González Ruano y Daragnès en París

Una de las ilustraciones que acompaña el artículo de González Ruano “El negocio lucrativo y algo romántico de las antigüedades” (Estampa, 15 de mayo de 1928).

A Rosa Sala Rose, cómo no.

La estancia del célebre escritor y periodista César González Ruano (1903-1965) en París durante los meses iniciales de la Segunda Guerra Mundial ha despertado muchísima curiosidad en las últimas décadas, y un acerado artículo de Haro Tecglen puso bajo el foco esta etapa de su biografía. Decía Haro Tecglen, en conversación con Fernando Fernán-Gómez, acerca de las vicisitudes de González-Ruano en la capital francesa:

Estuvo en la cárcel mientras los alemanes ocupaban París, porque él había descubierto un gran negocio que consistía en facilitar unos pases a los judíos que salían de Francia huyendo de los alemanes para pasar a España. Él les daba unas tarjetas con unos signos misteriosos para que un supuesto individuo en un pueblo de la frontera los pasara. A cambio de ese pase, César se quedaba con todo lo que tuvieran los judíos. El único problema es que cuando los judíos llegaban a la frontera nadie los esperaba ni entendía esa tarjeta, de modo que los apresaban y los mataban o los metían en los campos de concentración.

Ya antes, en un artículo publicado en el País Semanal, Haro Tecglen se había referido al mismo episodio con palabras similares:

En París, el cronista César González Ruano vendía por dinero (o joyas, o pieles) contraseñas a hebreos para que alguien les pasase a España por los Pirineos. Eran falsas y, cuando llegaban al punto convenido no había nadie. Los alemanes se confundieron con él, creyeron que era un protector de la raza y le encerraron en la prisión de Cherche-Midi. Al fin se convencieron de que era solamente un estafador y le dejaron en libertad.

En su estela, José Carlos Llop llevó a cabo un notable trabajo de síntesis biográfica  que, si bien no pudo llegar hasta sus últimas consecuencias, cristalizó en una original y muy interesante obra que él mismo definió como “una novela de intriga con el fondo del mal en los años 40“,  París: suite 1940. Y ya antes había hablado por extenso de las actividades de González Ruano en Francia Eduardo Pons Prades en  Los senderos de la libertad (Europa 1940-1944).

Esta última obra fue la que estimuló  a Rosa Sala Rose a emprender, en colaboración con Plàcid García Planas, una exhaustiva y meticulosa indagación tras los pasos de González Ruano no sólo en la capital francesa, sino también en otras muchas capitales europeas (Berlín, Roma…). Como es fácil suponer, entre los seguidores de su blog y de sus trabajos previos (en particular de La penúltima frontera. Fugitivos del nazismo en España), se generaron enseguida enormes expectativas acerca del resultado completo de sus investigaciones, que se acrecentaron en cuanto han publicado El marqués y la esvástica. César González Ruano y los judíos en el París ocupado (Crónicas Anagrama).

Jean-Gabriel Daragnès (1886-1950)

Sin embargo, más allá de las indignas trapacerías de González Ruano, en lo que a la historia de la edición se refiere, uno de los acontecimientos más interesantes de su estancia en París es que allí entra en contacto con el tipógrafo, editor-impresor, grabador y pintor Jean-Gabriel Daragnès (1886-1950), un  personaje no menos fascinante a quien González-Ruano describe en sus memorias como un “extraño tipo de dandy un tanto maniático [que] añadía a la fama de sus dibujos y grabados la de ser uno de los mejores impresores del mundo”. De hecho, lo de “extraño tipo” quizá se entienda mejor al saber que, cuando se conocieron, Daragnès ostentaba (desde 1933) el un tanto estrafalario título creado en 1830 por el Ministerio de Defensa francés de “peintre de la Marine”, que, aparte de autorizar a llevar el uniforme de la Marina, concede bien magros privilegios.

Imagen de “Daragnès, quelques travaux récents, catálogo de una exposición póstuma sobre Daragnès.

En 1925 Daragnès se había establecido en Montmartre (avenue Junot, 15), convirtiéndose así en vecino de algunos de los artistas más pujantes del momento, entre ellos Pierre MacOrlan (Pierre Dumarchais, 1882-1970), cuya primera vocación había sido la pintura, Marcel Aymé (1902-1967), Gen Paul (Eugène Paul, 1895-1975) o Louis Ferdinand Auguste Destouches (1894-1961), más conocido como Céline, cuyas primeras ediciones de sus breves textos iniciales preparó Daragnès en tiradas de treinta, quince e incluso tres ejemplares (Scandal aux Abysses, Foudres et flèches). En sus memorias González Ruano rememora “aquellos talleres que tenían algo de místico convento de las Artes Gráficas en los que Daragnès era su prior”, y que Sala Rose y Garcia-Planas califican de “mítico”, pero de este cenáculo existe también un curioso testimonio de Paul Istel un poco más extenso:

He aquí, a plena luz de una entrada en la que todo está limpio y reluciente como en el puente de un yate, las prensas manuales y las minervas modernas cerca de cajas llenas de fuentes Garamond y Didot; he aquí la pesada maquinaria para satinar papel, los amplios cajones llenos de buen papel, y no lejos el taller de grabado donde las eméritas prensas ejecutan, bajo la atenta mirada y con la ayuda del propio grabador, el tiraje meticuloso de las planchas marcadas por el buril o mordidas por el aguafuerte.

En el piso superior, el estudio de Daragnès está consagrado a las artes más diversas: pintura, diseño, grabado al boj y sobre cobre, así como a la música y la poesía, cuando el maestro recibe a sus amigos: [Francis] Carco, [André] Dignimont, [André Dunoyer de] Segonzac, [Pierre] Mac Orlan… [la traducción es mía].

Sello de 1934 con una paloma obra de Daragnès.

De la amistad entre Daragnès y Céline existen numerosos testimonios, entre los que se cuenta el epistolario generado a raíz de las gestiones que, al término de la Segunda Guerra Mundial, el prestigioso impresor llevó a cabo ante diferentes personalidades francesas para intentar salvar al genial escritor cuando éste se encontraba recluido en Dinamarca (entre otras, obtuvo una cortés negativa a ayudarle de Mauriac). La amistad entre Daragnès y González Ruano dio como resultado un libro que ha dado bastante que hablar, Ángel en llamas. 47 sonetos y un poema, en cuyas páginas iniciales, además de una declaración de tirada de 302 ejemplares, puede leerse:

Han sido destruidos los moldes de la presente edición hecha a mano en los talleres de J.G. Daragnès, en Montmartre. Todos los ejemplares llevan el signo del autor bajo su lema. Los 47 originales de poesía fueron elegidos por el Poeta entre su labor inédita de 1939 y 1940.

Interior de la edición del Tiberio en Capri, de González Ruano, hecha por Amigos del Libro en 1945 (300 ejemplares). Ocho aguafuertes (uno a color) y 22 frisos de José Miguel Serrano.

El grueso de la obra poética de González Ruano posterior a la guerra civil española apareció también en pequeñas ediciones de bibliófilo, como ya hiciera en 1934 con Aún, con indicaciones muy precisas de tiradas (siempre mínimas) y a menudo con información acerca de la destrucción de todo rastro que permitiera una reimpresión, pero dada la catadura moral del poeta en cuestión, eso puede ponerse en duda, del mismo modo que, hablando de su modus operandi en los años treinta, consigna Germán Vasid Valiñas:

González Ruano puso en práctica la idea de dar algunas de sus obras, no a través de reconocidas editoriales sino mediante su propia iniciativa, utilizando como trampolín a algunos impresores. Algunos de sus allegados cuentan que en más de una ocasión utilizó el ardid de encargar una edición limitada a un impresor con la promesa de imprimir posteriormente la tirada normal, circunstancia que solía retrasarse sin límite.

Por desgracia, tampoco he hallado confirmación a cuanto asegura el propio González-Ruano en sus memorias acerca de que intervino muy directamente en la realización de la edición de Ángel en llamas, colaborando con el ya por entonces célebre Daragnès en la elección del papel, los tipos y la maqueta (“se me fueron muchas tardes en su casa eligiendo papeles, contemplando tipos y repasando juntos maquetas y ensayos de página”). Me temo que con las palabras de González Ruano como única fuente, sería muy arriesgado afirmar que las cosas sucedieron de este modo, y, en cualquier caso, las numerosas erratas de la edición llevan a pensar que, en cualquier caso, no hizo un seguimiento del proceso.

Semana Santa (La Cometa, 1930)

La vinculación de Daragnès con la literatura española venía de lejos –probablemente su origen (había nacido y crecido en Getaria) algo tenga que ver en ello– y hasta entonces había dado por lo menos cuatro obras excepcionales. En 1930, la primorosa colección de Gustavo Gili Ediciones de La Cometa, cuya dirección artística recayó en Hermenegildo Alsina Muné (1886-1980), se estrenaba con la publicación de cien ejemplares de Semana Santa, de Gabriel Miró y acompañada de un prefacio de Gaziel, ilustrada por Daragnès con grabados en madera. Al año siguiente aparecía una traducción francesa de esa misma obra en la Societé les XXX de Lyon, en traducción nada menos que de Valéry Larbaud (autor también del prefacio) y Noemi Larthe e impresa por Barthélemy Gros, de la que se tiraron 130 ejemplares.

De ese mismo año es Suite Spagnole, de Francis Carco, con tres puntas secas de Daragnès, publicada por Les Éditions de la Belle Page. Y de 1934 es Toreros, un volumen con quince aguafuertes firmados por Daragnèsde en los que pone de manifiesto cierto conocimiento de la tauromaquia. Aux Dépens des Cinq-Vingt hizo una tirada de veinticinco ejemplares numerados y firmados por el autor en la justificación de tirada.

Una de las páginas de Daragnès para Toreros (1934).

En cualquier caso, Gerardo Diego hizo un encendido y un tanto asombroso elogio de Ángel en llamas de González Ruano, que en su opinión:

no se parece a ningún otro de sonetos. Aquí y allí podría recordar a Alberti, a Adriano del Valle y más lejos a Góngora en su esfuerzo por levantar y rizar el verso hasta su propio mito. Pero la vena de César es inconfundible. Y además -cosa que no se puede decir de sus contemporáneos que he citado, aunque le superen en la tersura y destreza melódica, en la técnica del soneto- nunca es frívolo en este libro. Siempre   hay una intención y a veces un logro de auténtica profundidad y simbolismo, una rica experiencia de vida.

Quizá valga la pena retener esa expresión, “una rica experiencia de vida”, al releer esa obra. Y en el libro de Sala Rose y Garcia-Planas pueden leerse algunos pasajes de este curioso libro, “poemas de gran calidad literaria y altísimo voltaje erótico”, según escriben, del que en la Biblioteca de Catalunya localizaron un ejemplar dedicado a Felipe Rodés, que es uno de los 270 que se imprimieron en papel de Boucher de Rocelles (números 26 a 295).

Fuentes:

Louis-Ferdinand Céline, Vingt lettres a André Pulicani, Jean-Gabriel Daragnès, Ercole Pirazzoli, Charles Frémanger, Charles de Jonquières et Albert Manouvriez, Tusson, Éditions du Lérot, 1980.

L.-F. Céline

Acerca de la relación entre Céline y Daragnès, vale la pena consultar la muy completa Bibliographie des écrits de Louis-Ferdinand Céline, preparada por Jean-Pierre Dauphin y Pascal Fouché y publicada en 1984 en París por Le Graphomane. 

Tulio Demicheli, “Entrevista a José Carlos Llop“, Abc, 20 de septiembre de 2007.

Diego Galán, ed., La buena memoria de Fernando Fernán-Gómez y Eduardo Haro Tecglen, Madrid, Alfaguara, 1997.

José Luis García Martín, ed., “César González Ruano“, en Poetas del Novecientos: entre el Modernismo y la Vanguardia: (Antología). Vol. II: De Guillermo de Torre a Ramón Gaya, Madrid, Fundación Santander Central Hispano, 2001

César González-Ruano, Memorias; mi medio siglo se confiesa a medias, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca de la Memoria 3), 2004.

Eduardo Haro Tecglen, Así éramos en los años cuarenta”, El País Semanal, 5/6/1994.

Paul Istel, “Visite chez Daragnès”, Plaisir de Bibliophile. Gazette trimestrelle des amateurs des livres modernes, Au Sans Pareil, 1929. Citado por Jean-Claude Lamy en MacOrlan: L´aventurier immobile, París, Albin Michel, 2002, p. 94.

Carlton Lake, Confessions of a Literary Archaeologist, Nueva York, New Directions, 1990.

José Carlos Llop , París: suite 1940, Barcelona, RBA, 2007.

Baptiste Marrey, compilador, Jean-Gabriel Daragnès, Éditions Linteau-Les amis du Vieux Villeneuve, 2001. Incluye textos de Pierre MacOrlan, Francis Carco, Colette, Roland Dorgelès, Jean Giraudoux, Adrienne Monnier y del mismo Daragnès, entre otros, y se acompaña de una bibliografía preparada por Peter Frank.

Eduardo Pons Prades,  Los senderos de la libertad (Europa 1940-1944), Flor del Viento (del Viento Terral 32), 2002.

Rosa Sala Rose y Plàcis Garcia-Planas, El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, Barcelona, Anagrama (Crónicas 102), 2014.

Germán Vasid Valiñas, La edición de bibliófilo en España, 1940-1965, Madrid, Ollero & Ramos, 2008.

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