El ecléctico catálogo de la Editorial Plenitud de José Ruiz-Castillo Basala

Del año 1955 es la curiosa edición de Cosas del fútbol, prologada por el escritor y académico de la lengua José María de Cossío (1892-1977) y obra del no menos curioso Pablo Hernández Coronado (1897-1977), quien, tras su paso como portero por el Stadium y la Real Sociedad Gimnástica Española, se había dado a conocer en las filas del Real Madrid a partir de 1919. Tras su no muy brillante carrera bajo palos, se convirtió en árbitro (se hizo famoso por expulsar a cinco jugadores de un mismo equipo), en secretario técnico del Real Madrid, en directivo del mismo club (se le atribuyen los fichajes de Zamora y Samitier), en episódico entrenador (en único partido, que el Madrid perdió ante el Valencia por 0-1), en coyuntural seleccionador nacional (en el Mundial de Chile, 1962; no pasó primera ronda, tras perder con Checoslovaquia, ganar a México y perder con Brasil), en crítico deportivo, en inspector de Hacienda, en tesorero de la Federación Española de Fútbol, en director del Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas (es decir, de las quinielas, básicamente), en secretario de la Federación de Ajedrez… Aun así, es más probable que los lectores lo recuerden como uno de los personajes a los que Camilo José Cela hace aparecer en «Noventa minutos de rebotica» (en Café de artistas y otros relatos, 1953).

El libro en cuestión se publicó inesperadamente en la editorial Plenitud, creada hacia 1947 por Ruiz-Castillo Basala y que no había tardado en singularizarse por publicar a los grandes nombres de la conocida como Generación del 98. Del 14 de enero de 1947 es el contrato por el cual José Ruiz-Castillo Basala obtiene los derechos para editar y publicar en un volumen las obras completas de los hermanos Antonio y Manuel Machado, que aparece ese mismo año y del que escribe años después el editor en sus memorias:

El propósito de que se reencontraran los dos hermanos en una publicación conjunta de su respectiva obra poética personal y de la colaborada fue una de las razones que me movieron a proyectar las Obras completas de Manuel y de Antonio Machado, aparte, naturalmente, del éxito económico editorial que cabía esperar del intento, y que viene sucediéndose in crescendo durante el último cuarto de siglo transcurrido.

A este volumen machadiano seguirían obras de Unamuno y sobre todo de Valle-Inclán, pero concedió también espacio a otros autores, intervino en el proceso de canonización de algunos escritores latinoamericanos, se convirtió en el principal editor del folletinesco Darío Fernández Flórez (1885-1964) y con el tiempo llegaría albergar la obra de algunos poetas y narradores más jóvenes.

Publicar a censores de libros que tuvieran alguna influencia con el objetivo de lograr un mejor trato por parte de los órganos represores era una táctica que ya habían empleado algunos otros editores, y al mismo Fernández Florez ya le había publicado, sin duda con las mismas intenciones, José Janés en la editorial Ánfora (concretamente, el infumable cuadro representable La vida ganada). Sin embargo, el hecho de publicar a Fernández Flórez no impidió que Plenitud se viera envuelta en algunos conflictos con la censura, de la que este escritor había sido expulsado por Patricio González de Canales «por prestar servicios en la Vicesecretaría durante horas oficialmente incompatibles con las establecidas para la prestación de censura».

En el siguiente libro que publica Plenitud, las Obras escogidas de Ramón Gómez de la Serna, se hace más evidente la clara inspiración en el modelo de Manuel Aguilar en el diseño de unos volúmenes recopilatorios de obras de grandes autores, a menudo acompañados de un prólogo y de la reproducción de la foto y firma del escritor en cuestión, con un aspecto general lujoso y del que en muchas ocasiones se hacían tiradas numeradas de tres mil ejemplares (aunque posteriormente se reimprimieran).

De 1948 son las Obras completas de Santa Teresa de Jesús, prologadas por Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) con un prolijo ensayo («El estilo de Santa Teresa») y que reproduce incluso los elementos ornamentales de la edición príncipe que hiciera en 1588 el impresor Guillermo Foquel (quien en 1585, con Tratado llamado Camino de perfección, había empezado a publicar textos de la mística abulense), así como las obras completas del escritor argentino Enrique Larreta (1875-1961) y un curioso y muy apreciado libro que compilaba obras selectas de «Carlota, Emilia, Ana y Pablo» Brönte, acompañadas de un prólogo de Carmen Conde («El acontecimiento humano y literario de la familia Brönte») y un epílogo de Luisa Sofovich; el volumen, profusamente ilustrado, dio pie a una exposición intinerante y fue además premiada como el libro de literatura mejor editado en la Feria Internacional de Muestras de Barcelona. Con todo, mayor importancia tiene el proyecto iniciado ese año de publicar la obra completa de Ramón María de Valle Inclán (1866-1936).

Arranca este ambicioso plan con Flor de santidad y Corte de amor, pero de repente parece resfriarse el interés. En 1949 la obra más destacada en la Editorial Plenitud es la novela de Manuel Pombo Angulo (1914-1995) Sin patria; y sin rastro de la obra valleinclanesca.

Edición en Rúa Nova.

En un interesantísimo artículo en El pasajero, Juan Rodríguez analizó la atención que la censura prestó a la obra de Valle-Inclán, sobre todo a partir de 1942, cuando la editorial Rúa Nueva ya había publicado en dos lujosos volúmenes las Obras completas de don Ramón del Valle Inclán (que, como suele suceder, no incluía la obra completa y en este caso ni mucho menos). La aleatoria aplicación de criterios por parte de la censura explica que no fuera hasta 1954 cuando Plenitud pudo empezar a distribuir su edición, de tres mil ejemplares numerados, de las obras completas de Valle, que incluyen también el prólogo de la segunda edición que escribió Azorín y, en el segundo volumen, el de Jacinto Benavente.

También de esos años son las negociaciones, a través de José Ortega Spottorno, con Juan Ramón Jiménez (que por entonces tenía sus fondos en Argentina inmovilizados por el gobierno de Perón) para publicar su obra completa, pero en ese momento Plenitud no estaba en condiciones de afrontar la inversión que eso suponía. En 1950 sí salen en cambio las Obras selectas de Miguel de Unamuno prologadas por Julián Marías (1914-2005), así como el «poema dramático religioso» Asunción, de fray Mauricio de Begoña (1907-1987) con prólogo en verso del dramaturgo y guionista cinematográfico Luis Fernández Ardavín (1892-1962) y, sorprendente en cuanto al trato que le dio la censura, Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez, que Fernando Larraz describe como las «aventuras de una prostituta con cierta coartada picaresca y pseudoexistencialista» y como «la novela más erótica publicada en España durante muchos años».

De entre las obras publicadas en Plenitud el año siguiente, destacan La vida nueva de Pedrito de Andía, del falangista Rafael Sánchez Mazas (1894-1966), y sobre todo el lujoso Por tierras de Isabel la Católica, un libro con dibujos, óleos a color y textos del pintor de la generación del 27 Gregorio Prieto (1897-1992), con el que se conmemoraba el quinto centenario del nacimiento de la reina.

Junto al goteo de obra valleinclanesca (Tirano Banderas, La corte de los milagros, Viva mi dueño, Sonatas en 1954) el catálogo de Plenitud se va impregnando en los años sucesivos de la obra del entonces exitoso Fernández Flórez, de quien se publica La hora azul en 1953 y al año siguiente Alta costura. La máscara de la moda, que recibió un trato un poco más severo por parte de la censura, consistente en la supresión de algunos pasajes. A estas siguieron Memorias de un señorito (1956), Los tres maridos burlados (1957), Yo estoy dentro (1960), Nebulosa de un novelista (1966), etc., hasta llegar al volumen de Obras selectas (1967).

Otros títulos que quizá vale la pena consignar son, además de alguna obra suelta de Pedro Laín Entralgo (1908-2001) y José Luis López Aranguren (1909-1996),  El motor supremo (1957), del venezolano 1957 José Berti (1891-1960), una edición de las Tres novelas valencianas  (1958)  de Vicente Blasco Ibáñez (Arroz y tartana, La barraca, Cañas y barro) o los dos volúmenes memorialísticos del mexicano Manuel Maples Arce (1900-1981), A orillas de este río, ilustrado por el célebre fundador del Taller de Gráfica Popular Leopoldo Méndez (1902-1969), y Soberana juventud, ambos en 1967.

Fuentes:

Jacqueline Hurtley, «In a Mirror, Darkly: Darío Fernández-Flórez, the Writer as Censor as Writer», en Catherine O’Leary and Alberto Lázaro, eds., Censorship across Borders, Cambridge Scholars Publishing, 2011, pp. 131-141.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Trea, 2014.

José Ortega Spottorno, «Un gran amigo del libro», El País, 3 de agosto de 1991.

Juan Rodríguez, «Valle-Inclán y la censura franquista I: 1939-1955», El Pasajero; posteriormente en Cuadrante: revista da Asociación Amigos de Valle-Inclán, núm. 4 (2002), pp. 23-34.

José Ruiz-Castillo Basala, El apasionante mundo del libro. Memorias de un editor, Madrid, Agrupación Nacional del Comercio del Libro, 1972 (edición no venal).

Raquel Sánchez García, «Juan Ramón Jiménez y el mercado editorial», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, núm. 21 (2003), pp. 301-318.

Raquel Sánchez García, «José Ruiz-Castillo, editor de la Edad de Plata», Castilla. Estudios de Literatura, 27 (2012).

Edición en la célebre colección Reno, años después y con una ilustración más «atrevida», de Alta costura.