Doctorow en España II: Traducciones y recepción

A la memoria de Josep M. Castellet (1926-2014)

E.L. Doctorow (1931-2015).

La desproporcionada frialdad con que los lectores españoles recibieron la obra de Doctorow no parece que pueda explicarse por haber sido publicada por editoriales desprestigiadas, con mala distribución o desconocidas (pues, como se vio en la entrada anterior, no fue el caso sino más bien todo lo contrario). Además, pronto se advirtió que Doctorow no era un autor que se pudiera publicar con el piloto automático o dejarlo en manos de traductores inexpertos y no tardaron en ocuparse de ello traductores literarios reputados o concienzudos.

Para la traducción de El arca de agua –explica Lionetti–, además de trabajar mano a mano con el autor, tuve que usar la segunda edición del diccionario Webster’s, la que se publicó en 1913, pero cuyos trabajos habían comenzado a fines del s XIX. Porque la obra era de una gran sutileza usando neologismos de aquella época que hoy han caído en desuso. La reconstrucción léxica y del ritmo que hace Doctorow en esta novela (y en muchas otras) es algo admirable.

Las traducciones hechas con ánimo bestsellerístico necesitaban revisión, cuando no una traducción completamente nueva.

patricia-escalona

Patricia Escalona.

Doctorow es capaz de trabajar con muy diversos registros lingüísticos, y lo hace de un modo muy consciente y premeditado, con un propósito estrechamente vinculado con su concepción de la novela. También Patricia Escalona tuvo que estar muy encima de este aspecto al editar sus obras o al recuperar las preexistentes:

Los dos casos que recuerdo en que no se han utilizado las primeras traducciones que se hicieron son Ragtime y El libro de Daniel. Cuando las recuperamos para Miscelánea fuimos incapaces encontrar o llegar a un acuerdo con el traductor en cuestión… En el resto, se procuró respetar las ediciones consolidadas.

Recuerdo, como algo gracioso, que los excelentes traductores, Isabel Ferrer y Carlos Milla, habían suavizado el tono de algunas de las palabras malsonantes del La gran marcha, y que yo, conociendo a Edgar, me dediqué a devolver todos los tacos a su sitio, en toda su crudeza.

Orta cuestión que apuntaba Julieta Lionetti quizá explique mejor esa extraña recepción de la obra de Doctorow, el “desconocimiento de la tradición con la que dialoga”. En el reciente prólogo a la recopilación de los cuentos del autor estadounidense (Cuentos completos, Malpaso, 2015), escribe Eduardo Lago:

la clave del hacer de Doctorow como cuentista no se encuentra en Poe, sino en alguien de talante muy distinto: Jack London, por quien el autor de los cuentos que ahora presentamos, sintió siempre una adoración sin límites. Los seres solitarios que pueblan las narraciones de London tienen una íntima afinidad espiritual con los personajes modelados por la imaginación de Doctorow: el paisaje social en que se mueven, la profundidad de su trazado psicológico, su asombrosa capacidad para hacerse a sí mismos, la forma que reviste la lucha por la vida en que se ven envueltos, la misma que entraña el difícil trabajo de dar cuenta del mundo en el que viven por medio del poder de la palabra, reflejan una concepción muy similar de la escritura.

No puede decirse que Jack London (1876-1916) sea ajeno al acervo cultural del común de los lectores españoles, que siempre han tenido a su disposición la obra de este autor, pero quizá no pueda decirse lo mismo de algunas otras de las referencias clave en la novelística de Doctorow, como es el caso de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), Bernard Malamud (1914-1986), Henry Roth (1906-1995) o Saul Bellow (1915-2005), cuyo conocimiento ayuda a situar la obra de Doctorow y a aquilatar su importancia y que en español han sido poco o mal publicados. En cualquier caso, la crítica literaria se desconcertó ante las primeras traducciones de obras de Doctorow.

Bernard Malamud con Cynthia Ozick (n. 1928).

Cuando estuvieron listas las primeras galeradas encuadernadas de El arca de agua –recuerda Lionetti–, las envié a los mejores críticos de España. Y aquí hay una anécdota que muestra hasta qué punto nadie, o muy pocos, sabían (y saben) de qué iba Doctorow.

Suena el teléfono de casa a media mañana, una prueba de la buena relación con el director del suplemento, y del otro lado me anuncian que la crítica de El agua de agua no saldrá hasta que se hayan mojado otros periódicos.

–¿Por qué?

–Porque no me ha gustado. Me ha sabido a poco, es bastante infantil y no quiero perjudicarte abriendo el fuego con una crítica que no será del todo favorable.

–Muchas gracias. ¿Qué no te gustó?

–Es poca cosa, ya te dije. Y además ahora, con el estreno del Drácula de Coppola, ya no

queda nada que decir sobre estos temas.

 

A ese mismo desconcierto tuvo que enfrentarse más adelante Patricia Escalona, aunque obras como La gran marcha tuvieron una buena acogida:

La crítica lo abordó como pudo. Algunos pillaron sus intenciones y otros no; algunos consiguieron ir más allá de la excusa histórica que le servía para entender la actualidad de un país que amaba y le exasperaba a partes iguales, y de unos compatriotas que a ratos le parecían de Marte.

La gran marcha funcionó muy bien a nivel de ventas, fue la primera vez que tuvimos una portada en Babelia, y la crítica fue unánime en alabar sus virtudes.

La gran marcha permite como pocas novelas de Doctorow plantear la cuestión del género literario, pues la raigambre histórica de esta obra proporcionó un agarradero (peligrosísimo) para afrontarla: la novela histórica.

Marguerite Yourcenar (Marguerite Cleenewerck de Crayencour, 1903-1987).

La más o menos agobiante moda de la novela histórica de finales del siglo XX trajo aparejada una profusión abrumadora de obras de muy escaso valor literario que se limitaban a repetir esquemas, que empleaban el pasado (no siempre reproducido con rigor) como simple telón de fondo de argumentos que podrían haber situado en cualquier otra época y que no eran sino novelas de aventuras, de misterio o incluso policíacas situadas en el pasado. Nada que ver con quienes, como Yourcenar (cuyas Memorias de Adriano quizá sean, en mi opinión, la primera novela posmoderna) o Robert Graves (que lanzó interesantes hipótesis históricas mediante novelas como La hija de Homero o Yo, Claudio), que dieron un impulso realmente renovador al género. Prueba de hasta qué punto se había pervertido el género es la visión de Escalona.

Jamás se me ocurrió clasificarlo [a Doctorow] de novelista de género histórico. La Historia es su excusa pero él va mucho más allá. Es un novelista de personajes, un analista excepcional de la realidad que le tocó vivir y algunos episodios históricos le venían como anillo al dedo para lo que quería contar, pero no son lo que yo destacaría dentro de su obra ni muchísimo menos. Thorton Wilder o Robert Graves, aparte de la propia Yourcenar a quien mencionas son ejemplos comparables, más bien.

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Julieta Lionetti. FOTO: © M. Campins.

Más tajante incluso en este aspecto es Lionetti, que además deja lo que me parece una muy feliz definición de su narrativa:

Doctorow no escribió novelas históricas. Lo que lo obsesionaba era hacer el retrato de su país y en el boceto entraban tanto acontecimientos de los que fue contemporáneo como momentos clave anteriores a su vida que sellaron lo que hoy es Estados Unidos. Esta es una preocupación de muchos escritores americanos, y me refiero a “las dos” Américas, esos territorios fluctuantes, donde todo el mundo está siempre de paso y las identidades se confunden, renuevan e inventan cada diez años.

Doctorow fue un posmoderno que no le hizo ascos a trama y argumento. Con esto se ganó el desprecio de los hipsters españoles de aquel momento, que no recuerdo cómo los llamábamos. Y a la gente que iba por una lectura liviana o por una novela histórica le parecía que “este tío es un tostón complicadísimo”.

Quizá convenga distinguir entre obras como Billy Bathgate o La gran marcha, que pueden hacer disfrutar a lectores de unos conocimientos históricos y literarios muy diversos (y que por tanto admiten con facilidad unas interpretaciones de distinto calado o grado), de otras novelas de Doctorow más evidentemente difíciles o que requieren una mayor experiencia lectora. Explica Patricia Escalona:

Algunas de sus novelas sí que tienen esa virtud (Homer y Langley, La gran marcha, Ragtime, Billy Bathgate, La feria del mundo) pero otras son tan complejas estilísticamente que ni los lectores avezados las encuentran entretenidas. Son difíciles y un reto, pero mágicas también, porque abren la puerta a una literatura que existe pero que permanece ampliamente inexplorada.

Escribió su primera novela, Cómo todo acabó y volvió a empezar con la clara intención de dignificar un periodo histórico que Hollywood había prostituido hasta más no poder, el western. Quiso entrar en la psique de los que se instalaban en esos territorios salvajes, asediados por sociópatas. Y ahí supo encontrar espacio para que sus personajes mostraran violencia y compasión, coraje y cobardía, belleza y destrucción. Una sinfonía de opuestos que no hace más que repetir en todas sus novelas.

 

Poco después de la muerte de Doctorow, el joven crítico de la Universidad de York Adam Kelly dedicaba un agudo, penetrante y espléndido ensayo a la diversa suerte del escritor entre los lectores americanos y los colegas de profesión, por un lado, y a la relativa dejadez del mundo académico por otro, que puede servir de colofón a este texto, pues nos remite de nuevo al personalísimo estilo Doctorow, por mucho que, como cuenta Escalona, “Él siempre decía que no tenía estilo como escritor, pero que sus novelas sí”.

¿Cómo explicar –escribe Kelly  la disparidad entre el enorme interés de los escritores y los lectores por la ficción de Doctorow (y a las ventas sostenidas me remito, a los elogios generalizados de la crítica, antes incluso de la efusión provocada por su muerte) y una aparente falta de interés de la academia como institución. Puede haber muchas respuestas, pero voy a plantear una hipótesis: esa disparidad radica en el estilo de Doctorow.

Las editoras y traductores han hecho su trabajo, es pues “la hora del lector” (de nuevo).

 

Fuentes adicionales:

Eduardo Lago, “Un cuentista en el Bronx”, en E.L. Doctorow, Cuentos completos, Malpaso, 2015.

Adam Kelly, “E.L. Doctorow´s Postmodernist Style”, Los Angeles Review of Books, 9 de octubre de 2015.

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