Libros que salvaron vidas durante la guerra civil española

En el que probablemente sea el primer análisis ambicioso (no exhaustivo) de la producción bibliográfica en Cataluña durante la guerra civil española (1936-1939), Joan Crexell contabilizó hasta 1.014 títulos entre libros y opúsculos, lo que supone una media de más de un impreso de estos tipos al día durante los treinta meses que duró la contienda. De este asombroso corpus, lógicamente (o no), siempre se ha prestado más atención a las obras literarias —la Aloma de Mercè Rodoreda, La fam de Joan Oliver, Unitats de xoc de Pere Calders, la traducción de Pere Montserrat de Les nits blanques de Dostoievski…— que a ninguna otra tipología de obras, aun cuando su importancia fuese de primer orden y tuvieran como objetivo nada más y nada menos que salvar vidas.

Entre los libros prácticos o de lo que podría llamarse autoayuda extrema, destaca sobre todo la ingente actividad editorial llevada a cabo por la Junta de Defensa Passiva de Catalunya, pero incluso antes de su creación ya habían aparecido algunos impresos con una orientación muy similar.

La Casa de la Caritat de Barcelona, que desde mediados del siglo xix disponía de una imprenta para la formación de los huérfanos a los que acogía, era económicamente viable gracias a que se ocupaba de imprimimr buena parte del material bibliográfico de las instituciones catalanas con sede en Barcelona (del Ayuntamiento y de la Generalitat, sobre todo). Como Casa d’Assistència President Francesc Macià, que fue el nombre que adoptó durante el período republicano (entre 1932 y 1936), puso aún en 1936 su sello a la edición bilingüe de unas Instruccions para la defensa passiva de la población civil per al cas d’atac amb gasos, promovida por el Consell de Sanitat de Guerra dependiente del Departament de Defensa de la Generalitat.

La misma imprenta se ocupó ese mismo año del Programa de la instrucción militar dels ciutadans, publicada por la Conselleria de Defensa. Y a este hay añadir otros dos libros que ponen de manifiesto que la principal preocupación de las autoridades eran por entonces los efectos que los bombardeos pudieran tener sobre la población civil y en particular por la defensa ante los ataques con armas químicas.

El 21 de septiembre de 1936 se publicaron las primeras normas destinadas a las Juntes de Defensa Passiva, que dependían de los ayuntamientos y en las que estaban representados diversos organismos municipales (ingeniero y arquitecto municipal, la Cruz Roja, farmacéuticos, etc.), y que acabarían cristalizando el 9 de junio de 1937 en la creación de la Junta de Defensa Passiva de Catalunya, adscrita al Departament de Treball de la Generalitat de Catalunya.

El doctor Francesc Bergós i Ribalta, que había ingresado en el Cuerpo de Sanidad Militar de la Generalitat en 1924 y que antes de su exilio a Uruguay se ocuparía en 1939 de la evacuación a Francia de más de un millar de heridos, publicó Aspectes mèdics de la guerra química (1936), que lleva el sello de la Secció de Defensa Passiva de la població civil contra atacs aeris i químics del Consell de Sanitat de Guerra (dependiente del Departament de Defensa).

También fue el Departament de Defensa el que promovió ese mismo año la edición de un título muy llamativo, Protegiu-vos!, subtitulado «Consells, normes, precaucions a adoptar contra els bombardeigs aeris», firmado por uno de los pioneros de la aviación militar española, Felipe Díaz Sandino (1891-1960). En ciertos ámbitos, Díaz Sandino contaba con el respeto e incluso la admiración por haberse negado a bombardear el Palau de la Generalitat a raíz de la proclamación de la república catalana en 1934 (lo que le valió ser apartado de la carrera militar y encarcelado en el castillo de Montjuïc). Los servicios que prestó durante la guerra a la Generalitat en la Consellleria de Defensa explican sobradamente que acabara sus días exiliado en Colombia.

Con todo, las juntas locales seguían activas, y en 1937 la de Barcelona hizo imprimir en la veterana Tasis un folleto de quince páginas con el Reglament de defensa passiva.

El célebre dermatólogo Antoni Peyrí Rocamora (1889-1973) había publicado en 1927 un artículo importante, «Qüestions actuals en el tractament de la sífilis», que fue ampliamente divulgado en español en la edición de Arnau de Vilanova (como cuarto número de las Monografías Médicas) y gozaba de prestigio en su campo. El Departament de Sanitat le publicó luego, en 1934, La lluita antivenèria a Catalunya l’any 1934, y durante la guerra la misma institución se ocupó de editar la continuación lógica de esta obra, La lluita antivenèria a Catalunya el bienni 1935-1936. Sin embargo, su labor más importante la llevó a cabo ya en el exilio, primero en Colombia (en la leprosería de Isla de Providencia) y más tarde en México (Universidad de Nuevo León, Hospital Civil de Monterrey, Instituto Mexicano del Seguro Social, etc.).

Más conocido incluso es el caso del doctor Josep Trueta (1897-197), que durante la guerra, en 1938, publica en la Biblioteca Médica de Catalunya del Casal del Metge una obra relativamente extensa para los estándares impuestos por la guerra (125 páginas) y profusamente ilustrada, El tractament de les fractures de guerra.

La extrema preocupación por la guerra química y sus efectos se pone de manifiesto en una serie de publicaciones auspiciadas por la Secretaria de Sanitat i Serveis Z de la Junta de Defensa Pasiva y el Departament de Treball de la Generalitat, que en 1938 hizo imprimir diversas obras para la protección de la población civil en la por entonces colectivizada Seix Barral. Del muy destacado profesor e investigador en biología marina Francisco García del Cid Arias (1897-1965) publicó el folleto de dieciséis páginas Protecció contra els agressius de l’aigua i dels aliments. Neutralització de zones locals i objectes contaminats.

Parece evidente que se había diseñado un cierto plan para distribuir y divulgar una serie de materiales útiles en este sentido destinado sobre todo al grueso de la población civil. Se trató de folletos o libritos muy breves y con apoyo visual, en algunos casos con desplegables que podían desgajarse del volumen y fijarse en lugares fácilmente visibles o incluso llevarlos en el bolsillo.

Ese mismo año 1938 se publican también el librito de treinta páginas Mitjans de Protecció individual i col·lectiva, de F. Palaudàries; un anónimo Quelcom sobre agressius químics (de 46 páginas y con ilustraciones); Respiració artificial i oxigenoteràpia, deL. G. Reitg i Puig (31 páginas); y Bombes i granades explosives, idem incendiàries, ídem amb gasos; varietats (32 páginas), del ingeniero industrial y ensayista tarraconense Joaquim Torrens-Ibern (1909-1975)

Sin duda no se trata de textos que hayan pervivido ni sus autores, salvo quizás en el caso de Trueta, sean conocidos por el común de los lectores, pero en su conjunto estas ediciones ponen de relieve la función que tuvieron los impresos como arma de defensa pasiva, aun cuando su trascendencia no sea siquiera comparable a la construcción de refugios antiaéreos, muchos de ellos convertidos ahora en lugares de memoria colectiva.

Fuente principal:

Joan Crexell, El llibre a Catalunya durant la guerra civil, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or), 1990.

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