El editor de la juventud argentina en los años veinte del siglo XX

En 1936, la Federación Gráfica Bonaerense publicó la primera edición de un libro que tuvo un notable impacto en el ambiente poético español, La rosa blindada, de Raúl González Tuñón (1905-1974), compuesto inspirándose en la Revolución de Asturias de 1934, como indica el título (Homenaje a la insurrección de Asturias y otros poemas revolucionarios) y con una xilografía de Juan Carlos Castagnin (1908-1972) ilustrando la cubierta. Prueba señera de este impacto es, por ejemplo, el soneto que dedicó al poeta argentino Miguel Hernández (1910-1942), con el que había establecido amistad en Madrid.

Para entonces, González Tuñón tenía ya a sus espaldas una obra poética en marcha —además de un bien ganado prestigio como periodista—, que había iniciado en 1926 con El violín del diablo en la Editorial Gleizer y, con el intervalo de una edición de autor (Poema del conventillo, 1926), había proseguido su carrera en la misma editorial con Miércoles de ceniza (1928) y La calle del agujero en la media (1930), al tiempo que iba haciéndose un nombre en la prensa (particularmente en el vespertino Crítica y en Clarín) .

No fue este el único autor al que «descubrió» e impulsó la editorial Gleizer, que había empezado su actividad en 1922 con la publicación de las crónicas y retratos Cómo los vi yo, del famoso periodista y crítico y director teatral Joaquín de Vedia (1877-1936); para ello, solicitó un crédito bancario para poder pagar al autor el 10% del precio de venta al público (se hizo una tirada de 1800 ejemplares, que se pusieron a la venta a 2,50 pesos).

Nada permitía suponer que Manuel Gleizer (1899-1966), llegado a Argentina a los doce años procedente de Rusia, acabaría por convertirse en el editor de los nuevos valores literarios de su país de acogida, pues había empezado trabajando de peón agrícola en Entre Ríos, antes de dedicarse a la venta ambulante en el barrio de Villa Crespo de Buenos Aires. El peculiar origen de esta editorial lo explicó perfectamente Ana Ojeda Bär en el espléndido artículo de síntesis que dedicó a Gleizer sirviéndose de diversos testimonios de quienes lo trataron:

 Puso un negocio de venta de billetes de lotería, pero tuvo la mala suerte de que le quedaran sin vender unos enteros que no pudo devolver. Debió afrontar el pago de unos 300 pesos, que en ese tiempo eran una fortuna. Para saldar la deuda, llevó de su casa 230 libros de la Biblioteca Blanca de Sempere y les puso un cartelito que decía: «0,40 el ejemplar». Los vendió enseguida. Al día siguiente, repitió la operación, pero al revés: puso un cartelito que rezaba «Compro libros». Así se convirtió en un librero de viejo.

Luego de tres años de compraventa de libros, Gleizer se trasladó a una casa que quedaba enfrente, en Triunvirato 537, donde abrió por primera vez sus puertas la librería La Cultura.

No tardó esa librería en convertirse en uno de los puntos de contacto más importantes entre gente de las artes y las letras de la capital argentina, pues allí tertulieaban Leopoldo Lugones (1874-1938), Samuel Eichelbaum (1894-1967), Jorge Luis Borges (1899-1986), Leopoldo Marechal (1900-1970), el mencionado González Tuñón y César Tiempo (1906-1980), entre otros muchos.

A González Tuñón le publicó su primer poemario El violín del diablo (con ilustración de cubierta de Valentín Tibon de Libian) porque había salido vencedor de un certamen literario promovido por Gleizer y del que formaban el jurado Evar Méndez, Carlos Alberto Leumann y Alfonsina Storni, pero ese mismo año 1926 le publicaba a otro de los contertulios, Leoopoldo Lugones, la primera edición de Lunario sentimental, con una ilustración de cubierta de José Bonomi (1903-1992), Cuentos para una inglesa desesperada de un veinteañero Eduardo Mallea (1903-1982), que Guillermo de Torre reseñó enseguida en la prestigiosa revista española Revista de Occidente, y en 1928 No toda es vigilia la de los ojos abiertos, de Macedonio Fernández, así como el primer libro de relatos del historiador chileno Juan Luis Espejo Tapia (1888-1983), Los amigos de Gómez Barbadillo. Poco después le publicaba a Borges diversos artículos de crítica literaria que habían ido apareciendo en prensa con el título El idioma de los argentinos (1928), al que seguirían Evaristo Carriego (1930) y, como título inicial de una colección muy explícitamente llamada Nuevos Escritores Argentinos, Discusión (1932).

Además de arriesgar el capital que lograba reunir para tales propósitos, Gleizer se esforzó por buscar medios de dar a conocer y promocionar la obra de los escritores a los que publicaba sirviéndose de las sinergias entre los autores y los medios de comunicación. Según explica Fabio Espósito en la semblanza del editor disponible en el portal de EDI-RED:

La fórmula tantas veces probada de llevar al circuito del libro una firma popularizada en los grandes diarios le permitió a Gleizer editar libros baratos destinados a un público nuevo y siempre ávido de temas de actualidad, que había crecido y se había diversificado al amparo de grandes periódicos como La Nación, La Prensa y Crítica.

Tanto los precios como las tiradas presentaban notables oscilaciones, y si los primeros podían ir de los cincuenta centavos a los tres pesos y medio de aquel entonces, las tiradas de los primeros títulos alcanzaron los 1.8000 ejemplares, pero luego se estabilizaron entre los 300 y los 500, si bien es cierto que la presentación y encuadernación también era diversa y que hubo algunas excepciones: de El hombre que está solo y espera (1931), del pionero periodista de investigación Raúl Scalabrini Ortiz (1898-1959), se hizo en octubre una primera tirada de 3.000 ejemplares y aun así en diciembre de ese mismo año se hacía una segunda.

Al margen de la línea más literaria, tenía también otra más centrada en libros de tema judío y una dedicada a la actualidad política que al parecer dejaron menos poso pero no de menor éxito en su momento. La aventura se extendió todo a lo largo de la década de 1930 y llegó hasta 1945, e incluso tuvo una segunda y menos productiva etapa entre 1954 y 1957.

Sin embargo, todo aquel que se ha acercado a la obra editorial de Gleizer le destaca como uno de los principales renovadores del papel del editor en la industria argentina y la persona que más contribuyó a la creación de una estructura literaria robusta poniendo a disposición de los lectores de escasos recursos la obra de escritores previamente fogueados y popularizados en las páginas de la prensa periódica. No menor es el logro de haber si no creado, sí por lo menos ampliado y fortalecido a una red de lectores interesados en la literatura argentina.

María de los Ángeles Marechal recoge en el librito que con Víctor García Costa dedicaron a Manuel Gleizer unas palabras que escribió Nicolás Olivari (1900-1966) poco antes de su propia muerte en las que hace una aguda caracterización de este singular puntal de la edición argentina:

Manuel Gleizer fue el editor de la juventud, de los audaces, de los nuevos. Los editó sin leerlos, confesión que lo honra, porque de otra manera hubiera cambiado a tiempo la profesión. Le ha quedado este hermoso laurel de haber sido el primero que lanzó a los jóvenes en época de bárbara incomprensión, de absoluto desprecio a todo lo nacional en literatura. Es posible que alguna vez, en el justiciero homenaje que se le debe, esto sea dicho. Por ahora, quede aquí adelantado.

Fuentes:

Fabio Espósito «Semblanza de Manuel Gleizer (Ataki, 1889 – Buenos Aires, 1966)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2018.

Víctor O. García Costa y María de los Ángeles Marechal, Manuel Gleizer, librero y editor, Buenos Aires, Peña del Libro Trenti Rocamora (Folletos), 2008.

Gabriel Luna, «El editor que amaba exactamente los libros», VAS, 24 de agosto de 2018.

Ana Ojeda Bär, «Manuel Gleizer, el último de los editores románticos», La Nación, 2 de abril de 2006.

 

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