Oda a la invención de la imprenta

¿Será que siempre la ambición sangrienta

o del solio el poder pronuncie solo,

cuando la trompa de la fama alienta

vuestro divino labio, hijos de Apolo?

¿No os da rubor? El don de la alabanza,

la hermosa luz de la brillante gloria,

¿serán tal vez del nombre a quien daría

eterno oprobio o maldición la historia?

¡Oh! despertad: el humillado acento,

con majestad no usada,

suba a las nubes penetrando el viento:

y si queréis que el universo os crea

dignos del lauro en que ceñís la frente,

que vuestro canto enérgico y valiente

digno también del universo sea.

 

Manuel José Quintana.

No los aromas del loor se vieron

vilmente degradados

así en la antigüedad: siempre las aras

de la invención sublime,

del Genio bienhechor los recibieron.

Nace Saturno, y de la madre tierra

el seno abriendo con el fuerte arado,

el precioso tesoro

de vivífica mies descubre al suelo,

y grato el canto le remonta al cielo

y Dios le nombra de los siglos de oro.

¿Dios no fuiste también, tú que alía un día

cuerpo a la voz y al pensamiento diste,

y, trazándola en letras, detuviste

la palabra veloz que antes huía?

 

Sin ti se devoraban

los siglos a los siglos, y a la tumba

de un olvido eternal yertos bajaban.

Tú fuiste: el pensamiento

miró ensanchar la limitada esfera

que en su infancia fatal le contenía.

Tendió las alas, y arribó a la altura

de do escuchar la edad que antes viviera,

y hablar ya pudo con la edad futura.

¡Oh gloriosa ventura!

Goza, Genio inmortal, goza tú solo

del himno de alabanza y los honores

que a tu invención magnífica se deben:

contémplala brillar; y cual si sola

a ostentar su poder ella bastara,

por tanto tiempo reposar natura,

de igual prodigio al universo avara.

 

Pero al fin sacudiéndose, otra prueba

la plugo hacer de sí, y el Rin helado

nacer vio a GUTENBERG.— «¿Con que es en vano

que el hombre al pensamiento

alcanzase, escribiéndole, a dar vida,

si, desnudo de curso y movimiento,

en letargosa obscuridad se olvida?

No basta un vaso a contener las olas

del férvido Océano,

ni en solo un libro dilatarse pueden

los grandes dones del ingenio humano:

¿qué les falta? ¿Volar? Pues si a natura

un tipo basta a producir sin cuento

seres iguales, mi invención la siga:

que en ecos mil y mil sienta doblarse

una misma verdad, y que consiga

las alas de la luz al desplegarse.»

Manuel José Quintana.

Dijo, y la Imprenta fue; y en un momento

vieras la Europa atónita agitada

con el estruendo sordo y formidable

que hace sañudo el viento

soplando el fuego asolador que encierra

en sus cavernas lóbregas la tierra.

¡Ay del alcázar que al error fundaron

la estúpida ignorancia y tiranía!

El volcán reventó, y a su porfía

los soberbios cimientos vacilaron.

¿Qué es del monstruo, decid, inmundo y feo,

que abortó el Dios del mal, y que, insolente,

sobre el despedazado Capitolio,

a devorar el mundo impunemente,

osó fundar su abominable solio?

 

Dura, sí: mas su inmenso poderío

desplomándose va; pero su ruina

mostrará largamente sus estragos.

Así torre fortísima domina

la altiva cima de fragosa sierra;

su albergue en ella y su defensa hicieron

los hijos de la guerra,

y en ella su pujanza arrebatada,

rugiendo los ejércitos rompieron.

Después abandonada,

y del silencio y soledad sitiada,

conserva, aunque ruinosa, todavía

la aterradora faz que antes tenía.

Mas llega el tiempo, y la estremece, y cae

cae, los campos gimen

con los rotos escombros; y, entre tanto,

es escarnio y baldón de la comarca

la que antes fue su escándalo y espanto.

 

Tal fue el lauro primero que las sienes

ornó de la razón: mientras osada,

sedienta de saber la inteligencia,

abarca el universo en su oran vuelo.

Levántase Copérnico hasta el cielo,

que un velo impenetrable antes cubría,

y allí contempla el eternal reposo

del astro luminoso,

que da a torrentes su esplendor al día.

Siente bajo su planta Galileo

nuestro globo rodar, la Italia ciega

le da por premio un calabozo impío,

y el globo, en tanto, sin cesar navega

por el piélago inmenso del vacío.

Y navegan con él impetuoso,

a modo de relámpagos huyendo,

los astros rutilantes: mas, lanzado

veloz el genio de Newton tras ellos,

los sigue, los alcanza, y a regular se atreve

el grande impulso que sus orbes mueve.

 

¡Ah! ¿qué te sirve conquistar los cielos,

hallar la ley en que sin fin se agitan

la atmósfera y el mar, partir los rayos

de la impalpable luz, y hasta en la tierra

cavar y hundirte, y sorprender la cuna

del oro y del cristal? Mente ambiciosa,

vuélvete al hombre. Ella volvió, y, furiosa,

lanzó su indignación en sus clamores.—

«¡Con que el mundo moral todo es horrores!

¡Con que la atroz cadena

que forjó en su furor la tiranía,

de polo a polo inexorable suena,

y los hombres condena

de la vil servidumbre a la agonía!

¡Oh! no sea tal.»—Los déspotas lo oyeron,

y el cuchillo y el fuego a la defensa

en su diestra nefaria apercibieron.

 

¡Oh insensatos! ¿Qué hacéis? Esas hogueras

que a devorarme horribles se presentan,

y en arrancarme a la verdad porfían,

fanales son que a su esplendor me guían,

antorchas son que su victoria ostentan.

En su amor anhelante

mi corazón extático la adora,

mi espíritu la ve, mis pies la siguen.

No: ni el hierro ni el fuego amenazante

posible es ya que a vacilar me obliguen.

¿Soy dueño por ventura

de volver el pie atrás ? Nunca las ondas

tornan del Tajo a su primera fuente,

si una vez hacia el mar se arrebataron:

las sierras, los peñascos su camino

se cruzan a atajar; pero es en vano,

que el vencedor destino

las impele bramando el Océano.

 

Llegó pues el gran día,

en que un mortal divino, sacudiendo

de entre la mengua universal la frente,

con voz omnipotente

dijo a la faz del mundo: EL HOMBRE ES LIBRE.

Y esta sagrada aclamación saliendo

no en los estrechos límites hundida

se vio de una región; el eco grande

que inventó GUTENBERG la alza en sus alas

y, en ellas conducida,

se mira en un momento

salvar los montes, recorrer los mares,

ocupar la extensión del vago viento;

y, sin que el trono o su furor la asombre,

por todas partes el valiente grito

sonar de la razón: LIBRE ES EL HOMBRE.

Manuel José Quintana.

Libre, sí, libre: ¡oh dulce voz! mi pecho

se dilata escuchándote, y palpita,

y el numen que me agita,

de tu sagrada inspiración henchido,

a la región olímpica se eleva,

y en sus alas flamígeras me lleva.

¿Dónde quedáis, mortales,

que mi canto escucháis? Desde esta cima

miro al destino las ferradas puertas

de su alcázar abrir, el denso velo

de los siglos romperse, y descubrirse

cuanto será: ¡oh placer! No es ya la tierra

ese planeta mísero en que ardieron

la implacable ambición, la horrible guerra.

 

Ambas gimiendo para siempre huyeron,

como la peste y las borrascas huyen

de la afligida zona, que destruyen,

si los vientos del polo aparecieron.

Los hombres todos su igualdad sintieron,

y a recobrarla las valientes manos

al fin con fuerza indómita movieron.

No hay ya ¡qué gloria! esclavos ni tiranos:

que amor y paz el universo llenan,

amor y paz por donde quier respiran,

amor y paz sus ámbitos resuenan.

Y el Dios del bien sobre su trono de oro

el cetro eterno por los aires tiende;

y la serenidad y la alegría,

al orbe que defiende,

en raudales benéficos envía.

 

¿No la veis? ¿No la veis? ¿La gran columna,

el magnífico y bello monumento

que a mi atónita vista centellea?

No son, no, las pirámides que al viento

levanta la miseria en la fortuna

del que renombre entre opresión granjea.

Ante él por siempre humea

el perdurable incienso

que grato el orbe a GUTENBERG tributa;

breve homenaje a su favor inmenso.

¡Gloria a aquel que la estúpida violencia

de la fuerza aterró, sobre ella alzando

a la alma inteligencia!

¡Gloria al que en triunfo la verdad llevando,

su influjo eternizó libre y fecundo!

¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!

 

 

Manuel José Quintana (1772-1857), Oda a la invención de la imprenta, julio de 1800

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