Letras Hispánicas, una colección para aprender a leer

La ambición de un proyecto como el de la colección Letras Hispánicas de la editorial Cátedra es ya a simple vista tremenda: reunir las principales obras de las diversas literaturas en lengua española, abarcado todos los géneros y considerándolas desde sus orígenes hasta un pasado relativamente reciente, y hacerlo además tras un trabajo ecdótico riguroso para fijar un texto con vocación de definitivo y con un aparato crítico que, en particular en algunos casos, estará sometido a necesaria actualización. En este tipo de empresas se hace más evidente que en otras las ventajas de la edición electrónica o incluso en línea, que permite incorporar inmediatamente a la bibliografía las novedades importantes o enmendar y/o añadir información de las notas a pie (incluso a la bibliografía), que en otros tipos de libros.

La colección Letras Hispánicas nace durante lo que por entonces parecían los últimos años del franquismo, en 1973, en principio para dar continuidad a la Biblioteca Anaya que habían dirigido en Salamanca el escritor, historiador y periodista falangista Evaristo Correa Calderón (1899-1986) y el profesor y filólogo Fernando Lázaro Carreter (1923-2004). Esta continuidad se pone de manifiesto de un modo palmario en el hecho de que algunos de los primeros títulos eran reedición de los aparecidos previamente en su antecesora.

Sin embargo, cuando el empresario y propietario de Ediciones Anaya Germán Sánchez Ruipérez (1926-2012)  impulsa la creación de las editoriales Pirámide y, al principio integrada en esta, Cátedra (constituida el 28 de noviembre de 1973), al frente de la segunda pone a Gustavo Domínguez, cuya sintonía con el Partido Comunista no le había impedido hacer sus primeros pinitos como ayudante de cátedra de Lázaro Carreter.

Sus primeros veinte números (véase el Apéndice más adelante) ya permiten hacerse una idea cabal de la ambición de Letras Hispánicas mencionada al principio. Junto a autores y títulos clásicos bastante indiscutidos (La Celestina, Espronceda o Machado), algunos otros de segunda fila (Vicente García de la Huerta o Bretón de los Herreros) y otros aún vivos cuya inclusión podía ser más arriesgada y que a menudo se ocupaban de editar su propia obra (Blas de Otero o Gabriel Celaya, y más adelante José Ruibal o Gloria Fuertes), cuestión esta última también polémica, así como la inclusión de algún que otro escritor hispanoamericano (Alfonso Reyes, y más adelante la Summa poética de Nicolás Guillén [núm. 36] o El túnel de Ernesto Sábato [núm. 55]). Precisamente la incorporación a una colección de estas características de autores recientes se ha señalado como uno de los principales rasgos que singularizaban Letras Hispánicas y por entonces la distinguían de sus competidoras (la Castalia de Amparo Soler, en particular), si bien de la mayoría de las ediciones de autores vivos se encargaron por lo general a filólogos y especialistas en lugar de dejarlas en manos de sus autores; de La tejedora de sueños y Llegada de los dioses, de Antonio Buero Vallejo, que fue el número 45, por ejemplo, se ocupó Luis Iglesias Feijoo; de El túnel, Ángel Leiva; de la Antología lírica de Salvador Espriu (núm. 56), su traductor José Batlló (1939-2016); de las obras Pic-Nic. El triciclo. El laberinto, de Fernando Arrabal (núm. 63), Ángel Berenguer…

Esta variedad o diversidad cabe atribuirla al terceto director de la colección, formado inicialmente, en el primer centenar de títulos, por Lázarro Carreter, Domingo Ynduráin (1943-203) y Francisco Rico (n. 1942). En los primeros tiempos, y sobre todo en los casos de obras que entraban en los planes de estudios universitarios, las tiradas iniciales rondaban los 3.000 ejemplares, y muchos títulos se reimprimían constantemente e incluso de algunos, pasado un tiempo, se hicieron nuevas ediciones. Una docena de sus títulos han sobrepasado los 400.00 ejemplares vendidos, e incluso tres de ellos (El lazarillo de Tormes, en edición de Francisco Rico; El árbol de la ciencia, de Baroja, en edición de Pío Caro Baroja, y La casa de Bernanda Alba, de García Lorca, en edición de Allen Josephs y Juan Caballero) han superado los 700.000.

Más allá de la consolidación (o esclerotización, según se mire) de un canon de la literatura en lengua española, un valor apreciado de la colección fue también la introducción de ejemplos prácticos de aplicación de las teorías literarias en boga a finales del siglo xx, y en este sentido se ha destacado como ejemplo el análisis de actantes que, siguiendo el modelo del semiólogo francés Algirdas Julien Greimas (1917-192), empleó Benito Varela Jacome (1919-2010) en su estudio introductorio a El estudiante de Salamanca de Espronceda. En cualquier caso, sobre todo desde el momento en que la colección pone la mirada en el interesante sistema de compra de las universidades estadounidenses, Cátedra (también en esta colección) fue uno de los canales de introducción de lo que se estaba haciendo en el ámbito de los estudios y la teoría literaria más allá de la estilística y de los ámbitos universitarios españoles, en particular en el caso de las teorías de raigambre estructuralista, y no son pocos los hispanistas extranjeros que ya en los primeros tiempos de la colección se ocuparon de algunos o varios títulos: Bruno Mario Damiani (La Celestina, núm. 4), Cyrus De.Coster (Genio y figura, de Juan Valera, núm. 29), Colin Smith (Poema de mio Cid, núm, 34), Philip W. Silver (Mientras el aire es nuestro, de Jorge Guillén, núm 89) o Jon Jay Allen (Don Quijote de La Mancha, núms. 100-101), entre otros muchos.

Mención aparte merecen algunos exiliados republicanos, como es el caso de Vicente Gaos, que muy pronto se ocupa de editar la Antolojía poética de Juan Ramón Jiménez (núm. 18) y poco después la Antología del grupo poético de 1927, núm. 30 (luego actualizada por Carlos Sahagún), o Joaquín Casalduero , que editó De tal palo tal astilla, de Pereda (núm. 34) y El burlador de Sevilla y convidado de piedra (núm. 58). En cuanto a la obra creativa de autores exiliados como consecuencia del resultado de la guerra civil, algunos de los cuales habían ya regresado, el primero en ser publicado fue Juan Ramón Jiménez, pero pronto le siguieron Francisco Ayala (La cabeza del cordero, en edición de Rosario Hiriart, núm. 83), Jorge Guillén, Pedro Salinas (Aventura poética, editada por David L. Stixrude, núm, 135) y, en 1981, Rafael Alberti (Sobre los ángeles, preparado por C. B. Morris, núm. 136)

La labor en cuanto a la edición de textos teatrales de Letras Hispánicas se vio reconocida en 1982 con la Plaketa de Oro en la IV Trienal Internacional de Libros y Revistas de Teatro que, bajo los auspicios del parisino Instituto Internacional de Teatro, se celebró en Novi Sad ese año, y tiempo después le llegaría a Cátedra el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial, sin duda en buena medida en reconocimiento a esta colección.

En 1999 saltó a las páginas de la prensa especializada la noticia de la destrucción de entre 9.000 y 14.000 ejemplares de la colección (entre 600 y 700 ejemplares de unos quince o veinte títulos), que Gustavo Domínguez se ofreció a donar a cualquier biblioteca que estuviera dispuesta a irlos a recoger a sus almacenes y justificó porque se trataba de libros que «fueron editados con una ilusión enorme y vendieron en su momento 4.000 o 5.000 ejemplares, pero de los que ahora no se venden más de 20 al año».

Poco después de ser incorporada Cátedra al Grupo Havas, Domínguez decidió que ya había lidiado bastante y fue inicialmente sustituido por Emilio Pascual, entre 2001 y 2008, antes de que se pusiera al frente de la editorial Josune García, que llevaba trabajando en la editorial desde 1983 (había sido editora de la colección Teorema) y quien se ha declarado discípula del filósofo, traductor y editor Manuel Garrido (1925-2015).

Apéndice. Los primeros veinte títulos de Letras Hispánicas

1 Alfonso Rodríguez Castelao, Cuatro obras (Teatro, relatos, fantasía macabra, ensayos), edición de Jesús Alonso Montero.

2 Miguel Hernández, El hombre y su poesía, edición de Juan Cano Ballesta.

3 Blas de Otero, Verso y prosa, edición del autor.

4 Fernando de Rojas, La Celestina, edición de Bruno Mario Damiani.

5 Vicente García de la Huerta, Raquel. Tragedia española en tres jornadas, edición de Joseph G. de Fucilla.

6 José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, edición de Benito Varela Jácome.

7 Ramón Gómez de la Serna, Descubrimiento de Madrid, edición de Tomás Borrás.

8 Diego de San Pedro, Cárcel de amor, Enrique Moreno Báez.

9 Pedro Antonio de Alarcón, El sombrero de tres picos, edición de Arcadio López-Casanova.

10 Antonio Machado, Campos de Castilla, edición de José Luis Cano.

11 Tirso de Molina, El condenado por desconfiado, edición de Ciriaco Morón y Roleba Adorno.

12 Jacinto Benavente, Los intereses creados, edición de Fernando Lázaro Carreter.

13 Manuel Bretón de los Herreros, El pelo de la dehesa, edición de José Montero Padilla.

14 Lírica española, edición de José Luis Cano.

15 Calderon de la Barca, El gran teatro del mundo. El gran mercado del mundo, edición de Eugenio Frutos.

16 Rosalía de Castro, Cantares gallegos, edición de Ricardo Carballo Calero.

17 Gabriel Celaya, Itinerario poético, edición del autor.

18 Alfonso Reyes, Prosa y poesía, edición de James Willis Robb.

19 Juan Ramón Jiménez, Antolojía poética, edición de Vicente Gaos.

20 Miguel de Cervantes, El rufián dichoso, edición de Edward Nagy.

Fuentes:

Catálogo de Letras Hispánicas (hasta 2013).

s/f, «Ediciones Cátedra, los clásicos en la mochila», blog de Imprenta CG, 23 de mayo de 2014.

José Antonio Millán, «Cincuenta años (o así) de oficio editorial», Libros y bitios, 19 de febrero de 2011 (publicado previamente en El Libro del 50, Anaya, 2009, edición no venal)

Javier Rodríguez-Marcos, «Los textos inmortales arrastran una mala salud de hierro», El País, 14 de junio de 2011.

Miguel Signes, «Entrevista a Josune García, directora de la editorial Cátedra», Leer Teatro, núm. 4.

Fernando Valls, «Semblanza de Editorial Cátedra (Madrid, 1973- )», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2018.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (imago mundi 26), 2003.

 

La Editorial Lux, más sombras que luces

Narcís Monturiol.

No es fácil averiguar a ciencia cierta si se trata de una curiosa coincidencia de nombres o bien la barcelonesa Editorial Lux que publicó la segunda edición de la traducción de Narcís Monturiol y Francisco José Orellana del Viaje por Icaria, de Étienne Cabet, es la misma a cuyo frente se encontraba mediada la década de 1920 el librero Joan Balagué i Pallarés (1893-1965). En primer lugar, porque no parece haber noticia de que exista ninguna documentación acerca de la actividad editorial de Balagué i Pallarés, y, además, porque la Editorial Lux (o ambas) tenían la muy molesta costumbre de no indicar el año de publicación en sus libros, por lo cual esa información debe recabarse en reseñas o anuncios en prensa y boletines comerciales (no siempre fáciles de localizar), o bien hallar datos dispersos en epistolarios o testimonios orales.

Sin mayores explicaciones, los catálogos en los que aparece esa segunda edición del Viaje por Icaria (la primera, en la Imprenta y Librería Oriental es de 1848) la suponen aparecida hacia 1910 (yo la creo más bien de hacia 1920), mientras que el librero Joan Balagué ya de muy niño había montado con sus hermanos Josep y Ramon una mesa en el Mercat de Sant Antoni donde intercambiaba tebeos con el sistema del dos por uno, posteriormente se hicieron con la parada y los fondos de un librero que falleció y en 1917 abrían sus primeras librerías: Josep,  la Llibreria Balagué (en el carrer de la Palla), y Joan, la Lux, en el número 26 de la calle Aribau, a un centenar de metros de la plaza de la Universidad. La ubicación de la librería de Joan Balagué era tan buena, que pronto la compra venta de libro universitario le permitió abrir una segunda, más amplia y con una parte dedicada a la exposición de arte, en la calle Muntaner (núm. 40), que adoptó el nombre de Balagué (y la sala anexa se convertiría en la Sala Vilumara) .

Mercat de Sant Antoni en 1932.

Entre los primeros libros de la Editorial Lux que pueden fecharse con indudable precisión se encuentra la obra de una de las figuras señeras del anarquismo barcelonés, Juan Usón, de quien en la Imprenta La Neotípia se publicó en 1926 una tirada de 310 ejemplares numerados de Doscents aforismes (máximes, setències i consells), acoblats per un llibeter de vell anomenat Usón i endreçats als amants del llibre, amb ilustracions de Niel. Nacido en Bujaraloz, Juan Usón, que empleó entre otros el seudónimo de Juanonus, ejerció en Barcelona como un librero de viejo los domingos, actividad que a principios de siglo compaginaba con el empleo en una empresa de derribos, y, en alguna época difícil de determinar, trabajó para Joan Balagué en la librería Lux. La gesta de Usón en el mundo del libro, sin embargo, fue su solicitud a Capitanía General durante la Dictadura de Primo de Rivera para que le autorizara a organizar en Barcelona una Feria del Libro (origen remoto de la Diada de Sant Jordi).

María Luz Morales (1898-1980).

Sin embargo, ya en 1924 la Editorial Lux había contratado como director literario al periodista y escritor en cierne Màrius (o Mario) Verdaguer (1885-1973), y ese mismo año aparecen los primeros números de la colección de novela rosa Novela Mensual: La raqueta embrujada, de Henry d´Asfeld, Trenzas de abril, de Paulina Elman, Murks prepara su boda, de Scherman y Veleidosa, de Enrique de Leguina (uno de los fundadores de la revista Mundo Ibérico), a los que se añaden luego títulos de autores más o menos ignotos, al margen de la célebre periodista María Luz Morales (con Amor en el camino), Carlota O´Neil y Jack London. Diana Sanz Roig se ha servido del epistolario de Verdaguer para identificar La casa de las pulgas (1925), firmada por un inexistente Abel King, como obra del escritor mallorquín, y vale la pena subrayar también que con la firma de Abel King se publica en la misma colección La novela de un guardameta.  En 1928, la colección Novela Mensual pasa a manos de la empresa de Santiago Costa Publicaciones Mundial, pero Lux prosigue su andadura.

Màrius Verdaguer.

Al parecer, fue idea de Verdaguer la creación de una colección literariamente más homogénea, rigurosa y coherente en Lux, proyecto que se concretó en la serie Grandes Éxitos Literarios (donde Verdaguer publicó sus propias obras La isla de oro, en 1926, y El marido, la mujer y la sombra, en 1927), pero quizá la necesidad económica impidió que Lux siguiera ese incierto y arriesgado rumbo. Otros proyectos de los años treinta (en particular la “Colección Balagué”, donde alternaron Juan Arbó, Cansinos Assens, Benguerel, Sender y Ramon Xuriguera) hacen pensar que esa voluntad de centrarse en la edición de nueva y más ambiciosa literatura nunca se abandonó por completo).

Sin embargo, ese mismo año 1928, los propietarios de la barcelonesa Editorial Vértice, Hermoso Plaja y Carmen Paredes, se ven agobiados con los problemas con la justicia debido a su militancia activa en el anarquismo, por lo que deciden traspasar parte de sus fondos, entre ellos ejemplares de la Biblioteca del Libro Económico (La lucha por la existencia, de Darwin, y La mancebía (La Maison Tellier) de Maupassant), algunos números de la Colección Vértice (Los habitantes de Marte, de Camilo Flammarion, Sobre el pasado y el porvenir del pueblo, de Lammennais) y los Cuadernillos Athenea a partir del número 11 (Cuestiones de enseñanza, de Ricardo Mella y Cea, Narraciones humorísticas, de Averchenko, y La mujer y la Revolución, de Stackelberg), a los que Lux se limitan a añadir una portada con su logo. Con semejante batiburrillo en el que se entremezclaban la novela rosa con  textos de pensamiento revolucionario, traducciones de prosa literaria con las inclasificables obras de aventuras del “intrépido viajero” Michel Ticán (La vida del blanco en la tierra del negro, La danza de los caníbalesEl hombre mono y sus mujeres, En el corazón de la selva virgen, El lago de los elefantes…) o El Discurso de la cavallería de torear  (1927) de Pedro Mesía de la Cerda (1700-1783) con Humano ardor (1928), la novela autobiográfica del anarquista argentino Alberto Ghiraldo (1875-1946), difícilmente podía mantenerse un catálogo coherente.

El hombre mono y sus mujeres, de Michel Ticán Rumano, publicado por Lux en 1928, con lámninas y fotografías.

De esas mismas fechas son las ediciones en Lux de varias obras de Panait Istrati, como Mi tío Anghel (1927), Los Aiducs (reseñada por Juan Rejano en mayo de 1928), Domnitza de Snagov. Las narraciones de Adrian Zoografi (en traducción de Joaquim Verdaguer, hermano de Màrius, y con cubierta de Helios Gómez), Kyra Kyralina. Las narraciones de Adrián Zograffi (con prólogo de Romain Rolland, carta de Blasco Ibáñez, epílogo de J. Francés, retrato del caricaturista Alfons Vila i Franquesa, Shum) o un volumen que reunía todos los títulos anteriores que apareció ya en 1930. También de 1930 (19 de diciembre) es el estreno de la obra de Verdaguer El sonido 13, en el madrileño Teatro Íntimo Fantasio, que también publica Balaguer en una cuidada edición en Lux que reproduce los figurines.

Sobrecubierta de El sonido 13, que reproduce los figurines de rto Pérez de la Ossa.

El punto de unión de Verdaguer y Balagué lo sitúa Sanz Roig en la tertulia comandada por el pintor, escenógrafo e ilustrador de libros Rafael Barradas (1890-1929), el Ateneíllo de Hospitalet (luego trasladado a Barcelona y en activo entre 1925 y 1928), donde confluyeron dos de los padres de las vanguardias catalanas, Sebastià Gasch (1897-1980) y Lluis Montanyà (1903-1985), con otros jóvenes literatos como Juan Gutiérrez Gili (1894-1939), Sebastià Sánchez-Juan (1904-1974) y Guillermo Díaz Plaja (1909-1984), el propio Verdaguer o el artista Ángel Ferrant (1890-1961), y por la que más o menos episódicamente pasaron Salvador Dalí, Luis Buñuel, J.V. Foix y Federico García Lorca entre otros.

Única foto conocida del Ateneíllo en L´Hospitalet. En la imagen: Barradas, Josep M. de Sucre, Gasch, Verdaguer, Sánchez-Juan, Ferrant, Luis Góngora, Joan Alsamora…

En el seno de esta tertulia había se había gestado en 1927 la interesantísima revista Mundo Ibérico, de la que ese año se publican ocho números y en la que figuraba como director Mario Verdaguer y como secretario el ya mencionado como autor de Lux Enrique Leguina. Lo que interesa aquí de esa lujosa revista ilustrada en la que pueden hallarse las firmas de Gómez de la Serna, López-Picó, Cansinos Assens o Giménez Caballero , entre otras primeras espadas de las vanguardias artísticas de la época es sobre todo el apoyo que en forma de reiterada publicidad (junto a la reiteradísima de la Editorial Lux) recibió Mundo Ibérico de la naviera Compañía Transatlántica, de la que había sido gerente Josep Pascual i Deop (1844-1919) y por entonces era copropietario Emili Pascual y Monturiol (quien en las décadas de 1910 y 1920 había publicado dibujos humorísticos bajo los seudónimos Pal y Miliu en publicaciones como La Esquella de la Torratxa).

Elementos de oceanografía (Barcelona, Apolo, 1928).

Emilio Pascual Monturiol, nieto del impresor que inventó el submarino, no tardaría en ponerse al frente de una profunda renovación de la Editorial Apolo, que hasta entonces publicaba el Libro de Información y Tarifas de la Compañía Transatlántica Española y obras tales como el Bosquejo histórico de la Marina Española (1923), de F. Condeminas Mascaró, Notas de mi vuelta al mundo. Impresiones de viaje (1924), de Benjamín E. del Castillo y Estudios de oceanografía (1926) y Elementos de oceanografía (1928), de Condeminas, todas ellas con publicidad en las primeras páginas y profusamente ilustradas.

Como es bien sabido, la traducción que de La montaña mágica de Thomas Mann venía haciendo Mario Verdaguer desde, por lo menos, abril de 1932, se publicó en España por primera vez en dos tomos aparecidos en 1934 en la Editorial Apolo.

Fuentes:

Just Arévalo, “Notes sobre editors, col·leccions i obres populars i de consum que sí varen existir a la Barcelona del primer terç del segle“, Els Marges. Revista de llengua i literatura, núm. 67 (2000), pp. 107-124.

Franquet, “Anécdotas de Juan Usón”, CNT (Toulouse), núm. 799-800 (28 de agosto de 1960).

Enric Gil, “Rafael Barradas a L´Hospitalet. L´Ateneillo dels mil días”, L´H Digital, 29 de agosto de 2014.

Mundo Ibérico, en ARCA (Arxiu de Revistes Catalanes Antigues).

Jaume Passarell, Llibre de llibreters de vell i de bibliòfils barcelonins d´abans i d´ara, Barcelona, Millà (Edicions Selectes Catalanes 3), 1949.

Carles Puig-Pla y Antoni Roca Rossell, “Narcís Monturiol (1819-1885), pioneer of submarine navigation”, Contributions to science, vol. 5, núm. 2 (2009), pp. 147-157.

Diana Sanz Roig, “Los proyectos editoriales de Mario Verdaguer: La revista Mundo Ibérico y las editoriales Lux y Apolo”, Revista de Literatura, vol. LXXV, núm. 149 (enero-junio de 2013), pp. 179-205.

Ignacio C. Soriano y Francisco Madrid, Bibliografía del anarquismo en España, 1868-1939. Enriquecida con notas y comentarios, esdocs.org.

Monturiol, el impresor que inventó el submarino

En su ambicioso libro L´edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), confiesa Manuel Llanas respecto a la Editorial Apolo, que a partir de 1951 pasó a engrosar la creciente empresa que estaba construyendo el editor Josep Janés (1913-1959):

Todos los intentos por averiguar sus orígenes y trayectoria han resultado fallidos, hasta el punto que la Apolo constituye el paradigma de los enormes déficits de información que acumula la historia de nuestra edición, empezando paradójicamente por la más reciente.

Narcís Monturiol.

Sin embargo, hay un hilo del que al tirar surgen informaciones bastante curiosas. El propietario de esta editorial era Emili Pascual Monturiol (1890-¿1941?), nieto del célebre Narcís Monturiol i Estarriol (1819-1885), quien a su vez debe la fama sobre todo a la creación del Ictíneo (uno de los primeros submarinos si no el primero), pero que se mantenía como impresor mientras iniciaba sus primeros experimentos de modo artesanal.

Narcís Monturiol, nacido en Figueres, inició estudios de derecho en Barcelona, después de haber abandonado los de medicina en Cervera, y fue en la Ciudad Condal donde nació su interés por el socialismo utópico y en particular por el pensamiento de Étienne Cabet (1788-1856), lo que a su vez le llevó más adelante a formar parte del grupo de Abdó Terrades (1812-1856), a incorporarse como redactor de El Republicano y, tras formarse en 1845 como cajista e impresor en Madrid, de nuevo en Barcelona creó gracias a la imprenta de su amigo Martí Carlé la revista La Madre de Familia (1846, ocho números).

Étienne Cabet.

Posteriormente, se asocia a Carlé para crear la Imprenta y Librería Oriental, donde en 1847 funda La Fraternidad. Periódico de educación y de moral, cabecera descrita a menudo como la primera comunista de la Península y que al año siguiente será suspendida por las autoridades, por lo que Montoliu deja entonces la imprenta en manos de Joan Capdevila para marcharse al exilio en Perpiñán durante un año. Añádase que en 1849 sale de una “Imprenta de Joan Capdevila” (situada en la calle San Pablo, 68) la Reseña de las doctrinas sociales antiguas y modernas firmada por Narcís Monturiol.

Manuel A- Alonso Pacheco.

Otras ediciones con pie de imprenta en la Oriental aparecidos en esos mismos meses fueron, por ejemplo, el Cancionero de Borinquen. Composiciones originales en prosa y verso (1846), compilación en la que aparecen, entre otros jóvenes puertorriqueños residentes en Barcelona, el escritor y médico Manuel A. Alonso Pacheco (1822-1889), que por aquellas fechas se encontraba en Barcelona estudiando medicina y que hoy está considerado como la primera gran figura de las letras portorriqueñas, seis poemas de Santiago Vidarte (1828-1848), que en 1843 había iniciado estudios de derecho en la misma ciudad, su hermano Juan Bautista Vidarte (1826-¿?), Pablo Sáez (1827-1879) o quien pasa por ser el padre del humorismo literario en la isla, Francsico Vassallo Cabrera. De esta curiosa obra, una de las iniciales de la literatura portorriqueña, apenas se encuentra otra noticia que el comentario que le dedica Menéndez Pelayo, quien a su vez, como pone de manifiesto su epistolario, recibe la información de Miguel Sánchez Pesquera, quien en carta del 9 de agosto de 1892 lo describe como un “libro de poco empuje y creo que inocente por lo que recuerdo”. No es muy raro, si se advierte que los autores contaban entre diecisiete y veintidós años.

También con pie de 1846 sale la obra de explícito título Exposición razonada que en forma de cartas dirige al Excelentísimo Señor Ministro de Hacienda la Comisión de Fábricas de Hilados, Tejidos y Estampados de Algodón de Cataluña sobre los dos sistemas de libertad y de protección, a cargo de la Comisión de Fábricas de Hilados, Tejidos y Estampados de Algodón.

Marià Cubí.

En la misma imprenta aparece una enigmática publicación titulada El Eco de la Frenología y de las Escuelas Filosóficas, cuyos colaboradores firman casi todos sólo con iniciales, pero entre los que Menéndez Pelayo identifica a diversos discípulos del lingüista y frenólogo Marià Cubí (1801-1875), como es el caso del también cabetista de Figueras Narcís Gay i Beya (1819-1872), el clérigo aragonés Julián Soto y el sastre Magí Pers i Ramona (1803-1888). A ellos se han añadido los nombres del catedrático en farmacia Joan Llach i Soliva (1816-1860), colaborador también de La Madre de Familia,  el zoólogo Francesc Barceló i Combis (¿?-1889), el médico Sebastià Vinent y el pedagogo Julián González de Soto (1803-1862). Con el despampanante subtítulo de Estudios sobre las relaciones del hombre físico, moral e intelectual por una sociedad de literatos, médicos, juristas y teólogos, la cabecera alcanzó los diecisiete números entre el 1 de enero y el 15 de septiembre de 1847.

Otro ejemplo salido ese mismo año 1847 de la misma imprenta, que es ya evidente que era poco común, es el delirante libro firmado por “Un Gorrión”, Memorias de un buitre. Cencerrada social, cuyo prólogo inicial (o no prólogo) no tiene desperdicio:

Voy á caza pues de un prólogo cuco, flamante como la gente de tricornio en día de gala, espléndido como festín de caimán con poderes, magnífico como el encantador galán que no da cuartel al marido , y me esfuerzo inútilmente como los maridos y papás en socorrer á la honestidad que está dando las últimas boqueadas; en vano he recurrido al café , el café es prosaico como un sochantre; en vano he pedido socorro al ron , al poeta de férvidas inspiraciones que nos alegra, entusiasma, como la declaración del amartelado galán á la enamorada doncella, que á los quince abriles no sueña ya en pintados colorines, ni en olorosas flores, ni en la poética hermosura de una noche bella y tranquila como vida de doctor, sino en rendidos adoradores, y se aflige al pensar cuán pocos se afiliaron bajo sus banderas…

 

Víctor Balagué.

Quizá el más noble de los libros salidos de la imprenta de Carlé y Monturiol sea el Flores de mi Alma, primera obra publicada en volumen del escritor, periodista y traductor Víctor Balagué (1824-1901), que en los años sucesivos haría una exitosa carrera tanto en su condición de escritor como en la de político.

Monturiol visto por Ramon Martí Alsina (1826-1894).

Pero en relación al impresor-inventor, más interesante es que, fiel seguidor de las ideas de Étienne Cabet, Monturiol continuó y acabó la traducción de Voyage et aventures de lord William Carisdall en Icarie, que Francisco José Orellana había iniciado y empezado a publicar por entregas en La Fraternidad (de Orellana es la traducción hasta la página 144, de las 502 que tiene el volumen), y de la que posteriormente, con el título Viage por Icaria, se hizo una primera edición en 1848 en su Imprenta y Librería Oriental de Martí Carlé, y una posterior, sin fecha pero de principios de siglo (¿1910?), en la Editorial Lux en dos volúmenes. He aquí el eslabón perdido entre el impresor Narcís Monturiol y la editorial Apolo, sobre el que habrá que volver.

El primer invento de Monturiol, que no dejaba de pagar multas debido a las ideas revolucionarias que publicaba por aquel entonces en diversas revistas, fue financiado mayoritariamente por Josep Oliu y se inscribió en agosto de 1854: una máquina para imprimir sobre papel continuo las líneas destinadas a los cuadernos de escritura de los escolares, que pronto se amplió a la impresión de páginas para partituras, a la que se añadía además un ingenioso método para cortarlas a medida que salían impresas. Una vez impreso, podría cortarse al gusto y encuadernar las páginas necesarias. Hasta entonces, se trabajaba a partir de papel blanco sobre el que el alumno o el músico debía trazar las rayas horizontales a distancias uniformes para tales menesteres. Con tal objetivo se creó la compañía Monturiol i Oliu, con un capital de 3.000 duros y dedicada a “la impresión de cartapacios y papeles de música”, en la que el inventor aportaba la máquina (valorada en 1.500 duros). Aunque resulte un poco asombroso, el negocio fue un absoluto fracaso.

Narcís Monturiol.

En sus últimos años, Monturiol volvió a ejercer trabajos relacionados con la letra impresa. A finales de la década de 1870, crea con el segundo apellido de su padre el seudónimo M. Draper, con el que publica Escenas históricas desde los más remotos siglos hasta nuestros días (1874) y, en colaboración con Juan Landa, escribe y edita los dos volúmenes de biografías Hombres y mujeres célebres de todos los tiempos y de todos los países: biografías de personajes ilustres, artistas, poetas, legisladores, guerreros, que han inmortalizado sus nombres (Joan Seix i Cía., 1875-1877) y –muy probablemente con seudónimo– publica traducciones de obras francesas. En esos años pasa por otros empleos, como administrativo del periódico La Corona o asesor administrativo del periódico El Anunciador Financiero, editado por el Banc de Mataró (que cerró en 1883).

Tal vez no lo parezca a simple vista, pero resulta muy ilustrativo que su obra póstuma, Ensayo sobre el arte de navegar por debajo del agua (1891), se financiara mediante suscripción de los empleados de la empresa Compañía Transatlántica, pues entre sus gerentes se encontraba el ingeniero industrial Josep Pascual i Deop (1844-1919), quien tras casarse con la única hija de Monturiol (Anna), había tenido un hijo al que pusieron por nombre Emili, es decir: Emili Pascual Monturiol.

Como ya queda apuntado, el eslabón perdido entre la actividad editorial de Narcís Monturiol y la Editorial Apolo de su nieto Emilio Pascual está, probablemente, en la Editorial Lux que publicó su traducción del Cabet, y en cambio no es fácil que tuviera relación con la revista de fotografía que entre 1916 y 1922 dirigió Rafael Areñas (y que desde 1919 era el órgano de la Unión Fotográfica de Barcelona). Diana Sanz Roig tuvo el acierto de insinuar esa relación entre Lux y Apolo al analizar los trabajos editoriales de otro personaje singular, Mario Verdaguer Travesi (1885-1963), autor de la primera traducción de La montaña mágica. Habrá, pues, que tirar del hilo.

Fuentes:

David Nofre Mateo, Una ciencia de l´home, una ciencia de la societat. Frenología i magnetisme animal a Catalunya, 1842-1854, tesis doctoral presentada en el Centre d´Estudis de la Història de les Ciències de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2005.

Carles Puig-Pla y Antoni Roca Rossell, “Narcís Monturiol (1819-1885), pioneer of submarine navigation”, Contributions to science, vol. 5, núm. 2 (2009), pp. 147-157.

Diana Sanz Roig, “Los proyectos editoriales de Mario Verdaguer: La revista Mundo Ibérico y las editoriales Lux y Apolo”, Revista de Literatura, vol. LXXV, núm. 149 (enero-junio de 2013), pp. 179-205.

Josep Termes, Anarquismo y sindicalismo en España (1864-1881), Barcelona, Crítica (Biblioteca de Bolsillo 34), 2000.