

José Bergamín (1895-1983).

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba: Manuel Altolaguirre. Sueños y realidades del primer impresor del exilio, prólogo de Rafael Alberti, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1995.

Gonzalo Santonja, Al otro lado del mar. Bergamín y la editorial Séneca (México, 1939-1949), Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1997.

Mireia Sopena, Josep Pedreira, un editor en terra de naufragis. Els Llibres de l´Ossa Menor (1949-1965), Barcelona, Proa, 2012.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando Página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (Imago Mundi 26), 2003.