La profunda huella de los libreros

Del paso de los refugiados republicanos españoles de 1939 por Santo Domingo quedó un legado cultural relativamente menor si se compara con el de otros países americanos, pues muchos de ellos no permanecieron allí mucho tiempo. Pese al interés del dictador Trujillo (1891-1961) –que respondía sobre todo a la voluntad de «mejorar la raza» propiciando el mestizaje, y blanquear así a la población–, era difícil pensar que quienes se habían librado de la dictadura en España pudieran sentirse cómodos en otra dictadura, y en un país que, tanto laboral como intelectualmente, poco podía ofrecerles.

TrujilloyFranco

Trujillo (derecha) y Franco (más a la derecha).

Entre las excepciones se cuentan, por supuesto, los casos del músico, pintor y escritor Eugenio F. Granell (1912-2001), que además de convertirse en primer violín de la Orquesta Sinfónica Dominicana, en los cuatro años que pasó allí tuvo tiempo de publicar y de crear, junto con el poeta chileno Alberto Baeza Flores (1914-1998), la revista La Poesía Sorprendida (donde colaboraron otros españoles, como Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Segundo Serrano Poncela) y de publicar en las prensas de la revista la novela El hombre verde (1944); o el poeta catalán Agustí Bartra (1908-1982), que en Santo Domingo –por entonces Ciudad Trujillo– publicó su propia traducción de El árbol de fuego (Librería Dominicana, 1940), antes de poder llevarla a imprenta en la versión original en catalán (México, Imprenta Grafos, 1946); o el escritor y político nacionalista vasco, inmortalizado por Vázquez Montalbán en una interesante novela, Jesús Galíndez (1915-1956), que publicó allí Cinco leyendas del trópico (La Opinión, 1944); o…

BartraArbolFuego

Menos conocida, pero sin duda más profunda fue la huella dejada por dos hermanos que quien quizá antes que nadie estudió el legado de los republicanos españoles en la República Dominicana, Vicente Lloréns (1906-1979), caracterizó del siguiente modo en su espléndido libro de 1975:

En Santo Domingo dos catalanes, los hermanos Escofet, establecieron una librería con un largo y pomposo título: Instituto Hispano-Americano del Libro y de la Prensa. Los Escofet eran unos señores amabilísimos, muy puntuales y diligentes en su negocio. Pronto empezaron a prosperar. Al primer establecimiento –único que conocí– siguió otro en lugar también céntrico, ya con el nombre de Librería Escofet. Y mientras los demás emigrantes iban abandonando año tras año Santo Domingo, la librería de los Escofet ha sido ejemplo de estabilidad, aun en medio de las conmociones que han sacudido al país después de la violenta eliminación de Trujillo en 1961.

MemosEmigración

Sobrecubierta (lommo, frontis y solapa) del libro mencionado del valenciano Vicente Llorens (véanse Fuentes).

No es fácil espigar información acerca de la biografía de estos hermanos, José (el mayor) y Antonio Escofet, que en alguna ocasión han sido descritos incluso como valencianos, pero sí hay diversos testimonios de la enorme influencia que su acogedora librería ejerció sobre los jóvenes estudiantes dominicanos a lo largo de varias décadas. No he tenido acceso, por ejemplo, a un libro publicado en la barcelonesa Seix y Barral Hermanos aparecido en 1929 con el título Francisco Pizarro ó El País del Oro. Narraciones novelescas de la conquista del Nuevo Mundo, que firma un José Escofet que quizá sea uno de los hermanos, y que tal vez pueda aportar alguna información al respecto. Pero el carácter singular y generoso de estos hermanos lo confirma por ejemplo Miguel Rone: «El sol salía en el Instituto del Libro. Aquellos viejitos, valencianos, los Escofet Hermanos, al fondo, siempre conversando en catalán, nos brindaban el más amplio espacio librero del Santo Domingo de los 70». Y también el arquitecto Plácido Piña lo confirma: «Eran unos catalanes republicanos amables y paternales que acostumbraban a orientar a uno sobre las mejores o más convenientes lecturas».

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Arzobispo Mariño en la década de 1940.

La librería se instaló inicialmente en la calle Arzobispo Mariño, en la zona colonial (distrito Nacional), para trasladarse posteriormente no muy lejos de allí, a un elegante y funcional edificio del número 86 de la conocida como «calle de las librerías», la Arzobispo Nouel (actualmente correspondería al número 286). El edificio en cuestión, levantado en 1953, fue obra de uno de los arquitectos más importantes del país, José Antonio Caro Álvarez (1910-1978), que, formado en Europa, a su regreso se convirtió en 1939 en profesor de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Santo Domingo, y en 1958 llegaría a ser decano de la de Ingeniería y Arquitectura del mismo centro. Plácido Piña, entusiasta tanto de la librería como del edificio, hace la siguiente descripción del msimo:

Es un edificio medianero de uso mixto, con comercio abajo y dos pisos de apartamentos arriba. Pero lo más notable es su conducta y escala pública, su relación con la ciudad, ese vacío que crea junto a la acera y la gran altura al frente con la entrada retirada a modo de zaguán abierto y una vitrina que parece flotar. De antología. […] Un día, hacia el final de mis estudios universitarios, descubrí algo en su fachada que me dejó atónito. Sus balcones tienen una especie de cortinas en bloques de vidrio curvos que parecen estar a medio abrir o a medio cerrar. Una ocurrencia tan particular y atrevida que siempre me saca mi mejor sonrisa. Hasta ese momento nunca había visto bloques de vidrio curvos y menos usados de esa manera, como si fuera una cortina de cabaret. ¡Alucinante!

JACO

José Antonio Caro Álvarez.

Sin embargo, tan interesante como el edificio es el impacto y la proyección en el tiempo que tuvo la librería de estos de momento enigmáticos hermanos Escofet entre sus jóvenes clientes. El ingeniero Juan Gil Argelés, un «niño de la guerra» llegado a Santo Domingo en 1940 con sus padres, hizo la siguiente evocación:

Más adelante del 1949-1954, era por mi cuenta, asiduo asistente a esa librería en la que revisaba cuanto libro al igual que otros estudiantes interesados en ello, los libros de nuestra carrera sin costo alguno.

Podría confirmar sin duda alguna que otros muchos estudiantes y profesionales disfrutaron de esa amabilidad y generosidad de los Escofet, personajes de hidalguía sin igual llegados al país como consecuencia de la cruel Guerra Civil Española, de quienes al través de los años guardo no sólo un grato recuerdo sino también un sincero agradecimiento por la hermosa imagen que representaron ante el país de nuestra forzosa inmigración.

Por otra parte, de nuevo de Piña es una detallada descripción del interior del comercio tal como él lo conoció: «La librería tenía un salón amplio con mesas que mostraban las novedades y paredes enormes forradas de libros hasta el tope. Al fondo, un salón abierto servía de sala de lectura donde podía uno pasar el rato leyendo sin obligación de comprar».

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Planta baja del edificio donde estuvo el Instituto del Libro. Imagen procedente del blog de Plácido Piña citado en Fuentes.

El escritor Efraím Castillo recuerda incluso que, al igual que otros libreros de la misma zona, los hermanos Escofet «me fiaban sin la necesidad de firmar documentos, ya que bastaba una simple nota con el registro de los títulos adquiridos». Evocada también como punto de encuentro de exiliados republicanos residentes en Santo Domingo, desde los primeros números aparece como corresponsal en ese país de la prestigiosa revista cultural Cuadernos Hispanoamericanos, uno de los escasos puentes de diálogo entre la intelectualidad en el exilio y los escritores y pensadores peninsulares (de Luis Rosales a Juan Gil-Albert o de José Vasconcelos a Francisco Ayala). El repaso a los testimonios mencionados deja sin embargo una impresión de amplísima variedad de los fondos de la librería, pues hay quien recuerda, por ejemplo, los libros de arquitectura, de ingeniería o los volúmenes específicamente enfocados a los estudios universitarios, pero también quien recuerda las lecturas de la longeva revista infantil argentina Billiken (de la Editorial Atlántida), célebre por las cubiertas diseñadas desde 1930 por Lino Palacio (1903-1984), o de Pif Paf (de la editorial argentina Tor, creada por el mallorquín Juan Carlos Torrendell [1895-1961]), que divulgó diversos personajes del cómic estadounidense.

Billiken

Reproducción de la portada del primer número de Billiken, con motivo de un aniversario.

Quizá el impacto de estos poco conocidos libreros no fuera tan mediático y brillante como el fugaz viaje de Pedro Salinas a Santo Domingo, pero no cabe duda que de su influencia en la vida cultural y en la formación de lectores es un legado digno de ser recordado y que pone de manifiesto la profunda y duradera influencia que puede tener un buen librero.

GranellSalinas

De izquierda a derecha, Eugenio Granell, Vicente Lloréns, Alberto Paz y Pedro Salinas, a la llegada de este último a Santo Domingo.

Fuentes:

Efraím Castillo, «Ocaso de librerías», El Nacional, 19 de abril de 2016.

Reina C. Rosario Fernández, coord.., El exilio republicano español en la sociedad dominicana, Seminario Internacional celebrado en marzo de 2010, Santo Domingo, Comisión Permanente de Efemérides Patrias, Archivo de la Nación- Academia Dominicana de la Historia, 2010.

Leibi N.G., «Memorias de don Juan Gil Argelés: Exiliados de la Guerra Civil en la República Dominicana», Memorias de don Juan Gil Argelés, 8 de enero de 2011.

MemoEmigración

Reedición del libro de Lloréns en la Biblioteca del Exilio.

Vicente Lloréns, Memorias de una emigración. Santo Domingo, 1939-1945, Barcelona, Ariel (Horas de España), 1975. Hay una nueva edición prologada y anotada por Manuel Aznar Soler publicada en Sevilla por Renacimiento (Biblioteca del Exilio 27), en 2006.

Miguel D. Mena, «Vía dolorosa de libros: la Librería Mateca», El cañero, 26 de octubre de 2013.

Onorio Montás «Han desaparecido la mayoría de librerías en Santo Domingo», Hoy, 2 de marzo de 2008.

Plácido Piña, «El instituto del libro», Arquitectura en bici, 8 de diciembre de 2008.

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