Los caligramas de Vicente Huidobro previos a Vicente Huidobro

«¿Por qué cantáis la rosa —¡oh poetas!?

Hacedla florecer en el poema.»

Vicente Huidobro, El espejo de agua

«Una bella locura en la vida de la palabra

Una bella locura en la zona del lenguaje

Aventura forrada de desdenes tangibles

Aventura de la lengua entre dos naufragios

Catástrofe preciosa en los rieles del verso»

Vicente Huidobro, Altazor

Vicente García-Huidobro Fernández.

Vicente García-Huidobro Fernández (1893-1948) no firmó por primera vez un libro como Vicente Huidobro hasta 1914 y fue Las pagodas ocultas (Salmos, poemas en prosa, ensayos y parábolas), publicado en Santiago de Chile por la Imprenta Universitaria. Sin embargo, desde sus precoces escarceos en la revista Musa joven (junio-octubre de 1912), había ido creando una obra notable firmada con su nombre completo o con variaciones del mismo (Vicente García Fernández, Vicente Huidobro´Fernández, Vicente G. Fernández y Vicente García F.).

No parece haber prueba evidente de que el primer caligrama de García-Huidobro que vio la luz no fuera el célebre «Triángulo Armónico», que apareció precisamente en la revista mencionada, y concretamente en su sexto y definitivo número, correspondiente a octubre de 1912 (cuando el autor contaba diecinueve años).

Sin ir la audacia tipográfica más allá de una forma geométrica l, y si bien ésta casa de modo coherente con el tema principal, si el poema no acaba de funcionar como caligrama es quizá por la escasa trabazón entre una imaginería y un léxico dependientes en exceso de la tradición modernista y el empleo del poema visual como forma de vehicularlo.

El poema en cuestión se reimprimió en Canciones en la noche. Libro de modernas trovas (1913), en esa ocasión incluido en la sección «Japonerías de estío», dedicada al escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (Enrique Gómez Tible, 1873-1927), que se completaba con los caligramas «Fresco nipón», «Nipona» y «La capilla aldeana». De nuevo el mismo contraste entre temas, imaginería y empleo del caligrama resulta discordante, pero mayores son aún los choques conceptuales entre este muy moderado atrevimiento en cuanto a la disposición del texto (salvo en el caso de «La capilla», limitado al juego con figuras geométricas) y el subtítulo y la ilustración de la cubierta del volumen (muy marcadamente modernista y de la que no se indica diseñador).

Saúl Yúrkievich (1931-2005), que detecta en los cuatro primeros libros de Huidobro «avances y retrocesos, fluctuaciones, contradicciones estéticas […], altibajos de factura, las tribulaciones en pos de un estilo que lo singularice, los desajustes entre proyecto y realización», explicó también admirablemente en Fundadores de la nueva poesía latinoamericana en qué consisten esas disfunciones:

Los antagonismos provienen de la candorosa vecindad de influencias extremadamente diversas. Por un lado el intimismo en sordina, la delicadeza sentimental de Bécquer; la sensiblería popular de Evaristo Carriego; una veta sencillista y hogareña, la más directamente vinculada al contexto familiar y social de Huidobro; el romanticismo melodramático de cuño español, enfático, hiperbólico, didáctico, narrativo, descriptivo. Y todo este bagaje finisecular se contrapone con la exquisitez suntuosa y cosmopolita, los refinamientos sensoriales, el orquestado despliegue sonoro, la evasión esteticista, la hiperestesia, el impresionismo de los simbolistas franceses y su versión hispanoamericana, ese opulento banquete de las musas que fue nuestro modernismo. Con estas opuestas posturas e imposturas poéticas van de suyo las ideológicas que involucran.

Si en «La capilla aldeana» ya hay una mayor relación entre el significado y el trazado de disposiciones ideográficas figurativas mediante el empleo de determinados recursos tipográficos y de maquetación —entre los que sobresale la estratégica situación del término clave «campana», culminación del campanario—, se atiene por otra parte a una rima consonante que es todavía un vestigio de etapas que se encaminaban ya a la obsolescencia.

Ejemplo de caligrafía árabe
del s. VII.

Si bien es indudable que el origen de los luego rebautizados por el poeta cubista Guillaume Apollinaire (1880-1918) como caligrammes puede remontarse a la technopaegnia de los poetas helenísticos del siglo IV a.C. (entre los que el más célebre es el «Huevo» de Simmias de Rodas) o a los juegos caligráficos árabes del siglo VII, quizás el nuevo sentido que dan a la disposición del texto en la página Mallarmé (1842-1898, o el ya mencionado Apollinaire es que ya no se trata de simples recursos juguetones, sino de aprovechar conscientemente los blancos y la disposición del texto en la página no para generar significados redundantes con el creado por las palabras o su ritmo, sino también para complementarlos o alterar su significado. Expresado en otros términos, se trata de convertir la diagramación, la alternancia de tipografías, el empleo de colores, etc., en un recurso literario de la misma entidad que, por ejemplo, cualquier figura retórica. Y, por supuesto, el resultado serán poemas destinados a ser leídos, pues declamados pierden —o deberían perder— buena parte de su sentido y significado. Se trata, pues, de una modalidad de poesía muy marcadamente dependiente de la edición.

El famoso «Huevo» de Simmias.

Esta carencia en los caligramas primerizos de Vicente Huidobro, cuando aún no firmaba con este nombra, acaso justifique los términos que Alone (Hernán Díaz Arreta, 1891-1984) le dedica en su Historia personal de la literatura chilena: «acróbata que practicaba el verso nuevo, la imagen rara, las asociaciones de palabras sorprendentes, corría siempre a la primera línea, la del episodio espectacular». Cuando Huidobro consiguió dar sentido a esa espectacularidad gráfica, insertarla en su práctica creativa como un elemento significante más en el conjunto de su sistema poético, fue cuando realmente empezó a crear. Como escribió el poeta y ensayista Juan Larrea (1895-1980), «No hay duda de que [Huidobro] está en la onda de la época».

Fuentes:

Gerardo Diego, «Poesía y creacionismo de Vicente Huidobro», en Crítica y Poesía, Madrid, Ediciones Júcar (Los Poetas- Serie Mayor 2), 1984, pp. 299-323 (primera edición en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 222 [junio de 1968]), pp. 528-544.

Marina Garone Gravier, «La tipografía estridentista: diseño que huele a modernidad y a dinamismo», en Daniar Chávez y Vicente Quirarte, coords., Nuevas vistas y visitas al estridentismo, Estado de México, Universidad Autónoma del Estado de México, 2014, pp. 111-140.

Juan Larrea, «Vicente Huidobro en vanguardia», Revista Iberoamericana, vol. XLV, núm. 106-107 (enero-junio de 1979), pp. 213-273.

Luis Sáinz de Medrano, Historia de la literatura hispanoamericana (desde el Modernismo), Madrid, Taurus, 19922.

Claudio A. Vásquez, «Huidobro y la creación textual: fundamento rítmico de los caligramas», Boletín de Filología de la Universidad de Chile, núm. 38 (1998-1999), pp.1223-1245.

Saúl Yúkievich, Fundadores de la nueva poesía latinoamericana, Barcelona, Edhasa (El Puente), 2002 (reedición revisada por el autor).

El célebre Moulin (1921) de Vicente Huidobro.

Ediciones Patria, aproximación a un enigma de la postguerra

No parece ser gran cosa lo que se sabe de las Ediciones Patria, una empresa que recién terminada la guerra civil española (1936-1939) puso en circulación una interesante revista de poesía y una serie de libros con doble pie editorial en Barcelona y Madrid, en el primer caso llevados a cabo en los Talleres Tipográficos de Pellicer (en la calle Muntaner, 111) y en el segundo en Gráfica Informaciones (en Orellana, 7).

Recién concluida la guerra, el mismo año 1939 Ediciones Patria publica por lo menos cuatro libros que ya permiten atisbar quién se encontraba detrás de esta iniciativa: el libro de viajes Inglaterra y los ingleses, de Alfredo Marqueríe (1907-1974), con prólogo de Jesús Nieto, que se acompaña de fotografías en blanco y negro; la novela humnorística Don Laureano y sus seis aventuras, también de Marqueríe; Breviario sentimental, relámpagos de humor y filosofía, del mencionado Jesús Nieto, y la Carta encíclica Sumus Pointificatus, del papa Pío XII. Al parecer, la novela de Marquerie gozó de cierto éxito, pues José María Martinez Cachero habla de ella en los siguientes términos: «Las a veces regocijantes, a veces tristes peripecias del mediocre funcionario protagonista fueron muy comentadas a su aparición (“una novela finísima”, “un libro de graciosa amenidad”, un ejemplo de novela humana y humanizada)».

El año siguiente abre una curiosa colección llamada Biblioteca de Marinos Españoles que se estrena con Legazpi (el conquistador de Filipinas), del carlista y luego falangista José Sanz Díaz (por aquel entonces adscrito a la Subsecretaría de Prensa y Propaganda; es decir, a la censura) y España en Trafalgar (Abismo de gloria), del escritor y ex militar Federico de Mendizábal (1901-1988), y publica al abogado asturiano establecido en Galicia Camilo Barcia Trelles (1888-1970) el ensayo Vázquez de Menchaca (sus teorías internacionalistas, 1512-1569). El género de la novela, rosa en esta ocasión, está representado ese año por Edad y belleza en el amor, de Andrés Revesz (1896-1970), mientras que el humor está representado por los Cuentos de humor de Samuel Ros (1904-1945) y se publica también el anecdotario firmado por Curro Vargas La vida no es así (páginas por abrir), pero lo más interesante es la incursión en la poesía.

Son también de 1940, por ejemplo, Rutas paganas, del poeta madrileño Isidoro Martínez Alonso; Mar del sol, del poeta falangista gallego José María Castroviejo (1909-1983), quien el año anterior había publicado en Ediciones Jerarquía el poemario Altura, poemas de guerra; una reedición del primer libro de Antonio Mas-Guindal, que había aparecido originalmente en Unión Poligráfica en 1935, y ahora se publicó precedido de un prólogo de César González Ruano (1903-1965), con quien había compartido iniciativas como Los Jóvenes y el Arte, que Miguel A. Iglesias ha descrito como «un grupo de intelectuales de derechas en el Madrid de preguerra» en el que figuraban también Marquerie, Agustín de Foxá o Margarita de Pedroso.

Gerardo Diego dibujado por Escassi.

Con todo, la edición más relevante de Ediciones Patria ese año parece ser la de Ángeles de Compostela, del poeta de la Generación del 27 Gerardo Diego (1896-1987), que se publica impreso a dos tintas, con varias ilustraciones del artista [José Romero] Escassi (1914-1994), que al arrancar la guerra civil se convirtió en uno de los habituales en la revista FE, y fotografías del gallego Ksado (Luis Casado Fernández, 1888-1972), que se había hecho famoso en 1936 con el álbum Estampas de Galicia.

Del año siguiente son los cinco números de la revista Cuadernos de Poesía, que en el inicial (de enero) incluye textos de Manuel Machado, Gerardo Diego, Jorge Guillén, entre otros, y un homenaje a Unamuno ilustrado por Demetrio [López Vargas] (1886-1960), quien, después de hacerse célebre por sus dibujos de mujeres, tras la guerra era colaborador habitual de Informaciones. En números sucesivos, esta revista publicó obra a Luis Rosales, Ángel Valbuena Prat, Félix Ros, Rubén Darío, Pilar Valderrama (la Guiomar de Antonio Machado), Federico Sopeña, etc., e incluyó en algunos números ilustraciones de Escassi.

Desgajados de la revista salieron un par de volúmenes que se presentaban como pertenecientes a una Biblioteca Poética Cuadernos de Poesia, de Ediciones Patria: Poesías místicas, selección de textos de Miguel de Unamuno llevada a cabo por Jesús Nieto y con un prólogo de Juan Aparicio; y Romances 1918-1941, selección de poemas de Gerardo Diego realizada por él mismo.

El interés por Unamuno se puso también de manifiesto en la creación de uno de los primeros premios literarios de una cierta entidad de la inmediata posguerra, que las Ediciones Patria lanzaron precisamente con el nombre de Premio Unamuno, destinado a «despertar el interés de los escritores, y especialmente de los jóvenes, y para ayudar a mantener el cultivo de la novela española» y dotado con 2.000 pesetas al ganador y con la posibilidad de otorgar un accésit de 1.000. El primer y único ganador fue el arabista y gastrónomo Luis Antonio de la Vega (1900-1977), que vio publicada Los que no descienden de Eva en Patria ese mismo año.

No menos singular es, por diversos motivos, la Antología poética del escritor modernista peruano Alberto Ureta (1885-1966), que entre 1934 y 1937 había sido cónsul general en Madrid, y que se publica con un prólogo de Jesús Nieto. Según la cubierta de este libro, se enmarca en una Biblioteca Hispanoamericana de Cuadernos de Poesía, perteneciente a las ediciones Patria, con doble sede en Barcelona-Lima. Hay que retener este dato.

La revista no tuvo continuidad en 1942, y a decir de Martínez Cachero tampoco la editorial: «La marcha de Jesús Nieto Pena, responsable de la editorial, a Hispanoamérica supuso la desaparición de Ediciones Patria que en 1941 había ofrecido la novela de Samuel Ros Los vivos y los muertos, breve narración elegíaca o canto a la amada muerta con relevante acento poético y estructura dialogada».

A este título del falangista Samuel Ros pueden añadirse aún en 1941 Apología del espíritu religioso, de Jesús Nieto; Barceló, Sus luchas con ingleses y piratas berberiscos (en la Biblioteca de Marinos), del antisemita y colaborador de Informaciones Francisco Ferrari Billoch (1901-1958); Estelaria (Sinfonías verbales) y Alegorías, ambos del ya mencionado Isidoro Martínez Alonso; Vida y doctrina de Cornelio Codreanu, de Tomás Escolar y Jesús Nieto y con prólogo del fundador de las JONS Emiliano Aguado (1907-1979); Serrano Suñer en la Falange, del periodista, novillero, espía pronazi y falangista de primera hora Ángel Alcázar de Velasco (1909-2001).

En el número de la revista Destino correspondiente al 10 de agosto de 1940, aparece una breve nota en la que se celebra el número especial dedicado a la Marina Española por la espléndida y soberbia revista Mio Cid, subtitulada inequívocamente «Revista Nacional de Arte, Literatura e Imperio» y en la que figura como director y gerente nuestro Jesús Nieto Pena. Unas semanas después, en el número del 24 del mismo mes anuncia Destino: «En Valencia, por el esfuerzo inteligente de Jesús Nieto Pena, capitán de muy simpáticas empresas de cultura, sale ahora la revista de literatura Mío Cid, que ha publicado un número lleno de frescura y poesía dedicado al mar.»

En su tesis doctoral, de 1993, Ana Isabel Álvarez Casado hizo la siguiente descripción de esta revista:

Esta pequeña revista, subitulada «Hoja de literatura y arte bajo el signo Imperial», nace en Burgos, ciudad donde radicó el primer gobierno franquista durante la contienda y de la cual saldrían importantes medidas bélico-políticas del Alzamiento Nacional. El director de Mio Cid, que a partir de junio de 1938 se tituló «Revista católica de Literatura y Arte», fue Jesús Nieto Pena y su redactor jefe A. Mariño Vilella. Desde su nacimiento Mio Cid se mostró plenamente sesgada por su advocación religiosa y clerical, y, lógicamente, apologista del Régimen que impondría el general Franco, al cual se le dedicó un número extraordinario en 1937. Con un sentido falangista de tradicionalismo, regeneración y universalidad, pretendía presentarse ante sus lectores esta revista, ayudando al Caudillo en su labor de salvaguardia de los valores tradicionales hispánicos.

Al margen de acabar de rematar la caracterización ideológica de Nieto Pena, lo que interesa aquí es ver un número de la segunda época de Mio Cid, en que figura como secretario Jaime Santamaria y la dirección de la revista es el entresuelo del número 39 de la Vía Layetana (a unos pasos de la de Patria, que estaba en el número 47); en particular interesa el número correspondiente a mayo de 1941 (realizado lujosamente en la S.A.D.A.G.) que, además de textos de Karl Vosler, Manuel Machado, Ramón Menéndez Pidal, Gerardo Diego y Rafael Lapesa, ofrece una página completa titulada «La obra de una gran editorial española» que es muy generosa en información, no sólo acerca de los títulos publicados hasta entonces en Patria, sino también acerca de algunos planes editoriales que no llegaron a completarse.

Además de afirmar que en apenas dos años se han publicado más de sesenta títulos (algunos sin fechar), se indica por ejemplo que de la Biblioteca de Marinos está prevista la aparición de doce volúmenes, que son los mismos que compondrán la de Músicos (en la que se anuncian títulos dedicados a Granados, Pedrell, Falla, Arriaga y Sarasate), se presenta para el siguiente otoño una Biblioteca de Filosofía con textos anotados, otra colección de Biografías contemporáneas… Pero sobre todo resulta revelador una noticia que acaso explique el precipitado fin de una empresa que, en apariencia, tan bien funcionaba: «Próximamente Ediciones Patria instalará en la ciudad de Lima (Perú) una importante sucursal para los mercados hispanoamericanos con el fin de estrechar vínculos culturales entre Perú y España». Es una pista.

Fuentes:

Ana Isabel Álvarez Casado, Bibliografía Artística del Franquismo: Publicaciones periódicas, 1936-1948, tesis doctoral presentada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid en 1993.

Anónimo, «La obra de una gran editorial española», Mío Cid. Revista Nacional de Arte, Literatura e Imperio, mayo de 1941, s/n [p. 2].

Homenaje a Jesús Nieto Pena en Radio París en 1964; en Devuélveme la Voz.

Miguel A. Iglesias, «»Los jóvenes y el arte»: escapismo y estética neorromántica en un grupo de intelectuales de derecha en el Madrid de preguerra», RILCE, vol. 17, núm. 2 (2001), pp- 211-224.

José María Martínez Cachero, «Novelistas jóvenes y panorama editorial en la década de los cuarenta», en Estudios ofrecidos a Emilio Alarcos Llorach, vol IV, 1979, pp. 479-494.