Literatura en las ondas, un aviador español en Chile y trazas del audiolibro

Cuando el escenógrafo, dramaturgo y actor español Santiago Ontañón (1903-1989) consiguió por fin llegar a Chile –después de haberse refugiado en la embajada de ese país al término de la guerra civil española–, una de sus primeras fuentes de ingresos fue en Radio Agricultura como parte de un elenco de radioteatro recién creado en el que también entró su compañero de fatigas Edmundo Barbero (1899-1982). Pero la intervención de los exiliados españoles en la difusión de la literatura a través de la radio fue bastante más allá.

En el primer volumen de sus memorias, el escritor chileno Jorge Edwards (n. 1931) evoca un aspecto poco conocido del editor español de Cruz del Sur Arturo Soria y Espinosa (1907-1980), la de locutor de radio: «era el campeón de lo oral –escribe de él Edwards–, de la oralidad, de la palabra que se lanzaba al viento y que después chisporroteaba en la memoria», y recuerda que fue gracias a él que pudo dar a conocer ampliamente sus primeras obras narrativas, cuando Soria lo invitó a intervenir en un programa que tenía en Radio Minería, la revista oral Cruz del Sur, en la que a menudo se radiaban conferencias y lecturas literarias y en la que otro de los jóvenes invitados con frecuencia a leer sus textos era Teófilo Cid (1914-1964), una de las plumas que lideraban el pujante grupo surrealizante La Mandrágora (Enrique Gómez Correa, Braulio Arenas, Jorge Cáceres), muchas de cuyas exquisitas ediciones las imprimió en Santiago de Chile el malogrado hermano de Arturo, Carmelo Soria (1921-1976), quien se ocupó también de imprimir los quinientos ejemplares de la primera obra de Jorge Edwards (El patio, 1952).

Gracias a una carta en la que Soria le pide colaboración a Gabriela Mistral (Lucía Godoy Alcayaga, 1889-1957), que por entonces era reciente premio Nobel de Literatura, es posible fechar en noviembre de 1946 la iniciativa de crear un programa radiofónico dedicado a la literatura que el editor le describe del siguiente modo:

El próximo domingo empezará la actividad de Cruz del Sur en el aire. Esperamos conectar con diversos países de Iberoamérica y tenemos la voz impresa de Neruda, Alberti, Nicolás Guillén, Gómez de la Serna, y recibiremos desde España discos con la voz de Unamuno, Valle-Inclán, etc.[…] Desearíamos de su bondad nos prestase su colaboración, imprimiendo un disco para esta emisión.

De hecho, Neruda, por ejemplo, ya en marzo de 1947 grabó su lectura de Alturas del Machu Pichcu, que comercializó en tres discos de 78 revoluciones por minuto con el sello de IberoAmérica y distribuidos por Cruz del Sur como inicio de una colección titulada Archivo de la Palabra.

Quizá un antecedente remoto de esta voluntad de inmortalizar la voz de los grandes escritores leyendo su propia obra (así parece indicarlo su nombre) esté en el Archivo de la Palabra creado en el Centro de Estudios Históricos por el filólogo Tomás Navarro Tomás (1884-1979), célebre por sus siglas TNT, y el musicólogo Eduardo Martínez Torner (1888-1955), quienes, con la colaboración de la sucursal de la Columbia Parlophone Company de San Sebastián, entre 1931 y 1933 consiguieron grabar, entre muchas otras, las voces de Armando Palacio Valdés (1853-1938), Miguel de Unamuno (1864-1936), Ramón M. del Valle-Inclán (1866-1936), Jacinto Benavente (1866-1964), Pío Baroja (1872-1956), Azorín (1873-1967), Juan Ramón Jiménez (1881-1958), así como a la famosa actriz Margarita Xirgu (1888-1969) leyendo poemas de Federico García Lorca (1898-1936), cuyas matrices galvanoplásticas se conservan en el Museo del Teatro de Almagro. Es incluso muy probable que las grabaciones de Unamuno y Valle a las que se refiere Soria en su carta a Gabriela Mistral sean copias de esas del Centro de Estudios Históricos.

Según cuenta en sus propias memorias, la idea de rescatar esa iniciativa en Chile había partido de un personaje que merece cuanto menos un largo paréntesis, el aviador español Fernando Puig Sanchís (1914-2003). Probablemente la primera pista de su interés por la palabra la dejó Puig Sanchís en la revista infantil madrileña Pinocho, que en 1927, cuando tenía trece años, le publicó un par de chistes; en uno de los cuales ya asomaba su vocación: «¿En qué se parecen un duro [la moneda] y la gasolina de un aeroplano? En que se gastan volando». Puig Sanchís entró en la universidad para cursar estudios de ingeniería industrial en 1931, y fue un habitual en las prácticas de vuelo que en los años treinta se hacían en La Marañosa (Madrid), donde coincidía a menudo con los hermanos Carmelo, Luis y Arturo Soria, y este último acabaría por casarse con la hermana del joven ingeniero, Conchita Puig. Eso explica en parte que, cuando estalló la guerra civil, inicialmente Puig se incorporara al Servicio Español de Información que dirigía Soria, pero en 1937 ambos lo abandonaron y entonces Puig se enroló como voluntario en la tan necesitada aviación republicana.

Pablo Neruda.

Esto le llevó a trasladarse en 1938 a la Unión Soviética para formarse como piloto de guerra, pero la guerra concluyó antes que sus cursos y ya no pudo regresar a España; sí intervino en cambio en la segunda guerra mundial, en el Ejército soviético. Al finalizar esta otra guerra, se sacó el título de ingeniero especializado en centrales eléctricas y redes y durante un tiempo trabajó como ingeniero de grabación en Radio Film en Moscú.

Cuando finalmente, a principios de 1947, Puig llegó a Chile para reunirse con su hermana Conchita y su cuñado Arturo Soria se incorporó a Cruz del Sur para desempeñar tareas administrativas y sin duda debió de ser de gran ayuda tanto en el programa radiofónico de Soria como en la colección Archivo de la Palabra que se estrenó con Pablo Neruda, a quien a finales de ese mismo año se le publicaron otros cuatro discos con el título Antología. Otra de las grabaciones llamativas de esta colección, ya en 1952, fue la del escritor gallego Eduardo Blanco Amor (1897-1979) recitando poemas de Federico García Lorca, que se comercializó en una caja con dos elepés, y a estos nombres pueden añadirse los de León Felipe, Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Marcel Bataillon, Dámaso Alonso y Ramón Gómez de la Serna.

Aun así, uno de los discos más famosos de la colección es el de algunos poemas del primer volumen de Cortejo y Epinicio (aparecido como libro en Cruz del Sur en 1949), de David Rosenmann-Taub, publicado en 1949 y del que, una vez radiado en el programa de Radio Minería, se dice que se vendió toda la edición en una sola jornada.

Otra de las colecciones importantes dedicadas a la grabación de escritores leyéndose a sí mismos, La Voz de México, iniciativa de Efrén del Pozo, estuvo también vinculada a una emisora de radio, en este caso a Radio UNAM, en 1959 y ya desde el principio en discos a 33 rpm, y cuando al año siguiente se hizo cargo de esta colección el escritor exiliado español Max Aub (1903-1972) la subdividió en varias series: Literatura Mexicana, Testimonios políticos, Música Nueva, Folklore y Música para la escena, y más adelante la ampliarla con otra colección Voz Viva de América Latina, en la que puede escucharse a José Martí, Rubén Darío, Julio Cortázar o Pablo Neruda.

Aún tardaría unos años en llegar el mal llamado «audiolibro», que se supone que era una esplendorosa novedad…

Fuentes:

Alicia Alted, La voz de los republicanos. El exilio republicano de 1939, Madrid, Aguilar, 2012.

Anonimo, «Editorial Cruz del Sur (1941-1963)», en el portal Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile.

Beatriz Berger, «Todo poema, en mí, tiene su partitura» (entrevista a David Rosenmann Taub), El Mercurio (Santiago de Chile), 6 de julio de 2002.

Jorge Edwards, Los círculos morados. Memorias I, Santiago de Chile, Penguin Random House, 2012.

Jorge Edwards, José Ricardo Morales y Luis Sánchez Latorre, «Tres amigos le recuerdan», El Mercurio, agosto 1989, D13.

Julio Gálvez Barraza, «Por obra y gracia del Winnipeg», Clío. History and History Teaching, núm. 24 (2001).

Armando López Rodríguez, Andanzas del piloto republicano Fernando Puig Sanchís, UNED, 2018.

José Vicente Navarro Rubio i Ximo Martínez Ortiz, Fernando Puig Sanchís, pilot de combat al servei de la II República Espanyola, Ajuntament d’Alcúdia (col·lecció Gent d’Ací 4), 2016.

Arturo Soria Puig, «Un hombre de palabra», prólogo a Arturo Soria y Espinosa, Labrador del Aire, Madrid, Turner, 1983, pp. 7-41.

El dream team chileno de Arturo Soria (Cruz del Sur)

El fenomenal equipo que reunió en Chile Arturo Soria y Espinosa (1907-1980) le permitió llevar a cabo una de las iniciativas editoriales más interesantes de cuantas intentaron los exiliados republicanos españoles. Nacía la editorial Cruz del Sur en un contexto en que las referencias eran editoriales como Nascimiento, la Ercilla de Laureano Rodrigo (argentino casado con una. peruana), Zig-Zag, Osiris, o la recién creada librería-editorial Orbe de Joaquín Almendros o la del teósofo barcelonés Ramón Maynade (que en Barcelona fundó una conocida Librería Orientalista y quien posteriormente se integraría en Ercilla), etc.

Cuando a principios de 1939 llega a Chile, Soria tenía una amplia experiencia en el mundo de la letra impresa, pues había participado en  la fundación del periódico Luz (1934) y del semanario Diablo Mundo (1934), y, refugiado en la embajada chilena en Madrid al término de la guerra, participó en la revista Luna que allí elaboraron los escritores Antonio Aparicio y Pablo de la Fuente, los artistas Santiago Ontañón y Edmundo Barbero y los estudiantes José Campos y Luis Hermosilla, entre otros. Sin embargo, destacaba Soria sobre todo como organizador y gestor de grupos de intervención cultural, como acreditan la creación de los Comités de Cooperació Intelectual (1932), la fundación con Antoni Maria Sbert de la Federación Universitaria Española de Madrid, sus actividades en la Universidad Extraoficial y en la Sociedad de Interayuda Universitaria o su labor como secretario general del Ministerio de Propaganda durante la guerra civil (que Esteban Salazar Chapela recreó, atribuyéndola al personaje “Evaristo Segovia” en la novela En aquella Valencia).

Con estos antecedentes, no es raro que su ambicioso proyecto editorial estuviera muy bien concebido y planificado, excelentemente organizado y dejado en manos de espléndidos profesionales. Según cuenta uno de estos colaboradores, José Ricardo Morales, con la sabia socarronería que le caracteriza:

La confianza absoluta en sus colaboradores fue su norma, hasta el punto de que la planificación de la editorial, en sus diferentes campos especializados, la confió plenamente a quienes se hicieron cargo de ellos. Al fin y al cabo, de nada vale la mejor planificación si no se encuentran las personas adecuadas para efectuarla. Y aún más, en viceversa, es obvio que cualquier programa propuesto de antemano para su cumplimiento, también se debe a personas: las que lo propusieron. El muy sabio Perogrullo no hubiera dicho otra cosa.

Entre estos más que notables colaboradores se contaba, por ejemplo, Manuel Rojas (1896-1973), que, dentro de un proyecto amplio de Biblioteca Nuevo Mundo, se ocupó de la exitosa serie de autores chilenos (ver anexo), que rondaba las tiradas de mil ejemplares. Bien conocido como narrador y poeta, tras su paso por la Biblioteca Nacional, Manuel Rojas había sido nombrado en 1936 director de la imprenta de la Universidad de Chile, por lo que sus conocimientos tanto sobre literatura como sobre cuestiones editoriales estaban ya contrastados.

Enrique Espinoza, Carlos Droguet y Manuel Rojas.

José Santos González Vera (1897-1970) se hizo cargo de la Nueva Colección de Autores Chilenos, que se inició casi inmediatamente y es muy probable que como consecuencia del éxito de la primera serie y, por otra parte, en detrimento de otros proyectos que quedaron truncos. Es el caso de la Colección de Autores Argentinos, de la que sólo se llegaron a publicar tres de los nueve títulos previstos, o las colecciones de Autores Bolivianos, Peruanos y Colombianos, encargadas a Mariano Latorre, Ricardo A. Latchman y Eduardo Carranza, respectivamente, de las que no se publicó ningún título. González Vera, procedente como Rojas de un inicial anarquismo, había coincidido con él en la fundación de la revista La Pluma, y posteriormente creó Numen y colaboró en publicaciones como Claridad y Atenea.

Enrique Espinoza, que dirigió la colección de Autores Argentinos, había nacido en Kishinev (Rusia) con el nombre Samuel Glusberg (1898-1987), pero en Buenos Aires desde 1905, había establecido un contacto muy fluido con escritores y artistas como Leopoldo Lugones u Horacio Quiroga, a raíz de la fundación en 1919 de la revista Cuadernos América, de la que llegó a publicar cincuenta números. A continuación había creado Babel, que publicaba tanto libros como una revista homónima, lo que le permitió entrar en contacto con una nueva generación de autores (Mariano Picón-Salas, Jorge Mañach Marinello, Arturo Uslar Pietri…). A través de su implicación en la más vanguardista Martín Fierro, la revista creada por Oliverio Girondo, contactó también con Jorge Luis Borges o Macedonio Fernández, entre otros. En cualquier caso, parece evidente que, una vez instalado en Chile (1935), era una persona muy adecuada para ocuparse de la colección que se le encomendó.

Mariano Latorre.

El chileno de origen vasco Mariano Latorre (1886-1955) es figura clave en el paso del criollismo al mundonovismo, y vio reconocida su labor como novelista en 1944 con el Premio Nacional de Literatura. Por su parte, Latchman (1903-1965) venía ejerciendo la crítica literaria desde los diecisiete años, primero en El Chileno y luego en la Revista Católica. Había publicado ya un Escalpelo (1925), que reúne ensayos acerca de Pedro de Oña y Jotabeche, entre otros, cuando viajó a Europa, donde se formó en Historia Medieval y Literatura, antes de regresar a Chile (1935), y allí prosiguió su labor crítica y desarrollo una importante labor como docente en la Universidad de Chile.

El poeta colombiano Eduardo Carranza (1913-1985), por último, tenía a sus espaldas una amplia experiencia como fundador de revistas culturales (Altiplano, Revista de Rosario, Revista de la Universidad de los Andes, suplemento literario de El Tiempo, etc.) que le proporcionaba un profundo y actualizado conocimiento de la literatura de su país.

El conocidísimo filósofo catalán José Ferrater Mora (1912-1991), que residió en Chile entre 1943 y 1947, antes de trasladarse a Buenos Aires, dirigió las colecciones Tierra Firme, “decidida a rescatar del pensamiento universal de todas las épocas aquellas obras en las que se defienden esas cosas frágiles que están siempre zozobrando, y que en nuestros días bracean desesperadamente para no hundirse: el respeto a la verdad, la tolerancia, la libertad de la persona”, así como la colección Razón de Vida.

Gonzalo Rojas, José Ricardo Morales, Armando Cassigoli (de pie) y Nicanor Parra.

Uno de los colaboradores más importantes y activos fue el dramaturgo, ensayista y profesor José Ricardo Morales (n. 1915), que además de seleccionar una interesante antología de Poetas en el destierro (1943) y estar a punto de ver publicada El embustero en su enredo (de la que incluso llegó a corregir pruebas), dirigió las colecciones dedicadas a las figuras menos conocidas del Siglo de Oro español (La Fuente Escondida) y la dedicada, con irónico y valleinclanesco título, a la poesía sacra (Divinas Palabras). A él se debe además la que sin duda es una de las mejores y más sentidas caracterizaciones de la editorial:

Cruz del Sur significó la mayor empresa colectiva efectuada por los desterrados españoles en Chile, de manera que asumió la función de la auténtica política, consistente en convertir a la masa en colectividad, porque las masas se amasan y configuran a coluntad del que las convierte en tales para poder dominarlas, mientras que la colectividad implica la posibilidad de colectar, cosechar o cultivarse en cuanto convivimos con los demás.

 

Mauricio Amster

Tan importante o más que todos los mencionados, sin embargo, es la participación sin duda decisiva de Mauricio Amster (1907-1980), auténtico motor y renovador del libro chileno, que en España se había estrenado con la portada del Poema del cante hondo de Federico García Lorca y participado muy activamente en editoriales como Cenit, Fénix, Renacimiento, Ulises, Dédalo, Zeus, Ediciones Oriente… y era además el maquetista (o diagramador) de la prestigiosísima editorial de la Revista de Occidente (se le atribuye, no sin polémica, el peculiar búho del logo). Soria y Amster se conocían desde los tiempos de Luz por lo menos, y habían coincidido además en otras cabeceras (Diablo Mundo, por ejemplo). Casi desde el mismo momento de su llegada a Chile, en 1940 (y hasta 1948), Amster se convirtió en director artístico de la editorial Zig-Zag (a cuyo frente se encontraba por entonces el español José María Souviron), para la que, según Andrés Trapiello, “realizó seguramente lo mejor de su carrera”, y luego vendrían Babel, Nascimiento, las ediciones de la Universidad de Chile, etc. En cualquier caso, es muy evidente que es Amster quien marca el tono de Cruz del Sur, quien le da una imagen característica, y el hecho de elegirlo como diagramador y diseñador de portadas de la editorial pone de manifiesto, una vez más, el talento de Soria en el momento de crear la editorial.

 Los libros de Cruz del Sur –escribe Trapiello, probablemente refiriéndose a las colecciones de Morales– eran de formato pequeño, en rústica y de tipografía muy sobria, en tintas negra y roja sobre papel blanco como correspondía a la reedición de los clásicos que ellos llevaron a cabo. Había en esos libros algo de la tipografía tradicional, la de los siglos XVI y XVII, que Amster conocía como su propia casa, hasta el punto que su caligrafía recuerda los tipos góticos primitivos, y se parecen como dos gotas de agua a los que en ese momento hace Altolaguirre en La Habana y México.

A esta pléyade de colaboradores aún podrían añadirse los nombres de la esposa y el hermano del director (Conchita Puig y Carmelo Soria), Juvencio Valle, que tomó la responsabilidad de la primera edición de las obras completas de Neruda en formato económico, el poeta y editor Manuel Altolaguirre (1905-1959), que se ocupó de la impresión de La ironía, la muerte y la admiración, Santiago Ontañón (escenógrafo de tantas obras de Margarita Xirgu, entre otros méritos), el dibujante Arturo Lorenzo, la pintora y grabadora chilena nacida en Barcelona Roser Bru, el pintor Jaime del Valle-Inclán (quinto hijo del celebérrimo escritor)…

 Anexo. Algunas colecciones literarias de Cruz del Sur

 *Colección de Autores Chilenos (dirigida por Manuel Rojas)

José Santos González Vera, Alhué: estampas de una aldea, 1942.

Mariano Latorre, La epopeya de Moñi. Sandías ribereñas, 1942.

Pedro Prado, Los pajaros errantes, 1942.

Alfonso Vulnes, Viñetas, 1942.

Juan Guzmán Cruchaga, Canción, 1942.

Juvencio Valle, El libro primero de Margarita, 1942.

Tomás Lago, ed., Tres poetas chilenos, 1942. Son los poetas Nicanor Parra, Victoriano Vicario y Óscar Castro).

Vicente Huidobro, Temblor de Cielo, 1942.

Max Jara, Poemas selectos, 1942.

Guillermo Labarca Huberston, Mirando al océano. Diario de un conscripto, 1942.

*Nueva Colección de Autores Chilenos (dirigida por José Santos González Vera)

Jotabeche (José Joaquín Vallejo), Costumbres mineras, 1943.

Rafael Maluenda, Eloísa, 1943.

Ramón Laval, Cuentos de Pedro de Urdemalas, 1943.

Augusto d´Halmar, Mar (Historia de un pino marítimo), 1943.

Federico Gana, La señora, 1943.

Manuel Rojas, El Bonete Maulino, 1943.

Marta Brunet, Aguas abajo, 1943.

Sergio Atria, ed., Antología de poesía chilena (Guillermo Brest, Julio Vicuña Cifuentes, Diego Dublé, Francisco Contreras, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Manuel Rojas, Nicanor Parra…), 1946.

Luis Durand, Vino tinto y otros cuentos, 1943.

Amanda Labarca, Desvelos en el Alba, 1945.

*La Fuente Escondida (dirigida y prologada por José Ricardo Morales)

Josef de Valdivieso, Romancero espiritual, 1943.

Francsico de la Torre, Del crudo amor vencido, 1943.

Francsico de Figueroa, Ocio manso del alma, 1943.

Juan de Jáuregui, Orfeo. Poema en cinco cantos, 1943.

De tal árbol, tal fruto, florilegio de canciones anónimas del siglo XV al XVII, 1944.

Luis Barahona de Soto, La dulce lira, 1944.

Conde de Villamediana (Juan de Tasis y Peralta), Por la región del aire y del fuego, 1944.

Salvador Jacinto Polo de Medina, La vena rota, 1944.

Francisco de Medrano y Francisco de Rioja, Jardines compuestos, 1946.

Pedro Espinosa, Admiración de maravillas, 1946.

*Colección de Autores Argentinos (dirigida por Enrique Espinoza)

Domingo F. Sarmiento, Diario de un viaje, 1944.

Esteban Echeverría, El matadero, 1944.

Juan B. Alberdi, Mi vida privada, 1944.

*Raíz y Estrella

José Ferrater Mora, España y Europa, 1942.

José Ricardo Morales (ed.), Poetas en el destierro, 1943. Incluye poemas inéditos o no recogidos en libro de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, León Felipe, José Moreno Villa, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Juan Larrea, Emilio Prados, Rafael Alberti, Luis Cernuda y Manuel Altolaguirre.

Joaquín Casalduero, Jorge Guillén. Cántico, 1946.

José Ferrater Mora, La ironía, la muerte y la admiración,1946.

Américo Castro, Aspectos del vivir hispánico. Espiritualismo, mesianismo, actitud personal en los siglos XIV al XVI, 1949.

*Divinas Palabras (dirigida por José Ricardo Morales)

San Juan de la Cruz, Poesías completas. Aforismos. Cartas, edición de Pedro Salinas, 1946.

Fray Luis de León, El Cantar de los Cantares, edición de Jorge Guillén, 1947.

Alejo Venegas, Agonía y tránsito de la muerte.Con los avisos y consuelos que cerca de ella son provechosos, 1948.

*Colección Residencia en la Tierra. Obra poética de Pablo Neruda (dirigida por Juvencio Valle)

La canción de la fiesta. Crepusculario, 1947.

El hondero entusiasta. Tentativa del hombre inifinito, 1947.

Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1947.

El habitante y su esperanza. Anillos, 1947.

Residencia en la tierra (1925-1931), 1947.

Residencia en la tierra (1931-1935), 1947.

Las furias y las penas y otros poemas, 1947.

España en el corazón, 1948.

Dura elegía, 1948.

Elegía y regreso, 1948.

Fuentes

Juan Escalona Ruiz, Editores del Exilio Republicano de 1939 (catálogo de la Exposición celebrada en la Universitat Autònoma de Barcelona en diciembre de 1999), Sant Cugat del Vallès, Associació d´Idees-Gexel, 1999.

Juan Escalona Ruiz, “Una aproximación al exilio chileno: La Editorial Cruz del Sur”, en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio literario español de 1939, Sant Cugat de Vallès, Associació d´Idees-Gexel, 1998, vol. I, pp. 367-378.

Esther López Sobrado, “En el centenario de Santiago Ontañón. Luces y sombras del exilio”, en Manuel Aznar Soler, ed., Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Gexel-Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos IX), pp. 1109-1119.

José Ricardo Morales, “Razón y sentido de la Editorial Cruz del Sur”, en Manuel Aznar Soler, ed., Escritores, editoriales y revistas del exilio repulicano de 1939, Sevilla, Gexel-Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos IX), 2006, pp. 553-563.

Bernardo Subercaseaux, Historia del Libro en Chile (alma y Cuerpo), Santiago de Chile, Lom Ediciones (Colección sin Norte), 2000.

Bernardo Subercaseaux, “Editoriales y círculos intelectuales en Chile, 1930-1950″, Revista Chilena de Literatura, núm. 72 (abril de 2008), pp. 221 – 233.

Andrés Trapiello, Imprenta moderna. Tipografía y literatura en España, 1874-2005, València, Campgràfic, 2006.